En cada instante emotivo determinado existe una relación entre las imágenes que desfilan en nuestra mente y nuestra emotividad subyacente. Esta relación es compleja, y es interesante que la estudiemos porque incluye algunos errores muy sutiles que nos impiden estar atentos a nuestra emotividad.

Ante todo es importante considerar la distinción esencial que existe entre el film imaginativo que nos hacemos de la realidad presente, y el film imaginativo inventado en nuestra mente. Cuando observamos un espectáculo cualquiera del mundo exterior, lo hacemos a través de un film imaginativo que lo reproduce parcialmente, y que está calcado sobre las formas exteriores que acaparan nuestra atención. Cuando forjamos ensueños en la ociosidad o durante el curso de cualquier acción, percibimos un film imaginativo inventado por nosotros y proyectado dentro de nuestra mente. La emotividad está ligada de maneras muy distintas a estas dos clases de films.

Vamos a estudiar estos dos casos utilizando los términos siguientes: al film calcado sobre el mundo exterior lo llamaremos film imaginativo real, puesto que está copiado de fenómenos que, aunque carecen de realidad absoluta, no dejan de tener una realidad relativa. Al film inventado lo llamaremos film imaginario. Cuando se trata de un film imaginativo real, la relación existente entre él y la emotividad es bastante sencilla: la emotividad varía en grados cuantitativos de contracción-descontracción, de acuerdo con el carácter afirmador o negador de las imágenes del film. Las imágenes asociadas a una amenaza para mi existencia determinan una contracción emotiva. Las asociadas a la continuación de mi existencia determinan la disminución de esta contracción, es decir una relajación relativa. Esta reacción de la emotividad a las imágenes del film real constituye una relación sencilla de sentido único: la forma de los fenómenos imaginativos determina la forma de los fenómenos emotivos. Desde un punto de vista formal, el mundo exterior es activo y mi mundo interior es pasivo. Nada está inmóvil, los fenómenos exteriores cambian sin cesar y la emotividad que reacciona varía también sin cesar. No hay emotividad inmóvil, hay contracciones y descontracciones, no existe un estado emotivo – el que es una contractura permanente – sólo emociones.

Cuando se trata de un film imaginario, todo es mucho más complicado. La relación con la emotividad ya no es de sentido único sino que existe en las dos dimensiones a la vez. Sucede que la emotividad reacciona ante las imágenes imaginarias al igual que lo hace ante las imágenes reales. La emotividad no distingue entre estas dos clases de imágenes: un hombre celoso que imagina con intensidad una escena en la cual su mujer lo engaña, se emociona tanto como si la escena fuera real. Pero, por otra parte, el estado emotivo reacciona sobre la elaboración del film imaginario: si me acaba de suceder un hecho real que me ha entristecido, empiezo a imaginar otros iguales y a verlo todo con un tinte sombrío. Así se establece un círculo vicioso de doble reacción.

Pero en esta relación entre emotividad y film imaginario interviene otro factor más importante: el film imaginario se asemeja, en cierto modo, al film real. Los films que yo invento están elaborados necesariamente con elementos que he recibido del mundo exterior, pero existe una diferencia esencial entre estas dos clases de films: el film real es invención del Cosmos, su fuente es el manantial cósmico, se origina en la Causa Primera del Universo, por ello, todo film real es armónico y está equilibrado en el Todo, y no podría haber en este film ninguna fijeza a nivel de fenómeno: es sólo puro movimiento. En cambio, el film imaginario está centrado en mi ego, en el yo pretendiendo ser absolutamente el centro de mi mundo. Como es un centro falso, excéntrico, en consecuencia existe en este film, al mismo tiempo que un movimiento continuo, cierta fijeza a nivel de los fenómenos, que no fluyen como en el film real. Esto se traduce en que mis ensueños, aunque están hechos con imágenes móviles, son imágenes que siempre giran con más o menos intensidad alrededor de una idea fija; son siempre más o menos obsesivas. Mis escenas imaginarias están organizadas en constelaciones o complejos artificialmente coherentes. A esta fijeza de los fenómenos corresponde una fijeza en la reacción emotiva, es decir una contractura emotiva, un estado emotivo.

La reacción emotiva ante el film real – reacción que no implica ningún elemento de fijeza – es normal o sana puesto que es una reacción ante la realidad relativa normal de los fenómenos cósmicos. La reacción emotiva ante el film imaginario – reacción que implica siempre una contractura – es anormal o malsana, porque es una reacción ante imágenes anormales, puesto que el centro formador de esas imágenes no es real.

Hemos distinguido claramente estas dos reacciones emotivas: ante el film real por una parte y el film imaginario por la otra. Pero en el ser humano salido de la primerísima infancia, la emotividad no reacciona en ningún momento sólo ante un film real. Siempre existe allí, al mismo tiempo, un film imaginario. Las emociones jamás son puras, hay siempre un estado emotivo coexistente, y tanto más cuanto más esté dotado el individuo de necesidad de Absoluto, de avidez de ser, de idealismo. El niño muy pequeño, quien aún carece de la posibilidad de inventar un film imaginario – su función intelectual no está suficientemente desarrollada – tiene todavía una emotividad prácticamente pura, totalmente moviente, sin contractura, inestable. Pero a medida que el intelecto se desarrolla aparecen las contracturas de los estados emotivos. En el adulto muy dotado de la necesidad de Absoluto, la emotividad presenta por debajo de contracciones a veces muy inestables – contracturas de ritmo lento. Si ese hombre sabe observarse con acierto, comprueba esta dualidad de ritmo de su emotividad: le parece que tiene dos emotividades distintas, una con tendencia a correr y otra con tendencia a quedarse en su sitio. Los sueños aluden muchas veces a este estado de cosas: quiero correr, necesito correr, y al mismo tiempo me quedo adherido en el sitio donde estoy.

Hay, por lo tanto, dos clases de films, dos clases de respuestas emotivas y, en la práctica – en nuestra fenomenología interior – dos emotividades: una auténtica que reacciona ante el film real, y una ilusoria o falsa que reacciona ante el film imaginario. La emotividad auténtica corresponde al plano de la sensación – percepciones sensoriales del mundo exterior – la emotividad falsa corresponde al plano de la imagen – percepciones imaginarias. La emotividad auténtica – la del niño pequeño – opera según un ritmo móvil, inestable, y es enteramente irracional, es decir, no tiene relación con la importancia que nuestra razón concede a las imágenes según nuestra escala de valores. La emotividad falsa opera con arreglo a un ritmo lento y es más o menos racional. A veces, en momentos de fatiga, puede apreciarse aquí también cierta inestabilidad; pero ella no es una sana ausencia de fijeza, sino desfallecimiento de una contractura que se agota.

Esta emotividad falsa está en relación con la imagen ideal que me forjo del mundo y de mí mismo, con mi deseo de verme en actitudes bellas-buenas-verdaderas y con mi temor a verme en otras feas-malas-falsas. Mi reacción auténtica ante una circunstancia determinada se burla del ldeal, no depende más que de mi visión del mundo exterior; pero mi reacción emotiva falsa puede ser radicalmente distinta, ya que depende de mi visión ideal de mí mismo y está hecha con los sentimientos que abrigo, no ya respecto al mundo exterior, sino a mis actitudes ante ese mundo exterior. A causa de esto puede muy bien suceder que yo me sienta falsamente feliz – en mi emotividad imaginaria – en tanto estoy auténticamente triste – en mi emotividad auténtica – o viceversa.

Por ejemplo, me he estado regocijando con unos meses de anticipación de mis vacaciones anuales, Se ha desarrollado con fuerza en mi mente una imagen de yo-dichoso-de-ver-Florencia. Si soy idealista, muy egotista, ávido de ser absolutamente, la realización de esta imagen se convierte para mi en una necesidad imperiosa. Una vez en Florencia me encuentro muy fatigado y deprimido. Mi estado auténtico, que se mofa de la visión de mí mismo y sólo responde a las circunstancias reales, está contraído. En el fondo, me siento desdichado; pero mi deseo de ver realizada la imagen yo-dichoso-de-ver-Florencia me impide darme cuenta de que es así. Si alguien me pregunta: Qué tal esas vacaciones? respondo: Espléndidas! Todos estos museos son un poco fatigosos, pero qué importa ante tanta belleza?. Si dirijo entonces mi atención hacia mi emotividad con espíritu de investigación franco y leal, veo la verdad desnuda: soy desdichado, más desdichado de lo que soy habitualmente en el metro que me conduce a mi trabajo. Veo que, sin un esfuerzo especial, no podría darme cuenta de ello, o bien me daría cuenta de mi tristeza, pero la achacaría ilusoriamente a algún film imaginario que sólo sería el efecto de ella.

Otro ejemplo: un hijo ha sido tiranizado durante muchos años por un padre egoísta; ha sido humillado, obstaculizado en todas sus iniciativas, anulado por una educación sádica que pretendía ser abnegada. El padre muere, y la reacción emotiva auténtica del hijo es un intenso alivio. Pero, si ese hijo es muy idealista, tiene tal necesidad de sentirse triste que lo consigue en contra de la evidencia. La tristeza de su film imaginario puede impedir en gran parte, o aun totalmente, el relajamiento profundo.

Este desacuerdo entre mis emociones y mis estados emotivos imaginarios es particularmente obvio desde el punto de vista siguiente: mi imagen ideal, absoluta, divina, comprende entre otros atributos, la estabilidad, la inmutabilidad. El Absoluto del que todo emana es inmutable, por encima del tiempo y de los cambios del tiempo. Por ello, uno de los atributos esenciales de la imagen que yo deseo tener de mí mismo consiste en la Igualdad de humor, es decir, en la estabilidad del estado emotivo, Por eso la representación que me hago de mis estados emotivos a lo largo de mi vida está muy deformada en el sentido de la estabilidad. Desde el momento que me dedico a examinar con leal espíritu de investigación las variaciones de mi emotividad auténtica, me doy cuenta de que estas variaciones son mucho más frecuentes y marcadas de lo que yo pensaba. Basta una palabra que se me diga, o una imagen que caiga bajo mi vista, o un espasmo intestinal, o la absorción de un poco de vino o de café para que se registren – en el gráfico de mi emotividad – cumbres o precipicios. Por otra parte, la imagen ideal que tengo de mí mismo exige que mis reacciones emotivas sean racionales. Pretendo que sólo las grandes cosas pueden conmoverme con intensidad, porque presumo que existe un paralelismo entre la amplitud de mis variaciones emotivas y la importancia que mi razón concede a los acontecimientos que me afectan.

Cuando observo a un niño pequeño me sorprende su inestabilidad emotiva – pasa sin transición de la risa a las lágrimas – y la irracionalidad de sus emociones – da señales de una angustia profunda cuando se le quita el biberón. Pienso entonces en la enorme diferencia que existe entre la emotividad de ese niño y la mía, mucho más estable y racional. En realidad, la diferencia sólo existe entre mi emotividad falsa y la emotividad del niño; pero esta diferencia se debe al engaño inmenso que implica la elaboración de mi emotividad falsa. La necesidad que siento de ver realizada la imagen ideal de mí mismo ha falseado poco a poco mi emotividad, Cuando hago sinceros esfuerzos para ver mis variaciones emotivas tal como son, no veo más que las auténticas y me doy cuenta de que no existe ninguna diferencia entre el niño y yo, Mi emotividad auténtica es tan inestable e irracional como la suya.

El trabajo interior de que hablamos ahora – esfuerzo para ver directamente nuestra situación emotiva instantánea – logra que entre en juego una mirada interior intuitiva, directa, que atraviesa la emotividad falsa sin detenerse en ella. La única emotividad que no se desvanece ante esta mirada es la auténtica, la que corresponde al plano único de la sensación o plano instintivo, El plano de la imagen, o angélico, o ideal, se anula. Vemos entonces que el plano instintivo siempre ha persistido en nosotros debajo de las construcciones imaginarias angélicas y que él es lo único que se encuentra actualmente realizado de nuestro ser total. Todo lo demás es irreal. Debemos regresar humildemente a nuestro organismo para conseguir despertar, en su centro, su principio inmanente y trascendente.

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