La Personalidad Depresiva

La Personalidad Depresiva

LaPersonalidadDepresivaPor razones no aparentes, cierta gente reacciona a la pérdida, o aun a una anticipada pérdida, de aceptación y apoyo en relaciones personales en forma excesiva. Su reacción a pérdidas menores de seguridad personal, que no amenazan realmente su situación personal o social, es desproporcionada. Cuál es el origen de este exceso y de todas aquellas compulsivas, exageradas, repetitivas respuestas a las aparentes inseguridades menores? Por qué la gente reacciona a pérdidas moderadas como si fueran definitivas y devastadoras? Por qué, en otras palabras, la gente llega a conductas neuróticas?

La psiconeurosis ocurre solo cuando ha habido un antecedente de conflicto y derrota en una misma fase de experiencia en la temprana infancia. Las condiciones bajo las cuales un quiebre en las relaciones personales produce el mayor efecto, y su consecuente vulnerabilidad como una desviación permanente del carácter, son:

a) cuando ocurre dentro de los primeros dos años y medio de la vida del niño;

b) más especialmente cuando ocurre antes de que sea alcanzado un estado crítico, probablemente alrededor del noveno mes, que es el período de transición desde la vida unitaria en el útero psicológico a una creciente consciencia de existir separadamente de la madre;

c) cuando el trauma emocional afecta las fases de dependencia, de aceptación y de apoyo;

d) más traumáticamente que lo anterior, cuando esto ocurre en los primeros meses, un quiebre en el ciclo dinámico madre-hijo resulta en una pérdida de ser uno mismo. Si el ciclo es quebrado aquí por la ausencia de la madre, la vida misma está en peligro, y si el obstáculo no es removido por su retorno, esta vida y con ella la confianza en el amor, la fe y la esperanza serán absolutamente perdidas.

La relación esencial con la madre, vista y conocida como estando ahí, es la única que puede dar al niño un sentido de ser personal y un estar en la madre. Es inevitable que una separación durante la fase d) produzca los siguientes resultados:

a) Una progresiva disminución del poder del ser personal hasta el punto de una pérdida total. El niño experimenta miedo o identificación con el no-ser. El sólo puede vivir como persona si está identificado con un ser personal. Si esa persona no está, él continúa identificado pero con el no-ser. Esto es experimentado como un peligroso eclipse de la esperanza y las expectativas, una certeza de no ser capaz de soportarlo mucho tiempo, un sentimiento de que el tiempo pasado en soledad equivale a la muerte inminente del espíritu.

b) Una creciente ansiedad, catalogada como ansiedad por separación. El estar solo es intolerable para el lactante, porque la naturaleza del organismo infantil en esta fase encuentra imposible sobrevivir a la pérdida de ese rostro viviente, tal como no podría hacerlo en el útero sin el suministro de sangre oxigenada. En lugar de continuar sintiéndose como un ser humano por identificación con una persona amorosa y próxima, a través del acceso a la deseada fuente maternal de afirmación personal, el niño experimenta un penoso estado de no aceptación y de rechazo, de estar prohibido de entrar a la vida como una persona, separado de ser él mismo.

Esto representa una respuesta esencialmente pasiva a la pérdida de estar” en relación o de ser uno mismo. pero esta respuesta pasiva no es la única reacción a la pérdida de la fuente maternal de afirmación personal.

Hay en ciertos niños, sobrepuesta a esta reacción básicamente pasiva, una reacción activa de ira. En esta fase de unidad (u obligatoria simbiosis) la ira no tiene objetivos separados, sino que es una respuesta a una penosa identificación sin objeto. La ira es sentida, por así decirlo, contra el propio universo, que incluye lo que más tarde será dividido en tres factores: las otras personas, el yo y el lazo espiritual entre ellos. En este brote de energía reactiva el organismo se prepara para luchar contra la frustrante situación, si hubieran fantasías, serían de combate y destrucción contra esta mala situación ontológica. Tales reacciones de ira insensata pueden observarse en lactantes separados del pecho materno para colocar allí otro niño que succione el pezón (mellizos) por ejemplo.

Una reacción defensiva alternativa a la ira es la de sustituir a la madre real y a su pecho por una mera fantasía de traerlos de regreso. Esta sustitución de un objeto amado real por uno imaginario es llamada fantasía libidinal. En la primerísima infancia, la mente tiene instintivamente una imagen del objeto deseado, el pezón o el pecho, y una vaga imagen concebida del rostro de la persona amada. En la penosa ausencia de la persona real o de un aceptable sustituto, la fantasía recrea la anhelada persona o una parte de ella, o de un aspecto de su vestimenta, en una imagen mental. La fantasía libidinal ocurre independientemente de la reacción de ira.

El retorno de la madre, o de una aceptable subrogante materna, al momento remueve la ocurrencia de sufrimiento psíquico. La ansiedad desaparece. Cualquiera que haya sido la reacción, disminución de la confianza, ansiedad, ira o fantasías, todas pasan a ser repentinamente inapropiadas. Pero todavía están presentes en la mente del infante, y la memoria no deja de retener la sensación del dolor que las causó, aunque eso sea sólo mientras olvida o reprime la experiencia. El retorno de la madre como fuente del ser deja esas intolerables experiencias traumáticas a medio camino entre la mente y la memoria. A no ser que exista alguna defensa posible contra ellas, de modo que puedan ser removidas de la mente consciente, la restauración del ciclo dinámico podría ser casi completamente estropeado y continuar siendo perturbado por penosas memorias de ese terrible universo, ese otro mundo de desolación, a cual la madre, por su irresponsable ausencia, sin duda involuntaria, ha expuesto al niño.

El primer modo de defenderse de aquel maligno universo de dolor psíquico es el de separarlo de la consciencia. Es un proceso activo de forzada disociación de experiencia traumática hacia un área de la memoria no directamente disponible a la consciencia. La experiencia frustrante y sus consecuencias son manejadas como si se tratara de un no-yo. Lo que no puede ser soportado es negado. Lo que este proceso representa en términos neurológicos no es conocido, pero sí está claro que requiere un constante consumo de energía mental para mantener la disociación. Una persona tolerará el retorno a la consciencia del dolor reprimido sólo cuando haya una relación de confianza con el terapeuta que esté cargo del tratamiento. La habilidad para permitir a las formas más severas de la ansiedad por separación retornar desde su estado de represión para hacerse conscientes demanda la continua presencia del terapeuta, quien debe ser una persona en la que se pueda confiar verdaderamente. Las más severas formas de esta ansiedad se han transformado en un pánico a sentirse unido otra vez a alguien quien pudiera volver a herir tan terriblemente. Consciente o inconscientemente la persona se hace el propósito de no amar jamás a nadie por miedo a sufrir.

La represión es un proceso mental activo en el que una parte o la totalidad de la experiencia dolorosa que ha sido reprimida es forzada a no aparecer en el recuerdo. Este mecanismo defensivo hace constantes demandas a la energía mental disponible. En los pacientes depresivos la reacción más reprimida es la ira, en cambio las fantasías libidinales usualmente lo son menos, aunque no son fácilmente reconocidas frente a otras personas. Antes que permitir a esas amenazadoras experiencias retornar a la consciencia se adoptan toda clase de defensas mentales para convertir ese dolor reprimido en algún síntoma más aceptable. Puede ser a nivel psicológico, como el caso de fobias o miedos irracionales, o físico, donde se incluyen todas las enfermedades psicosomáticas.

El causante de esta represión fue llamado por Freud el super-ego. Parcialmente es un sistema defensivo instalado por el ego contra la reaparición en la consciencia de las experiencias dolorosas. Es sinónimo de la consciencia neurótica, a quien le ha sido dada la tarea de incorporar en la mente la anticipación de las reacciones y actitudes de los padres, como el ego infantil las percibía y, a menudo, no
equivocadamente. Ella pone en guardia al ego de un posible penoso rechazo si las condiciones impuestas no son cumplidas. El super-ego instala un rígido e inflexible sistema de prohibiciones e ideales negativos que deben ser obedecidos para merecer aceptación y trato justo de anacrónicas figuras parentales.

Parte de la función del super-ego constituye un tercer modo de defensa contra las inaceptables e intolerables emociones que pudieran emerger a la consciencia. Este super-ego, o consciencia neurótica, actúa manteniendo la ira y las fantasías reprimidas encubiertas y disfrazadas para un mejor ocultamiento. Los impulsos libidinosos y los destructivos son usados para producir un tipo de carácter o un ego-ideal totalmente opuesto a lo que ha sido ocultado. El interior del sepulcro es llenado con los huesos de la madre muerta y las paredes internas están pintadas con fantasías libidinosas. Consecuentemente, el dictador super-ego ordena que las paredes exteriores del sepulcro deben ser mantenidas pulcramente blanqueadas por una persona que aparente ser y que se comporte así – compulsivamente amable y complaciente, sin que sienta la menor simpatía por los otros, y que sea virtuosamente modesta.

Principales características
de las personas depresivas:

a) Negación del interés sexual.- Este elemento libidinal ha sido reprimido. La modestia y el pudor son evidentes. Algunos niegan los elementos sexuales hasta en su propia mente. Protestan vigorosamente contra aquellos que los disfrutan. Los dones de la sexualidad tienden a ser considerados disgustantes, en ningún caso, un asunto agradable.

b) Excesiva auto-anulación.- Dan la impresión de que no desean atraer la atención. Su timidez y sonrojo expresan este conflicto. El profundo deseo de atraer la atención, que pudiera conducir a un natural despliegue de parecer atractivo y ser notado, es inmediatamente condenado por el super-ego como inmodesto, produciendo una sensación de culpa que lleva al sonrojo. En esta reacción de la piel se expresa la ambivalencia entre querer y no querer ser tomado en cuenta.

c) Compulsiva complacencia.- El ego-ideal viene a ser la persona excesivamente mansa, el poco varonil yes-man. Hay una inhabilidad para expresar ira aún al punto de pérdida de la normal autoafirmación frente a la injusticia. Encubriendo la ira interna contra el dominio materno en su vida, el hijo pasa a ser un intenso partidario de todos los puntos de vista sostenidos por la figura parental. Contradiciendo los deseos internos de dominar y forzar la autoridad parental, la reacción es de sumisión y de buena voluntad para ser controlado. Los deseos de muerte son cubiertos por una excesiva solicitud por la salud y la longevidad de aquellos de los que depende.

d) Una frágil autoconfianza.- Hay un ansioso deseo de preservar la apariencia externa de ecuanimidad, de paz y de una bien adquirida seguridad. Se ofenden fácilmente con aquellos poco cuidadosos en su desempeño, porque esto los hace sentirse conscientes de su ansiedad de perfección. Hay una compulsiva necesidad de racionalizar y de encontrar buenas justificaciones para evitar todos aquellos eventos que puedan despertarles ansiedad. La verdadera explicación: Evito esto porque me produce ansiedad es reprimida.

e) Una compulsiva necesidad de probar que no sienten miedo.- La mente es protegida por mecanismos disociativos que le impiden entrar en contacto con experiencias que puedan asustarlos. Hay una negación compulsiva de la posibilidad de enfermedades. La muerte es un tema mórbido que debe ser evitado.

f) Una compulsiva idealización de la perfecta confiabilidad materna.- El fervor de quien no puede aceptar su interna desconfianza hacia la madre, los compele a excesos de identificación con ella y a su idealización. Esto cuenta también para las posibles figuras parentales, o grupos que encuentren en su vida adulta, hacia los que se acercan buscando seguridad. La confianza es reemplazada por su dinámico opuesto tratando de confiar. Tratan de probar que confían adoptando una puntillosa adherencia a la tradición del grupo del que dependan.

g) Compulsivo optimismo y persistencia.- Muestran una inhabilidad para aceptar la desesperanza de una situación en la que esperan ser aprobados por su desempeño. Se niegan a admitir la derrota. Aunque deprimidos, persisten en exigirse a si mismos, en la vana esperanza de tener éxito gracias a sus esfuerzos. Deben negar la desesperación hasta el final.

Nudos

Nudos

Ellos juegan un juego.
Ellos juegan a no jugar un juego.
Si yo les muestro que lo veo así,
romperé las reglas y ellos me castigarán.

Yo debo jugar el juego de ellos,
que consiste en no ver que yo veo el juego.

******

Ellos no se divierten.
Yo no puedo divertirme si ellos no se divierten.
Si yo los hago divertirse,
podría divertirme con ellos.
Hacerlos divertirse no es entretenido.
Es un rudo trabajo.
Podría divertirme descubriendo
porqué ellos no se divierten.
No se me prohibe complacerme en buscar
porqué ellos no se divierten.
Pero hay un cierto placer en aparentar
ante ellos que yo no me divierto,
en descubrir porqué ellos no se divierten.

Se aproxima una niña y me dice: “Divirtámonos”.
Pero divertirse es una pérdida de tiempo,
porque esto no ayuda
a descubrir porqué ellos no se divierten.

******

Nosotros tenemos el deber de enseñar
a nuestros hijos a que nos amen, nos respeten
y nos obedezcan.
Si ellos no lo hacen, deben ser castigados,
si no, nosotros no estaríamos cumpliendo
nuestro deber.
Si ellos crecen amándonos, respetándonos
y obedeciéndonos,
seremos bendecidos por haberlos educado bien.
Si ellos crecen sin amarnos, respetarnos
ni obedecernos,
o bien los hemos educado convenientemente,
o bien no lo hemos hecho.

Si lo hemos hecho,
debe haber algo que anda mal en ellos;
si no lo hemos hecho,
debe haber algo que anda mal en nosotros.

Los hijos tienen el deber de respetar a sus padres.
Y los padres tienen el deber de enseñar a sus hijos
a respetarlos dándoles un buen ejemplo.
Los padres que no dan un buen ejemplo a sus hijos
no merecen su respeto.
Si nosotros les damos un buen ejemplo,
creemos que al crecer nos estarán agradecidos
porque ellos mismos llegarán a ser padres.

Si ellos son insolentes,
no nos respetarán
por no haberlos castigado
por no respetarnos.

No es bueno mimar a un hijo.
Hacer lo que ellos quieren es lo más fácil,
pero ellos no nos respetarán por dejarlos
salirse con la suya.
Cuando crezcan, no nos respetarán
si no los castigamos por no respetarnos.

******

Mi madre me ama.
Yo me siento bien.
Me siento bien porque ella me ama.
Soy bueno porque me siento bien.
Me siento bien porque soy bueno.
Mi madre me ama porque soy bueno.

Mi madre no me ama.
Yo me siento mal.
Me siento mal porque ella no me ama.
Soy malo porque me siento mal.
Me siento mal porque soy malo.
Soy malo porque ella no me ama.
Ella no me ama porque soy malo.

******

Yo no me estimo.
No puedo estimar a alguien que me estime.
Sólo puedo estimar a alguien que no me estime.
Yo estimo al que no me estima.
Yo menosprecio al que no me menosprecia.
Sólo una persona despreciable
podría estimar a alguien tan despreciable como yo.
No puedo amar a alguien a quien yo menosprecie.

Si amo a alguien
no puedo creer que ese alguien me ame.
Qué prueba podría darme?

Ronald Laing

Más Información:
Libros de Ronald Laing:

El Yo dividido.-Fondo Cultura Económica
Cordura, Locura y Familia.- Fondo Cultura Económica
La Voz de la Experiencia.-Grijalbo

La Personalidad Esquizoide

La Personalidad Esquizoide

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La posición esquizoide conduce típicamente a la ansiedad, no por separación o soledad, sino por compromisos, especialmente matrimonio, empleos permanentes y decisiones en el plano social y religioso.

Un esquema de defensa por desapego e introversión, característico de las personalidades esquizoides, busca enfatizar la separación de cosas materiales y cotidianas para buscar poderes escondidos y misteriosos. Esto puede encontrar expresión en el ocultismo y lo parapsicológico o ritualista.

Los desórdenes de la personalidad esquizoide tienen algunas de sus raíces en una inocente aflicción infantil por una gran severidad. Cuando la mente consciente se da cuenta de la cantidad de dolor que existe en el mundo, muchas veces sin una culpa aparente que lo justifique, viene el cuestionamiento de la bondad y aún de la existencia de un Dios que permite que esto ocurra.

Es probable que generalmente no se aprecie que la defensa esquizoide es un rechazo a enfrentar la falta de esperanza, la que se traduce en evitación del dolor y parálisis del miedo. Existe una paradójica dinámica que envuelve a la persona esquizoide en un caos de contradicciones internas. Un estímulo que promueva un conjunto de impulsos dinámicos positivos, despierta una destructiva oposición desde otras áreas del sujeto. La esclavitud de la voluntad es absoluta. Se necesita un sistema dinámico enteramente nuevo con poder para efectuar cambios de conducta a pesar de, y aparte de, la preexistente personalidad.

Las experiencias de rebirthing y de regresión a los primeros meses de vida, a través de hipnosis, han hecho posible una exploración más detallada de la posición esquizoide. Esta representa una enfermedad radical del ser, tan severa que el dolor de mantenerla en reserva y oculta es preferible a declarar y exponer este sufrimiento ante otros. Esto hace que el sujeto no acuda por su propia voluntad a profesionales psicoterapeutas. Además, mientras no se trate de una psicosis, la psiquiatría no tiene fármacos que ofrecer.

Una terapia psicoanalítica de largo plazo puede ser beneficiosa algunas veces, pero, por no estar frecuentemente al alcance de los medios económicos del afectado o de su familia no se recurre a ella.

John Bowlby describe un modelo de reacción esquizoide que llama el santo, caracterizado por docilidad, placidez, incondicional falta de egoísmo, seria y ansiosa responsabilidad. El individuo tiene un temperamento tranquilo mientras pueda continuar con sus tareas auto-elegidas en forma quieta e ininterrumpida. Los defectos inherentes a este modelo de personalidad se hacen evidentes si el individuo
se siente presionado a involucrarse en alguna forma. Esto le parece perturbador e irritante, y lo empuja a precipitarse en una violenta acción evasiva. Bowlby usa como parámetros el concepto de surgencia (incremento súbito) contra no-surgencia, y las polaridades de sensibilidad social contra insensibilidad social. La personalidad esquizoide santa es no-surgente y socialmente sensitiva, mientras el psicópata esquizofrénico es surgente y socialmente insensible. Este es un desvergonzado oportunista, enérgicamente comprometido en crímenes fríos y despiadados. La ruina social que cause, no le hace mayor impresión. Una cualidad sádica lo hace tan temido como el santo es amado. Sin embargo, ambos son definitivamente personas esquizoides. El elemento básico del escape del compromiso social no determina la dirección hacia donde se escapa. Puede ser hacia la espiritualidad o hacia la carnalidad hacia la virtud o hacia el vicio. Ninguno de estos dos movimientos es libremente motivado por una genuina elección. El miedo, y la consecuente conducta compulsiva, puede dominar al santo esquizoide como al psicópata esquizoide. El estudio de Bowlby fue hecho con pacientes esquizoides limítrofes (entre la neurosis y la psicosis). El no considera el gran numero de personalidades esquizoides socialmente aceptables, cuyas dificultades en involucrarse con otros no son obvias, sino sólo íntimas.

W. H. Sheldon se ha dedicado a observar la dinámica de la personalidad esquizoide. Esta tiene rasgos en común con el componente cerebrotónico, uno de los tres que caracterizan la constitución humana (los otros dos son el somatotónico y el viscerotónico). Algunos de estos rasgos son: una sobre-reacción fisiológica del tracto digestivo ante estímulos emocionales; una tendencia a reacciones nerviosas de la piel; una acentuada tensión emocional frente a exámenes y a sexualidad; una profunda y urgente necesidad de mantener no-invadida su privacidad, llevando una vida mentalmente intensa pero fuertemente restringida
en su extensión. El no puede mostrar sus sentimientos, lo que hace que los otros no les den crédito. Evade todo tipo de compromisos. Es extremadamente subjetivo; sólo es real para él lo elaborado en sus elucubraciones mentales. La realidad exterior aparece como algo secundario.

Las reacciones esquizoides ocurren comúnmente en personas altas y delgadas, aunque no se puede decir que la constitución física sea el factor determinante, porque también se encuentran personalidades esquizoides albergadas en cuerpos bajos y gruesos. Las excepciones a la correlación general entre constitución y temperamento nos hace mirar hacia otros factores.

Karen Horney habla de modelos de conducta según la tendencia hacia, en contra o aparte de la gente, situando a los esquizoides en este último grupo. Ella habla del desapego emocional que sienten hacia los otros y aun hacia ellos mismos, de su actitud de espectador ante la vida y frente a sus propios actos y sentimientos, y de su aguda necesidad de autosuficiencia. Ella distingue la sana búsqueda de una creativa soledad del aislamiento compulsivo. Superficialmente pareciera que pueden aceptar la compañía de los otros, pero ante el más mínimo intento de incursión en su intimidad se desencadena una inmediata reacción de angustia que rompe cualquier relación. Las emociones están reprimidas. Un sentimiento de inferioridad como participantes en algún evento social es encubierto con una actitud defensiva de superioridad. Ellos experimentan una sensación de oculta grandeza y de originalidad basada en cualidades mentales reales o imaginadas. La sola insinuación de que pudieran necesitar ayuda profesional – con la consecuente dependencia – les causa un amargo resentimiento. Esto hace que el psicoanálisis les resulte una ofensa.

Jung ha hecho muchas contribuciones a la delineación de la personalidad esquizoide. Su tipo del pensamiento introvertido es prácticamente idéntico a la reacción esquizoide intelectual. Él hace notar entre las características de este tipo la prioridad dada a las formulaciones intelectuales , la influencia de las ideas y el intenso apego que la persona tiene por los productos de su propia mente. Quizás más significativo es el hecho de ese vago temor del otro sexo, que Jung identifica como uno de los rasgos más importantes. Ya que el esquizoide es principalmente masculino, el objeto de este temor es la mujer. La tarea de tales hombres es enfrentarse y relacionarse con las intolerables emociones provocadas por esta madre terrible
.
Jung infiere que esta relación negativa con las personas se deriva de las más primitivas relaciones experimentadas en la infancia. Las personas como objetos poseen cualidades atemorizantes y poderosas para este tipo de personalidad. Su desapego es motivado por el miedo. La madre terrible es proyectada sobre Dios y sobre todos sus semejantes, hombres o mujeres, falsificando o destruyendo las relaciones.

Fairbairn considera que el origen de la posición esquizoide está en la temprana fase oral del desarrollo, dentro de los primeros seis meses de vida. El lactante a poco de nacer, busca a la persona materna. Cuando este deseo es frustrado, el interés y la ansiedad se focalizan en la relación de parte-objeto: boca-pecho. Conjeturando que el lactante piensa con la boca, digamos que él se defiende de la pena por
la falta de la madre con una fantasía de la posesión del pecho. Ya sea en su aspecto de dador-de-vida o en su aspecto negador-de-vida, el pecho es vivenciado como tragado o incorporado. Si es un mal-pecho, puede ser rechazado oralmente por nauseas o vómitos, o rechazado analmente por diarrea. Así, la boca y el tracto digestivo pasan a ser los órganos de expresión para un lenguaje de fantasía que realmente concierne a la verdadera relación del lactante con la madre. Nuestra práctica con pacientes reviviendo sus propias experiencia s a esa edad, nos lleva a tratar de cambiar el énfasis hacia la madre como un todo: su rostro, ojos, voz, su aspecto, su actitud en el seno familiar como una gestalt, una imagen total, intuitivamente buscada y finalmente reconocida. La búsqueda tiene que desembocar en un encuentro cara a cara. La relación boca-pecho tiene que ver con el bienestar y sustento del ego más que con su existencia. La tensión esquizoide tiene que ver con la desesperación y el temor de la existencia misma.

Guntrip sostiene que el apartamiento esquizoide instala un sistema interno cerrado que se caracteriza por el odio del débil, pasivo, incondicionalmente malo, niño. Este siente que tiene que haber habido la intención en la madre de llevarlo lo más cerca posible de la muerte. El identificarse con esta intención puede hacer al paciente acercarse lo más posible al suicidio. Esta actividad auto-destructiva puede ser motivada por un intenso deseo de retornar al punto donde la unión con la madre fue rota. Dado que esto ocurrió en un momento de infinito dolor, el intento de retornar – y así le parece a la mente regresiva – debe transitar a lo largo del mismo camino doloroso. En efecto, existe algo reconfortante en la actividad misma, por destructiva que parezca. La alternativa sería una más angustiosa y desintegrante pasividad. El impulso básico detrás de las condiciones psicopatológicas es la necesidad de llegar a ser una persona por derecho propio en el más estrecho sentido, o sea la lucha por preservar un ego.

Para mantener relaciones personales satisfactorias es fundamental la salud de los orígenes psicodinámicos. El total quiebre esquizoide en la relación de dependencia y de confianza con la madre o su subrogante, aunque tan temible como para producir un deseo de perpetuar el quiebre, no puede ser mantenido por el niño. Sería la muerte. Él debe instalar un sistema de falso ser para guardar las apariencias. Esto lo provee de una máscara de aparente confianza, pero realmente de secreto no-compromiso, detrás de la cual el ego puede retirarse a lamer sus heridas. Aquí él disfruta los pálidos placeres de una fantaseada afirmación de su ser mantenida gracias al narcisismo. Puede también regresar
a los bien recordados Campos Elíseos de las satisfacciones intra-uterinas. De nuevo dentro del fantaseado útero, el ego regresivo se siente a salvo y sano. El problema para la terapia es si podemos inducir a este ego regresivo a cruzar el umbral, recapitulando las primeras semanas y meses de vida en total dependencia, no ya de la madre, sino del terapeuta. Cuando esta persona echa un vistazo al mundo de afuera, está más consciente del aterrador abismo en que fue lanzado su ego cuando niño por el (tal vez involuntario) abandono de la madre. La tarea del terapeuta es ofrecer una relación que sea lo suficientemente sólida como para inducir al temeroso e inhibido ego a salir de nuevo.

La única alternativa es encontrar una manera de entrar, según los recursos terapéuticos, detrás de la puerta defensiva hasta la sala principal con miras a persuadir al ego regresivo que hay más ventajas en el crecimiento y en la madurez que en el permanente retiro de la escena humana. Habría otra alternativa, tal vez más allá del alcance de la terapia, que sería descender en ese abismo de terror junto con el paciente, ayudándole a traer a su consciencia esa angustia mental infantil que acompañó al daño fatal en el momento decisivo que se produjo la ruptura y el retraimiento.

Cuando el infante, en total inocencia, sufre esta atroz aflicción a las manos de su madre, que lo hace caer en el desamparo de la posición esquizoide, toma para sí la actitud que debió haber sido la de la madre. Se condena perpetuamente al aparente veredicto materno: este ser no vale nada, olvídenlo, apártense de él. Debe contemplarse a sí mismo como deficiente, digno sólo de ser rechazado, inaceptable para las otras personas. El auto-desprecio es inseparable de la posición esquizoide.

Hemos visto que la personalidad esquizoide es definida desde el punto de vista psicodinámico como una catastrófica división de la persona en las primeras semanas o meses de vida. Es un profundo corte que desciende hasta las raíces del ser. Se produce una conversión en ciento ochenta grados, que reorienta al ego hacia todo lo que existe de manera contraria a lo que es sano y normal. La positiva atracción inicial hacia todo lo bueno y al disfrute de la intimidad con otras personas es reemplazada por sentimientos negativos y por retraimiento. La pérdida de su centro como persona se diluye impregnando todo tipo de relación, personal o impersonal. Y no en forma gradual, sino como una súbita discontinuidad, un dramático todo-o-nada. El anhelo hacia la vida llega a ser anhelo hacia la muerte. El deseo por el placer como placer es transformado en deseo por el dolor como placer. La búsqueda de atención y de apego a las personas cambia a un compulsivo deseo de pasar desapercibido y vivir desapegado. Esta súbita e intensa pérdida de los anhelos primitivos, deja tras de sí no una neutralidad, sino una persistente y poderosa repugnancia.

La Personalidad Paranoide

La Personalidad Paranoide

LaPersonalidadParanoide
Pertenece a la esencia del punto de vista de la personalidad paranoide el considerar que todos los demás son candidatos para la atención psiquiátrica. Como decía una mujer: “Yo estaría mucho mejor si los que me rodean no fueran tan neuróticos. Todos sus problemas psicológicos son confrontados no en su interior sino por proyección, porque son observados en los otros. La persona percibe en los demás aún las más mínimas manifestaciones de las deficiencias y fallas que su propia naturaleza interna soporta más severamente. Dado que con frecuencia se siente privada de sus derechos y es propensa a los litigios, frecuenta al abogado más que al psiquiatra. Si participa en algún grupo, plantea al que lo dirige todas sus protestas contra las injusticias de la vida, venga o no al caso el tema. Al proyectar sus perturbadas emociones en dichos grupos, se produce lo que podríamos llamar “un efecto infeccioso”. Rápidamente se agregan otros reclamantes.

Hay una continuidad, con unas pocas marcas claras, desde los moderados sentimientos paranoides” que todos tenemos alguna vez (una sensación de ser pasado a llevar, lo que en sí mismo no es justificado por los hechos) a la tendencia de reaccionar de manera paranoica en una situación tensa, hasta la neurosis totalmente desarrollada. Más allá está la psicosis, que empieza con la aparición en la consciencia de la experiencia infantil transmarginal de ser “perseguido”, la que se vivencia como una súbita “iluminación”, siendo la primera falsa creencia. Esto puede estar limitado a una pequeña área de la vida, guardada de los demás en secreto. Es el nivel descrito como parafrenia. Si continuan las falsas ideas consideradas como verdades, abarcando un área más extensa, fortalecidas por extrañas alucinaciones y grandiosas experiencias, acompañadas de contradictorios sentimientos de ser sádicamente perseguidos, es el peor de los pronósticos: la esquizofrenia paranoica (estado alcanzado por unos pocos que comienzan de esta manera).

Entre la gente llamada “normal” hay abundancia de rasgos paranoicos, en grado suave a mediano. Veamos unos pocos: susceptible, falto de sentido de[ humor, malicioso, punzante, irónico, defensivo, discutidor, suspicaz, cauteloso ante posibles críticas, siempre afirmando su posición contra aquellos que pudieran invadir sus derechos, propenso a las argumentaciones de tinterillo, se deleita en poner a la gente en su lugar si cree que han dado un paso en falso. Se dedica con desequilibrado celo a alguna causa con la que
se identifica, teniendo a la mano prontas excusas por si falla, es un genio en probarse a sí mismo que siempre tiene la razón, morbidamente persistente en sus alegatos, hipersensible, poco sociable, envidioso, celoso, consumido por odios secretos, rápido en promocionar lo que considera su valor personal. Es orgulloso, y, sin embargo, siempre se siente humillado, incapaz de admitir ante sí mismo que pueda estar equivocado, un hombre mediocre con grandes ideas sobre su propia persona, incapaz de hacer concesiones, falto de caridad, crítico, hipercensurador, desconfiado de todo el mundo. Autocentrado, rechaza exponerse
a lo que le parece el áspero y perturbador intercambio social, incapaz de comprender lo que hace a otra gente amable, tan atareado está en proyectar sobre ellos sus propias dinámicas defectuosas. Es una especie de cactus que irrita la piel de quien lo toca, que se mantiene con una mínima dieta de contacto social, y con apenas una pizca de agua del espíritu. Decir que él disfruta esta situación de escasas y limitadas relaciones personales, sería una contradicción interna. En su fuero más íntimo, él se identifica
con el vacío, la falta de sentido, la inferioridad, la baja autoestima, la impotencia, y un débil y enfermo espíritu humano. Como persona preparada para la relaciones básicas de la vida: encuentros, diálogo, comunidad, realización de lazos personales de amor y de amistad, él es literalmente un peso muerto.

Sus experiencias humanas en el primer año de vida no le proporcionaron ninguna sensación de abundancia de contento, ni de gozosa satisfacción. 0 si esto le fue dado en el comienzo, llegó el momento, demasiado pronto para ser soportado, en que fue privado de ello en forma drástica. Esta intolerable experiencia fue traducida íntimamente como haber sido desgarrado, negado, reprobado. Su reacción fue la instalar un modelo de personalidad que se defendiera de futuros rechazos, a lo que se agregó la proyección completando el cuadro. El dilema de la personalidad paranoide yace en la prematura herida inflijida en su naciente humanidad por una privación demasiado precoz, severa e intolerable. Este rechazo quedó incorporado en la estructura del carácter, haciéndole luchar tanto contra la aceptación de sus necesidades internas como contra la búsqueda de ayuda externa. El no se expone a sufrir “hambre y sed” por el deseo
de encontrar recursos humanos más allá de su ser, porque ya conoció “el hambre y la sed” y las considera demasiado dolorosas para volver a experimentarlas. Entonces se conforma con vivir de fantasías de realización y de plenitud. Su propia personalidad rígida y anquilosada bloquea cualquier intento de ayuda que pudiera sanarlo.

Los quiebres paranoicos son desórdenes que aparecen en la edad mediana y en la vejez, con un inicio generalmente pasados los treinta y cinco años. Aunque esto es lo típico, también pueden encontrarse reacciones paranoides en la adolescencia, sobre todo asociadas a brotes esquizofrénicos.

Los adolescentes están conscientes de que sus padres y la gente adulta no considera su derechos seriamente. Su mayores no los toman en cuenta en sus conversaciones, los menosprecian y demoran en otorgarles privilegios de libre determinación. Los adolescentes sanos se desentienden de estos problemas, pero aquellos inclinados a reacciones paranoicas, al enfrentar estos primeros conflictos sobre “sus derechos” tienden a reaccionar con extrema susceptibilidad. Pueden mostrar una hostilidad generalizada hacia la gente mayor, percibiendo actitudes dominantes donde no las hay, viendo ofensas que sólo existen en su imaginación. Esto está relacionado con la situación dinámica de no estar haciéndolo bien, ya sea en el estudio o trabajo, o en el ambiente social. Su frustración exacerba las reacciones paranoicas. Cuando consiguen establecerse y estar bien conectados en el camino a un bienestar profesional, económico y social, la susceptibilidad paranoide tiende a disminuir.

Los síntomas paranóicos son característicos de toda clase de enfermedades mentales en la vida adulta, y se definen como una idea fija de ser perseguido. Esto agrava las enfermedades depresivas, la esquizofrenia aparecida después de los treinta años, y los estados demenciales seniles. Si la paranoia sobreviene en una personalidad que es ya esquizoide: aislada, introvertida, desapegada, insociable, es difícil decir dónde comienza la esquizofrenia. Y puede ser que no tenga sentido preguntarlo. No hay un grupo de enfermedades en psiquiatría cuyos límites sean más difíciles de categorizar que el diagnóstico de paranoia.

Esta enfermedad puede aparecer en forma repentina en la mitad de la vida en una persona que hasta entonces podía decirse que estaba bien ajustada a su ambiente. El ataque puede comenzar con lo que es conocido como Ia primera falsa idea”. El puede estar leyendo un periódico, viendo la televisión, escuchando la radio, y de súbito alguna frase, alguna propaganda, le parece una particular referencia hacia él o su vida privada del pasado, presente o futuro. Cualquier cosa que suceda puede tomar súbitamente un íntimo significado personal. Los eventos ordinarios en el entorno repentinamente llegan a estar cargados de una gran importancia, a menudo de amenazas de persecución. Hay un cambio en el estado de ánimo de la persona que tergiversa en forma ilusoria su total vida emocional, afectando toda relación. El extraño matiz de ésto es inmediatamente manifestado, no sólo a la persona misma, sino a cualquiera con quien hablara de estas cosas. Como resultado, el paciente guarda estas privadas revelaciones de significado secreto por varios meses. Continúa llevando una aparente vida normal y en todos los aspectos – menos en éste en particular – su conducta es la de antes. No resulta sorprendente para un psiquiatra entrevistar un paciente a pedido de sus familiares, que le encuentran algo raro, y conversar una hora con él sin notar nada que justifique la inquietud de la familia. De pronto, en los últimos cinco minutos, al momento de despedirse, el paciente hace voluntariamente un comentario al pasar, tan extrañamente contrario a la situación presente como para presumir un diagnóstico de paranoia esquizofrénica.

Una vez un sacerdote estaba tomando té con una colaboradora de su parroquia. Durante una hora o algo
así, la conversación era totalmente normal. Al despedirse, notó una pequeña grieta en la pared del living, la que había sido cubierta por una tira de papel engomado en forma de cruz. Hizo un liviano comentario sobre eso y la señora, a renglón seguido de sus frases de despedida, explicó que su ex-marido estaba infiltrando gas venenoso por esa grieta, pero “ese parche en forma de cruz detuvo su jueguito asesino”. El sacerdote quedó tan impactado que dejó la casa antes de poder recuperar el aliento.

Una vez que la primera falsa idea – o ilusión – ha ocurrido en la vida adulta, el paciente se contempla a sí mismo como alguien que es perseguido por algún grupo de personas de su comunidad. A veces, él cree obsesivamente que otros lo envidian, o quieren estafarlo, acusarlo, aterrorizarlo, atacarlo, envenenarlo, o meterlo en prisión. Otras veces se refugia en la negación, la cual es característica de quienes guardan memoria de la omnipotencia y de la beatitud del infantil estado de ser anterior al diluvio. El es grandioso. Súbitamente tiene una convicción de su limitada grandeza. Esto puede conducirlo a la megalomanía paranoica.

Estas ideas fijas pueden ir acompañadas de alucinaciones auditivas, voces acusándolo o ridiculizándolo, amenazándolo o dándole órdenes. Muy raramente, las voces son elogiosas. A menudo oye golpeteos en las murallas de la habitación, o voces de ocultos personajes desde dentro de los armarios. Las alucinaciones visuales son mucho menos comunes.

La primera idea fija aparece al final de un período de pérdida de bienestar en la edad adulta, como si fuera
un “momento de iluminación”. En ese instante parece como si todo lo que estaba relacionado con él se presenta con claridad. No hay sombra de duda en ese momento acerca de la verdad de la afirmación: “Estoy siendo perseguido”. Es inútil intentar contradecir al paciente paranoide en este punto. El está más seguro de la verdad de esta experiencia que de cualquiera otra cosa que pueda sucederle. No hay razón para que tratemos de disuadirlo, porque, en realidad, debemos reconocer que ésto representa fielmente un sector real de su experiencia infantil. Sólo podemos aceptarlo e interpretarle su significado. El no confiará en quien pretenda negar la validez de esta experiencia. El podrá confiar sólo en quien sea capaz de darle una explicación sensitiva de lo que ella representa, si no en su total realidad, por lo menos en una parte de ella.

Junto con estas perturbaciones en la explicación racional del universo del paciente paranoide, y además, por debajo de toda esta “irracional racionalidad” hay experiencias de tipo emocional que tienen todas las características de una experiencia infantil. La mente es invadida por poderosos sentimientos, ya sea de absoluto terror, de odio, celos, envidia o nostalgia, con la cualidad del todo-o-nada típico de la experiencia infantil original. Para defenderse contra estas sobrecogedoras debilidades, el ego puede regresar a experiencias aún más tempranas de absoluta beatitud, poder, vigor, e “insuperable bienestar.

.En un momento el paciente está en éxtasis, exaltado por un sobrenatural sentido de tener absoluta percepción interior de todos los fundamentales problemas del ser. Al momento siguiente, puede sentirse aferrado por oponentes “demoníacos” y sentirse maldecido. Sabemos que esto realmente representa los dos estados de infantil bienestar e infantil malestar, tal como ocurren dentro de los primeros seis meses de vida.

Cuando estos diversos estados suceden originariamente, el lactante está todavía sumergido en el estado de identificación con la madre, ya sea por el bienestar o el malestar que ella proporcione. El es incapaz de distinguir si esos sobrecogedores sentimientos pueden ser propiamente atribuídos a la madre o al ego en sí mismo, o a los elementos comunicantes, a las percepciones en las estructuras sensorias. Vemos esa misma confusión en el paciente paranoide, A veces se maldice a sí mismo por ser la causa de su infortunio e inferioridad. Refugiándose en la sensación primaria de bienestar superior, atribuye el menoscabo que sufre a la hostilidad, envidia y celos de los otros, quienes codician sus bienes. Otras veces las estructuras sensorias soportan la responsabilidad y proporcionan pseudo-explicaciones en forma de alucinaciones y falsas percepciones. La regresión atrae a la mente al período anterior a cualquier distinción que haya podido ser hecha entre sujeto, objeto y predicado, o a los límites del ego.

La Personalidad Histérica

La Personalidad Histérica

LaPersonalidadHisterica
La palabra histeria y el adjetivo histérico tienen muchos significados en la terminología psquiátrica y no es fácil relacionarlos entre sí. La palabra no es exacta ni es una creación de la psiquiatría moderna. Usada por Platón y los griegos significaba el útero vagabundo. Desde tiempos remotos la histeria ha sido asociada con la frustración sexual y las disfunciones maritales, especialmente en mujeres, manifestándose en una variedad de síntomas tanto físicos como mentales.

Freud amplificó la idea griega atribuyendo el origen infantil de la histeria al conflicto edípico, en que el niño
y la niña tienen deseos genitalsexual por el progenitor del sexo opuesto y hostilidad hacia el del mismo sexo. Más recientemente, los neo-freudianos han mostrado que el verdadero origen de la histeria está en
un período mucho más temprano de la infancia, dentro del primer año de vida.

Tiene que ver primariamente con la sexualidad y el área genital, pero también con privación de relaciones intepersonales durante la primerísima fase de desarrollo de la personalidad.

El núcleo de la posición histérica, desde donde se derivan todas las proteicas manifestaciones del desorden, es el sufrimiento psíquico del infante al ser separado de la presencia de la madre o de su sustituto maternal. Incapaz de soportar la soledad, apto sólo para vivir por identificación con una fuente personal de bienestar que pueda ser sentida, tocada, o percibida como presente, el bebé reacciona al abandono disminuyendo su tolerancia al aislamiento e incrementando la ansiedad por separación . Es probable que factores hereditarios o constitucionales, o ambos, hagan a ciertos infantes menos capaces de tolerar estas frustraciones de atrasos y ausencias maternales. La experiencia de separación-pánico en estos infantes no termina con el retorno de la madre. Es disociado de la consciencia, por un proceso llamado por algunos analistas disociación histérica.

La posición histérica de identificación con el terror a ser privado de una relación personal está cerca del margen de tolerancia al dolor. Hay una inminente amenaza de identificación con el no-ser si el dolor de que la vida esté relacionada con alguien que nunca viene, llegue a ser literalmente insoportable. Estar como colgados de una cuerda, o sea que la propia existencia dependa de una persona como la fuente nutriente
del propio ser, conduce a un punto de quiebre. Algunos pacientes histéricos ciertamente se han quebrado. El intenso deseo histérico por la vida a través de alguien que venga, alguien de quien aferrarse y ser nutrido, puede ser reemplazado por un igualmente poderoso deseo de muerte, de no ser sostenido, de no nutrirse. Esto ocurre cuando el margen de tolerancia ha sido cruzado y asoma una tendencia esquizoide que empeora la situación. Aunque esta posibilidad debe guardarse en mente al tratar a pacientes histéricos, el movimiento reactivo predominante es hacia la gente, en un intento por ganar y mantener su aceptación e interés.

Esta intensa y penosa experiencia de pánico de separación es sufrida inicialmente en forma pasiva. El lactante es demasiado pequeño para pensar en luchar o actuar con violencia para atraer la atención. El no tiene consciencia de estar separado de la madre, así que todo lo que experimenta lo supone conocido y premeditado por ella. Su única defensa en esa etapa es fantasear.

El niño dentro de su primer año vive en función de una persona. Su espíritu necesita nutrirse en la relación personal dada por la madre, mediante la expresión de su rostro y de cualquier otro modo que le permita experimentar su amor y su cuidado. Si él no puede tener esta preciosa experiencia personal de una relación de intimidad, de la que es penosamente privado en la situación histérica, no tiene otra alternativa de defensa contra esta insoportable ansiedad y miedo que refugiarse en fantasías que representen el bien anhelado y consolarse a sí mismo frotando las partes más penosamente excitadas, oral y genital. Cuando
la represión sigue a la disociación de estas experiencias en la consciencia, nada cambia en la mente profunda. El lactante herido de pánico es enterrado vivo en la mente. El está tan vivo veinte, cuarenta, sesenta años después como en el momento de la represión. Un tratamiento exitoso podría traerlo de vuelta en pleno a la consciencia. Más comúnmente él se manifiesta en la total variedad de síntomas neuróticos a los cuales se adjudica el adjetivo de histéricos.

El desorden histérico en la personalidad es la expresión directa, en términos de modelo dinámico, de una reacción de larga permanencia al constante temor de la situación sepultada en el inconsciente. Como nadie está respondiendo espontáneamente a la absoluta infantil necesidad de alguien solícito y nutriente, los fantasmas de separación-pánico y de miedo al no-ser están perpetuamente vigentes. Esto puede ser mantenido en clausura tanto tiempo como persista una conducta de búsqueda de atención. Todo es sacrificado a la adhesiva necesidad emocional de colgarse de alguien. La frustración es mal tolerada, el tiempo de espera es tiempo muerto. Los intentos impulsivos, irreflexivos, irrazonables de atraer la atención desembocan rápidamente en temperamentales pataletas. Esto da una propensión a los accidentes, especialmente si hay un esquizoide deseo de muerte en el trasfondo. Antes de recurrir a la violencia, al chantaje o a la extorsión, la persona histérica trata de complacer. Con esta finalidad, la mujer es seductora, exhibicionista y teatral. Su autodramatización es sostenida por un alto nivel de sugestionabilidad, de autoengaño y de manipulación emocional de potenciales ayudantes. El o ella, se aferran a una sola idea: atraer y mantener la atención de los demás. Su percepción es extravertida, ven lo que quieren ver. Mirarse internamente, aun por un momento, les produce un escalofrío de horror.

Como hay muchas maneras de atraer y mantener una atención favorable en diferentes entornos, hay muchos diferentes modelos de reacción histérica. En algunas familias, son necesarias la religión, la moralidad, la complacencia o la prudencia, como requisitos para ser aceptados. En otras, uno tiene que pelear por ello manifestando alguna superioridad. Para otros es la seducción sexual, aún entre padres e hijos. Otros son amorales e irresponsables. Así llegamos a hablar de personalidades histéricas compulsivamente complacientes o dominantes, de mentirosos histéricos y de psicópatas histéricos.

En el estudio de la histeria encontramos constantemente características paradójicas. El desorden puede tomar el aspecto de fieros y adhesivos apegos e igualmente de violentas rupturas y separaciones. La persona histérica es exquisitamente sensitiva, mostrando acentuados poderes de observación cuando su interés está en juego. Si el entorno presentara estímulos asociados a ideas y personas de quienes desea, tal vez inconscientemente, mantenerse alejada, entonces habrá una marcada insensibilidad, y un estrechamiento del campo de visión para excluir todo lo que pudiera serle perturbador. Algunos tienen este mecanismo disociativo como su principal característica. Su histeria los hace creerse un gran amante, seductor, imperioso e irresistible en los asuntos del corazón. Esta es una función de su necesidad de amor. En realidad, él tiene poco o nada de amor para dar a otros. La mujer histérica puede aparecer como super-sexuada, pero en la cama a menudo se muestra frígida, en retirada o resistiéndose. Ella puede responder con exquisita sensibilidad a caricias superficiales de tipo táctil. Pero esto es a menudo la contraparte de una total inhabilidad para tolerar caricias profundas de tipo penetrativo . En la persecución de hombres atractivos y galantes, ella se siente segura de sí. Pero su expectativa de seguir sintiéndose segura por la continuación del cortejo en la relación matrimonial, puede ser dolorosamente frustrada.

Para el paciente histérico, sus estados mentales son desesperadamente serios. La desesperación está imbuída en su seriedad. A menudo consigue forzar a algunos médicos a tomar sus síntomas tan seriamente como él los considera. La realidad para ellos está tan estructurada por su estado de ánimo del momento
que es capaz de arrastrar a otros a su universo privado con astucia consumada. En retrospectiva, esto siempre aparece como diabólicamente hábil. Y a pesar de ello, no debemos atribuir a la persona histérica ninguna consciente elaboración. Para ella, en ese momento, el universo aparece exactamente como ella lo expresa. Nosotros nunca entenderemos el problema de la histeria, o de cualquier otro estado de consciencia extraño a nosotros, a no ser que estemos preparados para aceptar que toda percepción individual que una persona tenga del universo que la rodea es para ella indiscutiblemente verdadero.

Es difícil decidir si el impulso básico del sufriente histérico es la necesidad de ser amado o la de ser odiado. Está realmente tratando de crear seguridad en una relación o está poniéndola a prueba hasta el punto de su inevitable destrucción?. Está siendo realmente sincero en sus relaciones?. Y si no lo es acaso siente una muy profunda necesidad de probar que ellos son poco sinceros?. Cada movimiento del cuerpo, las manos suplicantes, los ojos implorantes, parecen decir: Quiero vivir dependiendo de tu amor. Pero muy pronto será verificado en forma concluyente que a tu amor le falta alguna cualidad esencial. Tu amor no es bueno. Entonces cada movimiento del cuerpo expresará retirada, en sus ojos habrá una mirada de rechazo. El ferviente anhelo de vida y de amor parece estar pareado en lo profundo con un igualmente presionante anhelo de muerte y de aislamiento. La primacía del uno o del otro es discutible.

Técnicamente hablando debemos preguntarnos si la angustia por la separación va emparejada con la angustia por el compromiso?. Es la verdad final que la persona histérica ama la vida, sufre ansiedad por la separación, siente el temor del no-ser, donde el espíritu podría morir?. Esa es ciertamente la verdad que muestra la condición histérica. 0 esto representa sólo una orientación superficial, cubriendo una más profunda posición de dolor a nivel mental en el cual es la muerte lo que se anhela, y ser dependiente de otros lo que se teme?. Si es lo primero, entonces la tarea del terapeuta es crear las condiciones de seguridad en que el paciente pueda lograr una completa y constante confianza en sí mismo. Pero si es lo último, entonces la tarea del terapeuta es compleja y paradójica. Habrá que dirigirse, al comienzo alternativamente, al final simultáneamente, a dos deseos diametralmente opuestos: hacia la vida y hacia la muerte. Habría que familiarizarse con el absurdo: aunque muriendo, mira, estoy vivo. La situación puede explotar en dirección opuesta a lo que el sentido común podría esperar.

En vez de capacitar al paciente para evitar el dolor, hay que prepararlo para que lo soporte. En vez de fortalecer los dedos que se están resbalando desde el borde del barranco, hay que fortalecer su espíritu para sobrellevar la caída dentro del temible abismo. Habría que pedirle permiso, por decirlo así, para pisar sus dedos. Dado que la histeria misma, como desorden mental, tiene que ser definida en términos de paradoja, no es sorprendente que al determinar un esquema racional para su tratamiento, nos quedemos perplejos por la complejidad de las acciones que tendríamos que adoptar. Es como tratar de coger los cuernos de un dilema debo ser afectuoso o severo, próximo o distante?. Propiciar demasiado definidamente uno de los dos extremos sería dejar de pensar en términos terapéuticos, malentender o subestimar el problema de la terapia. Esto podría suceder a causa de una intensa reacción emocional dentro de nosotros, ya sea de complicidad con el caso que tenemos entre las manos, o de un furibundo rechazo debido a la memoria de anteriores casos extremadamente conflictivos por los que aún guardamos resentimiento. Es necesario mantener la cabeza fría en la sensación de vértigo que producen los acantilados y precipicios en que habita la experiencia histérica. No es fácil en la presencia de quienes parecen dedicarse a la tarea de enloquecer a quienes los ayudan.

El psicoterapeuta tiene que ser capaz de tratar a la persona histérica tan objetiva, cálida y racionalmente como a cualquier otro paciente. Pero pocos despiertan en él tan violentas emociones de amor u odio como sucede con los histéricos. Podrá hacerlo si no olvida que las raíces de esta compulsiva búsqueda de atención están en una agenda infantil que nunca fue completada. Escrita en rojo a través de esas página hay una frase: Yo estaba, en pasiva dependencia, confiando en mi madre, cuando el infierno cayó sobre mí, con pánico y cruel terror. Dos fuerzas están operando, una que, al pensar en su crónica necesidad insatisfecha, dice: El libro debe ser abierto otra vez, a pesar del dolor, y la otra, recordando su profundo dolor psíquico, dice: El libro no debe volver a abrirse jamás, a pesar de la necesidad.