¿Hacia Dónde se Encamina la Psicología Transpersonal?

¿Hacia Dónde se Encamina la Psicología Transpersonal?

milky_wayQuisiera reflexionar sobre el estatus actual y las posibles direcciones futuras de la psicología transpersonal. Dicho más concretamente, quisiera a) identificar los principales “temas candentes” a los que se enfrentan la disciplina en este momento y b) sugerir algunas formas que pueden alentar una perspectiva más alentadora de lo transpersonal.

En tanto que campo académico, el reconocimiento e influencia de la psicología transpersonal parece estar creciendo, de manera lenta pero segura, y como evidencia el número cada vez mayor de universidades de todo el mundo que actualmente ofrece cursos o módulos para estudiantes y para postgraduados. En un sentido más amplio, sin embargo, la psicología transpersonal cada vez es más reconocida por el público en general, desde el campo de los autores y websites populares, y, muy en especial, gracias a la prolífica obra de Ken Wilber. Wilber es autor de más de veinticinco libros en las áreas de la psicología y de la filosofía transpersonal e integral y sus obras se han traducido a más de treinta idiomas –convirtiéndose en “el escritor académico más traducido de los EEUU” (www.integralnaked.org)- que ha conseguido, casi sin ayuda de nadie, elevar el perfil de los estudios transpersonales al de cualquier otro gran fenómeno cultural.

Pero Wilber (2000) informó que, en 1983, dejó de referirse a sí mismo como psicólogo transpersonal y que: “…la psicología, tal y como la hemos conocido, se halla, en mi opinión, básicamente muerta y su lugar se verá ocupado por enfoques más integrales. Dicho de otro modo, creo que la disciplina de la psicología –que incluye a las cuatro grandes fuerzas tradicionales (conductista, psicoanalítica, humanista/existencial y transpersonal)- está sencillamente agonizando y en ninguna de sus cuatro grandes formas, jamás volverá a tener una influencia dominante en la cultura ni en el mundo académico.”

En su lugar, Wilber aboga por una “psicología integral”, que ya no es, estrictamente hablando, una psicología, porque incorpora un enfoque omnicuadrante y omninivel (OCON) que requiere una perspectiva que va más allá de los límites de la psicología hasta llegar a incluir “dimensiones más elevadas y más amplias de la realidad”. Es por ello por lo que se niega a emplear la expresión “quinta fuerza” para caracterizar a este enfoque, ya que considera que el enfoque integral existe fuera del limitado marco de referencia de la comprensión psicológica.

Coincido básicamente con el enfoque OCON integral de Wilber, aunque estoy más de acuerdo con la faceta OC que con la ON. Dicho en otras palabras, me parece que es vital expandir nuestra comprensión hasta llegar a incorporar las dimensiones interna, externa, individual y colectiva del conocimiento transpersonal, pero no acepto, sin embargo, la formulación de Wilber de los “niveles” transpersonales. Dicho de otro modo, comparto la faceta “más amplia” del marco de referencia del model, pero no su caracterización de las facetas “más elevadas”. Lamentablemente, Wilber parece estar dispuesto a restringir la expresión “psicología integral” a un enfoque que acepte explícitamente su modelo espectral del desarrollo transpersonal. Y, puesto que mi visión no se adapta exactamente a los términos de ese modelo, no puedo, en consecuencia, adoptar cómodamente, independientemente de lo que de otro modo preferiría, la designación de “psicología integral” para referirme a mi enfoque. Y creo, además, que no soy el único en asumir esta visión. En la medida en que la “psicología integral” requiera la adopción de un paradigma específicamente wilberiano, impedirá asumir visiones alternativas y, en consecuencia, permanecerá cerrada a un debate abierto y crítico que alejará a muchos interesados. De este modo, la psicología integral corre, pues, el peligro de convertirse en un dogma que aleje a los pensadores más independientes que, en consecuencia, se nieguen a adoptar esa perspectiva.

Confío en que, en ausencia de un término mejor, la psicología transpersonal sobrevivirá relativamente intacta a la defección de Wilber, como también lo hará el área general de los estudios transpersonales y otras disciplinas transpersonales concretas como la psiquiatría transpersonal, la sociología transpersonal y la ecología transpersonal. Creo que, en este sentido, la supuesta muerte de la psicología transpersonal parafrasea la conocida afirmación de Oscar Wilde cuando dijo que “Los rumores de mi muerte han sido muy exagerados”.

La psicología transpersonal siempre ha incluido y se ha encontrado cómoda con una variedad de perspectivas diferentes y a menudo conflictivas acerca de lo transpersonal, y (como puede comprobar cualquiera que hojee las páginas de las grandes revistas transpersonales) siempre ha alentado el debate. Esto me parece refrescante y esencial para alentar la creatividad y el progreso de nuestros intentos colectivos de comprender el Misterio que se oculta en el núcleo de lo transpersonal. Aunque algunas personas necesiten la certeza que brinda una perspectiva cerrada, esto no es sólo opuesto al quehacer académico y científico sino, y quizá mucho más importante, puede ser profundamente inútil para las personas que buscan la plenitud espiritual. Los mapas pueden ser útiles pero, como suele reconocer el mismo Wilber, no son el territorio. También es vital, por tanto, que cualquier mapa sea tan exacto como útil.

En mi opinión, el mapa de Wilber del desarrollo transpersonal (que ordena jerárquicamente desde lo psíquico o sutil hasta lo causal y lo no dual) probablemente no sea exacto en ciertos aspectos fundamentales, excepto quizás al describir el camino del desarrollo transpersonal de determinadas tradiciones meditativas. Esto no significa que rechace sin más el espectro completo de Wilber del abordaje holoárquico. Creo, por ejemplo, que su caracterización de los estadios del desarrollo que van desde los niveles prepersonales hasta los personales es bastante exacto (y Washburn, 2003 también parece estar de acuerdo en esto). Sin embargo, me parece que su ubicación del estadio del centauro (integración personal, autorrealización, autenticidad existencial e individuación) antes del nivel transpersonal está profundamente equivocado. En su lugar sugiero, siguiendo a Jung, que el proceso de individuación es un largo proceso vital que no sólo implica integración de las realidades personales (es decir el cuerpo y la mente, la conciencia y el inconsciente personal), sino también de la experiencia colectiva y transpersonal. La realización del Yo que es, simultáneamente, el logro continuo de una vida espiritual integrada y encarnada en la que estamos plenamente comprometidos con el mundo (c.f. en la “regeneración en el espíritu” de Washburn o en la “vida unitiva” de Underhill). Obviamente, Wilber sugiere que los estadios superiores o transpersonales trascienden al tiempo que incluyen el estadio del centauro en lugar de reemplazarlo pero, en mi opinión, sería más exacto concebirlo al revés –y decir, por tanto, que el estadio de la individuación del centauro trasciende, al tiempo que incluye, a lo transpersonal.

A diferencia de Wilber, encuentro la visión de Ferrer (2002), de un futuro de la psicología transpersonal basado en la noción de espiritualidad participativa, mucho más coincidente con mi propia experiencia y, en consecuencia, mucho más interesante: “Dicho en pocas palabras, el giro participativo concibe los fenómenos transpersonales y espirituales no como experiencias individuales interiores, sino como eventos participativos que pueden producirse en diferentes ámbitos como, por ejemplo, en el individuo, de la relación, de la comunidad, de la identidad colectiva o de un lugar…. La emergencia de un evento transpersonal puede potencialmente implicar la participación creativa de todas las dimensiones de la naturaleza humana, desde la transfiguración somática hasta el despertar del corazón, desde la comunión erótica hasta la cocreación visionaria y desde el conocimiento contemplativo hasta la percepción moral.” (pág. 184).

Este enfoque participativo abarca una perspectiva pluralista que reconoce y honra las muchas formas en que podemos acercarnos al Misterio del ser y que la espiritualidad se ve cocreada en los eventos transpersonales igual que los distintos modos en los que el Misterio puede ser representado por diferentes sistemas de pensamiento, creencia y práctica. Estos sistemas pueden ser religiosos, místicos, filosóficos, psicológicos, sociológicos, políticos, ecológicos, etc.

Tal pluralismo no es, sin embargo, puramente relativista, porque no sólo restringe el Misterio a nuestra experiencia y limita los modos como puede simbolizarse y expresarse adecuadamente esta Realidad, sino que también es posible valorar diferentes experiencias y sistemas en función de su capacidad emancipatoria –es decir, en la medida en que alientan el avance hacia una conciencia desinteresada (Ferrer, 2002)-. Esta visión es completamente coherente con lo que hemos dicho respecto al pensamiento mítico –es decir, que nuestras narrativas deben ser valoradas en función de su capacidad de apoyar y guiar a las personas en su búsqueda de una mayor realización del bien humano. Ferrer y yo también coincidimos en que, a causa de que los eventos transpersonales son esencialmente cocreados, el desarrollo de formas de relación y de comunidad en las que puedan emerger los eventos transpersonales es esencial en cualquier agenda soteriológica emancipatoria.

La disciplina de la psicología transpersonal constituye, en mi opinión, una forma de comunidad en la que pueden emerger los eventos transpersonales. Esto no sólo puede ocurrir en nuestras actividades prácticas, como los talleres y eventos de entrenamiento, sino también a lo largo del progreso de nuestras investigaciones científicas y en el contexto de los debates y diálogos (a menudo encendidos) que tienen lugar en nuestras revistas, nuestros libros y nuestros congresos.

Una implicación importante de un enfoque pluralista es que nunca puede ser la perspectiva final y en última instancia válida de lo transpersonal. Como reconoce Ferrer, esto también se aplica a su propia perspectiva participativa y pluralista, que no afirma ser cierta “en ningún modo absoluto u objetivo”, sino que es, simplemente, en su opinión, “más coherente con los objetivos de las tradiciones espirituales del mundo y una forma más provechosa de pensar y vivir los fenómenos transpersonales y espirituales de hoy en día” (pág. 188). Ferrer también reconoce la existencia de una tensión creativa continua en el ámbito de los estudios transpersonales entre el universalismo y el pluralismo o entre el Uno y los Muchos. No nos enfrentamos, como disciplina, a la necesidad de elegir entre el universalismo y el pluralismo (representados, por ejemplo, en los enfoques de Wilber y Ferrer), sino más bien a la necesidad de avanzar  sobre la base de una dialéctica creativa entre ambas perspectivas. Un ejemplo de tal respuesta creativa a las exigencias aparentemente conflictivas del universalismo y del dualismo se encuentra, en mi opinión, en las diversas posturas interaccionistas con respecto al debate perennialista-constructivista sobre la experiencia mística, incluida la representada por mi propio “modelo 5 x 5” del misticismo.

Creo que, dentro de la psicología transpersonal, también existen otras dialécticas que, en los próximos años, nos obligarán a encontrar formas de compromiso más creativas. La más importante de ellas, en mi opinión, es la que existe entre las corrientes descendente y ascendente, y que se expresa de muchas formas y en versiones diferentes (como por ejemplo, entre la inmanencia y la trascendencia, entre “más amplio”/”más profundo” y “más elevado”, entre eco y ego y entre mundano y exótico). En el contexto de la teoría transpersonal, se encuentra básicamente en debates centrados en:

–          Agendas preaxiales (conservadoras) y agendas postaxiales (progresistas).

–          Perspectivas religiosas y no religiosas sobre lo transpersonal.

–          Espiritualidad indígena y las religiones establecidas del mundo.

–          Formas femeninas y formas masculinas de experiencia y desarrollo transpersonal.

–          Modelos espiral-dinámicos y modelos estructural-jerárquicos (escalera) del desarrollo transpersonal.

Como sucede con la dialéctica existente entre universalismo y pluralismo, nuestra tarea no consiste, en mi opinión, en elegir entre uno u otro de los enfoques en conflicto, sino más bien en encontrar respuestas creativas que nos permitan advertir las verdades espirituales que se expresan en ambas perspectivas. Dicho en otras palabras, necesitamos adoptar un pensamiento y una práctica “esto y aquello” más que un enfoque “esto o aquello”.

En términos de la dialéctica preaxial/postaxial, debemos desarrollar cocreativamente una visión postaxial que aliente el progreso psicológico, social y espiritual sin dejar, por ello, de preocuparse también por la conservación sana de nuestro ser físico y psicológico, de nuestras relaciones, de la sociedad humana y del planeta. O, dicho de otro modo, no se trata de elegir entre progresar o conservar, sino de progresar conservando. O, dicho en otras palabras, necesitamos un modelo espiritual que adopte el principio del desarrollo sustentable.

La Psicología Transpersonal y lo Paranormal

La Psicología Transpersonal y lo Paranormal

 

 

A continuación trataremos de responder a dos cuestiones básicas:

1- ¿Cuál es la relación que existe entre la experiencia paranormal y lo transpersonal?

2- ¿Cuál es la relación que existe entre la psicología transpersonal y la parapsicología?

Y, a lo largo de esta discusión, abordaremos también varias cuestiones relacionadas, como la naturaleza de lo transpersonal, la definición y el objetivo de la psicología transpersonal y la importancia y el papel y el valor que tienen las experiencias transpersonales en la vida transpersonal.

Lo transpersonal y lo paranormal

Veamos ahora, a modo de punto de partida, dos extractos de relatos de experiencias inusuales.

Me desperté en mitad de la noche… y sentí como si me hubieran despertado intencionalmente. Al comienzo pensé que alguien había entrado en casa… pero cuando me giré para tratar de conciliar nuevamente el sueño, inmediatamente sentí una presencia en la habitación que no era, por más extraño que pueda parecer, la de una persona viva, sino más bien una presencia de tipo… espiritual. Ya sé que este comentario puede despertar la sonrisa del lector, pero lo único que puedo hacer es contar lo que me sucedió. No se me ocurre mejor modo de describir esa sensación que diciendo que sentí una presencia espiritual… y también sentí, al mismo tiempo, un fuerte temor supersticioso, como si algo extraño y terrible estuviera a punto de ocurrir (E. Gurney: Phantasms of the Living, citado en James, 1901/1960, p. 76-77).

Mientras la miraba, ella (santa Teresa) se levantó casi un metro del suelo, sin que sus pies lo tocasen. Al ver eso me quedé aterrada y, en cuanto a ella, le temblaba todo el cuerpo. Me acerqué lentamente y puse mis manos bajo sus pies, que bañé con mis lágrimas mientras duró el éxtasis, quizás una media hora. Entonces de pronto bajó, se puso sobre sus pies y, volviendo su cabeza hacia mí, me preguntó quién era y si llevaba allí mucho tiempo (comentario de Ana dela Encarnación de Segovia, citado en Broughton, 1991, p. 53).

Quisiera señalar que ambas experiencias comparten elementos tanto “transpersonales” como “paranormales”. En el primer caso, por ejemplo, se trata de una sensación de presencia que, si bien resulta espeluznante, no deja por ello de ser “espiritual”. En el segundo caso, por su parte, el éxtasis espiritual de santa Teresa va acompañado de una levitación corporal aparentemente paranormal. Esta combinación de rasgos espirituales y paranormales parece ser uno de los rasgos comunes de un amplio abanico de fenómenos extraordinarios que van desde el éxtasis chamánico hasta las experiencias cercanas a la muerte, los encuentros con ovnis y las abducciones alienígenas. Lo paranormal ha sido, a lo largo de toda la historia, un rasgo muy importante de la experiencia humana que, independientemente de lo que consideremos divino y/o demoníaco, siempre ha estado muy ligado, en la mayoría de las culturas, a la religión y la espiritualidad. Algunos ejemplos evidentes de estas conexiones son la adivinación, los oráculos, las voces, las visiones, los estigmas, la magia, los milagros, los hechizos, las apariciones, los viajes espirituales, los encuentros supranaturales, las posesiones y un amplio rango de fenómenos mediúmnicos y espiritistas.

Sólo muy recientemente, en la cultura industrializada de Occidente, el reino de lo paranormal se ha visto desgajado de su contexto espiritual, en algunos de los casos, lo que ha provocado el rechazo escéptico de lo paranormal, bajo el argumento científico materialista de que el mundo es un lugar físico y racional en el que no cabe lo espiritual ni lo “paranormal” (que, casi por definición, no existe). Para otros, especialmente los parapsicólogos, lo paranormal abarca un amplio arco de fenómenos naturales ciertamente anómalos que existen fuera de las fronteras habituales del conocimiento científico. Desde esta perspectiva, obviamente, la parapsicología es una forma legítima de exploración científica vanguardista.

A pesar de esta visión humanista y científica, resulta muy difícil, aún en la sociedad moderna, deslindar lo paranormal de la religión. La reciente historia dela Societyfor Psychical Research (fundada en 1882), la primera organización dedicada a la investigación científica de lo paranormal, evidencia que, para muchos de sus miembros fundadores, el objetivo fundamental de su estudio consistía en el intento de demostrar la realidad de la creencia religiosa en la vida después de la muerte. No hay que olvidar que, aunque la mayor parte de la investigación fue llevada a cabo por no espiritistas, trece de los diecinueve miembros de su primer consejo directivo eran espiritistas (Nicol, 1982).

Han sido muchas las figuras clave de la psicología transpersonal que han mostrado un serio interés por lo paranormal y por lo oculto. Digamos, para comenzar, que William James, uno de los pioneros de la psicología transpersonal, también era miembro de la Societyfor Psychical Research y, en 1885, emprendió una investigación científica (Murphy y Ballou, 1961) sobre los trances de la conocida Mrs. Leonora Piper (1859-1950). De hecho, James no veía diferencia fundamental alguna entre la religión y lo paranormal. Por ello escribió, en su clásico Las variedades de la experiencia religiosa (1901/1960, p. 69): Si nos preguntásemos por las características de la vida religiosa en los términos más amplios y generales posibles, deberíamos responder que se asienta en la creencia de que existe un orden invisible y de que nuestro bien supremo consiste en amoldarnos y acomodarnos a él.

James es muy cuidadoso en definir la noción de un “orden invisible” de un modo que incluya fenómenos generalmente asociados al ámbito de lo paranormal. De hecho, llega a relatar experiencias de “presencias” y apariciones como la anteriormente citada, en las que las dimensiones paranormales son, al menos, tan evidentes como las religiosas o espirituales.

Otra figura importante en este contexto es Carl Jung, cuya psicología arquetípica sigue siendo uno de los enfoques más influyentes en el estudio de lo paranormal. Jung estuvo toda su vida interesado en lo paranormal y experimentaba regularmente fenómenos psíquicos, entre los que se cuentan visiones, apariciones, extrañas sincronicidades, premoniciones, comunicaciones telepáticas, fenómenos psicoquinéticos y muchas experiencias visionarias cercanas a la muerte a comienzos de 1944, que siguieron a un ataque al corazón (1). Conviene recordar, en este sentido, que su tesis doctoral (1902) fue un estudio de los trances mediúmnicos que experimentaba su prima de quince años Hélène Preiswerk y que una de las principales razones por las que acabó rompiendo con Freud fue la indiferencia y la agresividad que éste mostraba hacia el mundo de “lo oculto” (2).

Son muchas las figuras importantes de la psicología transpersonal actual que están seriamente interesadas en la parapsicología y en lo paranormal. Entre ellos cabe destacar a Stan Grof, Willis Harman, Charles Tart y David Fontana, miembro fundador de la sección de psicología transpersonal de la BPS, que también ha sido presidente de la Societyfor Psychical Research. Si miramos más allá de las personas interesadas en ambos contextos, es evidente que el reino de lo transpersonal está muy solapado con el de lo paranormal. Rhea White, por ejemplo, aboga por eliminar cualquier distinción clara entre lo paranormal y lo transpersonal afirmando, en su lugar, una variedad de las experiencias humanas excepcionales (EHE), “un término que engloba a las llamadas experiencias místicas, psíquicas  ‘cumbre’ y de ‘flujo’”. Aunque existen cinco grandes tipos de EHE (experiencias místicas, psíquicas, de encuentro, las relacionadas con la muerte y las normales excepcionales), White afirma la imposibilidad de establecer distinciones claras entre las experiencias psíquico/paranormales y las místico/espirituales, una indefinición que, en la práctica, se ve fácilmente corroborada por el gran número de cuestiones que han sido investigadas tanto por los parapsicólogos como por los psicólogos transpersonales, entre las cuales cabe destacar las de la tabla.

Áreas de interés comunes a la psicología transpersonal y a la parapsicología
El aura y los sistemas de energía sutilCanalización y experiencias mediúmnicasExperiencias de ángelesExperiencias de sincronicidad

Sueño lúcido

Experiencias cercanas a la muerte (ECM)

Experiencias extracorporales (EEC)

Recuerdos de vidas pasadas

Posesión

Profecía y precognición

Experiencias de reencarnación

Sensación de presencia

Experiencia chamánica

Curación espiritual

Estigmas y otras transformaciones corporales

Telepatía, clarividencia y “siddhis”

Trance

Experiencias con ovnis y contacto o abducción alienígena

Fenómenos psicoquinéticos

Brujería y magia

Obviamente, aunque todos esos temas sean comunes, los pormenores de la investigación, los enfoques, las epistemologías y las metodologías empleadas por ambas disciplinas difieren considerablemente. Éste es uno de los temas de los que nos ocuparemos ahora pero, para entenderlo plenamente, convendrá empezar considerando la definición de la psicología transpersonal.

Lo transpersonal y la psicología transpersonal

Como ya hemos dicho, el término “transpersonal” empezó a ser ampliamente utilizado a finales de los años sesenta para referirse a las dimensiones de la experiencia humana que parecen llevar a la persona más allá de las fronteras normales del reino personal y se adentran en un dominio habitualmente asociado a la religión, la espiritualidad, la meditación y el misticismo. De una revisión global de las cuarenta definiciones publicadas entre 1968 y 1991, Lajoie y Shapiro (1992) identificaron los cinco temas o conceptos clave siguientes que, en su opinión, caracterizan a la psicología transpersonal:

· El interés por los estados de consciencia.

· La preocupación por los potenciales más elevados o últimos de la humanidad.

· La idea de que la experiencia humana puede desarrollarse más allá del ego o del yo personal.

· La noción relacionada de trascendencia.

· La importancia de la dimensión espiritual en la vida humana.

Basándose en ello, Lajoie y Shapiro definieron la psicología transpersonal diciendo que: “…se preocupa por el estudio del potencial más elevado de la humanidad y por el reconocimiento, comprensión y realización de los estados de consciencia unitivos, espirituales y trascendentes.”

Pero, como señalan Walsh y Vaughan (1993), el ámbito de la psicología trasnpersonal no se halla definido por los estados de consciencia. Aunque podamos considerar, por ejemplo, que la oración, la acción compasiva, el amor desinteresado y la curación espiritual son fenómenos transpersonales, no podemos decir que sean precisamente “estados alterados de consciencia” simplemente porque vayan acompañados de fuertes componentes conductuales. Bien podríamos coincidir, pues, con Ferrer (2002) en que los fenómenos transpersonales no son tanto experiencias internas como eventos participativos. Además, la misma noción de “potencial más elevado” resulta un tanto problemática. ¿Cómo podríamos, por ejemplo, saber qué es lo más elevado sin imponer una perspectiva a priori? También existe el problema adicional de que tal definición presupone creencias metafísicas concretas sobre la existencia, por ejemplo, de una realidad espiritual trascendente o sobre la importancia de la “experiencia unitiva”.

Walsh y Vaughan también señalan que, en la práctica, el interés de la psicología transpersonal no tiene que ver con los estados más elevados ni con lo “espiritual”. Cada vez hay un mayor interés, no tanto por las experiencias “cumbre” sino por el proceso en sí de las mismas, por el “a través”, como por ejemplo, las emergencias espirituales o la noche oscura del alma (Grof, 2000; Grof y Grof, 1995; Hale, 1992 y Steele, 1994). También existen muchas experiencias que, si bien pueden ser consideradas “transpersonales” porque, en ellas, la persona parece ir “más allá del yo”, son, en otros sentidos, manifiestamente primitivas o regresivas. Quizás los ejemplos más claros de todo ello provengan de la enumeración comprehensiva de las experiencias transpersonales realizada por Grof (1988, 2000), basada en su trabajo con el LSD y la respiración holotrópica:

· Identificación con animales

· Identificación con plantas y procesos botánicos

· Experiencia de materia inanimada y procesos inorgánicos

· Experiencias embrionarias y fetales

· Experiencias ancestrales

· Experiencias de encarnaciones pasadas

· Experiencias filogenéticas

· Experiencias espiritistas y mediúmnicas

· Experiencias de espíritus animales.

La cuestión más importante, obviamente, es si tales experiencias deben ser consideradas como auténticamente transpersonales o si, por el contrario son, como diría Wilber (1980, 1996 y 1997), fundamentalmente prepersonales. En breve volveremos a este punto, pero entretanto quisiera señalar el peligro de la posición sustentada por Lajoie y Shapiro, y es que podemos vernos tentados por nuestras propias preferencias y prejuicios religiosos, y considerar sólo auténticamente “espirituales” determinados tipos de experiencias, dejando de lado otras que no se adaptan a nuestra visión teológica o metafísica. De este modo, por ejemplo, las experiencias indígenas, chamánicas, mediúmnicas o espiritistas pueden verse desdeñadas por algunos como formas primitivas de religión que carecen de todo valor espiritual o transpersonal genuino o “superior” (Kremer, 1998). Tales personas afirmarían que la psicología transpersonal sólo debería dedicarse al estudio del tipo de estados exaltados de consciencia alcanzados por los místicos cristianos, judíos, sufíes o por ciertos yoghis o meditadores avanzados.

Avatares, Genios y Héroes

Avatares, Genios y Héroes

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Estos últimos años, con frecuencia se oye el término transpersonal en los círculos psicológicos. C. G. Jung lo había utilizado ocasionalmente y no fue probablemente el primero. Actualmente es utilizado sobre todo para indicar lo que se encuentra más allá, o el proceso que consiste en traspasar y trascender el nivel de acciones, de impulsos, de sentimientos y de realizaciones habitualmente considerado como personal. Desafortunadamente, el término transpersonal es ambiguo y puede prestarse a confusión si no se define claramente el sentido que se le da. La ambigüedad viene del doble sentido del prefijo trans, que significa a la vez a través y más allá; este último sentido es más fundamental y más corriente que el primero.

En el sentido más allá, el prefijo trans es comparable a la raíz griega meta; pero los psicólogos que utilizan el término transpersonal han pensado, al parecer, que metapersonal constituiría una asociación molesta entre el griego y el latín y podría establecer una relación indeseable con metafísico. Comencé a utilizar la palabra transpersonal en 1929; pero era para caracterizar la liberación de un poder que funcionaba a través de lo personal. Se puede ciertamente considerar la fuente de este poder, de esta conciencia o de esta actividad como situada más allá del dominio de la personalidad; pero la actividad en sí es transpersonal porque su rasgo más significativo consiste en utilizar a una persona como instrumento o agente a través del cual la actividad es liberada bajo una forma concentrada. Como este sentido del término implica la existencia de una fuente de actividad en un dominio más allá, por encima o en las profundidades de la consciencia personal normal de los seres humanos, hay evidentemente implicaciones sospechosas y mal acogidas para el científico que rechaza tratar con entidades que existen fuera del campo de la percepción sensorial y de la conceptualización estrictamente racional. Pero, si una actividad transpersonal implica atravesar, ir más allá de los límites y de lo concreto o de la racionalidad de lo que la mayor parte de la gente considera como el estado de consciencia o de sentimientos normal, entonces es mucho más aceptable para la mentalidad científica. Se refiere a las aspiraciones religiosas y a la devoción del hombre por ideales trascendentes, ya sean suprahumanos o suprapersonales. La evolución es considerada como una ascensión y el gran personaje es concebido como superior a la media humana.

Si por otra parte se concibe la actividad transpersonal como un proceso que atraviesa a una persona que se convierte entonces en un agente para la exteriorización de una fuerza cósmica o de una entidad espiritual, hay que aceptar el punto de vista del verdadero Ocultismo. Uno de los principios más esenciales del Ocultismo está definido como sigue en The Secret Doctrine de H.P.B. (vol. I, p. 224): El Universo es puesto en funcionamiento y es guiado desde adentro hacia el exterior, controlado y animado por una serie casi infinita de Jerarquías de Seres que sienten que tienen, cada uno, una misión y son independientemente del nombre que se les dé: Dhyans-Chohans, ángeles- mensajeros, en el sentido estricto en el que son agentes de las leyes kármicas o cósmicas. Ninguno de estos seres, superior o inferior, tiene individualidad o personalidad como entidad separada, es decir, en el sentido en que un hombre dice yo soy yo y nadie más que yo. Dicho de otro modo, no son en absoluto conscientes de este tipo de separatismo que tienen los hombres en la Tierra. La individualidad caracteriza sus jerarquías respectivas y no sus unidades.

Si, en los niveles cósmico-espirituales donde operan estas jerarquías no hay individualidad en el sentido estricto, parece lógico aceptar la idea de que, para actuar de manera precisamente focalizada a nivel de la existencia humana, estas entidades necesitan de un agente, un emisario o mensajero entre los hombres para que se produzca una liberación de la energía fuertemente concentrada, del mismo modo que la luz del Sol necesita una lente focalizadora para prender fuego a un papel. Esta actividad focalizante de energía o de poder creador (es decir, transformador y transfigurador) es lo que yo entiendo por el término transpersonal cuando lo utilizo. Se refiere a un descenso del poder: una acción del Espíritu a través de una persona individual.

Algunos psicólogos transpersonales aceptarían la posibilidad de este tipo de acción proveniente de una fuente trascendente, ya que su enfoque del universo y del hombre es suficientemente vasto; pero insisten en una actitud empírica y en observar lo que ocurre desde un punto de vista experimental. Como resultado de ello el campo de sus investigaciones concierne al estudio de los fenómenos que extienden, elevan, intensifican y transforman la consciencia humana de acuerdo con las vías habitualmente interpretadas como místicas o, al menos, casi místicas y subliminales. Lo que es percibido de esa forma constituye las manifestaciones variadas de una consciencia que trasciende los sentidos y abandona quizá el ego: las experiencias peak estudiadas por Abraham Maslow, la beatitud, el milagro, el éxtasis del individuo que se auto-realiza y se trasciende la gota de agua a punto de fundirse en el mar-.

Frecuentemente se ha esbozado el sendero del verdadero místico y sus diferentes estaciones han sido explicadas, simbolizadas, cantadas en poemas inspirados, ya sea en la India o en la Europa medieval, por los sufís, los gnósticos cristianos o incluso, más recientemente, por diferentes espíritus iluminados que han surgido de las tinieblas de las emociones y del egocentrismo humano hacia la luz de un estado de revelación divina. Pero hay otro sendero, otra forma de consciencia reveladora de la Luz, que opera en otra dirección porque está polarizada de forma distinta. Es el sendero del Avatar de la Manifestación o de la Encarnación Divina y, en un nivel operativo menor, es también el sendero del genio creador y del héroe cultural. Un poder espiritual, cósmico o divino actúa en y a través de estos hombres. Ya sea de una manera totalmente consciente, o semiconsciente, o incluso inconscientemente, se han convertido en agentes de las fuerzas de seres espirituales o de fraternidades ocultas que los utilizan como instrumentos focalizadores y, en otro sentido, como jóvenes asociados o mensajeros- para realizar acciones exigidas en ciertos momentos por el estado de evolución de la humanidad o solamente de una cultura y de una comunidad de seres humanos. Estas acciones están realizadas a través de una forma, y esta forma es la personalidad del Avatar, del genio creador o del héroe cuyos hechos se convierten en símbolos ejemplares para toda una cultura o toda una nación. Volveremos a este tipo de seres humanos inspirados, pero antes tenemos que mencionar un tercer tipo de personas, los grandes ascetas que luchan con una voluntad intensa y persistente, contra las pulsaciones biopsíquicas y las pasiones de la naturaleza humana para tratar de controlarlas totalmente, de dominarlas, sujetarlas e incluso de paralizarlas. La India ha visto y todavía ve disciplinas e incluso torturas que se imponen estos individuos. En ese país de exuberancia frecuentemente tropical, estos hombres buscan alcanzar estados de consciencia y de poder supranaturales por las formas más violentas de rechazo de todo lo que, en su cuerpo, pide gratificación -todo, exceptuando quizá el ego bajo sus aspectos más sutiles!-.

El ascetismo forma, sin lugar a dudas, parte integrante de la vida mística, en particular en las primeras etapas de purificación; y el misticismo, del mismo modo que el ascetismo, puede ser considerado como una forma de actividad contrapersonal. Ambos obran a contrapunto de todo lo que nutre, satisface y expresa un modo de vida personal. La principal diferencia entre el verdadero místico y el asceta típico reside en el hecho de que el primero busca un estado de unión con lo divino por el amor y/o una devoción absoluta, mientras que el último tiene tendencia a considerar los medios utilizados para alcanzar un estado supranatural como fines en sí mismos y permanece, conscientemente o no, apegado a su voluntad personal y a la manifestación de los poderes supranormales que ha alcanzado.

En la vida de ciertos Avatares hay también, en sus comienzos, períodos de privaciones y de autodisciplinas intensas, y alcanzan efectivamente momentos de consciencia mística y una devoción ferviente por lo que ellos saben o sienten actuar a través de ellos; pero la dirección u orientación de la actividad vital esencial es la opuesta a la del místico, al menos hasta que el gran místico se convierta él mismo en un centro de irradiación para aquello con lo que se ha unido en el amor y abandono total del ego. Por lo tanto, al tratar de definir las características de estos modos de actividad ir más allá y combatir la naturaleza personal o bien permitir conscientemente a la personalidad ser utilizada con fines supranaturales- no tengo la intención de establecer categorías rígidas de conducta o finalidad. Si se puede hablar de categorías, son ciertamente no excluyentes: se entremezclan en numerosos puntos. Representan actitudes y finalidades fundamentales que hay que diferenciar si uno quiere comprender y evaluar correctamente las características que cada uno implica y proyecta al exterior.

En el término transpersonal, la ambivalencia del prefijo trans es un índice revelador de la diferencia entre el místico y el gran Avatar o Manifestación Divina, pero también los tipos inferiores representados por el genio creador y el héroe cultural. Para evitar esta ambigüedad, prefiero, pues, utilizar dos términos: contrapersonal y transpersonal.

El místico tomado en forma general como tipo característico- trata de alcanzar un modo de consciencia y lleva deliberadamente una vida que lo separa de lo que su sociedad de origen considera como normal. Exactamente del mismo modo que el verdadero ocultista, el místico es una manifestación de una tendencia contracultural que polariza la vibración básica de la cultura de su comunidad y de su raza. Incluso en la India antigua, tierra que tendemos a asociar a los místicos y a las proezas yóguicas de poder supranatural, estas manifestaciones, aunque generalmente aceptadas y veneradas como supremamente válidas, presentan un contraste agudo con el carácter salvaje de las pasiones biológicas y psíquicas del pueblo y la violencia no enmascarada de la vida política, al menos durante un largo período de la historia de esta nación.

El esquema cuadrifoliado de desarrollo de una vida humana, establecido o al menos codificado por las antiguas Leyes del Manu, presentaba la gran ventaja de integrar la búsqueda de realizaciones místicas en la duración de la vida. Cada uno de los cuatro períodos de edad tenía una tarea definida: la tarea de aprender la tradición (etapa Bramachara), la tarea de perpetuar la raza dando nacimiento a una prole y asegurando su bienestar por un trabajo productivo (etapa Grishastha), la tarea del servicio no remunerado a la comunidad socio-cultural (etapa Vanaprasha) y, finalmente, la tarea de prepararse para la muerte (etapa Sannyasa), pero la muerte considerada como una transición hacia una forma más espiritual de existencia subjetiva que conduce a fin de cuentas a un nuevo nacimiento, dependiendo el carácter de este nuevo nacimiento de el último pensamiento en el momento de la muerte.

Esta última etapa, ya preparada en cierta medida por la tercera, representaba una completa inversión de consciencia ya que, mientras que las primeras etapas implicaban un apego y una identificación fundamentales a las energías vitales de la naturaleza y de la cultura tradicional de una sociedad rígidamente planificada, esta cuarta etapa exigía del individuo un desapego total por todo lo que antes lo había atraído. En numerosos casos, la persona de edad se retiraba del pueblo unidad social de la cultura india- y vivía en el bosque aledaño, consagrando la mayor parte del tiempo a la meditación. Parece que es de estas meditaciones sobre el apego y la muerte, de donde los antiguos filósofos de los bosques extrajeron las enseñanzas de los Upanishads que revelan la posibilidad para la consciencia individualizada de fundirse el océano del ser universal, aún permaneciendo en el mismo cuerpo físico. Esto significaba la posibilidad de experimentar la muerte el desapego total- y volver a la consciencia de la personalidad en un estado transfigurado y con una comprensión transformada del ciclo vida-muerte-vida. El yoga fue muy probablemente en sus inicios una técnica que conducía finalmente a una experiencia de muerte seguida por el regreso a la plena consciencia; encontramos igualmente esta experiencia de muerte como parte integrante y esencial del judo y de otras formaciones similares. El estado de Samadhi es, en un sentido, una condición de muerte, en lo que concierne a la consciencia personal y, en el momento de la última etapa de la elevación de Kundalini, la energía vital de cada célula del cuerpo es reunida en un punto en la cabeza, lo cual deja al cuerpo en un estado semejante a la muerte, seguido de un renacimiento que resulta de un descenso de la energía espiritual.

Etapas de la Madurez Humana

Etapas de la Madurez Humana

Mirada Psicológica y Religiosa

En el marco del cristianismo el hombre vive basculando entre la fe y el conocimiento científico. Su fe está fundada en la revelación transmitida por las Sagradas Escrituras. Frente al reino de la revelación sobrenatural está el mundo de la experiencia existencial. El hombre conoce y domina relativamente esta realidad con sus cinco sentidos, su inteligencia y los valores tradicionales. Pero la Realidad Universal del hombre comprende también otra dimensión, que se está abriendo a nuestro tiempo: la de la experiencia reveladora. Entramos así en el espacio pre y post-teológico de una religiosidad natural y universal. Hoy en día se va reconociendo cada vez más que las imágenes y los conceptos de una determinada religión son una interpretación del contenido vivido en la experiencia reveladora del Ser y que encontramos en la base de todas las religiones, siendo anterior a toda teología. Esta dimensión de la experiencia de lo Trascendente sobrepasa todo orden existencial.

Por la Gran Experiencia el hombre puede ir creciendo en madurez integral, cumpliendo así su destino personal. El sentido de la meditación es el de repatriar el alma en este Ser, que únicamente se abre por la Experiencia Reveladora, purificándole del predominio de lo racional. El Santo, el Maestro y el Sabio representan la más alta madurez derivada de esta experiencia.



El Sabio vive en calma en el torbellino del mundo, sereno en medio del desatino y la injusticia, y rebosante de amor en el mayor de los abandonos. Cómo le es posible al Sabio ser sabio? Porque él ha vivido la experiencia de una realidad bien distinta a la impartida al hombre ordinario, falto aún de madurez, y porque considera como vida verdadera la que él comprende; el Sabio reposa sobre una base totalmente diferente, donde los peligros de la existencia, así como su sin-sentido y crudeza no le dañan. Esta base le permite sentir y manifestar la Vida en la muerte, el Sentido en lo sin sentido, y la Unidad de la Gran Vida en el abandono y la soledad de la pequeña.

El Sabio vive, como el hombre ordinario, con sus cinco sentidos, su razón, su buen sentido, en lo cotidiano y en el orden humano. Pero además vive en el Ser atemporal trascendente que sobrepasa, entra en la existencia y es su esencia. Vive en una disposición de espíritu cuyo punto de apoyo no es ni el yo ni el mundo objetivo, sino su ser. Por ser hay que comprender la forma individual en que el Ser: la Gran Vida, se incorpora y manifiesta en la pequeña vida: en la existencia del hombre. Que el hombre dé cumplimiento al sentido de su vida no depende del orden natural y racional, sino que se expresa en un compromiso total en el Camino de la integración en el Ser, que pasa por experiencias internas.

Hay, pues, un triple desarrollo del hombre en cuanto ser sensual, emocional e intelectual. En la cima de este desarrollo está la personalidad, que se hace realidad en la relación sujeto-objeto con respecto al mundo y en los órdenes, valores y formas que, como personalidad, ha reconocido o creado en la comunidad humana. En segundo lugar, el hombre se desarrolla en una fe viva, es decir la fe que transforma. La condición para que se produzca esta evolución es desviarse de la orgullosa autonomía del individuo y nacer de nuevo al Espíritu Santo. La tercera posibilidad de evolución, que no está reservada sólo a Oriente, tiene como punto de partida la llamada al camino iniciático, que viene indicado por la experiencia del Ser, cuya consecuencia es un hombre nuevo transformado, que da testimonio en el mundo de su madurez, por haberse arraigado en el Ser.

En resumen: desarrollo del niño en un adulto independiente; transformación de este adulto en un hijo de Dios, en un creyente; y por último, desarrollo de éste, falto de madurez (precisamente porque se cree autónomo es aún, de hecho, menor espiritualmente hablando) en un hombre que ha ganado su madurez, por haber vivido su experiencia de Ser. Estos tres desarrollos no se excluyen entre sí, sino que se completan; en ciertos casos la fe puede abrir la puerta a la experiencia del Ser, o viceversa, será ésta la que abra la puerta a la fe.

La psicología, en sí misma, no bastaría para hacerse con la experiencia del Ser. Considera al hombre como un resultante perfectamente explicable y comprensible de su constitución psico-fisiológica y de su biografía. Sin embargo, una visión meta-psicológica, enfocada al pleno desarrollo de la potencialidad de la piedad natural, toma sobre todo en consideración al hombre en su Ser esencial. Con respecto al Ser, la realidad temporal y espacial, así como el orden humano que a su amparo se construye, no son la verdadera Realidad, sino el campo de su manifestación o, en ocasiones, un velo que la encubre. Es inherente al hombre el vivir esta oposición entre lo que los datos de la consciencia natural (incluyendo la inconsciencia) y su ser sobrenatural, que puede manifestarse en una supra-consciencia pneumática; ésta es la tensión fundamental de la vida humana, que nunca debería ceder, sino que habría de hacerse fértil. El fruto de esta evolución es la verdadera madurez.

La realidad de la consciencia natural está centrada en el yo. La palabra yo no indica ni más ni menos que el principio de la consciencia de la identidad consigo mismo, principio en virtud del cual el espíritu concibe todo como objeto. Es un absurdo querer renegar o aniquilar el yo. Es lo que distingue al hombre del animal, siendo la base de todo el desarrollo humano. Ese yo es también portador de valores de orden espiritual; controla los instintos y crea un mundo de formas en el que el hombre es mayor o menor parte autónomo, dueño de sí. Pero no es menos cierto que ese yo es el principio de la gran escisión en la que la unidad del ser se parte en dos. La consciencia del yo da origen a los opuestos: sujeto-objeto, aquí y allá, antes y después, pasar y durar, sentido y sin sentido, vida y muerte, y la consciencia del yo, su devenir interior, no se detiene ahí. En el seno de todos los opuestos, el hombre, en su ser, participa continuamente de la unidad del Ser, que es un más allá de todos los opuestos. Ser partícipe de la unidad esencial es el origen de su inextinguible nostalgia, que encontrará una respuesta definitiva renaciendo en el Ser. De ello se derivará el poder dar testimonio, en la vida cotidiana, de su metamorfosis y de lo Otro en él, con amor y en la acción.

Hacerse un yo y una personalidad más o menos autónoma, forma parte del camino del hombre. Pero no es ese el fin último de su vida, por lo que nace en él esa parte trágica de la vida, ya que la primera etapa conduce obligatoriamente a desarrollar el yo. Sin embargo, son los fracasos que el hombre sufre al entregarse a las órdenes de ese yo los que, paradójicamente, le dan la oportunidad de su vida. La consciencia objetivante existencial produce una inevitable separación del Ser, apartando al hombre de su unidad, lo que origina el sufrir humano. A su vez, este sufrimiento despierta la nostalgia por reencontrar en su consciencia la Unidad de la Vida, patria divina. La finitud del mundo, que el yo domina, ensombrece lo infinito; en la claridad de la consciencia objetivante, el hombre verá lo infinito, a la manera que ve las estrellas en pleno día. Y es precisamente en el dolor de esta oscuridad donde se puede ver la luz sobrenatural. El camino de su propio vivir conduce al hombre, a través de lo negro de su consciencia objetivante, a la Plenitud luminosa de su consciencia pneumática.

El deber de todo guía espiritual es el de ayudar al hombre a encontrar y a andar ese Camino, camino de maduración interior del alma. El hombre en camino ha de aprender a sobrepasar el dolor de esta confusión a la que le lanza la pretensión de su consciencia objetivante. Para poder encontrar el camino de Transformación a partir de su Ser esencial, deberá tomar en serio aquellas experiencias que sobrepasan cualquier orden de su consciencia ordinaria.

En el camino de maduración interior, el hombre tendrá que vencer la resistencia natural del pequeño yo y de sus valores tradicionales: seguridad, posesión, poder, autoridad. Pero este yo no es sino un pequeño pecador. Tendrá también que vencer al gran pecador, es decir, a aquel que seduce al hombre a considerar como única fuente de conocimiento aquella que le permite orientarse en el mundo. Así es como el yo se hace culpable de toda escisión y separación. Pues si sobre el espíritu del hombre sólo reina la consciencia que no conoce como realidad sino el mundo de los objetos, está interceptando el camino a experiencias de la verdadera realidad que está más allá de todo objeto y de toda dualidad. Únicamente gracias a esta experiencia, el mundo concebido objetivamente por la consciencia natural, puede hacerse transparente al Ser, porque también en él se manifiesta.

El hombre tiene necesidad de ese yo que considera el mundo como objeto para, en él, vivir como hombre y ser en él testigo. Pero ese yo se convierte en engañosa luz en cuando el hombre se plantee la cuestión del sentido de la vida a través del envés de la lupa. Si cegado por sus éxitos en el mundo objetivo, él cree estar en la cumbre de sí mismo, es entonces cuando se hallará más alejado de la verdad de la vida. Hablando humanamente, madurar consiste en vencer la ceguera de la autonomía del yo y del mundo objetivo, para después descubrir y desarrollar el verdadero Sí-mismo profundo, que vive y actúa libremente bebiendo en las fuentes de su Ser esencial; de este modo, de metamorfosis en metamorfosis, irá haciéndose testigo y servidor de la Gran Vida. Preparar este camino y acompañar por él al hombre es la tarea de toda educación espiritual y religiosa.

El hombre está presto a comprometerse en el camino de maduración cuando llega a los límites de su poder natural. Existe entonces en él la duda, no confesada, de no estar del todo en orden ni en el buen camino. Muy a menudo, si bien se cree en la cima de su imaginaria autonomía, se siente desasosegado por sentimientos de culpa, incomprensibles angustias y por una sensación de vacío. El ser, que descuidó y reprimió la consciencia natural, deja sentir su presencia. El hombre debe aprender a escuchar esta advertencia, respondiendo con su apertura a la invitación interior; aprendiendo a reconocer en su propio espíritu objetivo el velo que cubre la verdad. Para ello, le es a menudo necesaria la ayuda de una persona que ya haya madurado. Quizás así, en la comunión en el ser, y a través de su adhesión al verdadero maestro interior, el hombre alcanzará la libertad que ansía. Buscará en vano mientras se sirva para ello de medios, es decir, de esa forma de consciencia que es precisamente la que se lo está ocultando.

En todos los aspectos de la vida, madurar significa ser fértil, para lo que son siempre necesarios dos polos complementarios. El hombre ha de dar su yo, que no busca sino su propia ventaja, para poder realizar una obra, para formar una comunidad ha de dar su yo a un tú. Todo devenir presupone el des-venir de lo que ya es. La madurez, cuyo fruto es un hombre nuevo, presupone la fusión del yo con el Ser esencial. Esta unión del hombre con su fondo profundo, por el que el ser despierta en el Sí-mismo, y el Ser en la existencia, es el eje en torno al cual debiera gravitar la vida del hombre. Todo hombre, en un momento dado, cuando ha llegado a la plena expansión de su yo natural, oirá la llamada de su ser profundo. Si logra fundirse y renacer en su ser, emprende de nuevo la vida como un recién nacido. Eso quiere decir morir. El yo debe morir: a sus pretensiones, a su soberanía, a su seguridad, a su suficiencia, a su autonomía imaginaria. En el despuntar del Ser, allí donde eternidad no significa nunca un tiempo prolongado hasta el infinito (porque lo cruza verticalmente), es el eje en torno al cual se desenvuelve nuestro devenir auténticamente humano.

El Despuntar del Ser

El Despuntar del Ser

El alma ha de romperse con violencia en su propia luz. De la noche y de la luz brota un fuego, un amor. Es así como el alma ha de entrar en el orden divino

Meister Eckhart

Cada tiempo lleva en sí el que le ha precedido. Y cada tiempo ve cómo de él surge uno nuevo. El tiempo nuevo, que nos llega, debe abrirse paso a través del que está partiendo. Lo que ha llegado a ser se defiende con la rigidez de la edad, así como con la buena consciencia de la rutina. Lo nuevo presiona con la torpe impetuosidad de la energía todavía inexperta. La dignidad de la tradición, la gloria de los antecesores, aureolan lo antiguo, pero el cansancio y el hastío marcan lo que ya está tornando en vacío. El resplandor de una promesa marca un nuevo alborear.

Nuestro tiempo, hoy ya viejo, aunque aún vivamos en él, se sitúa bajo el signo del dominio del hombre sobre la naturaleza, que comienza en la Edad Media al liberarse el hombre, quien con un espíritu amarrado con cadenas, vivía privado de ver la naturaleza en la instantaneidad de los sentidos, sin poderla comprender en sus propias leyes. El hombre sólo accedía a ella a través de imágenes, cuyas formas y significado le venían ya dadas en el ordenamiento de su fe religiosa. El sentido y la forma de todas las cosas estaban ya determinados según el lugar que ocupaban en el orden consagrado del mundo.

Lo nuevo se puso de manifiesto cuando el espíritu comenzó a observar, a ensamblar, a juzgar sin prevención. De entonces data el descubrir la naturaleza. Así es como la mirada del hombre se tornó de lo interior a lo exterior; el empuje de la piedad se dirigió hacia el mundo de los objetos. Esta fuerza se hizo independiente, engullendo toda la piedad. Las fuerzas de la vida, desde entonces desligadas de las fuentes sagradas, despojaron al mundo de su halo mágico, entregando al hombre su autonomía. La humanidad, centrada en sí misma, ha realizado una obra considerable gracias a sus conocimientos, a su poder, y a su voluntad, liberada ya de sus ataduras. Pero privada de su verdadero centro sagrado, en nuestros días esta obra tambalea.

El hombre de nuestro tiempo tiene muchas dificultades en reconocer que la naturaleza, tal como hoy la concebimos en cuanto trama de hechos y causas, no existiera así en un principio. Estamos aún bajo el influjo del entusiasmo que marcara los primeros descubrimientos que nos han ido llevando de experiencia en experiencia, de observación en observación. Aquel paso es el origen de una nueva representación de la realidad, que no sólo gobierna el mundo de la técnica, sino que determina todas nuestras categorías en el pensar, en la visión, en la concepción del mundo y de la vida. Y rige no solamente nuestra actitud con respecto a hechos naturales objetivos, sino también, con tanta ingenuidad como orgullo, el mundo de los valores, la realidad humana, la revelación divina. Al sobrepasar la frontera que distingue el mundo natural del mundo espiritual, se convierte en problemático el valor de lo que la Realidad representa.

Y ello porque se ha hecho evidente que el hombre, al alcanzar la cima de su pretendida autonomía de acción y de pensamiento en un mundo considerado como puramente natural, ha descuidado su verdadera naturaleza, habiendo llegado al límite en el alejamiento de Dios. Problemático, por otra parte, porque el concepto de experiencia que debiera ser la piedra angular del verdadero conocimiento, no alcanza ya a considerar seriamente las más profundas y personales experiencias humanas. De hecho, tales experiencias se suplantan por un experimentar que se pueda registrar y medir. Con respecto al conocimiento basado en aparatos, el hombre queda definido como fuente de error. Sin embargo, la realidad descubierta por el tiempo que toca a su fin – se revela cada vez más como realidad en la que es posible existir en cuanto seres condicionados, pero no el vivir en la plenitud de nuestra humanidad. Una vez que el hombre ha despertado su mirar interior, se da cuenta que el contenido de una experiencia marca el comienzo de una nueva vida.

Abrirse a esa experiencia es el viraje decisivo en la vida humana, supone el comienzo de la metanoia, o Gran Conversión. Quien de una vez haya comprendido su ser esencial, comprendiendo con ello que toda nuestra existencia está impregnada por el SER (sin que suponga en el fondo este ordenamiento racional de nuestra vida otra cosa que el ser, refractándose a través del centro de nuestro yo racional), se sentirá de pronto lleno de asombro (en la medida en que admita lo que siente) porque, de golpe, el SER, esencia de todo, luce en toda su existencia.

El principio fundamental de nuestra consciencia ordinaria es el de la dualidad, que parte de la oposición sujeto/objeto, y que en su significación humana representa siempre la forma dualista con la que el Gran Uno se presenta ante el mirar del hombre, después de haberlo pasado por el prisma de su consciencia racional. Para el hombre, el rayo de luz del SER se presenta bajo la forma de opuestos y de relaciones. Si se despierta el mirar interior, más allá de la dualidad, el hombre podrá contemplar la luz primaria.


A través del velo de nuestra visión racional, se quiebra la luz de lo Real transformándola en una visión distinta, de igual modo a como la luz del sol que alcanza la lluvia forma un arcoiris. Si el hombre se hace consciente del sol, comprenderá el arcoiris de modo diferente. Pero aquél que tenga el coraje de dar la espalda a lo que sólo es arcoiris, verá el sol. El hombre siente, en sí mismo y en su mundo, la promesa de una Realidad que se oculta allí donde se origina su desarrollo racional.

Es así como debuta un tiempo de nuevos descubrimientos: cosechando nuevos conocimientos relativos a lo que es auténticamente humano, el hombre se libera de un conocimiento exclusivamente cientifista, que le había reducido a no ser él mismo, sino un objeto. Se abre a la observación incorruptible. Se trata ahora de descubrir la auténtica Realidad del hombre y de la vida que le ha sido dada, partiendo de su ser trascendente, es decir, de abrirse a la Realidad que corresponde a aquél y aquello a lo que ha sido destinado.

Aquello para lo que el hombre es destinado, el sentido de su vida y de su realidad lugar en que en esencia él cumple – permanecen ocultos por el velo del orden de la consciencia racional, centrada en un yo objetivante. Sin embargo, este orden es necesario si se quiere ser dueño de la existencia cotidiana, y por ella, dar testimonio. Los comienzos de la nueva era, hoy ya superados, abrían al hombre el camino que dominara la realidad del mundo espacio-temporal. Por qué ese conocimiento objetivo del mundo tiende el velo que oculta a nuestra vista la verdadera realidad? Jamás un sujeto para quien el mundo y la vida se fijen en un tejido de leyes, hechos y objetos podrá acceder a esa otra realidad supra-objetiva en la que reside el hombre en su ser esencial. Para acceder a ella nos es preciso tender con seriedad a la experiencia ya que, gracias a ella, el hombre, sobrepasando los datos objetivos de la consciencia, alcanza un contacto en sí mismo y en las cosas – con esa Realidad que no es posible agotar en la naturaleza condicionada por la existencia, sino que representa la revelación del Ser universal y Supra-temporal (más allá del tiempo y el espacio). La forma en que el hombre participa del Ser es lo que llamamos Ser esencial. Con respecto a esa visión estrecha del tiempo que llega a su fin, este Ser esencial, necesariamente, no supondrá todavía nada más que un producto de especulación teórica, un objeto de piadosa creencia incontrolable.

Pero el papel de la vida existencial y de su orden racional con respecto a la experiencia del Ser es triple:
1- Ante todo la oculta.
2- La propia experiencia del Ser no sería posible sin este trasfondo de sufrimiento de la vida existencial.
3- El mundo existencial es el campo de manifestación de la Gran Vida, manifestación que se realiza conscientemente una vez vivida la experiencia por la forma de ver, de actuar y de amar.


Todo tiempo lleva en sí el presente, el pasado y el futuro, pero más allá del tiempo que engloba estas tres dimensiones, existe el Tiempo que está más allá de todo tiempo, y es en ese tiempo supra temporal en el que habita el ser del hombre. Al despuntar de ese Ser lo llamamos Gran Experiencia. Esta marca los comienzos de una vida más profunda. Gracias a la Experiencia, se podrá dar cumplimiento a la libertad que Dios ha dado al hombre; sólo gracias al sí a tal experiencia el hombre se abre a la Plenitud de la Creación. Y únicamente si el hombre se enraíza en la experiencia llegará a su madurez, que le capacitará para responder con obediencia a la llamada del Ser, dando testimonio de Él en su existencia. Cuando se manifiesta la Gran Vida por medio de nuestra existencia, se da cumplimiento a lo que significa El despuntar del Ser.

K. Graf Dürckheim

Extractado por Leonardo Varela de
Dürkheim, K. G.- El Despuntar del Ser.-Ed. Mensajero.

La Naturaleza de lo Espiritual

La Naturaleza de lo Espiritual

La experiencia del Subud (*) me hizo darme cuenta que hay influencias no materiales con las cuales podemos relacionarnos y cuyo poder podemos verificar por nosotros mismos. Gradualmente, la inmensa realidad de la naturaleza de lo espiritual empezó a llegar a ser para mí una convicción directa. Me sentí particularmente agradecido de no estar envuelto en el dualismo de dos substancias, porque pude ver que la relatividad de lo material y la relatividad de lo espiritual, que es su contraparte, conduce a una continua transición entre los dos ámbitos.

Hemos estado hablando acerca de la distinción entre espíritu y materia. Pero hay todavía uno o dos tropiezos que deben ser evitado. La palabra espíritu es usada de varias maneras, lo que puede confundirnos. Por ejemplo, si hablamos acerca de un espíritu, esto da la impresión de que algo existe en la misma forma en que existe un cuerpo, aunque en un plano más fino y habitualmente invisible. Hemos estado hablando acerca de que hay cuerpos más sutiles en el hombre que pueden existir separadamente del cuerpo físico. Aunque son mucho más sutiles y sus condiciones de existencia son totalmente diferentes a las del cuerpo físico, sin embargo son cuerpos y, por lo tanto, son de alguna manera materiales. Ya hablé antes sobre la diferencia entre tener este sólido cuerpo o tener, digamos, uno de aire o de luz. Si tuviéramos un cuerpo de luz, tendría que ser completamente distinto a este cuerpo físico, Podría movilizarse de maneras inconcebibles para nosotros, como también lo haría un cuerpo de aire; pero todavía sería material, porque la luz es un estado de la materia. Si estuviera hecho de pensamiento – uno podría imaginar un cuerpo de pensamiento – estaría hecho de otra clase de materia, la materia del pensamiento. Podemos pensar de un cuerpo hecho de auto consciencia; tendría que ser luz pura, no la luz física de este mundo que nuestros ojos pueden ver. Podemos aún concebir un cuerpo hecho de energía creativa. Tendría que ser el alma de la que hablábamos ayer. No podemos decir que el alma sea material o inmaterial, porque su verdadera naturaleza es la de ser un puente entre el espíritu y la materia. Si vamos a hablar del espíritu hoy, debemos entender que no es lo mismo que el alma.

Ya he hablado acerca de las palabras Rupa y Arupa usadas en las enseñanzas hindúes.
Rupa significa con forma y Arupa, sin forma. Aquello que es espiritual da forma, pero no la toma. La materia toma una forma, pero no la da. Otra buena manera de entender el espíritu es verlo como el mundo de cualidad. La cualidad no tiene forma, pero puede producirla. El color azul puede estar conectado con un objeto, pero el azul en sí mismo no tiene forma y no puede pensarse acerca de él. Si tratamos de pensar sobre el color azul y hacemos a un lado cualquier idea de algo que sea azul, veremos lo imposible que es. Podemos imaginar una luz azul o un cielo azul, pero es el cielo o la luz lo que es azul. El color azul como una cualidad es algo que debe estar allí, porque todas las cosas azules lo comparten. Hay muchas cualidades, y todas ellas son espirituales en su naturaleza. Hay una cierta afinidad entre el espíritu y la materia, como si se necesitaran mutuamente para ser reales. Tal como la dulzura necesita azúcar para ser dulce, y el azúcar necesita la dulzura para ser azúcar, así el espíritu y la materia siempre se necesitan el uno al otro para realizarse.

Déjenme plantear un simple ejemplo: el sentido de lo correcto, de lo apropiado. Hacemos un trabajo. Hay una cualidad que hace que este trabajo esté bien hecho. Esto puede ser expresado sólo parcialmente en términos materiales; podemos darnos cuenta que está correcto en términos del mundo material y aun del mundo sensitivo. Pero, qué es lo que nos llena de satisfacción cuando nos damos cuenta de que hay una cualidad presente, y qué es lo que nos disgusta cuando sentimos que ella está ausente ? La diferencia entre lo que es y lo que debiera ser puede ser expresada en términos materiales: pero la naturaleza de la diferencia, y la razón por la cual tenemos la sensación de que algo está bien hecho o no lo está, es el elemento espiritual en la calificación y no puede ser establecido como un factor material. No me refiero solamente a la materia burda, sino también a nuestras reacciones habituales y a los deseos involucrados en ellas.

Tomemos el ejemplo del gusto artístico, como cuando decimos esta obra de arte es hermosa. Muy poca gente tiene un sentido de gusto artístico innato; casi todo el mundo lo tiene sólo de segunda mano. Su propio sentido de evaluación está sobrecargado con hábitos, entrenamiento, opiniones de terceros recogidas por ahí, principios estéticos que ordenan qué debiéramos admirar y qué no. Todas esas son manifestaciones a nivel material o emocional. Pero hay algo que es apreciación artística pura que debiera capacitarnos – aun sin haber visto nunca nada parecido – para percibir la proporción de maestría que hay en esa obra de arte. Y esto sin tener idea de cuál es la escuela o la tradición a que ella pertenece, y sin conocimiento de la técnica usada por el artista. Pueden existir convicciones propias, pero no hay una directa percepción de su valor, como tampoco lo hay en la crítica especializada. Es por eso que hay tan amargas luchas entre las diferentes escuelas de arte. El verdadero gusto artístico no puede manifestarse si está sobrepasado por el egoísmo. De ahí que se diga que el arte puede tener un efecto purgativo o purificante sobre las personas, si sólo permitieran que ello sucediera. Esto se aplica, por supuesto, tanto al artista como al crítico. Las cualidades espirituales no son hechos, pero son realidades; no existen pero igualmente son. Hay cualidades de corrección, perfección, exactitud y armonía en toda clase de construcciones o formas; pero la cualidad no consiste en la forma visible, porque la forma es un intento, siempre imperfecto, de expresar una cualidad.

Cada artista sabe que en el más perfecto momento de expresión posible para él, hay siempre una percepción de la brecha que separa su obra de la cualidad que él busca expresar. Eso es lo que yo entiendo como un elemento espiritual que entra en nuestra experiencia. Ustedes pueden captar de todo esto que hay diferentes clases de elementos espirituales, porque hay diferentes cualidades.

El espíritu siempre está llamando a la materia a juntarse con él, y la materia va hacia el espíritu con miras a expresarse en cualidades espirituales. Esto nos está sucediendo todo el tiempo; hay algo en nosotros que está siempre llamándonos hacia este punto central que reúne dos mundos, el lugar donde se reúnen las cualidades espirituales y las formas materiales. Pueden reunirse porque las formas alcanzan su más completa libertad en la auto consciencia pura. Allí la espiritualidad ha llegado a ser canalizada o enfocada en algo que es individual, es decir, cada uno de nosotros. Esto puede ser expresado como la diferencia entre qué hacemos y cómo lo hacemos. Debiéramos darnos cuenta hasta qué grado nos importa la cantidad de nuestras experiencias y no su cualidad.

Ahora, podemos ahondar más profundamente en el significado de lo que es espíritu, y cómo el espíritu puede ser concebido sin estar envuelto en materia. Tenemos que darnos cuenta de que los mundos de espiritualidad no son tan lejanos e inaccesibles, más allá de los cielos o muy profundos dentro de nosotros. Vivimos en mundos de espiritualidad todo el tiempo, pero sentimos su influencia indirectamente. Mientras estoy viviendo aquí en mis pensamientos, alguna influencia espiritual está viniendo continuamente a través de diferentes capas. Cuando alcanzan las capas más bajas, vienen en la forma de alguna concepción preestablecida, como el color amarillo, o la bondad, o la esperanza, etc. Todas ellas son cualidades espirituales, pero han llegado a ser nombres para ciertas clases de experiencias que tal vez pertenezcan más a estos niveles inferiores que al ser humano verdadero. Así, aunque los mundos espirituales estén íntimamente próximos, justo dentro de nosotros, sólo tenemos un contacto indirecto con ellos hasta que no seamos capaces de encontrarlos por nosotros mismos. No quiero dar la impresión de que los elementos espirituales entran en el mundo de la materia solamente a través de los seres humanos. Hay una cualidad espiritual en el canto de un pájaro o en el perfume de una flor; pero esas son cualidades inherentes a la verdadera naturaleza de los pájaros y de las flores. El espíritu y la materia se han juntado en un acto creativo en el que el hombre no ha tomado parte. En la creación artística es el hombre mismo quien junta los dos mundos. También puede hacerlo de otras maneras, he tomado la obra de arte como ejemplo para ilustrar mi tesis, pero ella no agota el tema.

Significa esto que no hay seres espirituales ? Estoy seguro que los hay, pero quiero que seamos muy cuidadosos para no imaginarlos como si fueran de la clase de seres que conocemos, con cuerpos, pensamientos, sentimientos o deseos como los que nosotros tenemos. Ello ocurre porque nuestros varios cuerpos están construidos para hacerlo posible. Un ser espiritual no tendría nuestras limitaciones. Quiero presentarles una idea difícil de aferrar. Ella ha perturbado a algunos de los más grandes filósofos; pero ustedes podrán atraparla si lo hacen más por sentimiento que por pensamiento. Se trata de una realidad que no existe y que, sin embargo, tiene poder para influenciar lo que existe. Por no existe quiero significar que no está hecha de ninguna clase de materia. Por realidad quiero significar que es independiente de cualquier soporte. La belleza no está en el ojo del que la contempla, como dice el refrán. La belleza como belleza no necesita ser vista para sustentar su propio rango de cualidades. Ustedes conocen la historia del Giotto, quien, cuando le pidieron una muestra de su trabajo, tomó un pincel y dibujó a pulso un círculo perfecto y lo envió a sus jueces, diciéndoles: Ustedes pueden juzgar mi técnica, pero no mi arte, porque nadie sino yo puede ver lo que yo veo. Si él hubiese enviado una de sus obras, habría sido equivalente a admitir que el espíritu, para ser real, depende de la materia.

Si digo que las cualidades espirituales no son una colección de cualidades aisladas sino un sistema complejo y altamente organizado y, sin embargo, no existente en un sentido material, ustedes pueden no comprenderme. Si les pregunto dónde existía el círculo del Giotto antes que él lo dibujara, pueden replicar que estaba en su imaginación o en ninguna parte. Pero no se necesitaba la imaginación del Giotto para que fuera lo que era. El era lo que siempre sería: la cualidad espiritual de la perfección circular. La circularidad parece ser una simple cualidad, pero en realidad contiene tanto que si ustedes empiezan a meditar sobre su significado se encontrarán en un mundo, el mundo de los círculos.

Temo que Platón nos haya confundido con su doctrina de eidos o idea. El nos dice que éstas son la realidad y que las formas materiales son solamente copias. Él probablemente habría dicho que Giotto vio la idea del círculo y mostró que podía copiarla perfectamente. Pero estoy seguro que esto se refiere a la noción de una forma y no de una cualidad, mucho menos a una compleja estructura de cualidades. Mi propia experiencia me convence que las cualidades están organizadas en estructuras y que ellas son realidades espirituales. Ellas tienen al menos un poder reconocible – el de organizar la materia – la que incluye sensación, pensamiento, auto consciencia y toda esa masa de la cual están hechos nuestros cuerpos. Estas realidades espirituales pueden también ser llamadas seres espirituales.

En toda tradición está la creencia en seres que no son materiales y, sin embargo, son reales. Ellos son llamados ángeles, devas, malaikat, esencias espirituales, y varios otros nombres. Nosotros los conocemos como ángeles, y la tradición cristiana nos enseña que cada uno de nosotros es acompañado durante toda su vida por un Ángel Guardián que nos protege y nos
guía. No tengo duda de que esta enseñanza es verdadera; sólo que, por supuesto, uno tiende a imaginarla en una forma demasiado materialista. Por materialista quiero significar que uno piensa del Ángel Guardián como de una especie de hermoso ser, que está junto a nosotros en un cuerpo espiritual que no podemos ver. El Ángel Guardián debe ser una naturaleza espiritual asociada con nuestra propia naturaleza, pero más allá de nuestro propio ser.

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