Una Sociedad de Naciones

Una Sociedad de Naciones

Discurso pronunciado el 27 de septiembre de 1918, en la Opera Metropolitana de New York, por el Presidente de EE.UU., W. Wilson.wilson-portrait

A cada momento de la guerra obtenemos una consciencia fresca de lo que con ella queremos realizar. Cuando nuestra esperanza y expectativa están más agitadas, pensamos más firmemente que antes en los resultados que dependen de ella y en los fines que por su medio deben realizarse. Pues tiene fines positivos y bien definidos que nosotros no determinamos y que no podemos alterar. Ningún estadista o asamblea los creó; ningún estadista ni asamblea puede alterarlos. Han surgido de la misma naturaleza y circunstancias de la guerra. Lo más que ellos pueden hacer es llevarlos adelante o falsearlos. Es posible que no fueran claros al nacer, pero lo son ahora.

La guerra ha durado más de cuatro años, y todo el mundo ha sido arrastrado a ella. La voluntad común de los humanos ha sido sustituida por los fines particulares de los Estados individuales. Los estadistas pueden haber iniciado el conflicto, pero ni ellos ni sus opositores son capaces de detenerlo cuando quieran. Se ha convertido en una guerra de pueblos de todas clases y razas, en los que cada grupo de poder y variedad de fortuna están envueltos en sus vastos procesos de cambio y ajuste. Entramos en ella cuando su carácter se había definido plenamente y era evidente que ninguna nación podía mantenerse aparte o ser indiferente a su resultado. Su desafío llegó al corazón de todo aquello por lo que nos desvelábamos y vivíamos. La voz de la guerra se había clarificado y hecho presa en nuestros corazones. Nuestros hermanos de muchas tierras, así como los asesinados bajo los mares, nos estaban llamando, y nosotros respondimos con orgullo y prontitud.

El aire era limpio en torno nuestro. Veíamos las cosas en sus proporciones plenas, convincentes como eran. Las hemos seguido viendo con ojos firmes e invariable comprensión desde entonces. Aceptamos los problemas de la guerra como hechos, no como un grupo de hombre de aquí u otra parte los han definido, y
no podemos aceptar ningún resultado que nos los encare y resuelva.

Estos son los problemas:

1.- Estará facultada la fuerza militar de cualquier nación o grupo de naciones a determinar la suerte de los pueblos sobre quienes no tiene derecho a mandar, excepto el derecho de la fuerza?

2.- Serán libres las naciones fuertes para atropellar a las naciones débiles y someterlas a sus fines e intereses?

3.- Serán regidos y dominados los pueblos, hasta en sus asuntos internos, por la fuerza arbitraria e irresponsable o por su propia voluntad y elección?

4.- Habrá una norma común de derecho y privilegio para todos los pueblos y naciones, o harán los fuertes lo que quieran y los débiles sufrirán sin remedio?

5.- Será la aseveración del derecho fortuito o de la alianza casual, o habrá un acuerdo común para obligar a respetar los derechos comunes?

Ningún hombre, ningún grupo de hombres eligió estos problemas como problemas de guerra. Son problemas de ella; y deben resolverse, no por arreglo y compromiso o ajuste de intereses, sino definitivamente y de una vez por todas, con la aceptación plena e inequívoca del principio de que el interés del débil es tan sagrado como el interés del más fuerte.

A eso nos referimos cuando hablamos de una paz permanente, si hablamos con sinceridad y comprensión reales del asunto que tratamos.

Es de capital importancia que también convengamos explícitamente que no se logrará la paz mediante ninguna clase de compromiso o rebajamiento de los principios que hemos confesado y por los cuales estamos luchando. No se deberá dudar de eso. Me tomaré, por consiguiente, la libertad de hablar con la mayor franqueza acerca de las consecuencias prácticas implicadas en ello.


Si el objetivo común de los gobiernos aliados en contra de Alemania y de las naciones que ésta dirige es de hecho – conforme lo creo – el conseguir con los convenios próximos una paz segura y duradera, será menester que cuantos se sientan a la mesa de la paz vengan dispuestos y quieran crear en forma decidida el único instrumento por el cual sea posible asegurar que los acuerdos de la paz se verán honrados y cumplidos.

Ese precio es justicia imparcial en cada artículo del pacto, no importa de quién sean los intereses que se vulneren; y no sólo justicia imparcial, sino también la satisfacción de los diversos pueblos cuya suerte se decide. Ese instrumento indispensable es una Sociedad de Naciones constituida por convenios que serán eficaces. Sin este instrumento, por el cual puede garantizarse la paz del mundo, la paz descansará en parte sobre la palabra de delincuentes, y sólo sobre esa palabra. Pues Alemania tendrá que corregir su carácter no por lo que ocurra en la mesa de la paz, sino por lo que siga.

Tal como yo lo veo, la constitución de esta Sociedad de Naciones y la clara definición de sus objetivos son en cierto sentido la parte más esencial del establecimiento mismo de la paz. No puede constituirse ahora. Sería simplemente una nueva alianza limitada a las naciones asociadas contra un enemigo común. Tampoco es probable que pueda constituirse después del acuerdo. Es necesario que sea una garantía de paz, y ello no debe involucrar una segunda intención. La razón para hablar en términos llanos – de por qué debe garantizarse la paz es que habrá partidos cuyas promesas hayan probado que son indignos de confianza, y deben encontrarse medios en relación con el establecimiento mismo de la paz para suprimir esa fuente de inseguridad. Sería locura dejar la garantía a la acción voluntaria subsiguiente de los gobiernos que hemos visto han destruido a Rusia y defraudado a Rumania.

Pero esos términos generales no revelan toda la cuestión. Son necesarios algunos detalles para hacerles buenos, menos como tesis y más como programa práctico. Estos, pues, son algunos de esos detalles y los enuncio con la mayor confianza porque puedo hacerlo autorizadamente como representante de la interpretación de este gobierno de su propio deber con respecto a la paz:

Primero: La justicia imparcial que sirve de norma no debe involucrar discriminación entre aquellos con quienes deseamos ser justos y aquellos con quien no lo deseamos. Debe ser una justicia que no reconozca favoritos ni conozca otra norma que la igualdad de derechos de los varios pueblos interesados.

Segundo: Ningún interés especial o separado de una sola nación o grupo de naciones puede convertirse en la base de parte alguna del acuerdo que no sea compatible con el interés común de todos.

Tercero: No puede haber ligas, alianzas ni convenciones especiales y entendimientos dentro de la familia general y común de la Sociedad de Naciones.

Cuarto: Más específicamente, no puede haber egoístas combinaciones especiales económicas dentro de la Sociedad, ni empleo de forma alguna de boicot o eliminación; excepto como fuerza de pena económica por exclusión de los mercados del mundo que pueda usarse en la Sociedad de Naciones como medio de disciplina y control.

Quinto: Todos los acuerdos y tratados internacionales de toda clase deben notificarse en su totalidad al resto del mundo.

Las alianzas especiales, las rivalidades económicas y las hostilidades han sido fuente prolífica en el mundo moderno, de los planes y pasiones que producen la guerra. Sería una paz insincera e insegura si no se las excluyera en términos definidos y precisos.

Las fuerzas que luchan en formación más y más compacta, se organizan en forma más y más inconquistable, mientras se hacen más y más claras al pensamiento y finalidad de los pueblos comprometidos. Es peculiaridad de esta gran guerra que mientras los estadistas que emitían definiciones de sus propósitos, a veces pareció que cambiaban su terreno y su punto de vista, el pensamiento de las masas que ellos debían instruir y dirigir se ha hecho cada vez más despejado, más y más seguro de lo que es aquello por lo que están luchando. Los fines nacionales han caído en último término y el fin común de la humanidad culta ha tomado su lugar. Los consejos de los hombres sinceros se han hecho más sencillos y rectos y más unificados que los consejos de los complicados hombres de negocios, que todavía conservan la impresión de que están jugando un juego de poder, y jugando fuerte. Por eso he dicho que esta es una guerra de pueblos, no de estadistas. Los estadistas deben seguir el pensamiento común clarificado o ponerse a un lado.

Tal creo que es el sentido del hecho de que las asambleas y asociaciones de muchas clases formadas por gente laboriosa hayan pedido, casi cada vez que se reunieron y todavía están pidiendo – que los conductores de sus gobiernos les declaren llanamente lo que es, exactamente lo que es, que buscaban en esta guerra, y lo que piensan que habrían de ser los artículos del acuerdo final. No están todavía satisfechos con los que les han dicho. Parecen que aún temen que van a conseguir lo que piden sólo en palabras de estadistas, sólo en los términos de arreglos territoriales y divisiones de poder, y no en términos de justicia de amplia visión, misericordia, paz y la satisfacción de aquellos anhelos profundamente arraigados de los hombres y mujeres oprimidos y acosados y de los pueblos esclavizados, que les parecen las únicas cosas por las que es digno hacer una guerra que devora al mundo. Acaso los estadistas no han reconocido este cambio de aspecto del mundo entero de la política y la acción. Acaso no siempre han hablado en contestación directa a las preguntas formuladas, porque no sabían lo escrutadoras que eran esas preguntas y qué clase de respuesta exigían.

Pero yo me alegro de intentar la respuesta una y otra vez, con la esperanza de hacer más y más claro que mi único pensamiento es satisfacer a los que luchan en las filas y son acreedores, tal vez sobre todos los demás, a una respuesta cuyo sentido nadie tiene excusa para comprender mal, si entiende el lenguaje en que es expresada o puede conseguir que alguien la traduzca correctamente al suyo. Alemania está constantemente insinuando los términos que desea aceptar; y siempre encuentra que el mundo no quiere términos. Desea el triunfo final de la justicia y del trato limpio.

Woodrow Wilson

Notas:
En 1919 se creó la Liga de las Naciones, quien nunca dispuso de una fuerza militar que hiciese respetar sus decisiones. EE.UU., la nación más fuerte, no quiso ingresar a ella. La Liga cayó en el mayor desprestigio pues no pudo evitar las agresiones de Japón contra China, de Italia contra Etiopía y de Alemania contra Checoslovaquia, Austria, etc.

Para reemplazarla, después de la Segunda Guerra Mundial, EE.UU., Inglaterra y la URSS decidieron crear una nueva organización internacional, cuya constitución fue fijada en la Conferencia de San Francisco en 1945, bajo el nombre de Naciones Unidas.

Extractado por Farid Azael de
Lin Yutang.- De la Sabiduría de Norteamérica.- Hermes

Dag Hammarskjöld

Dag Hammarskjöld

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Mister H como lo llamaban los periodistas de todas las latitudes nació en Suecia el 29 de julio de 1905. Estudió economía y leyes en la Universidad de Upsala, graduándose a los 25 años. En los cuatro años siguientes se desempeñó como secretario gubernativo en el Comité de Desempleo, rindiendo en ese período su tesis universitaria en economía y obteniendo el doctorado en la especialidad.

La poesía, la literatura y el arte moderno le atrajeron especialmente. T.S. Elliot, Hermann Hesse, Thomas Wolf, Virginia Wolf, fueron sus autores preferidos. Fue traductor de Saint-John Perse, al que contribuyó a otorgar el premio Nobel.

Desde 1948 empieza a desempeñarse en el campo internacional, primero como diplomático y luego como experto en el área económica, hasta que en 1951 concurre a la Asamblea de las Naciones Unidas como jefe de la delegación sueca. En abril de 1953 es elegido por el Consejo de Seguridad de ese organismo por diez votos entre once como Secretario General de las Naciones Unidas.

En esa época era muy poco conocido, lo que dio confianza a los Grandes Poderes EE.UU. y URSS – de que sería alguien no conflictivo y fácil de influenciar. Pero, a los cuantos meses de asumir, quedó claro que se trataba de un personaje con gran sensibilidad, que luchaba por sus ideales y que poseía una muy elevada inteligencia de impredecible rango y profundidad.

Una de la primeras muestras de su nivel de ser las dio en una charla transmitida por radio, en la que expresó: El mundo en el que yo crecí estaba dominado por principios e ideales de un tiempo muy lejano al nuestro y, al parecer, muy distante de los problemas que enfrentan al hombre en esta mitad del siglo veinte. De todas maneras, mi camino no significa alejarme de estos ideales. Al contrario, he sido llevado a comprender su validez también para el mundo de hoy.

De generaciones de soldados y funcionarios de gobierno por el lado de mi padre, he heredado una creencia en que no hay vida más satisfactoria que la de un desinteresado servicio a nuestro país y a la humanidad. Este servicio requiere un sacrificio de todos nuestros intereses personales, y también el coraje de mantener irrenunciablemente las propias convicciones sobre lo que es correcto y beneficioso para la comunidad, cualesquiera que sean los puntos de vista prevalecientes.

A través de catedráticos y sacerdotes, por el lado de mi madre, heredé una fe que en el sentido más radical de los Evangelios todos los hombres son igualmente hijos de Dios, y deben ser tratados por nosotros como tales..

Los dos ideales que dominaron el mundo de mi niñez han sido totalmente armonizados y ajustados a las demandas de nuestro mundo de hoy en la ética de Albert Schwitzer Pero la explicación de cómo el hombre debiera llevar una vida de activo servicio social en completa armonía consigo mismo como miembro de la comunidad del espíritu, la encontré en los escritos de esos grandes místicos medievales para quienes la negación de sí había sido el camino de autorrealización, y quienes en la simplicidad de espíritu y la profundidad del alma han encontrado fortaleza para decir sí a cada demanda con la que las necesidades de su prójimo los han enfrentado. Y también decir sí a todo lo que el destino tenía reservado para ellos cuando han seguido el camino del deber como ellos lo entendían

Esta charla nunca fue públicamente citada otra vez; pero los pensamientos allí expresados reaparecieron cuando se imprimió su diario póstumo, Marcas en el Camino, luego de su muerte en Africa en septiembre de 1961, a causa de un sospechoso accidente aéreo.

El rol de Secretario General está esquemáticamente definido en la Carta de las Naciones Unidas, pero encontró su definición viviente en el pensamiento y conducta de Dag Hammarskjöld. Según él, la Carta encargaba al Secretario General un desempeño equivalente al de la conciencia: el Gobierno de las Naciones Unidas espera del Secretario General que tome la responsabilidad independiente, irrespectiva de sus actitudes, de representar el elemento imparcial en la vida internacional de los pueblos. La expresión es objetiva y formal, el rol es muy amplio y debe ser actuado en el escenario que él sobriamente describe como: el temible laberinto de casi irreconciliables conflictos e indisolubles problemas en el cual estamos ahora extraviados.

En una charla frente al Consejo de Seguridad de la ONU, dijo: No somos lo que deberíamos ser, no habremos alcanzado la plena fortaleza de nuestra posible contribución hasta que no hayamos conseguido desarrollar dentro de nosotros, y en nuestras relaciones con los demás, el sentimiento de pertenencia. No somos el Vaticano, no somos una república, no estamos fuera del mundo, estamos intensamente en él. Pero, aún así, debiera haber este profundo sentido de unidad. Tengo la esperanza de que vayamos caminando en ese sentido.

Conversando una vez con los periodistas acreditados en la ONU, con quienes había compartido a través de los años, estableció una distinción entre el por decir así mecánico optimismo de las generaciones previas y lo que llamaría el luchador optimismo de la presente generación. Lo hemos aprendido de manera dura y, ciertamente, tendremos que volver a aprenderlo una y otra vez. De esta manera, desde las profundidades de su experiencia, ofrecía como modelo una actitud tan simple como atractiva, la mejor para los pueblos y naciones que trataran de encontrar un camino.

La mejor manera de conocer más de cerca de este hombre admirable, de recuerdo imperecedero, es releer su diario íntimo. Este fue encontrado después de su fallecimiento en su casa de Nueva York, acompañado de una carta sin fecha dirigida al subsecretario del Ministerio de Asuntos Exteriores de Suecia, Leif Belgrafe.

Querido Leif: quizás recuerdes que una vez te conté que llevaba una especie de diario, el que quería que un día llegara a tus manos: Aquí está.

Lo empecé sin pensar que nadie pudiera llegar a verlo. Pero, con todo lo que se escribe y se dice sobre mí, ha variado la situación. Estos apuntes dan el único perfil correcto que pueda trazarse. Por eso he contado con que pudieran publicarse en años posteriores, aunque haya seguido escribiendo para mí mismo y no para el público.

Si consideraras que merecen ser impresos, estás autorizado para ello. Es como una especie de libro blanco relativo a mis conversaciones conmigo mismo y con Dios.

En un mundo sumergido en el utilitarismo y la contingencia, sorprende ver aparecer personas como Dag Hammaskjöld. De su diario íntimo se desprende su relación con el Creador, su fe profunda y su búsqueda incesante e insobornable de la perfección.

Citas de Marcas en el Camino:

La sed es mi patria en el país de las pasiones. Sed de comunidad, sed de justicia. Una comunidad basada en la justicia y una justicia alcanzada en común.

Sólo la vida satisface el afán de la vida. Y esa sed se mide sólo gracias a que la vida se crea de tal manera que mi modalidad peculiar de ser se realiza como un puente hacia el prójimo, como una piedra del edificio celestial de la justicia.

No tener miedo de sí mismo, sino vivir la propia manera de ser: totalmente, pero con provecho. No ir tras los demás para conseguir la comunidad, no convertir la conveniencia en ley, en lugar de vivir la justicia.

Liberación y responsabilidad. Solamente así fue creado uno, y si falla, la contribución que habría podido ser la suya faltará para siempre.

Vuelvo a leer de algunos que murieron hace tiempo. Furtivamente se introducen otros nombres en el contexto, ahora es a nosotros mismos a quienes se vuelve a leer, cuando ya somos pasado. La mayoría está muy lejos. El problema que un día fue candente se extiende por las páginas en forma de frías abstracciones; sencillas, pero igualmente mal juzgadas por nosotros. Y parecemos unos muñecos bien simples, bien ridículos, que se buscan a ellos mismos movidos por hilos fácilmente visibles, a veces un poco embrollados.

No es una criatura lo que encuentro en esa imagen burlesca que me ofrece mi exploración. Sólo la prueba de que todo eso no era nada.

Es raquítica la vida? No será bien que tu mano es demasiado pequeña, que están empañadas tus pupilas? Eres tú quien ha de crecer.

No elegimos el marco de nuestro destino. Pero le proporcionamos su contenido. Quien desee la aventura, la vivirá también: a la medida de su valor. Quien desee el sacrificio, será sacrificado: a la medida de su pureza.

No trates de averiguar adónde te lleva cada uno de tus pasos. Sólo quien ve a distancia acierta el camino recto.

No aceptes nunca lo que consigas por medio de una concesión. La vida sólo se entrega al conquistador. Vivirías de bienes robados y de músculos distendidos.

No midas jamás la altura de la montaña antes de alcanzar su cima. Entonces verás lo baja que era.

La posición no te concede jamás el derecho de mando. Sólo la obligación de vivir de tal manera que los demás tengan que aceptar tus órdenes sin humillarse.

Lo que da valor a la vida puedes alcanzarlo o perderlo. Pero jamás poseerlo. Esta verdad sobre la vida prevalece ante todo.

Solamente es auténtica la dignidad que no es disminuida por la indiferencia de los demás.

Sólo tus propias energías son la medida de las exigencias de la vida. Y tu hazaña eventual, no haber desertado.

Podemos alcanzar el punto donde nos resulta posible reconocer y comprender el Pecado Original, ese oscuro centro antagónico de mal en nuestra naturaleza que aunque no somos nosotros, lo tenemos ese algo adentro que se regocija cuando el desastre hace fracasar esa misma causa que estamos tratando de servir, o cuando la desdicha atrapa aun a aquellos a quienes amamos…

A lo que tendrías que atreverte: a ser tú mismo. Lo que podrías ganar: que la grandeza de la vida se reflejara en ti a la medida de tu pureza.

No has hecho bastante, no habrás hecho nunca bastante mientras exista la posibilidad de que algo en ti pueda llegar a ser de valor. Esa es la respuesta, cuando gimes bajo lo que consideras una carga y un riesgo prolongado ad infinitum.

Dios no muere el día en que ya no creemos en una divinidad personal, pero sí morimos nosotros el día en que la vida ya no nos parece iluminada por el resplandor del milagro que significa el continuo reflejo procedente de las fuentes que están más allá de toda razón.

Cómo podría haberse formado la moral de las conveniencias de la razón y de la sociedad sin los mártires de la fe? Aun más, cómo podría evitar esa moral la consunción sin el rejuvenecimiento, sin el aflujo de energías que emanan de aquel que ha perdido su yo en Dios? La cuerda sobre el abismo se mantiene tensa gracias a aquel que la sostiene desde el cielo, por la lealtad en la fe que es el sacrificio perpetuo y extremo.

Aquellos que en la unión de Dios con el alma se consideran que son la sal de la tierra ay de ellos si pierden su sabor!

Jamás es la aceptación más difícil que cuando las circunstancias te impiden lanzarte en defensa de alguien cuya inocencia le deja inerme ante un ataque.

Creer en Dios es, desde este punto de vista, creer en sí mismo. Tan evidente, tan ilógico y tan imposible de explicar: si yo puedo ser, Dios es.

Algunos años aún y después?. La vida sólo tiene valor por su contenido para los demás. Mi vida, sin valor para los demás, es peor que la muerte. Por eso en este gran aislamiento he de servir a todos.
Por eso: qué incomprensiblemente grande es lo que se me ofrece, qué vano lo que sacrifico.

Para amar a la vida y a los hombres
con el amor de Dios,
en gracia a la infinita posibilidad:
esperar como Él,
valorar como Él,
sin juzgar,
obedecer la orden cuando se nos da
y no volver nunca la vista atrás.
Entonces Él podrá utilizarte,
entonces, quizás, te utilizará.
Y aun si no te utiliza,
por lo menos, en sus manos
tiene cada instante su significado,
tiene altura y resplandor,
paz y coherencia.