HERMES

HERMES

Hermes

Los Misterios de Egipto

¡Oh, alma ciega! Ármate con la antorcha de los Misterios, y en la noche terrestre descubrirás tu Doble luminoso, tu alma celeste. Sigue a ese divino guía, y que él sea tu Genio. Porque él tiene la clave de tus existencias pasadas y futuras.

(Llamada a los iniciados, del Libro de los Muertos).

Escuchad en vosotros mismos y mirad en el Infinito del Espacio y del Tiempo. Allí se oye el canto de los Astros, la voz de los Números, la armonía de las Esferas.

Cada sol es un pensamiento de Dios y cada planeta un modo de este pensamiento. Para conocer el pensamiento divino, ¡oh, almas!, es para lo que bajáis y subís penosamente el camino de los siete planetas y de sus siete cielos.

¿Qué hacen los astros? ¿Qué dicen los números? ¿Qué ruedan las Esferas? ¡Oh, almas perdidas o salvadas!: ¡ellos dicen, ellos cantan, ellas ruedan, vuestros destinos!

(Fragmentos de Hermes)

I.- La Esfinge

Frente a Babilonia, metrópoli tenebrosa del despotismo, Egipto fue en el mundo antiguo una verdadera ciudadela de la ciencia sagrada, una escuela para sus más ilustres profetas, un refugio y un laboratorio de las más nobles tradiciones de la Humanidad. Gracias a excavaciones inmensas, el pueblo egipcio nos es hoy mejor conocido que ninguna de las civilizaciones que precedieron a la griega, porque nos vuelve a abrir su historia, escrita sobre páginas de piedra. Se desentierran sus monumentos, se descifran sus jeroglíficos, y sin embargo, nos falta aún penetrar en el más profundo arcano de su pensamiento. Ese arcano es la doctrina oculta de los sacerdotes. Aquella doctrina, científicamente cultivada en los templos, prudentemente velada bajo los misterios, nos muestra al mismo tiempo el alma de Egipto, el secreto de su política, y su capital papel en la historia universal.

Nuestros historiadores hablan de los faraones en el mismo tono que de los déspotas de Nínive y de Babilonia. Para ellos, Egipto es una monarquía absoluta y conquistadora como Asiria, y no difiere de ésta más que porque aquella duró algunos miles de años más. ¿Sospechan ellos que en Asiria la monarquía aplastó al sacerdocio para hacer de él un instrumento, mientras que en Egipto el sacerdocio disciplinó a los reyes, no abdicó jamás ni aún en las peores épocas, arrojando del trono a los déspotas, gobernando siempre a la nación; y eso por una superioridad intelectual, por una sabiduría profunda y oculta, que ninguna corporación educadora ha igualado jamás en ningún país ni tiempo? Cuesta trabajo creerlo. Porque, bien lejos de deducir las innumerables consecuencias de ese hecho esencial, nuestros historiadores lo han entrevisto apenas, y parecen no concederle ninguna importancia. Sin embargo, no es preciso ser arqueólogo o lingüista para comprender que el odio implacable entre Asiria y Egipto procede de que los dos pueblos representaban en el mundo dos principios opuestos, y que el pueblo egipcio debió su larga duración a una armazón religiosa y científica más fuerte que todas las revoluciones.

Desde la época aria, a través del período turbulento que siguió a los tiempos védicos hasta la conquista persa y la época alejandrina, es decir, durante un lapso de más de cinco mil años, Egipto fue la fortaleza de las puras y altas doctrinas cuyo conjunto constituye la ciencia de los principios y que pudiera llamarse la ortodoxia esotérica de la antigüedad. Cincuenta dinastías pudieron sucederse y el Nilo arrastrar sus aluviones sobre ciudades enteras; la invasión fenicia pudo inundar el país y ser de él expulsada: en medio de los flujos y reflujos de la historia, bajo la aparente idolatría de su politeísmo exterior, el Egipto guardó el viejo fondo de su teogonía oculta y su organización sacerdotal. Ésta resistió a los siglos, como la pirámide de Gizeh medio enterrada entre la arena, pero intacta. Gracias a esa inmovilidad de esfinge que guarda su secreto, a esa resistencia de granito, el Egipto llegó a ser el eje alrededor del cual evolucionó el pensamiento religioso  de la Humanidad al pasar de Asia a Europa. La Judea, la Grecia, la Etruria, son otras tantas almas de vida que formaron civilizaciones diversas. Pero, ¿de dónde extrajeron sus ideas madres, sino de la reserva orgánica del viejo Egipto? Moisés y Orfeo crearon dos religiones opuestas y prodigiosas: la una por su austero monoteísmo, la otra por su politeísmo deslumbrador. Pero, ¿dónde se moldeó su genio? ¿Dónde encontró el uno la fuerza, la energía, la audacia de refundir un pueblo salvaje como se refunde el bronce en un horno, y dónde encontró el otro la magia de hacer hablar a los dioses como una lira armonizada con el alma de sus bárbaros embelesados? En los templos de Osiris, en la antigua Thebas, que los iniciados llamaban la ciudad del Sol o el Arca solar, porque contenía la síntesis de la ciencia divina y todos los secretos de la iniciación.

Todos los años, en el solsticio de verano, cuando caen las lluvias torrenciales en la Abisinia, el Nilo cambia de color y toma ese matiz de sangre de que habla la Biblia. El río crece hasta el equinoccio de otoño, y sepulta bajo sus ondas el horizonte de sus orillas. Pero, en pie sobre sus mesetas graníticas, bajo el sol que ciega, los templos tallados en plena roca, las necrópolis, las portadas, las pirámides, reflejan la majestad de sus ruinas en el Nilo convertido en mar. Así, el sacerdote egipcio atravesó los siglos con su organización y sus símbolos, arcanos impenetrables de su ciencia, en aquellas criptas y en aquellas pirámides se elaboró la admirable doctrina del Verbo Luz, de la Palabra Universal, que Moisés encerrará en su arca de oro, y cuya antorcha viva será Cristo.

La verdad es inmutable en sí misma, y sólo ella sobrevive a todo; pero cambia de moradas como de formas y sus revelaciones son intermitentes. “La Luz de Osiris”, que en la antigüedad iluminaba para los iniciados las profundidades de la naturaleza y las bóvedas celestes, se ha extinguido para siempre en las criptas abandonadas. Se ha realizado la palabra de Hermes a Asklepios: “¡Oh Egipto, Egipto!, sólo quedarán de ti fábulas increíbles para las generaciones futuras, y nada durará de ti más que palabras grabadas en piedras.”

Sin embargo, un rayo de aquel misterioso sol de los santuarios es lo que quisiéramos hacer revivir siguiendo la vía secreta de la antigua iniciación egipcia, en cuanto lo permite la intuición esotérica y la refracción de las edades. Pero antes de entrar en el templo, lancemos una ojeada sobre las grandes fases que atravesó el Egipto antes del tiempo de los Hicsos.

Casi tan vieja como la armazón de nuestros continentes, la primera civilización egipcia se remonta a la antiquísima raza roja. La esfinge colosal de Giseh, situada junto a la gran pirámide, es obra suya. En tiempos en que el Delta -formado más tarde por los aluviones del Nilo- no existía aún, el animal monstruoso y simbólico estaba ya tendido sobre su colina de granito, ante la cadena de los montes líbicos, y miraba el mar romperse a sus pies, allí donde se extiende hoy la arena del desierto. La esfinge, esa primera creación de Egipto, se ha convertido en su símbolo principal, su marca distintiva. El más antiguo sacerdocio humano la esculpió, imagen de la Naturaleza tranquila y terrible en su misterio. Una cabeza de hombre sale de un cuerpo de toro con garras de león, y repliega sus alas de águila a los costados. Es la Isis terrestre, la Naturaleza en la unidad viviente de sus reinos. Porque ya aquellos sacerdotes inmemoriales sabían y señalaban que en la gran evolución, la naturaleza humana emerge de la naturaleza animal. En ese compuesto del toro, del león, del águila y del hombre están también encerrados los cuatro animales de la visión de Ezequiel, representando cuatro elementos constitutivos del microcosmos y del macrocosmos: el agua, la tierra, el aire y el fuego, base de la ciencia oculta. Por esta razón, cuando los iniciados vean el animal sagrado tendido en el pórtico de los templos o en el fondo de las criptas, sentirán vivir aquel misterio en sí mismos y replegarán en silencio las alas de su espíritu sobre la verdad interna. Porque antes de Aedipo, sabrán que la clave del enigma de la esfinge es el hombre, el microcosmos, el agente divino, que reúne en sí todos los elementos y todas las fuerzas de la naturaleza.

esfinge de Giseh

La raza roja no ha dejado otro testigo que la esfinge de Giseh; prueba irrecusable de que había formulado y resuelto a su manera el gran problema.

II. Hermes

La raza negra que sucedió a la raza roja austral en la dominación del mundo, hizo del alto Egipto su principal santuario. El nombre de Hermes Toth, ese misterioso y primer iniciador del Egipto en las doctrinas sagradas, se relaciona sin duda con una primera y pacífica mezcla de la raza blanca y de la raza negra en las regiones de la Etiopía y del alto Egipto, largo tiempo antes de la época aria. Hermes es un nombre genérico como Manú y Buddha pues designa a la vez a un hombre, a una casta y a un Dios. Como hombre, Hermes es el primero, el gran iniciador del Egipto; como casta, es el sacerdocio depositario de las tradiciones ocultas; como Dios, es el planeta Mercurio, asimilado con su esfera a una categoría de espíritus, de iniciadores divinos; en una palabra: Hermes preside a la región supraterrena de la iniciación celeste. En la economía espiritual del mundo, todas esas cosas están ligadas por secretas afinidades como por un hilo invisible. El nombre de Hermes es un talismán que las resume, un sonido mágico que las evoca. De ahí su prestigio. Los griegos, discípulos de los egipcios, le llamaron Hermes Trismegisto o tres veces grande, porque era considerado como rey, legislador y sacerdote. Él caracteriza a una época en que el sacerdocio, la magistratura y la monarquía se encontraban reunidos en un solo cuerpo gobernante. La cronología egipcia de Manetón llama a esa época el reino de los dioses. No había entonces ni papiros ni escritura fonética, pero la ideografía existía ya: la ciencia del sacerdocio estaba inscrita en jeroglíficos sobre las columnas y los muros de las criptas. Considerablemente aumentada, pasó más tarde a las bibliotecas de los templos. Los egipcios atribuían a Hermes cuarenta y dos libros sobre la ciencia oculta. El libro griego conocido por el nombre de Hermes Trismegisto encierra ciertamente restos alterados, pero infinitamente preciosos, de la antigua teogonía, que es como el fiat lux de donde Moisés y Orfeo recibieron sus primeros rayos. La doctrina del Fuego Principio y del Verbo Luz, encerrada en la Visión de Hermes, será como la cúspide y el centro de la iniciación egipcia.

Trataremos ahora de encontrar esta visión de los maestros, en rosa mística que se abre en la noche del santuario y en el arcano de las grandes religiones. Ciertas palabras de Hermes, impregnadas de sabiduría antigua, son propias para prepararnos a ello. “Ninguno de nuestros pensamientos –dice a su discípulo Asklepios- puede concebir a Dios, ni lengua alguna puede definirle. Lo que es incorpóreo, invisible, sin forma, no puede ser percibido por nuestros sentidos; lo que es eterno, no puede ser medido por la corta regla del tiempo. Dios es, pues, inefable. Dios puede, es verdad, comunicar a algunos elegidos la facultad de elevarse sobre las cosas naturales para percibir alguna radiación de su perfección suprema; pero esos elegidos no encuentran palabra para traducir en lenguaje vulgar la Visión inmaterial que les ha hecho estremecer. Ellos pueden explicar a la humanidad las causas secundarias de las creaciones que pasan bajo sus ojos como imágenes de la vida universal, pero la causa primera queda velada y no llegaríamos a comprenderla más que atravesando la muerte.” Así hablaba Hermes del Dios desconocido, en el pórtico de las criptas. Los discípulos que penetraban con él en sus profundidades, aprendían a conocerle como ser viviente.

El libro habla de su muerte como de la partida de un dios. “Hermes vio el conjunto de las cosas, y habiendo visto, comprendió, y habiendo comprendido, tenía el poder de manifestar y de revelar. Lo que pensó lo escribió; lo que escribió lo ocultó en gran parte, callándose con prudencia y hablando a la vez, a fin de que toda la duración del mundo por venir buscase esas cosas. Y así, habiendo ordenado a los dioses sus hermanos que le sirvieran de cortejo, subió a las estrellas”.

Dioniso

Dioniso


El dios de la honda alegríadioniso01



Si hay algo que sorprende repetidamente de los antiguos pueblos, es aquella miscelánea de historias y misterios que los rodean, como si hubiesen sido bañados de luz y sombra para que sólo algunos de nosotros, los nuevos y dubitativos guerreros, intentemos desvelarlos. Esto es, en suma, enfrentarse a la Belleza. Y lo más bello es también lo más sagrado… Es así que dentro de ese contexto, sentimos que el principio de la historia de Atenas se pierde en los albores de los siglos Porque lo que desconoce la historia, lo completa su mitología y tradición oral, acerca de los dioses estrechamente vinculados con la ciudad, sus enfrentamientos para ganar el título del dios protector, los regalos -por ejemplo- de Poseidón, de Atenea o de Dioniso o de grandes hombres míticos de la ciudad como Teseo.

Pero si tuviésemos que elegir a uno de ellos para recordarlo o redescubrirlo en su gran complejidad o gran inmensidad y variedad, sin duda, nos decidiríamos por Dioniso -el dios de los muchos nombres-, ya que en el contexto de la mitología helénica, encarnaba el poder irrefrenable y salvaje de las fuerzas de la naturaleza.

Su culto fue muy importante en la cultura griega, ya que confirió a ésta un aspecto oscuro y misterioso, irracional, frente a la racionalidad típica del espíritu helénico. Su significado original era el de un ser divino cuyo poder podría notarse en la savia de la vegetación y, por lo tanto, la primavera en una estación de alegría y gozo para él y el invierno lo era de sufrimiento. De aquí surgió su doble carácter de dios de la vendimia y sus alegres acompañantes y de dios del éxtasis y las ceremonias místicas en las que los sufrimientos durante el invierno eran lamentados. A medida que iba pasando el tiempo fue visto principalmente como la fuente de la felicidad y la alegría que surgía del disfrute de la noble fruta de la vid, mientras después, como sus festivales en primavera y verano, con su alegría y júbilo, dieron ocasión a los primeros intentos de representación teatrales, se añadió la función de dios del teatro al de dios de la vid.

Fiestas dionisíacas
Eurípides caracterizó muy bien a Dioniso diciendo que es el más temido de los dioses para los mortales, a la vez el más dulce y el más suave, porque les alivia las penas. De él se ha dicho que está considerado como uno de los más recientes dioses del Olimpo y lo prueba que en Homero no tiene aún lugar entre los dioses helénicos, sino que figura entre las deidades extranjeras y es detestado por los otros dioses.

Estas eran las épocas en que la espiritualidad estaba fuertemente unida a los hábitos hedonistas y los que conseguían el favor de los dioses no siempre eran los más ilustrados en el campo de la esencia; sino los más diestros en las buenas o malas artes, los más ritualistas o los más adentrados al mundo de la magia. Dentro de ese marco obviamente estaban las fiestas protagonizando los espacios y las vidas de cada ser

En lo que respecta a las fiestas, podemos decir que eran actos civiles y religiosos en los que se exaltaban tanto el sentimiento religioso como el patriótico. En la mayoría de ellas se incluían concursos gimnásticos, atléticos, literarios, musicales y dramáticos. Cada ciudad tenía preferencia por determinados dioses, pero también había fiestas de carácter panhelénico, como Las fiestas Olímpicas, celebradas cada cuatro años en Olimpia en honor a Zeus, origen de las famosas competiciones gimnásticas y deportivas de la antigüedad y del mundo actual: las Olimpíadas.

Algunas veces un grupo de estados vecinos se unían para rendir culto a alguna divinidad común; pero la mayoría de las fiestas eran actos programados por cada polis, a lo largo de varios días, durante los cuales acudían a las ciudades gente de polis vecinas dispuestas a contemplar o participar en las distintas competiciones. Toda ciudad tenía sus fiestas y sus cultos públicos, y, sobre todo, en Atenas no había mes en que no hubiera alguna. Entre las que se celebraban en Atenas las más conocidas fueron: las Panateneas, las Tesmoforias y las Dionisias.

En honor de Dioniso se celebraban tres grandes fiestas: las Dionisias Agrarias, las Leneas y las Grandes Dionisias, de importancia trascendental para el mundo occidental, pues en ellas tuvo origen el Teatro (la Tragedia y la Comedia).

Con el tiempo, estos cultos no llegaban a colmar las esperanzas de muchos, para quienes la religión debía ofrecerles algo más que respuestas a sus problemas materiales; por eso, alcanzaron gran difusión determinadas doctrinas y ritos esotéricos, que en Grecia surgieron principalmente en torno a Deméter y Dioniso, pero cuyos rasgos comunes eran la esperanza de una vida tras la muerte sólo para los iniciados (los mystes), su práctica no oficial y ritos secretos (las orgia), aunque sin contradecir por ello la religión cívica, pues la ciudad los reconocía oficialmente y se organizaban bajo su control y con su tutela, y la admisión de todos los individuos, tras una serie de ritos iniciáticos, sin distinción de sexo o condición social.

Se dice que las Dionisíadas eran fiestas originarias de Egipto y que fueron llevadas a Grecia. Los atenienses las celebraban con más pompa que todos los demás pueblos de Grecia. Las principales ceremonias consistían en procesiones, en las cuales se llevaban vasos llenos de vino coronados de pámpanos. Venían luego, vírgenes escogidas, llamadas canéforas, porque llevaban canastos de oro, llenos de toda especie de frutos, de los cuales asomaban y salían serpientes amansadas que inspiraban espanto a los espectadores. Algunos hombres vestidos de silenos, panes y sátiros hacían mil gestos extraños. Por su parte las Leneas eran fiestas anuales en Ática donde los poetas se disputaban el premio, tanto con sus piezas satíricas, como por los combates de tetralogía, es decir de cuatro piezas dramáticas.

Lo más admitido en torno a este tema es distinguir, al menos en época clásica, entre tres tipos de fenómenos religiosos: los Misterios, el Dionisismo y el Orfismo.

Las bellas Bacantes

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Las bacantes eran las mujeres que celebraban los misterios de Dioniso. Las primeras bacantes fueron las que lo siguieron a la conquista de las Indias, llevando en la mano un tirso o lanza corta cubierta de hiedra y de pámpanos. Se dice que las primeras bacantes fueron las ninfas que educaron al dios y que habiendo ido para sitiar Argos, Perseo que defendía la ciudad, ganó la victoria y que perecieron en el combate muchísimas bacantes.Con frecuencia desnudas, a excepción de un ligero velo que ondeaba alrededor de ellas, ceñida la cabeza algunas veces por serpientes vivas, con los ojos encendidos, las bacantes corrían de este modo sin orden ni concierto de una parte a otra, haciendo retumbar los aires con sus descompasados gritos y con el sonido brusco de sus instrumentos, gritando Evohé (valor), amenazando y golpeando a los espectadores, formando una especie de danzas que consistían en saltos irregulares y convulsivos.

Despedazaban becerros, comían cruda su carne e iban a celebrar estas fiestas en la cumbre de algunos montes; lugares en los cuales el dios era particularmente venerado.

Aunque las solteras, las casadas y las viudas concurrían sin distinción a celebrar las fiestas de Dioniso, no obstante parece que las verdaderas bacantes eran vírgenes y que sólo ellas llevaban el tirso (o vara enramada, símbolo de Dioniso) aullando y dando gritos descompasados. Después de las bacantes seguían en buen orden las matronas acompañando las ceremonias sagradas y cantando himnos.

Eurípides refiere que las bacantes sabían conservar su castidad en medio de la agitación y del furor de que estaban poseídas, y que se defendían a golpes de tirso de los hombres que las querían hacer violencia.

Las bacantes se ocupaban con preferencia de la caza de los animales salvajes, tales como los tigres, los leones, panteras y se cubrían y adornaban con sus despojos. Se ejercitaban en la danza y en la carrera. Había en Esparta once doncellas llamadas Dionisíadas, quienes en las fiestas de Dioniso se disputaban el premio de la carrera. A imitación de su numen tutelar, las bacantes llevaban alguna vez coturnos (calzado de tacón muy alto) y se coronaban de laurel dado que el dios se coronó de él cuando volvió triunfante de la conquista de la India.

El mito de Orfeo y Dioniso
Un buen mito que ejemplifica a la perfección estos comportamientos báquicos es el mito de Orfeo, dios de la música, que descubrió su propio destino cuando se encontró con Dioniso.

Orfeo había heredado los dones poéticos y musicales de sus padres. Se enamoró de la encantadora Eurídice, pero poco tiempo después de su matrimonio ella fue mordida por una serpiente venenosa y su espíritu fue conducido a las regiones infernales de Plutón. Los lamentos de Orfeo se volvieron insoportables, tanto para los mortales como para los inmortales, por lo que finalmente Zeus le dio permiso para buscar a Eurídice, pero no sin antes advertirle que no tomara en cuenta ninguno de los juicios establecidos por Plutón. En aquel oscuro lugar consintieron en devolver a la amada, pero Plutón impuso dos condiciones estrictas. Orfeo no debería volverse para mirar a su mujer dentro del Hades ni intentar hablarle en el viaje de vuelta. Orfeo aceptó contento estas condiciones, pero su inevitable alegría se convirtió en curiosidad y cuando ya casi había llegado a la entrada miró hacia atrás para comprobar si Eurídice seguía siendo tan hermosa. Entonces la forma de la bella se diluyó ante sus ojos y él, lleno de desesperación, se fue a vagar por el bosque en busca de soledad. Pero fue allí donde el destino lo esperaba bajo la forma de las orgías de Dioniso y, debido a que se negó a tocar para ellas, las Furias lo despedazaron echando sus restos al río Hebrero. Mientras su boca seguía murmurando el nombre de Eurídice, se fue hundiendo hacia las profundidades del Hades, en tanto que su espíritu volaba a reunirse con su amada, un final agridulce.

Locura, danza, vino y hiedra

dioniso03Según los estudios de Walter Otto está muy ligado el culto y el mito, porque la religión dionisíaca refleja el ser y el hacer sobrehumano. Sin ir más lejos tenemos en el propio centro el mito de Dioniso y de las divinas mujeres que lo criaron y que constituyen su eterna compañía. Todas ellas padecen sufrimientos y persecución, debiendo morir, como él mismo. Sucede que los padecimientos que les sobrevienen guardan una estrecha relación con los terribles actos a las que las conduce su insania. Si las Tíades despiertan en el día de la fiesta a Dioniso niño en la cuna, no hacen con ello sino remedar lo que hacen las divinas nodrizas que crían al joven dios y que, cuando éste alcanza la edad adulta, se entregan con él a toda clase de excesos.

La locura que acompaña al dios no es una enfermedad ni degradación de la vida, sino el elemento que acompaña su salud. Es la locura del regazo materno, en el que habita toda fuerza creadora, la que introduce el caos en las vidas ordenadas, la que inspira la beatitud primigenia y el dolor primero y, en ambos, el salvajismo originario del ser. Por eso, a pesar de su parentesco con los espíritus del submundo (Erinias, Hades) Dioniso es un dios verdadero porque es la unidad y la totalidad de un mundo plural que abarca todo lo vivo.

Hay otros símbolos que lo representan y lo identifican; sin duda, no pueden estar ausentes la música, la danza, la adivinación, el vino surgido de la madre salvaje como dice Esquilo. Junto a la vid, la hiedra es la planta predilecta, la que lo adorna y caracteriza, por eso se le llama el adornado de hiedra. De este modo, estas dos plantas consagradas al dios se enfrentan en un contraste: la vid es hija del calor y da luz al ígneo torrente que inflama el cuerpo y el alma. La hiedra parece ser de naturaleza fresca e incluso la esterilidad y falta de utilidad de sus ramas hacen pensar en la madre y la muerte. Por otra parte, también se ha empleado para adornar las tumbas.

Xalpen y otras deidades

Xalpen y otras deidades

Sombra y ánima

Son muchos los factores que hay que tener en cuenta para intentar realizar la lectura de un mito. Como soporte, podríamos mencionar los aspectos históricos, sociales, culturales, el entorno; pero, principalmente, la forma mental con la que abordaban y organizaban el mundo en el que se encontraban los habitantes originarios. Así podríamos decodificar un relato mitológico perteneciente a un grupo humano y, posteriormente, ampliarlo a otras comunidades cercanas y después lejanas.

Con esta perspectiva elemental nos contactamos con su rica imaginería espiritual-religiosa que será reproducida y validada a través del rito; de lo contrario, estaremos frente a elaboraciones intelectuales escritas en textos de estudio, referencia o mero registro gráfico, como suele suceder la mayoría de las veces, porque es la alternativa más viable en estos tiempos.

El mito es el territorio de lo sagrado y eminentemente simbólico. Lo sagrado en atención a su alta conexión con otras dimensiones que no son físicas, ni materiales y lo simbólico en el carácter representativo, mimético de algo que es espiritual, pero que se traduce a una forma para que los receptores podamos entender.

Así, en este breve estudio haremos mención a ambos aspectos, poniendo especial atención a la sincronía que emana el símbolo y, por lo tanto, el arquetipo; tomando como ejemplo a la selknam Xalpen, a la sumeria Ereshkigal, a la maya Ix chel, a la hebrea Lilith, la greco-romana Lamia y a las africanas Lamias.

Antes, es imprescindible entender algunos conceptos y para esto la voz del psicoanalista suizo Carl Gustav Jung (1875-1961) es importante. Así lo han expresado muchos especialistas, por lo que nos hemos acoplado y basado principalmente en sus estudios, dada la coincidencia de visión de mundo.

Entendemos que el significado y la esencia del arquetipo tienen una ineludible dificultad, ya que éstos son tomados en cuenta en distintos caminos obteniéndose la impresión de que son inagotables y que no entregan el final del secreto. De este modo, Jung suele comparar los arquetipos con los instintos, porque estos implican situaciones típicas que todos los individuos de una especie humana tienen que enfrentar en un momento determinado. También son situaciones arquetípicas el pasaje de la niñez a la pubertad, de la juventud a la madurez, de la vida a la muerte, una enfermedad, una crisis, el enfrentamiento del ánima o de la sombra (1)

La Diosa Oscura, una desconocida

Un ejemplo que graficará claramente el tema del arquetipo es visualizar a los héroes míticos que matan bestias y rescatan princesas o se apoderan de un tesoro. Si nos detenemos en esto, estamos observando características que son universales y asumidas por los héroes de todos los tiempos. En la actualidad los mitos heroicos pueden ofrecer algunas variantes en sus imágenes, pero no en su sentido.

En el arquetipo femenino clásico mitológico se ve, en repetidas veces, a las mujeres como creadoras de vida, siendo la tierra misma, la hija pródiga, le hermana guerrera, la madre omnisciente; y, en un otro plano, (escondido en las profundidades del sótano) como la representante de la muerte o la tumba, o como la erótica, la glotona insaciable; en fin.

En ambos casos son experiencias numinosas; pero, en el segundo caso, se convierte en nosotros en un golpe afectivo, porque esta impostura consciente choca con el inconsciente colectivo. Esta hecatombe del inconsciente arrastra la milenaria imagen de la experiencia de la mujer dadora, la mayoría de las veces. Es precisamente sobre este segundo caso (el de la polaridad femenina oscura arquetípica) de la cual nos estamos refiriendo al conocer los mitos en los que están desarrollados Xalpen, la selknam; Ix chel, la maya; Ereshkigal, la sumeria; Lilith, la hebrea; Lamia, la greco-romana; Lamias, las africanas.

Xalpen

Los selknam (uno de los pueblos originarios de la Patagonia Chilena-Argentina), veían como bueno a las alturas del cielo (de hecho sus personajes tienen comportamientos benevolentes) y malo a las profundidades de la tierra, relacionado con personajes femeninos como Xalpen, quien corresponde a un tipo de espíritu femenino ctónico que expresa actitudes y cualidades sociales reprochables para la moral selknam; como: la infidelidad, crueldad, libido extremo, agresividad. Así, dilucidamos que las fuerzas masculinas asociadas al Sol estaban en oposición a las fuerzas femeninas asociadas a la Luna.


Xalpen era un ser espiritual femenino con poder abrumador, sobre hombres y mujeres. Vivía bajo la tierra junto a Shoort, un espíritu que representa al Sol; controlador del poder femenino nocturno de Luna que es capaz de instalar el matriarcado.

A Xalpen se la representaba bajo la forma de una efigie no antropomorfa; unos cueros gigantes de líneas anchas transversales de color blanco sobre un fondo rojo oscuro, que abarcaban unos 6 metros de largo colocados en el suelo de la choza. Su figura se transformaba en un cilindro que evocaba una ballena, según la descripción del misionero etnólogo Martín Gusinde: (2)

Se trata de un ser extremadamente peligroso, irritable, caprichosamente imprevisible, que con gran placer causa a los hombre las molestias más diversas. Los alterna para satisfacer con ellos sus deseos sexuales, sin tener en cuenta que bajo la tierra, están permanentemente a su disposición los iniciados del Kloketen. En el término de un brevísimo lapso y como resultado de estas uniones, da a luz a un hijo llamado Keternen, por lo que se la considera una mujer de gran fuerza procreativa. Se hace visible dos o tres veces como máximo durante la ceremonia, bajo la forma de una ballena que se desliza un muy corto trecho por el suelo. A causa de sus arbitrariedades es odiada por las mujeres, sin embargo, éstas deben esforzarse para calmarla por consideraciones hacia sus esposos e hijos.

El antropólogo social francés Claude Lévi-Strauss habla sobre este tipo de suceso como eficacia simbólica; también podríamos verlo como eficacia mágica. Pero aquí entraríamos en la esfera de la magia imitativa u homeopática, según la denominación del antropólogo británico sir James Frazer, en la que no nos detendremos.

Nos enfocaremos en que a Xalpen se la veía como un ente atroz que permitía personificar y controlar a una terrible divinidad femenina, análoga a la Luna. Parecía que estos dos personajes sobrenaturales son la imagen y su reflejo invertido de un solo símbolo, el de una hembra-monstruo, que amenaza con aniquilarlos a todos. Los atributos complementarios de ambas, logran dotar al símbolo siniestro femenino de más fuerza y mayor credibilidad. Probablemente los rituales dedicados a Xalpen y Luna tenían la creencia de que un peligro inminente, de aniquilación, por lo que se debía unir la sociedad en su propia defensa (3)

Ereshkigal

Ereshkigal, hermana de la diosa sumeria del cielo y de la tierra Inanna, vivía en el Gran Abajo, un submundo donde reinaba la sequedad y la oscuridad, otorgado por los dioses. En este lugar esta diosa se alimentaba abundantemente de inmundicias, viviendo su sexualidad compulsiva e insaciablemente (4)

Ix chel

La principal diosa maya tenía características relacionadas directamente con la función que los mayas le adjudicaban a la Luna.

Según el mito cuando la Luna estaba tejiendo atrajo al Sol que se convirtió en su esposo; ellos fueron los primeros en tener relaciones sexuales, después de que se formaran los órganos sexuales de ella. La Luna tenía conducta licenciosa y engañó al Sol con Venus y después se fugó con el rey buitre. Esta Luna también tiene una fuerte asociación con el agua subterránea, así como fuentes y lagos y también con la oscuridad, con la tierra y con el crecimiento (5)

Lilith

Fue el profeta Isaías quien la manifestó como mujer demonizada, convirtiéndola en el arquetipo del oprobio femenino al ser la primera en resistirse a ser solamente un útero procreador.

El profeta decía que ella habitaba entre las zarzas, ortigas y cardos, siendo también la morada de los chacales. Residencia en ruinas húmedas y lúgubres compartidas con sátiros, perros y gatos salvajes; incubador de serpientes y paradero de buitres. Todo el ambiente constituye los horrores que Yahvé suele acumular cuando se enfada. Así es el ambiente que la Biblia imagina como natural residencia de la mujer de Adán, por haber actuado contra lo previsto en los designios celestiales.

Era la demonia de la tempestad en el panteón babilónico y llamada Lajil, que significa noche, por los cananeos. Lilith aparece en la tradición heterodoxa bíblica como la enemiga de Eva, a quien su marido abandona por ella tras el nacimiento de Abel y previo al de Caín, engendrado supuestamente por el demonio Samael, antes del regreso de Adán, lo que justificaría la actitud asesina en contra de su virtuoso hermano.

Los intérpretes de la ley talmúdica sugieren que Lilith fue la primera mujer de Adán, a la que éste repudió porque no se sometía al arquetipo de la mujer dadora y sumisa, razón por la cual Dios no tuvo más remedio que recurrir a la costilla adánica para crear alguien más idóneo: Eva. Y como erotismo y maternidad no son muy conciliables que digamos, Adán – que es el prototipo de macho – regresó a Lilith para gozar de su incomparable cuerpo, dispuesto siempre a la lujuria, relegando a Eva a las funciones oficiales dadoras familiares. Esto explicaría por qué Lilith acabó siendo la reina de los súcubos, la obsesión nocturna de las pesadillas eróticas de los hombres, la demonia por excelencia. (6)

Este arquetipo de la hetera es la idea que los textos sagrados nos legaron de la mujer y de su supuesta fascinación natural por el desenfreno y el pecado, sólo corregible bajo el sometimiento y el rigor. Por ello fueron privadas de la honra las vestales órficas, las sacerdotisas de Dioniso y las bacantes romanas y quemadas las brujas de las aldeas y los bosques.

Robert Graves y Raphael Patai escribieron Los mitos hebreos. En este libro encontramos el origen detallado de Lilith. La mitología dice que Dios creó al hombre y la mujer a su semejanza en el sexto día. Adán dio nombres a todos los seres vivientes, contando cada uno de los con sus respectivas parejas. Él sintió celos y Dios creó a Lilith para él, utilizando suciedad de la tierra. Adán se unió a ella y a otra demonia llamada Naamá. Las generaciones que engendraron juntos se presentaron ante el tribunal de Salón disfrazadas como rameras de Jerusalén.

Como amantes Adán y Lilith tuvieron problemas, ya que él quería mantener la postura física sobre ella. Ella se consideraba igual a él, por lo que rechazó la arbitrariedad masculina, pronunciando el nombre mágico de Dios, elevándose y abandonándolo.

Dios envió a tres ángeles para que la persuadieran de regresar, pero ella se negó, porque estaba en el Mar Rojo, lugar donde habitaban demonios con los cuales procreaba diariamente y abundantemente; estos seres eran aún más lascivos y se llamaban lilim. Por lo demás, originariamente, se le había designado hacerse cargo de los recién nacidos hasta el octavo día de vida; también de las niñas hasta el vigésimo día y de la circuncisión varonil. Ella negoció con los ángeles que si alguna vez un niño portaba un amuleto con sus nombres, no los dañaría. Dios la castigó con la muerte diaria de sus propios hijos. Si ella no podía matar a un niño que llevase el amuleto descrito, se volvería en contra de los propios.

Según la antropóloga Migene González-Wippler en su libro Angelorum, la tradición cabalística la posesiona finalmente con Samael, en su identidad infernal. Se dice que es la entidad demoníaca que rige los viernes y se representa como una mujer desnuda, cuyo cuerpo termina en serpiente.

Lamia

Según los estudios del escritor argentino Alberto Couste, Lamia fue víctima de la venganza de Hera, quien, celosa de sus amores con Zeus, mató a todos los hijos que ella había concebido con el dios. Por esto, Lamia y sus pares dañaron a los niños y a sus padres, vampirizando a los pequeños y seduciendo hasta la demencia a los mayores, en represalia por sus hijos perdidos y por despecho hacia la deidad que la gozó en el lecho, pero no fue capaz de defenderla más tarde de la cólera celeste.

La Importancia de los Ritos

La Importancia de los Ritos

La función del ritual es, tal y como yo la entiendo, dar forma a la vida humana, no como una mera ordenación superficial, sino en lo profundo. En la antigüedad, todas las ocasiones sociales estaban estructuradas ritualmente y el sentido de lo profundo se representaba a través del mantenimiento de un tono de religiosidad. En la actualidad, el tono religioso se reserva para las ocasiones sacras, especiales y excepcionales. Y aún así, el ritual sobrevive en los modos de nuestra vida laica. Por ejemplo, puede reconocerse, no sólo en el decoro de las cortes y en las normas de la vida militar, sino también en la manera en que la gente se sienta con otros a la mesa.

Toda vida es estructura. En la biosfera, cuanto más elaborada es la estructura, más elevada es la forma de vida. La estructura a través de la que se manifiestan las energías de una estrella de mar son bastante más complejas que las de la ameba; y si seguimos en línea ascendente veremos que también aumenta la complejidad. Lo mismo ocurre en la esfera cultural humana: la tosca idea de que la energía y la fuerza pueden representarse abandonando y rompiendo las estructuras es refutada por todo lo que conocemos sobre la evolución y la historia de la vida.

Los modelos de la conducta animal residen en el sistema nervioso hereditario de las especies; y los llamados mecanismos innatos de respuesta por los que se determinan son, en su mayor parte, estereotipos. Las respuestas de los animales son coherentes dentro del contexto de la especie. Resulta sorprendente lo intrincado de algunas de las pautas de comportamiento fijas, su regularidad matemática, su equilibrio. Todas esas pequeñas maravillas arquitectónicas – nidos, telas de araña, panales, hormigueros, conchas marinas y demás – son realizadas de acuerdo a habilidades heredadas y arraigadas en las células y el sistema nervioso de la especie.


Por otra parte, nuestra especie humana se distingue por el hecho de que los mecanismos de acción-respuesta son principalmente abiertos, no estereotipados. Por ello, son susceptibles a la influencia de las impresiones provenientes de la sociedad en la que se desarrolla el individuo. Porque, considerada biológicamente, la criatura humana nace con diez o doce años de antelación. Adquiere su carácter humano postura erguida, habilidad para hablar y el vocabulario de su pensamiento – bajo la influencia de una cultura específica, cuyos rasgos principales se arraigan en su sistema nervioso; por ello, las pautas constitutivas que en el animal se heredan biológicamente, en la especie humana suelen ser principalmente transmitidas por formas sociales, arraigadas durante lo que se conoce como años impresionables, y ello se consigue por medio de rituales. Los mitos son los soportes mentales de los ritos; los ritos, las representaciones físicas de los mitos. Al absorber los mitos de su grupo social y participar en sus ritos, el joven es estructurado de acuerdo a su medio social y natural, y transformado de un amorfo producto natural, nacido prematuramente, en un miembro definido y competente de algún orden social específico.
Actualmente, todas las impresiones sociales básicas se establecen durante el período de vida en el hogar. No obstante, ahí se hallan asociadas a una actitud de dependencia que debe ser abandonada antes de poder alcanzar la madurez psicológica. El ser humano joven responde a los retos del medio recurriendo a sus padres en busca de consejo, ayuda y protección, y antes de que pueda confiarse en él como adulto, estas pautas deben ser modificadas. Así, una de las primeras funciones de los ritos de pubertad de las sociedades primitivas, y de la educación en todas partes, siempre ha sido cambiar los sistemas de respuesta de los adolescentes de dependencia a responsabilidad, algo que no es fácil de lograr. Con la extensión del período de dependencia que tiene lugar en nuestra civilización hasta mediados o finales de la veintena, el reto se hace más amenazador que nunca, y los fracasos son cada vez más evidentes.

Un neurótico puede ser definido a la luz de lo anteriormente expuesto – como alguien que ha fracasado al cruzar el umbral de su segundo nacimiento como adulto. Los estímulos que deberían evocarle pensamientos y actos de responsabilidad, por el contrario, evocan en él los de huída en busca de protección, miedo al castigo, necesidad de ser aconsejado y otros por el estilo. Continuamente debe corregir la espontaneidad de sus pautas de respuesta, y tiende a atribuir sus fracasos y problemas bien a sus padres o al sustituto paterno que tenga más a mano, como el Estado y el orden social por los que es protegido y ayudado. Si lo primero que se pide a un adulto es que debe ser responsable de sus propios fracasos, de su vida y de sus actos, en el contexto de las actuales condiciones del mundo en que mora, es un elemental hecho psicológico que nunca se desarrollará hasta alcanzar dicho estado quien continuamente piense en lo grande que hubiera podido llegar a ser si sus condiciones de vida hubieran sido diferentes, si sus padres hubieran sido menos indiferentes a sus necesidades, la sociedad menos opresiva o si el universo funcionase de otra manera. El primer requisito de cualquier sociedad es que su componente adulto debe comprender y aceptar el hecho de que son ellos quienes construyen su vida. De acuerdo con ello, la primera función de los ritos de pubertad debe ser establecer en el individuo un sistema de sentimientos apropiados a la sociedad en que vive, y del que dicha sociedad depende para su existencia.

En el moderno mundo occidental existe una complicación adicional, ya que pedimos a los adultos algo más que aceptar los hábitos y costumbres heredados, sin juicios ni críticas personales. Más bien pedimos y esperamos que desarrollen lo que Freud denominó su función de la realidad, la facultad del observador independiente, del individuo librepensador que puede evaluar, sin ideas preconcebidas, las posibilidades de su medio y de sí mismo inmerso en él, criticando y creando, no únicamente reproduciendo pautas de pensamiento y acción heredadas, sino convirtiéndose en un centro innovador, activo y creativo del proceso de la vida.

En otras palabras, nuestro ideal de sociedad no es una organización perfectamente estática fundamentada en la era de los antepasados y que permanecerá inmutable a través del tiempo. Más bien es un proceso que se mueve hacia una realización o hacia posibilidades todavía no realizadas; y en este proceso de vida, cada uno debe ser a la vez un centro de iniciativas y cooperación. Por lo tanto, nos encontramos con el comparativamente complejo problema de educar a nuestros jóvenes no sólo entrenándolos para asumir sin críticas las pautas del pasado, sino para que reconozcan y cultiven sus propias posibilidades creadoras; no para permanecer en algún probado nivel de biología o sociología, sino para representar un movimiento hacia delante de la especie. Y diría que esto es especial responsabilidad de los modernos occidentales, ya que la civilización occidental ha sido, desde mediados del siglo XIII, la única civilización innovadora del mundo.

Es en el campo de las artes donde en la actualidad puede apreciarse con más claridad el efecto reductor y degradante de la pérdida de todo sentido de las formas; ya que es en las artes donde se plasman las energías creadoras de un pueblo y a través de las que pueden ser correctamente mensuradas. Prácticamente sin excepción, al arte moderno más significativo le esperan, en primer lugar, tiempos extremadamente difíciles para darse a conocer, y en segundo lugar, los llamados críticos seguramente se encargarán de echarlo abajo. En pequeñas comunidades como la Atenas antigua, la relación entre los artistas creativos y los líderes sociales era franca y directa, se conocían desde la infancia; mientras que en comunidades como nuestras modernas Nueva York o París, el artista tiene que darse a conocer en fiestas a fin de obtener encargos, y quienes los consiguen no son los que están en los estudios, sino los que acuden a las fiestas, conociendo a la gente adecuada en los lugares oportunos. Desconocen lo suficiente la agonía del trabajo creativo en solitario más allá de lo necesario para la adquisición de técnicas y estilos comerciales. La consecuencia es el instant art, mediante el cual algunos individuos inteligentes con la mínima agonía formal adquirida ejecutan algo inesperado. Resulta cuando menos curioso que en el momento presenta no exista ningún trabajo creativo que pueda ajustarse a las demandas y posibilidades de este fabuloso período que nos ha tocado vivir tras la Segunda Guerra Mundial – que tal vez sea el de la más grande metamorfosis espiritual de la historia de la raza humana. Este fracaso adquiere grandes dimensiones, ya que sólo a partir de las percepciones de sus creadores y artistas han derivado los pueblos sus apropiados mitos y ritos.


La forma artística es el médium, el vehículo a través del que la vida se manifiesta articulada y grandiosa, y la mera destrucción de la forma es un desastre, tanto para la vida humana como para la animal, pues el ritual y el decoro son las formas estructurales de toda civilización. Hace unos años, en Japón, llegué a apreciar vívidamente la amplitud vital del ritual, cuando fui invitado a una ceremonia del té, de la que mi anfitrión era un distinguido maestro. Me gustaría saber si en alguna otra parte del mundo existe algo que necesite de una exactitud formal comparable a la de la ceremonia del té japonesa. Me explicaron que en Japón hay personas que han estudiado y practicado esta ceremonia durante toda la vida sin conseguir la perfección, de lo exquisitas que resultan sus reglas. De hecho, la experiencia principal de un extranjero en Japón es que nunca conseguirá ser lo suficientemente correcto. La ceremonia del té es la quintaesencia de la maravilla formal de esa civilización tan formalista; cada gesto e incluso cada movimiento de la cabeza están controlados; y aún así, cuando más tarde hablé con otros invitados, elogiaron la espontaneidad del maestro. El ritual de la civilización ha devenido orgánico, tal y como se apreciaba en el maestro, y dentro de ese marco podía moverse espontáneamente, lleno de expresiva elaboración.
Cuando observo rituales que hablan de temas tanto antiguos como actuales, me vienen a la cabeza ciertas consideraciones sobre la naturaleza abierta de la mente humana, que puede encontrarse en los modelos para su consuelo en juegos tan misteriosos como los que imitan el paso del alma, tras dejar la tierra, a través de los campos de las siete esferas. Muchos años atrás, en los trabajos del gran historiador de la cultura Leo Frobenius, encontré un recuento y repaso de lo que él denominaba los poderes pedagógicos a través de los cuales los hombres el informe e inseguro animal en cuyo sistema nervioso los mecanismos de respuesta no son estereotipados sino abiertos a la impresión – han estado gobernados e inspirados en la forma de sus culturas a lo largo de la historia. En los primeros períodos, al igual que entre los pueblos primitivos actuales, los maestros de los hombres han sido los animales y las plantas. Más tarde se convertirían en las siete esferas celestes. Una curiosa característica de nuestra especie sin formar es que vivimos y damos forma a nuestra vida a través de actos simulados. Un chico que se identifica con un caballo galopa calle abajo con una nueva personalidad y vitalidad. Una hija imita a su madre; un hijo, a su padre.


En el ahora lejano paleolítico, en el que los vecinos más cercanos del hombre eran animales de diferentes especies, fueron estos animales los que se convirtieron en su maestro, mostrando los poderes y pautas de la naturaleza mediante sus formas de vida. Los miembros de la tribu tomaban nombres de animales y en sus ritos vestían máscaras animales. En Mesopotamia, alrededor del 3500 a. de C., el modelo de sociedad varió, pasando de la tierra y los reinos animales y vegetales a los cielos, cuando los sacerdotes que observaban los mismos descubrieron que los siete poderes celestiales sol, luna y cinco planetas visibles – se movían según cálculos matemáticos a través de las constelaciones fijas. Se materializó una nueva maravilla del universo, que a partir de entonces se concretó en el concepto de un orden cósmico, que inmediatamente pasaría a ser el modelo celestial de lo que debía ser una buena sociedad en la tierra: el rey entronizado, coronado por el Sol o la Luna, la reina como el planeta-diosa Venus, y los altos dignatarios de la corte en los papeles de las diversas luces celestes.
Las representaciones de este tipo continúan teniendo un efecto. Representan la proyección al mundo diurno, de carne y hueso, de imágenes míticas derivadas no de experiencias de la vida diurna, sino de las profundidades de lo que ahora llamamos inconsciente, las que despiertan e inspiran en el observador respuestas ensoñadoras e irracionales. El efecto característico de los temas y motivos míticos convertidos en ritual es, en consecuencia, que ponen en contacto al individuo con metas y fuerzas trans individuales.

Del Mito a la Realidad

Del Mito a la Realidad

delmitoalarealidad Desde la pequeña altura de sus pocos años, los niños nos ven como gigantes. Ellos evolucionan al interior de un universo donde los objetos, la relación entre la gente, la presencia de los elementos de la naturaleza, tienen una resonancia mágica, pues su consciencia permanece por un largo tiempo totalmente subjetiva. Viven su relación con los otros y al interior del círculo familiar, de manera muy diferente a la de los adultos. Antes de la pubertad, ellos no identifican sus emociones: las viven. El placer y el dolor (físico y psíquico) son fuertemente experimentados e imaginados. Las situaciones conflictivas los colocan en el acto en un estado de inseguridad y, en forma innata, ellos separan los aspectos benéficos y los amenazantes que se presentan en su entorno.

Los cuentos les permiten recuperar la confianza en ellos mismos, identificándose con el héroe, y así aprenden a resolver las situaciones psicológicas del drama familiar. Pulgarcito es más astuto que el ogro, los gigantes pueden ser engañados por héroes infantiles. La Cenicienta, la desamparada, la maltratada, sabrá desbaratar las maldades de sus hermanastras, aliándose con todos los animalitos de la casa. Ella encontrará la confianza en sí misma dentro de su mundo interior, y finalmente, será mágicamente ayudada, irá al baile, llegará a ser princesa.

Mientras el fantasma de la malvada madrastra permita dejar intacta la imagen de la madre fundamentalmente buena, el cuento de hadas ayuda al niño a no sentirse aniquilado cuando él ve en su madre algún rasgo maligno. En un cuento de hadas, un espíritu benevolente puede anular en un segundo todos los malos actos de un genio malévolo. En el hada madrina, las cualidades positivas de la madre están tan exageradas como lo están las malas en la hechicera. Es de esta manera que el niño interpreta el mundo: todo paraíso o todo infierno. Los cuentos, con su héroe embarcado en aventuras fabulosas, responden exactamente a la manera en que el niño concibe y experimenta el mundo, en forma primitiva, animista. Para él todo es vida, todo está viviente.

Confrontado a la edad de tres años al problema de su identidad personal, el niño busca en todos los elementos que se le presentan una respuesta a: quien soy?. qué tengo que hacer? Estos elementos, por estar dotados de una vida propia, pueden aportarle respuestas, aun si, inconscientemente, él proyecta sobre ellas sus reflexiones y sus propias respuestas. Los diálogos de una niña con sus muñecas, o de un niño con sus animales de peluche, muestran que el juego forma parte de los interrogantes del niño sobre la vida. En todos los juegos, por lo tanto, las relaciones entre los participantes testimonian con fuerza las angustias, las dotes, y la capacidad de cada cual para evolucionar en la sociedad infantil.

La necesidad de potencias tutelares es muy grande en el niño; necesidad que él proyecta sobre verdaderos fetiches, que pueden tomar todas las formas imaginables: un árbol, un juguete favorito, un animalito regalón, un ser inmaterial. Ellos son sus confidentes y guías. Su alma primitiva puebla el mundo de genios buenos y malos, y es preciso que sea así. Los niños que no han tenido esa cuota de lo maravilloso en el interior de ellos mismos, se revelarán como personalidades mucho menos ricas y disponibles a los demás en la edad adulta, El mundo fantástico, mágico, no oculta, de manera alguna, la realidad, de la cual todos los niños son conscientes; a menos que una situación conflictiva permanente no los empuje hacia una vida psicótica, enteramente soñada. Todos los niños saben que los animales hablan, que las plantas sienten. Sin embargo, la ciencia de los adultos ha demorado mucho tiempo, primero, en admitir este hecho, después en estudiarlo.

La relación de un niño con el mundo es una relación de cuerpo a cuerpo. En él la magia del cuerpo encuentra su más bella expresión. Hay que ver cómo los niños juegan disfrazándose, maquillándose, haciendo muecas, danzas, piruetas, acrobacias, coloquios. Después se recogen, observan, comparten secretos con aquellos que aman, se cuentan historias, las escuchan, las leen,

Hay que verlos cómo se esfuerzan, se dominan, caen en un ataque de ira o en una crisis de frenesí. En cada gesto, su cuerpo entero se encuentra involucrado en una acción total. De la misma manera, el héroe de los cuentos de hadas posee un cuerpo capaz de efectuar hazañas maravillosas. Identificándose con él, el niño puede compensar por la imaginación y por la identificación todas la imperfecciones reales o imaginarias de su propio cuerpo. Puede imaginarse que, como el héroe, se eleva hasta el cielo, desafía a los gigantes, cambia de apariencia, llega a ser el más poderoso, el más bello de los seres humanos. En resumen, su cuerpo puede ser o hacer todo lo que él desee. Una vez que sus deseos más grandiosos hayan sido así satisfechos por la imaginación, el niño se sentirá más conforme con su cuerpo tal como es en la realidad. Se puede, además, decir que el cuento de hadas promueve esta aceptación de la realidad . En efecto, después de haber experimentado en su cuerpo maravillosas transfiguraciones a lo largo de la historia, después de que la lucha ha terminado, el héroe vuelve a ser un simple mortal…

Tenemos aquí algunas diferencias con lo que pasa en el mito, donde el héroe guarda para siempre sus características de superhombre. En cambio en el cuento, al final de la historia, cuando se siente seguro en su cuerpo, en su vida y en su posición socia), el héroe se siente dichoso de ser el que es, es decir, un ser humano como todos los otros.

Evelyn de Smedt.

Traducido y extractado por Luisa Riquelme de
Question de
Editions Ritz
Paris

Más información.
Jung. C. G.- Simbología del Espíritu.-Fondo de Cultura Económica.
Von Franz, M. Luisa.- Símbolos de Redención en los Cuentos de Hadas.-Luciérnaga.

Mitología y Religión

Mitología y Religión

Aparentemente, la mitología es coetánea de la humanidad. Remontándonos en el tiempo todo lo posible, es decir, hasta donde hemos sido capaces de seguir las someras y más tempranas evidencias de la aparición de nuestra especie, se han realizado hallazgos que demuestran que aspiraciones y preocupaciones mitológicas ya daban forma a las artes y al mundo del homo sapiens. Dichas evidencias nos dicen también algo más sobre la unidad de nuestra especie, y es que los temas fundamentales de la mitología han sido constantes y universales, no sólo a través de la historia, sino durante todo el período de ocupación de la tierra por la humanidad.

Cuando consideramos el carácter psicológico de nuestra especie, el rasgo distinguible más evidente es la organización de la vida del hombre primeramente de acuerdo con lo mítico y sólo de forma secundaria con lo económico, las aspiraciones y las leyes. Bien es cierto que los alimentos y la bebida, la reproducción y la construcción de un nido juegan papeles de enorme importancia, pero, qué decir del aspecto económico de las pirámides, de las catedrales de la Edad Media, de los hindúes que mueren de hambre con un montón de vacas alrededor suyo, o de la historia de Israel, desde los tiempos de Saúl al presente? Existe un rasgo diferenciador que separa la psicología humana de la animal, y posiblemente es el de la subordinación en la esfera humana de los acontecimientos económicos a la mitología, lo que se debe, fundamentalmente, a la consciencia del individuo humano de que tanto él como todo lo que le preocupa, un día morirán.

Este reconocimiento de la mortalidad y la necesidad de trascenderlo es el primer gran impulso hacia la mitología. Paralelamente a la anterior discurre otra comprensión: que el grupo social en que nace, que le alimenta y protege y al que durante la mayor parte de su vida debe ayudar a alimentar y proteger, floreció mucho antes de su propio nacimiento y permanecerá cuando haya muerto. Ello significa que el miembro individual de nuestra especie, consciente de sí mismo como tal, no sólo se enfrenta a la muerte, sino a la necesidad de adaptarse a cualquier orden de vida que pueda existir en la comunidad en la que nació, un orden de vida al que debe subordinar el propio, un superorganismo en el que debe dejarse absorber y a través de su participación en el cual llegará a conocer la vida que trasciende la muerte. En cada sistema mitológico que a lo largo de la historia y de la prehistoria ha sido propagado por diversos rincones de la tierra, estas dos comprensiones fundamentales la inevitabilidad de la muerte individual y la permanencia del orden social – se han combinado simbólicamente y han constituido la fuerza nuclear estructurada de los ritos y por tanto, la sociedad. Pero, en esta unidad nuclear dual hay que reconocer no sólo un factor representativo de unidad de nuestra especie, sino también uno de diferenciación.

Los Textos Sagrados

En relación con los primeros libros y capítulos de la Biblia, existía la costumbre, tanto en judíos como en cristianos, de tomar las narraciones al pie de la letra, como si fueran relatos verídicos sobre el origen del universo y de los acontecimientos prehistóricos. Se suponía y enseñaba que había existido, concretamente, una creación del mundo en siete días llevada a cabo por un dios sólo conocido por los judíos; que en alguna parte de esta ancha tierra nueva debía haber existido un Jardín del Edén que contenía una serpiente que podía hablar; que la primera mujer, Eva, fue creada a partir de una costilla del primer hombre, y que la maligna serpiente habló a la mujer de las maravillosas propiedades de los frutos de un cierto árbol del que Dios había prohibido comer a la pareja; y que, como consecuencia de haber comido de dicho fruto siguió la Expulsión de toda la humanidad, la muerte llegó al mundo y la pareja fue expulsada del jardín, etc.

En la actualidad parece algo increíble, pero la gente continuó creyéndolo hasta hace apenas medio siglo; todos, desde sacerdotes, a filósofos y miembros de los gobiernos. Ahora sabemos que nunca hubo nada parecido. La historia sobre la que se han fundado nuestras principales religiones occidentales es una antología de ficciones. Pero son ficciones de un tipo que han tenido curiosamente – una aceptación universal como fundamentos también de otras religiones. Sus homólogas han aparecido por todas partes y eso que nunca existió un jardín, una serpiente, un árbol o el diluvio.

Cómo pueden explicarse estas anomalías? Quién inventó historias tan increíbles? De dónde provienen dichas imágenes? Y por qué en todas partes son tan reverentemente creídas?

Lo que sugiero es que si tenemos en cuenta el número de lugares del mundo y sus diferentes tradiciones, se puede llegar a comprender su fuerza, su fuente y el posible sentido que encierran. Que no son históricas está bastante claro. Por otra parte, hablan no de acontecimientos externos sino de temas de la imaginación. Como exhiben rasgos que actualmente son universales, de alguna forma deben representar rasgos de nuestra imaginación racial general, rasgos permanentes del espíritu humano; o tal y como decimos hoy en día, de la psique. Nos hablan de materias fundamentales para nosotros mismos, haciendo que perduren principios esenciales que sería bueno que conociésemos, acerca de los que, de hecho, tendríamos que saber si queremos que nuestras mentes conscientes sigan en contacto con nuestro más secreto y profundo interior. En pocas palabras, esas historias sagradas y sus imágenes son mensajeros dirigidos a la mente consciente desde regiones del espíritu desconocidas para la consciencia normal diurna.

Miremos un poco más de cerca la imagen bíblica del jardín. Su nombre, Edén, significa en hebreo placer, lugar de placer, y la palabra Paraíso proviene del persa, pairi, alrededor, y daeza, muro, significando recinto cerrado. Aparentemente, el Edén es un jardín de placer encerrado, en cuyo centro se alza un gran árbol; o mejor, dos árboles, el del conocimiento del bien y del mal, y el de la vida inmortal. Cuatro ríos fluyen desde su interior como si manasen de una fuente inagotable a fin de regar el mundo en las cuatro direcciones.


Tomando como referencia, no un escenario geográfico, sino el paisaje del alma, el Jardín del Edén debería estar en nuestro interior. Nuestras mentes conscientes son incapaces de entrar en él y disfrutar de la vida eterna, pues ya probamos el conocimiento del bien y el mal. De hecho, ese debe ser el conocimiento que nos ha echado del jardín, alejándonos de nuestro propio centro, por lo que ahora juzgamos las cosas en dichos términos y sólo experimentamos bien o mal en lugar de vida eterna, que, como el jardín cerrado está en nuestro interior, ya debe ser nuestro, aunque permanezca desconocido para nuestras personalidades conscientes. Ese parecería ser el significado del mito cuando se ve, no como prehistoria, sino como una referencia al estado espiritual del hombre.
Pasemos de la leyenda bíblica, por la que Occidente se ha dejado encantar, para llegar a la India que hace referencia a Buda, a la que ha sucumbido todo Oriente; también en ella existe la imagen mítica de un árbol de vida inmortal defendido por dos terroríficos guardianes. Bajo este árbol se hallaba Siddhartha, mirando hacia el Este, cuando se despertó a la luz de su propia inmortalidad y fue conocido a partir de entonces como Buda, el despertado. En la leyenda también aparece una serpiente, pero en lugar de ser conocida como el mal, representa simbólicamente la energía inmortal que reside en toda vida existente sobre la tierra. El hecho de que la serpiente mude la piel simboliza que renace y en Oriente esto conecta con la reencarnación del espíritu que toma y abandona cuerpos como alguien que se cambia de traje. En la mitología india aparece una gran cobra a la que se imagina equilibrando el tablero de la tierra sobre su cabeza: la cabeza es, desde luego, el punto de equilibrio, exactamente por debajo del árbol del mundo. De acuerdo con la leyenda de Buda, cuando éste alcanzó la omnisciencia, continuó sentado, absorto durante muchos días en meditación absoluta, estando en situación de peligro cuando se desató una gran tempestad que devastó el mundo a su alrededor; entonces, la serpiente prodigiosa emergió y envolvió protectoramente a Buda, cubriendo la cabeza de éste con la suya.


Mientras en una de estas leyendas del árbol los servicios de la serpiente son rechazados y el animal maldecido, en la otra son aceptados. En ambas, la serpiente está en algún modo asociada con el árbol y aparentemente ha gozado de sus frutos, ya que puede mudar la piel y volver a vivir; pero en la leyenda de la Biblia nuestros primeros padres son expulsados del jardín donde se encuentra el árbol, mientras que en la tradición budista todos somos invitados a penetrar en él. El árbol bajo el que se sienta Buda corresponde, así, al segundo de los del Jardín del Edén, que, como ya hemos dicho, no puede ser geográficamente localizado más que en el jardín del alma. Y entonces, qué es lo que impide que podamos regresar y sentarnos bajo él, como Buda? Qué o quiénes son esos dos querubines que custodian la entrada? Saben los budistas algo de esa pareja?
En la ciudad santa de Nara, en Japón, existe un enorme templo que alberga una prodigiosa imagen de bronce, de más de 16 metros de altura, que representa a Buda sentado con las piernas cruzadas sobre un gran loto, con la mano derecha levantada en el gesto de no temor. Al aproximarse al recinto del templo se pasa bajo una puerta guardada, a derecha e izquierda, por dos gigantescas y amenazantes figuras con espadas. Son los homólogos budistas de los querubines instalados por Yahveh en la puerta del jardín. No obstante, aquí no vamos a ser intimidados y expulsados. El miedo a la muerte y el deseo de vivir que los amenazadores guardianes inspiran han de dejarse atrás cuando se atraviesa la puerta.

Desde el punto de vista budista, lo que nos mantiene fuera del jardín no es la envidia ni la ira de ningún dios, sino nuestro propio e instintivo apego a lo que tomamos por nuestras vidas. Nuestros sentidos, dirigidos hacia lo externo, a un mundo de espacio y tiempo, nos hacen apegarnos a ese mundo y a nuestros cuerpos mortales. Estamos poco dispuestos a abandonar lo que tomamos por bienes y placeres de la vida física, y ese apego es la gran circunstancia o barrera que nos mantiene fuera del jardín. De acuerdo a esta enseñanza, en la actualidad no se hacen necesarios querubines con espadas flamígeras para mantenernos fuera de nuestro jardín interior, ya que nos bastamos a nosotros mismos, mediante nuestro ávido interés en los aspectos mortales, tanto de nosotros mismos como de nuestro mundo. Lo que simboliza nuestro paso a través de la puerta guardada es nuestro abandono del mundo conocido así como de nosotros dentro de dicho mundo: lo fenoménico, mera apariencia de las cosas vistas como nacidas y muertas, experimentadas tanto como bien o como mal, y consecuentemente observadas con deseo y miedo.

Pero, no es esta también la lección de la historia de la Biblia? Eva, y luego Adán, comieron del fruto del conocimiento del bien y del mal, es decir, de la pareja de opuestos, e inmediatamente se vieron como diferentes entre sí y sintieron vergüenza. Al expulsarlos, Dios no hizo sino confirmar lo que ya habían conseguido cuando los expulsó del jardín para que experimentasen el dolor de la muerte y el nacimiento y las fatigas por conseguir los bienes de este mundo. Y lo que es más, experimentaban al mismo Dios como si fuese otro, iracundo y peligroso para sus propósitos; pero, como también se nos dice en la leyenda bíblica, a Adán también le habría sido posible alargar su mano y tomar el fruto del árbol de la vida, comer y vivir para siempre. En la imagen cristiana del redentor crucificado vemos exactamente lo que se nos pide que hagamos. La enseñanza es que Cristo restauró la inmortalidad para el hombre. A lo largo de la Edad Media, la cruz era equivalente al árbol de la vida eterna; y el fruto de ese árbol era el salvador crucificado, quien ofreció su carne y su sangre como nuestra verdadera carne y nuestra verdadera sangre. Él mismo habría caminado valientemente, por así decirlo, a través de la puerta guardada, sin temer al querubín y a su flamígera espada. Y así como quinientos años antes, Buda había abandonado todo tipo de deseos del ego y todos los temores para pasar a conocerse a sí mismo como el puro e inmortal vacío, así el salvador occidental dejó su cuerpo clavado al árbol y pasó en espíritu a hacerse uno con el Padre: para ser seguido ahora por nosotros mismos.

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