Pitágoras, su vida, su enseñanza

Pitágoras, su vida, su enseñanza

PitagorasEn el siglo VI antes de nuestra era surgen grandes reformadores en distintos lugares del planeta, difundiendo doctrinas similares. No es casualidad este hecho, sus misiones tienen un objetivo común. Estas corrientes espirituales que son captadas por la humanidad proceden de un mundo divino que no es percibido por nosotros, y del cual los genios y profetas son testigos y ejecutores.

Tal es el caso de Pitágoras, matemático y filósofo del siglo VI a. de C., quien en Crotona, antigua Italia llamada Magna Grecia, creó la escuela pitagórica, en un intento de realizar una iniciación laica. Su existencia fue posteriormente cuestionada, sin embargo existen antecedentes suficientes para demostrarla. Al igual que la de Orfeo, ella está revestida de mito y de historia. Lo esencial de su pensamiento se encuentra en escritores de la antigua Grecia, en especial en Platón, donde su Timeo contiene la cosmogonía de Pitágoras.

El aspecto general de Grecia había cambiado, comenzando a decaer. Para que el pensamiento de Orfeo pudiese vivir y florecer en todo su esplendor se necesitaba que la ciencia de sus templos pasase a los laicos, a los legisladores civiles, a escuelas de poetas bajo la dirección de los filósofos. Estos sintieron que la enseñanza debía tener dos doctrinas, una pública y otra secreta, que expusieran la misma verdad pero bajo formas diferentes apropiadas al desarrollo de sus discípulos.

Este nuevo enfoque dio a Grecia tres siglos de creación artística y de esplendor intelectual. Ella permitió
al pensamiento órfico concentrar toda su luz e irradiarla sobre el mundo entero antes de que su edificio político se derrumbara bajo la dominación de Roma.

La evolución de que hablamos tuvo muchos artífices. Entre ellos se encontraba Pitágoras, alto iniciado, inteligencia soberana, creadora y organizadora. Fue maestro de la Grecia laica, como Orfeo lo fue para la Grecia sacerdotal, tradujo y continuó el pensamiento de su predecesor y lo aplicó a los nuevos tiempos. Pero su traducción fue una creación: coordinó las inspiraciones órficas en un sistema completo de aplicación científica y moral de su enseñanza en su Instituto de Educación.

Su doctrina no fue escrita, se transmitió por medio de signos secretos y bajo formas simbólicas, su acción verdadera se ejercía por medio de la enseñanza oral. Ella se perpetuó por los sobrevivientes que huyeron
de Grecia. En su doctrina se encuentra una reproducción de las enseñanzas esotéricas de la India y de Egipto, desarrollada con claridad y sencillez, dándole un sentimiento más enérgico y una clara idea de la libertad humana.

Pitágoras era hijo de un rico comerciante de joyas de Samos, y nació en Sidón, Fenicia. La Pitias del oráculo de Delfos había augurado a sus futuros padres que les nacería un hijo que será útil a todos los hombres en todos los tiempos. Era hermoso, dulce, moderado, lleno de justicia, con gran pasión intelectual. Sus padres animaron en él esta inclinación por el estudio de la sabiduría. Tuvo contacto con grandes maestros y filósofos jonios de la época, tales como Ferecides de Siros, Tales y Anaximandro en Mileto. Ellos sentían inclinación hacia la mística y afinidad con las filosofías orientales, de ahí su influencia.

Pero no encontró lo que buscaba: la síntesis, la unidad con el gran todo. Intuía que en la síntesis de los tres mundos estaba el secreto del cosmos. En una iluminación instantánea y clara, vio oculta en aquellas líneas geométricas del templo de Delfos la clave del Universo, la ciencia de los números, la ley ternaria que rige la constitución de los seres. En esta visión sagrada vio los mundos moverse según el ritmo y la armonía de los números sagrados. Estos tres mundos: natural, humano y divino se sostenían y determinaban uno a otro. Vio además su vida y su obra futura; pero necesitaba de una ciencia para llevar a cabo tal labor, y no la encontró más que en los templos de Egipto.

Su preparación a la iniciación duró 22 años. Se sometió, a ella con una paciencia y un valor inquebrantables, pues tenía fe en su destino. Allí se formó y se templó, profundizando las matemáticas sagradas, esa ciencia de los números o de los principios universales, que fue el centro de su sistema y que formuló de una manera nueva. Además conoció el poder de la voluntad humana sabiamente ejercitada y fortificada y sus aplicaciones infinitas tanto al cuerpo como al alma. Ambas, tanto la ciencia de los números como el arte de la voluntad son las dos claves de la magia – decían los sacerdotes de Memphis – ellas abren todas las puertas del Universo. Así Pitágoras pudo comprender la involución del espíritu en la materia, y luego su evolución hacia la unidad por medio del desarrollo de la consciencia.

Egipto fue tomado y saqueado por los persas, y Pitágoras fue trasladado con una parte del sacerdocio egipcio a Babilonia, donde existía un conjunto de pueblos, lenguas, cultos y religiones. Así, al llegar a Babilonia encontró tres religiones diferentes codeándose en el alto sacerdocio: los antiguos sacerdotes caldeos, los sobrevivientes del mazdeísmo persa y la flor de la cautividad judía. Pitágoras estudió toda aquellas doctrinas, religiones y cultos.

Sabía más que sus maestros de física. conocía los principios eternos del Universo y sus aplicaciones. En
el templo de Memphis y en el de Bel de Babilonia había aprendido muchos secretos sobre el pasado de las religiones, sobre la historia de los continentes y de las razas. También comparó las ventajas e inconvenientes del monoteísmo judío, el politeísmo griego, el trinitarismo hindú y el dualismo persa. Comprendió que todas las religiones eran rayos de una misma verdad, tamizados por distintos grados de inteligencia y para diferentes estados sociales, y que la síntesis se encontraba en la ciencia esotérica. Decidió volver a Grecia a cumplir su misión y comenzar su obra. Después de 34 años de ausencia regresó
a Samos, encontrando escuelas y templos cerrados porque los poetas y sabios habían huido del cesarismo persa.

Junto a su madre, quien confiaba en su elevada misión, marchó hacia Grecia en pos de una misteriosa y gran obra: despertar el alma dormida de los dioses en los santuarios, devolver la fuerza y prestigio al templo de Apolo y luego fundar una escuela de ciencia y de vida, donde salieran no políticos ni sofistas, sino hombres y mujeres iniciados.

Encontró en el templo de Delfos, consagrado a Apolo, un instrumento maravilloso para su obra. Utilizó el santuario más bien para ilustrar a sus discípulos que para consultar a Apolo, y así poder dirigirlos y preparar el porvenir de Grecia. A través de Pitágoras, Delfos volvió a ser un centro de vida y de acción. Estuvo durante un año instruyendo a los sacerdotes en todos los secretos de su doctrina y también formando a Teodea (sacerdotisa clarividente) para su ministerio.

Es en la ciudad de Crotona, ciudad floreciente de Italia Meridional, donde Pitágoras encontró asilo para su gran escuela de filosofía esotérica conocida por el nombre de Secta Pitagórica, la que se considera como la madre de la escuela platónica y antecesora de todas las escuelas idealistas.

El objetivo de su escuela no era tan sólo enseñar la doctrina esotérica a un círculo de discípulos elegidos, sino también aplicar sus principios a la educación de la juventud y a la vida de estado. Tenía en mente fundar un instituto para la iniciación laica, con la intención de transformar la organización política de las ciudades a imagen de aquel ideal filosófico y religioso.

Produjo en Crotona una verdadera revolución, cautivó a jóvenes y mujeres, admirados al escucharle hablar sobre la virtud y la verdad. El senado de Crotona, o Consejo de los Mil, también aceptó sus ideas adoptando el proyecto del Instituto. Este llegó a ser un colegio de educación, una academia de ciencias y una ciudad modelo, bajo la dirección de ese gran maestro iniciado. Este Instituto fue de una importancia extraordinaria porque significó la síntesis anticipada del helenismo y del cristianismo, insertó la ciencia en la vida y reconoció la verdad viviente en uno mismo.

El ingreso del novicio comenzaba con su entrada al gimnasio pitagórico, donde los jóvenes se ejercitaban en la carrera, en el lanzamiento del disco o ejecutaban combates simulados bajo formas de danzas. Había desterrado la lucha cuerpo a cuerpo por desarrollar el odio y el orgullo, sentimientos que rebajan al individuo. También los novicios podían manifestar abiertamente sus opiniones, mostrando su verdadera naturaleza, de modo que los maestros pudieran observar y leer en el fondo de su alma, formándose una idea clara de sus futuros discípulos. Eran sometidos a pruebas decisivas que eran imitaciones de las iniciaciones egipcias pero menos severas. Los que soportaban los ataques con firmeza, que respondían con palabras justas y espirituales, eran admitidos en el noviciado llamado preparación, que duraba de 2 a 5 años. Los novicios debían someterse a la ley del silencio. Las lecciones que recibían para estudiar debían ser leídas con respeto y meditar sobre ellas ampliamente. Pitágoras deseaba sobre todo desarrollarles la facultad primordial y superior del hombre, la intuición. Para ello no enseñaba cosas misteriosas ni difíciles, sino que comenzaba con los sentimientos, los deberes naturales del hombre y su relación con las leyes universales. Enfatizaba el amor a los padres, asimilando la idea de padre a la de Dios, y la de madre a la naturaleza, y así el hijo debía honrar a ambos por ser representantes de esas grandes divinidades. Fomentaba la amistad, aconsejando que es necesario escoger a los amigos.

Enseñaba que los dioses eran los mismos en todos los pueblos, con diversa apariencia, y que correspondían a las mismas fuerzas divinas en todo el universo. También enseñaba tolerancia para todos los cultos, ya que la unidad de las religiones estaba expresada en la ciencia esotérica. Así, la enseñanza moral preparaba el camino a la enseñanza filosófica.

Les hablaba de una jerarquía de seres superiores que eran guías y protectores, y que servían de intermediarios entre los hombres y la Divinidad, y que para llegar a ellos se debían practicar las virtudes. Enseñaba que los números tenían el secreto de las cosas y que Dios era la armonía universal. A la purificación del alma seguía la del cuerpo, que se obtenía por la higiene y la disciplina. Debían vencer sus pasiones, sin embargo no prescribía una vida célibe, puesto que el matrimonio era considerado como santo.

Posterior a esto, comenzaba la verdadera iniciación. Esta consistía en una exposición completa de la doctrina oculta desde sus principios contenidos en la ciencia de los números hasta la evolución universal.

Pitágoras llamaba matemáticos a sus discípulos, porque su enseñanza comenzaba por la doctrina de los números. Esta matemática sagrada o ciencia de los principios era más trascendente que la matemática profana. El número se consideraba como la virtud intrínseca y activa del Uno supremo, de Dios, fuente de la armonía universal. Con ellos formaba una teogonía o teología racional, constituyendo la síntesis de todas las cosas. Fue el primero en introducir ideas filosóficas en las matemáticas y dio un orden a las ciencias, que no habían tenido antes.

Pitágoras agregaba que la obra de la iniciación consistía en aproximarse al gran Ser, volviéndose tan perfecto como fuese posible, sólo así Dios,descendería en nuestra consciencia. Dios era la sustancia indivisible, que tenía por número la unidad, por nombre el de Padre, de Creador o Eterno Masculino, y por signo el Fuego viviente, símbolo del espíritu, siendo el primer principio.

Decía Pitágoras que la Mónada actuaba como Díada creadora, es decir, Dios manifestándose como una dualidad: esencia invisible y substancia visible, principio masculino activo, animador y principio femenino pasivo, La Díada representaba la unión del Eterno masculino y del Eterno Femenino en Dios. Orfeo hablaba de que Júpiter es el Esposo y Esposa Divinos. Esta idea se refleja en todos los politeísmos, donde intuitivamente han representado a la Divinidad tanto en forma masculina como en forma femenina. En la humanidad, la mujer representaba a la naturaleza, y la imagen perfecta de Dios no era el hombre solo, sino ambos.

Sri Aurobindo

Sri Aurobindo

aurobindoAunque como expresó el mismo Sri Aurobindo, lo que ante todo importa en la vida espiritual de un hombre no es lo que hizo o lo que era exteriormente para los hombres de su época sino lo que era y lo que hizo en su propio interior, ya que esta transformación es lo único que en definitiva le da cierto valor a la vida externa, es importante a la hora de comprender la Filosofía de este maestro, tener presente algunos eventos significativos en su vida.

A la luz de lo anterior, Sri Aurobindo se nos revela como un hombre y maestro en constante perfeccionamiento que supo sacar el máximo provecho de todas las etapas de su vida con una entrega y concentración absolutas en el mejoramiento de sí mismo.

Aurobindo Akroyd Ghose nació en Calcuta el 15 de agosto de 1872. Inició sus estudios, a los cinco años, en una escuela de monjas irlandesas, junto a los hijos de los administradores británicos, en Darjeeling. Dos años más tarde fue enviado a Inglaterra en donde fue dejado en manos de un pastor anglicano de Manchester, con instrucciones estrictas de que no conociese a ningún hindú ni se expusiese a ninguna influencia india. En casa del pastor, perfeccionó su inglés y aprendió latín, historia, geografía, matemática y francés. En 1884 ingresa en el St. Paul School en donde aprende las lenguas griega, alemana, italiana y española para leer a Homero, Goethe, Dante y Cervantes. Aurobindo se destaca como excelente estudiante, sin embargo, al llegar a la adolescencia se encuentra carente de recursos económicos, ya que la ayuda de su padre cesa. Tanto es así que su alimentación se reduce “a una o dos rebanadas de pan con mantequilla y una taza de té, por la mañana, y una salchicha por la tarde”. Entonces Aurobindo postula en 1889 a una beca en el King’s College de la Universidad de Cambridge, obteniéndola con el primer puesto en el examen de Latín y Griego.

Así, como estudiante en Inglaterra durante catorce años, el joven Aurobindo supo absorber lo más sobresaliente de la cultura occidental: dominando el Griego, el Latín, leyendo a Homero, Sófocles, Virgilio y Horacio, pero sobre todo, sintonizando con la atmósfera de Cambridge, todo lo cual convierte a Sri Aurobindo en un caballero inglés. Sin embargo, para él esto no era más que una etapa en su camino de su evolución.

A los veintiún años retorna a la India y tiene la posibilidad de acceder a los más altos puestos con las consiguientes comodidades y ventajas económicas. No obstante, su corazón no está en ello, pues le inspira el ideal de una India libre y trabaja con absoluta entrega a esta causa hasta 1910. Paralelamente Aurobindo recorrerá por un poco más de una década los caminos del Oriente místico hasta llegar a la cima de la realización del Yoga tradicional. Había tomado consciencia de que podía continuar indefinidamente adquiriendo información, leyendo más títulos, aprendiendo más idiomas sin por ello conseguir un estado de liberación y realización espirituales. Así, nos dice: “El período decisivo de mi desarrollo intelectual se produjo cuando pude ver claramente que cuanto decía el intelecto podía ser a la vez exacto e inexacto, que cuanto el intelecto justificaba era verdadero y que lo contrario también lo era. Yo no admitía nunca una verdad en mi mente sin admitir al propio tiempo lo contrario… Resultado: la magia del intelecto se había esfumado”.

En 1907 bajo la dirección del yogui Vishnu Bhaskar Lele alcanza la primera de las cuatro grandes realizaciones espirituales en las que se funda su Metafísica. “Siéntate tranquilo e intenta que tu mente esté en calma y vacía de pensamientos. Verás que todos tus pensamientos proceden del exterior. Simplemente, expúlsalos de ti a medida que los vas percibiendo, antes de que entren en ti”. Entonces, Aurobindo consiguió en tres días un silencio nirvánico acompañando de una percepción del mundo como una irrealidad, como una ilusión o maya. Era la realización del Yoga tradicional de la Sabiduría, de la filosofía Vedanta de Shánkara. La experiencia de un Ser Absoluto más allá del espacio y del tiempo.

En 1908 es arrestado por estar, supuestamente, vinculado al caso de la conspiración de Alipore. En esta misma fecha, asimismo, tiene su segunda realización. Esta experiencia le hizo ver que el Ser Absoluto
se identificaba con todo los seres y, a la vez, con el conocimiento y la ignorancia, con lo grande y con lo ínfimo de la creación.

En mayo de 1909 es absuelto de los cargos que pesaban en su contra. En junio del mismo año, comienza a editar el semanario “Karma-Yoguin”, escrito y dirigido por él.

Siguiendo un imperativo espiritual, deja Calcuta y se dirige a Chandernagore en donde permanece algunos meses. En abril de 1910 llega a Pondicherry, el lugar donde permanecerá hasta su muerte. Al comienzo
de su permanencia en esta última ciudad tiene su tercera realización. Era la visión de la Realidad Suprema (Lo Divino) como algo simultáneamente estático y dinámico, caracterizada por el silencio y la expresión, el vacío y la creatividad.

Luego de cuatro años de practicar el yoga, funda, en agosto de 1914, una revista filosófica mensual, “Arya”. En ella, Sri Aurobindo publica sus mayores obras: La Vida Divina, Síntesis del Yoga, El Ideal de la Unidad Humana, El Ciclo Humano, La Poesía Futura, El Secreto del Veda, etc. La publicación de Arya finaliza en 1921. Desde 1922 a 1926 permanece inmerso en una vida puramente espiritual. Dirige, además, un grupo de aspirantes que se le ha unido. En noviembre de 1926 alcanza su cuarta realización. Era el descenso de la supermente dentro de su ser físico. Desde esta fecha se recluye en su habitación para concentrarse en su misión espiritual. Mirra Alfassa, su colaboradora espiritual, – conocida como la Madre – se hace cargo de la dirección del grupo de discípulos. Comienza, también, en este período la
organización del Ashram. Desde 1926 hasta la fecha de su muerte, se contacta físicamente con sus seguidores y admiradores sólo tres veces cada año.

En 1928, en mayo, rompe su reclusión y se entrevista con Rabindranath Tagore. Recordando sus impresiones el poeta señaló: Me di cuenta desde el primer momento que él (Sri Aurobindo) había estado a la búsqueda de su alma y que lo había logrado, acumulando en ese largo proceso de autorrealización un silencioso poder de inspiración. Su cara irradiaba luz interior y su serena presencia me evidenció que su alma no estaba mutilada ni contraída a la medida de alguna de esas tiránicas doctrinas que se solazan en infligirle daños a la vida. Sentí que era el lenguaje de los antiguos rishis hindúes que a través de él hablaba de esa ecuanimidad que otorga al alma humana la libertad de ingresar en el Todo.
(Kumar, Dilip. Maestros en mi camino, p.86.)

En 1939 revisa y publica en forma de libro La Vida Divina. En 1940 se declara en favor de los aliados, poniendo, desde la evacuación de Dunkirk, su fuerza espiritual detrás de tales fuerzas.

El 15 de agosto de 1947, India alcanza su liberación en el cumpleaños número 75 de Sri Aurobindo. El maestro da su mensaje para la ocasión.

En 1950 se publica la primera parte de Savitri, poema épico de 23.813 versos, considerado la gran revelación espiritual del filósofo-vidente.

El 5 de diciembre de 1950, Aurobindo Ghose se retira de su cuerpo.

Algunas Opiniones Sobre Sri Aurobindo

Sri Aurobindo me abrió el camino hacia mi consagración religiosa. La lectura de sus obras me ha proporcionado gran serenidad e iluminación.-

Gabriela Mistral
Premio Nobel de Literatura

Sri Aurobindo es el más extraordinario de los pensadores de la India, y el que ha realizado la síntesis más completa entre los pensamientos de Oriente y de Occidente.

Romain Rolland
Premio Nobel de Literatura

Y yo le dije – a Sri Aurobindo – tú tienes la Palabra y estamos esperando para aceptarla de ti. La India hablará por tu voz.

Rabindranath Tagore
Premio Nobel de Literatura

No cabe limitar la grandeza de Sri aurobindo a nuestra época. Tenemos a Platón, a Spinoza, Kant y Hegel, pero éstos no tienen la misma visión, ni la misma perspectiva metafísica que lo abarca todo.

Frederic Spiegelberg
Prof. de la Universidad de Stanford

Sri Aurobindo es uno de los más grandes sabios vivientes de nuestra época.

Pitirim Sorokin
Prof. de la Universidad de Harvard


“La tierra es el lugar elegido por las almas más nobles
La tierra es el heroico campo de batalla de los espíritus
El yunque donde el Herrero celeste fragua sus obras”.
<centerSri Aurobindo

Savitri, XI,I
Obras

Sri Aurobindo es uno de los autores más geniales de nuestro tiempo. Su creatividad se manifestó en diversas disciplinas, legándonos una obra vasta, profunda y multifacética. La obra de Sri aurobindo tiene gran importancia en los mundos de la Filosofía, la Literatura y la Religión. Sri Aurobindo ha sido el mayor filósofo de la India contemporánea y sus principales libros filosóficos han sido traducidos a veinte idiomas. En este artículo sólo abordaré su obra principal: LA VIDA DIVINA.

LA VIDA DIVINA es la obra metafísica y filosófica principal de Sri Aurobindo. Con más de 1.100 páginas desarrolla una teoría de la evolución de la consciencia como explicación última de la existencia del hombre sobre la Tierra. Sri Aurobindo discrepa de la enseñanza tanto de Buda como de Shankara, para quienes la vida es sólo dolor e ilusión, pues para Sri Aurobindo la vida es el escenario de una evolución espiritual en la que a partir de la inconsciencia, debe manifestarse progresivamente la consciencia
divina. Para Sri Aurobindo la consciencia es el fundamento y el origen de la creación. La evolución es para él, por tanto, la evolución de la consciencia. Según Sri Aurobindo detrás de las apariencias y mirajes que constituyen el Cosmos en que habitamos, existe la realidad de un Ser eterno e ilimitado, un Espíritu Universal, en el interior del cual todos los seres creados están unidos, aunque en apariencia separados por una especie de consciencia individual y una ignorancia de su esencia divina. Tal Espíritu Universal está contenido en la materia. Sri Aurobindo postula una evolución liberadora, mas no una evolución ciega entregada al azar, sino una evolución orientada siempre hacia planos más altos de existencia. En la creación hay, según él, un propósito, y el hombre es el instrumento elegido para servir ese designio.

Primero fue la materia inerte; después apareció la vida animando esa materia aparentemente muerta: una vida mineral primero, luego vegetal, después animal y a continuación el hombre. La consciencia aparece en lo que parecía inconsciente, y una vez aparecida, ella es impelida, arrastrada sin cesar a seguir creciendo cada vez más, a desarrollarse y ensancharse. La vida vendría a ser el primer paso en la revelación de esa consciencia; la mente, el segundo.

Con el hombre aparece la mente-inteligencia. No existe una separación radical entre estas diversas etapas. Si la vida pudo nacer de la materia, es porque estaba ya allí la mente. Del mismo modo, si la inteligencia pudo desarrollarse de la materia viva es porque ella ya alentaba en su interior. Pero la inteligencia no es la meta final de la evolución de la consciencia: sus imperfecciones son demasiado evidentes para poder aceptar tal hipótesis. Otra etapa tiene que cumplirse, y ella ha de ser hacia el desarrollo de una Supramente en que el espíritu domine en la consciencia del ser vivo y del hombre. Sólo entonces lo divino podrá manifestarse enteramente en la vida, y ésta revelará su perfección.

Asimismo, cada etapa alcanzada es capaz de influir en la etapa anterior y acelerar enérgicamente sus transformaciones. Cuando el estado de supraconsciencia espiritual, o lo que Aurobindo denomina Supramente, aparezca en el mundo, esta consciencia liberada despertará el nacimiento del superhombre. El hombre intelectual de nuestros días difícilmente puede entender esta nueva forma de consciencia, del mismo modo que el mono no es capaz de aprehender y captar los mecanismos superiores de la mente humana. Pero podemos tener un atisbo de esos procesos en los estados que ahora llamamos intuición, inspiración y trance místico. El hombre deberá trascender de sí mismo, pero esta vez el proceso será
plenamente consciente y no inconsciente como había sido en los anteriores ascensos evolutivos. Porque
el hombre como tal ha alcanzado ya un alto nivel de consciencia que le permitirá alcanzar la siguiente transición, cruzar el nuevo puente sobre el abismo, en total lucidez. Al lograrlo, caerá de sus ojos
el velo de la ignorancia y desaparecerá del mundo la vida actual plagada de contrastes de luces y de sombras. La noción de tiempo será acelerada a un ritmo que apenas podemos imaginar, pues así como el hombre actual, gracias a su mente, puede vivir el equivalente de mil vidas de un animal o cien mil vidas de un vegetal, del mismo modo un ser supramental, es decir, un superhombre, podrá multiplicar por millones su experiencia de vida y de pensamiento.

Herman Hesse

Herman Hesse

HermannHesseLa Infancia de un Mago
Tú lees a Hermann Hesse? ha sido una pregunta que he hecho muchas veces en mi vida porque me parece importante saberlo. Quiero saber algo de la persona a quien pregunto, algo central, una especie de complicidad, de participación de un secreto, de un misterio que no tiene un nombre muy preciso, pero que ahí está: yo sé que tú sabes lo que yo sé, no para todos, sólo para algunos. Siento un misterio en torno a Hesse, que es central en su vida, en sus novelas y maneras de ver el mundo. No le pregunto a otros si leen a Proust, Mann, Rilke o Eliot, no, no es lo mismo.

Hesse dice que a los trece años se dio cuenta de que quería ser poeta, todo su propósito de vida fue en torno a esta decisión, en una lucha con muchas dificultades. Decía que no había ninguna carrera que enseñara a ser poeta, era un camino que había que seguir con la propia orientación a través de la vida. Se nace poeta, no es poeta el que quiere llegar a serlo. Es un honor ser poeta, un poeta conocido y afortunado. Pertenecía a una familia de pastores protestantes, que habían vivido parte de su vida en la India, tanto sus padres como también su abuelo, lo que tendría gran influencia en su crecimiento, sus creencias y sus novelas. Su relación con su madre fue muy importante, lo que él destaca en su afición por
la música.

Nació en 1877, en Calw, al sur de Alemania. Su niñez la relata como llena de riquezas: Había adquirido importantes enseñanzas para la vida mucho antes de mis años de colegio. Conocía mi pueblo palmo a palmo, sus gallineros, sus bosques, sus huertos de frutas, sus talleres. Conocía sus arboles, sus pájaros, sus mariposas. Sabía muchas canciones. Sabía silbar. Su adolescencia fue muy dificil en la búsqueda de lograr ser escritor. Estudió dos años Teología, que luego dejó; desempeñó muchos oficios diversos: asistente de un taller mecánico, ayudante de una fábrica de relojes de torre, vendedor de libros y escritor
de poemas. Siguió estudios en forma personal. Entre mis 16 años y mis 20 años, no sólo Ilené cientos de cartillas con mis primeros ensayos de poeta. Conocí además la mitad de la literatura mundial y estudié con tenacidad la historia del arte, las lenguas y la filosofia, que hubiera bastado cumplidamente para unos estudios oficiales.

Los primeros libros que le hicieron ser y sentirse un real escritor fueron: Hermann Laucher , Peter Camenzind y Bajo la rueda, escritos entre 1901 y 1907. Todos de gran contenido autobiográfico y muy conectados con las dificultades de la adolescencia. En estos libros, como en toda su obra, sobresale su sensibilidad hacia la interioridad de las personas y la naturaleza, en una descripción de paisajes, viajes, amistades, amores, crisis, búsquedas, incertidumbres, siempre predominando lo poético y lo misterioso de estar en el mundo.

En 1911, junto con un amigo pintor, hace un largo viaje a la India, que tendrá mucha importancia en sus obras posteriores,

Antes de la Primera Guerra Mundial vive en Suiza. En 1914 entra en crisis con el militarismo alemán, con Alemania y sus gobernantes, siendo acusado de deslealtad y traición a la patria, por sus opiniones pacifistas y su crítica al gobierno. En esa época muere su padre y su matrimonio entra en serias dificultades por una enfermedad mental de su esposa. Se separan y él también es afectado profundamente por una gran crisis emocional. Todo su mundo se desmorona. …la pérdida de mi casa, de mi familia y de mis bienes y comodidades. Era un tiempo en que a diario me despedía y a diario me asombraba de que pudiera soportar y seguir viviendo y de que tuviera todavía cierto amor a la vida, que sólo me causaba dolor, desengaño, decepción y pérdidas. Se ve obligado a buscar ayuda. Es psicoanalizado por el Dr. Lang, discipulo de C. G. Jung, entre los años 1916 y 1917. Esta enfermedad, su crisis y su camino de salida pasan a ser muy marcadoras en la vida de Hesse. Tiene 40 años, alcanza una mayor conexión y comprensión de su propia persona y de su estructura interna. Todo esto pasa a tener gran influencia en el resto de su obra.

En 1919 aparece publicado Demián, donde se Iogra ver la influencia del psicoanálisis tanto como el cambio en la imagen que tiene de su vida. El mismo escribe en sus cartas que esta terapia fue para él muy importante en aclarar sus conflictos internos y su visión del mundo, pero que a nivel de la creación artística no cree que tenga una influencia importante, ni que através del psicoanálisis se pueda comprender lo artístico. Demián es llamada una novela educativa porque nos muestra el crecimiento de su personaje, Sinclair, con todas sus dificultades, teniendo como guía cercano o interior, a Demián, un joven más maduro que puede estar dentro o fuera de Sinclair. Muestra la niñez y la adolescencia con todas sus crisis, descubrimientos, incertidumbres y búsquedas. Es un relato interior donde desde la intimidad del personaje enfoca sus miedos, sus amores y admiraciones, sus símbolos y creencias, su permanente evoIución. Esta novela tuvo mucha aceptación en la juventud de postguerra europea.

Desde l919 vive en Lugano, Suiza, en un lugar que no dejará más, Montagnola. En 1921 se hace ciudadano suizo. Continúa su lucha por la paz y se asocia a otros escritores, como Romain Roland. En este período comienza una larga amistad con Thomas Mann.

En 1922 se publica Siddharta. Desde la niñez Hesse había sentido una gran cercanía con la India por sus padres y su abuelo. Esta novela es un relato poético, poema índico, sobre la vida de Siddharta que sigue muy de cerca la vida del Buda. Abandona el hogar, se une a un grupo de ascetas, aprende del Buda y luego vive una vida dedicada al mundo de los sentidos. Vuelve a la búsqueda personal y, después de muchas aventuras, termina trabajando como barquero en un río, donde logra su plenitud espiritual. La novela es como una leyenda llena de símbolos sobre el mundo y el destino del hombre, como el Río, Buda, la Totalidad, la Liberación del Samsara, lo Divino. Es una visión espiritual de la vida, la búsqueda de un sentido y de la interpretación del mundo.

Si en Siddharta se nos describe el proceso de la salvación de un hombre en un mundo lejano y místico,
en El Lobo Estepario, se nos trae a un mundo caótico y despiadado, donde Harry Heller vive su realidad de intelectual a los 48 años, donde apenas puede soportar el estar vivo, a pesar de una formación personal de gran inteligencia, erudición y honores académicos. Era un lobo entre los corderos de la sociedad burguesa, atrapado en sus propias contradicciones y ambigüedades, deseoso de ser cuidado, protegido y
a la vez querer destruir este sistema. Era un intelectual solitario, tenía una idea de hacia dónde podía caminar, pero no lo podía hacer por sí mismo. Estando al borde del suicidio, conoce a una mujer, Armanda, que lo comienza a conectar con sus emociones más primarias y su sensualidad. Por ella comienza una evolución interna hacia otra manera de verse a sí mismo. Por intermedio de otra mujer, María, y de Pablo,
un músico, llega al Teatro Mágico, donde tiene una visión y una vivencia de su ser interno real. Se conecta con los Inmortales, seres de un desarrollo superior, que han trascendido el mundo de los conflictos y las polaridades y viven en el espíritu. Ellos son de otra realidad y condenan a Harry Heller a la risa, a reírse de sí mismo, de lo que le sucede y del mundo.

En 1927 publica El Lobo Estepario y en 1930, Narciso y Golmundo. Esta última novela continúa la permanente pregunta de Hesse: Cómo superar la dualidad interna del ser humano? Cómo unir en paz la parte espiritual y mental, con la emoción, pasión y sentimiento? Es un conflicto permanente del ser humano, que aparece de diferentes formas en sus obras. Aquí es llevado a la Edad Media, en un convento católico, en dos personajes, dos monjes, que siempre sentimos que son uno solo. Narciso es asceta, introvertido, racional, claro, cierto, algo monótono y predecible como todo lo virtuoso. Goldmundo, Boca de Oro, es lo opuesto: sensual, extravertido, artista, buscando la parte femenina o a la Naturaleza, lleno de aventuras amorosas, peligros de muerte, mucho más humano que Narciso, más imperfecto, atrayente, por completarse, siempre busca a la Madre. Al final del relato se juntan, como las partes de un mismo ser. Por medio de la creación artística logran unirse los polos de espíritu y naturaleza. Es un relato de gran atractivo literario por su forma poética, los personajes tan opuestos, la presencia permanente de la muerte y el amor, y los misterios y conflictos de la Edad Media.

Hesse siempre buscó un ideal de vida en el espíritu, que muestra en forma parcial en sus novelas como
algo por alcanzar. En El Viaje al Oriente y el Juego de Abalorios desarrolla este ideal, procurando verlo desde adentro, como ya existente. Sus personajes centrales están en ese mundo, son parte y servidores de una comunidad, de un ideal de vida realizado en la tierra. Ya no son destinos individuales en lucha con sus demonios o lobos interiores, son destinos colectivos compartidos.

El Viaje al Oriente trata sobre un viaje interior, espiritual, de los miembros de una logia secreta. Externamente sucede en el sur de Alemania, Suabia, y en Suiza, lugares donde vivió Hesse. El personaje central se llama H. H. y el otro Leo, él es un dócil sirviente que complace a todos, el más humilde entre los humildes. El narrador es H.H., que para ello ha tenido que romper un voto de silencio sobre la orden. Por esto ya no puede relatar la verdad más profunda de este grupo, la que, al desertar, es olvidada. El secreto de la orden lo ha perdido, por lo que el intento del relato es muy dificil. En esta novela muestra la búsqueda del oriente personal y colectivo, con un relato de simultaneidad de diferentes épocas de la historia.

Escribir El Juego de Abalorios le llevó casi once años de trabajo. Es su última novela importante, para algunos su obra de mayor profundidad. Fué publicada en 1943. El relato se sitúa en el año 2400, en un momento catastrófico de la cultura occidental, de materialismo, guerras, ansiedad, dolor. Es tan grande la decadencia espiritual existente que se forma una provincia llamada Castalia, donde podrán mantenerse estos valores y desarrollar la música, la filosofia, las artes, entre personas que vivirán sólo para eso. Se relata la vida de Joseph Knetch (knetch significa siervo), que ingresa desde niño a esta comunidad y llega
a ser Maestro del Juego de Abalorios, (Magister Ludi).

Describir el juego de Abalorios no es posible, sólo se nos dan algunas ideas sobre éste. Se trata de una actividad que busca la unión y relaciones, y su posibilidad de intercambio y juego entre los diferentes aspectos del conocimiento espiritual humano. Es un anhelo de totalidad y simultaneidad entre el arte, la filosofia y la vida. Un ejemplo podría ser las relaciones e intercambios posibles entre una música de Bach, las variaciones del latín entre el siglo XIII y XV, y la pinturas de Giotto. Knetch hace un largo recorrido en esta comunidad espiritual, conoce sus problemas, propone cambios. Es influido por un monje benedictino,
el Pater Jacobus, en su visión del mundo y de Castalia. Luego de llegar a ocupar el rol más importante y representativo de este lugar, en un acto aparentemente paradójico, por una crisis interna se retira para
vivir una vida personal e individual y muere, inesperadamente, al nadar en un lago.

Algunas ideas permanentes en la obra de Hesse

El pensar mágico y la totalidad
Hesse vivió una época de muchos cambios: las guerras, los cambios sociales, las doctrinas de Freud y de Jung, la teoría de la relatividad, los cambios en la literatura, en la pintura, y en la música, la pérdida de importancia de lo religioso y espiritual.

Padre Bede Griffiths, su vida, su enseñanza.

Padre Bede Griffiths, su vida, su enseñanza.

PadreBedeGriffithsEste respetado fraile benedictino y guía espiritual, nació en 1906 en Inglaterra en el seno de una familia de clase media. Educado en Oxford, dejó su país natal en 1955, atraído por la filosofía y religión de la India, adonde fue en busca de “la otra mitad de su alma”. Se instaló en el ashram de Saccidanada, llamado Shantivanan (Morada de la paz), conduciéndolo desde 1968 hasta su muerte con un estilo sencillo que incorporaba elementos tanto orientales como occidentales. Llegó a ser reconocido como un gurú por los aldeanos de la ciudad, viviendo voluntariamente en la pobreza y consumiendo sólo lo indispensable. Para él, la vida debía estar libre de necesidades artificiales viviéndose al día y en equilibrio con la naturaleza. Así, en el ashram se cultivaba únicamente lo necesario para la subsistencia.

Aunque cristiano devoto, portaba el “Kavi” hábito azafrán del santón hindú – y andaba descalzo. Todo lo que hace referencia a él representa la simplicidad, valor central de su vida, que fue adoptando paulatinamente al ir asimilándose a la austera India. Contrario a las grandes ciudades por su deshumanización y alejamiento de la vida natural, rehusó asimismo la seguridad de la vida monacal. Vivió consecuentemente su convicción de que la libertad espiritual se consigue sólo a través del desapego, abogando por las comunidades pequeñas de cooperación mutua para el crecimiento de todos, en armonía con la naturaleza, y con la mayor prescindencia posible de necesidades materiales. “Vivir despojado”, no como un sacrificio, sino gratamente, como un camino para encontrar el gozo espiritual.

El Padre Bede consagró gran parte de su vida al estudio y la comprensión de la relación entre la religión cristiana y la tradición religiosa hindú y budista, sin dejar de lado la integración entre ciencia y misticismo. Esto ha hecho que se le compare con Lama Govinda. Para ambos, debía producirse un cambio cultural profundo, una síntesis entre Oriente y Occidente, donde la ciencia occidental y el pensamiento y tradición oriental encontraran un desarrollo compartido. Las religiones están unificadas en su origen, difiriendo sólo en lo exotérico. Al profundizar en su contenido esotérico nos acercamos a su fuente. Cada tradición encierra una verdad eterna que se manifiesta de forma distinta, siendo la tarea actual de la humanidad el ir en busca de esa verdad esencial e interna de cada tradición, de donde emergerán las posibles soluciones.

El Padre Bede creía en un renacimiento de las verdades profundas a través del enriquecimiento del cristianismo con la experiencia oriental. La comprensión e interrelación entre ellas produciría paulatinamente la emergencia y florecimiento de las simientes verdaderas. Pensaba asimismo que la incorporación de una visión no dualista (advaita) era esencial para la sobrevivencia espiritual humana. Junto al privilegio del aspecto contemplativo de la experiencia religiosa, está el “abandono de sí mismo”, primeramente de los sentidos y luego de la mente y sus limitaciones. La forma de llevar esto a la práctica es a través de la meditación, la que permite experimentar algo de la realidad trascendente y del acercamiento a Dios. Su realización perseverante y prolongada incidirá en la actitud hacia las otras personas y hacia el mundo circundante, propagándose sus efectos a todas las cosas.

El camino hacia la espiritualidad es difícil de llevar a cabo si no se tiene un entrenamiento adecuado. Por esto, las personas comunes necesitan “apoyos”, como la oración, los rituales, los cantos devocionales. Todo tiene su lugar, como asimismo el amor hacia las personas, hacia la naturaleza y la belleza, lo que facilita un acercamiento mayor a este gran misterio trascendente. Es la percepción del universo como un organismo vivo y sagrado, del que todos y todas las cosas formamos parte. Esto es válido para cualquier religión, y estas verdades comunes, y por tanto posibles de compartir, eran las realzadas por el Padre Bede. La idea de un Dios trascendente pertenece mas bien al punto de vista bíblico, pero es perfectamente compatible con el enfoque hinduísta de un Dios inmanente.

Como ésta, hay gran cantidad de verdades esenciales que pueden ser complementarias y que merecen ser trabajadas en este tiempo, buscando la unificación. La expresión “venimos de la unidad y vamos a la unidad” manifiesta que existe afinidad en la esencia tanto del hinduísmo como del budismo y del cristianismo, y que sus diferencias y contradicciones sólo están en la superficie. La distorsión de una verdad y, por lo tanto, el inicio de las diferentes corrientes, comienza en el momento mismo en el que aquella entra en nuestro mundo de tiempo y de materia, debido a los distintos grados de comprensión y a la necesidad de emplear el lenguaje, de por si insuficiente e imperfecto, para referirse a lo ilimitado, a lo divino.

Otra diferencia aparente entre Este y Oeste es la concerniente a la relación con Dios. Para el oriental la relación con Dios es en términos de consciencia, donde el pecado es la ignorancia, vista como inconsciencia de niveles superiores de mayor amplitud. En la tradición judeo-cristiana la relación se concibe en términos morales, como pecado versus virtud. Pero ambos están interrelacionados. Al situarse la ignorancia en la consciencia y el pecado en la voluntad, son dependientes entre sí. Para el cristiano, Dios es omnipotente allá en el Cielo, y el hombre, su criatura acá en la Tierra, trata de merecer su Gracia mediante la práctica de la virtud. El oriental ve la unidad de Dios en todos los seres y acontecimientos, y busca a Dios dentro de sí como una parte de Dios que es el mismo. A nivel profundo ambas versiones son valederas y convergentes.

Para la tradición hindú, Dios es Sat-chit-ananda (Ser-Conocimiento-Bienaventuranza), pura consciencia. Para el cristianismo, Dios no sólo puede considerarse como un estado de consciencia, sino como una relación de amor. El amor cristiano sería paralelo al ahimsa (la no violencia) del hinduísmo y a la compasión del budismo, aunque cada cual con un carácter distintivo. En la tradición hindú, la persona al final desaparece, pero en la tradición cristiana, la realidad última es personal o interpersonal. Mediante el amor nos salimos de nosotros mismos y nos entregamos a otro, y sin perdernos en el otro somos uno, pero a la vez diferentes. En la consciencia existe una sola identidad, pero no ocurre así en el amor, ya que él implica al amante y al amado, cuya comunión los convierte en uno. Es una paradoja.

Todos tenemos la misma capacidad de trascendernos y experimentar la unidad con Dios, diferenciándonos en los diversos grados de apertura hacia lo divino. Esta posibilidad coincide en las diferentes religiones, aunque con matices. Para el hindú es posible devenir Dios, pero para el cristiano esta realización no puede ser completa para un ser humano. Podemos unirnos a El, experimentar Su amor, pero El estará siempre más allá, debido a nuestras limitaciones. No podemos ser Él.

Se aprecia una marcada diferencia entre Oriente y Occidente en la concepción del tiempo. En las religiones orientales el tiempo es cíclico: personas y avatares vuelven una y otra vez y no hay un final. Hebreos y cristianos, en cambio, tienen un punto de vista lineal donde el tiempo transcurre hacia un final en el que Jesús lleva todo a un nuevo comienzo en otro plano: culminación y trascendencia del tiempo y el espacio
en la resurrección.. Al ser lineal esta perspectiva, esta trascendencia se produciría en un momento histórico, a diferencia del hindú, que transita en su proceso de devenir Dios a través de los ciclos de renacimiento. La base común de estas visiones está en la posibilidad de revelación divina, factible a todos de acuerdo a su capacidad y grado de apertura. Capacidad que puede crecer y llegar a ser total.

Un paso inicial y fundamental para esta transformación es la fe, no en su sentido común de creencia, sino como anhelo de conocimiento profundo. Estrictamente hablando, la fe es una iluminación de la mente, pero se emplea indebidamente como sinónimo de creencia en lo no demostrable. La fe debe llevar a la experiencia, y ésta a la apertura de la mente ante la realidad trascendente, el verdadero conocimiento. Así, la fe debe actuar como motor para un comienzo en el experimentar y conocer. Sin esto, se transforma en teología vacua, puramente intelectual. La mera creencia no nos salva ni nos transforma, es limitada, pasiva. Sólo una “fe conformada por el amor”, una fe real, nos abre a lo divino. Y de esta tenemos poca en el cristianismo, donde muchos sólo creen.

Desde remotos tiempos se ha simbolizado a Dios, la divinidad, la realidad última, con la luz, en oposición a la oscuridad de la ignorancia, el pecado y la muerte. Curiosamente, sin embargo, para el Padre Bede lo supremo se encuentra en la “divina oscuridad”, tras un viaje que sobrepasa a la imaginación, a los pensamientos, a la mente, hasta llegar a Dios, oculto en las profundidades del inconsciente. En el trayecto hay que descartar muchos demonios y distracciones, los que parecieran ser – desde el punto de vista del Padre Bede – fenómenos de la luz. Toda visión sería consecuencia de la luz, de un mundo témporo-espacial, de no-Dios, quien es lo no formado, lo invisible, lo incognoscible. Así, Dios sólo puede ser encontrado en la oscuridad del centro interno del ser.

El cristianismo necesita crecer, reconstruir su teología con nuevos aportes, pues el Platonismo y el Aristotelismo que la fundamentaron en el Medioevo ya se hacen insuficientes. Una fuente de esa nueva savia se puede encontrar en el misticismo oriental, en sus intuiciones profundas coincidentes, más allá de lo exotérico separatista. Otra fuente viva de aporte debería ser la ciencia contemporánea, cuya visión del mundo ha ido penetrando gradualmente todos los estratos y su asimilación tendrá que llevar a una nueva teología. La ciencia está redescubriendo lo sagrado y la realidad reverenciable del universo. Se vuelve a la concepción de que el cosmos se refleja en nosotros. Ella desapareció durante el Renacimiento cuando se instauró la división entre el ser humano como observador separado de un universo material exterior a él. Para el hindú todo es sagrado, pero como el cristiano occidental ha perdido esta visión – que todo pueblo nativo inicialmente tuvo necesita recuperarla. En ese proceso son de gran ayuda las ideas de Einstein, Bohm, Sheldrake, Capra y otros que, al modo occidental, han redescubierto los viejos valores universales. Es una oportunidad histórica única para renovarnos y ampliar nuestro horizonte de comprensión.

Actualmente hay una gran efervescencia por esta búsqueda, lo que ha producido en diferentes niveles acercamientos entre Este y Oeste. El transplante ideológico y cultural es bilateral. Así como occidente se vuelca hacia oriente en busca de respuestas existenciales, así también los orientales implantan en sus pueblos los valores de la tecnificación, industrialización y ciencia occidentales, en contrapunto con la vida tradicional conservada por las generaciones mayores. Todo este movimiento de transferencia debería, a pesar de demoras y conflictos, llevar a una síntesis valiosa para ambos, en la que los valores profundos de ambas partes confluyan y se encuentren. Se puede apreciar en la práctica que las nuevas ideas científicas como la teoría cuántica, el orden implicado o los campos mórficos son aplicables tanto a escala humana como a nivel fundamental, fusionándose así el macrocosmos y el microcosmos en un todo único e indivisible. Las implicancias son de tal magnitud que no se pueden limitar sólo al ámbito científico, sino que comprometen en igual medida a la filosofía, al misticismo, y a toda la consciencia humana.

A pesar de la diversidad de intereses del Padre Bede, su gran obra fue su vida, su búsqueda de simplicidad, su constancia en llevar su comprensión a la experiencia, y su esfuerzo continuo por el logro de la unificación de lo mejor de las religiones oriental y occidental. En especial, la búsqueda de lo que nos une por sobre lo que nos separa, la persecución de las coincidencias por sobre los antagonismos aparentes. Él veía a la hermandad humana subyacer bajo cualquier diferencia aparente, y en forma intuitiva buscaba los puentes de comunión. Esta cualidad se evidenciaba ya en su primera juventud, cuando formó una comunidad con sus amigos en Inglaterra, como alternativa a lo que estimaba como artificioso y superficial en el intelectualismo, la industrialización e incluso las grandes iglesias. Este hombre sensible, que de joven se extasiaba ante la poesía, y que con los años se transformó en un erudito, fue paralelamente descartando de su vida todo lo no esencial, todo artificio y exceso. Supo rodearse de lo mejor de la tradición oriental y del pensamiento occidental, acudiendo a congresos de ciencia y misticismo con la vanguardia de la ciencia contemporánea, leyendo a los más connotados filósofos, teólogos y místicos. Por sobre todo, fue un gran ecumenista que supo aprender de la esencia de todas las corrientes y sintetizarlas en su vida y afán unificador.

Pierre Teilhard de Chardin, su vida, su obra

Pierre Teilhard de Chardin, su vida, su obra

PierreTeilhardSu Vida:
Nace en Sarcenat, Francia, el 1 de mayo de 1881. En 1892 ingresa al colegio de los jesuitas de Nuestra Señora de Mongré, de donde egresa en 1897 con el grado de bachiller. En marzo de 1899 entra al noviciado de la Compañía de Jesús en Provence. En octubre de 1900 se traslada a Laval donde termina su noviciado. Allí pronuncia sus primeros votos en marzo de 1901.

Entre 1902 y 1905 cursa tres años de filosofía en la casa de Saint-Louis (Jersey). Desde 1905 a 1908 se desempeña como profesor de química y física en el colegio de los jesuitas de la Sagrada Familia en el Cairo. Desde 1908 a 1912 inclusive, viene el teologado en Inglaterra. En agosto de 1911 es ordenado sacerdote.

Entre 1912 y 1914 estudia paleontología en Francia. Desde enero de 1915 a enero de 1919 participa en
la Primera Guerra Mundial como camillero, obteniendo distinciones como la Cruz de Guerra en 1915, la Medalla Militar en 1917 y la Legión de Honor en 1920. En marzo de 1918 había pronunciado sus votos solemnes, con lo que realiza su incorporación definitiva a la Compañía de Jesús.

En la Sorbona prepara su licenciatura en ciencias naturales, siendo aprobada su tesis doctoral en marzo de 1922. Además de trabajar en el Laboratorio del Museum, desde 1920, es profesor de paleontología y geología en el Instituto Católico de París hasta 1926, fecha en que sus superiores decidieron que abandonara su cátedra. Lo admiraban como científico, pero lo temían como filósofo y más aún como teólogo, debido a ciertas ideas, sobre temas tan delicados como el pecado original, difundidas en sus conferencias
a la juventud.

En el Museum estudia los mamíferos del período terciario en Europa. Su tesis sobre este tema lo clasifica entre los primeros paleontólogos franceses y lo hace relacionarse con científicos de Estados Unidos, Inglaterra. Bélgica, Suiza y China.

Debido a sus contactos con Marcellin Boule y Henri Breuil, se interesa en estudiar paleontología humana. Recorre las cavernas con pinturas prehistóricas en el noroeste de España. Lo que más le preocupa es la aparición del hombre y la hipótesis de sus lejanos orígenes. En 1924 y 1926 pasa dos períodos en el Museo de Tientsin, en China. En el primero participa en exploraciones de la Mongolia occidental, y en el segundo, de la Mongolia oriental. En 1927 termina en Tientsin su libro El Medio Divino.

Desde 1929 a 1931 es nombrado consejero del Servicio Geológico Nacional Chino, encargado de supervisar todo lo concerniente a los mamíferos fósiles. Participa activamente en las excavaciones de Chu-ku-tien. En diciembre de 1929 se descubre el llamado hombre de Pekín, o sea, el Sinántropo. El padre Teilhard tiene una actuación relevante en determinar si se trata de un mono o de un hombre auténtico. Se le fija una edad de un millón de años.

En mayo de 1931 participa en la Expedición Amarilla que tiene por objeto efectuar excavaciones geológicas y paleontológicas en el Turquestán y en el desierto de Gobi.

Desde 1932 hasta 1938 permanece en China, en el Colegio de los jesuitas en Pekín. Ese lapso es interrumpido por tres estadas en Francia y dos en Estados Unidos. Además, en 1936 va a Java a estudiar el cráneo del pitecántropo, descubierto en Sanciran, haciendo un estudio completo de los estratos del terreno en el que fue hallado. Determina que se trata de un humanoide y deduce que el período paleolítico
de Java está emparentado con el de la India y el de la China.

En 1939, conoce el cráneo del hombre de Neanderthal. En 1940 funda en Pekín el Instituto de Geobiología. Desde 1939 a 1946, permanece bloqueado en Pekín por la Segunda Guerra Mundial. Aprovecha este período para organizar y sintetizar la documentación acumulada. También lee mucho y redacta numerosos escritos filosófico-religiosos. En 1945, termina El Fenómeno Humano.

Permanece en París desde 1947 a 1949 por su salud alterada. En Junio de 1947 sufre un infarto del miocardio que lo tiene 15 días entre la vida y la muerte.

Es promovido al grado de oficial de la Legión de Honor en junio de 1947.

En 1948 se dirige a Roma a solicitar autorización para postular a una cátedra en el Colegio de Francia. Fue recibido muy amablemente, pero la respuesta fue negativa.

En 1950, es elegido miembro de la Academia de Ciencias. Durante 1951, a petición de la Weriner Green Foundation for Anthropological Research, se dirige al Africa austral a fin de estudiar posibilidades de financiamiento para investigaciones antropológicas. En noviembre de ese año llega a Estados Unidos como agregado de esta institución. Su permanencia allí es estable, salvo dos breves viajes: uno a mediados de 1953 al África del Sur y otro a Francia a mitad de 1954.

El 10 de abril de 1955 fallece en Nueva York en forma repentina el día de Pascua de Resurrección. Días antes había dicho: Voy al encuentro de Aquel que viene.

Su Obra:
Además de sus escritos estrictamente científicos dedicados a la geología, paleontología y antropología, publicados durante su vida, escribió una cantidad de ensayos y varios libros filosófico-religiosos, los que sólo fueron publicados después de su muerte. Entre estos libros nombraremos los principales: El Medio Divino El Fenómeno Humano La Aparición del Hombre La Visión del Pasado El Grupo Zoológico Humano Cartas de Viaje El Porvenir del Hombre La Energía Humana – Génesis de un Pensamiento – La Activación de la Energía Humana Himno de Universo.

Todos estos libros fueron publicados por Taurus Ediciones, Madrid, entre los años 1959 y 1965.

Su pensamiento expresado en estas obras ha tenido profundas resonancias a nivel mundial y ha sido objeto de encendidas polémicas enfocadas a clasificarlo ya sea desde el punto de vista de la ortodoxia religiosa, de la ciencia o de la filosofía. Las dificultades que esta clasificación presenta se deben, seguramente, al hecho de que el rasgo principal del pensamiento del padre Teilhard es su espíritu de síntesis. Podríamos decir que éste constituye el núcleo de su personalidad. El aspira a eliminar las divisiones entre las diferentes zonas de la realidad. Superada la dualidad contradictoria de materia y espíritu, desaparece – según él – la oposición entre el mundo y Dios. Nos envuelve, entonces, un único y grandioso proceso de dimensiones cósmicas, que se abre a la libertad cuando la energía determinista, que impulsaba su primeras fases, toma la forma del amor-energía con la aparición de la consciencia humana. Este proceso se va elevando hacia Omega por medio de la evolución.

Su obra es demasiado amplia y profunda para dar un resumen de ella por breve que sea. En cambio, agregamos a continuación lo que opinó sobre él un notable científico contemporáneo suyo, Julián Huxley.

Una opinión sobre el padre Teilhard
Desde mi primer encuentro con el padre Teilhard, en 1946, pude darme cuenta de que había encontrado en él no solamente un amigo, sino el compañero de una aventura intelectual y espiritual. Aunque él contemplaba el problema del destino humano desde el punto de vista de un cristiano y un sacerdote jesuita, y yo desde el de un agnóstico y un zoólogo, nuestros pensamientos habían seguido el mismo proceso y habíamos llegado a conclusiones sorprendentemente parecidas. Es que uno y otro estábamos resueltos a considerar el destino humano – las relaciones del hombre con el cosmos – como un fenómeno que había que observar y estudiar bajo el mayor número de aspectos posibles, pero siempre como un fenómeno y nunca como un problema metafísico, ético o teológico. En tal concepción, el hombre no aparece como una criatura extraña a la naturaleza, sino como un elemento absolutamente esencial del fenómeno de la evolución. El pensamiento y el espíritu no son un epifenómeno incoherente ni una emanación de lo sobrenatural, sino un fenómeno natural de la mayor importancia. La fuerza y la pureza de su pensamiento, unida a la facultad fecunda de comprender y amar todos los valores, han permitido al padre Teilhard dar al mundo un cuadro no sólo de una claridad excepcional. sino además rico en conclusiones irrefutables.

El primer fenómeno que hay que destacar es el de la unidad. El cosmos, con sus dimensiones gigantescas en el espacio y en el tiempo, es uno. Y todo lo que evoluciona es igualmente uno: es la substancia única del universo, con sus propiedades materiales e intelectuales en su combinación necesaria.

El segundo fenómeno es el de la orientación: lentamente, el proceso de la evolución engendra la novedad,
la diversidad, formas superiores de organización. de una manera irreversible. Un aspecto particularmente significativo de esta orientación es la tendencia de las propiedades intelectuales a manifestarse más y a hacerse relativamente más importantes en relación con las propiedades materiales de esa consciencia. Él llama Omega a ese foco de atracción trascendente que asegura la irreversibilidad del ascenso de la humanidad.

El tercer fenómeno es la existencia en el proceso de la evolución de puntos críticos donde la substancia del universo adquiere nuevas propiedades, donde nuevos mecanismos de transformación empiezan a intervenir, donde aparecen nuevas formas de organización. Hasta ahora hay dos puntos críticos de ese género: el origen de la vida – el punto en que la materia se hace capaz de reproducirse a sí misma – y el origen en el hombre de la reflexión constante, el punto en el que se puede decir que el espíritu se ha hecho capaz de reproducirse a sí mismo y en el que la evolución cultural o psico-social se ha sobrepuesto a la evolución biológica. Para atenernos a la Tierra – la única parcela del cosmos donde la existencia de estos puntos críticos nos es efectivamente conocida – según el padre Teilhard, se pueden distinguir tres envolturas o esferas sucesivas: en primer lugar, la geoesfera, teatro de las manifestaciones inorgánicas; a ella se superpuso, hace unos dos mil millones de años, la bioesfera, o sistema evolutivo de la vida orgánica; luego, hace centenares de miles de años, la noosfera, que comprende el sistema evolutivo del pensamiento y de
la consciencia humanos y de sus productos.

El cuarto fenómeno es el de la limitación. En el curso de la evolución orgánica los grupos agotan, los unos después de los otros, sus posibilidades de evolución, y sólo progresan las formas cada vez más limitadas de la vida. Hacia el final del plioceno no quedaba más que una forma de vida capaz de progresos importantes: el hombre, o más exactamente la cepa hominiana, Desde hace algunos millones de años el fenómeno del progreso evolutivo se reduce al fenómeno humano.

En su fase humana, el proceso evolutivo adquiere un carácter enteramente nuevo. En el curso de la fase orgánica, prehumana, cada nuevo tipo que consigue sobrevivir se fracciona, se diferencia, se diversifica en una serie de subtipos, los que producen un gran número de formas de vida biológicamente distintas: lo que llamamos las especies. El hombre es un caso enteramente distinto. Tras un breve período de diferenciación inicial – que produjo las grandes razas o subespecies humanas – la divergencia es sustituida por la convergencia, en primer lugar, de las unidades biológicas o razas humanas distintas, y luego de las unidades psicosociales o conjuntos culturales. Por tanto, aunque es un tipo evolutivo dominante de importancia capital, el hombre representa sólo a una especie biológica y, dentro de unos siglos o milenios, está destinado a no formar más que un solo grupo cultural basado en un marco general único de ideas y creencias.

Esto nos lleva al quinto punto: la evolución del hombre que, por ser esencialmente cultural, depende principalmente del conocimiento que tiene del mundo y de sí mismo. El conocimiento es el fundamento de
la representación justa. La representación define la actitud, y la actitud determina y dirige la acción. Puesto que el método científico – que fundamenta y ordena el conocimiento en base a hipótesis comprobadas por la experiencia o la experimentación – es el método más eficaz para aumentar nuestro conocimiento y nuestra comprensión, su aplicación cada vez más extensa a campos de estudios cada vez más numerosos parece ser la condición previa del progreso. Esto en ningún caso significa negar la importancia de la actividad creadora y su expresión en las artes, las letras y las religiones.

Meister Eckhart

Meister Eckhart

meister-eckhartJohannes Eckhart nació en 1260 en Turingia, en el seno de una noble familia alemana. Ingresó como novicio en el convento dominicano de Erfurt, y estudió en la casa que tenían los dominicos en Colonia, Fue nombrado prior del monasterio de Erfurt y vicario general de Turingia. Al fin del siglo fue enviado a París a especializarse en teología sagrada. En 1302, recibió el título de Magister en esa asignatura y fue elegido como provincial de Sajonia. En 1307, se le nombró vicario general de Bohemia y en 1311 fue enviado de nuevo a París, Luego se trasladó a Estrasburgo como prior, predicador y profesor de teología. Más tarde, enseñó en Colonia.

En 1326, dos años antes de su muerte ocurrida en 1328, se le instruyó un juicio de herejía. Extractaron de sus sermones cuarenta y nueve instancias que se juzgaron contrarias a la fe cristiana. El proceso culminó en marzo de 1329 con la Bula de condenación del papa Juan XXII – poco después de la muerte de Meister Eckhart – condenando como heréticos diecisiete artículos y cuestionando otros once.

Desde entonces, junto con su persona, se eclipsa el recuerdo de su pensamiento. Ambos desaparecen de
la consciencia espiritual del mundo cristiano y caen en el olvido. Queda el interrogante de si esta situación sea causada solamente por el descrédito suscitado por la Bula papal cuya condenación vuelve sospechoso a Meister Eckhart ante la Iglesia entera

Es posible que otra circunstancia de bastante peso se añada a esta: la mayor parte de sus sermones se expresaron en lengua vulgar alemana y nunca fueron puestos por escrito por su autor. Los oyentes tomaron nota de ellos en forma más o menos fidedigna, entregando sus apuntes a copistas que a menudo los modificaban por ignorancia o por prudencia, o los intercalaban entre otros manuscritos, pasando abruptamente de un texto a otro, sin indicar el cambio de autor.

Escribió algunas obras en latín, en la línea ortodoxa, que no llegaron a la posteridad, y algunos Tratados de instrucciones a novicios en alemán vulgar, de los que se conservan unos pocos. También existen manuscritos en conventos de frailes y monjas, ejecutados por aquellos religiosos dirigidos por Meister Eckhart, que anotaban sus instrucciones destinadas a su crecimiento espiritual. Estas notas adolecen de términos imprecisos, con agregados que muchas veces eran comentarios o aclaraciones que estas personas hacían para sí. Con razón Meister Eckhart, al defenderse ante el Tribunal Inquisitorial de Colonia, hizo presente el hecho de que se le atribuían escritos que no eran suyos.

En 1444, el cardenal Nicolás de Cusa tenía para su uso personal una copia en latín de los principales sermones de Meister Eckhart. En 1498, el gran místico dominicano Tauler citaba algunos de sus sermones sin mencionar el autor. En 1816, Franz von Baader descubrió en un manuscrito en la biblioteca de Munich que Meister Eckhart era el maestro e inspirador del místico Tauler. Baader se propuso editar sus sermones y lo comentó con Hegel en 1824.

Este último quedó tan entusiasmado como para citarlo en uno de sus libros: Un monje dominicano del siglo XIII, Meister Eckhart, hacía sermones en los que decía por ejemplo: El ojo con el cual Dios me ve es el mismo ojo con el que yo veo a Dios, Su ojo y mi ojo son un solo ojo. En justicia yo soy pesado en Dios y Él en mí. Si Dios no fuera, yo no sería. Si yo no fuera, Dios no sería. Sin embargo, no es necesario que esto se sepa, Pues estas son las cosas fáciles de mal interpretar y que no pueden ser entendidas sólo por el concepto.

En 1857, apareció una gran obra de Franz Pfeiffer, la que es hasta ahora una base de referencia para todos aquellos que han estudiado a Meister Eckhart. Gracias a este autor, surge del fondo nebuloso de los siglos XIII y XIV los contornos insospechados y prodigiosos de la catedral espiritual que es la obra de Meister Eckhart. Desde allí lo cita Schopenhauer en su libro El Mundo como Voluntad y Representación.

Van a continuación algunos pensamientos extractados de los sermones de Meister Eckhart:

La oración más intensa, y verdaderamente la más poderosa para obtenerlo todo, es la que brota de un espíritu que ha renunciado a sí mismo. Cuanto más ha renunciado, más intensa es su oración, y tanto más dignas, útiles y elogiables son sus obras. El espíritu que ha hecho renuncia de sí lo puede todo. Nada le perturba, a nada está ligado, no ha vinculado su bien supremo a nada en particular, no considera de ninguna manera nada como suyo, se ha entregado por completo a la voluntad divina y ha salido de sí.

La gente no debiera pensar tanto en lo que hace, debiera pensar en lo que es. Si las personas fueran buenas y lo fuera también su manera de ser, sus obras deberían brillar con esplendor. Si eres justo, tus obras también son justas. No pienses que la santidad se funda en los actos, la santidad debe fundarse en el ser. No son las obras las que santifican, somos nosotros quienes debemos santificar las obras, Por santas que ellas sean, no nos santifican absolutamente nada en tanto que obras. sino en la medida en que son santos nuestro ser y nuestra naturaleza. En esa medida lo santificamos todo, ya sea dormir, velar, comer o cualquier otra actividad. Repara, por lo tanto, en el celo que es preciso poner en ser bueno, porque ello es el fundamento de tus obras.

En todos sus actos y en cada ocasión, un hombre debiera usar su razón atentamente, siendo al mismo tiempo sutilmente consciente tanto de sí mismo como de su naturaleza interna, dirigiéndose hacia Dios en todo momento tanto como le sea posible. El hombre debiera ser – como el Señor dijo – Igual a aquellos que esperan a su Señor en todo tiempo y que no duermen. En realidad, el hombre que espera así está vigilante y en expectación, porque Él puede venir de cualquiera parte y bajo cualquier aspecto (que a veces nos puede parecer muy extraño), así que debiéramos estar conscientemente vigilantes a la venida de nuestro Señor en todo momento.

Quien posee a Dios en su esencia, capta a Dios según el modo de Dios. Para él Dios resplandece en todas las cosas. Todas las cosas tienen para él el sabor de Dios. Él ve su imagen en todo lo que lo rodea. En él
se realiza una separación y un abandono de todo y la imagen de su Dios, bien amado y presente, se imprime en él. Así sucede con aquel que ama a alguien ardientemente y con todas sus fuerzas. No experimenta gusto ni pone el corazón en ninguna otra cosa – sea cual fuere – piensa solamente en el amado y absolutamente en nada más. Sin importar dónde esté y con quién esté, haga lo que haga, jamás su amor
se extingue en él, en todas las cosas encuentra la imagen de quien ama, y ella está tanto más presente cuanto más fuerte se torna su amor. Este hombre no busca el reposo, porque ninguna inquietud lo agita.

Se conoce el amor verdadero y perfecto por la gran esperanza y la confianza que se tiene en él, porque nada puede dar mayor prueba de un amor perfecto que la confianza. El amor profundo y perfecto que una persona experimenta por otra da origen a la confianza, Así mismo, sea cual fuere la confianza que se atreva a tener uno mismo en Dios, la encuentra verdaderamente en Él, y mil veces mayor. Y de la misma manera que un hombre no puede nunca amar demasiado a Dios, jamás podrá un hombre tener demasiada confianza en Dios. Ninguna otra cosa que pueda hacerse será más fructífera que eso. Con todos aquellos que han tenido una gran confianza en Él, jamás ha dejado de llevar a cabo grandes cosas. Con todos ellos ha mostrado claramente que tal confianza tiene por origen el amor, porque el amor no tiene solamente confianza, tiene también un verdadero conocimiento y una seguridad exenta de toda duda.

Un espíritu que ha renunciado a sí mismo es aquel al que nada perturba, que a nada está ligado, que está totalmente inmerso en la voluntad divina y que ha salido de sí mismo. Debe primeramente abandonarse a sí mismo, y así habrá abandonado todas las cosas, La voluntad es perfecta y recta cuando se ha desposeído totalmente, despojado de sí mismo, modelado y formado sobre la voluntad de Dios.

He dicho tal vez que hay un poder en el alma que sólo es libre. A veces lo he llamado el guardián del espíritu, otras veces, la luz del espíritu, a veces he dicho que es como una pequeña chispa, pero ahora digo que no es lo uno ni lo otro, ni esto ni aquello, y todavía es algo que va más allá que esto y aquello. Más que cuánto conocemos de los cielos sobre la tierra. Y así lo llamaré de una manera más noble de lo que había hecho hasta ahora, y todavía se niega al nombre y al modo más noble porque lo transciende todo. Está libre de todos los nombres, está vacío de todas las formas, del todo libre y seguro como lo es Dios mismo. Y es completamente uno y simple como Dios y de ningún modo puedes mirarlo.

En tanto poseas la voluntad de hacer la voluntad de Dios y tengas el menor deseo por la eternidad y por Dios, no eres realmente pobre

Dios es un Dios del presente; tal como Él encuentra al hombre, así lo toma y lo acepta, no por lo que ha sido antes sino por lo que es ahora.

Cuando la naturaleza alcanza su punto más alto, entonces Dios dispensa su Gracia, En el mismo momento en que el espíritu está dispuesto, Dios entra en él sin dilación ni hesitación. En el Libro de la Revelación está escrito: He aquí que estoy a la puerta y llamo, si alguno oyere mi voz y abriere la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo. (Ap. 3, 20). No necesitas buscarlo a Él aquí y allá. Él no está más lejos que la puerta de tu corazón. Allí Él espera por quien esté listo para abrirle y dejarle entrar. No tienes que llamarlo, Él está junto a ti y espera que le abras. Él suspira por ti mil veces más intensamente de que tú lo haces por Él. La apertura y la entrada suceden en un solo instante.

El amor es como el anzuelo del pescador. La caña no puede alzar al pez mientras este no sea atrapado por el anzuelo. Si el pez traga el anzuelo, el pescador está seguro de capturarlo por mucho que él trate de escapar. Igual es con el amor. Quien está atrapado por él, es retenido por el más fuerte de todos los lazos y soporta un dulce fardo. Quien haya tomado sobre sí ese dulce fardo, consigue más y llega más lejos que con todas las prácticas de penitencia y mortificación en las que un hombre pueda ejercitarse, Él es capaz de soportar y de sufrir alegremente todas las pruebas que Dios quiera enviarle. Nada te lleva tan cerca de Dios y hace a Dios tan tuyo como ese lazo de amor.

La muerte separa el alma del cuerpo, pero el amor separa todas las cosas del alma. El amor no soporta nada que no sea Dios y lo divino. Quien sea capturado en esa red y camine por ese camino, cualquier cosa que haga o no haga, el amor lo hace. La más pequeña tarea o acción de tal hombre es más útil y provechosa para él y para los otros, y más placentera ante los ojos de Dios, que las acciones de aquellos que – aun no cometiendo pecados – tengan menos amor.

Dios es pura esencia y no hay otra cosa en Él que esencia pura. Si yo digo que Dios es Dios, o es bueno, o es misericordioso, o lo que quiera que sea lo que yo diga de Dios, no equivale a otra cosa que a decir Dios es. Es su divinidad, su eternidad, su omnisciencia de la que hablo cuando afirmo que Dios es bueno o sabio. Es por eso que Él ordenó a Moisés decir: Aquel que se llama Yo Soy me ha enviado hacia ti. (Exod,, 3, 14).

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