El Dr. Jekill y Mr. Hyde

El Dr. Jekill y Mr. Hyde

Comencemos comparando las descripciones de Jekyll y Hyde que nos ofrece Stevenson. Jekyll era un hombre de unos cincuenta años, alto, fornido, de rostro delicado, con una expresión algo astuta, quizás, pero que revelaba inteligencia y bondad. No existe, por tanto, razón alguna para suponer que Jekyll careciera de cualidades positivas. Tan sólo la alusión a su expresión algo astuta nos hace sospechar que bajo su apariencia apacible y bondadosa podría ocultarse una personalidad mucho más problemática.

En otro momento el mismo Jekyll se describe a sí mismo con más detalle diciendo que era un hombre merecedor del respeto de los mejores y más sabios de mis semejantes, lo cual confirma que su aparente bondad y amabilidad encubría un deseo desmedido de aprobación social que le llevó a adoptar una pose ante la galería o, lo que es lo mismo, que su amabilidad tenía como único objetivo conseguir la aprobación y el respeto de los demás.

Jekyll, sin embargo, también subraya otro rasgo de su personalidad, una disposición alegre e impaciente que termina conduciéndole a una búsqueda de ciertos placeres difícil de compaginar con su imperioso deseo de gozar de la admiración de los demás, una contradicción que le hizo adoptar una actitud de continencia desusadamente grave. En otras palabras, su exagerada rigidez era una máscara que cumplía con la función de proteger esa faceta de su personalidad que deseaba mantener oculta y por la que sentía una vergüenza casi morbosa. En consecuencia, Jekyll escribió: Oculté mis placeres y… me entregué a una doble vida.

Jekyll demuestra tener cierto grado de comprensión psicológica. Cuando se da cuenta de la dualidad de su propia naturaleza declara que el hombre no es verdaderamente uno, sino dos e incluso aventura la hipótesis – confirmada por los recientes descubrimientos de la psicología profunda – de que el ser humano es un conglomerado de personalidades diversas. Jekyll advierte que su dualidad es verdadera y primitiva, es decir, arquetípica y, por tanto, inseparable de la estructura psicológica fundamental del ser humano.

Lamentablemente, sin embargo, la profundidad de su comprensión psicológica – que podría haber contribuido a un desarrollo considerable de su consciencia – se ve dificultada, como veremos más adelante, por un desafortunado error de apreciación.


Stevenson describe a Hyde como un hombre joven, de corta estatura y apariencia perversa que da la impresión de tener algún tipo de deformidad. No parecía un ser humano sino un monstruo, un ser cuya mera visión despertaba la repugnancia y el rechazo de los demás, un individuo carente del más mínimo asomo de conciencia moral y de sentimiento de culpa que tenía la misma sensibilidad que un banco de madera y que parecía incapaz de cualquier tipo de sentimiento humano.

La sombra contiene toda la energía reprimida inconsciente, por tanto no debe extrañarnos que Hyde sea descrito como un individuo joven. Es por ello que cuando el individuo toma consciencia de la sombra suele establecer contacto con una fuente de energía renovadora. Por otra parte, su corta estatura y su apariencia deforme indican que la sombra de Jekyll no había salido muy a menudo a la luz del sol y que se había visto obligado – como los árboles que crecen entre rocas a la sombra de otros árboles – a vivir la mayor parte del tiempo en la oscuridad del inconsciente.

La ausencia de conciencia moral de Hyde, descrita por Jekyll como una disolución de los vínculos de todas mis obligaciones, constituye también una característica fundamental de la sombra. Pareciera como si la sombra abandonara los sentimientos y las obligaciones morales en manos del ego y entonces, carente ya de conciencia moral, se entregase a la satisfacción de todo tipo de impulsos prohibidos. No obstante, el aspecto más relevante de Edward Hyde proviene del comentario hecho por Jekyll cuando tomó la pócima y se transformó en Hyde por vez primera: Supe… que era ahora más perverso, diez veces más perverso, un esclavo vendido a mi maldad original.

Al comienzo del relato Jekyll nos habla de una cierta disposición alegre e impaciente, un rasgo de su personalidad que le conduce a una búsqueda del placer que puede llevarle a cometer alguna que otra travesura. Pero una vez que se ha convertido en Hyde descubre que su perversión va mucho más allá de lo que nunca hubiera podido imaginar. Esta descripción nos muestra que la sombra no se asienta tan sólo en los estratos más profundos de la personalidad sino que también hunde sus raíces en un nivel arquetípico tan poderoso que Jekyll llega a decir que Hyde es el único ser humano que conoce la maldad en estado puro.

De este modo, las candorosas travesuras de Jekyll pronto terminan convirtiéndose en una actividad realmente diabólica, como lo demuestra el espantoso asesinato del Dr. Carew llevado a cabo por el simple placer de destruir y hacer el mal. Es esta misma cualidad diabólica arquetípica – que resulta también evidente en todas aquellas situaciones en las que una persona mata a sangre fría a otras sin el menor remordimiento aparente, como en el crimen o la guerra, lo que nos conmociona, nos fascina y nos arrastra a leer diariamente las horribles noticias que aparecen en las páginas de sucesos del períódico.

En cierta ocasión C. G. Jung dijo que somos lo que hacemos, lo cual puede ayudarnos a comprender mejor la causa del proceso de degradación de Jekyll. Una vez que Jekyll ha tomado – aunque no fuera más que en una sola ocasión – la decisión de ser Hyde, tiende a convertirse en Hyde porque la decisión deliberada de hacer el mal nos torna malvados. Es por ello que la solución al problema de la sombra no consiste en que el ego se identifica con un arquetipo, sino que tiende a ser devorado y poseído por él. Jekyll albergaba la esperanza de poder convertirse en Hyde a voluntad, pero cuando se da cuenta de que se está transformando involuntariamente en Hyde y de que éste comienza a dominarle, parece tomar consciencia del inminente peligro que se cierne sobre él. Entonces la seguridad inicial que le había llevado a afirmar puedo deshacerme de ese tal Mr. Hyde en el momento en que lo desee desaparece por completo.

Esta despreocupación por el mal es patente en el pasaje en el que Jekyll se sienta en un banco y considera que, después de todo, es un hombre como los demás y compara su búsqueda comprometida del bien con la perezosa crueldad del egoísmo de sus semejantes. Así pues, su indiferencia con respecto al mal y su deseo de escapar a la tensión de su naturaleza dual son los hitos que jalonan el camino que termina conduciéndole a la destrucción. En ese momento Jekyll toma la firme determinación de romper todo vínculo con Hyde, la parte oculta de su personalidad, llegando incluso a declarar a Utterson: Te juro por el mismo Dios… te juro por lo más sagrado, que no volveré a verle nunca más. Te doy mi palabra de caballero de que he terminado con Hyde para el resto de mi vida.

Jekyll retoma entonces su antigua vida, se convierte en un devoto y se entrega con ahínco a las obras de caridad. Pero, al parecer su devoción religiosa era puramente formal – y, por tanto, poco sincera – y se limitaba a asistir a los oficios religiosos. Su única esperanza era la de que su aspiración religiosa le protegiera del poder de Hyde, una motivación muy frecuente en personas aparentemente religiosas, especialmente en aquellas confesiones que censuran el pecado, amenazan con el castigo eterno y promueven las buenas obras como único camino hacia la salvación.

Este tipo de religiosidad, en el fondo, tiende a atraer a quienes luchan, consciente o inconscientemente, por mantener a la sombra bajo su control. En el caso de Jekyll, sin embargo, esta tentativa manifiesta su ineficacia ya que, de ese modo, la sombra no desaparece sino que, por el contrario, se acrecienta y pugna, con más fuerza que nunca, por salir a la superficie y adueñarse de la personalidad de Jekyll para poder vivir a su antojo.

Todo intento por mantener a la sombra confinada a la oscuridad del psiquismo está abocado al fracaso. De este modo, Stevenson nos recuerda que, si bien ceder a los dictados de la sombra no constituye una respuesta a este problema, tampoco lo es su represión ya que ambas alternativas terminan escindiendo en dos a la personalidad. Si lo consideramos con más detenimiento, tanto su intención de cortar toda relación con Hyde como su supuesta religiosidad nada tienen que ver con la conciencia moral sino más bien con su deseo de supervivencia personal.

No son pues motivos espirituales los que le impulsan a tratar de someter a Hyde sino tan sólo el miedo a su propia destrucción. El hecho de que incluso en plena crisis de arrepentimiento no terminara destruyendo las ropas de Hyde ni abandonase su casa en el Soho evidencia claramente que bajo la superficie de su personalidad todavía persistía una atracción no reconocida hacia el mal. Jekyll sólo hubiera podido salvarse del mal si su espíritu se hubiera impregnado de algo mucho más poderoso, pero al ceder al impulso de transformarse en Hyde, Jekyll vació su alma y, de este modo, permitió que el mal tomara posesión de ella. Su principal error fue el de pretender escapar de la tensión entre los opuestos que se desplegaban en su interior.

Como ya hemos visto, el Dr. Jekyll conocía la dualidad que albergaba en su propia naturaleza, era consciente de que dentro de él habitaba otro ser cuyos deseos iban en contra de su necesidad de aprobación social y estaba dotado, por lo tanto, de una comprensión psicológica superior a la de la mayoría de sus semejantes. Si hubiera profundizado en esta comprensión hasta el punto de sostener la tensión entre los opuestos su personalidad hubiera podido seguir creciendo hacia la individuación.

Sin embargo, Jekyll no fue capaz de sostener esa tensión y eligió tomar una pócima que le permitiera seguir siendo Jekyll y Hyde y disfrutar, al mismo tiempo, de los placeres y ventajas de ambos aspectos de su psiquismo sin tener que padecer, por ello, tensión ni sentimiento de culpa alguno. Jekyll no se sentía responsable de Hyde, por ello declaró en cierta ocasión: Después de todo el único culpable ha sido Hyde.

Aquí reside la clave para intentar resolver el problema de la sombra. Jekyll cometió el error de querer escapar de la tensión de los opuestos. Si queremos que nuestro propio drama con la sombra concluya felizmente debemos ser capaces de sostener la tensión que Jekyll no pudo soportar. Tanto la represión de la sombra como la identificación con ella constituyen intentos infructuosos de huir de la tensión de los opuestos, meras tentativas de aflojar las ataduras que mantienen unidos los aspectos luminosos y los aspectos oscuros de nuestro psiquismo.

Así pues, si bien el intento de escapar al sufrimiento que provoca esta situación puede conducimos al desastre psicólógico, el hecho de sostener la tensión de los opuestos conlleva, en cambio, la posibilidad de contribuir al logro de una mayor integración psicológica. Sostener la tensión de los opuestos, estar a mitad de camino entre ellos, es un acto difícil de soportar que puede equipararse a la crucifixión, un estado en el que es posible que la gracia de Dios descienda sobre nosotros. El problema de los opuestos no admite una solución racional y jamás podrá resolverse en el nivel del ego, pero cuando tomamos consciencia de ello, el Yo Superior – la Imago Dei que habita en nuestro interior – puede favorecer el logro de una síntesis irracional de la personalidad.

Por decirlo de otro modo, cuando soportamos conscientemente la carga de nuestros opuestos, todos los procesos secretos, irracionales y curativos inconscientes coadyuvan en la labor de integración de nuestra personalidad. Este proceso de curación irracional, que supera obstáculos aparentemente infranqueables, tiene una cualidad inconfundiblemente femenina. La mente racional, lógica y masculina es la que declara que opuestos como el ego y la sombra, la luz y la oscuridad jamás podrán integrarse. Sin embargo, el espíritu femenino es capaz de alcanzar una síntesis más allá de la lógica.

Los 100 Poemas de Kabir

Los 100 Poemas de Kabir

KABIR2Kabir es uno de los más importantes poetas místicos de todos los tiempos. Nacido en Benarés, India, en el s. XV, se cree que tuvo por maestro al sabio Ramananda. Además de poeta fue músico y artesano; formó una familia, y muchos lo tienen por santo. Se apartaba del ascetismo y desconfiaba del culto y del dogma, proclamando que lo Divino está en todas partes y es accesible a todos los buscadores sinceros. Lo que nos llega hasta nuestros días son sus poemas, escritos desde, y dirigidos hacia el corazón de todos, y que hablan de la esencia de cualquier religión.

I
¿Dónde me buscas, oh, servidor mío?
¡Mírame! Estoy junto a ti.
No estoy en el templo ni en la mezquita,
ni en el santuario de La Meca,
ni en la morada de las divinidades hindúes.
No estoy en los ritos y las ceremonias,
ni en el ascetismo y sus renunciaciones.
Si me buscas de veras me verás enseguida,
y llegará el momento en que me encuentres.

Kabir dice:
Dios, ¡oh Santo!, es el aliento de todo lo que respira.

II
Inútil preguntar a un santo
cuál es la casta a que pertenece,
puesto que los sacerdotes, guerreros,
los mercaderes y las treinta y seis castas de la India,
todos aspiran igualmente a Dios.
Hasta resulta una locura preguntar
cuál puede ser la casta de un santo;
barberos, lavanderas, carpinteros,
todos buscan a Dios.
El propio Raidas era un buscador de Dios.
El Rishi Swapacha pertenecía a la casta de los curtidores.
Hindúes y musulmanes,
también ellos alcanzaron el límite
donde se borran todas las marcas diferenciales.

III
¡Oh, amigo! Espera en Él durante tu vida,
conoce durante tu vida, comprende durante tu vida,
pues en la vida está tu liberación.
Si no desatas tus ligaduras durante la vida,
¿qué esperanza de liberación tendrás en la muerte?
Creer que el alma se unirá a Él
sólo porque haya abandonado el cuerpo,
es una idea absurda.
Si lo hallamos ahora, lo hallaremos luego.
De lo contrario,
permaneceremos en la ciudad de la muerte.
Si te unes a Él en el presente, lo estarás en la Eternidad.
Báñate en la Verdad; conoce al Maestro Verdadero;
ten fe en su Nombre.

Kabir dice:
Lo que nos ayuda es el Espíritu de búsqueda constante;
soy esclavo de ese Espíritu.

IV
No vayas al jardín florido, no vayas, ¡oh amigo!
En ti están el jardín y sus flores.
Inclínate sobre el loto de los mil pétalos,
y contempla allí la Infinita Belleza.

V
¿Cómo podré, ¡oh hermano!, renunciar a Maya?
Cuando deshice el nudo de mis cintas,
todavía me quedó sujeto el vestido;
cuando me quité el vestido,
aún me cubrían el cuerpo sus pliegues.
Y así, cuando abandono mis pasiones, mi cólera persiste.
Y cuando renuncio a la cólera, aún queda la envidia.
Y cuando venzo a la envidia,
todavía persisten mi vanidad y mi orgullo.
Cuando el espíritu se libera, arrojando a Maya,
aún queda prendido en la letra.

Kabir dice:
Óyeme bien, querido Sadhu:
la verdadera senda no es fácil de encontrar.

VI
La luna brilla en mi interior,
pero mis ojos ciegos no pueden verla.
La luna está en mí, lo mismo que el sol.
Sin que lo toquen,
el tambor de la eternidad resuena en mi interior,
pero mis oídos sordos no pueden oírlo.
Así, en tanto que el hombre reclame el yo y lo mío,
sus obras serán como cero.
Cuando todo amor del yo y de lo mío haya muerto,
entonces es cuando se consumará la obra del Señor.
Que el trabajo no tenga otro afán que el conocimiento.
Alcanzado el conocimiento, déjese el afán.
El afán de la flor es el fruto;
cuando el fruto madura, la flor se marchita.
El ciervo contiene el almizcle,
aunque no lo busca en sí mismo,
sino husmeándolo en la hierba.

VII
Cuando se revela a sí mismo,
Brahma descubre lo invisible.
Como el grano está en la planta,
como la sombra en el árbol,
como el espacio en el cielo,
como infinidad de formas están en el espacio,
así, desde el más allá del Infinito, el Infinito viene,
y el Infinito se prolonga en lo finito.
La criatura está en Brahma, y Brahma está en la criatura;
son para siempre distintos,
aunque estén para siempre unidos.
Él mismo es el árbol, el grano y el germen.
Él mismo es la flor, el fruto y la sombra.
Él es el sol, la luz y todo lo que se ilumina.
Es Brahma, la criatura y la ilusión.
Es la forma múltiple, el espacio infinito.
Es el aliento, la palabra, la idea.
Es lo limitado y lo ilimitado,
y más allá de lo limitado y de lo ilimitado,
es el Ser puro.
Es el espíritu inmanente en Brahma y en la criatura.
El Alma suprema se ve en el interior del alma.
El punto último se ve en el Alma suprema.
Y en ese punto aún se reflejan las creaciones.
Kabir es bendito porque goza de esta visión suprema.

VIII
El vaso terrestre acuna las campiñas y los boscajes; en él se halla el Creador.
En ese vaso están los siete océanos
y las innumerables estrellas.
Dentro están el artífice y su piedra de toque.
En él resuena la voz del Eterno,
que hace surgir la primavera.

Kabir dice:
Óyeme, amigo mío:
mi Señor bienamado se halla en ese vaso.

IX
¿Cómo podría yo jamás pronunciar
esas palabras misteriosas?
¿Cómo podría yo decir:
Él no es como esto y es como aquello?
Si digo que Él está en mí,
el universo se escandaliza de mis palabras.
Si digo que está fuera de mí, miento.
De los mundos internos y externos,
Él hace una unidad indivisible.
Lo consciente y lo inconsciente
son los taburetes de sus pies.
Ni se manifiesta ni se oculta; no es revelado ni irrevelado.
No hay palabras para decir lo que Él es.

X
Atrajiste mi corazón hacia ti, ¡oh Fakir!
Me hallaba dormido en mi alcoba
y tú me despertaste con tu impresionante voz, ¡oh Fakir!
Me hundía en las profundidades
del océano de este mundo,
y Tú me has salvado
sosteniéndome en tu brazo,
¡oh Fakir!
Una sola palabra de Ti, no dos,
y me liberas de todas las cadenas, ¡oh Fakir!

Kabir dice:
Has unido tu corazón a mi corazón, ¡oh Fakir!

XI
Antes, yo jugaba día y noche con mis compañeras,
y ahora tengo miedo.
El palacio de mi Señor está tan alto,
que mi corazón tiembla de subir;
pero no debo ser miedosa si quiero gozar de Su amor.
Mi corazón ha de buscar a mi Bienamado,
he de quitarme el velo y unir a Él todo mi ser.
Mis ojos serán dos lámparas de amor.

Kabir dice:
Oyeme, amiga mía: Él comprende quién lo ama.
Si no languideces de amor por el Único Bienamado,
es inútil que adornes tu cuerpo;
es en vano que te pongas ungüento sobre los párpados.

XII
Cuéntame, ¡oh cisne!, tu antigua historia.
¿De qué país vienes, oh cisne?
¿Hacia qué riberas encaminas tu vuelo?
¿Dónde descansarás, ¡oh cisne!, y qué es lo que buscas?
Despiértate esta misma mañana, ¡oh cisne!,
levántate y sígueme.
Hay un país donde no imperan ni la duda ni la tristeza,
donde ya no existe el terror de la muerte.
Allí, los bosques primaverales están en flor,
y la brisa nos trae un perfume que dice: “Él soy Yo”.
Allí, la abeja del corazón
penetra profundamente en la flor,
sin aspirar a otro goce.

XIII
¿Quién te servirá, oh, Señor increado?
Cada fiel adora al Dios que él se crea;
cada día recibe sus favores.
Algunos no lo buscan a Él, al Perfecto,
a Brahma, al indivisible Señor.
Creen en diez Avatares;
pero un Avatar que sufra las consecuencias de sus actos
no puede ser el Espíritu infinito.
El Uno Supremo debe ser otro.
Los yoguis, los sanyasis, los ascetas, dispútanse entre sí.

Kabir dice:
¡Oh, hermano!,
aquel que ha visto la irradiación de su amor,
ése está salvado.

XIV
El río y sus olas forman una misma superficie:
¿Qué diferencia hay entre el río y sus olas?
Cuando la ola se levanta es agua,
y al caer sigue siendo agua.
Decidme ¿dónde está la diferencia?
Porque la hayan nombrado ola,
¿ya no se la considerará como agua?
En el seno del Supremo Brahma,
los mundos se engarzan como las cuentas de un rosario.
Contempla ese rosario con los ojos de la sabiduría.

XV
Donde reina la Primavera, señora de las estaciones,
se escucha una música misteriosa.
Torrentes de luz caen por doquiera.
Pocos hombres pueden alcanzar esas riberas,
donde millones de Krishnas
se mantienen cruzados de brazos,
donde millones de Vishnús se prosternan,
donde millones de brahmanes leen los Vedas,
donde millones de Shivas se abstraen en contemplación.
Allí, millones de Indras y de innumerables semidioses
tienen al cielo por morada.
Allí, millones de Saraswatis, diosas de la música,
tañen la vina.
Allí, mi Señor se revela a Sí mismo,
y el perfume del sándalo y de las flores se esparce
en todos los dominios del espacio.

XVI
Entre los polos de lo consciente y de lo inconsciente,
el espíritu oscila.
Es el columpio donde están suspendidos
todos los seres y todos los mundos,
cuya oscilación nunca cesa.
A él se aferran millones de seres;
en él se columpian la luna y el sol en su carrera.
Transcurren millones de edades,
y el columpio sigue con su movimiento.
Todo oscila: el cielo y la tierra, el aire y el agua,
y el Señor mismo ahí personificado.
Y la visión de todo ello
ha hecho de Kabir el servidor de su Dios.

XVII
La luz del sol, de la luna y de las estrellas
fulgura con vivo resplandor:
la melodía amorosa asciende cada vez más,
acompasada al ritmo del amor puro.
Día y noche, el coro llena los cielos,

y Kabir dice:
Mi único Bienamado me deslumbra como el relámpago.
¿Sabéis cómo expresan su adoración los instantes?
blandiendo su círculo de luces,
el universo día y noche canta adorando.
Allí, dice Kabir, la adoración no cesa jamás.
Allí está en su trono el Señor del universo.
El mundo entero ejecuta su obra y comete sus yerros;
pero pocos son los amantes que conocen al Bienamado.
Como se mezclan las aguas del Ganges y del Jumna,
así se mezclan en el corazón del hombre piadoso
las dos corrientes del amor y del sacrificio.
En su corazón, el agua sagrada se esparce día y noche,
y así concluye el ciclo de los natalicios y de los óbitos.
¡Qué inefable reposo en el Espíritu Supremo!
Sólo lo goza quien lo busca.
Sujeto por las cuerdas del amor,
va y viene el columpio oceánico del gozo,
y hay un potente estallido de canciones.
¡Ved aquel loto que florece sin agua!

Y Kabir dice:
La abeja de mi corazón liba su néctar.
¡Maravilloso loto florecido en el corazón del universo!
Sólo las almas puras conocen sus delicias verdaderas.
La música vibra por doquiera,
y el corazón participa en el gozo del mar infinito.

Kabir dice:
Sumérgete en ese océano de dulzura,
y deja que vuelen lejos
todos los errores de la vida y de la muerte.
Ya ves cómo aquí se sacia la sed de los cinco sentidos,
ya no existen las tres formas de la miseria.

Kabir dice:
Estamos en lo Inaccesible;
miraos adentro
y veréis cómo brillan en vosotros los rayos de luna
de Dios escondido.
Allí late el ritmo de la vida y de la muerte.
Ahí surgen los arrobamientos,
todo un espacio radiante de luz.
Allí se escucha la misteriosa música,
que es la del amor de los tres mundos.
Allí arden los millones de lámparas del sol y de la luna.
Allí resuenan por doquiera los amorosos cánticos,
llueven ondas de luz,
y el adorador saborea con delicias el celeste néctar.
Ved la vida y la muerte:
ya no hay entre ellas separación alguna.

Kabir dice:
El sabio enmudecerá,
pues la Verdad no puede hallarse en los libros ni en los Vedas.
Me he asociado al armonioso equilibrio del Uno.
He bebido la copa de lo inefable.
Encontré la clave del misterio.
Alcancé la raíz de la Unión.
Viajando sin camino llegué al país sin dolor,
y la gracia del Gran Señor
ha descendido dulcísima en mí.
Se canta al Dios infinito como si fuera inaccesible;
pero en mis meditaciones, sin mis ojos yo lo he visto.
Es, de cierto, el país sin sufrimientos,
y nadie sabe el camino que a Él conduce.
Sólo aquel que encontró ese camino
va más allá de la región de los dolores.
Maravilloso país,
que no puede pagarse con ningún mérito.
El sabio lo ve, el sabio lo canta.
Tal es la última palabra;
pero ¿cómo expresar su maravilloso sabor?
Aquel que la saborea una vez,
sólo él sabe el gozo que puede dar.

Hafiz de Shiraz

Hafiz de Shiraz

Los Gazales de HafizHafiz de Shiraz fue un poeta persa nacido en los alrededores del 1325 de nuestra era en el actual Irán, y del que se sabe relativamente poco. Que era sufí, que había memorizado el Corán en la infancia (como presupone su nombre artístico, que significa “preservador”), y servido como poeta de la corte luego de haber pasado por diversos oficios. Sus versos han sobrevivido más que sus datos biográficos precisos. Recientemente encontramos una bella edición antigua numerada de su “Gazales de Hafiz”, y quisimos compartir algunos de estos ghazals, escogidos arbitrariamente. Lo presenta Charles Devillers, en el Prefacio que transcribimos a continuación:

Prefacio

Ferdusi, Saadi y Hafiz son los tres grandes nombres de la poesía persa. En el célebre “Diván” de este último hemos tomado los gazales que van a leerse, dichosos si los perfumes de los prestigiosos poemas que los componen se conservan en ellos –oloroso recuerdo- como el de las rosas que no había podido trasladar con vida el juicioso Saadi.

Sí, como en los famosos “Rubáiyat”, hallamos el estribillo báquico repetido bajo tantas formas, no se trata, a pesar de la aparente concordancia, de que Hafiz nos lo dé como la última palabra de la sabiduría humana, sino porque la embriaguez es para él el símbolo del más alto grado de amor. Por otra parte, más y mejor que por las palabras, la embriaguez así entendida se traduce sin riesgo de error por lo aparentemente deshilvanado de la mayor parte de los gazales y por la singular pero sugestiva incoherencia de los dísticos, apenas ligados por un hilo, tenue hasta perecer invisible, lo cual hace que algunos de ellos se los diría soñados en alta voz por un hombre en éxtasis. En todo caso, ambos poetas revelan su parentesco casi únicamente por el vocabulario. Estamos aquí muy lejos del pesimismo amargo y de la ironía de Khayyám. Desde nuestros primeros pasos en ese jardín que es el “Diván” de Hafiz vivimos en pleno ensueño, en medio de un mundo encantado.

Hafiz es, en efecto, el más delicado, el más refinado de los poetas persas. Para traducirse, su amor coge todas las flores de la vida. Cuando quiere dar, hasta en una sola frase y hasta en una sola palabra, uno de esos gritos humanos que nos conmueven y aprehenden, usa, a veces hasta el exceso, de los recursos verbales que le suministra la retórica de su tiempo y de su raza, pero en artista que también conoce la sobriedad y su riqueza secreta.

Nadie puede permanecer insensible ante la bella y enternecedora melancolía de los gazales. Hafiz es un hombre simple y verdadero, magníficamente dotado para el canto lírico, y su amor, tan raramente un triunfo y tan a menudo una tortura, es el de un hombre que conoció todas las peripecias de lo que él llama el “Viaje”, la carrera, sin meta aparente, que va de la primera sonrisa a las lágrimas del último adiós.

La biografía de Hafiz puede ser expuesta en algunas líneas. Nació en Chiraz en la primera parte del siglo XIV, y no se tiene por cierta sino la fecha de su muerte: 791 de la hégira, 1388 de la era cristiana. De oscuro nacimiento, debió a su genio ser objeto, alternativamente, del favor y del disfavor de los reyes persas; pero su gloria, que aún en vida de él brillaba, no se apagó jamás. Su tumba, que existe siempre a orillas del río Buknabad, es un lugar de peregrinaje y meditación. Muéstrase allí todavía un ciprés que él mismo habría plantado y que, como él deseaba, proyecta “su tranquila sombra sobre el polvo de sus deseos”.

“Duerme el poeta –dice el nostálgico Pierre Loti, en su hermoso libro “Hacia Ispahán”- bajo una tumba de ágata grabada, en medio de un grande y exquisito jardín tapiado, en que hallamos calles marginadas de naranjos en flor, arriates de rosas, estanques y frescos surtidores de agua. Y ese jardín, primitivamente destinado a él solo, se convirtió, con los siglos, en un cementerio ideal; pues sus admiradores de prestigio, uno después de otro, pidieron y obtuvieron ser admitidos a dormir cerca de él. Sus blancas tumbas se levantan por todas partes en medio de las flores. Los ruiseñores, que abundan por aquí, deben de acordar todas las noches sus vocecitas de cristal en honor de esos dichosos muertos de diferentes épocas, reunidos en una común admiración por el armonioso Hafiz y acostados en su compañía.”

Réstanos precisar el sentido de la palabra gazal. Es un pequeño poema, una especie de oda, que no supera en general los treinta versos y que a menudo es mucho más corto. En nuestra versión hemos puesto título a cada poema, no obstante no llevarlo el original. El uso quiere que el poeta haga aparecer su nombre poético –tèkhèllos- al final del gazal. Hafiz, cuyo verdadero nombre era Khwaja Shamsud din Mohammad, no faltó a ese uso. Quiera observarse, leyendo los elogios que adornan algunas citaciones, que la mano de los escoliastas que hicieron presa del “Diván”, como tantos otros, es sin duda culpable de su color a veces demasiado chillón. Pero no hay nadie que no suscriba esos elogios, vengan de donde vengan, del cálamo de Hafiz o del de sus admiradores.

De todos los poetas del Irán, Hafiz es el más humano, aquel cuyo corazón se adivina mejor bajo los bordados y los arabescos del lirismo oriental, un corazón que palpita al mismo ritmo de todos los que, desde los primeros días del mundo, se han embriagado, han sufrido y han muerto del mismo espejismo eterno.

Charles Devillers

 

Selección de Poemas:

Promesa de Amor

Por el encanto de tus ojos, dichosa niña; por el maravilloso vello de tus mejillas;

Por el aliento de tu boca de rubí; por tu color y tu perfume, ¡oh, bella y fascinante primavera!;

Por el polvo de tu camino; por la tierra que pisas, de la que tiene envidia el agua clara;

Por tu andar, semejante al vuelo de la perdiz montañesa; por tus miradas, más dulces que los ojos de las gacelas;

Por tu gracia refinada y por tu aliento, perfumado como la mañana; por la seducción de tus cabellos, olorosos como el viento de la tarde;

Por ese ojo de ónix, que es sello del mío; por esas joyas, que son las perlas del cofre de tu palabra;

Por esa flor de tu mejilla, ¡oh, rosal de inteligencia!; por ese jardín divino, hogar de mis sueños,

Hafiz jura, si hacia él vuelves tu mirada, que por darte contento sacrificará no sólo todos sus bienes sino también su vida.

Embriaguez

Celosa está la violeta del perfume de tus trenzas y ante la abierta flor de tu sonrisa el capullo de rosa sus pétalos desgarra.

¡Oh, rosa cuyo aroma me embriaga! ¡No dejes que se muera así tu ruiseñor, incansable cantor de tu belleza!

Amarte es el destino que está escrito en mi frente; el polvo de tu umbral, mi paraíso; tu radiosa mejilla, mi única alegría; tu placer, mi reposo.

Amor es un mendigo que oculta en sus harapos un tesoro y quien suplica la limosna puede ganar una corona.

La desorientación de la embriaguez y el desvarío de mi amor por ti no se apartarán ya de mi cabeza mientras mi reverencia no la incline hasta la tierra en que tus pies se posen.

Cesta de flores tu belleza, y el del dulce cantar, Hafiz, tu ruiseñor.

Voto de Amante

Que tu beldad no cese de crecer. Que tu mejilla de frescos colores, semejante al tulipán, no cese nunca de alegrar mis ojos.

Que la visión de tu amor, brillante como una estrella, resplandezca cada vez más en mi pensamiento.

Que todas las bellezas de este mundo estén al servicio de tu belleza.

Que todos los cipreses se inclinen ante tu esbeltez.

Que los ojos que se rehúsen a tu encantamiento viertan sangre en vez de lágrimas.

Que tu mirada, que sabe arrobar todos los corazones, esté dotada de todos los hechizos.

Que el corazón que te apenare ignore paz y reposo.

Que tus labios tan dulces, más queridos a Hafiz que su alma, ignoren siempre los besos indignos de ellos.

El Círculo Encantado

Quien piensa con amor en el vello de tus mejillas queda por vida cautivo en un círculo encantado.

El día de la resurrección, cuando mi cabeza se levante del polvo de mi tumba, las cicatrices de mi loco amor por ti serán aún visibles en todos los puntos de mi corazón.

Puedan tus bucles anillados hacerle a mi cabeza un abrigo donde mi corazón magullado halle reposo.

Acércateme un minuto, ¡corazón de mi corazón!, pues más tarde la unión será quizá imposible.

¿Cuánto tiempo permitirás, perla perfecta, que mi corazón se ahogue en el océano de la tristeza?

En la punta de mis pestañas asoman las lágrimas… Míralas ahora correr a mares.

Pues tus ojos de amorosas miradas no se vuelven hacia Hafiz. El orgullo es la condición del cruel narciso.

Recuerdo

¿Qué cosa más amable para el corazón que el recuerdo de palabras de amor?

Bajo el domo redondo de este cuarto aún creo oír sus ecos, pero el vino de rubíes que he bebido no es sino un agua amarga.

Absuelve a mi corazón, que desde siempre y para siempre está embriagado de tu belleza.

El narciso se muere envidiando tus ojos. No ha sabido encontrar la magia de tu mirada y sus pétalos están mustios.

El pintor quedó tan maravillado de tu belleza, que en todas partes, en puertas y paredes, dejó su recuerdo.

El corazón de Hafiz vino un día a jugar con tus trenzas. Mas cuando quiso irse sintió que estaba en ellas ya para siempre preso.

Luna de Esperanza

El fénix de la dicha caerá en una trampa si sólo te dignas pasar cerca de mi morada.

Cuando mi alma fue consagrada a tus labios creí que un sorbo de agua pura refrescaba mi boca.

Puesto que los reyes son indignos de besar el polvo de tu puerta, ¿qué esperanza puedo tener de que contestes mi saludo?

Sin embargo, ¡oh, Hafiz!, no dejes esa puerta con despecho; prueba fortuna. Acaso caiga el dado de la suerte en tu nombre.

Pueda la noche en que la luna de la esperanza se levante en el horizonte, pueda su reflejo argentino inundar tu terraza.

Cuando Hafiz habla del polvo de tu calle las rosas del jardín de la vida nos envuelven en su aroma

Gazales

La Sonrisa

La otra noche, un sabio vino a decirme: “Preciso es que conozcas el secreto de quien nos vende el vino”.

Agregó: “No tomes nada en serio. Pesadas cargas echa el mundo sobre quien dobla el espinazo.”

Luego me tendió una copa en que el esplendor del cielo se reflejaba con tanto brillo que Zuhra se puso a bailar.

“Sigue mi consejo, ¡oh, hijo mío!, y no te preocupen las cosas de este mundo. Recoge mis palabras, más raras que las perlas.

“Toma la vida como tomas esta copa: la sonrisa en los labios, aunque tu corazón sangre. No gimas como un laúd y oculta tus heridas.

“Hasta el día en que pases detrás del velo no comprenderás. El oído del hombre no puede oír la palabra del ángel.

“En la casa del amor no te enorgullezcas ni de tus preguntas ni de las respuestas.”

¡Oh, Sakí! Échame vino, porque las locuras de Hafiz han sido comprendidas por el Señor de la alegría, por Aquel que perdona, por Aquel que borra….

¿Quién Soy?

¿Quién soy para que no me desdeñes? Derramas en mí tus favores; en mí, cuya frente no quiere otra corona que el polvo de tu umbral.

Dime, tú, que conquistas los corazones: ¿quién te ha aconsejado esa generosa bondad? No puedo atribuirla a quienes velan por ti.

Ave sagrada: sé mi guía en el camino de mis ansias. ¡Largo es el viaje y es tan poco aún lo que he andado!

¡Oh, brisa matinal, llévale mi mensaje! Dile que piense en mí al rezar su plegaria de la mañana.