Al Inicio de la Nueva Era

Al Inicio de la Nueva Era

Un nuevo paradigma:
Las perspectivas e intuiciones nuevas dan nacimiento a nuevos períodos históricos. Así el descubrimiento del fuego, de la rueda, de la escritura, de la imprenta han producido saltos espectaculares en la evolución de la humanidad. Se califica a veces estas interpretaciones renovadoras de la realidad como cambio de paradigma. Un paradigma es un esquema de pensamiento, (en griego: paradeigma = ejemplo), una especie de estructura intelectual que permite comprender y explicar ciertos aspectos de la realidad. Un nuevo paradigma es una nueva manera de ver las cosas. una forma nueva de pensar los viejos problemas. Así la teoría de la relatividad de Einstein reemplazó la teoría de la gravitación universal de Newton, incluyendo la antigua concepción en un cuadro más amplio.

Los nuevos paradigmas son a menudos acogidos con desconfianza, burla u hostilidad. Galileo y Pasteur tuvieron esa experiencia. Pero cuando ya un número suficiente de personas en el ámbito intelectual ha aceptado la nueva perspectiva, el cambio empieza a ocurrir. Luego aparecen nuevas referencias y se va creando un consenso en torno a un cuadro de pensamiento más amplio y englobante. Así progresa a menudo el pensamiento colectivo por saltos sucesivos. Para abrirse a estas nuevas perspectivas y estimular un cambio de pensamiento sin esperar a que lo provoque una crisis de febril oposición, es útil comenzar por plantear los problemas de otra manera. Cuestionar nuestras posiciones más familiares situándolas en un contexto más amplio. En materia de educación, por ejemplo, es más importante interrogarse sobre los programas de enseñanza (si son valiosos o no) que sobre el tipo de pedagogía con la que hay que pasarlos.

Los anuncios de un nuevo paradigma relacionado con la Era de Acuario se empieza a gestar a mitad de los años 70 en California, Estados Unidos. Se habla de una revolución con perspectivas planetarias. Ella procura introducir en todos los dominios de la sociedad sus valores propios: las terapias alternativas, la salud holista (global), la psicología transpersonal, la simplicidad voluntaria, la consciencia ecológica, las tecnologías apropiadas, el sentimiento de una comunidad mundial. Aparecen grupos – dispersos al comienzo que hablan de la necesidad de un cambio radical de la sociedad; que proponen soluciones en diferentes ámbitos: salud, educación, ciencias sociales, ciencias exactas, protección del medio ambiente, el mundo político. Las personas involucradas se reconocen entre sí por signos sutiles: como si fueran cómplices de una vasta conspiración para la salvación de la tierra. Habría que hacer mención del padre Teilhard de Chardin, hombre de religión y de ciencia. No recomendaba acaso el advenimiento de una conspiración de amor entre individuos impulsados por una misma esperanza?

Planteamientos iniciales:
Se trata de lanzar una mirada nueva sobre el flujo de acontecimientos que ocurren en nuestra sociedad: se ve a la humanidad como teniendo sus raíces en la naturaleza; se incentiva al individuo a llegar a ser autónomo en una sociedad descentralizada; se le invita a considerarse como administrador de todos los recursos exteriores e interiores; capaz de imaginación, de inventiva y de experimentación nuevas. Aparecen personas que se esfuerzan a rostro descubierto por cambiar la vida en esta era nueva en la que estamos entrando, influidos por la sorprendente visión del mundo nacida de la convergencia entre los más recientes descubrimientos científicos y las concepciones milenarias de diversas tradiciones místicas. Esta visión nueva abarcaría estudios sobre la transformación del cerebro, la especialización de sus hemisferios, los efectos psicodélicos, los poderes ocultos del pensamiento, la medicina alternativa, la psicología transpersonal, el budismo zen, el Libro de la Sabiduría, el esoterismo cristiano o la meditación sufi.

Es un programa apasionante que busca practicar un equilibrio entre la intuición y la razón, utilizando técnicas de expansión de consciencia que permitan entrar en un proceso transformador de continua exploración. Esas técnicas han existido durante largo tiempo (las de origen oriental durante milenios), pero sólo estaban disponibles para escasos iniciados u órdenes religiosas esotéricas. Algunos de estos privilegiados han mencionado el carácter liberador de estas experiencias de iluminación. Ahora nos sería posible tener a nuestra disposición todo este tesoro de experiencia y sabiduría en valiosos tratados que van siendo traducidos por estudiosos de occidente o mejor aún por maestros orientales que han emigrado a Estados Unidos. Una vez superados los inevitables conflictos que produce todo cambio, se espera encontrar la autonomía, la plenitud, la disponibilidad hacia los otros.

Se cita como precursores a los alquimistas, los gnósticos, los cabalistas, también a algunos audaces pioneros solitarios, como Meister Eckhart en el siglo XIV, Picó de la Mirandola en el siglo XV, Jacob Bohême en el siglo XVII, Emmanuel Swedenborg en el siglo XVIII, Willam Blake en el siglo XIX, los estudiosos de religiones orientales como René Guenón, Richard Wilheim, y otros, en el siglo XX. Se incluye también en este siglo al psicólogo William James quien, en 1902, redefine la religión como una experiencia de descubrimiento de un orden invisible gracias a la cual el hombre alcanza su realización. Citemos además a Carl Gustav Jung con su hipótesis de un inconsciente colectivo, especie de depósito de conocimientos comunes a la especie humana; al padre Teilhard de Chardin, quien decía que el hombre había llegado al punto crucial de su evolución en el que era llamado a expandir su consciencia hasta envolver el planeta en la noosfera, atraído por lo que él llamaba el punto omega; a Pauwels y Bergier quienes en 1960 publicaron El Retorno de los Brujos en el que hablan de una red de individuos transformados por sus experiencias de crecimiento interior, quienes dan un rostro nuevo a la vieja línea de sabiduría esotérica; a Marshall McLuhan, Aldous Huxley, Abraham Maslow, Carl Rogers, quienes consideran evidente que estamos en camino de vivir el cambio de consciencia más rápido de toda la evolución de la especie humana.

Caminos a seguir:
Las experiencias de expansión y de transformación de la consciencia se multiplican en nuestros días. Son experiencias de estados límites llamados momentos cumbres, transcendentes o transpersonales; experiencias de luz, de amor, de comunión con la naturaleza, de despertar de una energía, de eternidad. Esto sería el signo de que el espíritu humano está alcanzando una nueva etapa de su evolución por un desbloqueo de potencial comparable a la emergencia del lenguaje. Son múltiples los caminos que se ofrecen a este proceso de transformación transpersonal, tantos que es fácil extraviarse y entrar en callejones sin salida, con pérdida de tiempo, de dinero y de salud. Echemos una mirada rápida sobre los más transitados.

La transformación personal comenzaría por la atención dirigida al flujo de la consciencia, cuando se llega a ser consciente de ella. Esto puede conducir a un estado mental más rico y más atento al presente, lo que significaría una capacidad de transformación potencial. Incluye la armonización entre ambos hemisferios cerebrales; la reconciliación de la razón y del corazón; del intelecto y de la emoción. Se busca una experiencia interior a través de:

– Todos los tipos de meditación orientales, como zen, budismo tibetano, taoísmo, raja yoga, sufismo.

– El entrenamiento autógeno de Schultz , en el que se toma consciencia del cuerpo.

– Las actividades creativas (pintura, escultura, cerámica, música, canto). Permiten al individuo perderse
en su creación y activan el hemisferio derecho.

– El psicodrama, que exige involucrarse totalmente en el desempeño del rol y en la escena.

– La hipnosis y la auto hipnosis.

– Las técnicas chamánicas y mágicas.

– Las técnicas de modificación de la consciencia transmitidas por la vía esotérica en la Teosofía, los Rosa Cruz, grupos de Gurdjieff.

– El aislamiento y la sobrecarga sensorial, que son una modificación importante de la información percibida por los sentidos y que producen un cambio del estado de consciencia.

– El biofeedback , o control consciente y atento de procesos corporales normalmente inconscientes, como la tensión muscular, la temperatura de la piel, o la actividad eléctrica del cerebro.

– Las disciplinas del cuerpo, desde las más sofisticadas, como el tai-chi, el hatha yoga, aikido, artes marciales, hasta las más comunes, que producen endorfinas que dan una sensación embriagadora de estar más vivos, como montañismo, atletismo, planeadores, alas delta, lanzamiento con elástico.

– El conjunto de técnicas dirigidas al encuentro interpersonal en el sentido de la psicología dinámica de grupos. Allí se aprende a vivir el aquí y ahora y practicar el soltar presa (término budista para el desapego).

– La medicina alternativa que se caracteriza por una aproximación holista a la enfermedad. Respeta la interacción de la psiquis, el cuerpo y el entorno y busca solucionar la falta de armonía que haya entre ellos, lo que sería la causa del problema de salud. En lugar de tratar simplemente los síntomas, pesquisa las causas a nivel de los valores humanos. Toma en consideración el estrés, la sociedad, la familia, el régimen alimenticio, los ciclos biológicos, las emociones. Usa tecnología no invasora. como psicoterapia, acupuntura, digitopuntura, reflexología, bioenergética, rolfing, eutonía, Alexander, Feldenkrais, reiki, shiatsu. También se aplican los poderes de sanación por imposición de manos.

De este rápido inventario se deduce una nueva manera de razonar. Se usan por extrapolación nociones que no pertenecen al mismo orden de pensamiento y se las confunde a veces: lo no material y lo divino, lo especulativo y lo espiritual, la experiencia científica y la experiencia mística. Este es uno de los trazos característicos de la Nueva Era: el empleo frecuente de la analogía y del símbolo.

De todo esto, lo que importa subrayar es que, gracias a la restauración del hombre individual que haya realizado la unidad de su ser físico, emocional y espiritual, la sociedad misma sería auténticamente restaurada. Es por la suma de los cambios personales que la sociedad cambiaría. La sociedad no es un
ente autónomo en sí misma sino que está formada por todos nosotros. Entonces podría nacer una verdadera Nueva Era de luz y de amor. Esto cuando todos los que hayan hecho individualmente la experiencia de la liberación interior se reagrupen para restaurar y liberar la población planetaria, elaborando proyectos mundiales al servicio del hombre.

El misticismo:
Los seguidores de la Nueva Era están muy atentos a la dimensión mística de la existencia humana. El cambio de paradigma nos haría pasar de una concepción cientista y racionalista de la vida, limitada a lo directamente observable, a una concepción abierta hacia otra dimensión, de la que se podría obtener alguna experiencia directa y verificable. Esta transformación está descrita como un despertar, una cualidad nueva de la atención y de la consciencia, semejante a la de aquel que se despierta de un largo sueño poblado de imágenes. Se evoca al satori del budismo, al samadhi del hinduismo. Es la experiencia de
una nueva vida, el Tú eres eso, núcleo de la doctrina hindú. Es la experiencia de fusión con el Ser Universal y Primordial, con la Consciencia Cósmica. experiencia de felicidad plena, de belleza y amor universales.

Se trata del conocimiento y del descubrimiento del verdadero ser: aprender a encontrarse a sí mismo cuando se está dispersado y fragmentado. A partir de allí se puede empezar una relación con un ser más vasto: una comunidad social nueva y diferente que podría entonces emerger. Y más allá de este Ser colectivo aparecería el Ser transcendental y universal. Se cita a William James: Los estados místicos son para quienes han hecho esta experiencia una manera de saber, una toma de consciencia de las profundidades de la verdad que el intelecto discursivo no puede sondear. La convergencia en esta Nueva Era de experiencias místicas y de las vías espirituales más diversas tendría una significación obvia: la toma de consciencia por un número creciente de seres humanos de su potencial divino.

La reencarnación:
La creencia en la reencarnación pasa a ser una verdad-faro. La Nueva Era hereda naturalmente este concepto porque, por una parte, está en relación directa con las religiones orientales, el esoterismo y la gnosis y, por otra, la ha recibido de sus precursores inmediatos: Allan Kardec y el espiritismo, madame Blavatsky y la teosofía. Esta doctrina además se deriva de la Sabiduría primordial y universal que se encuentra en el hinduismo, el pitagorismo y el hermetismo. Es una tradición milenaria que pertenece al patrimonio espiritual de la humanidad y que entrará en el credo común de la religión mundial de la Nueva Era. Se ve también perfilarse la influencia cada vez más amplia del Oriente. Al comienzo de la Era de Acuario existían alrededor de novecientos millones de occidentales (de los cuales más de un 22% creería en la reencarnación) contra cuatro mil novecientos millones de orientales.

El propósito interno

El propósito interno


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Tan pronto como trascendemos el simple estado de supervivencia, la pregunta acerca del significado y el propósito adquiere lugar preponderante en nuestra vida. Muchas personas se sienten prisioneras de la rutina diaria, la cual parece restar toda importancia a la vida. Hay quienes piensan que la vida pasa, que las está dejando o ya las ha dejado atrás. Otras personas se sienten enormemente preocupadas por las exigencias de su trabajo, por la necesidad de velar por su familia o por su situación económica y de vida. Algunas son víctimas del estrés agudo mientras que otras son presa del tedio. Hay quienes se pierden en medio de la actividad frenética mientras que otras sucumben al estancamiento. Muchas personas añoran la libertad y la expansión implícitas en la promesa de la prosperidad. Otras ya disfrutan de la libertad relativa que les ofrece la prosperidad pero descubren que ni siquiera eso le imprime significado a la vida. No hay nada que reemplace el verdadero propósito. Pero el propósito primario o verdadero de la vida no se encuentra en el plano externo. No tiene nada que ver con lo que hacemos sino con lo que somos, es decir, con nuestro estado de consciencia.Por eso lo más importante que debemos reconocer es lo siguiente: tenemos un propósito interno y otro externo en la vida. El propósito interno se relaciona con el Ser y es primario. El propósito externo se relaciona con el hacer y es secundario. Sin embargo, los dos propósitos están tan íntimamente ligados que es casi imposible hablar del uno sin hacer referencia al otro.

Nuestro propósito interno es el despertar. Es así de sencillo, es un propósito que compartimos con todos los demás seres humanos de este planeta, porque es el propósito de la humanidad. Nuestro propósito interno es parte esencial del propósito del todo, del universo y de su inteligencia. Nuestro propósito externo puede variar con el tiempo y es muy diferente según la persona. La base para poder cumplir con nuestro propósito externo está en encontrar el propósito interno y vivir en consonancia con él. Es la base del éxito verdadero. Sin esa consonancia podemos lograr determinadas cosas a base de esfuerzo, lucha, dedicación o simplemente mucho trabajo y sagacidad. Pero ese esfuerzo no encierra dicha alguna y termina invariablemente por traducirse en alguna forma de sufrimiento.

El despertar

El despertar es un cambio de consciencia consistente en el divorcio entre el pensamiento y la consciencia. En la mayoría de los casos no es un suceso puntual sino un proceso. También es un proceso incluso para las pocas personas que experimentan un despertar súbito, dramático y aparentemente irreversible. Es un proceso en el cual el nuevo estado de consciencia toma posesión gradualmente transformando todo lo que la persona hace y convirtiéndose así en parte integral de la vida.

En lugar de permanecer perdidos en nuestros pensamientos, cuando despertamos reconocemos que somos el observador consciente. Es entonces cuando el pensamiento deja de ser la actividad autónoma y egoísta que domina nuestra vida. La consciencia asume las riendas y el pensamiento, en lugar de tener el control de la vida, pasa a servir a la consciencia, que es la conexión consciente con la inteligencia universal. Otra palabra para describirla es la Presencia: la consciencia sin pensamiento.

El inicio del proceso del despertar es un acto de gracia. No podemos hacer que suceda ni tampoco prepararnos para él ni acumular créditos para merecerlo. No hay una secuencia clara de pasos lógicos que conduzca al despertar, aunque eso sería lo que le encantaría a la mente. No tenemos que hacernos merecedores primero. Puede llegarle al pecador antes que al santo, pero no necesariamente. Es por eso que Cristo se relacionaba con toda clase de gente y no solamente con las personas respetables.

No hay nada que podamos hacer para provocar el despertar. Lo que hagamos será cosa del ego, que estará buscando agregar el despertar o la iluminación a la lista de sus posesiones más preciadas para engrandecerse y adquirir todavía más importancia. De esa manera, en lugar de despertar, añadimos a la mente el concepto del despertar o la imagen de lo que es una persona iluminada, y nos esforzamos por vivir de acuerdo con esa imagen. Esforzarnos por ser como la imagen que tenemos de nosotros mismos o que otros tienen de nosotros no es vivir una vida auténtica sino representar otro de los personajes inconscientes del ego.

Por consiguiente, si no hay nada que podamos hacer con respecto al despertar, si es algo que ya ha sucedido o está por suceder, cómo es posible que sea el propósito primario de la vida? Acaso no está implícito en el propósito el hecho de poder hacer algo por lograrlo?

El primer despertar, el primer destello de consciencia sin pensamiento solamente sucede por la gracia, sin que hagamos nada. Si para usted este libro es incomprensible y no significa nada, es porque todavía no le ha llegado ese primer despertar. Sin embargo, si hay algo en su interior que responde a él, si de alguna manera reconoce algo de verdad en él, significa que ya ha entrado en el proceso. Una vez que se inicia el proceso, no hay marcha atrás, aunque el ego puede demorarlo.

La lectura de este libro podrá ser el comienzo del despertar para algunas personas. Para otras, este libro ejercerá la función de ayudarlas a reconocer que ya han iniciado el proceso, y a intensificarlo y acelerarlo. Otra función es ayudar a la gente a reconocer su ego cada vez que trate de recuperar el control y de ensombrecer el surgimiento de la consciencia.

En algunos casos, el despertar sucede cuando las personas se dan cuenta repentinamente de la clase de pensamientos que cruzan constantemente por su mente, especialmente los pensamientos negativos persistentes con los cuales quizás se hayan identificado durante toda la vida. Súbitamente se produce un estado de alerta que toma consciencia del pensamiento sin ser parte de él.

Cuál es la relación entre la consciencia y el pensamiento? La consciencia es el espacio en el cual existen los pensamientos cuando ese espacio ha tomado consciencia de sí mismo.

Después de haber visto el destello de la consciencia o la Presencia, aprendemos a conocerla de primera mano. En ese momento deja de ser simplemente un concepto mental y, por tanto, podemos tomar la decisión consciente de estar presentes en lugar de dejarnos arrastrar por pensamientos inútiles. Podemos invitar la Presencia a la vida, es decir, abrirle espacio. Con la gracia de la consciencia viene la responsabilidad. Podemos optar por continuar como si nada hubiera sucedido, o podemos reconocer su importancia y aceptar que el surgimiento de la consciencia es lo más importante que puede sucedernos. Abrirnos a la consciencia y traer su luz a este mundo se convierte entonces en el propósito preponderante de la vida.

“Deseo conocer la mente de Dios”, dijo Einstein. “Lo demás son detalles”. Qué es la mente de Dios? Consciencia. Qué significa conocer la mente de Dios? Estar conscientes. Cuáles son los detalles? El propósito externo y lo que quiera que suceda en el plano externo.

Así, quizás mientras usted espera que suceda algo significativo en su vida, podría no darse cuenta de que lo más importante que puede sucederle a un ser humano ya le ha sucedido: el comienzo del proceso de separación entre el pensamiento y la consciencia.

Muchas personas que se encuentran en las primeras etapas del proceso de despertar sienten que ya no saben a ciencia cierta cuál es su propósito externo. Aquello que mueve al mundo ya no las motiva. Al ver con tanta claridad la demencia de nuestra civilización, podrían sentirse aisladas hasta cierto punto de la cultura que las rodea. Hay quienes sienten que habitan en tierra de nadie, en medio de dos mundos. Ya el ego no dirige su destino, pero la consciencia todavía no se ha integrado plenamente a sus vidas. No se ha producido la fusión entre el propósito interno y el externo.

Cuando no vivimos en consonancia con nuestro propósito primario, cualquiera que sea el propósito que tengamos en la vida, aunque sea crear el cielo en la tierra, provendrá del ego o sucumbirá con el tiempo. Tarde o temprano, llevará al sufrimiento. Si se desconoce el propósito interno, todo lo que se haga, aunque parezca espiritual, llevará la marca del ego y, por tanto, acabará por corromperse. El dicho de que “el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones” apunta a esa verdad. En otras palabras, no son las metas ni los actos los que son primordiales sino el estado de consciencia del cual emanan. Alcanzar el propósito primario equivale a sentar las bases para una nueva realidad, una nueva tierra. Una vez construidos esos cimientos, el propósito externo se carga de poder espiritual porque las metas y las intenciones se funden con el impulso evolutivo del universo.

Cuando consideramos que lo que somos o hacemos es el propósito principal de nuestra vida, negamos el tiempo. Esto proporciona un poder inconmensurable. Negar el tiempo en lo que hacemos también crea la conexión entre el propósito interno y el externo, entre el Ser y el hacer. Cuando negamos el tiempo, negamos el ego. Todo lo que hagamos tendrá una calidad extraordinaria porque el hacer mismo se convierte en el centro de nuestra atención. Nuestro hacer se convierte entonces en el canal a través del cual penetra la consciencia en este mundo. Esto significa que hay calidad en lo que hacemos, hasta en las cosas más insignificantes, como voltear las páginas del directorio telefónico o cruzar una habitación. El propósito principal de voltear las páginas es voltear las páginas; el propósito secundario es hallar un número telefónico. El propósito principal de cruzar la habitación es cruzar la habitación; el propósito secundario es tomar un libro que está del otro lado, y tan pronto como se toma el libro, ése se convierte en el propósito principal.

Todo lo que hacemos consume tiempo y, no obstante, siempre lo hacemos en el ahora. Entonces, si bien nuestro propósito interno es negar el tiempo, el propósito externo se relaciona necesariamente con el futuro y no podría existir sin el tiempo, pero siempre es secundario. Cada vez que sentimos angustia o tensión es porque otro propósito se ha adueñado de nosotros y hemos perdido de vista nuestro propósito interno. Hemos olvidado que lo primario es nuestro estado de consciencia y que todo lo demás es secundario.

De las cosas pequeñas a las cuales honramos y proporcionamos cuidados nacen las cosas grandes. La vida de todas las personas realmente está hecha de detalles. La grandeza es una abstracción mental y una fantasía del ego. La paradoja está en que la base de la grandeza está en honrar los detalles del presente en lugar de perseguir la idea de la grandeza. El momento presente siempre es pequeño en el sentido de que siempre es simple, pero en él se encarna el mayor de los poderes. Como el átomo, que es una de las cosas más pequeñas pero que encierra un poder enorme. Es sólo cuando estamos en consonancia con el momento presente que logramos acceso a ese poder. Pero podría ser más atinado decir que ese poder tiene entonces acceso a nosotros, y a través nuestro, al mundo.

Cristo se refirió a este poder cuando dijo, “Estas palabras no vienen de mí. El Padre que está en mí obra por mí”.’ La ansiedad, la tensión, y la negatividad nos aíslan de ese poder. La ilusión de estar separados del poder que dirige el universo se manifiesta nuevamente. Nos sentimos solos para luchar contra algo o para tratar de lograr alguna cosa u otra. Pero cuál es el origen de la ansiedad, la tensión o la negatividad? El hecho de habernos apartado del momento presente. Y a qué se debió eso? Al hecho de haber pensado que otra cosa era más importante. El haber olvidado nuestro propósito principal. Una pequeña equivocación, un error de percepción, y el resultado es un mundo de sufrimiento.

El espacio interior

El espacio interior

Un antiguo relato sufí dice que vivía en algún país del Medio Oriente un rey cuya existencia oscilaba permanentemente entre la felicidad y el abatimiento. Se enojaba o reaccionaba intensamente frente a la más mínima cosa, y su felicidad se convertía rápidamente en desilusión y desesperación. Llegó el día en que el rey se cansó finalmente de sí mismo y de la vida y comenzó a buscar una salida. Hizo llamar a un sabio que habitaba en su reino y que tenía fama de iluminado. Cuando se presentó el sabio, el rey le dijo, “deseo ser como tú. Podrías darme algo que traiga equilibrio, serenidad y sabiduría a mi vida?

A lo que el sabio respondió: te haré un regalo, siempre y cuando te hagas digno de él”. El rey prometió que así sería, y el sabio se fue.

A las pocas semanas regresó y le entregó al rey un cofre de jade tallado. Al abrirlo, el rey encontró un anillo de oro en el cual había grabadas unas letras. La inscripción decía: También esto pasará.

“Qué significa esto?” preguntó el rey. Y el sabio le dijo, “Lleva siempre este anillo y antes de que califiques de bueno o malo cualquier acontecimiento, toca el anillo y lee la inscripción. De esa forma estarás siempre en paz”.

También esto pasará. Qué hay en estas palabras tan sencillas que las hace tan poderosas? A primera vista parecería que sirvieran para darnos consuelo en situaciones difíciles y que también podrían privarnos de los goces de la vida. “No seas demasiado feliz, porque esa felicidad no durará”. Eso parecerían decir en una situación percibida como buena.

La historia del anillo apunta hacia la realidad de la temporalidad que, una vez que la reconocemos, nos lleva al desapego. No resistirnos, no juzgar y no apegarnos son los tres secretos de la verdadera libertad y de una vida iluminada.

La inscripción del anillo no nos dice que no disfrutemos las cosas buenas de la vida, y tampoco es un consuelo para los momentos de sufrimiento. Tiene un propósito más profundo: ayudarnos a tomar consciencia de lo efímero de todas las situaciones, lo cual se debe a la transitoriedad de todas las formas, buenas o malas. Cuando tomamos consciencia de esa transitoriedad, nuestro apego disminuye y dejamos de identificarnos hasta cierto punto con ellas.

El desapego no implica que no podamos disfrutar de las cosas buenas que el mundo nos ofrece. En realidad nos ayuda a disfrutarlas todavía más. Una vez que reconocemos y aceptamos que todas las cosas son transitorias y que el cambio es inexorable, podemos disfrutar los placeres del mundo sin temor a la pérdida y sin angustia frente al futuro. Cuando nos desapegamos, podemos ver las cosas desde un punto de vista más elevado en lugar de quedar atrapados por los acontecimientos de la vida.


Somos como el astronauta que ve el planeta Tierra rodeado por el espacio infinito y reconoce una verdad paradójica: que la Tierra es preciosa pero insignificante al mismo tiempo. El hecho de reconocer que Esto también pasará trae consigo el desapego, y éste a su vez nos abre una nueva dimensión en la vida: el espacio interior. Cuando vivimos en el desapego, sin juzgar y sin resistirnos, logramos acceso a esa dimensión.

Cuando dejamos por completo de estar identificados con las formas, la consciencia, lo que somos, se libera de su prisión en la forma. Esa liberación es el surgimiento del espacio interior. Se presenta como una quietud, una paz sutil en el fondo de nuestro ser, hasta en presencia de algo aparentemente malo. Esto también pasará. Entonces, súbitamente, hay un espacio alrededor del suceso. También hay espacio alrededor de los altibajos emocionales, incluso alrededor del sufrimiento. Y por encima de todo, hay espacio entre los pensamientos. Y desde ese espacio emana una paz que “no es de este mundo”, porque este mundo es forma y la paz es espacio. Es la paz de Dios.

Entonces podremos disfrutar y honrar las cosas de este mundo sin atribuirles la importancia y el peso que no tienen. Podremos participar en la danza de la creación y llevar una vida activa sin apegarnos a los resultados y sin imponer exigencias exageradas al mundo: lléname, hazme feliz, hazme sentir seguro, dime quién soy. El mundo no puede darnos esas cosas, y cuando nos despojamos de esas expectativas desaparece todo el sufrimiento creado por nosotros mismos. Todo ese sufrimiento se debe a que le hemos dado un valor exagerado a la forma y al hecho de no tener consciencia de la dimensión del espacio interior. Cuando esa dimensión se manifiesta en nuestra vida podemos disfrutar las cosas, las experiencias y los placeres de los sentidos sin perdernos en ellos, sin apegarnos a ellos, es decir, sin volvernos adictos al mundo.

Esto también pasará es la frase que nos muestra la realidad. Al señalar la temporalidad de todas las formas, señala, por lo tanto, hacia lo eterno. Solamente lo eterno de nosotros puede reconocer la temporalidad de lo temporal.

Cuando se pierde la dimensión del espacio o cuando no la reconocemos, las cosas del mundo adquieren una importancia absoluta, una seriedad y un peso que realmente no tienen. Cuando no vemos el mundo desde la perspectiva de lo sin forma, se convierte en un lugar amenazador y, en última instancia, en un lugar de desesperación. El profeta del Antiguo Testamento debió sentirlo así cuando escribió, “se cansarán de hablar y no podrán decir más, pero no se sacia el ojo de ver ni el oído de oír

La consciencia del objeto y la consciencia del espacio

La vida de la mayoría de las personas está atestada de cosas: cosas materiales, cosas por hacer, cosas en qué pensar. Es una vida parecida a la historia de la humanidad, la cual Winston Churchill definió diciendo, “una maldita cosa tras otra”. Sus mentes están atestadas de pensamientos, que se suceden uno tras otro sin parar. Esa es la dimensión de la consciencia del objeto, la cual constituye la realidad predominante de muchas personas y es la causante de tanto desequilibrio. A fin de que la cordura reine nuevamente en nuestro planeta, debemos equilibrar la consciencia del objeto con la consciencia del espacio. El surgimiento de la consciencia del espacio es la etapa siguiente en la evolución de la humanidad.

Tener consciencia del espacio significa que, además de tener consciencia de las cosas (que siempre se reducen a las percepciones sensoriales, las emociones y los pensamientos) hay un estado de alerta subyacente. Ese estado de alerta implica que no solamente somos conscientes de las cosas (los objetos) sino también del hecho de ser conscientes. Es eso que percibimos como una quietud despierta en el fondo mientras las cosas suceden en primer plano. Es una dimensión que está presente en todos nosotros, pero que pasa inadvertida para la mayoría de las personas. Algunas veces la señalo cuando pregunto, “Puede sentir su propia Presencia?”

La consciencia del espacio representa no solamente la liberación del ego, sino también del materialismo y la materialidad. Es la dimensión espiritual, la única capaz de imprimir trascendencia y un verdadero significado a este mundo.

La razón verdadera por la cual nos molestamos ante una situación, una persona o un suceso no está en la persona, la situación o el suceso, sino en haber perdido la perspectiva que solamente el espacio nos puede proporcionar. Quedamos atrapados en la consciencia del objeto y perdemos de vista el espacio interior atemporal de la consciencia misma. Cuando utilizamos como guía la frase esto también pasará, recuperamos la consciencia de esa dimensión interior.

Otra frase que nos señala la verdad interior es la siguiente: “nunca estoy disgustado por la razón que creo”.

Cómo reconocer el espacio interior

El espacio entre los pensamientos probablemente se haya manifestado esporádicamente en su vida sin que usted se percatara. Para la consciencia obnubilada por las experiencias y condicionada para identificarse exclusivamente con la forma, es decir, para la consciencia del objeto, es casi imposible reconocer el espacio en un principio. Esto implica que es imposible tomar consciencia de nosotros mismos porque siempre estamos conscientes de alguna otra cosa. La forma nos distrae continuamente. Hasta en los momentos en que nos parece estar conscientes de nosotros mismos nos hemos convertido en un objeto, una forma de pensamiento, de modo que tomamos consciencia de un pensamiento, no de nosotros mismos.

Al oír hablar del espacio interior quizás usted se disponga a buscarlo, pero si lo busca como si se tratara de un objeto o una experiencia, no podrá encontrarlo. Ese es el dilema de todas las personas que buscan la realización espiritual o la iluminación. Cristo dijo, “El reino de Dios no vendrá con señales que puedan observarse; tampoco dirán, ‘Ha llegado’ o ‘Aquí está, porque el reino de Dios está en vosotros “.


Cuando nos pasamos la vida insatisfechos, preocupados, nerviosos, desesperados o agobiados por otros estados negativos; siendo que podemos disfrutar las cosas sencillas como el sonido de la lluvia o del viento; cuando podemos ver la belleza de las nubes deslizándose en el cielo o estar solos sin sentirnos abandonados o sin necesitar el estímulo mental del entretenimiento; cuando podemos tratar a los extraños con verdadera bondad sin esperar nada de ellos, es porque se ha abierto un espacio, aunque sea breve, en medio de ese torrente incesante de pensamientos que es la mente humana. Cuando eso sucede, nos invade una sensación de bienestar, de paz vívida, aunque sutil. La intensidad varía entre una sensación de contento escasamente perceptible y lo que los antiguos sabios de la India llamaron “ananda” (la dicha de Ser). Al haber sido condicionados a prestar atención a la forma únicamente, quizás no podamos notar esa sensación, salvo de manera indirecta. Por ejemplo, hay un elemento común entre la capacidad para ver la belleza, apreciar las cosas sencillas, disfrutar de la soledad o relacionarnos con otras personas con bondad. Ese elemento común es la sensación de tranquilidad, de paz y de estar realmente vivos. Es el telón de fondo invisible sin el cual esas experiencias serían imposibles.

Cada vez que sienta la belleza, la bondad, que reconozca la maravilla de las cosas sencillas de la vida, busque ese telón de fondo interior contra el cual se proyecta esa experiencia. Pero no lo busque como si buscara algo. No podría identificarlo y decir, “Lo tengo”, ni comprenderlo o definirlo mentalmente de alguna manera. Es como el cielo sin nubes. No tiene forma. Es espacio; es quietud; es la dulzura del Ser y mucho más que estas palabras, las cuales son apenas una guía. Cuando logre sentirlo directamente en su interior, se profundizará. Así, cuando aprecie algo sencillo, un sonido, una imagen, una textura, cuando vea la belleza, cuando sienta cariño y bondad por otra persona, sienta ese espacio interior de donde proviene y se proyecta esa experiencia.

Desde tiempos inmemoriales, muchos poetas y sabios han observado que la verdadera felicidad (a la que denomino la alegría de Ser) se encuentra en las cosas más sencillas y aparentemente ordinarias. La mayoría de las personas, en su búsqueda incesante de experiencias significativas, se pierden constantemente de lo insignificante, lo cual quizás no tenga nada de insignificante. Nietzsche, el filósofo, en un momento de profunda quietud, escribió: “Cuán poco es lo que se necesita para sentir la felicidad! … Precisamente la cosa más mínima, la cosa más suave, la cosa más liviana, el sonido de la lagartija al deslizarse, un suspiro, una brizna, una mirada La mayor felicidad está hecha de lo mínimo. Es preciso mantener la quietud”.

Por qué es que la “mayor felicidad” está hecha de “lo mínimo”? Porque la cosa o el suceso no son la causa de la felicidad aunque así lo parezca en un principio. La cosa o el suceso es tan sutil, tan discreto que ocupa apenas una parte de nuestra consciencia. El resto es espacio interior, es la consciencia misma con la cual no interfiere la forma. El espacio interior, la consciencia y lo que somos realmente en nuestra esencia son la misma cosa. En otras palabras, la forma de las cosas pequeñas deja espacio para el espacio interior. Y es a partir del espacio interior, de la consciencia no condicionada, que emana la verdadera felicidad, la alegría de Ser. Sin embargo, para tomar consciencia de las cosas pequeñas y quedas, es necesario el silencio interior. Se necesita un estado de alerta muy grande. Mantenga la quietud. Mire. Oiga. Esté presente.

El Descubrimiento de la Nueva Era

El Descubrimiento de la Nueva Era

La Nueva Era es lo que aparece al vivir la vida de manera creativa, enriquecedora y compasiva. Aparece cuando honramos a cada persona, animal, planta u objeto, como si fuese único, y también como si fuese parte de nosotros, y lo consideramos merecedor de toda la dignidad y respeto que reclamamos para nosotros mismos.

Más que un acontecimiento futuro, la Nueva Era es la expresión de un espíritu transformador y creativo. Podemos descubrirla en la vida de cada día. La encontramos, por ejemplo, en la forma en que llevamos nuestro matrimonio, en la manera cuidadosa de cumplir con las responsabilidades que tenemos como padres; cuando hacemos bien nuestro trabajo y procuramos perfeccionar todo lo que sale de nuestras manos. La encontramos al interrogarnos sobre nuestros defectos y la manera de superarlos, y cuando tomamos consciencia de nuestros limites. Está en el esfuerzo diario y compartido que hacemos para vivir con integridad, para crecer con ánimo y para participar en una vida que permita expresar y realizar nuestros sueños y capacidades. La Nueva Era es como una dimensión más añadida a las tres dimensiones de nuestra vida diaria. Nos aporta entusiasmo y creatividad ante la presencia de lo inesperado en nuestra existencia. Es el poder interior que nos ayuda a visualizar y sacar a la superficie algo nuevo que busca su oportunidad de maduración.

La mayoría de la gente considera el concepto de Nueva Era como un acontecimiento histórico venidero que pondrá fin – o transformará – la época actual. De esa forma, se convierte en un evento definido por las expectativas inapropiadas de esas personas. Quienes ven de ese modo la Nueva Era viven en una estimulación mal entendida que les produce tensiones y que los hará desembocar en espejismos. Lo que es peor aún, es que esos espejismos los pueden dividir más todavía entre el mundo tal como es y el mundo como les gustaría que fuera. Concebir así la Nueva Era limita la posibilidad de estas personas para percibirla como una actitud creativa con que afrontar lo cotidiano.

La Nueva Era es una invitación para abrirnos a la presencia de lo trascendente dentro de la mediocridad de nuestra vida habitual. Por este motivo, tiene poco que ver con lo profético. Los psíquicos y sus profecías han ido y venido durante siglos con un promedio mínimo de aciertos. Es mejor hacer caso omiso de ellos en beneficio de las potencialidades del momento inmediato. Las profecías sobre la Nueva Era me dan la impresión de que sacaran a nuestro espíritu del momento presente como quien saca peces del agua, dejándonos agitados por esperanzas o temores sobre las playas de la imaginación de tal o cual profeta.

A la Nueva Era se la contempla a menudo como la búsqueda de rituales chamánicos, interés por las filosofías orientales, por el ocultismo, canalizaciones (channeling), cristales de cuarzo, recuerdos de vidas pasadas y otros fenómenos psíquicos. Quienes se interesan en todo esto se auto denominan miembros de la Nueva Era, se agrupan en centros que estudian estos temas, y se consideran como agentes activos para el cambio de la humanidad. Identificar a la Nueva Era con fenómenos psíquicos o con un tipo específico de espiritualidad, es enfocarla en forma limitante y distorsionadora. Las actividades de la Nueva Era adoptan muchas formas que no tienen nada que ver con lo paranormal o lo sectario.

Centenares de personas realizan esfuerzos para el cambio y la mejora social inspirados por el espíritu renovador de la Nueva Era, aunque no usen su nomenclatura. Su trabajo busca integrar y promover la actividad intelectual y científica; desarrollar la compasión, la sensibilidad artística y las buenas relaciones humanas; extender las comunicaciones y perfeccionar las técnicas que a ellas se refieren, incitar a una visión de futuro en los negocios con miras a compartir sus rendimientos con la comunidad. Todo esto tiene muy poco o nada que ver con fenómenos psíquicos.

La Nueva Era se preocupa de la planetización de la humanidad, o sea la aparición de una consciencia de
que todos somos un solo pueblo que vive en un solo mundo y comparte un destino común (la noosfera del Padre Teilhard). Ella representa un conjunto de esfuerzos sociales, políticos, económicos, psicológicos y espirituales para incluir todo aquello que nuestra sociedad moderna ha excluido: externamente, los desposeídos, lo femenino, lo ecológico; internamente, todo lo doloroso, reprimido y no integrado de nuestra psiquis, lo que Jung llama la Sombra. Al buscar la integración, tanto externa como interna, de todos esos elementos ocultos y suprimidos de nuestra vida tanto personal como colectiva, ella pretende que podamos alcanzar la totalidad de nuestras potencialidades, individualmente y como especie humana. Plantea una nueva definición del papel de la humanidad en la creación, subrayando nuestra condición de servidores más que de amos, de administradores más que de propietarios del mundo que compartimos.

A la Nueva Era se la acostumbra ver como una época de progreso individual. La literatura relacionada con ella abunda en libros que proclaman cómo afirmar la propia divinidad, cómo alcanzar la abundancia y ser próspero y feliz. El desarrollo personal es importante, sin duda, pero la esencia de la Nueva Era es la expresión de un amor compasivo y de una consciencia y responsabilidad social que van mucho más allá de nuestro egocentrismo, buscando aumentar las posibilidades y capacidades de los otros. La meta de la Nueva Era es transformar al ser humano en un ser planetario; el desarrollar sus capacidades es un medio para ese fin, no el fin en si mismo. No se trata de aspirar a ser un creador todopoderoso, sino un siervo compasivo y abnegado, un protector de toda vida que aliente en este planeta, quien vive y trabaja en medio de lo cotidiano y de lo aparentemente trivial, sin destacarse externamente, pero siendo – por su amor – el más vulnerable y accesible de los seres.

La aparición de una Nueva Era se basa ante todo en esfuerzos para aplicar valores holísticos y planetarios. Suele ser propio de estas motivaciones no atraer la atención hacia ellas, pues parecen algo tan sin importancia al mezclarse con la vida diaria. El empeño de un empresario por dar oportunidades a las capacidades innatas de sus subordinados, o el intento de un padre de ir más allá de la actitud patriarcal tradicional para expresar su propio instinto protector, tal vez no resulte ser una noticia tan espectacular como el que en una sesión espiritista apareció un jefe militar atlante de miles de años atrás pronosticando la destrucción de nuestro planeta. Los esfuerzos individuales para explorar y aplicar valores de desarrollo personal y de compasión en ámbitos verdaderamente corrientes, tendrán un efecto mucho más duradero y transformador que cualquier noticia paranormal, y esto es lo que constituye la esencia del movimiento de
la Nueva Era.

Internamente, la Nueva Era continúa el esfuerzo histórico de la humanidad por profundizar en los misterios de la naturaleza, de Dios, de nosotros mismos y de la realidad. En una época tan materialista como esta, la Nueva Era significa un renacer de nuestro sentido de lo sagrado, un impulso del alma por comprender y expresar su propia divinidad, en armonía con la divinidad que habita la creación y con la Fuente primordial de esa divinidad cuya naturaleza inefable seguimos tratando de conocer.

En consecuencia, para aquellos que tenemos fe en el espíritu de la Nueva Era, importa comprender que ella simboliza esencialmente la unión del corazón y del intelecto humano con la divinidad en la construcción de un mundo mejor, donde pueda compartirse el sentido comunitario de integridad y sacralidad. Surgiría de esta manera una conducta social fundamentada en una visión del mundo que estimula la creatividad, la disciplina, la abundancia y la autenticidad.

Los medios de comunicación pueden llegar a identificar hasta tal punto la idea de una Nueva Era con lo irracional, lo mágico, lo paranormal, y los estilos de vida centrados en el engrandecimiento del propio poder, que la imagen pierda su potencia transformadora. Sería de lamentar, pero creo que no alteraría fundamentalmente los hechos. La verdadera transformación que está ocurriendo en nuestra sociedad seguiría su curso. La Nueva Era tiene muy poco que ver con las profecías, imaginaciones y espejismos visualizados en una esfera mágica, pero tiene muchísimo que ver con nuestra capacidad de contactarnos con el mundo de una manera nueva que nos capacite para actitudes y acciones caritativas y transformadoras. Recordando esto, podemos olvidarnos de la Nueva Era de las canalizaciones espíritas, de los cristales de cuarzo, y otras hierbas, y trabajar en descubrir y crear un mundo armonioso que nos nutrirá y ayudará a realizar nuestras potencialidades no sólo a nosotros sino también a nuestra descendencia que heredará este planeta en el futuro.

David Spangler

Traducido y extractado por Alberto Carvajal de
The New Age Vision
Findhorn Publications

Perspectivas Espirituales para el Mundo de Hoy (II)

Perspectivas Espirituales para el Mundo de Hoy (II)

 

ConfianzaEl Ingreso en el Universo Sensible

Uno de los hitos más importantes en el surgimiento de una nueva visión científica de la especie humana y el universo es la obra de Thomas Kuhn, que en 1957 publicó The Structure of Scientific Revolutions. Este libro fue el primero en alertarnos acerca de la tendencia de la ciencia a ser selectiva por la forma en que sus profesionales eligen su investigación y al mismo tiempo por cómo juzgan el trabajo de otros.

De manera muy convincente, Kuhn mostraba que lo que él denominó “pensamiento paradigmático” a menudo llevaba a los científicos a excluir áreas de investigación, como hallazgos particulares que no se ajustaban con facilidad a las teorías o las construcciones mentales predominantes de la época. Un paradigma es un conjunto de creencias sobre la realidad que parecen evidentes e inmutables. El pensamiento paradigmático puede llevar a los individuos (en este caso, los científicos) a defender su punto de vista contra toda prueba racional. Esto es exactamente lo que pasó con la sumisión ciega al paradigma newtoniano. La tesis de Kuhn también arrojó luz sobre el problema de la “inversión” personal de la ciencia, revelando la forma en que los científicos muchas veces hacen sus carreras a partir de descubrimientos particulares, a menudo en universidades o instituciones privadas, y luego tienden a defender estas posiciones teóricas -que ven como origen de su status personal- frente a los que llegan con ideas diferentes, aunque esas ideas sean objetivamente mejores y más completas.

En razón de este problema, la ciencia con frecuencia avanza con lentitud, y a menudo debe retirarse una generación para que la siguiente vea aceptados sus logros. El gran aporte de Kuhn fue crear una mayor conciencia y una mayor apertura personal en una nueva generación de científicos, justamente en momentos en que se producía una toma de conciencia popular de que estaba produciéndose un cambio importante de paradigma.

Newton imaginó que el mundo funcionaba gracias a procesos puramente físicos de una naturaleza similar a la máquina, sin influencia mental o mística de ningún tipo. Al seguir este paradigma, todas las demás ciencias y subdisciplinas se pusieron a categorizar y explicar todas las partes y los pro­cesos básicos del mundo.

Sin embargo, a fines del siglo XIX, en el clímax mismo del paradigma mecanicista, empezaron a ponerse en duda los supuestos básicos de la física que había creado este tipo de ciencia. De repente, en vez de ser un lugar muerto y sin alma, el universo comenzó a parecer un enorme teatro de energía dinámica y misteriosa, una energía que estaba implícita en todas las cosas e interactuaba consigo misma de una manera que no podía calificarse sino de “inteligente”.

La Nueva Física

Este paso a una creencia en el universo inteligente empezó con el trabajo de Albert Einstein, que a lo largo de varias décadas puso la física patas para arriba. Como bien lo detalla Fritjof Capra en El Tao de la Física, Einstein salió a escena cuando a los científicos empezó a costarles comprender datos experimentales específicos como lo hacían antes. El comporta­miento de la luz, por ejemplo, no encajaba fácilmente en la visión mecanicista newtoniana.

Maxwell y Faraday habían demostrado en 1860 que la mejor manera de describir la luz era como un campo electromagnético oscilante que distorsionaba el espacio ya que viajaba a través del universo en forma de ondas. La idea de las distorsiones de espacio evidentemente no era posible dentro de la estructura newtoniana, porque para ajustarse a esa teoría la onda necesitaba un medio para poder viajar mecánicamente. Para resolver el problema, Maxwell y Faraday enunciaron la hipótesis de un “éter” universal que podía cumplir con esa función.

En lo que más tarde constituiría una serie de percepciones brillantes, Einstein propuso la teoría de que no había ningún éter y que en verdad la luz viajaba a través del universo sin un medio distorsionando el espacio. Einstein postuló además que este efecto explicaba también la fuerza de gravedad, afirmando que la gravedad no era una fuerza en el sentido convencional en que Newton la describía.

Era, en cambio, el resultado de la forma en que la masa de una estrella o un planeta también distorsionaba el espacio. Einstein afirmó que la Luna, por ejemplo, no gira alrededor de nuestro planeta porque es atraída por la masa más grande de la Tierra que tira de ella como si fuera una pelota que va haciendo remolinos sobre una cuerda. Lo que sucede, en cambio, es que la Tierra distorsiona su espacio circundante de manera tal que lo curva, o sea que la Luna en realidad va en línea recta siguiendo las leyes de la inercia, pero no obstante gira alrededor de nuestro planeta en una órbita.

Esto significa que no vivimos en un universo que se expande hacia el infinito en todas las direcciones. El universo en su conjunto está curvado por la totalidad de materia que tiene en su interior de una manera increíblemente misteriosa. Esto significa que si tuviéramos que viajar lo suficiente en una línea recta perfecta en una dirección, recorriendo una distancia lo bastante grande, volveríamos exactamente al mismo lugar en que empezamos. Por lo tanto, el espacio y el universo son interminables y sin embargo finitos, limitados, como una cápsula, lo cual plantea la cuestión: ¿qué hay fuera de este universo? ¿Otros universos? ¿Otras realidades dimensionales?

Einstein llegó a establecer que el tiempo objetivo también es alterado por la influencia de los cuerpos grandes y por la velocidad. Cuanto más grande es el campo gravitacional en el que se coloca un reloj y cuanto más rápido viaja el reloj, más lento es el paso del tiempo en relación con otro reloj. En un experimento mental ahora famoso, Einstein ilustró de qué manera un reloj en una nave espacial que viaja a velocidades cercanas a la velocidad de la luz funcionaría con más lentitud en relación con un reloj en la Tierra. Los ocupantes de la nave no notarían ninguna diferencia pero envejecerían mucho menos durante su vuelo que los que no viajaron.

Einstein también demostró el carácter constante de la velocidad de la luz, con independencia de cualquier otro movimiento agregado o sustraído a su velocidad. Por ejemplo, cuando viajamos en auto y arrojamos una bola hacia delante, la velocidad de la bola es la velocidad del auto más la velocidad de la bola después de haber sido arrojada. No ocurre lo mismo con la luz. La velocidad de la luz visible así como la de todos los fenómenos electromagnéticos, es de 299.792 kilómetros por segundo aunque vayamos, digamos, a 290.000 kilómetros por segundo y alumbráramos hacia delante con una linterna. La velocidad de la luz que sale de la linterna no sería la suma de su velocidad más nuestra propia velocidad sino que se mantendría constante en 299.792 kilómetros por segundo. Este solo descubrimiento, una vez captado, destruye la vieja idea de un universo mecánico.

En lo que constituye su idea tal vez más revolucionaria, Einstein también afirmó que la masa de un objeto físico y la energía que contenía eran en realidad intercambiables según la fórmula E = mc2. En esencia, Einstein demostró que la materia no es nada más que una forma de luz.

El trabajo de Einstein fue como abrir una caja de Pandora. El paradigma se apartó del concepto de un universo mecani­cista, y nuevos descubrimientos empezaron a probar lo misterioso que es el universo.

Los primeros datos nuevos fueron producidos en la física cuántica por pioneros como Niels Bohr, Wolfgang Pauli y Werner Heisenberg. Desde la antigua Grecia, la física se había aventurado en la búsqueda de los componentes materiales básicos de la naturaleza, dividiendo la materia en unidades cada vez más pequeñas. Se confirmó la idea del átomo, pero cuando los físicos dividieron el átomo en partículas más pequeñas de protones y electrones empezaron a darse cuenta de la escala sorprendente que esto implicaba. Como relata Capra, si se visualiza el núcleo de un átomo del tamaño de un grano de sal, entonces para describir con precisión la escala de un átomo real, los electrones deberían estar alejados decenas de metros.

Igualmente impactante fue el descubrimiento de la manera en que se comportaban estas partículas elementales bajo observación. Al igual que la luz, parecía que actuaban como ondas y a la vez como objetos con masa, según el tipo de observación que los científicos elegían. De hecho, a comienzos de este siglo muchos famosos físicos del quantum -entre ellos Heisenberg- empezaron a creer que el acto de observación y la intención de los científicos afectaba directamente la conducta y la existencia de estas partículas elementales.

Poco a poco, los físicos empezaron a cuestionar si era lógico incluso llamar partículas a estas entidades. Se compor­taban por cierto de una manera que en ningún sentido podía ser llamada material. Por ejemplo, si se dividían, las unidades separadas resultaban ser partículas gemelas del mismo tamaño y especie. Lo más sorprendente de todo, quizás, es que estas sustancias elementales tienen una forma de comunicarse entre sí a través del tiempo y el espacio que es imposible de acuerdo con el viejo paradigma mecanicista. Los experimentos demostraron que, si se divide en dos una partícula y se hace cambiar de condición a una de ellas, o se la hace rotar, la otra automáticamente rota aunque esté muy alejada.

En respuesta a este descubrimiento, el físico John Bell armó su ahora famosa ley, conocida como teorema de Bell, que estipula que, una vez conectadas, las entidades atómicas están siempre conectadas, un hecho por entero mágico desde el viejo punto de vista newtoniano. Más aún, las últimas teorías de la supercuerda y el hiperespacio en la física aportan más misterio a la situación. Ven un universo que incluye multidimensiones, aunque increíblemente pequeñas y reducen la materia y la energía a puras vibraciones similares a cuerdas.

Como era de suponer, esta nueva descripción del universo que plantean los físicos empezó a afectar también las otras disciplinas, en especial la biología. Como parte del viejo paradigma, la biología había reducido la vida a la mecánica de las reacciones químicas. Y la teoría mecanicista de la evolución de Darwin había permitido a la biología explicar la existencia de un amplio espectro de formas de vida en el planeta, incluidos los seres humanos, en términos de procesos aleatorios en la naturaleza, sin ninguna referencia a lo espiritual.

Es irrefutable que la vida en este planeta evolucionó de alguna manera de formas más pequeñas a más grandes; el registro fósil es claro. Pero la descripción de un universo nuevo y misterioso por parte de los físicos puso en duda la formulación de Darwin respecto de la manera en que actuó dicha evolución.

En la concepción de Darwin, las mutaciones se producían al azar en la descendencia de los miembros de todas las especies, lo cual daba a estos descendientes rasgos ligeramente distintos. Si los rasgos resultaban ventajosos, dichos indivi­duos sobrevivían en una proporción mayor y a la larga el nuevo rasgo se establecía como característica general de la es­pecie. Según Darwin, por ejemplo, algunos de los antepasados de la jirafa actual habían desarrollado aleatoriamente cuellos largos y como este desarrollo resultó ser una ventaja (alcanzar fuentes más abundantes de alimento), la descendencia de estos animales sobrevivió en una proporción mayor y por último todas las especies de esa clase tuvieron cuellos largos.

En el universo secular y sin misterio, la evolución no podía concebirse de ninguna otra manera. Pero ahora, con estas ideas surgen varios problemas. Una dificultad es que recientes proyecciones de datos indican que un proceso totalmente aleatorio habría sido muy lento y las formas de vida habrían tardado en alcanzar el estadio que alcanzaron mucho más que el tiempo que lleva la vida evolucionando en la Tierra. Otro problema es que el registro de fósiles no muestra los eslabones perdidos o las criaturas transicionales que deberían existir para reflejar un cambio gradual de una especie de una forma a otra.

Por cierto, los organismos multicelulares siguieron a los organismos unicelulares, y los reptiles y mamíferos no apare­cieron hasta no haberse desarrollado los peces y los anfibios. Pero el proceso parecía saltar de una especie totalmente forma­da a la siguiente con la aparición de las nuevas especies al mismo tiempo en distintos lugares del mundo. Los aspectos misteriosos del universo descritos por la nueva física sugieren que la evolución tal vez esté avanzando con un propósito más determinado de lo que Darwin suponía.

Perspectivas Espirituales para el Mundo de Hoy

Perspectivas Espirituales para el Mundo de Hoy

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Intuiciones Iniciales

Nuestra nueva experiencia espiritual empezó a aparecer, creo, a fines de la década de los 50, cuando, en la cima misma del materialismo moderno, algo muy profundo empezó a ocurrir en nuestra psique colectiva. Como si, parados sobre el pináculo de siglos de logro material, hubiéramos hecho una pausa para preguntarnos: “¿Y ahora qué?”. Parecía haber una intuición masiva de que algo más era posible en la vida humana, que era posible alcanzar un sentido más amplio de realización del que nuestra cultura había sido capaz de articular y vivir.

Lo primero que hicimos con nuestra intuición fue, desde luego, mirarnos a nosotros mismos –o más bien mirar las intuiciones y los estilos de vida que veíamos en la cultura que nos rodeaba- con una suerte de crítica despiadada. Tal como fue claramente documentado, el clima emocional de la época era rígido y centrado en la idea de clase. A judíos, católicos y mujeres les costaba mucho alcanzar posiciones de liderazgo. Los negros y otras minorías étnicas eran excluidos por completo. Y el resto de la sociedad adinerada sufría un caso generalizado de categorización material.

Con el sentido de la vida reducido a la economía secular, el status se alcanzaba por el éxito que se mostraba, a partir de lo cual se inventó todo tipo de esfuerzos desopilantes por no ser menos que los demás. A casi todos nos inculcaron una orientación hacia el exterior terriblemente rígida que nos hacía juzgarnos a nosotros mismos siempre de acuerdo con lo que pudiera pensar la gente que nos rodeaba. Y anhelábamos una sociedad que pudiera liberar de alguna manera nuestro potencial.

La Década de los 60.- Por eso empezamos a pedirle más a nuestra cultura, lo cual desembocó en los numerosos movimientos reformadores que caracterizaron la década de los 60. Surgieron rápidamente muchas iniciativas legales que buscaban la igualdad racial y sexual, la protección del medio ambiente e incluso la oposición a la desastrosa guerra no declarada en Vietnam. Ahora podemos ver que, por debajo de la conmoción, la década de los 60 representó el primer punto de partida masiva -la primera “grieta en el huevo cósmico”, como lo denominó Chilton Pearce- en la cosmovisión secular dominante. La cultura occidental, y hasta cierto punto la cultura humana en general, empezaba a superar su orientación materialista para buscar un sentido filosófico más profundo en la vida.

Empezamos a sentir, en una escala mayor que nunca, que nuestra conciencia y experiencia no tenían por qué ser limitadas por la visión estrecha de la era materialista, que todos debían funcionar e interactuar en un nivel más elevado.

Sabíamos, en un nivel más profundo del que podíamos explicar, que de alguna manera podíamos escapar y ser más creativos y libres y estar más vivos como seres humanos.

Por desgracia, nuestras primeras acciones reflejaron los dramas competitivos de la época. Todos mirábamos a los de­más y a las diferentes instituciones que nos irritaban y exigíamos que las estructuras sociales fueran reformadas. En esencia, mirábamos en derredor a nuestra sociedad y les decíamos a los otros: “Deberían cambiar”. Si bien este activismo sin duda trajo aparejadas reformas legales básicas que resultaron útiles, mantuvo intactos los problemas más personales de inseguridad, miedo y ambición que siempre constituyeron el núcleo del prejuicio, la desigualdad y el daño ambiental.

La Década de los 70.- Para cuando llegaron los años 70, empezábamos a comprender este problema. Como veremos más adelante, la influencia de los psicólogos de las profundidades, el nuevo enfoque humanístico en la terapia y el creciente volumen de literatura de autoayuda en el mercado empezó a infiltrarse en la cultura. Nos dimos cuenta de que les pedíamos a los otros  que cambiaran pero pasábamos por alto los conflictos que teníamos adentro. Empezamos a ver que, si queríamos encontrar ese “más” que estábamos buscando, debíamos dejar de lado el comportamiento de los demás y mirar hacia adentro. Para cambiar el mundo, primero debíamos cambiar nosotros.

Casi de un día para otro, ir a ver a un terapeuta dejó de tener un estigma negativo y pasó a ser aceptable; se puso de moda analizar en forma activa nuestra psique. Descubrimos que una revisión de nuestra historia familiar temprana, como bien sabían los freudianos, creaba muchas veces una suerte de percepción o catarsis sobre las ansiedades y defensas indivi­duales, y también cómo y cuándo esos complejos se originaban en nuestra infancia.

A través de ese proceso pudimos identificar las formas en que refrenábamos nuestra realización o nos reprimíamos. De inmediato nos dimos cuenta de que esta focalización interior, este análisis de nuestra historia personal, era útil e importante. No obstante, a la larga, seguíamos viendo que algo faltaba. Veíamos que podíamos analizar nuestra psicología interna durante años y que, no obstante, cada vez que estábamos en situaciones de mucho estrés e inseguridad volvían a presentarse los mismos viejos miedos, reacciones y exabruptos.

A fines de la década de los 70 nos dimos cuenta de que nuestra intuición del “más” no podía ser satisfecha sólo con terapia. Lo que intuíamos era una nueva conciencia, un nuevo sentido de nosotros mismos y un flujo de experiencia superior que reemplazaría los viejos hábitos y reacciones que nos afligían. La vida más plena que sentíamos no tenía que ver con el mero crecimiento psicológico. La nueva conciencia requería una transformación más profunda que sólo podía ser calificada de espiritual.

Las Décadas de los 80 y los 90.- En los años 80, esta percepción nos hizo ir en tres direcciones. La primera estuvo marcada por una vuelta a las religiones tradicionales. Con una renovada chispa de compromiso muchos nos embarcamos en una nueva lectura de las Escrituras y de los rituales sagrados de nuestra herencia, buscando la respuesta a nuestra intuición en una consideración más profunda de los caminos espirituales con­vencionales.

El segundo rumbo fue una búsqueda espiritual más general y personal que nosotros mismos dirigimos, en la que procuramos un entendimiento más ajustado de los caminos espirituales más esotéricos que se habían encontrado a lo largo de la historia.

La tercera dirección fue una huida total del idealismo o la espiritualidad. Frustrados con la introspección de las décadas de los 60 y 70, muchos quisimos volver a capturar el materialismo aletargado de los años 50, cuando la sola vida económica parecía bastar. No obstante, este intento por transformar la gratificación económica en un sustituto de ese sentido de la vida más elevado que intuíamos desembocó tal vez simplemente en una presión interna de enriquecernos rápido. Ejemplos de los excesos que caracterizaron la década de los 80 fueron los escándalos de las empresas de ahorro y préstamo y la gran corrupción en el mercado de valores.

Siempre definí los años 80 como un retorno al Salvaje Oeste, en el que los tres impulsos -un intento de vuelta al materialismo y un renovado análisis de lo espiritual tanto viejo como nuevo- se agitaron y compitieron violentamente. Como vemos ahora retrospectivamente, fueron todos intentos de encontrar ese algo “más” que sentíamos a la vuelta de la esquina. Experimentábamos, fingíamos, competíamos por atraer la atención, con lo cual elevamos gran parte de lo que hacíamos al nivel de una moda superficial y, a la larga, nos sentimos decepcionados.

Con todo, creo que todo lo que pasó en la década de los 80 fue importante, en especial este primer interés masivo en distintos enfoques espirituales. Fue un paso necesario que nos dejó cansados de la publicidad inflada y el comercialismo y nos llevó a un nivel más profundo. En cierto modo fue una depuración que nos llevó a buscar una esencia verdadera y nos convenció al fin de que procurábamos un cambio más profundo en nuestras actitudes y nuestra forma de ser.

De hecho, creo que la intuición colectiva de la década de los 80 adquirió la forma de un mensaje básico: más allá de que analicemos la espiritualidad de nuestras religiones tradiciona­les o las experiencias descritas por los místicos de un camino más esotérico, hay una profunda diferencia entre conocer y debatir la percepción espiritual y experimentar realmente estas percepciones de un nivel personal.

A principios de la década de los 90, pues, estábamos en un lugar muy importante. Si nuestra intuición de los años 60 era acertada y era posible una experiencia de vida más plena, sa­bíamos con claridad que debíamos superar una consideración meramente intelectual y encontrar la experiencia real. Como consecuencia de ello, la publicidad inflada y la moda desaparecieron, pero la búsqueda de la experiencia real no. Por eso nuestra apertura a la espiritualidad alcanzó ahora un nuevo nivel de autenticidad y discusión.

La Búsqueda de lo Real

Dentro de este marco se publicaron La Novena Revelación, La Décima Revelación y toda una serie de libros que abordaban el tema de la percepción espiritual real. Libros que fueron leídos por millones de personas en todo el mundo y que llegaron a la corriente dominante precisamente porque intentaban describir nuestros anhelos espirituales en términos reales, señalando experiencias que de veras podían vivirse.

En la década de los 60, el idealismo predominante de la época me llevó hacia una carrera en la que trabajaba con adolescentes con problemas emocionales y sus respectivas familias, primero como asistente social y luego como administrador. Mirando para atrás, veo una profunda relación entre esas experiencias laborales y la posterior creación de la Revelación. A través del trabajo con esos jóvenes, que en todos los casos habían experimentado un grave maltrato en su infancia, empecé a tener un panorama más amplio de lo que debían superar. Para reparar lo que les había pasado, debían embarcarse en un viaje particular que en cierto modo debía incluir lo trascendente.

La angustia del abuso en los primeros años de vida crea en los niños una marcada necesidad de controlar la existencia. Modelan dramas, a veces graves y autodestructivos, para darse un sentido y por ende reducir su angustia. Romper el esquema de esos dramas puede resultar sumamente difícil, pero los terapeutas lo lograron, facilitando la percepción de los momentos pico de éxito con ejercicios atléticos, interacciones grupales, meditación y otras actividades. Estas actividades apuntan a promover la experiencia de un yo superior que reemplace la vieja identidad y su esquema de reacción concomitante.

Hasta cierto punto, cada uno de nosotros se ve afectado de una u otra manera por el mismo tipo de angustia que experimentan los chicos maltratados. Por fortuna, en la mayoría de los casos esta angustia es de un grado inferior y nuestros esquemas de reacción no son tan extremos, pero el proceso, el nivel de crecimiento que implica, es exactamente el mismo. Esta toma de conciencia a partir de lo que vi en mi trabajo aclaró en mi mente lo que parecía estar viviendo toda la cultura. Sabíamos que la vida, como de costumbre, parecía estar perdiéndose algo a lo que se podía llegar a través de una experiencia transformadora interior, un cambio real en la forma en que nos percibíamos nosotros mismos y nuestra vida susceptible de producir una identidad personal más elevada y más espiritual. El esfuerzo por describir esta trayectoria psicológica fue la base de La Novena Revelación.

La Revelación

El período en que escribí La Novena Revelación se extendió de enero de 1989 a abril de 1991 y se caracterizó por una suerte de proceso de ensayo y error. Curiosamente, mientras recordaba experiencias anteriores y escribía sobre ellas, entre­lazándolas en un relato de aventura, ocurrían coincidencias asombrosas que enfatizaban los argumentos específicos que quería plantear. Aparecían libros en forma misteriosa, o tenía encuentros oportunos con la clase exacta de individuos que trataba de describir. A veces se me acercaban extraños sin un motivo evidente y me hablaban de sus experiencias espirituales. Obligado a darles el manuscrito, descubrí que sus reacciones siempre señalaban la necesidad de una revisión o una ampliación.

La señal de que el libro estaba casi terminado se produjo cuando muchas de esas personas empezaron a pedirme copias del manuscrito para sus amigos. Mi primera búsqueda de editor no tuvo éxito y chocó contra el primero de los que ahora califico muros de ladrillos. Todas las coincidencias se interrumpieron y me sentí paralizado. En ese momento, empecé al fin a aplicar lo que considero como una de las verdades más importantes de la nueva conciencia. Fue una actitud que conocía y que había experimentado antes pero que todavía no estaba lo bastante integrada a mi consciente para recurrir a ella en una situación estresante.

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