El Artista

El Artista

ElArtista Un día nació en su alma el deseo de esculpir la estatua del Placer que dura un instante. Y se fue por el mundo en busca de bronce, porque no podía contemplar sus obras más que en bronce.

Pero el bronce había desaparecido del mundo entero y en ninguna parte de la Tierra podía encontrarse, salvo el bronce empleado en la estatua del Dolor que se sufre toda la vida.

Y era precisamente él mismo quien con sus propias manos había modelado esa estatua, colocándola en la tumba del único ser al que amó en su vida. Erigió, pues, en la tumba de aquella mujer fallecida aquella estatua que era creación suya, para que fuese como señal del amor del hombre que es inmortal, y como símbolo del dolor humano que se sufre durante toda la vida.

Y en el mundo entero no había mas bronce que el de esa estatua. Cogió entonces la estatua que había creado antaño, la metió en un gran horno y la entregó al fuego.

Y con el bronce de la estatua del Dolor que se sufre toda la vida cinceló la estatua del Placer que dura un instante.

Oscar Wilde

Extractado por Farid Azael de
Wilde, Oscar.- Obras Completas.- Aguilar.

Las Ruinas Circulares

Las Ruinas Circulares

Nadie lo vio desembarcar unánime anoche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza. Ese redondel es un templo que devoran los incendios de antiguos, que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres.

El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas.

El propósito que lo guiaba no era imposible aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de los leñadores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar.

Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía, cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si anduviera la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba en un alma que mereciera participar en el universo.

A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y que sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a individuos; los últimos preexistirían un poco más. Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar al maestro.

Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre, un día emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que al pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatió contra él. Quiso explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos.

Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo.

Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que soñó durante ese período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses planetarios, pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso y durmió. Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.

Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano aún sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido.

En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo era el Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) Agotados los votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y en otros iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, de suerte que todas las criaturas, excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. Le ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviara río abajo, para que alguna voz lo glorificara en aquel edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado despertó.

El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años) a descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego. Íntimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También rehizo el hombre derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo eso había acontecido… En general, sus días eran felices; al cerrar los ojos pensaba: Ahora estaré con mi hijo. O, más raramente: El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy.

Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer, y tal vez impaciente. Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos blanqueaban río abajo, a muchas leguas de inextricable selva de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje.

Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares, agua abajo; de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los hombres. Percibía con cierta palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El propósito de su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de éxtasis.

Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y no quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre qué humillación incomparable, que vértigo ! A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; es natural que el mago temiera el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña y rasgo por rasgo, en mil y una noche secretas.

El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia que otro estaba soñando.

Jorge Luis Borges
Cuento de la India

Cuento de la India

Una vez había una pareja que no tenía niños y que tenía muchos deseos de tener uno. Oraron al Dios Shiva, uno de los dioses hindúes, y finalmente su deseo fue concedido. Pero existía una condición: su hijo no viviría más allá de su cumpleaños número 25. Incluso así, la pareja era muy feliz. Su hijo creció sano, bien educado e inteligente y pronto llegó el momento de casarlo. Su padre se tomó considerable trabajo para encontrarle una novia adecuada. Finalmente encontró a la hija de una familia muy devota y sintiéndose satisfecho hizo todos los arreglos para la boda. Al principio la madre del joven objetó que sería malo casarlo con una mujer que tendría que quedar viuda tan pronto, pero su padre insistió en que no existiría miseria en la vida de esta pareja. Todo marcharía bien.

Los jóvenes se casaron y pasaron los años. A medida que el joven se aproximaba a los 25 años de edad su madre comenzó a llenarse de miedo y tristeza, pero su padre de alguna manera se mantenía calmado, asegurándole a su mujer que nada ocurriría. El temido día llegó y pasó sin incidentes y luego el siguiente día y luego el siguiente. La madre del joven se calmó pero estaba perpleja, ¿cómo podía ser? El mismo Dios Shiva había fijado la fecha. El padre, viendo que su esposa estaba profundamente perturbada por los eventos, sugirió que fueran a la casa de su hijo donde ella encontraría respuesta a su pregunta.

Llegaron antes de la salida del sol y se ubicaron por afuera, frente a una ventana desde donde a la luz tenue de una pequeña cocina, pudieron ver a la joven nuera preparando el desayuno para su hijo. Observaron cómo ella batía la leche fresca para preparar mantequilla, y con cada movimiento del batido ella cantaba Shiva. Luego ubicaba la mantequilla en una fuente en la cocina para hacer ghee y al revolver la mantequilla que se derretía ella cantaba Shiva, Shiva. Asimismo mientras picaba las cebollas y el ajo fresco, el nombre de su Maestro del cielo estaba en sus labios. Y así cuando ella colocaba los condimentos dentro de la masa de la parantha (*), su clara y dulce voz cantaba con añoranza: Shiva, Shiva, Shiva.

Tiempo después, la simple comida en la que ella había estado trabajando por varias horas la sirvió a su esposo, él la comió con gran apetito y luego se fue a su trabajo. Al volver a casa los padres, la mujer le dijo al esposo: “fue lindo ver a nuestra nuera sirviendo a su esposo con tal devoción, pero todavía no entiendo por qué él está aún vivo.” El replicó: “querida, es cierto que el señor Shiva decretó que la vida de nuestro hijo iba a ser corta pero incluso el señor Shiva debe atender los rezos de sus devotos. Tú viste la forma en que esa mujer rezaba al señor Shiva al preparar la comida. Sus oraciones se introdujeron en la misma comida. Cada día, la muerte está esperando para llevarse a nuestro hijo y cada día él come esa comida y la muerte debe mantenerse fuera. Mientras ellos continúen con esta rutina divina, nuestro hijo no puede morir.”

 

Relato transcrito de

“Alimentos para la Salud y la Curación”

Yogi Bhajan

Guru Nanak Dev Publicaciones, 1983

 

(*) Parantha: Es un chapati relleno, frito en ghee.

La Cruz

La Cruz

 Subía lentamente, algo encorvado por el peso de la cruz, pero contento, muy contento.

El encuentro con aquel forastero que le había confiado el secreto del Anciano de la Montaña, le tenía muy feliz. Siempre se había quejado amargamente de la vida que le había tocado en suerte, del excesivo dolor que acompañaba los sucesos de su vida. Muchas veces, distintas personas le dijeron que sus penas no eran diferentes ni mayores que las de otros más duramente tratados por la vida, y que a nadie le pasaban más cosas que las que necesitaban para ser felices, ni eran estas de una dimensión mayor al peso que cada cual podía soportar. Sin embargo, estaba convencido de que un sino fatal acompañaba su existencia.

Por eso él quería cambiar su cruz.

Tan absorto se encontraba en sus pensamientos acerca de lo que haría luego de bajar la montaña, que, olvidando por completo la carga que soportaba sobre sus hombros, ascendía con gran entusiasmo, procurando descubrir el lugar donde el Anciano aguardaba, desde siempre, a quienes habían recibido una cruz equivocada.

Detrás de él, el madero vertical rezongaba sordamente al desgastarse sus esquinas por el continuo roce con el suelo pedregoso. En algún momento que no pudo precisar, notó que la naturaleza había silenciado su ritmo; los sonidos que instantes atrás llenaban el espacio de sensaciones conocidas, se habían ausentado. Con algo de temor detuvo su andar y, mirando sorprendido en derredor, descubrió una frágil figura de misterioso aspecto, que lo miraba fijamente con sus añosos ojos oscuros.

– ¿Eres tú el Anciano de la Montaña? –preguntó.

El aludido no respondió, pero algo le dijo en su interior que efectivamente era él.

Pasada la primera impresión, pudo percatarse que más allá, diseminadas en un gran espacio, se encontraban las más preciosas cruces que jamás alguien viera. Las había grandes, pequeñas, de madera, de marfil, de metales, de colores diversos y de diferentes texturas. Era un espectáculo maravilloso que le impresionaba y que le costaba creer.

– Deja tu cruz junto a las otras y escoge entre todas las que ves, aquella que tú crees que te corresponde llevar.

En cuanto terminó de hablar, el Anciano desapareció del lugar tan rápida y misteriosamente como había aparecido, sin dejar rastro y sin decir nada más.

Hubiera querido agradecérselo, pero no supo dónde encontrarlo. Como hacía tanto tiempo que soñaba con esta oportunidad, desentendiéndose de toda otra idea, con gran entusiasmo se dedicó a elegir la cruz que más pudiera gustarle.

La tarea, sin embargo, no fue fácil. Unas cruces eran muy bellas, pero demasiado débiles y quebradizas; otras eran más firmes, pero toscas y mal terminadas; algunas eran desproporcionadas o muy costosas y adornadas; otras demasiado simples; encontraba adecuadas las de metal, pero algo pesadas. En fin, estaba comenzando a desanimarse cuando, sobre la tierra y apartada del resto, encontró una que le pareció perfecta. Se emocionó porque era como si la hubieran hecho a su medida; de hermosa madera, muy bien trabajada y de peso conveniente. Era la cruz que siempre había soñado.

La puso sobre su hombro y, luego de mirar sin resultado en todas direcciones, buscando al Anciano de la Montaña que tan desinteresadamente le había hecho feliz, emprendió rápidamente el camino de regreso.

Detrás de él, el madero vertical seguía rezongando sordamente al desgastarse sus esquinas por el continuo roce con el suelo pedregoso.

Andrés de la Maza.

La Narración Mágica

La Narración Mágica

Existen distintas teorías sobre los orígenes de la narración. Probablemente surgieron como forma de diversión alegre. Puede ser que se crearan como medio para explicar lo increíble del mundo. Quizás nacieron para rendir honor a lo sobrenatural o bien a partir de la necesidad de comunicar experiencias a los demás.

Aparte de sus orígenes, el arte de la narración mágica está en lo más profundo de nuestro ser. Ello implica despertar la imaginación creativa, puesto que el centro de la creación reside en la imaginación. Tenemos que desarrollar el poder de sugerir emociones (junto a la convicción espiritual) confiriendo a las imágenes un mayor poder y significado. El narrador mágico de hoy debe desarrollar una profunda comprensión de los símbolos y las personas, así como un intenso sentido de la selección y la diferenciación en su aplicación.


Anne Pellowski, en su libro The World of Storytelling, define la narración como El arte o destreza de narrar historias en verso y/o prosa, llevado a cabo o dirigido por una persona directamente ante el público: las historias pueden recitarse, salmodiarse o cantarse, con o sin acompañamiento musical, ilustración u otro complemento, y pueden aprenderse por medio de la transmisión oral, la palabra escrita, o grabada; uno de sus objetivos tiene que ser el del entretenimiento.
La narración mágica consiste en utilizar la narración para conseguir ampliar las percepciones, la iluminación y estados de consciencia mágicos. Todos los que han experimentado una meditación orientada y eficaz han tenido la vivencia de una de las formas de la narración mágica. La meditación utiliza imágenes y escenas pensadas para producir efectos específicos. Precisamente por eso la antigua técnica oculta de trabajar la senda (que hallamos a menudo en las prácticas cabalísticas) resulta tan efectiva en el proceso del desarrollo.

La narración mágica despierta al niño que llevamos dentro, el cual sigue recordando e identificando los sutiles juegos de la energía de la vida. Nos ayuda a convertirnos de nuevo en un niño, lo mismo que nos sugiere la Biblia. Para un niño todo posee vida. Las piedras están vivas. Los riachuelos hablan una lengua a modo de gorgoteo y poseen voluntad porque el agua fluye. Los animales piensan o llevan un espíritu en su interior. Las cosas pueden sentir y actuar, y a pesar de que los padres digan lo contrario, el niño está convencido de lo suyo. Desgraciadamente, estos auténticos conocimientos quedan sepultados.

La narración mágica provoca una atracción simple y emotiva al niño que llevamos dentro. Despierta sentimientos que llevan mucho tiempo latentes y nos motivan hacia la compasión y la solidaridad. Nos ofrecen ingenio y sabiduría a la vez que nos inspiran de nuevo la imaginación. Nos animan a confiar en que las pequeñas cosas que realizamos en nuestra vida son muy importantes. Nos mueven a la acción. En los cuentos mágicos del mundo encontramos muchas víctimas y gente que va en busca de algo. Hacen que nos enfrentemos a la mala suerte. No podemos ignorarla. Las historias nos enseñan que debemos responsabilizarnos de las circunstancias de nuestra vida, confiriendo un significado más profundo al axioma El mal triunfa cuando los buenos se cruzan de brazos.

La narración mágica nos ayuda a descubrir soluciones para nuestros problemas. Ponen de manifiesto procesos internos y el hilo de la historia hace que nos resulten más comprensibles. Nos ayuda a traducir las realidades psíquicas en imágenes que nos asistirán en la comprensión. A pesar de que pueda exagerarse la interpretación simbólica de los cuentos (y a muchos pueda parecerles algo intrascendente), nos ayuda a practicar para ver significados y pautas ocultas, que podemos trasladar a las percepciones de nuestra vida cotidiana. A pesar de que muchos pueden defender interpretaciones individuales, no hay que olvidar que cada cuento puede resonar en nuestro interior de una forma única.


La fórmula para la narración mágica
Todo el mundo es capaz de narrar historias; no obstante, los antiguos místicos conseguían introducir en ellas imágenes específicas para lograr unos efectos más dinámicos. Meditaban sobre su contenido y las vocalizaban de la forma que más se ajustara a la audiencia a la que iban dirigidas. Un narrador mágico experto suele describir un estado de consciencia interno por medio de imágenes y la acción de los protagonistas. El relato se convierte en un espejo que refleja el mundo interior.
La narración mágica constituye un arte interpretativo y puede aplicarse a todas las profesiones. Puede utilizarse para establecer contacto, ilustrar algún punto concreto, ofrecer información, crear ciertos estados de ánimo y alcanzar clímax específicos. Se trata de una forma de comunicación estética y espiritual que cambia de acuerdo con las circunstancias de la historia.

Existe gran cantidad de material de donde pueden sacar información todos aquellos que deseen aprender este eficaz arte. Cuantas más historias se dominan, mayor será la resonancia obtenida con el público. Disponemos de gran número de leyendas, mitos, relatos épicos, fábulas, parábolas, romances, anécdotas, folklore y cuentos de hadas para escoger. Precisamente por razón de esta amplia gama, no siempre resulta fácil decidir qué historias adaptaremos al proceso mágico. Empezaremos leyendo y repasando aquellas que disfrutamos de niños. Sin lugar a dudas, por una razón u otra, nos afectaron y probablemente reflejarán energías familiares en nuestra vida. Pensemos en nuestros antepasados, en nuestra raza y exploremos los mitos y leyendas asociados a tales culturas. Si practicamos una religión concreta, exploraremos en sus relatos. Hay que empezar escogiendo los que se vinculen más con un aspecto específico de nuestra vida. La historia que decidamos utilizar en el proceso mágico deberá regirse por tres criterios:


Universalidad.- La idea que expresa el relato puede interesar prácticamente a todo el mundo. Quizás evoque una respuesta emocional común o toque una experiencia conocida por la mayor parte del público. Tendrá importancia para la experiencia vital de la mayor parte de la audiencia o podemos conseguir que así sea.
Individualidad.- Abordamos el tema de la historia con un planteamiento nuevo. Este incluye nuestra propia selección de palabras, imágenes y método de ordenación de los acontecimientos, a fin de obtener el efecto que deseemos crear.

Sugerencia.- La narración mágica debe plantear algo que hacer al público. Debe sugerirle lo suficiente para que la propia imaginación de la persona encuentre en ella correlaciones y aplicaciones en su vida individual. Insistiendo en el significado o machacando el sentido moral podríamos destruir su aspecto mágico. Hay que tener en cuenta que la historia actúa como catalizador para el cambio, pero que es el otro quien debe captarlo y responder a su manera. La audiencia tiene que encontrar su propia aplicación de la historia.


Una vez escogida la narración, la analizaremos y montaremos de forma que se ciña a nuestros objetivos. Mientras la analizamos, intentaremos comprender a las personas. Identificaremos sus rasgos principales, sus motivaciones, relaciones con los demás, objetivos, etc. Plantearemos una introducción atractiva y determinaremos una serie de imágenes sensoriales a emplear. Limitaremos su duración a unos cinco-siete minutos. Determinaremos la forma de adaptar esta misma historia a públicos diferentes, teniendo en cuenta, además de la lengua y el estilo, el tema en sí.
En cada historia con la que decidamos trabajar debemos tener siempre en cuenta el tema. A menudo las circunstancias del discurso determinarán el tema. Podría ser interesante confeccionar una lista de historias que entren en la misma categoría temática y puedan adaptarse a un tema en concreto. Pueden adaptarse muchos cuentos populares y leyendas al proceso de la narración mágica.

La mayor parte de historias pertenecientes al proceso de narración mágica siguen una estructura concreta. Su contenido puede variar, pero en general la forma no. La historia debe tener un comienzo. Casi siempre se limita a afirmar los aspectos del quién, el qué y el cuándo de la propia historia. Ocurre un incidente inicial que marca el tono de lo que sigue, lleva el tema a un clímax y a una conclusión.

Para todo tipo de historias, hay que memorizar la secuencia. La idea consiste en desarrollar un ritmo sin aprenderse la historia de memoria, palabra por palabra. Debe tener una fluidez, que cobra vida a través de técnicas verbales y no verbales. El proceso de la narración puede parecer fácil y espontáneo, aunque igual como sucede con todas las artes se practica y perfila en cada narración.

Leyes de la forma
Determinados recursos nos ayudarán a mejorar nuestras narraciones mágicas. Axel Olrick, por ejemplo, escribió un artículo titulado: Las leyes épicas de la narrativa popular. En él subraya las leyes que rigen la forma cuando se aplica a la épica. La mayor parte de estas leyes puede aplicarse en la creación de una fórmula mágica para el proceso de la narración, para obtener un efecto más dinámico.

Ley del inicio.- No hay que empezar con una acción repentina. Pasaremos de la tranquilidad a la emoción. El típico comienzo tradicional de la narración es el de encender una vela; con ello atraemos también la atención.

Ley del final.- No hay que acabar de forma brusca. Pasaremos de la emoción a la tranquilidad. Utilizaremos el humor, la sorpresa o el rodeo como juego final de la energía mágica a través de la historia. El final suele venir determinado por la propia historia y su tema concreto. Algunas terminan con algún disparate o con rimas. Existe también un final ritual que a menudo se aplica a las narraciones formales. Podría ser la extinción de la llama de la vela tras haber formulado un deseo o bien otro tipo de ritual adecuado a la ocasión.

Ley de la repetición.- Se utiliza para el énfasis. Genera tensión y nos ayuda a completar la narrativa. A menudo se repiten acontecimientos o situaciones tres veces, al ser el tres un número mágico, asociándolo con el ritmo del despertar del niño y el nuevo nacimiento.

Ley de tres.- Se trata de una ley que aparece a menudo en mitos, leyendas y cuentos. Se repiten tres veces los encantamientos. Tres son los objetos. Tres, las personas, etc. El tres es esencialmente contundente en los cuentos griegos, celtas, teutónicos y semíticos. En la India, los cuentos suelen seguir la ley de cuatro como ritmo clave.

Ley del contraste.- A veces se denomina la ley de dos en escena. Casi siempre el máximo número de personajes activos en la escena es dos. Pueden existir otros, aunque en general no son más que espectadores. Normalmente encontramos una polaridad contrastada que resuena con las polaridades básicas a nivel profundo en nuestra propia consciencia (joven y viejo, masculino y femenino, grande y pequeño). Permite asimismo la actuación recíproca que se transmite con más facilidad verbalmente.

Ley de la lógica.- En el proceso de la narración mágica tiene que haber un tema que influya en la trama. Esta lógica no tiene por qué ser forzosamente la lógica del mundo natural, si bien tiene que aplicarse al mundo de la historia en sí, ya sea en el mundo del animismo, en el mundo de la magia o en cualquier otro. Dicha lógica hace posible la unión entre lo real y lo ideal. Empieza a revelar los medios para enlazar ambos mundos, juntándolos en la propia historia o salvando las distancias entre el mundo de la historia y el mundo real para el público.

Ley de un único hilo.- No retrocedamos para añadir detalles. Dejemos que se desarrolle el telón de fondo con el diálogo de la propia narración. Dejemos que fluya a base de una serie de movimientos progresivos que la lleven a la conclusión de forma lógica, ya sea esta prevista o sorprendente.

Añadir magia a la historia
El primer paso para convertir una narración normal en una mágica será aprender los máximos detalles posibles sobre ésta y sus imágenes. Trabajaremos con la simbología. Cómo se han utilizado estas imágenes y símbolos en el pasado? Qué representan? Qué secreto encierra la historia? Qué nos enseña? Intentaremos descubrir el máximo número de aspectos significativos de ella. Los escribiremos. Dichos aspectos nos ayudarán a encontrar la forma de aplicar la historia de forma más apropiada a los acontecimientos de nuestra propia vida.

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