Bastó una Nada

Bastó una Nada

En la noche del pasado, la Tierra no era más que un bloque de fango tibio, con algunas islas de materia más sólida aquí y allá. No era más que un terrón fangoso a la deriva en el espacio. No transportaba ni plantas ni bestias, sino grumos, arenas, vapores y gases, líquidos y cristales. La Tierra estaba muerta.

Fueron necesarios milenios de lluvias, de tempestades, de erupciones volcánicas, de marejadas y de huracanes para disminuir la temperatura de ese magma. Y luego, más milenios de cataclismos azarosos y gigantescos para que un día algunas moléculas se juntaran, se combinaran, complicando su fórmula y llegando a ser, por accidente, un protoplasma.

El protoplasma: algunos regueros viscosos no llegando a nada. Un poco de heces entre tanto légamo y cieno, un escupitajo lanzado por una ola y recogido por otra. Pero algo sucedió, alguna cosa que debía trastornar a la larga el aspecto del planeta. Qué fue? No se sabe. Un rayo, algo térmico, un resplandor venido del fondo del espacio y apenas frenado por una atmósfera todavía delgada, tal vez la vecindad de un misterioso catalizador, o bien…

Y la pequeña gota de protoplasma se agitó un poco. No se movió a causa de la acción del viento, o de un remolino, ni por el choque violento de una ola estallando contra una roca, no. Ella se movió por sí misma. la gotita de albúmina vivía, llevaba en sí un germen formidable.

Ella nadó un poco, malamente, por minúsculas sacudidas. Absorbió ciertas sales útiles, escupió otras que no le servían de nada. Creció, se desdobló, se multiplicó, dio nacimiento a bancos de pequeñas gotas todas semejantes. Algunas emigraron hacia mares más o menos cálidos, otras quedaron aprisionadas en lagunas abandonadas por los mares.

Viviendo en condiciones variadas, empezaron a diferenciarse. Algunas se cubrieron de una membrana, sus hermanas se erizaron de rugosidades calcáreas. Algunas vivieron aisladas, otras permanecieron adheridas las unas a las otras formando moluscos, o bien echaron raíces en lodos blandos llegando a ser algas rudimentarias.

Y moluscos y algas demoraron siglos de siglos en llegar a ser peces o nenúfares, después batracios o cañas, lagartijas o juncos, pájaros o helechos, grandes fieras, rumiantes, mastodontes, insectos, cedros, margaritas, palisandros y palmeras. Y la Tierra fue cubierta de fauna y de flores diversas según los climas, los continentes y las épocas, Y después llegó el Hombre.

Y todo venía de una gota de albúmina tocada por un rayo o por Dios sabe qué.

Al otro extremo de la misma galaxia gravitaba un lejano planeta, otro terrón fangoso, otra bola grumosa, Pero ni rayo, ni resplandor, ni choque térmico lo habían tocado en el momento oportuno y con la fuerza adecuada y precisa para que una gota de lo que fuera, una mancha, una raspadura, una nada, pudiera animarse. En relación a las conjunciones formidables que habían dado nacimiento a la vida sobre la Tierra, faltaba siempre un detalle en este otro planeta. Faltaba un grado de calor en más o en menos, una fracción de voltaje, un grado en la incidencia de un resplandor, una decimal en las proporciones de una mezcla.

Y este planeta permanecía muerto.

BastoUnaNadaUn día una gran nave de metal se posó sobre el planeta muerto. Salieron hombres de la nave. Examinaron las piedras, los líquidos y los gases, Hicieron toda clase de cálculos complicados. Decidieron establecer una base en medio de la planicie, y sacaron una gran máquina fuera de la nave.

Con la máquina, empezaron a construir una pista de algunas centenas de metros. La máquina avanzaba con lentitud. Por delante, tragaba arena y guijarros, bombeaba el líquido de los mares; masticaba el todo entre sus grandes mandíbulas de metal, haciendo una pasta untuosa y fina. En sus entrañas, la pasta era sometida a diversos tratamientos. Pasaba bajo ampolletas encendidas, caía en cubetas, descendía por tubos en serpentín, exhalaba vapores, recuperaba bajo otra forma lo que había perdido anteriormente. Sus moléculas se disociaban, se recomponían de otra manera. Por detrás, la máquina comedora de roca expulsaba una larga huincha elástica y lisa que se pegaba por sí misma al suelo nivelado. Una larga y untuosa huincha que se endurecía en pocos minutos para ser una carretera.

Luego que esa carretera tuvo varias centenas de metros de largo, los hombres detuvieron la máquina y entraron a la nave para pasar allí la noche.

Y cuando la noche cayó sobre el planeta muerto, la carretera permanecía desierta a la luz de las estrellas. Al cabo de algunas horas, ella se levantó un poco como si fuera un grueso dorso, después recayó sobre sí misma. En seguida, se estiró y comenzó a retorcerse como un reptil.

Para animar esta masa de apariencia homogénea, hacía falta una nada, la centella de un corto-circuito sin importancia en las entrañas de la máquina, un grado en la incidencia de un resplandor, una decimal en las proporciones de una mezcla, o tal vez una falla del motor, un ruido, un fulgor, o bien…

Pero los hombres no lo supieron jamás. Pues la carretera se enroscó estrechamente alrededor de la gran nave venida del final de la galaxia. Se enroscó en torno de ella y se la tragó. Después ella creció, se desdobló, se multiplicó…

Stefan Wul

Traducido y extractado por Farid Ázael de
Question de
Editions Ritz.
Paris

Leyendas, Relatos, Parábolas, Poesía.

Leyendas, Relatos, Parábolas, Poesía.


En toda sociedad, en cualquier parte del mundo, ha habido personas con la tarea específica de mantener vivas las antiguas tradiciones ocultas y transmitirlas de generación en generación de forma oral. Estas personas eran historiadores, músicos y sanadores. Los conocemos agrupados bajo el nombre genérico de bardos. Por medio de leyendas, relatos, parábolas, poesía y canciones mantuvieron vivas para sus pueblos sus tradiciones y misterios esotéricos. Forman parte de esta antigua tradición bárdica los griods africanos, los skalds escandinavos, los gleemen anglosajones, los trovadores franceses, los cantantes navajos, los kaleki rusos o los zenza japoneses. Todos ellos son sanadores, animadores y maestros.

Se decía que los bardos eran meros animadores, si bien la más antigua de sus tradiciones incluía una gran preparación en todos los aspectos de los fenómenos físicos y metafísicos. Se acepta en general que los bardos, como animadores, evolucionaron a partir de la tradición del chamán errante, que era sanador, clarividente y cantante a la vez. En la más antigua de las tradiciones bárdicas, a menudo la canción y la hechicería iban de la mano. La figura nórdica de Odín no representaba únicamente al maestro de las leyes místicas sino también de la poesía. En la Grecia del siglo VI los juglares errantes se multiplicaron como adivinos. En los tiempos modernos todavía nos resultan más conocidas las tradiciones de los juglares y adivinos gitanos.

El auténtico místico bardo utilizaba la alegoría del relato y la leyenda para presentar verdades a la sociedad de forma que ésta pudiera aceptarlas. A menudo resulta difícil diferenciar las narraciones religiosas y místicas de lo que era puro y simple entretenimiento, puesto que a menudo se fusionaban ambos aspectos a fin de que quien lo escuchaba pudiera responder a ello y recibirlo a su propio nivel. La narración constituía un medio de transmitir las enseñanzas sin profanarlas. Los primeros narradores infundían a sus leyendas y narraciones imágenes y alegorías que habían de resonar en el corazón y la mente de la audiencia. El auténtico bardo místico sabía cómo escoger una historia y las imágenes apropiadas para su público. Finalmente, hubo que guardar con gran celo las enseñanzas sagradas y los bardos pasaron a ser meros animadores, historiadores y personas que cantaban las alabanzas de los demás.


Surgieron gran número de categorías entre los bardos, la inferior de las cuales se denominó el bardo. Los que poseían más conocimientos y formación utilizaban otros nombres y títulos. En general no se les distinguía por su habilidad en la música y la canción sino por el instrumento que utilizaban. Los rapsodas griegos se diferenciaban del bardo griego aficionado por el hecho de que eran capaces de tocar la cítara, mientras que los aficionados únicamente utilizaban la lira. Los ollahms de la tradición bárdica irlandesa eran considerados más en la línea del poeta laureado, mientras que los shanachies seguían más la historia en sus narraciones. Los magadha de la India eran los mejores trovadores hindúes, y más adelante dicho título dio nombre al gran centro del budismo.
A menudo resulta difícil distinguir entre el proceso bárdico y el narrativo. Cuál surgió primero? Estos bardos, trovadores, rapsodas y demás, precedieron o siguieron a la narración de cuentos por parte de personas a las que no se consideraba como profesionales? Sea como sea, resulta evidente que no podemos separarlos. No se puede examinar la tradición bárdica sin profundizar a la vez en el importante papel de la narración y la leyenda en las tradiciones esotéricas. Las leyendas y narraciones tienen una gran importancia en muchas sociedades, básicamente por lo que se refiere al desarrollo de las personas que las habitan.

El arte egipcio y los jeroglíficos retratan la actividad bárdica. Las escrituras bíblicas están saturadas de tradición relacionada con personas que enseñan por medio de narraciones. La literatura sánscrita contiene pasajes que reflejan la narración con objetivos tanto religiosos como seglares. Existen referencias en los upanishads y en la literatura védica. El Tipitaka budista, su sagrada escritura, contiene narraciones de distintos tipos. El taoísmo utilizó la narración para difundir e intensificar sus creencias. En los escritos de Chuang-Tsé encontramos parábolas y cuentos de Confucio, Lao-Tsé y otros personajes. En la religión hindú los brahmanes contienen leyendas e historias para explicar los Vedas. La antigua tradición hasídica-judaica consideraba que la narración era el mejor medio para introducir creencias religiosas y su práctica. Solían utilizar fábulas clásicas o anécdotas populares que completaban con un mensaje moral.


Existen infinidad de referencias históricas respecto al proceso de narración bárdico. Las leyendas de Casiopea datan del 3500 a. de C. Las narraciones chinas de las Pléyades datan aproximadamente del 2000 a.de C. Homero escribió la Ilíada y la Odisea entre e 950 y el 850 a.de C. El Elder Edda de la tradición teutónica se escribió hace solamente 800 años. El Kalevala, relato finlandés compuesto hace más de 3000 años, incluye una descripción de un narrador de sagas: De forma que podremos cantar excelentes canciones, poner voz a la mejor de nuestras leyendas para deleite de nuestros seres queridos, aquellos que quieren oírlas de nuestra boca Hemos juntado versos mágicos, encendidos por la inspiración La magia nunca falló a Sampo, a Houhi nunca le faltaron hechizos Existen otras palabras de magia, encantamientos que he aprendido, rescatados en el camino Entonces la escarcha cantaba sus versos; algunos, una rima que recitaba la lluvia, otros, poemas que distribuía el viento. En las olas del mar, flotaban las canciones, palabras mágicas que habían añadido los pájaros y los sortilegios de las copas de los árboles.
A través de la civilización griega encontramos muchas referencias históricas a los bardos y rapsodas, así como el proceso de la narración: Homero en la Odisea, Platón en La República, Ovidio en Las Metamorfosis, Aristóteles en La Política, Cicerón en De Oratore.

A lo largo de la Edad Media, la tradición bárdica fue perdiendo poco a poco su misterio, así como sus fuertes vínculos con las artes esotéricas. Los aspectos curativos y de iluminación dieron paso a la animación, y los bardos adquirieron más categoría social, aunque independientemente de ella en todos los rincones de Europa se veían músicos itinerantes y narradores de historias. Al principio, se les aceptó como parte de las actividades tanto seglares como religiosas. La canción y la danza eran fundamentales en la vida medieval, incluso en la Iglesia. El canto y la danza en la Iglesia adoptó forma de ritual, que se habían adaptado de las antiguas tradiciones. Se celebraban representaciones coincidiendo con el solsticio de invierno, el de verano y los equinoccios. Durante toda la Edad Media, la frontera entre los temas laicos y eclesiásticos seguía poco definida. Más tarde, la Iglesia empezó a prevenir a la gente contra los músicos andantes, a causa de los vínculos existentes entre sus canciones y relatos de las antiguas tradiciones místicas. El Concilio de Tours advirtió a los sacerdotes que debían evitar la vanidad de los falsos actores y sus obscenos pasatiempos. Poco después, el Obispo de Orleáns prohibió que se cantaran poemas rústicos y las actuaciones indecentes a las bailarinas.


Los trovadores de Francia sobresalen entre los poetas cantores de la Europa medieval. Había en sus filas mujeres y hombres; a través de su poesía perseguían la elevación de la Dama y con ello la antigua idea de la sabiduría del agnosticismo medieval: la divina sabiduría femenina. No obstante, hacia el 1300 se había apagado mucho la actividad y la aceptación de trovadores, juglares y bardos. A pesar de ello, esta tradición no se perdió. Siguen vivas sus historias y leyendas y de ellos podemos seguir extrayendo las poderosas energías arquetípicas y las enseñanzas esotéricas. En el mundo occidental hemos perdido el contacto con nuestras leyendas, por lo que tenemos que excavar en las raíces de nuestra civilización y volver a crear nuestras tradiciones. Joseph Campbell escribió: Existe la idea romántica de que la leyenda surge de las personas. Y no es así; surge del maestro, del chamán, del visionario que nos la ofrece y la interpreta. Este era el objetivo y la tarea de los antiguos discípulos bárdicos: infundir nueva vida y poder a las palabras e imágenes de nuestros relatos y leyendas. Y ésta tiene que ser también la tarea de los modernos bardos.

Preparación Poética

Toda tradición oculta posee su propia idea fundamental o cuestión clave. Para el discípulo bardo era importante penetrar en las raíces de su civilización y descubrir lo esotérico de dicha tradición. Los que deseen resucitar este proceso deben actuar de la misma forma: contemplar los orígenes de las antiguas leyendas y observar sus semejanzas. Cuáles son los orígenes y el significado de las leyendas del rey Arturo, de los Nibelungos, de la saga Volksunga, del ciclo de Osián, Beowolf, Robin Hood. Hiawatha, Coyote Trisckster, de los cuentos de Bushmen Mantis?

Tal como reza un proverbio etíope: Cuando el corazón se desborda, sale por la boca. Esto resulta adecuado para el antiguo arte de la tradición bárdica y su aprendizaje. Al despertar el individuo a las energías dinámicas del universo, las transmitía a los demás por medio de la dinámica de la narración. Existen leyendas sobre un sinfín de antiguas escuelas de sabiduría que versaban sobre el poder de la palabra. Las Escuelas de los Profetas de las escrituras bíblicas fueron fundadas por Samuel, el gran cantor iniciado de su época. Por medio de la canción y la danza se liberaba el alma del cuerpo y pasaba a conectarse con la Divina Sabiduría Femenina del universo. David fue el segundo de los grandes cantores iniciados de la escuela de los profetas, quien utilizó el arpa como símbolo. Se le atribuyen gran número de salmos bíblicos, los cuales sin el canto no pueden experimentarse con toda su plenitud. Elisha (el prototipo de Jesús) se sirvió del arpa para la estimulación del estado profético.

En Arabia, se formaba a los poetas islámicos para conseguir elevar el alma al estado de éxtasis. En los países nórdicos, el arte poético skald era lo primero que enseñaban en las escuelas de música. Los irlandeses dedicaban años al aprendizaje: Los narradores-poetas irlandeses estudiaban sus artes durante quince años y tenían que ser versados en filosofía, astronomía, magia, además de conocer con profundidad 250 relatos principales escogidos y 100 secundarios. Los shanachies, narradores de relatos históricos, tenían encomendados 178 relatos principales. Durante la Edad Media existieron en Europa las hermandades de juglares: la Hermandad de la Corona de Estrasburgo y la que constituyó San Nicolás de Viena en 1288. En Alemania existió una Hermandad de Maestros Cantores en Nuremberg, en la que se establecían tres categorías: los principiantes (alumnos), compañeros (neófitos) y maestros (iniciados). En realidad, en esta hermandad encontramos cinco grados:

– Alumnos.
– Escuela de amigos (con nociones sobre las leyes de la música y el sonido y un determinado número de tonos y poemas)
– Cantores (capaces de cantar sin equivocarse un cierto número de canciones y poemas).
– Poetas (capaces de componer nuevas poesías basadas en los antiguos modelos, siguiendo la tendencia de que lo nuevo siempre se construye a partir de lo antiguo). Tenían el cometido de conservar los elementos del pasado con un valor perdurable y prescindir de los que constituyeran un obstáculo.
– Maestros (inventores de un nuevo tono y un nuevo modo). El maestro tenía que elaborar sus propias normas y seguirlas. Cada uno de ellos debía ser creador por derecho propio. Tenían que expresar libremente su propio talento, aunque siguiendo fielmente las normas de su propio ser. La persona debía ser capaz de acomodar las necesidades cambiantes del espíritu creativo.


Los primeros bardos iniciados a menudo cantaban los dominios celestiales, encubriendo sus experiencias de tales dominios con la poesía, el canto y el relato. Las canciones oníricas solían relatar las actividades del plano interno. La canción principal era aquella cuya inspiración procedía de fuentes más elevadas que la Tierra.
La formación en las tradiciones bárdicas adoptó dos formas básicas. La primera consistía en una formación heredada. Podían existir ciertos lazos de sangre con el maestro u ocurrir que la preparación se transmitiera de un miembro de familia a otro de forma oral. La segunda se llevaba a cabo con el aprendizaje en grupo o individual. Podía tratarse de una instrucción o iniciación formal o informal. En realidad, ya no existe en el mundo el aprendizaje formal, un ejemplo del cual, sin embargo, podríamos encontrarlo en los zenza del Japón. El alumno recibía el nombre de minarai, y durante el primer período de aprendizaje trabajaba junto al maestro entre seis y doce meses. Este período se denominaba el acto de cruzar la verja del aprendizaje. El Maestro atribuía al alumno un nombre artístico. El segundo período de formación duraba entre dos y tres años. Durante este tiempo, el alumno nunca escribía ningún relato. Tenía que recitar las historias verbalmente hasta que descubría por sí mismo el secreto de éstas. Cuando el alumno conocía suficientemente bien la historia, y sólo entonces, se le permitía trabajar aparte del maestro e interpretar las narraciones y canciones a su manera. Normalmente, se instruía a los alumnos en las disciplinas de filosofía, astrología y curación durante el período de formación musical y de narración de historias. El alumno tenía que aprender asimismo las fórmulas y efectos adecuados para después utilizarlas a su manera.

El Mendigo

El Mendigo

Postrado a la vera del camino, esperaba que pasara alguien caritativo que me lanzara una moneda. De pronto vi venir un cortejo que rodeaba a una carroza tirada por seis caballos. Pensé: Un gran señor se ha dignado cruzar por esta aldea. Es posible que me deje caer una generosa limosna.

Esperé anhelante mientras la carroza se detuvo enfrente mío. De ella descendió un personaje ricamente ataviado, al que supliqué: Señor, una moneda !… Pero, para mi desconcierto, el gran señor extendió su mano y me preguntó: Tienes algo para darme?. A mí, al mísero, él le pedía ! No podía creerlo, pero seguía delante de mí con la mano tendida…

Vacilando, hurgué en mi raída bolsa, en busca de algo que pudiera dar, algo pequeño que no mermara mis tan escasas pertenencias. Encontré un grano de trigo, que coloqué en esa mano insistente. El me dijo:
Gracias !. Subió a su carroza y se marchó.

En la noche, al llegar a mi albergue, vacié en el suelo el contenido de mi bolsa, buscando algún mendrugo que pudiera servirme de cena y, entre los desechos recolectados, había un grano de trigo de oro, Sollocé amargamente:

Señor, debí habértelo dado todo !

Rabindranath Tagore
La Charca

La Charca

Era una charca pequeña, toda pútrida. Cuanto cayó en ella se hizo impuro; las hojas del árbol próximo, las plumillas de un nido, hasta los vermes del fondo, más negros que los de otras pozas. En los bordes, ni una brizna.

El árbol vecino y unas grandes piedras la rodearon de tal modo que el sol no la miró ni ella supo de él en su vida.

Mas un buen día, como levantaran una fábrica en los alrededores, vinieron obreros en busca de las grandes piedras.

Fue eso en un crepúsculo. Al día siguiente el primer rayo cayó sobre la copa del árbol y se deslizó hacia la charca.

Hundió el rayo en ella su dedo de oro y el agua, negra como un betún, se aclaró: fue rosada, fue violeta, tuvo todos los colores un ópalo maravilloso !

Primero, un asombro, casi un estupor al traspasarla la flecha luminosa; luego un placer desconocido mirándose transfigurada; después… el éxtasis, la callada adoración de la presencia divina descendida hacia ella.

Los vermes del fondo se habían enloquecido en un principio por el trastorno de su morada; ahora estaban quietos, perfectamente sumidos en la contemplación de la placa áurea que tenían por cielo.

Así la mañana, el mediodía, la tarde. El árbol vecino, el nido del árbol, el dueño del nido sintieron el estremecimiento de aquel acto de redención que se realizaba junto a ellos. La fisonomía gloriosa de la charca se les antojaba una cosa insólita.

Y al descender el sol, vieron una cosa más insólita aún. La caricia cálida fué durante todo el día absorbiendo el agua impura insensiblemente. Con el último rayo, subió la última gota. El hueco gredoso quedó abierto como la órbita de un gran ojo vaciado.

Cuando el árbol y el pájaro vieron correr por el cielo una nube flexible y algodonosa, nunca hubieran creído que esa gala de aire fuera su camarada, la charca de vientre impuro.

Para las demás charcas de aquí abajo no hay obreros providenciales que quiten las piedras ocultadoras del sol?

Gabriela Mistral
El hacedor de lluvias

El hacedor de lluvias


ElHacedorDeLluvias01
 

Era la estación de las lluvias, pero ellas no aparecían. Los campos sufrían con la sequedad, la tierra se agrietaba, el ganado no encontraba pastos, los habitantes del pueblo invocaban a los espíritus benignos, pero el cielo seguía sin mostrar una sola nube.Los afligidos campesinos reunidos en la plaza principal, junto con los ancianos que formaban el gobierno de la aldea, decidieron que iría una comitiva de ellos hacia otro pueblo distante donde habitaba un hacedor de lluvias. Estaban dispuestos a traerlo a como diera lugar, procurando conmover su corazón con la miseria que veían venir sobre ellos a causa de la sequía.

Cuándo regresaron en feliz cumplimento de su misión, les dio la bienvenida una multitud entusiasta dispuesta a obedecer cualquier exigencia del hacedor de lluvias. Este era un anciano de aspecto humilde y tranquilo. Sus peticiones fueron modestas: una choza para él solo, una ración diaria de arroz y de té, no ser molestado durante una semana, porque necesitaba absoluta soledad. Así se hizo.

Al término de la semana, llovía, y llovió sin parar por tres días. La tierra yerma absorbía con avidez la vida que le daba el agua, la gente bailaba por las calles con el rostro vuelto al cielo que por fin se había acordado de ellos. Cuando despejó y apareció el arco iris, el anciano salió de la choza. Todo el pueblo fue a darle las gracias, a ofrecer en retribución lo que él pidiera, y a preguntar cómo había hecho el milagro.

Muy sencillo – respondió el anciano – este pueblo no estaba en armonía con el Tao y eso perturbó el ciclo acostumbrado de las cuatro estaciones. Bastaba que un solo hombre lo estuviera para que los demás se fueran armonizando y el orden natural de las cosas se restableciera.

Historia Taoísta.

La Cruz

La Cruz

Subía lentamente, algo encorvado por el peso de la cruz, pero contento, muy contento.

El encuentro con aquel forastero que le había confiado el secreto del Anciano de la Montaña, le tenía muy feliz. Siempre se había quejado amargamente de la vida que le había tocado en suerte, del excesivo dolor que acompañaba los sucesos de su vida. Muchas veces, distintas personas le dijeron que sus penas no eran diferentes ni mayores que las de otros más duramente tratados por la vida, y que a nadie le pasaban más cosas que las que necesitaban para ser feliz, ni eran estas de una dimensión mayor al peso que cada cual podía soportar. Sin embargo, estaba convencido de que un sino fatal acompañaba su existencia.

Por eso él quería cambiar su cruz.

Tan absorto se encontraba en sus pensamientos acerca de lo que haría luego de bajar de la montaña que, olvidando por completo la carga que soportaba sobre sus hombros, ascendía con gran entusiasmo, procurando descubrir el lugar donde el Anciano aguardaba, desde siempre, a quienes habían recibido una cruz equivocada.

Detrás de él, el madero vertical rezongaba sordamente al desgastarse sus esquinas por el continuo roce con el suelo pedregoso. En algún momento que no pudo precisar, notó que la naturaleza había silenciado su ritmo: los sonidos que instantes atrás llenaban el espacio de sensaciones conocidas, se había ausentado. Con algo de temor, detuvo su andar y, mirando sorprendido en derredor, descubrió una frágil figura de misteriosos aspecto, que lo miraba fijamente con sus añosos ojos oscuros.

– Eres tú el Anciano de la Montaña? preguntó.

El aludido no respondió, pero algo le dijo en su interior que efectivamente era él.

Pasada la primera impresión, pudo percatarse que más allá, diseminadas en un gran espacio, se encontraban las más preciosas cruces que jamás alguien viera. Las había grandes, pequeñas, de madera, de marfil, de metales, de colores diversos y de diferentes texturas. Era un espectáculo maravilloso que le impresionaba y que le costaba creer.

– Deja tu cruz junto a las otras y escoge entre todas las que ves, aquella que tú creas que te corresponde llevar.

En cuanto terminó de hablar, el anciano desapareció del lugar tan rápida y misteriosamente como había aparecido, sin dejar rastro y sin decir nada más.

Hubiera querido agradecérselo, pero no supo dónde encontrarlo. Como hacía tanto tiempo que soñaba con esta oportunidad, desentendiéndose de toda otra idea, con gran entusiasmo se dedicó a elegir la cruz que más pudiera gustarle.

La tarea, sin embargo, no fue fácil. Unas cruces eran muy bellas, pero demasiado débiles y quebradizas; otras más firmes, pero toscas y mal terminadas; algunas eran desproporcionadas o muy costosas y adornadas; otras demasiado simples; encontraba adecuadas las de metal, pero algo pesadas. En fin, estaba comenzando a desanimarse cuando, sobre la tierra y apartada del resto, encontró una que le pareció perfecta. Se emocionó porque era como si la hubieran hecho a su medida: de hermosa madera, muy bien trabajada y de peso conveniente. Era la cruz que siempre había soñado.

La puso sobre su hombro y, luego de mirar sin resultado en todas direcciones, buscando al Anciano de la Montaña que tan desinteresadamente le había hecho feliz, emprendió rápidamente el camino de regreso.

Detrás de él, el madero vertical seguía rezongando sordamente al desgastarse sus esquinas por el continuo roce con el suelo pedregoso.

Andrés de la Maza.