La Parresia

La Parresia

Reflexiones en torno a una conferencia de Michel Foucault (*)

Sócrates (469-399 a.C.)

Palabra muy en desuso en nuestros tiempos, casi en extinción, verdaderamente. Y cuando llega a emplearse se hace de una forma limitada en cuanto a toda su significación potencial, y muy frecuentemente, reduciéndose sólo a su acepción de ”franqueza”. Académicamente se la considera una figura retórica empleada para decir cosas de tenor audaz o liberal que pueden sonar ofensivas al oyente pero que tras la primera impresión le resultan ser gratas o halagüeñas, como por ejemplo: “Sólo levantándote más temprano podrías ser más inteligente”, o “si no fueras tan miope te darías cuenta de todo tu valor”. El hablante que utiliza la parresia o parresía, es el parresiastés.

En su origen y uso a través del tiempo sin embargo, no ha sido exactamente así. Etimológicamente proviene del griego y significa “decir todo”, lo que podría parecer, en una primera mirada, como un fastidio para el oyente, ya que el parresiastés expresaría exactamente todo o que tiene en mente respecto de un asunto cualquiera. Todos hemos tenido la experiencia de tener que soportar a ciertos ejemplares que “lo dicen todo”, y que son una verdadera penuria para el oído; personas que hablan sin pausa ni respiro, retransmitiendo exactamente todo lo que les pasa por la cabeza o que acaban de escuchar decir a una tercera persona, con más o menos agregados, y que inevitablemente suena como un cacareo hueco y sin el mayor interés, como si no hubiera nadie ahí dentro para filtrar, matizar, sintetizar o escoger lo importante, o alguna intención de seleccionar los contenidos que puedan aportar algo al sufrido oyente. A diferencia de esto, el parresiastés es aquel que expresa su opinión con total convicción y estableciendo claramente que se trata de una declaración de su propia elaboración, la que emite de una forma directa y sin dobleces. No se trata de un discurso teórico, ni de la enunciación de grandes principios, ni de la repetición de conceptos leídos o escuchados. Es la expresión de lo que para él constituye más que una creencia, una vívida verdad. Así pues, el contenido expresado no se refiere a asuntos teóricos o sólo de terceras personas, sino que él mismo es sujeto al que aplicar aquello de lo que habla. Lo expresado manifiesta tanto crítica como autocrítica, no se excluye el hablante del contenido de su discurso. Por eso el término se ha asimilado a la sinceridad total.

Acaso el más parresiastés más grande y reconocido por al historia sea el ateniense Sócrates (s. V a.C.), quien con su juego permanente de preguntas y respuestas buscaba no sólo alcanzar verdades cada vez más esenciales, sino que extraerlas también de sus interlocutores. Esta técnica ha sido conocida a través de los tiempos como la “mayéutica socrática”, y aunque aparentemente no fue de su invención, sí se considera que fue a su través que alcanzó el más alto grado de expresión y desarrollo. La etimología de la palabra mayéutica alude al experto en partos y asuntos obstétricos (como lo era la madre de Sócrates). Sócrates no se dedica a enunciar grandes verdades ni emitir grandilocuentes discursos teóricos, sino que se empeña en ser el partero que ayuda al interlocutor a alumbrar una verdad que ya se encuentra en su inconsciente. Al conseguir que el propio discípulo alcance la verdad mediante el método, consigue un impacto verdaderamente transformador, muy diferente del de escuchar una verdad coherentemente presentada y en el que la propia razón reconoce verdad. Es el más elevado método conocido para conseguir una metanoia, tal como lo es la verdadera educación, por oposición a la simple instrucción. No se trata de echar contenidos a un recipiente vacío, sino de sacar a la consciencia lo que ya se encuentra dentro. Se puede comprender que cualquiera de estos métodos implica un respeto profundo por el ser del otro, que busca salir a la superficie por sobre las cáscaras introducidas por la formación familiar o social, las experiencias previas, los conceptos inadvertidamente asimilados como verdaderos, o el simple olvido de quien ha surcado las aguas del Leteo. La mayéutica, a diferencia del discurso público, implica un diálogo personal y una atención individualizada sobre el ser de otra persona hasta hacer aflorar la verdad de un modo en el que el interlocutor finalmente la alcanza por sí mismo, y esta es una experiencia imborrable y acerca de la cual no se puede retroceder.

Sócrates mantuvo esta línea de conducta durante toda su vida, indagando una y otra vez en sus conciudadanos acerca de la virtud, la verdad, la política y demás asuntos esenciales, por lo que fue una permanente molestia para las instituciones establecidas que veían cuestionados sus más arraigados cimientos. Así pues, fue condenado, pero la condena no hizo variar un ápice su conducta, manteniéndose fiel a sí mismo hasta el final según se relata enla Apologíaescrita por Platón. Prueba de su irrenunciable búsqueda y convicciones es que jamás buscó la fama, el poder o los bienes, llevando una vida extremadamente modesta pero conforme a las leyes de su tiempo. Prueba de su método experiencial y directo es que no se conoce ningún texto escrito por Sócrates, y todo lo que nos ha legado la historia es a través de sus discípulos.

 

Mucho podría especularse acerca de si lo que dice el parresiastés es realmente verdad, o acerca de qué es realmente la verdad, o de cuántos niveles de verdad pueden coexistir respecto de un mismo asunto. Pero descontando el pequeño puñado de verdades absolutas aplicables en todo tiempo y lugar en el universo, lo que caracteriza al parresiastés es que expresa lo que para él es indiscutiblemente cierto en un momento dado. No sólo lo cree, no sólo es una hipótesis, es un hecho que ha cristalizado en su interior como una completa verdad, con total convicción, y de aquí la fuerza de su palabra, y el impacto que puede provocar en quienes dialogan con él. Evidentemente, para ser un parresiastés en todo el sentido de la palabra se requiere de cierta autoridad (capacidad para ser el “autor”) para resultar creíble, autoridad que se ha ganado con la persistencia en su búsqueda de la verdad, sean cuales sean las consecuencias.

Dice Michel Foucault: “En la concepción griega de la parresía, sin embargo, no parece ser un problema la adquisición de la verdad, ya que tal posesión de la verdad está garantizada por la posesión de ciertas cualidades morales: si alguien tiene ciertas cualidades morales, entonces esa es la prueba de que tiene acceso a la verdad –y viceversa-. El ‘juego parresiastésico’ presupone que el parresiastés es alguien que tiene las cualidades morales que se requieren, primero, para conocer la verdad y, segundo, para comunicar tal verdad a los otros.” Y sigue: “Si hay una forma de ‘prueba’ de la ‘sinceridad del parresiastés’, esa es su valor. El hecho de que un hablante diga algo peligroso –diferente de lo que cree la mayoría- es una fuerte indicación de que es un parresiastés.”

Para Foucault, no basta decir la verdad para ser un parresiastés, sino que además la verdad expresada debe ser riesgosa, en un sentido social o físico, para quien la emite. Cuando una persona expresa una verdad aprendida en libros y la retransmite, no está arriesgando nada. Se remite a citar, a lo aprendido, no hay peligro en expresar algo que pueda ser desafiante o contravenir las normas sociales o las conductas o creencias de los demás. No va a ser aislado, reprendido, exiliado, desestimado por sus conocidos o amigos, despedido de su trabajo ni perderá la confianza de sus superiores por eso, pues no está expresando nada propio, ningún principio al que él mismo esté subordinado; ni siquiera tiene que creer en lo que dice. Por otra parte se podría considerar la posición divergente de un revolucionario, de un extremista, de un terrorista, de un fanático en cualquier área, el que también parece expresar con absoluta convicción las verdades en las que él cree. Este último tipo humano podría crear confusión al presentar una apariencia fácilmente convergente con la del verdadero parresiastés, al cumplir algunas de sus características: expresa su creencia sin importar a quién ni las consecuencias para sí mismo de lo que dice, y evidentemente también asume un riesgo, pues por sus declaraciones podría ser perseguido, aislado, sentenciado e incluso ejecutado. Las diferencias son sutiles pero esenciales. El fanático no busca la verdad, por más que crea tenerla. Sólo tiene ojos, oído y lengua para su verdad, y, lo que es más importante, busca con ellas convencer al interlocutor, poseerlo para su causa, enrolarlo en sus creencias, sin importarle los intereses o el aporte o beneficio para el otro. El parresiastés no busca seguidores ni tiene causa definida. Permanece por esencia independiente porque es la única forma en la que puede ser verdad, decir verdad, y seguir buscando. La pertenencia a cualquier afiliación o secta significaría una limitación, una cristalización de lo ya encontrado. Por supuesto que no todos quienes utilizan la parresia en un momento dado son verdaderos parresiastés, a cabalidad, si es que existe un tipo así que pudiéramos denominar “puro”.

El uso de la parresia produce un efecto en el interlocutor cuyo resultado es por lo general de sorpresa, enojo, o que lo hiere en sus sentimientos. No es el propósito agredir u ofender, sin embargo. Al decir una verdad, normalmente en una forma crítica, se produce el efecto de perforar la estructura de creencias del oyente, de interrumpir su constante circunloquio sobre sí mismo o lo que cree ser o saber. Lo interrumpe, lo desafía, intercala algo nuevo en el flujo de sus pensamientos, y por eso el resultado puede ser una reacción negativa o violenta del interpelado. De ahí que Foucault considere que el verdadero parresiastés se debe encontrar siempre en una posición de inferioridad con respecto de su interlocutor. El parresiastés no es un soberano, ni un dictador que puede imponer lo que quiera porque tiene el poder o la fuerza de su lado, ni es el padre ni el profesor. Es un ente que sólo cuenta con el arma de su integridad, y que por eso mismo arriesga todo. Dice Foucault: “El parresiastés es siempre menos poderoso que aquel con quien habla. La parresía viene ‘de abajo’…. Y está dirigida hacia ‘arriba’…. En la parresía, decir la verdad se considera un deber. El orador que dice la verdad a quienes no pueden aceptar su verdad, por ejemplo, y que puede ser exiliado o castigado de algún modo, es libre de permanecer en silencio. Nadie le obliga a hablar; pero siente que es su deber hacerlo.//  (en la parresía), el hablante tiene una relación específica con la verdad a través de la franqueza, una cierta relación con su propia vida a través del peligro, un cierto tipo de relación consigo mismo o con otros a través de la crítica (autocrítica o crítica a otras personas) y una relación específica con la ley moral a través de la libertad y el deber. // En la tradición socrático-platónica, la parresía y la retórica se encuentran en fuerte oposición… El discurso largo y continuo es un recurso retórico o sofístico, mientras que el diálogo mediante preguntas y respuestas es típico de la parresía… dialogar es una técnica importante para el juego parresiástico.”

No coincidimos con Foucault, sin embargo, en su afirmación de que el parresiastés deba estar siempre en una posición de inferioridad respecto del interlocutor, de modo de cumplir con exponerse siempre a un posible costo personal al decir su verdad. La manifestación de cualquier verdad puede provocar un efecto adverso en el oyente y hacer que el hablante pierda su estimación, afecto, amistad, lealtad o intimidad. Esto puede ocurrir incluso al hablar a un subalterno o alumno, de partida porque los contenidos de la parresia son, por esencia, ajenos a un rol social o jerárquico determinado. Creemos que el parresiastés, como se dijo, es por esencia internamente independiente y sólo adherido a la verdad, su búsqueda y expresión, y por tanto creemos que esas características no guardan relación directa con la jerarquía social que esa persona ocupe en su entorno. Si un superior da instrucciones a un subordinado, o le critica su desempeño, no está empleando la parresia, excepto que le exprese verdades esenciales más allá de su desempeño laboral y que se dirijan a la persona misma, a sus vicios o virtudes, o a las formas en las que se limita, y aquí sí puede haber un costo personal. Desde luego que expresar una verdad no deseada ni elogiosa a una persona jerárquicamente superior o más poderosa hace que se arriesgue mucho más que un simple desacuerdo. Pero creemos que no es una condición indispensable para ser un parresiastés el estar en inferioridad jerárquica, y que se puede provocar el enojo o la herida de un subalterno con la misma facilidad y soltura que la de un superior. Y no es que lo disfrute, como un simple pisacallos, es que siente que debe hacerlo, y que con ello cumple alguna misión superior a la comodidad social personal. Pero la sanción no es privativa de los superiores sobre los inferiores. Al reconocérsele cualidades morales al parresiastés que hacen que su verdad lo sea en verdad, lo que en realidad se le reconoce es una superioridad moral, independiente de su posición o jerarquía social, y eso es lo que hace indiscutible sus afirmaciones, aunque no agraden a los demás. Y esa superioridad es fruto de su esfuerzo y adhesión a su búsqueda, de haber llegado a encarnar en sí mismo las verdades a que alude. La reacción del interlocutor dependerá de su capacidad para aceptar esa verdad, y si es negativa, de los recursos o poder que posea para hacer callar u oponerse al parresiastés, aunque esto ya no sea motivo de interés para éste. Sean cuales sean las consecuencias, el parresiastés conserva su integridad, y con ella su autoridad, fundadas la coincidencia entre lo que dice y lo que hace. Su escala de valor y su vara de medida no se aplican a los demás de forma diversa a como se aplican a él mismo.

Blas Pascal

Blas Pascal

pascalIlustre matemático, físico y filósofo francés, considerado como una de las mentes más brillantes de la historia intelectual occidental, nació en Clermont el 19 de junio de 1623. A los doce años dominaba la geometría de Euclides sin haber tenido un entrenamiento matemático. A los dieciséis escribió un tratado de las secciones cónicas que dejó admirado a Descartes. A los dieciocho inventó una máquina de calcular, llamada la Pascalina, para ayudar a su padre a calcular los impuestos.

En 1648, probó por experimentación que el nivel de mercurio de un barómetro es determinado por el aumento o la disminución de la presión atmosférica circundante. Otra importante contribución a la ciencia fue la Ley de Pascal, que establece que los líquidos trasmiten la presión por igual en todas direcciones, publicando el Tratado sobre el Equilibrio de los Líquidos. En 1651, escribió un Tratado sobre el Vacío, del cual sólo se conserva algún fragmento. En 1652, por su precaria salud, abandonó los estudios científicos hasta 1654, en que se dedicó al estudio de la teoría de probabilidades en relación a los juegos de azar – como dados y ruletas – junto con Pierre de Fermat.

Después de un accidente de coche, en Neuilly, en noviembre de 1654, experimentó una profunda experiencia religiosa que reorientó todas sus prioridades, y fijó un curso diferente a su vida. Nunca habló a nadie de este éxtasis místico. Fue sólo después de su muerte que se encontró cosido en el forro de su chaqueta un papel en el que había escrito su vivencia para tenerla siempre presente: En noviembre 23 de 1654, desde las 10.30 a las 12.30 de la noche. FUEGO. Dios de Abraham, Dios de lsaac, Dios de Jacob, no de los filósofos ni de los letrados. Certidumbre, certidumbre, sentimiento, gozo, paz. Dios de Jesucristo…Jesucristo… Que nunca sea separado de Él.

Esta experiencia lo motivó a estudiar los problemas de la religión, convirtiéndose al jansenismo. Es posible que esta conversión se debiera en parte a la influencia sostenida de su hermana menor, Jacqueline, quien había ingresado al convento de Port Royal como religiosa. Pascal se retiró a ese mismo convento donde vivió una vida ascética entregado a continuas meditaciones. En 1656, durante la disputa entre los jansenistas y los jesuitas, se puso de parte de los primeros, escribiendo sus famosas Cartas Provinciales en defensa del conocido jansenista Antoine Arnauld, amigo suyo. Esta obra dio origen a la subsecuente reputación de los jesuitas como hipócritas y casuísticos.

Desde 1657 se consagró enteramente a reunir material para una apología de la religión cristiana. Quería escribir un tratado incluyente que presentara la fe cristiana en todo su poder a sus amigos y contemporáneos. Para ello tomó abundantes notas con fundamentados argumentos dirigidos a los escépticos que sólo se apoyaban en la Razón.

Víctima de permanentes sufrimientos físicos, su trabajo avanzaba con lentitud. Falleció el 19 de agosto de 1662 a los 39 años, a causa de un cáncer gástrico que le originó metástasis cerebrales.

 

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Los apuntes de su apología fueron encontrados después de su muerte, y fue necesario hacerlos copiar porque eran casi ilegibles. El manuscrito y la primera versión de las copias se conservan en la Biblioteca Nacional de París. Esta obra fue editada con el nombre de Pensamientos, por su cuñado Esteban Périer en 1670, siendo suavizado el sentido excesivamente jansenista de algunos pasajes. Hubo cinco ediciones en el siglo XVII, tres en el siglo XVIII y seis en el siglo XIX. Estas últimas se basaron en el manuscrito original, omitiendo las modificaciones de las primeras ediciones.

Pascal dedicó sus Pensamientos a los librepensadores de su época, quienes rechazaban toda discusión teológica y sólo admitían el triunfo de la Razón. La obra en si misma quedó incompleta, por lo que no se puede saber con certeza cuál habría sido su estructura definitiva, pero en ella Pascal se revela como un orador genial y un verdadero poeta. Su imaginación prodigiosa, su lirismo y sus padecimientos físicos vibran alternativamente entre la angustia y la esperanza. En un planteamiento determinado por la intuición pura, el autor desdeña todo ornamento artificioso. Su naturalidad es el producto de profundas meditaciones y de un verdadero conocimiento psicológico. En esa obra expresa que la creencia en Dios es racional: si Dios no existe, uno no pierde nada por creer en Él; en cambio, si existe, uno lo pierde todo por no haber creído en Él.

Pascal estaba convencido de que la Razón por sí misma no daba respuestas satisfactorias y que sólo mediante una dialéctica entre la Razón y el Corazón se podía alcanzar. una certeza acerca de Dios, del significado de la vida y de los planteamientos éticos. El pensaba que frente a estos interrogantes había tres tipos de personas: quienes han buscado a Dios y lo han encontrado; quienes no lo conocen pero que lo buscan con todo su corazón, y aquellos que no lo conocen y que no les interesa conocerlo. Pascal decía que el primer grupo era feliz y razonable; el segundo, infeliz pero razonable, y el tercero, infeliz e irrazonable.

Consideraba que la consciencia de los propios límites, del dolor y de la insuficiencia son los signos de la nobleza humana. Ellos son el testimonio de que el hombre es un gran señor caído y que el actual estado de miseria es la consecuencia del pecado del primer hombre. Sólo la gracia, que no excluye la colaboración de la voluntad humana, puede restituir al hombre en su primitiva grandeza y satisfacer su ansia indomable de infinito, como criatura hecha para elevarse por encima del orden de la Naturaleza. La Razón, por sí sola, con su visión geométrica del espacio infinito, no nos da más que el sentido de nuestra miseria. Sólo puede satisfacer las aspiraciones del corazón el Dios cristiano, un Dios de amor y de consolación, un Dios que llena el alma y el corazón de quien El posee, un Dios que hace suyo el sentimiento de las miserias y tiene infinita misericordia.

Según Pascal, la verdad cristiana puede esclarecer y rescatar al hombre en su singularidad, paradoja viviente, porque el hombre no es sólo razón, no es reducible a un concepto claro y determinado, sino que es también corazón y sentimiento, un enigma que reclama el misterio de la fe. Después de destacar el permanente estado de contradicción interna que sufre el ser humano, afirma que sólo en la religión cristiana existe una respuesta satisfactoria a esta dicotomía entre la caída y la redención.

Considerando que se trata de un brillante matemático que se aleja de las ciencias exactas para acercarse al camino de la fe y del estudio del hombre, resulta interesante citar sus razones: Había empleado mucho tiempo en el estudio de las ciencias abstractas y me había disgustado su escasa capacidad de comunicación a nivel humano. Al estudiarlas me alejaba de mi condición de hombre más de lo que lo harían los otros al ignorarlas… Esperaba encontrar muchos compañeros en el estudio de lo que es el hombre; pero, en realidad, son menos que los que estudian geometría. Según él, de qué serviría conocer todo lo que está fuera del hombre si este permanece ignorante de sí mismo, de su origen, de su meta, sintiéndose atrapado en una condición que no sabe explicar? El estudio del hombre es complejo y difícil, pero es indispensable emprenderlo. El hombre es un ser que ignora su suerte y eso es lo que le causa espanto a Pascal.

Extractos de su libro Pensamientos:

Cuando considero la breve duración de mi vida, absorbida en la eternidad que la precede y la que la sigue, el pequeño espacio que lleno y cuando, por lo demás, me veo abismado en la infinita inmensidad de los espacios que ignoro y que me ignoran, me aterro y me asombro de verme aquí antes que allá, ya que no hay razón porque esté aquí antes que allá, porque exista ahora más que entonces. Quién me ha puesto aquí? Por orden de quién me han sido destinados este lugar y este tiempo? El silencio eterno de los espacios infinitos me aterra, cuántos reinos nos ignoran !.

Qué es el hombre? No es más que una nada respecto al infinito, un todo respecto a la nada, un punto medio entre la nada y el todo, infinitamente alejado de poder comprender los extremos. El fin de las cosas y sus principios le están invenciblemente escondidos en un impenetrable secreto, igualmente incapaz de ver la nada de la que es sacado y el infinito por el que es engullido.

Somos algo y no somos todo; aquel poco que poseemos de ser nos impide el conocimiento de los primeros principios que nacen de la nada; y el poco ser que tenemos nos esconde la vista del infinito.

Por el espacio el universo me engulle como un punto; con el pensamiento yo lo comprendo. Aunque el universo lo magullara, el hombre superaría en nobleza aquello que lo mata, porque está consciente de morir y de la prevalencia que el universo tiene sobre él. El universo, en cambio, no sabe nada.

Debemos elevarnos no con el espacio y el tiempo, que no sabríamos llenar, ya que no debo buscar mi dignidad en el espacio, sino en el curso regulado de mi pensamiento. Sólo el pensamiento hace la grandeza del hombre.

El hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza: pero es una caña que piensa. Para destruirla no es necesario que se una el Universo entero. Basta una gota de agua para ello. Pero, cuando el Universo lo destruye, el hombre es todavía más noble que quien lo mata, porque sabe que muere, mientras que el Universo no sabe la superioridad que tiene sobre él. Toda nuestra dignidad consiste, pues, en el pensamiento.

Así como a la intuición pertenece el sentimiento, las ciencias pertenecen al intelecto. La fineza forma parte de la intuición; la geometría del intelecto.

El corazón tiene sus razones que la razón desconoce. No sólo con la razón sino también con el corazón, nosotros conocemos la verdad. De este segundo modo conocemos los primeros principios, y el razonamiento, que no tiene nada en común con ellos, intenta combatirlos inútilmente. Su impotencia no debiera servir para otra cosa sino para humillar a la razón, que querría juzgarlo todo, pero que no puede combatir nuestra certeza, como si sólo la razón fuera capaz de proporcionarnos conocimientos.

Es menester saber dudar cuando es necesario, estar ciertos cuando es necesario, y someterse cuando es necesario. Quien no lo hace así no comprende la fuerza de la razón. Hay personas que pecan contra estos tres principios: o afirmando todo como demostrable; o dudando de todo porque no saben cuándo es necesario someterse; o sometiéndose en todo por no saber cuándo es necesario juzgar.

El último paso de la razón es reconocer que hay una infinidad de cosas que la superan. Ella sería sólo debilidad si no lograra ni siquiera reconocer esta verdad. No hay ningún acto tan conforme a la razón como esta desconfianza de la razón.

Los sentidos engañan a la razón con falsas apariencias, y esta misma trampa que ellos le juegan a la razón, la reciben de ella como revancha. Las pasiones del alma turban los sentidos y crean en ellos falsas impresiones. Estas dos facultades se mienten y se engañan en una especie de competencia.

Hay un método más excelente que el de la geometría y que consiste:
a) en no usar término alguno del que no se haya explicado previamente el significado;
b) en no afirmar jamás alguna proposición sin que sea demostrada con verdades ya conocidas;

Es decir, en pocas palabras, en definir todos los términos y probar todas las proposiciones.

La voluntad propia no se satisfaría jamás, aun cuando tuviera poder sobre todo lo que ella quiere. No se está satisfecho sino en el instante en que se renuncia a todas esas cosas. Con ella no se puede quedar
sino descontento; sin ella, no se puede quedar sino contento.

Martin Buber

Martin Buber

MartinBuberSu vida, su obra.

Su Vida:
Filósofo, religioso y escritor de origen judío, nació en Viena en 1878. Su abuelo fue un importante estudioso y líder del jasidismo, rama del judaísmo que enfatiza la valoración de las personas y un contacto con Dios basado en la vivencia personal más que en lo intelectual.

En 1898 adhiere al sionismo y comienza a divulgar conceptos éticos y culturales que sean un renacimiento espiritual del judaísmo. Antes de la Primera Guerra hace una exposición del misticismo judío, con lo que trata de unir a los judíos y buscar conexiones de valores y visiones comunes con otras religiones, como el cristianismo, el islamismo o el budismo. Intenta mostrar un lenguaje común a todos los hombres en su espiritualidad, que sobrepase las barreras religiosas y muestre lo universal del judaísmo. En sus obras logra integrar elementos filosóficos, poéticos y místicos. Viaja dando conferencias, dirige una revista, El Judío, con la que difunde sus ideas y las del sionismo. En 1923 publica el libro Yo y Tú, obra central de su pensamiento sobre la comunicación humana con el mundo y con Dios, como una experiencia íntima, única y trascendente. Su pensamiento se enmarca además con un tipo de existencialismo humanista que subraya el compromiso, la elección y la acción, viviéndolo más en la comunidad que en la soledad contemplativa. Un símil podrían ser Mahatma Gandhi y Albert Schweitzer, como hombres con un pensamiento religioso llevado a la acción en el inicio de este siglo.

En 1938 se ve obligado a dejar Alemania por el gobierno nazi. Vive en Jerusalén, donde continúa enseñando, siendo profesor de la Universidad de Jerusalén. Desde el inicio propone la convivencia comunitaria entre palestinos y judíos, los que, nacidos de un tronco común, tienen derecho a vivir juntos en la misma tierra en igualdad de condiciones. Un pensamiento muy adelantado para su época y que recién se comienza a intentar. Fallece en 1965.

Su Obra:

Sus libros más importantes publicados son: “Daniel”, “Yo y Tú”, “Qué es el Hombre?”, “Cuentos Jasídicos”, Eclipse de Dios”.

Yo y Tú:

Publicado en 1923, es su obra más difundida y central para comprender su pensamiento. Es sorprendente la emoción que expresa este libro. Escrito desde lo más profundo de su persona, parece transmitir algo que le fue revelado, no sólo pensado en forma intelectual.

Buber plantea que los seres humanos logramos en la comunicación, en el Yo-Tú, una interacción de a dos, dialogante, tocándonos, interviniendo el uno en el otro. Somos la palabra fundamental Yo-Tú. El Tú es un sujeto como el Yo, no es una cosa ni un objeto. Otra relación fundamental es con el Ello, el Yo-Ello. Una parte de nuestro ser se comunica con el mundo como cosa, objeto, pero no penetra en ella, no se fusiona. Nuestra experiencia externa es esto y aquello, conocimiento parcial, información: el Ello nos aleja del Tú. Nuestra vida diaria y común la vivimos en el Ello, en bases a datos que nuestro hemisferio izquierdo clasifica, valora, cambia o reemplaza.

El Yo-Tú y el Yo-Ello son dos maneras de conocer, de vivir el mundo, es nuestra dualidad como seres humanos, nuestra polaridad primaria. El Yo-Ello se nos da en forma cotidiana, común; el Yo-Tú también se nos da: pero no lo podemos forzar, no lo podemos manejar o manipular, tenemos que prepararnos para que nos llegue. Es el mundo del amor, del encuentro, de la experiencia mística, de la inocencia, de la creación, más cercano al mundo del niño, o el ser como niños.

En el Yo-Ello estamos en la dualidad cartesiana del objeto y el sujeto, del espacio y el tiempo, del observado y el que observa. Se pierde la participación.

Cuando nos relacionamos con el Tú, no hay una cosa, un objeto, no hay tiempo, no hay espacio, estamos ahí, somos con el otro, estamos en el otro. Es una relación, una participación en interacción circular, sin un comienzo ni un fin aislables. Actuamos con todo nuestro ser, ella no puede ser parcial, es una experiencia del todo o nada.

a) La relación con el Tú se puede dar con la Naturaleza, sin un lenguaje racional, antes del lenguaje.

b) Se da con los hombres, donde participa el lenguaje, damos nuestro Yo y aceptamos el Tú.

c) Las formas inteligibles (ininteligibles?) sería el mundo de lo creativo y lo religioso. No tiene un lenguaje preciso, pero hay una voz. Integramos lo inefable a nuestra vivencia, es el Roce con lo Eterno.

Nuestra relación con Dios, con la creatividad y con el Tú, nos es dada. Lo inteligible con lo que conectamos pasa a tener forma, se fija en nuestro espacio del Ello, como un cuadro, un poema, un descubrimiento científico. Son momentos del Tú que se concretan en un Ello tangible, mostrable. En la creatividad hay un sacrificio, una ruptura, una pérdida del mundo anterior para que pueda surgir lo creado, hay un riesgo de jugarnos por entero para lograr lo actual, y no siempre resulta. También el riesgo está en exponernos como seres en lo que hacemos. La experiencia del Tú no puede ser parcial. El Tú nos llega a través de la gracia, nos es dado, no podemos forzarlo, tiene una similitud con la idea del Espíritu Santo.

Si mi vida es verdadera y auténtica logro este encuentro, la relación con el Tú es directa, sin mediadores, sin filtros ni cálculos. No hay ideas, ni imágenes, no hay esquemas. La memoria se hace actual y emerge en esta realidad. Entre el Tú y el Yo no hay fines, ni placer, ni anticipación. Todo medio como condición es un obstáculo. Cuando todo medio es abolido se produce el encuentro.

Entre el Yo y el Tú se crea un entre, un espacio que pertenece a los dos y sólo puede ser creado por ellos, en ese espacio está el amor y es el amor. El espíritu es este espacio, no es como la sangre que corre por nuestro cuerpo sino como el aire que respiramos, dice Buber. El amor es la única relación real, verdadera, de todo nuestro ser, una intuición única, exclusiva para ese momento. El odio es ciego, es una relación parcial, de sólo una parte del ser. El mundo del Ello nos muestra el mundo predecible, mensurable, seguro. El Tú nos ayuda a mirar la eternidad. El mundo del Tú es más dramático, lleno de sentido y fuerza, es lírico, seductor y extraño, desconocido y conocido, nos inquieta, nos hace perder nuestra estabilidad y seguridad. Para el Tú necesitamos valentía y entrega, necesitamos arriesgarnos.

No podemos vivir sin el Ello, pero si sólo vivimos así, no somos humanos. En la relación con el Tú se manifiesta el espíritu, tenemos que buscar el silencio para lograr la comunicación. Vivimos un mundo lleno de Ello, como una seducción permanente que nos llama, nos interrumpe, nos distrae, nos invade. En el Tú vivimos nuestra libertad de ser todo lo que somos más profundamente, de convertirlo en acto.

El Ello puede volver a ser Tú, cuando lo logramos encontrar; entonces puede volver a la comunicación más profunda, a toda su realidad. El mundo del Ello es el mundo de las ideas, de lo posible, de los nudos mentales. Tenemos que llevarlo a la acción en la relación con el Tú. El Tú nos muestra nuestro destino, nuestro sentido, y lo junta con nuestra libertad. Nos da seguridad, claridad y certeza. La libertad es la posibilidad de salirnos del determinismo, de la causalidad del Ello.

En el contacto con el Tú conocemos nuestro ser, nuestra persona, en toda su magnitud positiva y negativa, pero nos causa temor este mundo pleno y también incierto, efímero y peligroso que es el mundo del contacto profundo y de la relación con el Tú, lo que nos hace refugiarnos permanentemente en el mundo del Ello, el tener cosas, el estar seguros y no arriesgarnos.

Con el Tú eterno es la comunicación última, la más trascendente y vasta que puede tener el hombre. El único Tú que nunca puede ser un Ello es el Tú eterno, aunque pueda ser estudiado como un Ello por la filosofía y a veces por la teología. Los hombres han hablado de Dios como de una palabra santa, pero después hablaron de Dios como un Ello. Invocamos a Dios en el Tú de nuestra vida, también en el miedo, la desesperanza y la ignorancia. Dios es el ser más cercano, más inmediato y más presente para nosotros. En la relación con el Tú y con Dios se superan los opuestos, se logran unir sin sentir las diferencias, termina la polaridad y la tensión interna, hay quietud, silencio, plenitud. Si nosotros necesitamos a Dios, El también nos necesita. Como parte del camino para contactarse con Dios están la plegaria y el sacrificio. En la plegaria hacemos manifiesta toda nuestra pequeñez y dependencia, reconocemos nuestra limitación. En el sacrificio damos algo nuestro, externo o interno, con gran humildad, para que Su voluntad sea hecha. Podemos vivir a Dios en una unificación de nuestro Yo, con todo lo instintivo, sensible, emocional, racional, sin barreras, como un ser real.

La soledad en el hombre es importante, pero si lo aparta de vivir la relación humana es negativa, no podrá encontrar el Tú. Toda vivencia de Dios es una revelación, un resplandor, un choque, un misterio que nos cambia, nos hace diferentes a lo que eramos antes de la vivencia. Nos da un sentido, nos asegura algo interno muy importante, nos hace ver que este sentido es de esta vida y no de otra. Muchas veces la claridad intelectual de este sentido nos costará mucho. alcanzarla. Este saber por revelación se transforma en una fuerza personal, en un deber interno.

Martin Buber siempre buscó un camino de acción, de estar presente en la comunidad y en las personas, en una poco común unión entre misticismo y acción.

Un Intento de Acercamiento al TU:

Vivimos en el Ello, es nuestra experiencia, el contacto con el Tú no es lo habitual en nuestra vida, pero todos lo tenemos como posibilidad personal. Debemos tratar de estar dispuestos a este encuentro, sentir su necesidad, valorar lo que significa cada encuentro con una persona, con la naturaleza o con Dios. Este intento debe ser activo, consciente, aceptando que no sabemos cuándo sucede, estar abiertos, preparados.

El silencio interno parece muy necesario; silencio en el sentido de pocas cosas, cercano al vacío, pocos pensamientos, poco ruido de invasión de ideas y juicios. Esto es fácil de decir, pero no tan fácil de lograr. Sin embargo, es algo que podemos cultivar en nosotros. Estar dispuestos a ello en un intento activo, en una búsqueda.

Similitudes de la Experiencia Yo-Tú:

Este tipo de vivencia del Yo-Tú nos conecta con varias otras experiencias; la más llamativa es la experiencia mística con la naturaleza o con Dios. También ha sido llamada experiencia cósmica, de fusión, oceánica, participación mística, y muchos otros nombres en la tradición occidental. El encuentro con otro ser humano, la experiencia-cumbre descrita por A. Maslow como encuentro amoroso, creativo o religioso, también está en el ámbito de la relación del Yo-Tú. Los contactos importantes con la naturaleza, la alegría, la música, un encuentro amoroso, experiencias de pertenencia en grupos, son también encuentros con el Tú o formas de acercarnos a reconocerlo.

Estas experiencias de comunicación Yo-Tú son muy significativas para el que las vive; resultan difíciles de transmitir en palabras, sobre todo en su significado más profundo; marcan un sentido, una dirección en la vida, dan una claridad en el camino de cada uno y una vitalidad para seguirlo. Muchas veces causan temor, sensaciones de inseguridad y conflicto por su apariencia paradójica, las que necesitan de una postura activa para poder superadas.

Qué es el hombre?

Fue escrito en 1938 como una introducción a la Antropología Filosófica. Comienza replanteando las preguntas fundamentales de la filosofía, hechas por Kant en el siglo XVIII:

l.- Qué puedo saber? – a lo que responde la Metafísica y la Teoría del Conocimiento.

Sócrates

Sócrates

socratesIdeario Etico Político

“Sólo sé que nada sé”.
Sócrates.
“Doy gracias a Dios por haberme hecho griego y no bárbaro, libre y no esclavo,
hombre y no mujer, pero sobre todo por haberme hecho nacer en el tiempo de Sócrates”.- Platón.

En el presente trabajo nos proponemos analizar los planteamientos ético-políticos que constituyen el pensamiento y la obra de Sócrates.

Sócrates nace en Atenas alrededor del año 469 A. de C. Es hijo de un escultor y una partera. Su origen y
su situación económica corresponden a una clase media. Desde temprano muestra afición por el saber. Participa en todas las actividades de los atenienses de su tiempo. Es soldado, y como tal se destaca por
su disciplina, su sobriedad y su valor.

En el área cívica participa como Jurado al menos en dos casos importantes. Pero lo que Sócrates hace, es interesarse por temas tales como: Qué es la virtud? Qué es la justicia? Qué es un buen gobierno?

No tiene una profesión fija y fundamentalmente se dedica a participar en toda suerte de debates callejeros, con las más variada clase de personas.

Por esta actividad que pronto lo hace convertirse en maestro de numerosos discípulos, deja de lado la familia, negocios y la vida normal de cualquiera de sus pares.

Sus discípulos se reclutan entre lo más granado de la juventud de Atenas. Bástenos citar a Platón, Jenofonte, Alcibíades, Critias y otros. No pertenecen a una sola línea de pensamiento: Critias es un conservador, aristócrata que tendrá un rol importante en el regimen tiránico de los Treinta, Platón es de temperamento teórico poético, y Jenofonte era general e historiador. Es un asunto que hay que tener en cuenta posteriormente porque la acusación judicial que deriva en la condena a muerte de Sócrates incluye como cargo el de corromper a la juventud.

Vividor, amigo de sus amigos, Sócrates tiene también un rostro que es el de los hombres de la Ciudad Estado más importante de la antiguedad: vive intensamente las pasiones de su tiempo, comparte más con sus discípulos que con su propia familia, es frecuentemente invitado a cenar con sus amigos, y va siempre vestido con la misma túnica gastada, muchas veces descalzo. Hay sospecha que lo aqueja algún tipo de catalepsia pues es capaz de permanecer inmóvil por espacio de horas sin hablar, al parecer ausente de
este mundo. Testigos hay que dicen que es borrachín y descarado. Las malas lenguas indican que compartió con el propio Pericles los amores de una cortesana muy famosa. Su debilidad por los efebos no hace excepción a los gustos de su época.

Pero fundamentalmente es de buen corazón, tranquilo, bondadoso, valiente al punto de haberle salvado la vida a Alcibíades en medio de una batalla, generoso (no cobra un centavo por sus lecciones), está siempre dispuesto a luchar por las causas justas, es humilde, y en una época de convulsiones políticas de guerra externa y civil, se mantiene como un fiel patriota de su Atenas que lo tiene entre sus habitantes más característicos y pintorescos: en el Agora, en las plazas y en los caminos se le ve siempre preguntando: y esto qué es? y la sabiduría qué es?

Finalmente no tiene ambiciones políticas. Es activo en el cumplimiento de sus deberes ciudadanos y este es el milagro de la Atenas del siglo V: la participación y el compromiso ciudadano en la paz y en la guerra: como soldado y también como asambleísta o parte integrante del Tribunal.

Sócrates mantiene la idea que es obligación de cada Ateniense aceptar los deberes y obligaciones ciudadanos que las leyes imponen. Es un hecho que va a la muerte, entre otras razones, porque no desea sustraerse al cumplimiento de la Ley. Pero no aspira a ningún cargo, no tiene ambiciones políticas y siempre está cuestionando a sus conciudadanos, lo cual no es precisamente una manera de ganarse adeptos. Por el contrario, hay gente que lo considera molestoso, por decir lo menos. Otros, un majadero.
Los de más allá, un peligroso y solapado enemigo de la democracia. En efecto, en el aspecto intelectual Sócrates era un verdadero aristócrata, no obstante vestir andrajos e ir descalzo.

Este clima de sospecha le acarrea problemas. Por ejemplo, en calidad de Jurado, Sócrates absuelve a los almirantes que han ganado la batalla naval de las Islas Arginusas (406 A. de C.) que finaliza con el triunfo de Atenas y la derrota de Esparta, pero que, a causa de una tormenta, pierden 25 de sus barcos. Sócrates queda en minoría y los 8 Almirantes sobrevivientes son condenados a muerte. Subrayemos que al poco tiempo, los acusadores son, a su vez, condenados a muerte luego que la multitud se da cuenta del brutal error que ha cometido con la primera condena.

En tiempos del regimen tiránico de los Treinta, se prohibe a Sócrates seguir dictando clases por considerarse que su espíritu liberal, abierto y franco conspira contra el regimen. Sócrates rehusa acatar
esa órden y le toman preso.

Finalmente se completa el cuadro de la personalidad de Sócrates con el rasgo característico suyo de una modestia extrema. Ya hemos visto cómo, al revés de los Sofistas, no cobra un céntimo por sus lecciones; y él es un hombre pobre cuya mujer, la famosa Jantipa, tiene un genio terrible y grita en público a su marido a quién considera un inútil y vago. Incluso lo demanda judicialmente por alimentos y en el Tribunal el propio Sócrates reconoce su falta y, en vez de regañarla, la defiende frente a los jueces.

Este hombre, a quien el Oráculo de Delfos califica como el más sabio de Atenas, no tiene empacho en reconocer que sí, que es el hombre más sabio porque ha llegado a conocer la mayor de las verdades: la certidumbre de que no sabe nada resumida en el célebre aforismo “Sólo sé que nada sé”.

Cuál es la herencia filosófica y el legado propiamente ético político que recibimos de la obra y el pensamiento de Sócrates? Qué hace el maestro para que la historia de la filosofía Occidental lo señale como su primer representante, que haya dejado tantos y tan famosos discípulos, que se lo considere como el primer mártir de la filosofía y, en fin, que la historia de la filosofía utilice su nombre para dividir la primera etapa de esta disciplina entre presocráticos y socráticos?

Antes que nada contestemos esta última cuestión porque al parecer es la más sencilla.

Hasta Sócrates los pensadores griegos dedicaron sus investigaciones y esfuerzos a desentrañar los secretos de la naturaleza. Les interesó fundamentalmente el universo físico: qué es la materia? qué es la tierra? qué son las estrellas, el sol, la luna? Se manifestaron inclinados por la física, la geometría y la astronomía.

Con Sócrates empieza la preocupación por los niveles éticos y políticos. Sócrates va por todas partes en forma hasta majadera preguntando a uno y otro: Qué es la virtud? Qué es la verdad? Qué es la justicia? Qué es un buen gobierno? Qué deben estudiar los que aspiran a gobernar?

Sócrates definió su método tomando como base la profesión de su madre y sostuvo que mediante las preguntas él ayudaba a hacer parir las ideas del mismo modo como su madre ayudaba a traer criaturas al mundo.

A tal punto llegó al dominio público este verdadero personaje en que se había convertido Sócrates que Aristófanes, el comediante más famoso de Atenas, lo ridiculizó públicamente al escribir una pieza denominada “Las Nubes” (424 A. de C.) donde Sócrates aparece regentando una “Tienda del Pensamiento” en la cual se venden diversas recetas de cómo enfrentar discusiones a través de preguntas y en que sus alumnos se especializan en contestar con paradojas a cualquier tipo de cuestiones llegando al extremo en el arte de engañar el prójimo.

Algunos dicen que como entre esa obra, que causó sensación en la época, y la condena de Sócrates pasaron 25 años, no sería causa directa de la sentencia. Pero es evidente que Sócrates irritaba a un sector importante de la población, especialmente a los más ignorantes y los más adocenados de espíritu.

Voltaire en su diccionario filosófico, en el artículo sobre Sócrates reproduce el diálogo entre dos atenienses que se refieren a Sócrates como “ese ateo que sólo cree en un Dios”.

Efectivamente Sócrates, que respeta las prácticas religiosas de su época, que cumple con los rituales aceptados por el Estado ateniense, mantiene una actitud más racionalista y menos supersticiosa en este tema. Resulta evidente que todo ello también lo hace poco confiable entre sus conciudadanos.

El otro tema que lo hizo sospechoso de sus contemporáneos fué que siendo como era, un leal ciudadano Ateniense, ponía en tela de juicio los actos de gobierno, los que pasaba por el cedazo de su crítica en cuanto al mérito y la virtud de los mismos. El personificaba un antiguo adagio de la sabiduría popular que al hablar de los gobernantes postula la actitud que se resume en la frase “Honra y desconfía”

En ese tenor debe analizarse la acusación deducida en contra de Sócrates y que, en definitiva, le costó la vida.

Probablemente la historia olvidaría para siempre los nombres de Atino, Meletos y Licón, salvo por haber sido los acusadores en el caso de Sócrates. En cambio, este último ha quedado,inmortalizado para siempre. Primero por la impresión que su muerte (estoicamente aceptada y cumplida por propia mano), causa en sus discípulos y sobre todo en Platón y en Jenofonte a cuyos textos debemos la detallada y conmovedora reproducción del proceso y muerte de Sócrates, como así mismo la grandeza de alma, humildad y sobre todo humanidad del ateniense más conocido de su época.

Es cierto que el halo de santidad que rodea la muerte de una persona es materia siempre de una especie de culto. Países enteros, como el Egipto de los Faraones hicieron girar su civilización en torno al culto de los muertos. En la época actual en la esfera popular es lo que pasa con los difuntos en Méjico. El culto es mayor cuando la persona ha sido víctima a todas luces de una injusticia, cuando la muerte resulta de las ideas y pensamientos que sustente la persona de que se trata. Sócrates llena todos esos supuestos.

No teme a la muerte. Es más, provoca a los Jueces para que lo condenen a la última pena y por ello queda
la impresión en todo el mundo que va a la muerte por su dignidad y por su orgullo, por el odio que despierta en los que no quieren pensar. Por la envidia y pequeñez del necio aquel que merced al régimen-participación que rige en Atenas, termina por tener la condición de ciudadano y por ende decidir la vida y destino de la ciudad y de cada uno de sus habitantes, careciendo de elementales condiciones, no teniendo actitudes racionales y meditadas sino reaccionando a golpes de soberbia, de desprecio, entremezcladas en el carácter tan turbulento, variable, supersticioso y petulante que la muchedumbre ateniense empieza a demostrar e imponer sobre las minorías más preparadas. Ya no estamos en la época de Pericles, ya el barco del estado lo conducen personas menos talentosas que el griego Strategos Autokrats. Ahora son políticos vociferantes, ambiciosos, gritones y demagógicos los que encabezan el gobierno. Además existe una gran dosis de intolerancia propia de los momentos de peligro, en que el régimen pasa de manos de un grupo a otro de signo absolutamente opuesto. Finalmente la cruel y prolongada Guerra del Peloponeso que enfrentó a Atenas con Esparta por más de 20 años, hacía muy delicada la situación interna y extrema la necesidad de buscar un chivo expiatorio.

Es muy probable que en épocas normales un sujeto majadero, preguntón, libre, arrogante dentro de su humildad, que ha sido un soldado valeroso, que no tiene reproches personales sino derivados de los hechos de sus discípulos que, por lo demás, recorren por sus ideas todos los colores del arco-iris y que, finalmente, se burla en muchos aspectos públicamente de las autoridades, no sea más que un personaje pintoresco. Pero en medio de las convulsiones de una guerra civil, del establecimiento de una oligarquía (que paradojalmente proscribió también a Sócrates) se produce un contagio colectivo de desconfianza, y una histeria de sospechas que la humanidad ha presenciado en más de una oportunidad.