Ciencia y Belleza

Ciencia y Belleza


Tal vez lo mejor sea, sin intentar empezar por un análisis filosófico del concepto de belleza, preguntarnos simplemente dónde puede encontrarse lo bello dentro del campo de las ciencias exactas. Permítaseme empezar aquí relatando una experiencia personal. Cuando asistía de niño a los cursos inferiores del Max-Gymnasium aquí en Munich, empecé a interesarme por los números. Encontraba placer en conocer sus propiedades, en comprobar si eran o no números primos, o si podían representarse como sumas de cuadrados, o en demostrar finalmente que debía haber infinitos números primos. Como mi padre pensaba que era mucho más importante mi conocimiento del latín que mi interés por los números, un día me trajo a casa de la Biblioteca Nacional, un tratado escrito en latín del matemático Leopold Kronecker, en el que se ponían en relación las propiedades de los números enteros con el problema geométrico de dividir un círculo en un número de partes iguales.

No tengo idea de cómo mi padre vino a reparar en esta concreta investigación de mediados del siglo pasado. Pero el estudio de la obra de Kronecker produjo en mí una profunda impresión. Tuve una inmediata sensación de la belleza inherente al hecho de que a partir del problema de dividir en partes un círculo, cuyos casos más simples nos resultaban por supuesto familiares en el colegio, podía aprenderse algo acerca de cuestiones completamente diferentes implicadas en la teoría elemental de los números. Aunque sin duda a distancia, flotaba ahí ya la cuestión acerca de la existencia de los números enteros y las formas geométricas, esto es, si existen fuera de la mente humana o son una pura creación de la mente, a modo de instrumentos para comprender el mundo. Pero en aquella época yo no era aún capaz de pensar en estos problemas. Sin embargo, había tenido, de un modo completamente directo, la sensación de algo muy bello, que no requería justificación ni explicación alguna.

Pero qué es lo que había ahí de bello? Incluso en la antigüedad había dos definiciones de la belleza que en cierta forma se oponían entre sí. La controversia entre ambas jugó un gran papel, sobre todo en el Renacimiento. Una de ellas describe a la belleza como la adecuada conformidad de las partes entre sí y con relación al todo. La otra, que arranca de Plotino, la define, sin hacer referencia a las partes, como transparencia del esplendor eterno de lo uno a través del fenómeno material. En nuestro ejemplo matemático, debemos detenernos inicialmente en la primera definición. Las partes son aquí las propiedades de los números enteros y las leyes de las construcciones geométricas, mientras que el todo es evidentemente el sistema subyacente de axiomas matemáticos al que pertenecen la aritmética y la geometría euclidiana, o sea la grandiosa estructura de interconexión garantizada por la consistencia del sistema axiomático. Percibimos el encaje recíproco de las partes individuales, y su pertenencia en cuanto tales al todo, y sin necesidad de reflexión alguna sentimos la belleza de la integridad y simplicidad de este sistema axiomático. La belleza está por tanto implicada con el antiquísimo problema de lo uno y lo múltiple que, en íntima conexión con el problema del ser y el devenir, ocupó un puesto central en los albores de la filosofía griega.

Como las raíces de las ciencias exactas se remontan también a ese mismo punto, puede ser conveniente rastrear al menos los contornos de las corrientes de pensamiento en aquella época temprana. En el mismo punto de partida de la filosofía griega de la naturaleza se sitúa la búsqueda de un principio básico, capaz de explicar la variedad multicolor de los fenómenos. Por extraño que pueda resultarnos, la bien conocida respuesta de Tales el agua es el primer principio material de todas las cosas- contiene, según Nietzsche, tres exigencias filosóficas fundamentales que habían de convertirse en básicas en los sucesivos desarrollos filosóficos: en primer lugar, la necesidad de buscar semejante principio unitario básico; en segundo lugar, la necesidad de una respuesta únicamente racional, es decir, sin referencia a ningún tipo de mito; y en tercer y último lugar, la necesidad de conferir el papel decisivo en este contexto al aspecto material del mundo. Por debajo de estas exigencias subyace, por supuesto, el reconocimiento implícito que comprender no puede nunca significar otra cosa que percibir las conexiones entre las cosas, esto es, percibir los rasgos unitarios o los signos de afinidad presentes en la multiplicidad.

Pero si ese principio unitario o unificador de todas las cosas existe, entonces y éste era el paso siguiente en esta línea de pensamiento – nos encontramos directamente enfrentados con la cuestión de cómo ese principio puede explicar el hecho del cambio. La dificultad se pone particularmente de relieve en la famosa paradoja de Parménides. Sólo el ser es; el no-ser no es. Pero si solamente el ser es, no puede haber nada fuera de ese ser que posibilite o pueda aportar el cambio. De aquí que el ser deba ser concebido como eterno, uniforme, e ilimitado en el espacio y en el tiempo. Los cambios que percibimos en nuestra experiencia son por tanto solamente una ilusión.

El pensamiento griego no podía quedarse mucho tiempo estancado en esta paradoja. El eterno flujo de apariencias era un dato de experiencia inmediata, y el problema era poder explicarlo. En el intento de superar la dificultad, diversos filósofos indagaron en diferentes direcciones. Uno de los caminos condujo a la teoría atomística de Demócrito. Además del ser, el no-ser puede aún existir en cuanto posibilidad, concretamente en cuanto posibilidad de movimiento y de forma, o dicho de otra forma, en cuanto espacio vacío. El ser es repetible, y así llegamos a la imagen de átomos en el vacío, esta imagen se ha revelado desde entonces inmensamente fructífera como cimiento de la ciencia natural. Pero de este camino no vamos a añadir ahora nada más. Nuestro propósito es, más bien, presentar en detalle la otra vía, la que condujo a las Ideas de Platón, la que nos ha conducido directamente a abordar el problema de la belleza.

Esta vía comienza en la escuela de Pitágoras. Es aquí donde se dice que tuvo su origen la idea de que las matemáticas, el orden matemático, era el principio básico que podía proporcionar una explicación de la multiplicidad de fenómenos. Del propio Pitágoras sabemos muy poco. Sus discípulos parece que, efectivamente, formaban una secta religiosa, pero sólo la doctrina de la trasmigración y algunas normas y prohibiciones morales y religiosas pueden ser con certeza atribuidas a Pitágoras. Pero entre esos discípulos y esto es lo que tuvo importancia en lo sucesivo – la preocupación por la música y por las matemáticas jugó un papel dominante. En este contexto es donde se dice que Pitágoras hizo su famoso descubrimiento de que la vibración de unas cuerdas sometidas a igual tensión produce un sonido conjunto armónico si sus respectivas longitudes guardan entre sí una simple proporción numérica. La estructura matemática subyacente a este hecho, concretamente la proporción numérica en cuanto fuente de armonía, es uno de los descubrimientos más culminantes de la historia de la humanidad. La concordancia armoniosa de dos cuerdas produce un sonido bello. Debido a la sensibilidad del oído humano a todo sonido rítmico, le resulta perturbadora cualquier disonancia, y encuentra bella, por el contrario, la sensación de consonancia, de paz en armonía. De esta forma, la relación matemática se convertía también en fuente de belleza.

La belleza, según la primera de las definiciones antiguas que hemos mencionado, es la adecuada conformidad de las partes entre sí y con relación al todo. Las partes son aquí las diferentes notas individuales, mientras que el todo es el sonido armonioso resultante. La relación matemática puede, pues, ensamblar en un todo dos partes inicialmente independientes, y de ese modo producir belleza. Este descubrimiento abrió la vía, en la doctrina pitagórica, a nuevas formas de pensamiento, y trajo así consigo la idea de dejar de considerar al último principio de todo ser como un elemento material sensible tal como el agua, en Tales – para pasar a situarlo en un principio formal ideal. Esto equivalía a sentar una idea básica que más tarde había de convertirse en cimiento de toda ciencia exacta.

Aristóteles cuenta en su Metafísica que los pitagóricos que fueron los primeros en ocuparse de las matemáticas, no sólo hicieron avanzar esta ciencia, sino que, educados como habían sido en ella, pensaban que sus principios eran también los principios de todas las cosas Puesto que habían comprobado una vez más que las modificaciones y proporciones de las escalas musicales eran expresables numéricamente puesto que además todas las demás cosas, en cuanto a su total naturaleza, parecían estar modeladas según patrones numéricos, y puesto que los números parecían ser lo primero en la naturaleza entera – llegaron a suponer que los elementos numéricos eran a su vez los elementos de todas las cosas, y que todo el cielo no era sino un número y una escala musical.

Iba así a poderse comprender por primera vez la policroma multiplicidad de los fenómenos sobre la base de un reconocimiento en ellos de unos principios formales unitarios que pueden ser expresados en lenguaje matemático. Con ello también venía a establecerse una íntima conexión entre lo bello y lo inteligible. Porque si lo bello se concibe como conformidad recíproca de las partes entre sí y con relación al todo, y si, por otra parte, lo que posibilita en primer lugar toda comprensión es esa conexión formal, la experiencia de la belleza se convierte en algo prácticamente idéntico a la experiencia de las conexiones comprendidas o, al menos, adivinadas.

El siguiente paso por este camino lo dio Platón con su formulación de la teoría de las Ideas. Platón hace contrastar las formas imperfectas del mundo corpóreo de los sentidos con las formas perfectas de las matemáticas; las órbitas circulares imperfectas de los cuerpos celestes, pongamos por caso, con la perfección del círculo definido matemáticamente. Las cosas materiales son sólo copias, sombras proyectadas, de las formas ideales que componen la auténtica realidad; más aún, podríamos añadir hoy en día, esas formas ideales se actualizan porque, y en tanto cuanto, se vuelven activas en los fenómenos y sucesos materiales.

De esta forma, distingue aquí Platón con toda claridad un ser corporal accesible a los sentidos y un ser puramente ideal aprehensible no ya por los sentidos sino por medio de la actividad mental. Ni tampoco necesita modo alguno este ser ideal del pensamiento humano para ser sacado por él a la luz. Por el contrario, es el verdadero ser, del que el mundo corpóreo y el propio pensamiento humano no son sino reproducciones. Como su propio nombre indica, la aprehensión de las Ideas por el pensamiento humano es más una intuición artística, una sugestión a medias consciente, que el tipo de pensamiento que conlleva la comprensión. Es una reminiscencia de formas impresas ya en el alma antes de existir sobre la tierra. Lo Bello y lo Bueno es la idea central, en la que se hace visible lo divino y a cuya vista las alas del alma empiezan a desplegarse.

En un pasaje del Fedro encontramos expresado el siguiente pensamiento: el alma se siente empavorecida y tiembla a la vista de lo bello, porque siente que evoca en sí misma algo que no ha adquirido a través de los sentidos sino que siempre había estado depositado allí dentro en una región profundamente inconsciente.

Pero volvamos una vez más a la comprensión y, con ella, a la ciencia natural. Según Pitágoras y Platón, la variopinta multiplicidad de fenómenos puede comprenderse porque, y en cuanto que, por debajo de ella subyacen principios formales unitarios, susceptibles de representación matemática. Este postulado constituye ya una anticipación de todo el programa de las ciencias exactas contemporáneas. No podía sin embargo ser adecuadamente desarrollado en la antigüedad, pues les faltaba en gran medida un conocimiento empírico y detallado de los procesos naturales.

Como sabemos, la filosofía de Aristóteles fue el primer intento de penetrar en esos detalles. Pero ante la infinita riqueza que se ofrecía aquí inicialmente al estudiante observador de la naturaleza, unida a la falta total de cualquier punto de vista desde donde poder discernir un atisbo de orden, los principios formales unitarios buscados por Pitágoras y Platón hubieron de ceder sitio a la descripción de los detalles. Y así surgió el conflicto, que ha continuado hasta nuestros días en los debates, por ejemplo, entre la física teórica y la experimental; el conflicto entre el empirista, que a través de una investigación cuidadosa y escrupulosamente detallada proporciona el ver la naturaleza, y el teórico, creador de imágenes matemáticas mediante las cuales intenta ordenar y así entender a la naturaleza. Imágenes matemáticas que conllevan la pretensión de ser las Ideas verdaderas que subyacen al curso de la naturaleza, no sólo por describir correctamente los datos provenientes de la experiencia, sino también y más especialmente por su propia simplicidad y belleza.

Emoción y Sentimiento

Emoción y Sentimiento


Sin excepción, hombres y mujeres de todas las épocas y culturas, de diversos niveles de educación y diferentes estratos económicos, experimentan emociones, perciben emociones ajenas, cultivan pasatiempos que manipulan sus emociones, y gobiernan sus vidas en gran medida buscando una emoción, la dicha, y evitando emociones desagradables. A primera vista, nada hay distintivamente humano en las emociones pues es notorio que abundan en criaturas no humanas. Lo peculiar es cómo se conectaron con ideas complejas, valores, principios y juicios privativos de la familia humana, y en esta conexión reposa nuestra legítima idea de que la emoción humana es especial. La emoción humana no sólo implica placeres sexuales o temor a las víboras. También incluye el horror de ver sufrir y la satisfacción ante la justicia, el gozo por la sonrisa sensual de una mujer hermosa, o la densa belleza de las palabras e ideas en los versos de Shakespeare; la voz cansina de Dietrich Fischer-Dieskau cuando canta Ich habe genug de Bach; los fraseos simultáneamente terrestres y celestiales cuando se interpreta a Mozart o Schubert, y la armonía que Einstein buscó en la estructura de una ecuación. De hecho, la música comercial y los filmes de poco valor también estimulan emociones, cuya potencia nunca debe ser subestimada.
El impacto humano de estos motivos de emoción, refinados o no, y de los matices emocionales que inducen, sutiles o no, depende de los sentimientos que esas emociones generan. Las emociones, que son públicas y dirigidas hacia el exterior, empiezan a tener impacto en la mente a través de los sentimientos, que son íntimos y dirigidos hacia el interior; pero el impacto entero y duradero de las emociones precisa de la consciencia, porque el individuo solo logra conocer sus propios sentimientos con la llegada de la sensación del self.

Algunos lectores se extrañarán ante la distinción entre sentimiento y saber que tenemos un sentimiento. Acaso el estado de sentir no implica, por necesidad, que el organismo sensible está consciente de la emoción y el sentimiento que se están sintiendo? Sugiero que no es así, que cualquier organismo puede representar, en patrones neurales y mentales, el estado que nosotros criaturas conscientes – denominamos sentimiento, sin llegar a saber que lo está experimentando. Esta separación es difícil de imaginar, no sólo porque el significado tradicional de las palabras ocluye nuestra percepción, sino porque propendemos a tener consciencia de nuestros sentimientos. No existe, empero, evidencia alguna de que tengamos consciencia de todos nuestros sentimientos, y mucho tiende a sugerir que no la tenemos. Por ejemplo, en una situación dada suele ocurrir que nos percatemos súbitamente de que nos sentimos ansiosos o incómodos, complacidos o relajados, y es innegable que el singular estado de sentimiento que experimentamos empezó antes del momento en que conocimos su existencia. Ni el estado de sentimiento ni la emoción que llevó a él estuvieron en la consciencia, y sin embargo se desplegaron como procesos biológicos.

Aunque a primera vista estas distinciones pueden parecer artificiales, mi intención no es complicar algo sencillo sino escindir algo bastante complicado en partes capaces de ser enfocadas separadamente. Con el propósito de investigar estos fenómenos distingo tres partes del procesamiento a lo largo de un continuo: estado de emoción, que puede ser desencadenado y ejecutado de un modo no consciente; estado de sentimiento, capaz de ser representado no conscientemente, y estado de sentimiento hecho consciente, esto es, conocido por el organismo que experimenta emoción y sentimiento. Creo que estas distinciones ayudan cuando intentamos imaginar los soportes neurales de esta serie de sucesos en el ser humano. Además, sospecho que algunas criaturas no humanas que muestran emociones, pero en apariencia no cuentan con la calidad de consciencia que nosotros poseemos, pueden dar forma a las representaciones que denominamos sentimientos sin percatarse de ello. Alguien puede sugerir que tal vez debiéramos tener otra palabra para sentimientos no conscientes, pero no existe. La alternativa más cercana es explicar lo que queremos decir.

En pocas palabras, para que los sentimientos influyan en el individuo más allá del aquí y ahora tiene que estar presente la consciencia. Las consecuencias fundamentales de la emoción y el sentimiento humanos dependen de la consciencia, hecho cuya importancia no fue bien calibrada en su momento. Es probable que en el proceso evolutivo la emoción apareciera antes que la consciencia, y se situara en la superficie en cada uno de nosotros debido a inductores que solemos no reconocer conscientemente. Pero los sentimientos desempeñan sus efectos más fundamentales y perdurables en el teatro de la mente consciente.

El poderoso contraste entre la solapadamente inducida, y externa, postura de la emoción y el estado de sentimiento humano, dirigido hacia el interior, y por último conocido, me suministraron una perspectiva inapreciable para reflexionar acerca de la biología de la consciencia. Así, propongo que, a semejanza de la emoción, la consciencia apunta a la supervivencia del organismo y se arraiga en la representación del cuerpo. Además, destaco un curioso hecho neurológico: cuando se suspende la consciencia, desde la nuclear hacia arriba, suele suspenderse asimismo la emoción. Esto sugiere que, si bien emoción y consciencia son fenómenos diferentes, sus soportes neurales pueden estar conectados. Por todas estas razones, es importante discutir las diversas características de la emoción antes de interpelar directamente la consciencia.

Digresión histórica
Dada la magnitud de los temas vinculados con la emoción y los sentimientos, sería lógico esperar que tanto la filosofía como las ciencias de la mente y el cerebro hubieran acometido su estudio. Curiosamente, éste sólo empieza hoy. La filosofía pese a David Hume y la tradición que originó – desconfió de la emoción y la relegó al desechable reino de los animales y la carne. Por un tiempo la ciencia lo hizo mejor, pero también perdió su oportunidad.

Hacia fines del siglo XIX Charles Darwin, William James y Sigmund Freud plasmaron extensos escritos acerca de diferentes aspectos de la emoción, otorgándole un lugar privilegiado en el discurso científico. Con todo, durante el siglo XX y hasta hace poco, tanto la neurociencia como las ciencias cognoscitivas miraron la emoción con desdén. Darwin estudió con profundidad la expresión de emociones en diferentes culturas y especies y, a pesar de que creía que las emociones humanas eran vestigios de etapas evolutivas previas, respetó la importancia del fenómeno. William James analizó el problema con su característica claridad y produjo un informe que, pese a su insuficiencia, sigue siendo una piedra angular. Freud percibió el potencial patológico de la emoción perturbada y enunció su importancia en términos bastante precisos.

Darwin, James y Freud fueron, por necesidad, algo ambiguos acerca del aspecto cerebral de sus ideas, pero uno de sus coetáneos, Hughlings Jackson, fue más exacto. Jackson dio el primer paso hacia una posible neuroanatomía de la emoción, y sugirió que el hemisferio derecho de los humanos tal vez fuera dominante en ella, así como el izquierdo predomina en el lenguaje.

Hubo buenos motivos para esperar que al inicio del nuevo siglo las ciencias del cerebro convirtieran la emoción en parte de su programa y resolvieran sus interrogantes. Pero ese desarrollo nunca ocurrió. Peor aún, los trabajos de Darwin desaparecieron de circulación, se atacó injustamente y desdeñó de oficio la propuesta de James, y la influencia de Freud tomó otra dirección. Durante la mayor parte del siglo XX el laboratorio desconfió de la emoción. Se decía que era demasiado subjetiva, esquiva y vaga. Se la juzgó antípoda de la razón, considerada la habilidad humana por antonomasia e independiente de la emoción. Perverso sesgo causado por la visión romántica de la humanidad, porque para los románticos las oficinas de la emoción se afincaban en el cuerpo, y las de la razón en el cerebro. La ciencia del siglo XX esquivó el cuerpo y mudó la emoción al cerebro, pero la relegó a los estratos neurales más bajos, asociados con ancestros que nadie respetaba. En último término, no sólo ella era irracional: incluso estudiarla tal vez fuera irracional.

El siglo XX presenta curiosos paralelos al descuido científico ante la emoción. Uno de ellos es la falta de una perspectiva evolucionista en el estudio de mente y cerebro. Quizá sea exagerado decir que la neurociencia y las ciencias cognoscitivas procedieron como si Darwin jamás hubiera existido, pero así parecía hasta la década de 1990. Ciertos aspectos de cerebro y mente se discutieron como si hubieran sido diseñados ayer, a pedido y para producir un determinado efecto algo así como la instalación de frenos ABS en un automóvil nuevo – sin ningún respeto por los posibles antecedentes de los dispositivos de mente y cerebro. Recién ahora se observa un cambio en la situación.

Otro paralelo atañe al descuido de la noción de homeostasis. Homeostasis son las reacciones fisiológicas coordinadas y vastamente automáticas que mantienen el equilibrio interno de un organismo viviente. Describe la regulación automática de la temperatura, concentración de oxígeno y PH en el cuerpo. Numerosos científicos se preocuparon de la neurofisiología de la homeostasis, de otorgar sentido a la neuroanatomía y neuroquímica del sistema nervioso autónomo (la parte del sistema nervioso más involucrada en la homeostasis), y de elucidar las relaciones recíprocas del sistema endocrino, nervioso e inmune, cuya labor conjunta produce homeostasis. Pero el progreso científico en esos ámbitos influyó poco en el enfoque preponderante respecto del modo en que trabajan mente y cerebro. Lo curioso es que las emociones son parte esencial de la regulación que denominamos homeostasis. Es absurdo discutirlas sin entender este aspecto de los organismos vivientes, y viceversa. Mi posición es que la homeostasis es clave en la biología de la consciencia.

El tercer paralelismo es la notoria ausencia de la noción de organismo en las ciencias cognoscitivas y neurociencia. La mente siguió enyugada al cerebro en una suerte de relación equívoca, y el cerebro siguió escindido del cuerpo, en vez de ser visto como parte de un organismo vivo y complejo. Aunque la idea de organismo integrado conjunto compuesto de cuerpo propiamente tal y sistema nervioso – estaba presente en los trabajos de Ludwig von Bertalanfly, Kurt Goldstein y Paul Weiss, tuvo escaso impacto en el cincelado de la concepción típica de mente y cerebro.

Por cierto, hay excepciones. Por ejemplo, las propuestas teóricas de Gerald Edelman sobre la base neural de la mente están informadas por el pensamiento evolucionista y la regulación homeostática. Por mi parte, fundamenté mi hipótesis de los marcadores somáticos en nociones de evolución, regulación homeostática y organismo. Pero las conjeturas teóricas rectoras en neurociencia y ciencias cognoscitivas recurrieron poco a la perspectiva organísmica o evolucionista.

Sólo ahora las ciencias cognoscitivas y la neurociencia aceptan la emoción. Una nueva generación de científicos transformó la emoción en su tema favorito. Además, ya no se acepta sin vacilaciones la presunta oposición entre emoción y razón. Por ejemplo, el trabajo de mi laboratorio mostró que, para bien o para mal, la emoción es inherente al proceso racional y decisorio. Aunque esto parece contrariar nuestro instinto, hay evidencias que lo confirman. Los hallazgos surgieron durante el estudio de varios individuos que gobernaron sus vidas de manera perfectamente racional hasta que, debido a un daño neurológico en lugares específicos del cerebro, perdieron cierta clase de emociones y junto con ello en un desarrollo paralelo trascendental – su habilidad para tomar decisiones racionales. Aún pueden usar los instrumentos de su racionalidad y emplear el conocimiento acerca del mundo que los rodea. Su habilidad para abordar la lógica de un problema sigue incólume. Sin embargo, gran parte de sus decisiones personales y sociales es irracional y suele ser más desventajosa para su self. He sugerido que en estos casos las señales procedentes de la maquinaria neural que sustenta la emoción de modo no consciente y en ocasiones incluso de modo consciente – ya no actúan sobre el delicado mecanismo de la razón.

La hipótesis se conoce como hipótesis del marcador somático, y los pacientes que me llevaron a postularla presentaban daños en áreas específicas de la zona prefrontal, esencialmente en los sectores ventromediales y en la región parietal derecha. Ya fuera a causa de hemorragia cerebral, traumatismo craneano o ablación de un tumor, el daño en esas regiones se asoció siempre con la aparición del cuadro clínico citado, esto es, perturbaciones en la capacidad de tomar decisiones adecuadas ante situaciones de riesgo o conflicto, y una reducción selectiva de la habilidad para resonar emocionalmente en aquellas situaciones, mientras el resto de las habilidades emocionales permanece intacto. Estos deterioros no estaban presentes antes del daño cerebral. Tanto la familia como los amigos podían sentir un antes y un después de la lesión neurológica.

Eratóstenes & La Reflexión

Eratóstenes & La Reflexión

El verbo reflexionar alude al acto de considerar nueva o detenidamente una cosa, de modo tal que se la sopese o estime en sí misma, de una forma activa, y no como absorción inconsciente o semiconsciente de una información o dato. Informaciones y datos pueden transcurrir inadvertidamente por el flujo ordinario de consciencia, lo que por sí sólo no nos lleva a ninguna conclusión nueva, a ningún acto creativo ni menos de descubrimiento o expansión. Por el contrario, la reflexión es actividad mental consciente y deliberada, y deriva del verbo latino reflejar reflecto, refflexum -, o volver hacia atrás.


 

Retrato de Eratóstenes (276-194 a. C.)
Eratóstenes de Cirene nació en lo que actualmente es Libia, en el siglo III a. C., y se educó en el centro cultural que era en la época Alejandría; también tuvo estudios en Atenas, formándose como matemático y geómetra, astrónomo y geógrafo; además fue poeta, anticuario, orador, filósofo, y un gran atleta, razón por la que se le llamaba el Pentathlos. Se dice que fue amigo de Arquímedes y otros grandes pensadores y creadores de su época. Sobre todo, un inquieto observador, cualidad inseparable de la reflexión, y a quien podemos suponer por tanto con una gran necesidad de respuestas, con un gran vacío de saber. Se le atribuyen innumerables descubrimientos e inventos, como la criba que lleva su nombre para la determinación de los números primos, la esfera armilar, el mesolabio, el calendario juliano, un reloj solar (skaphe), etc. Tolomeo cita un libro de Eratóstenes dedicado a las proporciones musicales, y se sabe que también escribió sobre decoración, vestuario, crítica teatral, geografía, astronomía, moral, geografía, climatología, historia, y al parecer no hubo rama del conocimiento a la que no dedicara su atención. En 1822 se publica el libro Eratosthenica que pretendía reunir todas las obras atribuidas a Eratóstenes. Y sin embargo, se le apodaba sarcásticamente el Beta, por considerárselo el segundo mejor del mundo en todas las áreas del saber en las que incursionó. Se hizo cargo de la Biblioteca de Alejandría desde el año 236 a. C. hasta su muerte el 194 a. C., alrededor de los 80 años de edad. Al quedar ciego, habría tomado la determinación de dejar de alimentarse voluntariamente.

Muchas observaciones y mediciones astronómicas, geográficas y geológicas realizó el incansable e insaciable Eratóstenes: desarrolló los conceptos de latitud y longitud terrestres ya iniciados por Dicearco, calculó la oblicuidad de la eclíptica, catalogó las estrellas, determinó la proporción entre la distancia inter trópicos y la circunferencia terrestre, los diámetros del Sol y de la Luna y las distancias de la Tierra a ambas luminarias – aunque no todos sus cálculos fueron correctos, como se comprobó siglos después – Eratóstenes cartografió la Tierra y afirmó que se podía llegar a la India navegando hacia el Oeste desde España, base de los cálculos con los que muchos siglos más tarde C. Colón lograría convencer a los Reyes Católicos de patrocinar su travesía. Sin embargo, lejos, su mayor fama la debe a su cálculo para la determinación de la circunferencia terrestre, que asombra aún hasta nuestros días, por su genial simplicidad y su coherencia científica.


La idea de la esfericidad de la Tierra ya existía entre los antiguos (Pitágoras, Platón, Aristóteles), particularmente considerada como la forma perfecta de un sólido y que, por tanto, la Tierra debía tener, aunque no hay antecedentes de que alguno de ellos lo hubiese demostrado matemáticamente como lo hizo Eratóstenes. Al parecer, en la época de Eratóstenes era de común conocimiento que en la ciudad de Siene (actual Asuán), a orillas del Nilo y a unos 800 kmt. al sur de Alejandría, los rayos del Sol del mediodía se reflejaban en el agua de un profundo pozo durante el solsticio de verano el 21 de Junio; por tanto, los rayos debían ser absolutamente verticales en esa fecha. Pero Eratóstenes observó un día que en Alejandría, en la misma fecha y hora, los objetos y columnas, como un obelisco alejandrino, sí producían cierta sombra. A la misma hora, el Sol incidía verticalmente en una ciudad y en la otra no; la única explicación posible es que la Tierra no fuese plana, sino curva, y que a mayor curvatura mayor diferencia debía haber entre ambas sombras. Eratóstenes calculó la diferencia angular entre ambas sombras en 720, deduciendo que ese tenía que ser el mismo ángulo existente entre ambas ciudades consideradas desde el centro terrestre.

Obelisco en Alejandría
Los conocimientos de geometría de Eratóstenes le permitían saber que 7 y fracción equivalían a un poco más de un cincuentavo de una circunferencia de 360. Por la época se medían las distancias con un cuentapasos que determinaba los estadios entre un punto y otro, por lo que pagó a una persona para que contara los estadios entre Siene y Alejandría. Con ese dato (multiplicando la distancia Siene/Alejandría por 50) dedujo fácilmente tanto el perímetro como el diámetro de la Tierra, con un margen de error ínfimo (alrededor de 400 Kmt. menos que la cifra que se maneja hoy), considerando que sus recursos fueron sólo la observación, la reflexión y unos pocos y simples cálculos geométricos. Eso es todo lo que se requiere para llegar a lo nuevo.


Cálculo de Eratóstenes
Estudios posteriores como los del matemático indio Aryabhata en el s. VI d. C., afinaron el cálculo llegando a sólo un 1% de error, más de 800 años después!

Tal como la luz reflejada, la reflexión nos lleva a una nueva valoración de los claroscuros de un concepto, un objeto o situación. En la reflexión se encuentra implícita una necesidad, y esa necesidad crea la tensión entre el polo incógnito de una ecuación y aquello que ya sabemos de ella; internamente podemos sentir que hay algo no esclarecido, incompleto o insatisfactorio en la explicación o significado que hasta ahora tenemos del objeto de nuestra reflexión; una sensación de vacío de conocimiento o de sentido que moviliza la mente atrayéndola hacia esclarecer el punto o encontrar un nuevo enfoque que nos parezca más completo o significativo. Este vacío aparente, o velo que cubre el eslabón perdido de nuestra comprensión de un fenómeno, se evidencia así como el núcleo de mayor magnetismo sobre la consciencia humana.

El vacío que nos mueve a develar el misterio detiene la actividad mecánica de la mente, para volver atrás sobre aquello que debe ser completado, resuelto, más ampliamente explicitado, o conectado con un marco de referencia más general o universal que le aporte un sentido vital para nuestras vidas. La reflexión puede obtener su fruto en el mismo acto o bien en forma mediata, pero su recompensa no es sólo el despeje de la incógnita de la ecuación; muchos beneficios simultáneos pueden sobrevenir aparejados con su ejercicio. Acaso el mayor de ellos sea la detención de la mecanicidad habitual que nos lleva a dar por conocidos y sabidos los hechos, personas, sucesos y significado de todo aquello que experimentamos diariamente, en ese flujo continuo en el que la vida sucede y que ya tenemos ampliamente catalogado en una defensa previa contra lo nuevo, contra cualquier cosa que nos obligue a considerar, a sopesar, a interrumpir el mecanismo. A menudo los hechos y personas del día ya están clasificados, etiquetados y vividos a priori, sólo porque, aunque letárgico, es cómodo o tranquilizador (sé cómo son las cosas). En este escenario sólo algo muy sorpresivo o sorprendente puede detener esta inercia, y ese algo tiene por tanto que venir de afuera para dejar de pensar en la lista de compras del supermercado o de repasar mecánicamente la conversación que tuve anoche por teléfono o cualquier otra cosa del pasado, del futuro, o de la imaginación.

La reflexión, por el contrario, es una detención que viene de adentro del individuo, producto de una necesidad interna de mayor comprensión u organización de los datos ya adquiridos, o para resolver algún aspecto incógnito. Cuando cayeron las torres gemelas de Nueva York, probablemente la mayor parte de la población del planeta se detuvo en su flujo continuo por la fuerte impresión, sin que mediara ninguna necesidad interna de reflexionar o de buscar una respuesta satisfactoria. Qué proporción de esa población dedicó algún tiempo a la reflexión sobre los hechos no lo sabemos; es posible que la mayoría esperara una respuesta suficiente entregada por las autoridades norteamericanas u otros líderes mundiales, y pronto todo siguió su curso normal. En este sentido la población como masa funciona en forma semejante al hombre primitivo y su espanto natural frente a lo desconocido y amenazante – el rayo, la inundación, el ataque de un tigre – haciéndolo correr en busca de refugio y protección. Por el contrario, el desarrollo del aspecto mental del hombre lo lleva a buscar respuestas en sí mismo acerca de los fenómenos – internos o externos – que le otorguen algún sentido a los hechos; siente en sí ese vacío, y la reflexión sobre las áreas oscuras es una detención voluntaria sobre algún aspecto de la realidad externa o interna.

La detención voluntaria y la concentración sobre algún particular interrumpen el automatismo aunque sea en forma temporal; es un acto consciente y por tanto humano en su más elevada acepción. A mayor necesidad de esclarecimiento, a mayor apremio por develar la incógnita, mayor concentración, mayor energía dirigida a un punto específico, mayor integración y unidad mental. Cuando la concentración es total, cuando toda la energía consciente se reúne en un punto focal, es posible que ocurra sorpresivamente la aparición de la respuesta: la comprensión instantánea ! Al agotar todos los recursos intelectuales personales, es posible que la respuesta ingrese a la mente personal desde un nivel superior, o intuicional; el intelecto es limitado. Este es el mismo principio que guía el ejercicio de los koan en los practicantes budistas.

Otro de los beneficios de la reflexión es que su ejercicio desarrolla el discernimiento; al considerar detenidamente, revaloramos lo contemplado porque estamos justamente buscando algo nuevo sobre lo ya conocido, y eso nos ayuda a organizar los elementos destacando los más valiosos sobre los menos, los claros sobre los oscuros, los medulares por sobre los secundarios, etc. Incluso, nos revela cuáles son los aspectos no esclarecidos sobre un asunto, los que, aunque parezca obvio, no conocemos a menos que reflexionemos sobre ellos (esto se evidencia fácilmente cuando tratamos de explicarnos o de enseñar a otros). De este modo, no sólo aislamos las incógnitas, sino que obtenemos un panorama más amplio, una mayor perspectiva acerca del objeto de nuestra reflexión y su relación espacial o valórica con otros elementos. La respuesta ansiada puede sobrevenir o no, pero siempre obtendremos un paisaje más completo del asunto; a veces la respuesta surge como una simple conclusión lógica una vez organizados y valorados los elementos que tenemos a la vista. En otras ocasiones alcanzamos solamente una hipótesis probable que nos lleva a nuevas reflexiones o a intentar su comprobación, cuando esto es posible.

Hay temas de reflexión favoritos que insumen la vida entera, y a los que volvemos una y otra vez en busca de mayor profundidad o aprehensión, y que nunca logramos sentir completamente abarcados o discernidos. Se mantienen como en un segundo plano de la consciencia en forma permanente. Normalmente son temas esenciales de la vida o la consciencia humana, como aquellos que se refieren a la verdad, la justicia, el amor, la muerte, el tiempo, el alma, el más allá, el sentido, la evolución de los distintos reinos de la naturaleza, etc., y en los que pareciera que siempre podemos incrementar o ampliar su comprensión, como una espiral que asciende a lo largo de las décadas. Durante el curso de estas cavilaciones, o luego de un sostenido esfuerzo mental, además es posible que surja una verdadera comprensión, que es un acto instantáneo en el que nos parece ver las cosas en su real dimensión, tal como son, tanto en su aspecto de entendimiento como de valoración.

La comprensión es energía auto-consciente, la más escasa y valiosa de nuestras humanas energías. Dice J. G. Bennett: la comprensión es oculta, interna; más que el resultado de cambiar lo que sabemos, es el resultado de cambiarnos a nosotros mismos y el modo en que existimos. Para entender más, hemos de ser más, hemos de transformarnos. La verdadera prueba de nuestra comprensión no es la de que nuestros seres ordinarios tengan algo más de lo que hablar, sino que nos permita crear estos mundos superiores dentro de nosotros mismos, entrar en los mundos superiores que, hasta entonces, deben seguir siendo para nosotros sólo palabras. Y para hacer esta entrada, tal vez descubramos que hemos de aprender a vaciarnos de todo lo que ordinariamente aclamamos como nuestras riquezas, toda nuestra comprensión, actitudes, opiniones, y demás material que se ha fijado en nosotros en el curso de nuestras vidas (1). Esto lo podemos alcanzar de dos formas, y una de ellas, la voluntaria, es la reflexión.

Supera los obstáculos que te hacen difícil escuchar

Supera los obstáculos que te hacen difícil escuchar

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“Escuchar, un tema interesante que  junto al Observar me apasionó desde muy temprana edad”.

Usted se pasa más de la mitad de su día de trabajo escuchando, y el porcentaje aumenta a medida que va ocupando cargos más altos en la empresa.  Si es uno de los ejecutivos de mayor responsabilidad, es probable que se pase desde un 70 hasta un 80% del día escuchando, a partir de el desayuno inicial con un cliente o un grupo de empleados hasta una serie interminable de reuniones, conferencias, almuerzos, recepciones y otras.

Lo mal que saben escuchar muchas personas llega a niveles de escándalo nacional, y les cuesta millones de dólares al año en disminución de la productividad, y en un sin número de frustraciones y fracasos en el campo de  las relaciones humanas.

Cabe preguntarse, en términos generales, hasta que punto escuchamos mal.

La investigación demuestra que:

  •  Sólo usamos aproximadamente un cuarto de nuestra capacidad de escuchar.
  • Además usamos un décimo de nuestro potencial de memoria.
  • Al término de ocho horas nos olvidamos de la mitad de lo que hemos oído.
  • Finalmente, no recordamos el noventa y cinco por ciento del total escuchado, a menos que alguna situación o alguien nos obligue a recordar.  Y..….
  • Lo poco que recordamos, lo deformamos.

Las empresas que logran el éxito comprenden lo importante que es “escuchar”.   Según los autores  de “En Busca De La Excelencia”,  nos dicen que los directivos de las empresas mejor administradas de Estados Unidos incorporan a sus sistemas corporativos de comunicación, programas para escuchar mejor, tanto a sus clientes como a sus empleados.

Como dicen estos autores, “la capacidad de escuchar, es el principal ingrediente que diferencia a las compañías excelentes (tanto grandes como pequeñas) de sus competidores”.

Y porque no decirlo a la ligera, como este análisis que escribió un bromista:

“Oímos la mitad de lo que se dice, escuchamos la mitad de lo que oímos, y de eso entendemos la mitad; creemos la mitad de lo que entendemos, y de eso no recordamos más que la mitad.”  Pues bien, si trasladamos este cálculo a la ligera, en un día laboral de ocho horas, tenemos que:

Usted se pasa como cuatro horas recibiendo estímulos auditivos; oye aproximadamente el equivalente  a dos horas; en realidad escucha el equivalente a  una  hora; de esa hora, entiende el equivalente a treinta minutos; de los treinta minutos  sólo se  cree quince;  y lo que recuerda  no  llega a los ocho minutos.

Ocho minutos representan menos del dos por ciento (2%) de un día laboral de ocho horas.

Se han dado muchas explicaciones y excusas sobre el porque escuchamos tan mal.  Cada explicación tiene algo de verdad, de las cuales hay una que podríamos citar como la siguiente:

  • La atención del ser humano dura menos de cuarenta y cinco segundos, pasado los cuales, nuestra mente empieza a divagar y a concentrarse en otros estímulos.
  • Nadie nos enseña formalmente a escuchar, tal como nos han enseñado a hablar, leer y escribir, y sin embargo, nos pasamos escuchando más tiempo que en las otras tres capacidades o habilidades.
  • Pensamos de tres a cinco veces más rápido de lo que hablamos.   De modo que mientras escuchamos a los demás, nos queda libre mucho tiempo para pensar,?suficiente como para que nos tomemos varios descansos mentales.
  • Usamos toda clase de coladores o cedazos socioeconómicos, culturales, raciales y otros para filtrar, lo que las personas nos dicen; de modo que es difícil, mientras se escucha, evitar la deformación y los prejuicios.

Afortunadamente, escuchar es algo que, como las otras habilidades comunicativas se pueden mejorar con el esfuerzo y la práctica.

He aquí algunas recomendaciones que les permitirán enriquecer su estilo o manera de escuchar:

  1. Distinga a la persona de las palabras, reaccione ante las ideas y  no ante la persona.
  2. Encuentre una necesidad de  escuchar.
  3. Sea descriptivo, no valorativo.
  4. Acepte los aspectos malos  y  buenos del mensaje.
  5. Sea flexible
  6. Controle sus reacciones
  7. Preste atención al ambiente.
  8. Siéntese en un lugar apropiado.
  9. Busque un terreno común.
  10. No se distraiga.
  11. Disminuya el estrés.

Escuchar bien es, ofrecer al que habla, una realimentación  precisa y oportuna, tanto verbal como no verbal.

Otros buenos consejos para escuchar en forma activa y positivamente.

  1. Salga de su oficina o su hogar y vaya hacia donde está su gente.
  2. Emita preguntas y espere respuestas.
  3. Este atento a los mensajes.
  4. Escuche también lo que no se dice (haciendo uso de su mente).
  5. Escúchese asimismo.

Los beneficios que trae saber escuchar son tanto de relaciones interpersonales como económicos.

La gente que se siente escuchada, se  entiende mejor con sus semejantes y así se produce una interrelación muy enriquecedora, de la misma manera tienden ellos a cooperar mucho más y a trabajar en equipo.

Suelen desempeñarse mejor y plantear menos problemas laborales.

En resumen:  La gente que sabe escuchar tiende a ser de criterio más amplio, porque oye y entiende más hechos y más puntos de vista. Por este motivo  son más  innovadores y porque consideran los problemas sin prejuicios y combinan de mejor manera lo que aprenden; es más probable que acierten con ideas sorprendentes por lo novedosas.

En última instancia, alguien que sabe escuchar sintoniza mejor con el mundo y sabe hacia dónde va éste, y además conoce mejor los productos, talentos y técnicas que son necesarios para llegar allí.

Escuchar no debe ser nuestra habilidad olvidada, puesto que es uno de los atributos más importantes no sólo de un profesional sino de todo ser humano.

Saber escuchar  es algo que contiene poder, un poder curativo, de levantar el ánimo y hacer que los otros se sientan valorados y apreciados. Y con ese poder podemos escuchar con eficacia para observar y controlar de mejor manera las interacciones entre las personas.

R.G. Nicholls, especialista en la habilidad de escuchar decía:

“ESCUCHAR   ES  UNA  ACCION   Y   UN  TRABAJO INTERIOR,   ES  LA  CAPACIDAD DE SENTIR  NO SOLAMENTE  CON LOS OIDOS,? SINO CON LOS  OJOS  Y  EL  CORAZON

                                                                       

AGAPITO  CORTEZ   B.

Santiago, Agosto de 1996


 

Arte y Metaforizaciones

Arte y Metaforizaciones

Métodos de Indagación
Sólo por medio del arte podemos salir de nosotros mismos; en lugar de ver sólo un mundo, el nuestro, lo vemos con múltiples formas.

Marcel Proust

La naturaleza es un artista que trabaja desde dentro, y no desde fuera.

John Dewey

 

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La idea de relacionar el cuerpo humano con los cuerpos celestes es más antigua que la historia registrada. Los pintores de las cavernas paleolíticas, los antiguos egipcios y los arquitectos de las pirámides mayas, los constructores celtas de monumentos megalíticos, los escultores de los templos primitivos de las Indias Orientales, tallados en la roca, y los artesanos indios norteamericanos deben de haber sentido por igual la influencia del cosmos en sus vidas, como lo ponen de manifiesto sus formas artísticas. Los estudiosos de la mitología oriental señalan que el universo era concebido como una gran madre que engendró muchos mundos, y en cuya matriz se formarán otros, en un círculo continuo de nuevas creaciones. El Tao de los chinos revela una intuición similar, según la cual toda la actividad humana y los acontecimientos naturales existen en concordancia con los caminos del universo, y los diversos sistemas de la filosofía india han expuesto durante milenios el tema de la relación cuerpo-mente-sí mismo-universo.Una obra maestra de la metáfora, que trata muchas de las preocupaciones que han surgido en la neurocosmología, son los Upanishads. Este antiguo tratado de filosofía hindú, que data de los siglos VIII a VI a. de C., especula sobre la fusión de la materia y el espíritu (con esta palabra se designa la energía). La previsión es tan justa que se podría pensar que sus autores se anticiparon al concepto contemporáneo de la equivalencia de masa y energía. Además describe el proceso evolutivo por el cual crece y decrece el orden de la materia. En el Maitrayani Upanishad, por ejemplo, se emplea un equivalente del término esencia para describir el proceso creador en virtud del cual el cosmos como todas las criaturas vivas – es estimulado a evolucionar desde estados de desequilibrio o caos hasta estados de equilibrio y orden, para volver al desorden y comenzar de nuevo.

En otro lugar, los filósofos presocráticos del siglo VI a. de C. sugirieron muchas de las nociones actuales sobre la consciencia, la materia y los principios fundamentales del mundo. El astrónomo griego Anaximandro, por ejemplo, concebía la realidad como un todo cuyas partes son interdependientes. Y los filósofos Empédocles y Anaxágoras exploraron el punto de vista opuesto; teorizaron que la realidad está compuesta por muchas partes independientes con una multitud de principios últimos. Por otra parte Leucipo, Demócrito y Epicuro propusieron que toda la materia está constituida por elementos finitos indivisibles.

Con estos precedentes, afirmo que los principios neurológicos y los conceptos cosmogónicos actuales se han desarrollado en alguna medida a partir de las ingeniosas especulaciones de los antiguos, del mismo modo que las semillas de la geometría algebraica moderna fueron sembradas por los árabes, hindúes, chinos y griegos más o menos en el 1100 a. de C. La historia de estas ideas es muy larga e imaginativa, y ha influido en nuestras vidas en el sentido más profundo. Analizada, documenta de qué modo los antiguos formularon los conceptos que más tarde dieron origen a la mente nuclear, poniendo en movimiento reacciones en cadena de la razón que continúan cambiando nuestras sensibilidades y perspectivas. Hasta el día de hoy, nos sigue impresionando la magnitud de la imaginación de los antiguos puesta al servicio de su curiosidad. Ellos nos proporcionan las herramientas conceptuales y tecnologías del pensamiento necesarias para estudiarnos a nosotros mismos. Dos de las herramientas más admirables y estimulantes que utilizaron en sus exploraciones son el arte y la metáfora; nos referiremos al desarrollo de esos instrumentos de conocimiento.

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La metáfora como el arte- se refiere a la experiencia. Hay que experimentarla en la imaginación antes de analizar sus expresiones en busca del significado. Cuando se nos pide que identifiquemos las metáforas de nuestro discurso, o que consideremos sus significados, invariablemente un silencio incómodo llena el neuro-espacio como una niebla, antes de que la disipe nuestra respuesta imperfecta. Y, sin embargo, empleamos las metáforas tan inconsciente y libremente como el agua. No podemos hablar sin hablar metafóricamente, pues nuestro lenguaje hablado está construido con materiales simbólicos de naturaleza metafórica. Las palabras son sólo símbolos de sus significados. Un símbolo, signo, palabra, objeto o idea representa a otro.Nuestras mentes simbólicas operan relacionando implícitamente diferentes cosas y procesos. Por medio de las metáforas podemos relacionar algo que conocemos con algo que no conocemos. Una metáfora rica puede ser una mina de oro de hipótesis que relacionen las propiedades de diferentes sistemas. Tal es el caso del concepto de la música de las esferas formulado por el astrónomo alemán Johannes Kepler, que ayudó a la ciencia de la astronomía a escuchar de modo nuevo sus propias descripciones del universo. Las concepciones metafóricas del cosmos expresadas en el libro más antiguo de Kepler, Mysterium Cosmographicum (1595), y en su más maduro Harmonices Mundi (1619), identificaron algunas relaciones insospechadas entre cosas familiares: la aritmética, la geometría, la música y la astronomía. Kepler abordó la astronomía a través de una metáfora, pues se proponía descubrir la magia de los meros números y demostrar la música de las esferas, la naturaleza armoniosa del cosmos. Sus especulaciones, basadas en las observaciones astronómicas rigurosas de Nicolás Copérnico y Tycho Brahe, proporcionaron el pensamiento seminal de la teoría gravitatoria de Isaac Newton. Y esta teoría abrió las puertas a la ciencia moderna, unas puertas preparadas por el científico renacentista Galileo, contemporáneo de Kepler, con su creencia en las pruebas experimentales sistemáticas. El trabajo de la metáfora adquirió sentido en el contexto de la investigación científica que indagaba la unidad de la naturaleza.

Las metáforas fueron particularmente valiosas en estos y otros descubrimientos, en cuanto demostraron qué similares suelen ser los modelos de cosas desiguales. Los modelos de la forma como funciona una cosa pueden utilizarse para describir los funcionamientos de otras cosas muy diferentes. De ese tipo fueron las comparaciones de la mecánica de una bomba con la del corazón humano (da Vinci), de la mecánica de un reloj con la dinámica del cosmos (Descartes), de una fábrica con las operaciones de la mente humana (Leibniz) o de un ordenador con el cerebro (Turing).

 

Hay innumerables ejemplos de metáforas comunes que fueron fuente de ideas extraordinarias. Dos de las citadas con mayor confianza en el dominio de la ciencia son los descubrimientos de Isaac Newton y Albert Einstein. A los 22 años, Newton observó la caída de una manzana desde el árbol. El mismo fenómeno tal vez ya había sido presenciado casualmente por millones de otras personas, algunas de las cuales, nos dicen los historiadores, ya habían concebido una fuerza como la de la gravedad. Pero Newton fue el primero en atreverse a conjeturar que en los planetas y las estrellas debería estar actuando una fuerza similar. Esa conjetura permitió al hombre llegar al espacio exterior. Tal vez pueda también ayudarnos a conceptualizar las influencias de las fuerzas gravitacionales actuantes dentro de las mentes humanas y entre ellas. Sin duda, mientras continuemos definiendo la naturaleza ambigua de la gravedad, a la vez adquiriremos conocimientos sobre la gravedad de la ambigüedad, descubriendo de qué modo la mente gravita hacia ciertas materias de pensamiento y creaciones.

Como hemos leído en incontables relatos, a los treinta años Einstein emprendió el proceso de la metáfora cuando se vio a sí mismo cabalgando sobre un rayo de luz; en efecto, se convirtió en parte del rayo mientras experimentaba el sistema que intentaba describir. La experiencia cinestésica condujo a Einstein a conceptualizar la relatividad, y a formular sus especulaciones matemáticas sobre la relación entre la materia y la energía, el espacio y el tiempo. Es como si los sensorios de estos dos descubridores hubieran estado completamente abiertos al tránsito y el alcance de la metáfora.

 

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La historia de las creaciones humanas desde las pinturas rupestres magdalenienses de Altamira, de 14.000 años de antigüedad, hasta los trabajos cerebrales de los físicos teóricos y el arte contemporáneo – demuestra que las metáforas constituyen universos. Con redundancia agradable, los ritmos de la metáfora van transmitiendo el mensaje de que hay tantas maneras de interpretar el mundo como modos de representar nuestras percepciones y respuestas. Cada representación toca algún aspecto de la cosa o proceso representado. Las imágenes mentales a las que damos formas, en respuesta a los conceptos metafóricos, tienen significados que van más allá de nuestras descripciones de los conceptos en sí. Se podría decir que son tan livianas o densas como las cosas a las que se refieren.

Para designar los procesos del arte y la metáfora, utilizo el término metaforación. Una metaforación es un objeto, imagen, concepto o proceso que comparamos con alguna otra cosa. Por ejemplo, cuando decimos que la mente es una máquina, la máquina se convierte en una metaforación que representa los aspectos mecánicos de la mente humana. Y viceversa: la mente se convierte en una metaforación que representa los aspectos orgánicos o biológicos de las máquinas. Esta nueva asociación genera la ampliación de ambos conceptos.

La neurocosmología insiste en que se considere todo objeto, concepto, imagen y proceso como una metaforación. Todas las cosas son intrínsecamente metaforaciones, sea que se las emplee metafóricamente o no. Con independencia del contexto en el que existe una cosa o proceso, nuestra mente puede conectarlos con alguna otra cosa, al tiempo que discrimina entre las conexiones. Metaforaciones son todas las formas de la metáfora, entre ellas la analogía, la alegoría, la alusión, el simbolismo y los tropos o figuras del lenguaje. Además, pueden envolver todos nuestros sentidos físicos, en cuanto abarcan todo modo de pensamiento, sentimiento y creación. Muchas de las metaforaciones a las que aquí aludo tienden a ser objetos o ideas visuales, aunque deriven de fuentes no visuales.

Como sustantivo y verbo, metaforación y metaforar son los modos y medios de postular semejanzas entre las cosas. Al hacer de algo una metaforación, trascendemos las imposiciones de la lógica y el pensamiento verbal, transfiriendo de un objeto a otro (con el cual se relaciona) un nuevo significado, pauta o conjunto de relaciones. Como el lenguaje de la matemática pura, capaz de describir procesos y formas abstractas de n dimensiones, el lenguaje simbólico de las metaforaciones es también multidimensional. Opera simultáneamente en muchos planos de asociación, matices y significados. Las metaforaciones evocan la idea de formar, conectar, configurar alguna cosa (o información) en las manos y los ojos de nuestra mente.

A continuación nos dedicaremos a mostrar de qué modo las metaforaciones son instrumentos de la naturaleza para unir cosas y pensamientos. Transmiten ideas que dirigen nuestra consciencia hacia relaciones que eluden el análisis descriptivo completo. Las metaforaciones 1 a 5, por ejemplo, sugieren que las artes y las ciencias, el universo y el cerebro, comparten ciertas relaciones sin especificar ni abogar por esa sugerencia

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Metaforación 1.- Los mundos paralelos del arte y la ciencia.- Aunque a veces comparten intereses y percepciones similares, sus representaciones son esencialmente diferentes. Los ajenos a su campo, por lo general, piensan que la ciencia es una progresión lineal de hechos, investigaciones, etc. Esa linealidad suele quedar indicada por estos tipos de anotaciones visuales. Se muestra que el mundo del arte se mueve hacia el infinito en una dirección opuesta. Aquí vemos que las artes y las ciencias son paralelas entre sí y convergen (sobre algunas cuestiones), aunque realmente nunca llegan a encontrarse en un punto. Si sustituimos las palabras ciencia y arte por cerebro y universo, respectivamente, el significado de esta metaforación cambia bruscamente.

Quienes no queden satisfechos con esta anotación visual simple y consideren esta relación más compleja, podrían indicarlo creando dos curvas paralelas entre sí o dos planos que se cruzan, o con una matriz en la que sistemas de puntos distintos (que representan la ciencia) están conectados por un sistema perfectamente organizado de líneas (que representa el arte). Para añadir un sentido de acción a esas formas geométricas estáticas, se podría expresar esta idea mediante el símbolo activo de la espiral (metaforación 2).