Mescalina y Percepción

Mescalina y Percepción

mescalinaFue en 1886 cuando el farmacólogo alemán L. Lewin publicó el primer estudio sistemático del cacto, al que se dio luego el nombre del propio investigador. Para la religión primitiva y los indios de México y del Sudoeste de los Estados Unidos era un amigo de tiempo inmemorial. La razón de que la veneraran como a una deidad quedó de manifiesto cuando psicólogos tan eminentes como Jaensch, Havelock Ellis y Weir Mitchell iniciaron sus experimentos con la mescalina, principio activo del peyote. Administrada en dosis adecuadas, cambiaba la cualidad de la consciencia profundamente siendo al mismo tiempo menos tóxica- que cualquier otra droga del repertorio de la farmacología.

Por una serie de circunstancias para mí muy afortunadas, me vi de lleno en esta pista en la primavera de 1953, en California. A pesar de los setenta años de investigación sobre la mescalina, el material psicológico a disposición era todavía absurdamente insuficiente y el hombre deseaba mucho aumentarlo. Yo estaba allí y dispuesto deseándolo muy de veras – a actuar de conejillo de Indias. Es así como en una luminosa mañana de mayo ingerí cuatro décimas de gramo de mescalina disueltas en medio vaso de agua y me senté a esperar los resultados.

La inteligencia es su propio lugar y los lugares habitados por los insanos y los excepcionalmente dotados son tan diferentes de aquellos en que viven los hombres y mujeres corrientes, que hay poco o ningún terreno común de memoria que pueda servir de base para la comprensión o la comunidad de sentimientos. Se pronuncian palabras, pero son palabras que no ilustran. Las cosas y acontecimientos a que los símbolos hacen referencia pertenecen a campos de experiencia que se excluyen mutuamente.

Vernos a nosotros mismos como los demás nos ven es un don en extremo conveniente. Apenas es menos importante la capacidad de ver a los demás como ellos mismos se ven. Pero qué pasa si los demás pertenecen a una especie distinta y habitan en un universo radicalmente extraño? Así, parece virtualmente indudable que nunca sabré qué se siente cuando se es un Sir John Falstaff o un Joe Louis. En cambio, siempre me ha parecido que, por ejemplo, mediante la hipnosis o la autohipnosis, por medio de una meditación sistemática o también tomando la droga adecuada, es posible cambiar mi modo ordinario de consciencia hasta el punto de quedar en condiciones de saber, desde dentro, de qué hablan el visionario, el médium y hasta el místico.

Por lo que había leído sobre las experiencias con la mescalina, estaba convencido por adelantado que la droga me haría entrar, al menos por unas cuantas horas, en la clase de mundo interior descrito por Blake. Pero no sucedió lo que había esperado. Soy y, en cuanto puedo recordar, he sido siempre poco imaginativo. Las palabras, aunque sean las preñadas palabras de los poetas, no evocan imágenes en mí, ni tengo visiones en los lindes del sueño. Cuando recuerdo algo, la memoria no se me presenta como un acontecimiento que estoy volviendo a ver. Este era el mundo poca cosa, pero cosa mía – que esperaba ver transformado en algo completamente diferente de sí mismo.

El cambio que se produjo no fue en modo alguno revolucionario. Media hora después de tomada la droga advertí una lenta danza de luces doradas. Poco después hubo suntuosas superficies rojas que se hinchaban y expandían desde brillantes nódulos de energía, unos nódulos vibrantes, con una vida ordenada continuamente cambiante. En otro momento, cuando cerré los ojos, se me reveló un complejo de estructuras grises, dentro del que surgían esferas azuladas que iban adquiriendo intensa solidez y, una vez completamente surgidas, ascendían sin ruido hasta perderse de vista. Pero en ningún momento hubo formas de hombres o animales, ni paisajes, ni aparición y metamorfosis mágicas de edificios. El otro mundo al que la mescalina me daba entrada no era el mundo de las visiones; existía allí mismo, con los ojos abiertos.

Tomé la píldora a las once. Hora y media después estaba sentado en mi estudio, con la mirada fija en un florerito de cristal. Este florero contenía únicamente tres flores: una rosa rosada completamente abierta, un gran clavel magenta y crema, y un iris. Fortuito y provisional, el ramillete infringía todas las normas del buen gusto tradicional. Pero no contemplaba unas flores dispuestas de modo desusado. Estaba contemplando lo mismo que Adán en la mañana de su creación: el milagro, momento por momento, de la existencia desnuda.

– Es agradable? – preguntó alguien. Durante esta parte del experimento se registraban todas las conversaciones en un dictáfono y esto me ha permitido refrescar mi memoria.

– Ni agradable ni desagradable contesté. – Simplemente, es -. Istigkeit No era ésta la palabra que agradaba a Meister Eckhart? Seidad. Lo que la rosa, el iris y el clavel significaban tan intensamente era nada más, y nada menos, que lo que eran, una transitoriedad que era sin embargo vida eterna, un perpetuo perecimiento que era al mismo tiempo puro Ser, un puñado de particularidades insignificantes y únicas en las que cabía ver, por una indecible y evidente paradoja, la divina fuente de toda existencia.

Continué en contemplación de las flores y, en su luz viva, creí advertir el equivalente cualitativo de la respiración, pero de una respiración sin retorno al punto de partida, con sólo un reiterado discurrir de una belleza a una belleza mayor, de un hondo significado a otro todavía más hondo. Mi vista pasó de la rosa al clavel y de esta plúmea incandescencia a las suaves volutas de amatista sentimental que era el iris. La Visión Beatífica, Sat, Chit, Ananda, Ser Conocimiento – Bienaventuranza

Por primera vez comprendía, no al nivel de las palabras, sino precisa y completamente, a qué hacían referencia estas prodigiosas sílabas. Y luego recordé un pasaje que había leído en uno de los ensayos de Suzuki: Qué es el Dharma-Cuerpo del Buda? (El Dharma-Cuerpo del Buda es otro modo de decir Inteligencia, Identidad, el Vacío, la Divinidad).

Quien formula la pregunta es un fervoroso y perplejo novicio en un monasterio Zen. Y con la rápida incoherencia de uno de los hermanos Marx, el Maestro contesta: El seto al fondo del jardín. El novicio, en la incertidumbre, indaga: Y el hombre que comprende esta verdad qué es, puede decírmelo?. Groucho le da un golpecito en el hombro con el báculo y contesta: Un león de dorado pelaje.

Al mismo tiempo y de modo no menos evidente, era estas flores y cualquier otra cosa en que Yo o, mejor dicho, el bienaventurado No-Yo liberado por un momento de mi asfixiante abrazo – quisiera fijar mi vista. Los libros, por ejemplo, que cubrían las paredes de mi estudio. Como las flores, brillaban, cuando los miraba, con colores más vivos, con un significado más profundo.

– Qué me dice de las relaciones espaciales? – indagó el investigador.

Era difícil la contestación. Verdad era que la perspectiva parecía rara y que se hubiera dicho que las paredes de la habitación no se encontraban ya en ángulos rectos. Pero esto no era lo verdaderamente importante, sino el que las relaciones espaciales habían dejado de importar mucho y que mi mente estaba percibiendo el mundo en términos que no eran los de las categorías espaciales. En la experiencia de la mescalina, las preguntas implícitas a las que el ojo responde son de otro orden. El lugar y la distancia dejan de tener interés. La mente obtiene su percepción en función de intensidad de existencia, de profundidad y significado, de relaciones dentro de un sistema.

Lo que advertía, lo que se grababa en mi mente, era que todos los libros brillaban con una luz viva y que la gloria era en algunos de ellos más manifiesta que en otros. La posición y las tres dimensiones quedaban al margen. Ello no significaba la abolición de la categoría de espacio. Cuando me levanté y caminé, pude hacerlo con absoluta normalidad, sin equivocarme en cuanto al paradero de los objetos. El espacio seguía allí, pero había perdido su predominio. La mente se interesaba primordialmente en el ser y el significado.

Y junto a la indiferencia por el espacio, había una indiferencia igualmente completa por el tiempo.

– Se diría que hay tiempo de sobra.

Era todo lo que contestaba cuando el investigador me pedía que le dijera lo que sentía acerca del tiempo. Mi experiencia real había sido, y era todavía, la de una duración indefinida o, alternativamente, la de un perpetuo presente formado por un Apocalipsis en continuo cambio.

El investigador hizo que mi atención pasara de los libros a los muebles. Yo miraba mis muebles, no como el utilitario que ha de sentarse en sillas y escribir o trabajar en mesas, sino como el puro esteta que sólo se interesa en las formas y en sus relaciones con el campo de visión o el espacio del cuadro. Pero, mientras miraba, esta vista puramente estética fue reemplazada por lo que sólo puedo describir como la visión sacramental de la realidad. Las patas de la silla, por ejemplo, qué maravillosamente tubulares eran, qué sobrenaturalmente pulidas! Pasé varios minutos – o fueron siglos? – no en mera contemplación de estas patas de bambú, sino realmente siendo ellas o, mejor dicho, siendo yo mismo en ellas o, todavía con más precisión pues yo no intervenía en el asunto, como tampoco, en cierto modo, ellas – siendo mi No-mismo en el No-misma que era la silla.

Según las ideas de Bergson, la función del cerebro, el sistema nervioso y los órganos sensoriales es principalmente eliminativa, no productiva. Cada persona, en cada momento, es capaz de recordar cuanto le ha sucedido y de percibir cuanto está sucediendo en cualquier parte del universo. La función del cerebro y del sistema nervioso es protegernos, impedir que quedemos abrumados y confundidos por esta masa de conocimientos en gran parte inútiles y sin importancia, dejando fuera la mayor parte de lo que de otro modo percibiríamos o recordaríamos en cualquier momento y admitiendo únicamente la muy reducida selección que tiene probabilidades de sernos prácticamente útil.

Conforme a esta teoría, cada uno de nosotros es potencialmente Inteligencia Libre. Pero, en la medida en que somos animales, lo que nos importa es sobrevivir a toda costa. Para que la supervivencia biológica sea posible, la Inteligencia Libre tiene que ser regulada mediante la válvula reducidora del sistema nervioso. Lo que sale por el otro extremo del conducto es un insignificante hilillo de esa clase de consciencia que nos ayudará a seguir con vida. Para formular y expresar el contenido de este reducido conocimiento, el hombre ha inventado e incesantemente elaborado esos sistemas de símbolos y filosofías implícitas que denominamos lenguajes, convirtiéndose en seguida en el beneficiario y la víctima de ellos. Beneficiario en cuanto el lenguaje procura acceso a las acumuladas constancias de la experiencia ajena, y víctima en cuanto lo confirma en la creencia de que ese reducido conocimiento es el único conocimiento, y – en cuanto deja hechizarse su sentido de la realidad – la forma en la que cada cual se inclina demasiado a tomar sus conceptos y palabras por cosas reales.

Los diversos otros mundos con los que los seres humanos entran de modo errátil en contacto, son otros tantos elementos de la totalidad del conocimiento perteneciente a la Inteligencia Libre. La mayoría de las personas sólo llegan a conocer, la mayor parte del tiempo, lo que pasa por la válvula reductora y está consagrado como genuinamente real por el lenguaje del lugar. Sin embargo, ciertas personas parecen nacidas con una especie de válvula adicional que permite trampear a la reductora. Hay otras personas que adquieren transitoriamente el mismo poder, sea espontáneamente, sea como resultado de deliberados ejercicios espirituales, de la hipnosis o de las drogas. Gracias a estas válvulas auxiliares discurre, no, desde luego, la percepción de cuanto está sucediendo en todas las partes del universo pues la válvula auxiliar no suprime a la reductora, que sigue excluyendo el contenido total de la Inteligencia Libre -, sino algo más y sobre todo algo diferente del material utilitario – cuidadosamente seleccionado, que nuestras estrechas inteligencias individuales consideran como un cuadro completo, o al menos suficiente, de la realidad.

Chamanismo

Chamanismo

ChamanismoEl chamán es el gran maestro del éxtasis antes aún de ser sanador o mago. Él es el especialista del trance, trance especial en el cual su alma supuestamente deja su cuerpo para subir al Cielo o descender a los Infiernos. El chamán mantiene relaciones privilegiadas con el espíritu de los muertos o los espíritus de la Naturaleza.

La vocación chamánica se discierne entre los candidatos aptos al éxtasis, ya sea espontáneamente o semiprovocado por las drogas. En realidad, los médicos occidentales estarían de acuerdo en diagnosticar histeria o epilepsia, pero lo que nosotros consideramos como una enfermedad nerviosa no lo es en otro contexto sociocultural. Sea lo que sea, la vocación chamánica, a menudo hereditaria, es siempre considerada como un don de los dioses o de los espíritus. Los futuros chamanes reciben una doble instrucción: ellos aprenden las técnicas del éxtasis (sueños, trances) y las técnicas tradicionales (nombre de los espíritus, mitología, lenguaje secreto, etc.) Es solamente esta instrucción, seguida de una iniciación, que transforma un eventual neurótico en un chamán reconocido por la sociedad.

El esquema iniciático, aunque presentando variantes de un pueblo a otro, es a menudo lo mismo: el aprendiz se prepara en la soledad, instruido por un viejo maestro. La ceremonia de iniciación puede tener lugar en un sitio oculto o en público. El futuro chamán debe estar enfermo (o al menos simular la enfermedad), casi muerto, tener la visión de su cuerpo destrozado y de sus huesos descuartizados. El despedazamiento del cuerpo y la contemplación de su propio esqueleto constituye un ejercicio muy prolongado que exige un gran esfuerzo de ascesis física y de concentración. El chamán debe nombrar cada uno de sus huesos por su nombre, contemplarse despojado de la carne y de la sangre. Este ejercicio meditativo consagra por medio de una operación mental al futuro chamán a transformarse en un ser cósmico, desembarazado de la condición profana, reintegrado a la vida universal.

El chamán cumple las funciones de médico y de sanador. Él encuentra el alma fugitiva del enfermo, la captura y la hace regresar al cuerpo que ella había dejado. Él conduce también el alma del muerto a los Infiernos. Puede cumplir esta función porque es capaz, por medio de las técnicas del éxtasis, de exigir a su alma que deje su cuerpo. Entonces conoce los caminos que llevan al Cielo y a los Infiernos, y, sin temor de extraviarse, se puede aventurar en esos países misteriosos.

La otra función del chamán es la curación mágica, en la que se considera la enfermedad como el extravío del alma, al que se agrega a veces una posesión por los malos espíritus. El chamán deberá entonces encontrar el alma, regresarla al cuerpo y proceder a la expulsión de los demonios. La recuperación de las fuerzas físicas depende estrechamente de la restauración del equilibrio de las fuerzas espirituales. Durante esta operación, los cantos rituales, las danzas, el tambor, juegan un rol preponderante. El chamán invoca con cánticos a los espíritus aliados para que lo asista en su lucha contra el mal, llevando el ritmo con el tambor que sostiene en su mano izquierda. Llega un momento en que lanza el tambor hacia su asistente y empieza a danzar como lo hacen los demonios. Es que no se contenta con exorcizar del enfermo los malos espíritus, él los integra en su propio cuerpo, él los posee, participando de su naturaleza. Y a menudo la sesión no llega a su fin hasta que el chamán, agotado, cae en tierra con la boca llena de espuma. Su ayudante le ruega que regrese del mundo subterráneo y, poco a poco, el chamán empieza a murmurar los nombres de los espíritus malignos. Recupera sus fuerzas, regresa al mundo de los vivientes y empieza a contar su viaje.

Esta es la fase más impresionante de la cura chamánica. La potencia, la magia de las palabras está aquí demostrada. El chamán, para quien salud y enfermedad no son más que las dos caras de la misma medalla no poseerá las claves tan buscadas hoy día por nuestra meditación psicosomática moderna?

Pablo Radzievky

Traducido y Extractado por Farid Azael de
Question de
Editions Ritz
Paris

Machu Picchu

Machu Picchu

1309 Latitud Sur, 7232 Longitud Oeste
Patrimonio de la Humanidad UNESCO (1983),
Nueva Maravilla del Mundo (2007)

La gran cima vieja de Los Andes, unida a su hermana montaña Huayna Picchu, se encuentra en la provincia de Urubamba, a unos 130 kilómetros al noroeste de la ciudad de Cusco, al sur del Perú, bordeada por el imponente cañón del río Vilcanota-Urubamba, cuyo potente y constante rugir establece el marco perfecto para la grandiosa aparición. Las ruinas incas se encuentran en la cresta que une ambas montañas, a unos 450 metros por sobre el nivel del torrente que brama a sus pies. La cima de Machu Picchu se eleva 2438 metros sobre el nivel del mar.



Topografía local
 

Entonces en la escala de la tierra he subido
entre la atroz maraña de las selvas perdidas
hasta ti, Machu Picchu.
Alta ciudad de piedras escalares,
por fin morada del que lo terrestre
no escondió en las dormidas vestiduras.
En ti, como dos líneas paralelas,
la cuna del relámpago y del hombre
se mecían en un viento de espinas.

Si bien para los lugareños nunca fue un lugar ignorado o perdido, fue a raíz de la investigación y difusión realizada por su re-descubridor oficial, el profesor de historia y explorador estadounidense Hiram Bingham, que Machu Picchu se transformó en un hito mundial, tanto para los propios peruanos como para el resto del planeta. Pero Bingham fue seducido por las historias que ya circulaban respecto del lugar, y guiado hasta allí por aquellos mismos que fueran sus asiduos visitantes locales. Al menos hay referencias escritas, e incluso mapas de Machu Picchu desde 1865. Pero fue Bingham quien consiguió el apoyo del gobierno peruano, de la Nacional Geographic y de la Universidad de Yale para sus investigaciones, excavaciones y despeje del sitio de la vegetación que la cubría, dando a conocer mundialmente los hallazgos de su equipo de trabajo a través un artículo publicado en la revista de la Nacional Geographic en 1913. La noticia concitó el interés del público, que desde entonces no ha dejado de peregrinar al lugar desde todos los continentes. El lado oscuro ha sido la salida ilegal de numeroso material histórico y arqueológico del lugar, la mayoría hacia USA, el que hasta ahora no ha sido devuelto, a casi 100 años del inicio de las investigaciones oficiales.



Mapa de la Región
 

Alguien que me esperó entre los violines
encontró un mundo como una torre enterrada
hundiendo su espiral más abajo de todas
las hojas de color de ronco azufre:
más abajo, en el oro de la geología,
como una espada envuelta en meteoros,
hundí la mano turbulenta y dulce
en lo más genital de lo terrestre.

Desde Bingham, varias generaciones de antropólogos, arqueólogos, historiadores y sociólogos han continuado los estudios, y hasta la fecha el reducto inca aún conserva gran parte de sus misterios no habiéndose nunca dejado poseer del todo. Las teorías se suceden la una a la otra, no alcanzándose una versión definitiva, lo que sin duda forma parte de la fascinación que produce el lugar, y del sostenido interés por develar su pasado. Hasta aquí, parece haber consenso en que los orígenes de las edificaciones datan de una fecha no anterior al siglo XV. La elevada ubicación sugería una fortaleza defensiva, teoría que en la actualidad parece totalmente descartada.



Templo Principal
 

Quién apresó el relámpago del frío
y lo dejó en la altura encadenado,
repartido en sus lágrimas glaciales,
sacudido en sus rápidas espadas,
golpeando sus estambres aguerridos,
conducido en su cama de guerrero,
sobresaltado en su final de roca?

A las teorías se fueron sumando numerosas series de fotografías, que no hacían más que aumentar las expectativas. Hay documentos del siglo XVI que señalan sin lugar a dudas que el lugar habría sido residencia del gran emperador Cusi Yupanqui, coronado como Inca Pachacutec (el Transformador del Mundo), y considerado el fundador del Imperio (1438-1470). Los diferentes tipos de edificación sugieren que el sitio puede ser considerado tanto un palacio imperial como un santuario. La elección de un lugar elevado estaría lejos de tener intenciones defensivas, y más parece haber sido escogido como sitial de honor para el emperador y para presidir la región, que en su momento fue densamente poblada por la búsqueda inca de expandir sus territorios cultivables manteniendo el dominio de los mismos. Para los antropólogos, cabe dentro de la definición de llacta, esto es, un centro administrativo para el control económico/productivo de lo territorios anexados, donde residirían los administradores, sirvientes y artesanos. Machu Picchu sería entonces una llacta peculiar, donde se habría instalado, además de los funcionarios burocráticos, la aristocracia y nobleza próxima al emperador. El territorio donde se eleva Machu Picchu es considerado desde el punto de vista geo-climático como ceja de montaña, es decir, muy fértil pero menos vegetal que la selva, y posible de ser productivo mediante el sistema de terrazas de cultivo.


 

Ésta fue la morada, éste es el sitio:
aquí los anchos granos del maíz ascendieron
y bajaron de nuevo como granizo rojo.

Se ha estimado en cerca de mil los habitantes de Machu Picchu, en las épocas más pobladas, entre la corte personal del inca Pachacutec y la fuerza laboral agrícola; esta última era reclutada en todos los rincones del imperio. En los alrededores, múltiples centros poblados y administrativos, todos unidos por una red de caminos que mantenían una comunicación permanente dentro del reino. A la muerte de Pachacutec el territorio habría sido heredado por sus sucesores, pero pronto la apertura de nuevos caminos y otras posesiones de los herederos habrían determinado el comienzo de la decadencia del lugar como centro de actividad y gobierno. Hechos incidentes en los cambios debieron ser también la guerra civil inca (1531) y el ingreso de los españoles al Cusco (1534).



Piedra del Cóndor
 

Madre de piedra, espuma de los cóndores
Alto arrecife de la aurora humana
Pala perdida en la primera arena.
Aquí los pies del hombre descansaron de noche
junto a los pies del águila, en las altas guaridas
carniceras, y en la aurora
pisaron con los pies del trueno la niebla enrarecida,
y tocaron las tierras y las piedras
hasta reconocerlas en la noche o la muerte.

Machu Picchu se puede dividir en dos sectores: el agrícola, de las terrazas de cultivo, en el extremo sur, y el urbano, ocupado por los habitantes del lugar y sus actividades civiles y religiosas. Se ha contado alrededor de 170 recintos en un área de 530 metros de largo por 200 de ancho. El límite entre ambos sectores lo constituye un muro de 400 metros de largo, un foso que servía de drenaje y una escalinata. En lo alto del muro se abre la puerta de entrada a Machu Picchu. Se supone que las terrazas más angostas ubicadas en toda la periferia de la ciudad habrían servido como contención más que para cultivo. Los arqueólogos han reunido las edificaciones del área urbana en 18 grupos, en los sectores alto y bajo de la ciudad, cuyo eje es una plaza alargada e irregular. En el sector alto o Hanan destacan el Templo del Sol, el edificio vestibular, la residencia real, la plaza sagrada y el famoso Intiwatana (donde se amarra al Sol). La plaza sagrada, de forma cuadrangular, se cree que fue escenario de rituales y conmemoraciones. En su entorno destacan el Templo de las Tres Ventanas y el Templo Principal. Bajo el templo del Sol hay una cueva finamente trabajada que se cree podría haber sido un mausoleo, y en el que se disponen grandes hornacinas que pudieron servir para depositar momias.



Templo de las Tres Ventanas
 

Pero una permanencia de piedra y de palabra:
la ciudad como un vaso se levantó en las manos
de todos, vivos, muertos, callados, sostenidos
De tanta muerte, un muro, de tanta vida un golpe
de pétalos de piedra: la rosa permanente, la morada:
este arrecife andino de colonias glaciales.

El sector bajo o Urin incluye el grupo de las tres portadas, amplia edificación de fachadas iguales y comunicadas entre sí que se abren a la plaza principal, lugar de habitación y de talleres diversos. El grupo del cóndor se compone de edificaciones irregulares que aprovechan las rocas del lugar. En uno de sus patios se encuentra una gran piedra tallada que parece representar a un cóndor y que le da el nombre al conjunto. En este grupo hay cuevas y rocas dispuesta de modo que sugieren usos rituales. Hacia el sur de este conjunto, residencias de algunos miembros de la nobleza que tenían acceso a una fuente privada. En este mismo sector se encuentra el grupo de los morteros, uno de los conjuntos más grandes de la ciudad, al que se le ha dado múltiples interpretaciones por tener numerosos ambientes pero un solo acceso. Se ha creído que podría haber sido una casa de mujeres escogidas, y/o talleres de artesanía fina, pero además presenta algunas habitaciones lujosas, postulándose también usos religiosos. En uno de los recintos, de piedra finamente labrada, se encuentran dos formaciones con aspecto de morteros de piedra, que tanto podrían haber servido para moler grano u otros rituales. La escalinata de las fuentes también forma parte del sector bajo de la ciudad, y consta de una larga escala rodeada de canaletas de piedra, a lo largo de la cual hay 16 fuentes de agua talladas en piedra, a partir de una vertiente en lo alto de la cima. Por último, el extremo norte del sector Urin remata en la piedra sagrada, una gran piedra plana sobre un amplio pedestal, en el límite de la ciudad que es a su vez el acceso al Huayna Picchu.



Una de las 16 fuentes de agua de la escalinata de las fuentes
 

Águila sideral, viña de bruma.
Bastión perdido, cimitarra ciega.
Cinturón estrellado, pan solemne.
Escala torrencial, párpado inmenso.
Túnica triangular, polen de piedra.
Lámpara de granito, pan de piedra.
Serpiente mineral, rosa de piedra.
Nave enterrada, manantial de piedra.
Caballo de la luna, luz de piedra.
Escuadra equinoccial, vapor de piedra.
Geometría final, libro de piedra.
Témpano entre las ráfagas labrado.
Madrépora del tiempo sumergido.
Muralla por los dedos suavizada.
Techumbre por las plumas combatida.

Todas las edificaciones de Machu Picchu son de granito gris claro de canteras de los alrededores, al parecer trabajado con herramientas de bronce. Muchas edificaciones se emplazan en torno a un patio rectangular al que se abren todas las puertas de las construcciones. Predominan los edificios rectangulares, constituyéndose en una excepción los redondos o circulares, como el Templo del Sol.



Templo del Sol
 


Muchas estructuras constan sólo de tres paredes, abriéndose por la cuarta al exterior o a otro recinto. La mayoría de los techos originales era de dos o cuatro aguas, de paja sobre troncos y gran altura e inclinación, debido a lo pluvial de la región. La piedra de las construcciones presenta enormes diferencias en su elaboración. La gran mayoría de los recintos son de piedra canteada, en rústico, unida por una pasta de barro y paja o lana, que en su estado original estaban estucadas con arcilla e incluso pintadas. Las restantes construcciones son de piedra muy suave y pulida, de gran elaboración y de calce perfecto entre sí, lo que ha generado diversas teorías, aunque la mayoría crea en la actualidad que eran pulidas y alisadas por abrasión con arena y piedras. Esto parecería más factible si los bloques fueran de caras regulares, pero no lo son. Si bien muchos de ellos son de tipo prismático regular, hay muros completos de bloques irregulares en cuyas uniones no cabría el espesor de un pelo, y que se ensamblan entre sí como un verdadero puzzle. Sin embargo, se ha descubierto que entre estas piedras perfectamente pulidas, ya sea de superficie plana o abombada, sí existe una pasta de unión, que no es visible desde el exterior del muro.



Detalle de piedras irregulares finamente ensambladas
 

Piedra en la piedra, el hombre, dónde estuvo?
Aire en el aire, el hombre, dónde estuvo?
Tiempo en el tiempo, el hombre, dónde estuvo?
Fuiste también el pedacito roto
de hombre inconcluso, de águila vacía
que por las calles de hoy, que por las huellas,
que por las hojas del otoño muerto
va machacando el alma hasta la tumba?

Al recorrer la ciudad, es fácil de imaginarla llena de su vida original hormigueando por sus recovecos, y a los trabajadores agrícolas en las plantaciones, vida laboriosa que aún impregna el lugar. Pero, qué hay del espíritu que animaba la acción? Cuál el equilibrio entre la importancia otorgada a lo sagrado versus lo civil? Cuánto el sacrificio del hombre individual en beneficio de los dioses, del emperador, de la anónima colectividad, de la gloria del reino?

El Molde del Hombre

El Molde del Hombre

 

El tema del Molde del Hombre, tratado en forma específica en el capítulo 16 de “El Fuego Interior”, es probablemente uno de los más inquietantes y controversiales de toda la serie de libros de Carlos Castaneda en su largo periplo por el aprendizaje y prácticas conducentes al grado de nagual, a cargo de su mítico guía, personificado en don Juan Matus. Se toca en dicho capítulo el corazón de prácticamente todas las prácticas espirituales, pero desde una óptica completamente atea, ‘laica’ y desprovista de toda la connotación sublime o mística que se le otorga en el marco de cualquier concepción re-ligiosa.

Sin embargo, es posible establecer algunos paralelismos muy evidentes con otras tradiciones. Por una parte, lo que acostumbramos a llamar ‘experiencias cumbre’ o ‘experiencias trascendentes’, existen en todas ellas como grandes hitos que nos permiten comprender vivencialmente realidades que, aunque están muy por encima de la vida cotidiana habitual, la incluyen, otorgándonos un sentido, una sensación de propósito, un sentimiento de inapelable verdad que tanto modifica radicalmente nuestra sensación de identidad con lo que nos rodea, como nos incentiva a comenzar, retomar o seguir avanzando en nuestra práctica cualquiera que ella sea; tanto nos incrementa una sensación de conexión vertical y horizontal como nos suscita el deseo de contribuir a que otras personas puedan participar o acceder a esas experiencias; nos hace germinar un sentimiento imborrable de ‘familia humana’, de comunidad, de hermandad más allá de cualquier diferencia, a la vez que nos acucia una comezón –incluso una sensación de urgencia- por la gran necesidad de la humanidad, llevándonos a visualizar o intentar formas en las que aportar a ese conjunto que puede y debe progresar. Sucede como si de súbito se comprendiera el propósito de la vida y de las formas que la habitan, con toda su belleza, imperfección y sufrimientos. En suma, son experiencias que, tanto si sobrevienen en forma súbita como si son largamente buscadas por los practicantes, nos producen sentimientos comunes de reverencia, de sacralidad de la existencia y de respeto por aquello que, estando más allá y por sobre nuestra experiencia humana habitual, se percibe con certeza como la dirección en la que debemos intentar movernos para progresar evolutivamente. Se percibe además que la verdad y realidad de la experiencia es irrefutable.

En casi todas las concepciones que se proponen como un camino evolutivamente ascendente para el hombre, aquello que está ‘más allá’ o ‘por encima’ del hombre natural es un Dios, una Diosa, un Self, un Yo Superior o una Mente Universal en la que se resuelven muchas de las contradicciones y pares de opuestos que a distintos niveles nos atormentan. De modo que conectar en cualquiera de sus formas con esos niveles trascendentes es sentido como participación espiritual, paz interior, gozo, comprensión intuitiva, vislumbre de nirvana, o un alcanzar o rozar por fin el verdadero hogar como contrapunto al sufrido samsara. En muchas religiones, sin embargo, se plantea, al menos masivamente, una contraposición fuertemente contrastante entre el nivel trascendente y la humanidad, considerándose a aquél infinitamente por encima de los seres humanos, y a éstos como una gran masa de iguales frente a esa realidad trascendental, o Dios. En algunas concepciones incluso sólo existe Dios y el hombre a secas, descartándose cualquier nivel intermedio y por tanto ignorándose todas las realizaciones espirituales de grandes hombres considerados por otras tradiciones como maestros, santos, guías o gurúes.

En el aprendizaje de Carlos Castaneda -como en otros realizados a través de escuelas y/o guías-, existe una realización gradual, es decir, un discipulado a través del cual un hombre escogido por ciertas condiciones apropiadas, es llevado hacia un paulatino progreso mediante una instrucción y prácticas precisas acerca de las que el alumno en principio no comprende ni en su utilidad ni en su propósito. Esa instrucción y guía es completamente personalizada en medio de condiciones creadas por el propio guía de acuerdo a los objetivos que persigue. Están en medio del mundo y sin embargo permanecen fuera de él, tal como si se utilizara el entorno como escenografías para el desarrollo de ciertos dramas que tendrán efectos específicos en el progreso del alumno.

Las prácticas de Castaneda nunca son religiosas en el sentido habitual en el que es utilizado el término, aunque desde todo punto de vista poseen un ritual y en todas ellas se aprecia un profundo respeto por lo que genéricamente podríamos llamar las fuerzas de la vida, o las energías en juego; las prácticas van paralelamente minando lo único por lo que no existe ningún respeto ni consideración, esto es, el ego del alumno, sus sentimientos de importancia personal y todas sus concepciones y cristalizaciones previas. Se destruye deliberadamente su idea del mundo y de sí mismo, sus certezas, para hacerlo permeable a otras realidades. El incremento gradual de consciencia del alumno, derivado de las experiencias a las que va accediendo a lo largo de los años, no lo lleva más cerca de ninguna potestad superior, sino más bien al conocimiento, percepción  y dominio creciente de esas energías en juego. Esto significa desarrollar atención, instinto, intuición, intención, percepción en la cuarta dimensión, sueño consciente, etc. No hay actos de devoción, de beatitud ni de veneración alguna. Sí, de profundo respeto por las distintas manifestaciones de las emanaciones del Águila, que podríamos equiparar al tradicional “temor de Dios”.

Castaneda va comprendiendo paulatinamente la estrecha relación entre su cuerpo, considerado como núcleo energético y ‘procesador’ de energías, y aquello que puede percibir y realizar. Otras tradiciones se refieren al cuerpo como “el templo de la divinidad en nosotros”, lo que se va evidenciando en el camino que transita Castaneda pero sin ninguna connotación de divinidad. Ciertos actos conscientes producen cambios en ese cuerpo energético que como consecuencia llevan a estados de consciencia acrecentada acerca de la realidad de las energías implicadas; eso es todo. Cada visión de mundo tiene su correlato en el cuerpo energético de la persona, o dicho en la jerga de don Juan, cada concepción de la realidad depende esencialmente de la ubicación del punto de encaje. En el mundo de don Juan todo es niveles de energía, tramas y emanaciones de energía que tanto se pueden ignorar como alinearse con ellas o utilizarlas como vehículo para conocer más profundamente los múltiples mundos implicados tras la materia, que se evidencian de forma cada vez más precisa a lo largo de la serie de libros de Castaneda.

Simultáneamente, el alumno se va conociendo a sí mismo, procesando sus miedos, depurando los lastres que lo limitan al mantenerlo atado al pasado (lo que don Juan llama el ‘borrado de la historia personal’), y fundamentando su conocimiento en experiencias –no en creencias-, lo que modifica radicalmente su estructura mental, sus hábitos y creencias previas, y sus escalas de valor. En este mundo mágico, en esta “realidad aparte” sutil pero consistente, se nos presenta la relación de don Juan y su discípulo, con una coherencia interna potente y difícilmente contrarrestable. No hay un Dios aquí, ni un futuro ni un propósito último más allá de la –por cierto inmensa- tarea de tomar consciencia y dominar la realidad presente, en sus múltiples niveles paralelos y complejidades energéticas. No se describe un objetivo más allá de esto.

En este contexto, la experiencia de la llamada en otras tradiciones –por lo general en la vía mística de las mismas- propia divinidad, Yo Superior, Cristo, satori o incluso Dios, es un importante hito en el camino, pero sólo es eso: la evidencia que muestra que el alumno ha alcanzado cierto dominio de sus propias energías como para acceder a esa percepción, la que eventualmente podría repetir a voluntad, lo que es radicalmente diferente de las concepciones espirituales más generalizadas en la humanidad. Esa experiencia medular (casi diríamos “fundacional” para todos aquellos que siguen un camino) es la que don Juan Matus designa con el modesto y pedestre nombre de “ver el Molde del Hombre”, al que considera como una suerte de arquetipo inerte que simplemente nos imprimiría las características humanas que compartimos. Don Juan, como guía, propicia la experiencia inicial, la que luego podría ser alcanzada por su discípulo independientemente de la participación de don Juan.

Resulta, para nuestra formación impregnada de tradición judeo cristiana, tan iconoclasta esta visión, tan rupturista de lo aceptado –como lo habría sido también para Castaneda-, que merece una revisión. Aún aquellos de nosotros que no declaremos religión alguna o que nos agrupemos bajo el título de agnósticos e incluso ateos, hemos vivido inmersos en una cultura de tradición judeo-cristiana que ha impregnado todos los ámbitos de la vida; hace muy pocos siglos que en Occidente se separaron la religión y el Estado, por ejemplo, y en la práctica nunca han estado totalmente separados, con lo que todas las esferas de la vida común se han regido en algún grado por los conceptos de bien/mal, premio/castigo, cielo/infierno, culpa, pecado, etc., en el marco de una relación del ínfimo ser humano frente a una omnipresente presencia Superior que lo juzga, lo premia, lo ama, lo castiga, lo califica permanentemente e incluso lo condena. No deja de ser curioso que en nuestro racionalista Occidente mantengamos por lo general tan separados el mundo de la creencia –por lo general indiscutible- de la evidencia intelectual o el fruto de la experiencia que exigimos en otras áreas. El porcentaje de individuos que han tenido una experiencia transpersonal continúa siendo una minoría; y aunque un número creciente de personas busca tener vivencias más allá de la existencia material o emocional comunes, la gran mayoría continúa entregándose mansamente a alguna creencia tranquilizadora sin ningún atisbo de buscar evidencia acerca de la realidad última que ésta ofrece, y a la que a menudo dejamos simplemente que nos dirija y limite la vida sin haber cuestionado nunca las bases de tales imposiciones. Defendemos apasionadamente nuestras creencias sin ninguna evidencia de aquello que persigue –por eso son creencias-, lo que parece especialmente contradictorio en Occidente, donde la búsqueda persistente de alguna práctica que nos lleve a constatar las realidades intangibles sólo se han vuelto crecientes en los últimos – si acaso- cincuenta años. De tal modo que considerar la óptica de don Juan nos puede estimular a una reflexión más profunda sobre estos puntos tan centrales y decisivos de la experiencia humana posible, y que nos puede movilizar, en primer lugar, a dudar o confirmar nuestras concepciones previas, pero por sobre todo, nos puede impulsar hacia una práctica que busque la comprobación vivencial de aquello que no puede ser explicado ni menos repetido de oídas o de segunda mano. De aquello que no puede ser una simple creencia.

A continuación extractamos y comentamos los párrafos más explicativos del capítulo 16 de “El Fuego Interior”:

“Después del almuerzo, don Juan y yo nos sentamos a hablar. Comenzó sin preámbulo alguno. Anunció que habíamos llegado al final de su explicación. Dijo que ya había discutido conmigo todas las verdades del estar consciente de ser, descubiertas por los antiguos videntes. Recalcó que ahora yo conocía el orden en el que los nuevos videntes las dispusieron. Dijo que en las últimas sesiones de su explicación me dio una relación detallada de las dos fuerzas que ayudan a mover nuestros puntos de encaje: el levantón de la tierra y la fuerza rodante. Explicó también las tres técnicas desarrolladas por los nuevos videntes, acecho, intento y ensueño, y sus efectos sobre el movimiento del punto de encaje.

– Ahora –prosiguió-, lo único que te queda por hacer para completar la explicación de la maestría del estar consciente de ser es romper por tu cuenta la barrera de la percepción. Sin ayuda de nadie, tienes que mover tu punto de encaje y alinear otra gran banda de emanaciones. Si no llegas a lograr esto, todo lo que has aprendido y has hecho conmigo será mera plática, simplemente palabras. Y las palabras valen poco.

Explicó que al moverse el punto de encaje y al alcanzar cierta profundidad, rompe una barrera e interrumpe momentáneamente su capacidad para alinear emanaciones. Experimentamos esa ruptura e interrupción como un vacío perceptual. Ese momento era llamado la pared de niebla por los antiguos videntes, porque aparece un banco de niebla cada vez que el alineamiento de emanaciones da un traspié.”

Carlos Castañeda

Carlos Castañeda

CastanedaCarlosLa obra de Carlos Castañeda es muy singular. El antropólogo que se interesa en el estudio de las plantas psicotrópicas, termina convirtiéndose en un “hombre de conocimiento”, gracias a las enseñanzas de las prácticas rituales del chamanismo yaqui, aportado por un descendiente cultural de los toltecas, don Juan Matus. Esta obra constituye una destrucción crítica de la antropología clásica y plantea una crítica radical a la realidad que conocemos. Expone otro conocimiento, no científico y aparentemente alógico. Exige un cambio en la naturaleza del aprendiz al abrir las puertas de “otra” realidad.

Pone en el tapete un conocimiento menospreciado por occidente y la ciencia contemporánea, considerado por la mayoría de los antropólogos como una práctica cultural aberrante. Nos enseña, a través de su maestro, la herencia de los brujos, herederos de los sacerdotes y chamanes precolombinos. Esta sociedad es todavía una sociedad cerrada, clandestina, subterránea que no convive con la sociedad moderna mejicana.

Quien es Carlos Castañeda?
En primer lugar, su apellido es latino y se escribe con ñ. Los norteamericanos, que no usan esta letra, lo convirtieron en Castaneda.

Para compensar el crecimiento de su imagen y de su leyenda, él hace desaparecer su historia personal y omite deliberadamente toda información que pudiera destruir el anonimato que le es necesario para pasearse libremente por esos nuevos mundos que va descubriendo.

No está bien claro si nació en Perú o en Brasil, alrededor de 1936, pero sí que vivió en Argentina desde pequeño, hasta que se trasladó a Estados Unidos a estudiar antropología. En el verano de l960, empezó a recopilar información sobre plantas medicinales.

En Méjico, investigando sobre el peyote, encontró un viejo indio yaqui don Juan Matus quien tenía reputación de brujo. Con él comenzó una amistad que creció lentamente durante un año, en el que Castañeda hizo frecuentes viajes donde mantuvo con don Juan extensas conversaciones sobre plantas alucinógenas en general.

Después de ese período que seguramente para don Juan fue de prueba, él le propuso que fuera su alumno, al que confiaría todo su conocimiento secreto.

Castañeda aceptó, suponiendo que lograría seguir manteniendo su sangre fría y racionalidad de antropólogo para trascender el efecto impactante que pudieran producirle esos nuevos mundos donde reinaba la hechicería. Durante los doce años siguientes, viajó continuamente entre la Universidad de los Angeles y
las montañas embrujadas de Méjico. Rozando los límites de la locura, tuvo éxito en conservar su salud mental y lograr un doctorado en antropología.

Quién era don Juan?
Don Juan Matus, el guía y chamán de Carlos Castañeda, nació en Arizona de ascendencia yaqui y yuma. Vivió en la orfandad desde la infancia, debido a que en las guerras yaqui sus padres fueron asesinados.

Estuvo un tiempo en Yucatán, donde se ganaba el sustento trabajando en los cafetales de la zona. Su juventud fue bastante accidentada, porque era excesivamente pendenciero. En la última de esas contiendas recibió un balazo en el pecho que lo dejó tirado en la calle, muy mal herido. Un indio viejo que pasaba por el lugar, lo recogió y lo cuidó, no sin antes haber aparentado frente a las personas que los rodeaban en ese momento – previo guiño a una vidente que presumía ser su mujer en público – que el herido era hijo de ambos y que sufrían inmensamente por lo que había ocurrido. Cuando hubo pasado un tiempo y ya se encontraba casi recuperado, don Juan hizo planes para huir de aquel lugar, pero el indio que no era otro que don Julián, su futuro guía y chamán, le propinó un fuerte golpe en la espalda que lo forzó a entrar a un estado de consciencia acrecentada. Después le reveló parte de la regla que tenía que ver con el Nagual.

Don Juan vivió las tres etapas del desarrollo de un guerrero:
l.- ser guiado a tomar la regla como mapa,
2.- la comprensión que uno puede obtener la consciencia suprema,
3.- conocimiento de un pasaje secreto para acceder a ese otro mundo oculto de la consciencia.

Don Julián le ayudó a convertirse en “hombre de conocimiento” y también le transmitió otros conceptos, uno de los cuales don Juan aplicó en su vida. Se refería al hecho de que la historia personal debía mantenerse en privado, porque así se evitaba “sufrir el peso de los pensamientos ajenos.”

Carlos Castañeda, que aprendió de don Juan, también aplicó este predicamento en su vida.

La enseñanzas de don Juan

El uso de las hierbas psicotrópicas
Las enseñanzas que recibió Castañeda del chamán, consistían en un sistema coherente de creencias, inculcadas por medio de un método pragmático y experimental. No era fácil comprenderlas debido a las extrañas características de los fenómenos que el aprendiz experimentaba. Al principio, el hincapié lo hacía en el uso de plantas psicotrópicas. Empleó por separado el peyote (laphophora williamsii), el toloache (datura inoxia) y un hongo (cilocybe mexicana). Relacionaba la datura y el hongo con la adquisición de “poder” y el uso del peyote con la obtención de sabiduría. Al peyote lo llamaba mescalito.

La importancia de las plantas residía en su capacidad de inducir etapas de percepción peculiar en la consciencia de quien las consumía. A estos efectos Castañeda los llamó “estados de realidad no ordinaria”.

En el contexto del conocimiento de don Juan, esas realidades eran reales, aunque fueran diferentes de aquellas que para nosotros lo son. Don Juan consideraba estos estados como único medio de adquirir poder. Estas plantas guiaban al hombre a ciertos poderes impersonales y los estados que producían los llamaba “encuentros”. Un chamán debía “encontrarse” con estos poderes para ganar su control.

El peyote o mescalito se consumía en reuniones llamadas mitotes. La reunión tenía como objeto encontrar una orientación sobre “la forma correcta de vivir”. Al toloache y a los hongos, los llamaban “aliados”, los cuales eran susceptibles a la manipulación. El hongo era el aliado preferido de don Juan, al que llamaba “humito”.

Un “hombre de conocimiento” debía encontrarse con el aliado las veces que fuera necesario, hasta llegar a familiarizarse con él. Esto significaba que había que fumar la mezcla e ingerir el polvo de hongos. Para minimizar los momentos más cruciales y extenuantes, el chamán usaba el humor.

El sistema de creencias que impartía, abarcaba cuando menos a dos culturas diferentes. Así otro chamán que tuvo influencia en el aprendizaje de Castañeda, fue don Genaro Flores, un indio mazateco de Méjico central.

Castañeda consideró su obra como una autobiografía atípica porque refiere, principalmente, algunos eventos de su vida y no lo que le sucede a un hombre común, ni menos sus estados subjetivos.

Después de haber transmitido sus enseñanzas, don Juan Matus y don Genaro Flores desaparecieron de la faz de la tierra y Castañeda se vio entonces en la obligación de hacer de nagual y el resto de los aprendices exigió su guía y consejo.

Los requisitos para el aprendiz
Acceder al conocimiento exigía algunos requisitos mínimos en un comienzo, requisitos que el guía comprobaba directa o indirectamente. En primer lugar, el aspirante a aprendiz tenía que tener “claridad de mente” y un propósito claro; saber qué quería realmente, conocer su corazón, porque el conocimiento debía llegar por “el camino difícil”.

Otra de las premisas mínimas, era que debía encontrar en un sitio determinado, un lugar adecuado para él, que debía hacerlo sentir “cómodo y feliz”.

En el caso de Castañeda, éste debió buscar “su lugar” en el cuarto de don Juan. Ante tan extraña y aparentemente absurda petición, Castañeda titubeó porque, además, lo hacía sentir ridículo. No obstante, cuando el chamán se alejó, con esmero y durante casi toda la noche, rodó, se tendió y tomó las más extrañas posiciones en el suelo. Casi al amanecer “sintió”, como le dijo don Juan, “cuando sus ojos no miraban de lleno las cosas” y vio vislumbres de colores en un determinado lugar del cuarto, en dirección sureste. Allí se quedó dormido.

En la mañana, don Juan corroboró su hallazgo, no sin antes mencionarle que todos los hombres tienen muchos lugares favorables y que los no favorables eran tan dañinos, que no sólo podían enfermar sino, además, causar la muerte.

También fue sometido a otra prueba, cuyo resultado fue estimado como un “augurio” favorable por don Juan, quien decidió entonces tomarlo como aprendiz.

El método del chamán
Para conseguir la metamorfosis del aprendiz, don Juan usaba plantas que producen efectos que cambian la forma de percibir la realidad en quien las consume o fuma. Las drogas son parte de una disciplina física y espiritual, como las prácticas ascéticas, los giros del derviche, las maceraciones del eremita cristiano y otras. Cada una de ellas es parte de un simbolismo que abarca al macrocosmos y al microcosmos y cada una se rige por un calendario ritual sagrado.

Las drogas, las prácticas ascéticas y los ejercicios de meditación son medios, no fines. Si el medio se transforma en un fin, se convierte en un agente de destrucción físico y espiritual que conduce a la degradación, la locura e incluso la muerte.

Rota la percepción cotidiana de la realidad, las drogas ya no tienen sentido, porque su función es semejante al mandala del budismo tibetano, es un apoyo para la meditación del principiante, no para el iniciado. El chamán expresa que lo que llamamos realidad consta de “descripciones del mundo” y los prodigios que la droga realiza son medios para destruir nuestros débiles razonamientos, nuestra percepción del mundo ordinario y para ubicar en su justa medida nuestras certidumbres. Él llama “parar el mundo” el terminar con la dualidad del sí y el no. Debemos recuperar esa mirada diáfana con una visión directa y profunda. Así alcanzaremos ese estado al que han aspirado todos los sabios del mundo: contemplativa imparcialidad.

El regalo del Águila
Según esta antigua enseñanza, al poder que gobierna a todos los seres vivientes le llaman el Águila. Esta se les aparece a los videntes como una enorme y negrísima águila, a gran altura, que otorga emanaciones
a todos los seres. Dicha emanación toma la forma de un capullo que envuelve el cuerpo físico.

El regalo que da el Águila a todos los hombres es conservar la llama de la consciencia, a la cual se le ha concedido pasar por una abertura hacia la libertad con el fin de perpetuarla. Para guiarlos, el Águila creó al Nagual. El vidente ve al hombre y mujer nagual, como un huevo luminoso. El Águila los creó como videntes para que “vieran”. Para asegurarse que el primer nagual condujera a su grupo hacia la libertad, sin corromperse, se llevó a la mujer nagual al otro mundo para que sirviera de faro al grupo hacia la abertura. Luego, recibieron la orden de olvidar.

La nueva tarea fue la de recordarse a sí mismos. Se separaron y no pudieron recordar quienes eran. El Águila les dijo, entonces, que si lograban recordarse a sí mismos podrían hallar la totalidad de cada uno, sólo entonces tendrían fuerza y tolerancia para afrontar la vida. La tarea siguiente fue que después de recordarse a sí mismos, debían conseguir otro hombre nagual y otra mujer nagual.

Don Juan explicó que cruzar hacia la libertad, significa que uno conserva la consciencia, el cuerpo se inflama de conocimiento y cada célula es consciente de sí misma.

Según esta enseñanza, no hay mundos de objetos, sino un universo de las emanaciones del Águila que representan la única realidad inmutable de lo perceptible y lo no perceptible, lo cognoscible y lo incognoscible.

Los videntes que ven las emanaciones, las llaman mandatos y la interpretan como la regla, mientras el hombre común las llama realidad.

El tonal y el nagual
El ser humano tiene dos facetas que están en funciones en el momento del nacimiento: el tonal, lado derecho y el nagual, lado izquierdo.

Ellos están hechos para el reino exclusivo del “hombre de conocimiento”. El tonal es el organizador del mundo. Por ejemplo, da sentido a una conversación, protege nuestro ser físico y es astuto con su obra. Es un guardián para nosotros, pero se ha convertido en un guardián déspota. El tonal es todo lo que somos y conocemos. Nos acompaña del nacimiento a la muerte. Hay un tonal personal y un tonal colectivo, que es
el que nos hace semejantes.