Freud y la Psicología Profunda

Freud y la Psicología Profunda


sigmund-freud-1856-1939- 2-standing-everett
Hace unos pocos decenios, la palabra psicología apenas se oía, salvo en discusiones entre filósofos, moralistas y estudiantes de técnicas religiosas ideadas para purificar y santificar las vidas de relativamente pocos individuos. La psicología era materia de estudio universitario. La ciencia médica le prestaba poca atención. Los trastornos mentales, la histeria, la insania -otrora atribuida a causas “ocultas” de “posesiones” demoníacas-, considerábanse principalmente enfermedades incurables, y a los individuos afligidos por ellas se los estigmatizaba como parias y, en ocasiones, como criminales. A la cordura y a la racionalidad se las veía como señales de lo divino en el hombre, y como se creía que el individuo tenía “libre albedrío” y que “era dueño” de su mente y sus sentimientos, perder el equilibrio mental y el control de sí significaba renunciar más o menos adrede a la propia naturaleza divina, convirtiéndose en presa de fuerzas animales o demoníacas. En la mayoría de los casos a los insanos se los trataba de conformidad con aquello.

Durante el siglo XIX empezaron a cuestionarse agudamente las ideas relativas a la naturaleza del hombre, no puestas en tela de juicio durante siglos. Los filósofos materialistas de la escuela alemana las cuestionaban en términos generales, procurando demostrar que todas las actividades del alma y de la mente humanas pueden reducirse y explicarse como productos de procesos bioquímicos, materiales. Más específicamente, los fenómenos psicológicos pasaron a quedar bajo el examen de los hombres cuya tarea era curar a los enfermos. Desde la época de Anton Mesmer, a fines del siglo XVIII, las enfermedades que lindaban entre lo puramente físico y lo psicológico -y en particular todas las formas de “histeria”- habían atraído la atención de los investigadores. La serie de variados intentos por curar estas enfermedades condujo, a su tiempo, hacia el psicoanálisis y Sigmund Freud.

Desde entonces, la psicología moderna se dividió en varias ramas: muy básicamente, la “psicología experimental” de laboratorios de Facultades según la línea del Conductismo y el estudio de los fenómenos primarios de atención, acción refleja, asociación de ideas, etc., y los varios tipos de psicoterapia que procuran curar las enfermedades de la mente y el interior del hombre. Los que discutiremos principalmente serán los géneros de psicoterapia que no se ocupan específicamente de la cura de formas agudas de insania, sino cuyo fin básico es más bien llevar a los hombres y mujeres de nuestra era caótica a un sentido mayor de salud y cordura (psicológica, moral y mental) y a una realización más vibrante de sus energías interiores. Los tipos de perturbaciones que estas psicoterapias intentan curar son producidas esencialmente por el desajuste de los individuos respecto de sus medios  ambientes: la familia, la escuela, los amigos, la sociedad. Se ocupan del conflicto básico entre lo individual y lo colectivo, entre el ego y todo lo que no es el ego, o sea, el “mundo externo”.

Tal conflicto es absolutamente básico en la naturaleza humana, y sólo en ella. El privilegio del hombre es llegar a individualizarse respecto de la multitud de la tribu, de la comunidad socio-religiosa en la que nació. El privilegio del hombre es sentirse “separado” como un “yo”, un ego que tiene características únicas. Ese es su privilegio, y su carga o responsabilidad trágica. Eso le convierte en un dios, o en un demonio.

Todos los psicoterapeutas, de Freud en adelante, se ocupan esencialmente del ego: del modo en que el ego se desarrolla, madura o no logra madurar, cristaliza según pautas sociales de aquiescencia o rebelión, se transforma venciendo sus limitaciones, y, en casos extraordinarios, se vuelve parte de una integración espiritual mayor. Sin embargo, cada escuela de psicoterapeutas asume un enfoque particular de los problemas del ego, y ordinariamente recalca un tipo de perturbación a expensas de las otras. Esto es así en gran medida porque el psicólogo no logra captar al ser humano íntegro como una totalidad orgánica, y especialmente porque no tiene modo de representarse directamente la estructura de esta totalidad.

Aquí entra la astrología; pues, en la carta natal, el astrólogo tiene un medio para estudiar la pauta global de las funciones, facultades e impulsos de una persona. Puede estudiar el diagrama de su evolución desde el nacimiento en adelante. Por tanto, puede ocuparse de la persona total, más bien que de sólo uno o dos impulsos y actividades fundamentales que contribuyen al crecimiento de la consciencia y del ego -o a su malformación y destrucción eventual-. Sin embargo, el tipo de psicología que es característica de la mayoría de los astrólogos y libros de texto astrológico es, por regla general, enteramente incapaz de cumplir con estas posibilidades. Es un tipo de psicología que aún se basa en las obras de Ptolomeo y Aristóteles -un tipo “clásico” empapado de antiguos conceptos religiosos y éticos, y aún de escaso contacto con el fermento de las ideas que Freud  y sus sucesores desataron sobre el mundo moderno-.

Freud no es un fenómeno único. Existe una correlación básica entre las actitudes hacia la vida que Darwin y Freud promovieran y popularizaran. Pues en estos dos pioneros hallamos la expresión de una rebelión profunda contra la “clásica” confianza en los factores intelectuales y racionales de la naturaleza humana, basada en las explicaciones que la teoría religiosa y el racionalismo del siglo XVIII daban para justificar los fenómenos biológicos y psicológicos, la génesis de las especies naturales y de los egos individuales de los seres humanos. Mientras los psicólogos clásicos y religiosos creían en un alma dada por Dios, y los biólogos creían que Dios había creado separadamente cada especie de entidades vivas, Darwin y Freud renunciaban al concepto de semejante creación “en lo alto”, y procuraban retratar un desarrollo progresivo y evolutivo de las especies y los egos “desde lo profundo”. Así nació la “psicología profunda” -una psicología que se hunde audazmente en las profundidades subconscientes del alma humana, una psicología evolutiva del ego.

Lo que Darwin y Freud intentaban destruir era el denominado concepto platónico de un mundo “espiritual” de Ideas o Arquetipos, anterior al mundo “físico” de los organismos materiales. Estos Arquetipos, siendo “Emanaciones” directas de la Mente Universal y sus Jerarquías Divinas, no se consideraba que estuvieran “evolucionando”. Se decía que habían sido creados completos y perfectos. La evolución sólo había de hallarse en el mundo material: un lento intento de organismos físicos o psicológicos de aproximarse cada vez más cerca a las pautas ideales que constituyen la “Realidad”.

Por otro lado, la psicología “clásica” se basa en el supuesto de que el hombre es un “alma divina” que opera en relación más o menos estrecha con un cuerpo material y una “personalidad” condicionada por la tierra. Toda persona es un “hijo de Dios”; o, en términos más filosóficos, primero de todo, es una entidad espiritual, cuya estructura y función esenciales son establecidas como un Arquetipo antes del nacimiento, y se perpetúan después de la muerte del cuerpo. Esta entidad espiritual es el yo “real”; y a él pertenecen los atributos espirituales de voluntad, carácter, discriminación entre el bien y el mal, moralidad y racionalidad, y creatividad mental. Estos atributos están en constante conflicto con los deseos y pasiones del cuerpo y la psique ligados a la tierra.

Durante la época Victoriana, habiéndose el género humano hallado repentinamente en posesión de  tremendos poderes materiales, enfrentó un incremento generalizado de la virulencia del conflicto entre los atributos espirituales y los deseos personales en procura del propio engrandecimiento y satisfacción -en especial, porque bajo los golpes de la crítica intelectual se desvanecía el poder de las restricciones religiosas y sociales del pasado-. Los resultados fueron evidentes: los “hechos de la vida” contradecían a cada paso a las máximas morales y a los ideales pomposos. Los seres humanos procuraban, cada vez más, llevar dos vidas a la vez. Se multiplicaban las neurosis, las psicosis y los casos de esquizofrenia. El peligro se tornaba tanto social como personal.

Tenía que ocurrir algo. Así como la osteopatía y la cirugía tuvieron que desarrollarse para la época en la que se multiplicaban las malformaciones y los accidentes ocupacionales con la difusión del maquinismo y de los trabajos oficinescos de encierro artificial, de igual modo la psicoterapia (la curación del alma o la “psique” personal, condicionada por la tierra) tuvo que descubrir técnicas que pudieran aliviar el estado generalizado de locura mansa que era la característica del ciudadano civilizado y mecanizado de la Era post-Victoriana. Cuando como resultado de algún profundo conflicto interior y de miedo, una persona se ve obligada a cumplir acciones repetidamente, no sólo contra su denominada “voluntad”, sino sin saber que las está cumpliendo, la psicología clásica cesa de tener significado práctico alguno. Si no sé quién soy o qué hago -entonces, para todos los fines prácticos, el término “yo” perdió su significado-. La persona bajo hipnosis está en semejante condición; pero también lo está el hombre con una “neurosis de compulsión” -sólo que en grado menor-. La psicología clásica liquidaba el problema declarando “insano” al hombre, y que la entidad espiritual dentro de él había “abandonado el cuerpo”.

Sin embargo, cuando el linde entre cordura y locura lo atestan millones de ciudadanos externamente normales, al problema no se lo puede desechar tan sumariamente. Ha de volver a formularse el problema de la cordura y la racionalidad -o mejor aún, el significado de voluntad, de personalidad, de ego-. La formulación no puede ser un juicio de blanco y negro sobre la base de consciencia o nada. Deberá admitir grados de grises: inconsciente, subconsciente, semiconsciente, consciente durante un tiempo… tal vez una consciencia de grados variables de brillo y poder penetrante; en algunos casos, una consciencia que logre acceder a los reinos que están más allá del alcance normal inclusive de la “luz blanca” -¿podríamos decir una consciencia ultravioleta?-.

Tal “escala” de consciencia sugiere la existencia de un proceso evolutivo; un proceso de crecimiento desde las raíces hacia arriba, un emerger desde las profundidades. El “yo individual, en vez de verse como un Yo arquetípico a priori -como alguna “pauta de perfección” que trasciende a la vida orgánica en la tierra- empieza a entenderse como el resultado final de la vida humana, como una victoria a ganar, como el resultado de un lento esfuerzo en pos de la integración y la individualización (o “individuación”). Y este esfuerzo puede malograrse, como lo puede el nacimiento. El “yo”-consciencia puede nacer sano, o emerger de la profundidad oscura e inconsciente del instinto malformado y retorcido por frustraciones y presiones de toda índole.

El hecho de que el ego emerja del instinto ocurre a través de los años de la niñez -¡puede inclusive ser condicionado por causas prenatales!-. Por tanto, las enfermedades de la voluntad y de la mente, y la predisposición a shocks psicológicos y colapsos morales-patológicos deberán rastrearse hasta lo que ocurrió durante los primerísimos años de vida. Por ello, el psiquiatra debe remontarse a estos comienzos del yo individual, tal como el naturalista darwiniano estudia particularmente aquellos restos del fosilizado pasado que muestran formas nuevas de vida que emergen de especies más viejas. El naturalista y el paleontólogo buscan sus claves a partir de fósiles profundamente metidos en viejas rocas traídas a la superficie de la tierra por cataclismos o largos siglos de erosión. El psicoanalista debe también hallar su camino hacia abajo, rumbo a las profundidades, rumbo a los estratos de la consciencia infantil -o aprovechar las erupciones psicológicas y la crisis cataclísmica del crecimiento del “alma” que traerán a la superficie recuerdos, largo tiempo olvidados, de shocks y frustraciones.

Sin embargo, normalmente los recuerdos conscientes de la mente, deformados ya por la fatiga o el miedo, no pueden ser de ayuda real para el psicólogo ávido de explorar el contenido del sector existente entre los instintos conscientes y las primeras vislumbres de la consciencia del ego. El ego resiste esta exploración tanto como un niño resistiría reingresar en el seno materno que condicionara su mismísima estructura. No obstante, cada mañana, al despertar, se experimenta de nuevo este proceso del emerger de la consciencia desde la inconsciencia. En esta “fase liminar” de la actividad mental, tiende a reproducirse el tipo de condiciones que prevalecían en la infancia. A estas condiciones las llamamos “sueños”. Cada mañana, cuando soñamos, somos nuevamente infantes que pugnan por emerger del seno materno de los instintos e ingresar en los problemas de la consciencia del ego y la adaptación de éste a nuestro complejo medio ambiente. Así, aprendiendo a entender el mundo de los sueños, también nos familiarizamos con los intentos que la consciencia efectuó y efectúa constantemente para afirmarse y ocuparse del poder de los instintos.

El Cuerpo Físico

El Cuerpo Físico

Algo más que Memoria Emotiva

La astrología considera al cuerpo físico y sus eventuales estados de salud/enfermedad desde diversos ángulos. Por una parte, el cuerpo físico para la astrología es, en cuanto disposición energética, asimilable al elemento Tierra, la sustancia misma de la percepción a través de los sentidos corporales, siendo el nivel más tangible y objetivo de nuestro ser. Por otra parte, cada división del zodíaco, o signo zodiacal, gobierna una zona u órgano físico, y también la actividad de algunas Casas astrológicas o divisiones horarias del zodíaco se relacionan con el cuerpo físico. Y por último, cada planeta del sistema astrológico rige una función orgánica o un conjunto de ellas.

Normalmente se considera a los signos y planetas astrológicos desde el punto de vista de las características y tendencias anímicas, psicológicas, y a las aptitudes en cuanto a habilidades motrices, intelectuales y emocionales. Cuando se piensa en una persona como un todo, inevitablemente se llegará a establecer la correspondencia entre las características intangibles en cuanto a aptitudes o disposición en ciertas áreas, y el comportamiento orgánico y/o las características físicas de esa misma persona. El antiguo adagio La materia es el grado inferior del espíritu, y éste es el grado superior de la materia (El Toque Sanador, Alcione, Diciembre de 2007) encuentra completa correspondencia en la relación de la carta natal de un individuo con respecto a sus características tanto anímicas como físicas.

Pongamos un ejemplo simple, como una persona de Signo Natal Sagitario, regido por Júpiter, y por lo tanto, con una inclinación innata a ir a lo lejano, a abarcar cada vez más en forma permanente, ya sea en cuanto a conocimientos, viajes, experiencias, personas, o todos ellos a la vez. El signo de Sagitario rige a su vez, dentro del cuerpo, los muslos, los que normalmente son bastante desarrollados en este nativo, fuertes o al menos muy activos, pudiendo ser en ocasiones incluso un poco anchos de caderas y prominentes de glúteos, tal como si la naturaleza los dotara de las cualidades físicas para cumplir con esa tendencia a recorrer a grandes trancos los vastos mundos que aspiran conocer. Se puede comprender entonces que una patología que afecte a los muslos de un nativo de Sagitario, dificultándole o incluso impidiéndole los desplazamientos, tiene una connotación simbólica mucho más amplia, dentro de su vida, que lo que la tendría para una persona sin elementos importantes en este signo solar.

Para el nativo de Sagitario una afección invalidante en sus muslos afecta directamente la misión que como ser total tiene en su vida, acarreando consecuencias a todos los demás niveles. Es decir, la connotación simbólica es mucho más amplia que para otros nativos, aunque no se deba deducir de este ejemplo una consecuencia negativa, pues todo depende del contexto personal y las otras características y relaciones dentro de su carta. Bien podría ser una señal de su ser profundo para que desarrolle más la amplitud mental y no tanto la física o geográfica, por ejemplo.

Pero cuando hablamos de un nativo de, estamos hablando del signo natal, es decir, de la posición del Sol dentro de la carta, un núcleo central de integración y consciencia de una persona. Siguiendo con el mismo ejemplo, el nativo de Sagitario sabe que le gusta conocer, viajar, explorar, etc. Pero esta consciencia es una conquista relativamente tardía en nuestro desarrollo como individuos. Mucho antes aparece el impulso energético básico conocido como Signo Ascendente, determinado por la hora del nacimiento, y la reacción lunar a nuestra llegada al mundo, eventos que ocurren desde que asomamos a la vida.

Desde el nacimiento, nuestro cuerpo físico es la experiencia más temprana, directa e inmediata de nosotros mismos, de nuestra existencia, de nuestra inobjetable realidad. En él se expresa no sólo la evidencia irrefutable de nosotros mismos como seres existiendo, sino también un sinnúmero de características anímicas, impulsos y tendencias, antecedentes raciales, el tiempo transcurrido y todo el conjunto de particularidades que nos constituyen tanto en un momento particular como en una época determinada.

En términos de tendencia energética, el cuerpo se muestra en el Signo Ascendente, que es la primera Casa astrológica o Casa del yo en cuanto recién nacido, en cuanto producto de ese cruce extraordinario entre la mera posibilidad y el instante en el que aparecemos como un cuerpo físicamente independiente de la madre que nos concibió. Si esa primera Casa cae en un signo de tierra, nuestra tendencia energética será predominantemente perceptiva; si cae en un signo de agua, la tendencia energética será reservada y emotiva, y así sucesivamente. La Casa I, por analogía con el primer signo zodiacal de Aries, representa al recién nacido del zodíaco, el primer impulso por existir que se expresa en ese cuerpo que en medio de adultos y gemidos, representa el primer acto, casi totalmente pasivo (e incluso resistido), de individualidad. En este momento no tenemos más lenguaje que el cuerpo, y apenas aparecemos ante los espectadores como poco más que un conjunto de imperiosas necesidades fisiológicas.

De modo análogo, la recepción del mundo ante nuestra llegada se inscribe en ese mismo cuerpo, ya que no contamos con más elementos de registro. Quien registra, en la carta natal, es la Luna, nuestra mater, nuestra materia más básica. Desde las contracciones del parto, el apremio hormonal, muscular y anímico por darnos a luz hasta los primeros cuidados, la luminosidad, los ruidos y la temperatura del ambiente que nos recibe, y todo el entorno de las primeras semanas y meses de vida, quedan inscritos en la pequeña estructura de un modo que podríamos resumir en ambiente amigable o ambiente hostil. Eso determina en alto grado el estado de relajación del recipiente que nos porta o sus eventuales zonas contraídas o a la defensiva, que de no mediar eventos que los contrarresten, quedarán inscritos reproduciéndose constantemente ante cualquier evento que aunque sea lejanamente parezca similar al de nuestras primeras semanas de vida. Los especialistas han establecido que todas las tendencias psicológicas están ya configuradas antes de los dos años de vida, siendo su punto de partida, la vida intrauterina y el evento natal.

El recién nacido no elucubra ni especula ni racionaliza ni menos comprende las explicaciones, constituido como está tal como una unidad compacta sólo capaz de diferenciar entre amigable y hostil. Sin embargo, no estamos hablando de un cuerpo sólo físico, sino de una falta de diferenciación inicial que origina sólo dos tipos de interpretación a los estímulos diversos de la realidad que lo rodea: placer o displacer. Es un ser humano completo pero aún inmaduro y poco diferenciado, en el que predomina el centro instintivo como mecanismo de reacción e intercambio con el entorno. Los centros emocional e intelectual son aún embrionarios. Hay emotividad, pero ésta se encuentra asociada a la supervivencia, y por lo tanto se trata de una emotividad instintiva. Podría discutirse si el afecto constituye, en esta etapa inicial, una necesidad fisiológica, pero, como sea que se argumente a favor o en contra, el afecto del ambiente proporciona seguridad y tranquilidad a esa criatura aún tan vulnerable, dándole un nicho propicio a su madurez y desarrollo armónicos.

ElCuerpoFisico02Por el contrario, un entorno adverso, poblado de agresividad, carente de cuidados, o en soledad, condicionará una actitud defensiva del niño, que se expresará en focos de contracción en algunas partes de su cuerpo. Porque, repetimos, el recién nacido es predominantemente instintivo, y por tanto muy sensible a todo aquello que amenace su supervivencia, sin diferenciación entre lo que amenaza su vida física o psicológica. Esta interacción entre el entorno del primer período sobre una vida humana que recién comienza determina en forma fundamental aquello que llamamos la psiquis del individuo, condicionando todas sus reacciones en el futuro.

Cuando decimos reacciones nos referimos a las respuestas automáticas, y por lo tanto inconscientes. Todas estas respuestas se forman antes de que el individuo tenga lenguaje, y se constituyen en verdaderos mecanismos autónomos inscritos en el cuerpo: los engramas. De tal modo, cada vez que sucede algo que remotamente se asocia a la sensación de placer o de amenaza que se experimentó en la primera infancia, surgirá automáticamente una respuesta similar de placer o displacer, lo que, en el individuo adulto reflexivo, puede resultar sorpresivo o asombroso, y hacerle sentir que no se reconoce, al notar que la reacción es desproporcionada al estímulo o que verdaderamente no se ajusta al momento presente. Un engrama es un núcleo de memoria asociativa en el cuerpo vital que funciona automáticamente generando respuestas estereotipadas cada vez que se roza. Estas respuestas, repetidas a lo largo de los años, configuran las actitudes, formas fijas de enfrentar situaciones diversas.

ElCuerpoFisico03
En la astrología, estos son los conceptos contenidos en la Luna astrológica (ver La Luna en la Astrología, en la sección Astrología de la Revista Alcione). Todos tenemos una Luna astrológica, una forma de reaccionar automática, lo que lleva a la siguiente interrogante: Porque tiendo a reaccionar así es que tengo esa Luna (en Acuario, en Tauro, etc.) o reacciono así porque tengo esa Luna? Aquí podría discutirse ampliamente el punto, pero desde luego que la respuesta será diferente, o más o menos convincente, para aquellos que consideren la continuidad de la vida, encarnación tras encarnación, respecto de quienes rechazan esta idea. Porque para aquellos que suscriben la vida como continua a lo largo de múltiples encarnaciones, la Luna astrológica es también el pasado, es decir, una forma de reaccionar que traemos y que atraerá cierto tipo de experiencias de modo de actualizarlas para si tenemos éxito – trascenderlas. Para quienes la muerte es el fin de una única posibilidad, la Luna astrológica es también el pasado pero reducido sólo a la encarnación presente, al ser la primera impronta natal.

En la visión evolutiva, lo lunar es lo que debe ser trascendido en cuanto reacción inconsciente para hacer crecer el polo consciente en la manifestación. Todo aquello oculto, mecánico, automático, inconsciente, es lo que se debe observar, conocer, integrar y hacer consciente para incremento del polo solar. La reacción automática es contraria a la consciencia, a la libertad, a la capacidad de escoger, al libre albedrío. Y evidentemente, es contraria también al tiempo presente, al momento real que estamos viviendo, que no es idéntico a lo que ocurrió cuando éramos incapaces de comprender y asimilar una situación y por lo tanto sólo pudimos reaccionar con una contracción. La reacción automática, tal como la Luna inicial, es el pasado, la inercia, el no estar ahí para evaluar objetivamente la situación presente. Y eso es propio de lo instintivo, no de lo consciente. Es la única posibilidad para el recién nacido, pero puede y debe quedar atrás en el adulto que busca progresar en su crecimiento y alcanzar una madurez psicológica.

En suma, la Luna astrológica muestra la forma de reaccionar, la que, como toda reacción se basa en un instinto o en un aprendizaje previo, determinando así las emociones de las que somos presa. Por tanto, las emociones, como manifestación de los engramas, son inconscientes, corresponden a un pasado que ya no está, y reflejan una contracción que produce distancia con el presente, o con el otro; por su misma naturaleza, son repetitivas, persistiendo en el tiempo cada vez que se presente un estímulo similar, determinando actitudes. Es decir, son el polo emotivo opuesto de los sentimientos, que son conscientes, diversos y acordes a la realidad presente.

Así pues, podemos hacer la analogía de lo lunar en la carta natal con el sistema nervioso autónomo en la fisiología humana, el que también funciona por debajo del nivel de nuestra consciencia determinando respuestas automáticas de huida, sudoración, motilidad intestinal, cambios en el ritmo respiratorio y cardíaco, acidez gástrica, variaciones en la temperatura corporal, etc., etc. Una parte voluntaria de nosotros quiere hacer algo, saludar a una persona conocida que ve desde la acera de enfrente, emitir una opinión en público, expresar un sentimiento, pero el cuerpo se resiste, le burbujea el estómago, le da taquicardia, tartamudea, no puede, o lo logra con mucha dificultad. Es decir, un sistema fisiológico que funciona en forma paralela e independiente de nuestra decisión, voluntad o deseos, dificultándonos o incluso impidiendo que logremos nuestros objetivos.

El Karma en las Relaciones Interpersonales

El Karma en las Relaciones Interpersonales

Qué es una relación? Qué experimentan los individuos en una relación? Qué hace que las relaciones empiecen o terminen? Se trata de preguntas que se hace la gente a medida que buscan mejores formas de hallar la integración con los demás. Algunas implicaciones son kármicas, otras no lo son. A veces observamos relaciones en las que la carga de la responsabilidad parece recaer sobre una sola persona. En otros casos observamos un aire de misterio en la forma en que las personas reaccionan entre sí dentro de una relación un misterio difícil de comprender.

La naturaleza de una relación puede abarcar numerosos niveles, algunos conscientes y otros subliminales. Las motivaciones ocultas y las lecciones kármicas se esconden a menudo justo por debajo del límite de la consciencia. Como consecuencia de ello, los dos miembros de la pareja se pasan mucho tiempo haciendo un gran esfuerzo por suavizar esos puntos ásperos que no siempre son tan evidentes. Cada individuo posee una personalidad con numerosas facetas que se mezclan con las del otro y que, en último término, son las que definen la relación total.

La gente se entiende fácilmente entre sí en algunos aspectos, mientras que experimentan grandes dificultades en otros. A veces las zonas difíciles pueden ser pasadas por alto y aun superadas si la calidad intrínseca de la relación total es gratificante.

Podemos arreglárnoslas con lo que sabemos, pero no hay forma de comprender lo que no sabemos. El que una relación funcione o no con suavidad no es tan importante como la comprensión de las energías constructivas de que se dispone. Los aspectos astrológicos simbolizan el flujo y reflujo de las corrientes que se mueven entre los individuos. Podemos ver como el río de la comprensión se abre camino hacia la iluminación, y podemos ver los escondrijos, las grietas y los recovecos oscuros que debemos investigar para obtener lo máximo de nuestras relaciones.

Es importante aceptar el hecho de que no todas las relaciones funcionan. Sin embargo, todas ellas existen por alguna razón, y cuando comprendemos mejor porque existe una relación, tanto mejor podemos comprendernos a nosotros mismos. Algunas relaciones parecen ser kármicas por naturaleza, otras, en cambio, son más bien físicas o emocionales. A medida que estudiamos los diversos aspectos existentes entre las cartas de dos personas, el avance y el retroceso de la marea del amor revelan hasta que punto nuestras ataduras emocionales son en realidad espejos de nuestra consciencia en formación.

Todas las relaciones contienen oportunidades para el crecimiento personal. Ellas nos aportan obstáculos y recompensas, nos hacen descender a lo más hondo y ascender a la cumbre, nos permiten la experiencia participativa personal que nos muestra qué hacemos realmente con nuestra filosofía de la vida cuando tenemos que poner en práctica lo que pensamos. Cuando el karma está implicado tendemos a experimentar una falta de control sobre las circunstancias y acontecimientos que suceden, así como sobre la forma de reaccionar ante tales acontecimientos. En esos casos, la persona puede verse a sí misma que está actuando fuera de control cuando experimenta y corrige ciertas cualidades de la vida pasada relacionadas con una personalidad con la que ya no está conscientemente familiarizado. Kármicamente. esas cualidades tienen que evolucionar si es que el individuo quiere crecer y estar más en contacto con su vida actual. La relación kármica adopta más el tono de cada individuo, quitando el velo de las ilusiones del otro.

A través de ese proceso se alcanza una nueva consciencia y, a medida que se alivia la carga del peso kármico, se puede experimentar una sensación de ligereza y libertad. Resulta interesante observar que el modelo kármico sólo puede ser comprendido con claridad después de haber aprendido una lección. Un individuo puede esforzarse por mantener una relación difícil durante meses o años, sin llegar a darse cuenta del sentido de su esfuerzo. La carga kármica sólo se disuelve después de que la dificultad haya salido a la luz y haya sido resuelta. La recompensa de esa dura tarea es la comprensión, que llega cuando cobramos consciencia del vínculo interconectado existente entre los residuos de la vida pasada y el ahora.

El karma tiende a expresarse por medio de una serie de experiencias similares que se manifiestan a lo largo de un período de años. Cuando iniciamos una relación, a menudo lo hacemos porque inconscientemente vemos en el otro individuo algo que puede ayudarnos a resolver un problema kármico. En otras palabras. atraemos a quien necesitamos en un momento dado de nuestra vida, cuando estamos preparados para comprender. Así, el antiguo proverbio que dice: Cuando el alumno está preparado, el maestro aparece es verdaderamente el tono característico del por qué y cómo se producen las relaciones kármicas.

Una flor florece cuando está pronta para hacerlo. Los pétalos se abren en la estación adecuada, revelando el gran misterio del florecimiento. El milagro del nacimiento de todo ser tiene lugar después de meses de preparación. De modo similar, las revelaciones que surgen de la comprensión kármica también tienen un período de gestación. Habitualmente, no estamos preparados para resolver lecciones kármicas; solemos encontrarnos en la fase de acumular información. A veces este proceso de información nos hace pasar por años en los que experimentamos un compromiso tras otro ya que estas relaciones de crecimiento personal, temporales o intermedias, nos proporcionan la comprensión básica que allana el camino para la futura resolución de modelos kármicos. Al igual que sucede con el embrión en la matriz, estas relaciones cortas representan el fundamento sobre el cual se construyen los peldaños de la escalera de la evolución por la que subimos en busca de una vida mejor.

A diferencia de la relación kármica, las lecciones que podemos aprender no aparecen en orden secuencial, pero representan partes de un rompecabezas cuya forma no está definida aún. A menudo, cuando se soluciona una dificultad u obstáculo aparece otro. Se puede aprender una lección y entonces descubrimos que eso apenas ayuda a mejorar la relación total. Esta clase de experiencia se produce cuando no podemos relacionarnos con otro porque todavía no nos hemos enfrentado con la verdad de nosotros mismos. La resolución de estos problemas de relación mediante el dominio de los obstáculos nos ayuda a prepararnos para aceptar las comprensiones kármicas que aparecerán después.

Todas las relaciones contienen un potencial para el crecimiento espiritual. Esté o no involucrado el karma, en medio de miriadas de roles sutiles y de intercambios de identidad, toda persona tiene siempre la oportunidad de experimentar una relación espiritual. La corriente de la vida puede dar muchas vueltas, pero siempre está fluyendo. En algunos lugares, el agua es profunda, en otros, superficial. A veces el agua está turbia, pero otras veces su claridad es como la profundidad del alma pura. Mientras nutre el suelo. el agua no piensa en lo que puede ganar o perder, simplemente está ahí.

Si podemos aprender a ayudarnos unos a otros, en lugar de aferrarnos a nosotros mismos, incluso los aspectos más difíciles simbolizados en un horóscopo se convierten en parte del constante fluir de la corriente de la vida. Podemos aprovechar el karma, en lugar de dejarnos hundir por él. Las cargas, responsabilidades y obstáculos con que nos enfrentamos pueden, en último término, convertirse en el apoyo capaz de fortalecer un carácter en crecimiento permanente. A medida que el río de la vida cambia de dirección, también lo hace el karma; nunca lucha contra la corriente, sino que siempre fluye con ella hacia su destino final.

Los aspectos formados entre dos cartas natales muestran la forma en que las personas aprenden unas de otras, a medida que una ayuda a la otra a comprender sus lecciones kármicas. En el proceso de la vida pasamos por una interminable experiencia de aprendizaje. Cada vez que nuestro inconsciente está elaborando algo, atrae a nuestras vidas a las personas que tienen en sí mismas los fragmentos de las respuestas que andamos buscando.

Cuando se forma una verdadera relación, las lecciones a aprender son mayores y requieren un período de tiempo más largo y un contacto más íntimo. Habitualmente hay muchas lecciones que aprender y a muchos niveles. La dualidad de la mente se armoniza por medio de la controversia. Los sentimientos entremezclados se confrontan y, como resultado de ello, cada individuo crece más en contacto consigo mismo. Salen a la luz cuestiones de importancia espiritual, opiniones sobre el lugar que uno ocupa en el mundo y las batallas que se libran en el ego. La sexualidad se comprende en niveles más profundos. La totalidad de uno mismo se pone a prueba en el sentido de cuánto puede expandirse y crecer manteniendo al mismo tiempo un mínimo de armonía consigo mismo y con el universo en el que se buscan los puntos de referencia.

Debemos comprender que la evolución se produce por medio de la fricción. Las críticas, los altercados, las diferencias de opiniones e ideas son los catalizadores. La esencia de la armonía no significa que hayamos alcanzado el feliz ideal de imaginarnos existir en una relación perfecta. La felicidad no es igual que el crecimiento. Surge en momentos determinados, como resultado del esfuerzo. La armonía puede existir con la fricción necesaria para el desarrollo, pues las personas pueden no estar de acuerdo, pueden criticarse mutuamente y seguir experimentando un flujo general armonioso en niveles mayores que invaliden las correcciones momentáneas.

El conflicto es a menudo la fuente de la iluminación, aunque la existencia de demasiado conflicto puede violentar la armonía. Cuando vemos las formas en que las posiciones planetarias de una carta astral afectan las posiciones de la otra carta astral, debemos encontrar la fina línea que divide la fricción y las diferencias necesarias para el crecimiento, así como la clase de conflicto que, en último término, puede destruir una relación incompatible.

Es importante darnos cuenta de que la configuración biológica, psicológica y sociológica de la mujer es distinta a la del hombre. Los aspectos astrológicos pueden tener un significado para un sexo y uno completamente distinto para el otro. El astrólogo nunca toma una decisión final sobre si una relación puede funcionar o no. Eso siempre depende de la elección de los individuos. Es mucho más importante señalar las formas en que una relación determinada contribuirá al despliegue armonioso de cada persona, así como las formas en que puede ser destructiva. La síntesis mostrará una fuerte inclinación en una u otra dirección.

Sin embargo, la cuestión de si se debe o no continuar una relación no se puede contestar sin preguntarse: Qué papel juega esta relación en el plano transpersonal ? Ayuda al individuo a seguir su camino? A veces debemos experimentar relaciones aparentemente incompatibles porque debemos aprender algo importante. En los niveles profundos puede haber compatibilidad porque necesitamos crecer dentro de la unicidad, en armonía con la intención universal. Una vez comprendido esto, veremos que lo que parece ser un aspecto perjudicial puede ser interpretado como el herbicida sin el cual no podría crecer el jardín del amor. El concepto estereotipado de malos aspectos no proviene del sentido de bienestar propio. En lugar de eso, simboliza los desafíos y pruebas por que tenemos que pasar para crecer en armonía con nosotros mismos y con nuestro propósito transpersonal cuando pasamos por la experiencia.

Amor: el ideal compatible

relacioneskarmicas
 

Uno de los mayores misterios de la vida es la experiencia de amar a otra persona. Desde siempre, se ha tratado de definir y comprender las profundidades de la simplicidad del amor. Conocemos el amor íntimo de una persona por otra,. Experimentamos un amor por la naturaleza. Nos encariñamos con las cosas materiales. Sentimos amor por la familia y los hijos. Nos hemos visto envueltos en el amor por Dios y la vida misma. Todas estas son distintas formas de amor y, sin embargo, todas ellas son lo mismo de un modo sutil e intangible. Un hilo de continuidad une todas las formas de amor, de modo que la diferencia se basa más en el objeto amado y en la calidad del amor mismo que en la esencia básica, Sabemos que cuando una persona siente amor por otra es capaz de sentir amor por otras cosas en el universo, ya que el centro del amor (el Anahata) se halla abierto. Cuando un individuo siente un gran amor por la vida, es capaz de amar todas las cosas Pues amar algo es el fundamento para amarlo todo !

El Sol: Mito y Símbolo

El Sol: Mito y Símbolo


El Sol es la evidencia más grande, radiante, directa y cotidiana que podemos tener todos los habitantes terrestres acerca de la vida y de su origen en el planeta. Esto ha sido así desde los más lejanos orígenes conocidos. Considerado legítimamente como un dios por los pueblos originarios, para quienes todo dependía en términos de vida o muerte – de la presencia o eventual ausencia del dios. En la vida de los hombres más primitivos, los recolectores nómades, todo es inmediatez, no se puede preservar la comida, aún no existen las cosechas pues no hay desarrollo agrícola, y todo depende de la presencia inmediata del gran astro. Así pues, es el hombre el que se mueve, tal como las manadas animales, hacia aquellos lugares donde el Sol y el agua dulce podían asegurar la existencia de vida y de alimento. La observación prolongada de los cambios cíclicos pero constantes en la luminosidad solar a través de largos períodos, fue probablemente lo que permitió a nuestros ancestros arriesgarse a esperar en un lugar fijo el retorno de la primavera y el verano, y con ello el brote de la vegetación y la maduración de los frutos. Rápido de decir, pero un inmenso cambio cultural y de las costumbres para la especie. Empiezan así los pueblos agrícolas, en su gran mayoría sedentarios.

Dice el Génesis que los astros fueron creados al tercer día. E hizo Dios los luminares grandes: el luminar grande para que señorease en el día, y el luminar pequeño para que señorease en la noche, y las estrellas. Y púsolos Dios en el extendimiento de los cielos, para alumbrar sobre la tierra

El firmamento está sembrado de estrellas, y una inmensa mayoría de ellas es de mucha mayor magnitud que la de nuestro Sol local. Sin embargo, nuestro pequeño Sol es la única estrella visible que, para nuestra humana visión, emite una luz continua, a diferencia de las otras, discretas y titilantes. Para nuestra pléyade planetaria entonces, el Sol es la continuidad y la permanencia, la certeza, la sobrevivencia, la constante presencia.

El Sol permanece en el lenguaje cotidiano como sinónimo de luz, de irradiación, de vida, de calor, de centro vital de todas las cosas. Eres un sol, decimos a alguien que nos llena de vida, de alegría, de calor, o que parezca impregnar con su vitalidad a todo su entorno. En la Astrología, el Sol como cuerpo celeste es el centro luminoso de consciencia alrededor del cual giran todos los demás aspectos de la carta natal, que vienen a ser facetas parciales o cualidades específicas de ese todo que puede resumirse en el Sol, que es el verdadero héroe nuestra consciencia – que viaja desde el alba hasta el ocaso de nuestra vida, capitalizando la esencia de todos los fragmentos: actividades, pensamientos, sentimientos, sueños, anhelos, emociones, experiencias diversas. Al final de la vida, el Sol es la síntesis; al cabo de todo el trayecto, es el punto donde todo se sume y resume.

Como astro celeste rige el signo de Leo, reconocido como aquel que hace girar las cosas en torno de su persona, retribuyendo a cambio con una vitalidad y creatividad constante a su entorno. Los nativos de Leo y la parte leonina de cualquiera de nosotros – pueden ser extraordinariamente expresivos y creadores durante toda su vida, y mantener hasta el fin de su existencia un espíritu juguetón capaz de ver las cosas como la vez primera, encontrando siempre nuevas formas de disponerlas, representarlas, revitalizarlas o acercarse a ellas, en una generación constante de nuevas vidas u obras.

En el cuerpo humano, el Sol rige el corazón, órgano central de nuestra vida encarnada, aquel que nos individualiza como ningún otro órgano corporal. La mente puede estar poblada de ideas ajenas, de principios aprendidos, de obsesiones, de temores reales o imaginarios, pero lo que sentimos en el corazón es lo que es, no se puede falsear, aunque se pueda negar o reprimir. El corazón tiene razones que la razón desconoce (Blas Pascal).

La mente puede enfermar o morir y aún así la vida puede seguir. Cuando el corazón muere, la vida encarnada simplemente acaba. Sincronísticamente, los cardiólogos han declarado a Agosto el mes del corazón, y Agosto es el mes del Signo Solar de Leo.



Por más o menos identificados que nos encontremos con nuestra mente, con nuestra cabeza como el centro directriz de nuestra vida, como el punto más elevado y gobernador de todo aquello que nos parezca jerárquicamente inferior, cuando hablamos de nosotros mismos y decimos yo, uno de nuestros dedos, o la mano completa, tocan el pecho, la residencia del corazón. El corazón, el cor, es, etimológicamente, la cuerda que enhebra la esencia de nuestras experiencias desde los más remotos tiempos, como las cuentas de un collar. En el corazón, simbólicamente, se almacena la suma de lo vivido, que es indestructible.

El corazón, tal como el Sol, llena de vida y calor al cuerpo completo, irradiando en todas direcciones; el corazón es el centro de nuestra vida, bombea tanto la sangre como el sentir a todo el organismo; de modo análogo, el dedo del corazón es también el dedo medio de la mano. Por extensión, el centro, el medio de cualquier cuerpo, objeto, ciudad, organización o grupo, es considerado el corazón, como el centro medular alrededor del cual los demás niveles se organizan o subordinan, ya se trate del pedestre corazón de la sandía, de la plaza de armas del pueblo o del corazón espiritual del mundo.

En la Mitología grecorromana, más de una figura se asocia al astro celeste. Por una parte, el propio Sol griego, Helios, hermano de la Aurora y de la Luna (Eos y Selene), quien recorre todo el cielo, en su carro de fuego tirado por cuatro caballos, de oriente a occidente hasta llegar al mar, donde se bañan las cabalgaduras luego de la jornada. Por la noche vuelve al punto de partida a bordo de una barca que cruza los mares nocturnos.

El Sol se representa también en el mucho más reconocido dios Apolo, hijo de Júpiter, el más hermoso de los dioses y protector de las Artes, las Letras y la Medicina. Patrono de la belleza, el equilibrio y la armonía. Inspiración de los creadores, inteligente, poderoso y temible, es considerado también un dios oracular y guía de la purificación de los cuerpos y de las almas. Dios del calor y del verano, su influjo hace germinar a la naturaleza y madurar a los frutos.

Tal como la polaridad celeste de Sol y Luna, Apolo tenía una hermana gemela complementaria, Artemisa. Luego de algunas malas conductas que lo llevaron a enemistarse con su grandioso padre, y numerosas aventuras, finalmente fue perdonado por aquel, quien le asignó la importante misión de conducir el Carro del Sol, diariamente, desde la Aurora hasta el Ocaso en el mar. Apolo tuvo numerosas aventuras amorosas, masculinas y femeninas, algunas de ellas bastante desdichadas por no ser correspondido. Por haberse burlado en una ocasión de Cupido, éste se vengó provocando en Apolo un amor irrefrenable por la ninfa Dafne, y en ésta, un total desdén por el dios. Huyendo de su pasión desbordante y a punto de ser alcanzada, suplica Dafne por ayuda, siendo convertida en el perennemente verde árbol del laurel.

Desde entonces el laurel fue el árbol predilecto de Apolo y con sus hojas coronó a los victoriosos, a los grandes creadores y artistas, a los emperadores, a todos aquellos que constituyen la élite de la sociedad en cualquier plano, y que como tales se convierten en motivo de admiración e inspiración para sus conciudadanos, en modelos a seguir, en pequeños soles en medio de la población. La corona de laurel pasó a ser sinónimo del reconocimiento de la excelencia de las creaciones o actos admirables, de la sabiduría o el heroísmo, y de la gloriosa inmortalidad adquirida por aquellos. De esta forma el galardonado adquiría algunas de las cualidades de su dios tutelar. Las hojas de laurel eran también la base del estado de trance que requería la pitonisa y demás augures para invocar al dios y recibir las respuestas para quienes los consultaban, y además se le atribuía el poder de ahuyentar el mal y la oscuridad. Al ser el laurel el árbol sagrado de Apolo, el contacto con la planta, ya fuera como corona, masticando sus hojas o quemándolas en el brasero, suponía la protección e inspiración directa del dios, e incluso el traspaso de algunos de sus divinos atributos.

Interpretado desde la psicología moderna, podría considerarse que Apolo es un símbolo de la consciencia, tal como el mismo Sol. Pero este dios no es el Sol, sino su auriga; es el portador de luz, y no la luz misma. El templo de Delfos, dedicado a Apolo e inspirado en su figura, tenía la inscripción Conócete a ti mismo, y supone que la influencia del dios ayudaba a través de la Pitonisa – a encender la luz de la consciencia interior del consultante y disipar la oscuridad. Lo que permanece oculto o velado no puede ser superado ni menos sanar. Debemos notar que Apolo no habla directamente al consultante, lo hace a través de un intermediario o augur, y no necesariamente con palabras explícitas o directas. Su inspiración busca que cada persona afirme un centro estable dentro de sí misma, un sentido propio que se auto sostenga sin depender de los demás. El Sol de cada uno debe independizarse de la opinión ajena y brillar en forma independiente.


En el Tarot, el Arcano del Sol, el número XIX, alcanza similares significados. La imagen muestra un enorme sol irradiando luz y calor (rayos dorados y rojos), arriba, y bajo él, una pareja de niños en un entorno campestre. La escena habla de vitalidad, calor, alegría, vida renovada. Los niños muestran la vida nueva, alegre, juguetona, plena de espíritu lúdicro y capacidad creativa, como si las cualidades solares se traspasaran directamente a sus personitas transformándolos en pequeños magos, al mismo estilo apolíneo. Pero no es éste uno del los primeros arcanos, sino que el antepenúltimo, lo que suscita la analogía de que no se trata de la inocencia de la primera infancia, sino la recobrada o la renacida luego de una serie de experiencias diversas por toda la gama humana posible.

La sentencia de Jesús Os aseguro que si no os hacéis como niños, no entraréis al reino de los cielos, sugiere que no se trata de permanecer en un estado cándidamente infantil al estilo del síndrome de Peter Pan, sino de recuperar la pureza y transparencia infantil, luego de la serie previa de Arcanos: la lucha, la decepción, los primeros logros, la fascinación, la búsqueda, la muerte del pasado, la transformación. El arcano El Sol sucede al Arcano XVIII, La Luna, y todos sus miedos inconscientes asociados. Retorna pues en el Sol la capacidad de gozar en el presente, de experimentar en forma natural y alegre, espontánea, sin considerar consecuencias o esperar otro beneficio que el goce mismo en el momento. Bajo el Sol todo puede ser posible, divertido, creativo, sin necesidad de que sea útil, perdurable o continuo. Se re-descubre aquí un nuevo valor en la vida, con ojos nuevos y maravillados. Porque el Sol es alegría de vivir, gozo y espontaneidad, y no puede reprimir su irradiación, independientemente de los efectos que produzca o las consecuencias que eso traiga. El Sol es el presente, lo que sucede en y por su presencia sucede ahora. Tal como dijéramos para el corazón, que siente lo que siente sin que se pueda falsear. El corazón no puede sentir a futuro, a diferencia de la mente, capaz de proyectar desde el presente a cualquier distancia por venir.

En un sentido adivinatorio, la influencia benéfica del Arcano del Sol del Tarot puede indicar la genialidad del consultante, aquello en lo que es único y talentoso, y también los logros, la alegría, la paz, la lucidez, la abundancia, el éxito. Pero así como en la carta astral el Sol es el yo, según el diámetro del círculo que ese yo suscriba también puede considerarse su lado negativo, el de un Sol sobredimensionado, es decir, un gran ego. El punto central es interdependiente con el círculo, es decir, con aquello que lo rodea. No tiene sentido un Sol, ni un Leo, sin un sistema girando a su alrededor, de tal modo que, en su aspecto negativo, el Sol puede convertirse en un déspota, en un tirano, en un destructor, distorsionando sus poderes creativos y vivificadores en elementos de control o posesión de su entorno, de la misma forma como el Sol estelar podría calcinar la vida terrestre en un abrir y cerrar de ojos. De su exceso viene la destrucción. Los símbolos a menudo presentan este carácter ambivalente, presente también en el símbolo solar: quien da la vida, paternalmente, es también quien la puede quitar.

Psicología & Astrología

Psicología & Astrología

Para captar el verdadero significado de la alquimia y la astrología, es necesario tener una concepción clara de la identidad y relación interior del microcosmos y el macrocosmos, y de la interacción entre éstos. Todas las fuerzas del universo están potencialmente presentes en el hombre y en su cuerpo, y los órganos humanos no son más que los productos y representantes de las potencias de la naturaleza.

PARACELSO



Un enfoque psicológico
La astrología ha sido uno de los primeros intentos humanos de encontrar el orden oculto tras la confusión y el caos aparente que existía en el mundo. La raza humana aprendió a relacionar las experiencias de la vida con el esquema ordenado revelado por las rotaciones celestes. De este modo, la astrología se convirtió en un lenguaje simbólico con vitalidad suficiente para sobrevivir hasta nuestros tiempos; con la flexibilidad necesaria para desarrollarse con la propia raza humana. Su marco de referencia antiguo parece concordar maravillosamente con los modernos conceptos psicológicos, especialmente con los utilizados en las teorías de un psiquiatra eminente, el profesor Jung. Gracias a sus percepciones, y a las de sus numerosos seguidores, es posible dar una interpretación puesta al día de una gran parte del contenido de los símbolos astrológicos; tanto más cuanto que las intuiciones y los descubrimientos junguianos retroceden a las experiencias originales de la humanidad, encerradas por numerosas culturas en sus escrituras, tradiciones, mitologías y cuentos de hadas.

Una y otra vez, determinados motivos parecen tener predominancia en las leyendas e historias infantiles de la literatura mundial. Esos motivos parecen ser casi universales, y se encuentran a menudo, incluso hoy, en las fantasías y los sueños, en las alucinaciones de los pacientes enfebrecidos y en las ilusiones de las personas mentalmente perturbadas. Carl Jung ha buscado entre éstos y otros muchos fenómenos los materiales con los que construir un modelo de trabajo de la psique humana, y de este modo ha trazado importantísimas distinciones entre la consciencia personal, el inconsciente personal y el inconsciente colectivo. El consciente y el inconsciente son dos esferas complementarias que muestran características opuestas. Por así decirlo, se equilibran una a otra. Pero las opiniones de Jung sobre el inconsciente eran totalmente distintas de las de su maestro Sigmund Freud. Desde el punto de vista de Freud, la mente inconsciente es aquello donde se almacena el material reprimido por el individuo, y dio el nombre de preconsciente a la capa de la mente de la que tenemos un recuerdo instantáneo. El término inconsciente personal de Jung cubre esencialmente los dos conceptos anteriores de Freud; su preconsciente y su inconsciente.

Jung introdujo además una expresión nueva, inconsciente colectivo para denotar un compartimiento de la psique cuyos contenidos no son específicos de nuestros egos individuales, ni el resultado de la experiencia personal, sino que derivan de la estructura heredada del cerebro y del potencial heredado del funcionamiento psíquico en general. Tal como está concebido, el inconsciente colectivo incorpora todos los tipos de reacción psíquica y todas las experiencias humanas desde el principio mismo de la humanidad. Esa es la razón de que se utilice la palabra colectivo. Se presupone que todos formamos parte unos de otros y que compartimos esta mente inconsciente con los demás hombres. Dentro del inconsciente colectivo está el origen de esos motivos que todo el mundo tiene en común, motivos que pueden jugar también un importante papel en la psique individual. Jung explica, en un análisis detallado del inconsciente colectivo, cómo tiene lugar ese proceso.



Arquetipo e Inconsciente Colectivo
Del mismo modo que heredamos nuestras características físicas de nuestros padres y antepasados, heredamos también arquetipos en cuanto material del inconsciente colectivo; se trata de una herencia que compartimos con el resto de la humanidad. Se ha discutido mucho sobre el significado de la palabra arquetipo, pues en sus rasgos principales no se ha captado todavía su auténtico significado. El propio Jung ofrece la siguiente definición:

El arquetipo es un elemento formal, vacío en sí mismo, que no es otra cosa que una facultas praeformandi, una posibilidad a priori de la forma en que aparece la idea. Lo que heredamos no son nuestras ideas, sino simplemente sus formas, las cuales, a este respecto, son los equivalentes exactos de los instintos, también formalmente determinados. Por eso los arquetipos, lo mismo que los instintos, no pueden mostrarse como presentes hasta que se manifiestan de modo concreto.

Hemos visto que el inconsciente colectivo, como depositario de todos los arquetipos, contiene todas las experiencias humanas desde los primeros días de la humanidad. No es, a buen seguro, un almacén de material muerto; todo lo contrario. Constituye la matriz de nuestra conducta y reacciones. Sin embargo, por lo que se refiere al origen de los arquetipos nos hallamos todavía en la oscuridad; su naturaleza sigue siendo inescrutable. Sólo podemos conocerlos cuando se manifiestan como imágenes en nuestra psique, pero no debemos cometer el error de pensar que esas imágenes son los propios arquetipos. Resulta difícil estructurar una definición precisa del concepto arquetipo porque, además de un contenido consciente tiene otro inconsciente que no es fácil de describir con palabras. En el mejor de los casos, un arquetipo se puede comparar con una idea raíz o una idea desencarnada que existía ya antes de haber sido revestida con una forma material; es lo mismo que decir que el potencial de formación de cristales está ya presente en una solución química antes del inicio de la cristalización. Deducimos que el potencial está allí, pero sólo lo reconocemos por su expresión en una forma material. Lo mismo sucede con los arquetipos. La forma está ahí potencialmente, antes de que el contenido psíquico se forme en pensamientos o imágenes mentales. En el sentido más profundo, un arquetipo es incambiable, sin embargo, se puede revelar de incontables modos.

Los arquetipos rigen los principios en la parte oculta de la psique humana; son campos y centros de fuerza que sirven para controlar los elementos que se sumergen en el inconsciente. Su actividad está fuera de nuestro campo consciente, pero ejerce un gran efecto sobre lo que hacemos o dejamos de hacer. Como dice Jolande Jacobi: Ciertamente, hasta ahora todas las expresiones de la vida, en cuanto que pertenecen a un tipo humano general, descansan sobre un fundamento arquetípico, con independencia que se manifiesten en un nivel biológico, psicobiológico o mental.

Hay que trazar una distinción clara entre arquetipo en el sentido de potencialidad de tomar forma y arquetipo en el sentido de una posibilidad que ya ha tomado forma: la imagen arquetípica. La literatura suele poner de relieve a esta última. Ese ha sido uno de los numerosos motivos de confusión que complican una idea ya de por sí engañosa. Los numerosos disfraces bajo los que aparecen los arquetipos crean también dificultades, al dar la impresión de que el término arquetipo es una casilla conveniente para todo aquello que en la psique humana desafía una explicación. Dicha impresión se ve fomentada por la tendencia a etiquetar muchas ideas como arquetipos, perdiendo de vista la diferencia entre lo que Jung llama los arquetipos como tales y la imagen arquetípica. El llamado arquetipo no se refiere más que a uno de los modos de manifestación de los arquetipos como tales. Esta confusión entre la idea primaria y sus formas de expresión se encuentra también en los escritos del propio Jung. Utilizaba ya el término amplio de arquetipo en 1919, y no trazó la distinción esencial hasta 1946. En todo lo que escribió antes de sus artículos de 1946, el lector mismo tendrá que averiguar si está hablando del arquetipo como tal (es decir, el arquetipo real) o de una manifestación arquetípica (es decir, un arquetipo que se ha convertido en imagen).

Así, el arquetipo de la madre, que se almacena en el inconsciente colectivo sin ninguna forma dada, se puede revelar en el alma humana de innumerables modos. Es imposible discutir el arquetipo de la madre en toda su profundidad, pero mencionaremos aquí, a modo de ejemplo, algunas de las posibilidades de su manifestación. Uno de los principios primarios del arquetipo de la madre es la idea de lo maternal, lo que acaricia, suministra y protege. También entra en este arquetipo el crecimiento y el proporcionar forma, pues el embrión se forma en el útero y se desarrolla completamente por la madre, quien lo protege. Por tanto, cada objeto o idea que da al hombre un sentimiento de seguridad puede verse como un símbolo del arquetipo de la madre. Podemos tomar a la iglesia como un ejemplo del modo en que el arquetipo de la madre se convierte en una imagen, pues la iglesia da a los creyentes protección y seguridad espiritual. Otros ejemplos pueden ser la madre patria y la madre tierra. El sentimiento de verse abrigado por cualquier cosa en la que nos encontremos (como un niño en el útero) da a las formas huecas, como por ejemplo una cueva, el yoni (en el hinduismo designa a los genitales femeninos), o el útero mismo, la capacidad de ser un símbolo del arquetipo heredado de lo materno. Así, en los sueños, una cueva, aunque quizá pueda referirse a la madre del que sueña, también puede representar la idea de la maternidad.

Enlazada al problema de trazar una distinción entre el arquetipo mismo y su manifestación, está la cuestión de si son o no comparativamente pocos los arquetipos que sirven como origen del gran número de imágenes arquetípicas. Si no es así, nos enfrentamos probablemente a una serie interminable de arquetipos. A este respecto, ha dicho Jolande Jacobi: Cada arquetipo puede desarrollarse y diferenciarse interminablemente. Puede tener ramas como un árbol, y florecer mil veces. No parece haber respuesta a la pregunta de si hay muchos impulsos primitivos a la forma, es decir arquetipos. En un último análisis, podemos volver a las posibilidades inherentes a las experiencias fundamentales típicas. Quién sabe? Quizá puedan reducirse a una unidad consistente de dos supuestos básicos, con la luz y la oscuridad o el cielo y la tierra, a la base de la propia creación. Cuanto mayor sea la profundidad en que está en el inconsciente la capa en que se da un arquetipo, más simple será su lenguaje metafórico y más significado residirá en él esperando a ser desplegado, y por tanto resultará el arquetipo más significativo.

Los símbolos en la astrología
Cada arquetipo como tal es un símbolo potencial, lo que quiere decir que la forma que adopta al manifestarse se puede representar por un símbolo. Por ejemplo, el arquetipo de la madre puede simbolizarse como una fuente, un yoni, etc. Así, cada símbolo está determinado por un arquetipo que en sí mismo no es perceptible. Tiene que tener esta base arquetípica para calificarse como símbolo, aunque no ha de ser absolutamente idéntico al arquetipo. Cada arquetipo como tal se puede materializar en cualquier momento como un símbolo, siempre que esté presente en el inconsciente una constelación psíquica general o una situación conformable. En esencia, un arquetipo es un centro comprimido de energía psíquica, y se le une el símbolo para hacerlo visible. Teniendo esto en cuenta, Jung describió un símbolo como un aspecto y una imagen de la energía psíquica. En otras palabras, por así decirlo, el inconsciente nos proporciona formas arquetípicas vacías en sí mismas y que se hallan más allá de nuestra concepción, y entonces la mente consciente las llena con imágenes similares o relacionadas de modo que podamos captarlas.



Goethe ha dado una notable descripción de la noción de simbolismo que se aproxima bastante a esto: el simbolismo convierte un fenómeno en una idea, y una idea en una imagen, de modo tal que la idea es interminablemente activa, pero inalcanzable en la imagen. Incluso aunque se expresen en todas las lenguas, sigue siendo inexpresable. De acuerdo con C. Jung, el uso del simbolismo presupone que la expresión elegida es la mejor fórmula o designación posible para una realidad más o menos desconocida, cuya existencia es admitida, o en cualquier caso, se considera como deseable. Por una parte, el símbolo expresa el proceso psíquico interior de una forma representativa; por otra parte, cuando la imagen ha sido formada, se imprime en este proceso y hace avanzar así la corriente de acontecimientos psíquicos.

La Luna en la Astrología

La Luna en la Astrología

La Luna en la carta natal es un polo energético fundamental que simboliza el origen psicológico personal, asunto muy importante en la vida humana, si consideramos a la psiquis en un sentido junguiano, como la vida misma. En realidad, es el único de todos los planetas del zodíaco (para simplificar, a todos los llamaremos planetas aunque estrictamente el Sol y la Luna no lo sean) que sólo es importante en la Tierra, pues si viviéramos en Marte o Júpiter no tendría ninguna importancia. En nuestra psiquis, sin embargo, es al menos tan importante como su contrapartida yang, el Sol, al ser su polo frío, nocturno, yin, como la gran madre de todos los planetas. Esto es muy evidente al observar los eclipses de Sol, en los que el proporcionalmente minúsculo disco lunar oculta totalmente el majestuoso cuerpo solar, siendo capaz de dejar por algunos minutos a la Tierra a oscuras. Millones de kilómetros de distancia y millones de unidades de diferencia de tamaño producen, vistos desde la Tierra, una imagen de diámetro exacto; esto no podría haber sucedido al azar. En cuanto a sus significados, la Luna es opuesta y complementaria del Sol en cuanto ella es lo inconsciente, lo instintivo, lo receptivo, lo frío y lo oscuro.

En su nivel más básico, la Luna habla del entorno al nacer, de la actitud instintiva primordial que el recién nacido tuvo que adoptar para obtener todo lo necesario a su sobrevivencia: alimento, afecto, estímulo, protección. De esto se deduce la premisa inicial de que – dado que alguien tiene tal o cual Luna – escoge determinados padres que brindarán determinadas condiciones infantiles, determinada cualidad afectiva dominante en la familia, para imprimir la energía psicológica básica que constituirá su visión inicial de la vida.

De esta premisa inicial obtenemos la idea de que aquello que nos tocó vivir en la primera infancia era un aprendizaje necesario con el que teníamos algún grado de complicidad previo para obtener una identidad lunar que, desde nuestro enfoque de la astrología, era consecuencia de alguna encarnación anterior. La posición y relaciones de la Luna en la carta natal nos revelarán hasta qué punto tales aprendizajes infantiles fueron duros o complacientes para la consciencia del niño.

Pero tras las condiciones del entorno natal, la Luna aporta una matriz, una trama energética que constituye la energía madre para la persona, y que es la que desencadena, por así decir, esa determinada respuesta al entorno. La Luna no es la madre biológica, como muchas veces se suele creer, sino la energía más familiar para la persona, que puede ser transmitida a través de la madre o no. En general sucede que es así (revelando la relación de la madre con ese niño, y no el cómo es la madre en sí misma), porque la Luna encierra y protege, aísla, es la intimidad total con la madre, y si no logramos romper esta intimidad total, no podremos vivir el resto de la carta (el Sol, el Ascendente, etc.) más que en un nivel muy basal y automático, porque el encierro hace parecer que todas las demás energías o experiencias posibles son extrañas-a-mí.

El tema de la Luna es primordial porque determina en gran medida nuestras respuestas automáticas; en efecto, al nacer no hay consciente, somos todo Luna, todo instintividad, la identidad separada no se ha desarrollado, y aún durante el primer período, la fusión con la madre es total. No hay límites definidos, no se experimenta la sensación de yo independiente, tal como bajo la luz unificadora del astro nocturno todo se acomoda, desdibuja, acepta, funde y combina. En la noche de fiesta todos somos iguales, personajes fantasmagóricos, receptivos, fantásticos y encantadores; para la Gran Madre todos somos sus hijos queridos, ella no hace distingos y su luminosidad plateada, a diferencia de la solar, liga cosas dispares, perdona asimetrías, diluye diferencias. Así, toda experiencia del primer período de vida e incluso las de la vida intrauterina – queda profundamente grabada en la psiquis de la criatura: en toda la psiquis no hay otra cosa. De este modo, experiencias que para un adulto pueden parecer intrascendentes: como que la madre pasó el embarazo con náuseas, o que al nacer la guagua se golpeó con la camilla, o se sentía un perro ladrando furioso a lo lejos, o pasó varias hora con frío sin ser socorrido, pueden imprimir en la delicada criatura la impresión de que llega a un mundo hostil, donde hay que defenderse, o esconderse, o tratar de pasar inadvertido, o atacar antes de ser atacado, etc. Obviamente, todos los recién nacidos son igualmente vulnerables a esas vivencias.

Entonces, lo marcado a fuego en la Luna natal es cuánto le afecta, positiva o negativamente, el entorno, o la sensación básica de cómo es el mundo al que llegué, que, desde luego, en ocasiones puede ser bastante más traumático que unas horas con el pañal mojado. Y en gran medida es lo que hay que superar a lo largo de la vida para tener una visión menos parcial, subjetiva y reactiva de la realidad, pues a través de las primeras impresiones lunares se establecen respuestas instantáneas, que se pueden mantener, incluso por toda la vida, frente a situaciones que parezcan semejantes a aquella primera. En verdad, nunca lo serán, pero esto nos impide actuar con flexibilidad, discriminación, adaptación y libre fluidez de acuerdo a cada circunstancia presente. Tanto la psicoterapia habitual como los cursos de crecimiento personal – para que obtengan resultados estables, producto de una verdadera integración de la personalidad – se dirigen en primera instancia, lo sepan o no, a superar las reacciones instintivas lunares: temores, fobias, inseguridades, miedos, irritabilidad, suspicacia, agresividad, etc. Después podrá comenzar un crecimiento real.

La Luna nos habla del sitio donde está instalado nuestro sistema emocional básico, o dicho en otras palabras, de qué modo obtenemos seguridad emocional, de qué forma nos sentimos bien, protegidos, adónde está nuestro lugar de pertenencia interior, nuestro refugio, nuestra intimidad, ese lugar donde puedo ser exactamente yo sin que nadie me pregunte nada porque ahí soy conocido, ahí me entienden, ahí me siento bien conmigo mismo, aunque sea un lugar de lucha (como sería por ejemplo una Luna en Aries), de combate o de defensa, no importa, pero es lo mío, mi lugar. La Luna en estado basal es aquella forma en la que reacciono cuando me siento amenazado o inseguro, y a la que recurro para obtener seguridad. Si no lo logro, seguramente va a haber reacciones viscerales como sudoración, dolor epigástrico, náuseas, temblores, ahogos, etc. pues, orgánicamente considerado, las reacciones lunares, al estar relacionadas con el instinto de sobrevivencia al nacer (y por lo tanto con el miedo de perecer), son respuestas automáticas que dependen en gran medida del sistema nervioso autónomo o involuntario, que controla asimismo las reacciones de supervivencia biológica. Aquí se puede apreciar claramente la polaridad Sol-Luna, y así como el Sol es lo luminoso, lo que veo, mi voluntad, la Luna es la no-voluntad, lo que me arrastra como a las mareas, lo que no está bajo mi control consciente.

La cualidad basal de la Luna establece una identidad inicial instintiva que naturalmente tiende a rechazar todo lo que no esté de acuerdo con esa identidad, ya que, en principio, funciona como un mecanismo de seguridad, y al rechazar lo extraño se fortalece y autoperpetúa, evitando de paso que se expresen otras áreas de la carta. La Luna, por lo tanto, no puede crecer en sí misma, pues como mira hacia el pasado, hacia el resguardar y conservar lo que ya fue, sólo tiende a repetir esas mismas experiencias, que aunque sean dolorosas, son conocidas, y por lo tanto brindan una sensación de seguridad, aunque sea ilusoria. Esto, cuando consideramos a la Luna como mecanismo de sobrevivencia, pero tras él se esconde lo que es la verdadera cualidad de la Luna, su trama energética que, cuando deja de utilizarse como refugio, pasa a constituirse en pertenencia, en capacidad efectiva y de contacto con el entorno, la vida y los demás.

Mientras la Luna no supere el nivel de mecanismo de defensa, no hay siquiera capacidad para comprender mensajes afectivos diferentes de los de su reaccionar, y todo se interpreta en esos términos; cualquier otra energía (cualquier otra parte de su carta) le parecerá extraña, amenazante, sentirá que debe combatirla para seguir aferrado a su energía-madre-conocida que le permitió sobrevivir, y que se mantiene en forma autónoma, en un fragmento casi exclusivamente biológico de la consciencia. Incluso cuando las personas logran superar la respuesta lunar automática, e integrarla, pueden tener recaídas toda vez que las circunstancias exteriores le parezcan insoportables, cuando están bajo presión extrema, en enfermedades, durante crisis o al sentirse de cualquier modo sobrepasados por las circunstancias. Entonces, el instinto lleva a buscar nuevamente la fusión con mamá, con la energía en la que se tiene la ilusión de estar protegido. En el inconsciente persiste siempre la impronta de esa matriz imaginaria de seguridad, a la que se regresa sólo por inercia porque ya no sirve de salvación – el huevo ya se rompió – pero que se volverá a activar frente a las circunstancias extremas.

Hasta aquí pareciera que la Luna es más bien una molestia, un resabio primitivo que superar. Se puede apreciar con claridad que, desde cualquier ángulo que se mire, la Luna no-es-yo. Es el mensaje que permea mi inconsciente y que es gatillado como reacción instintiva frente a un mundo que en sus inicios me pareció de determinada manera. Este es el trabajo de la humanidad: pasar de lo lunar a lo solar, de lo oscuro a lo luminoso, de lo irreal a lo real, de lo que muere (la forma) a lo que permanece (la esencia), traspasar el plano astral de ilusión. Y ese trabajo se realiza en la consciencia individual de los habitantes, en la humanidad, para pasar de la reacción a la comprensión, de la respuesta automática al darse cuenta, y de ahí a la capacidad voluntaria solar – de hacer. Por eso la Luna es necesaria como símbolo, y porque aún aquí en la Tierra, desde el punto de vista de la astrología, una Luna trabajada permite una enorme expansión de consciencia: ella es el espejo ignorado del Sí mismo; ella ni siquiera tiene luz propia, tiene la que él le presta, y él se la presta para verse.

Hay que considerar que la Luna representa a la materia, aquello que es de donde surge el mundo visible que percibimos, que según todas las tradiciones místicas es maya, mundo de ilusión. Pero es en esta materia que se encarna el espíritu, el fuego del Sol, y gracias a ella toma una forma definida, que es sólo temporal. Del apego a todo lo que tiene forma, color, sabor, textura, es decir, de todo aquello que aporta temporalmente la Luna al espíritu, surge el miedo, porque el miedo es inherente a la materia, no al espíritu. Y la materia, como es principalmente la forma, siente que de la pérdida de la forma sólo puede haber muerte, desaparición, aniquilación, porque la materia no sabe de espíritu; como es justamente la parte más densa del espíritu, es la menos consciente de él. Por eso se apega al mundo de los sentidos, y la Luna es la madre de nuestro apego al mundo sensible, y al miedo de perderlo, y por lo tanto de morir, de dejar de ser. De este miedo primordial de dejar de ser o dicho de otro modo, del instinto de supervivencia – provienen una serie de otros miedos subsidiarios, propios de nuestro ser material. Entonces, cuando decimos que nuestra misión en cada vida es hacer crecer al Sol, que es nuestra consciencia, centro de nuestra identidad, de nuestra voluntad, semilla total de todo nuestro potencial y capitalizador de nuestros progresos, quien porta la totalidad de nuestro ADN evolutivo de vida en vida, superando la reactividad lunar, en realidad estamos diciendo cosas muy profundas. Significa hacer crecer el ser espiritual en nosotros a expensas de nuestro ser material, y tomar consciencia de que la forma siempre morirá porque pertenece al ámbito de lo perecedero, pero que a nivel sutil la muerte no existe, pues los procesos son permanentes: el árbol caduco bota la hoja todos los años, pero nunca es la misma hoja; el río permanece, pero nunca es el mismo río. La Luna cumple un ciclo cada 28 días, el Sol es permanente.