Trabajo Alquímico o Meditación.

Trabajo Alquímico o Meditación.

“Si la historia se debe comprender en su totalidad, con todos los aspectos del pasado caduco, entonces lo que llamamos la historia de las ciencias no merece su nombre. En efecto, se encuentra bajo este título la enumeración de hechos y de opiniones conocidas de los los antiguos y que son actualmente consideradas como científicas, y otras que son rechazadas como productos de la superstición o del misticismo. Una tal selección es una deformación grave del pasado, pues ella desnaturaliza las doctrinas y, por consecuencia, los caracteres de los hombres de ciencia. El ejemplo más sorprendente es tal vez el de Newton. Los manuscritos dejados por ese gran hombre no han sido publicados, y una buena parte ha sido dispersado en subastas, sin oposición del gobierno inglés, y esto por qué? Porque la revisión estadística de ellos ha mostrado que la mitad estaba consagrada a la teología, un cuarto a la alquimia y un cuarto solamente a la física. Entonces, si es verdad que Newton hizo su carrera en las ciencias puras y aplicadas, no es menos falso hacer de él sólo un físico, siendo que era sobre todo un teólogo, muy interesado en la alquimia y la física, lo que es bien diferente”.

Estas observaciones plenas de buen sentido de G. Monod-Herzen muestran a maravilla la sutil dificultad de la historia de las ciencias antiguas en general, y de la historia de la alquimia en particular. La dificultad es doble: de una parte, estas selecciones a priori, rechazando lo que los historiadores consideraban como supersticioso o místico, y por otra parte, todas las incertidumbres sobre textos que no pudieron traspasar los milenios sin sufrir un poco. Se olvida demasiado a menudo que la tecnología del manuscrito griego antiguo no tenía nada en común con la del libro actual. Esa forma tan cómoda de un cuaderno de hojas plegadas sólo fué inventada hacia el siglo III de nuestra era. Se utilizaba anteriormente una larga hoja enrollada sobre sí misma, lo que no hacía fácil la lectura. Esa hoja era a menudo fabricada a partir del papiro, el pergamino era usado en forma excepcional en esa época, al contrario de lo que se piensa. Estas hojas eran bandas de varios metros de longitud, y el enrollarlas y desenrollarlas las deterioraba con facilidad. Se perdían entonces líneas enteras e incluso párrafos completos, llegando hasta nosotros fracciones desmembradas a partir de las cuales era difícil reconstruir los pensamientos originales. Resultaba casi imposible rehacer en en su totalidad la obra de los viejos alquimistas griegos, aún poniendo el mayor empeño posible.

En el siglo pasado, el gran químico Berthelot se apasionó por aquellos en los que él creía ver sus lejanos predecesores. Encargó al helenista Ruelle una edición de alquimistas griegos y él mismo hizo la traducción al francés. Felizmente esta obra ha sido reeditada poniendo al alcance de los interesados la alquimia alejandrina.

Según G. Monod, la alquimia habría sido, ante todo, una especie de código secreto de la gnosis hermética. Sobrevivió una antología: Corpus Hermeticum compilada por los bizantinos. Puede extrañar que unos cristianos se dedicaran a transcribir con aplicación textos de misticismo pagano, pero hay que tener presente que la Iglesia de Oriente siempre ha tenido un espíritu amplio.

En una traducción de esta obra hecha a principios de este siglo, se lee: “Yo reflexionaba un día sobre los seres; mi pensamiento planeaba en las alturas y todas mis sensaciones corporales estaban adormecidas…” Recuerda a la mística católica cuando habla de la entrada en ese estado de consciencia particular, universalmente conocido por las religiones y las espiritualidades de todas las razas, que se llama “meditación pasiva”, en el curso de la cual el hombre se retira a su universo interior (las alturas donde planea), cortando los estímulos perturbadores que vinieren del mundo exterior.

El secreto alquímico de fabricar oro no habría sido, según G. Monod, más que un cebo imaginado por los sabios herméticos para introducir a los neófitos en su gnosis de salvación. La alquimia no sería en el fondo más que una variante de la religión secreta hermética? Esta tesis tiene la ventaja de explicar la hostilidad más o menos latente que la Iglesia triunfante ha tenido siempre hacia la alquimia. Las religiones organizadas rechazan la aventura mística individual, pues ésta cuestiona las jerarquías eclesiásticas y los poderes establecidos.

En su libro “La Alquimia y su Código Simbólico”, Monod se refiere al psicólogo de las profundidades, C. G. Jung. Se sabe que este último ha estudiado y meditado largamente los textos alquímicos. El ha creído encontrar ahí ese lento itinerario de transformación interior y de iluminación que él llamaba el “proceso de individuación”. Al hacerlo, Jung se vió obligado a pasar en silencio toda la sólida y tan antigua tradición alquímica de experimentación concreta en el laboratorio – que el alquimista místico G. Khunrath escribía: lab – oratorio, trabajo y meditación.

Esta tradición experimental era en parte doble. Por una parte, estaba la fabricación de aleaciones metálicas coloreadas y la de piedras preciosas artificiales (lo que llamaríamos hoy química mineral). Había, por otra parte, lo concerniente a perfumes y ungüentos (lo que llamaríamos hoy química orgánica). La manipulación de materias minerales se ejecutaba a alta temperatura, en crisoles sometidos a un fuego violento; esto dió origen a la “vía seca” del alquimista tradicional posterior. El tratamiento de los productos orgánicos se contentaba con temperaturas más bajas, a veces el solo calor del sol, calentando matraces de vidrio donde destilaban las materias; esto dió origen a la “vía húmeda”. La maniobra utilizada por los alquimistas griegos es aún utilizable en nuestros días, con algunas excepciones.

Fué en Alejandría, hacia el siglo II antes de nuestra era, que un tal Bolos de Mendes fusionó la experimentación empírica y las teorías platónicas de Timeo, expresando que el arte alquímico podía imitar a la naturaleza, siendo capaz el hombre de provocar artificialmente transformaciones profundas de la materia. La alquimia greco-alejandrina se anticipó así en varios siglos a la gnosis hermética. Ni Bolos ni otros autores de esa época consideraban la alquimia como una religión de salvación; no era necesario haber sido iniciado al conocímiento de Dios ni de ser salvado para practicar la Gran Obra. Es con Zózimo de Panopolis, alrededor del siglo II de nuestra era, que predomina la idea de salvación. Se podría decir que el hermetismo tomó prestada la alquimia, y no al revés.

Se tiene demasiada tendencia a creer que los alquimistas perseguían únicamente la quimera dorada, la transmutación artificial del mercurio o del plomo en oro con la ayuda de la fabulosa piedra filosofal. La transformación de hierro en cobre les parecía también importante a estos verdaderos Hijos de la Ciencia. Existe una obra “El Libro del Secreto de la Creación de los Seres”, que se supone griega, del siglo V o VI de nuestra era, traducida al árabe. Hay también una traducción latina cuya última página es la famosa Tabla de Esmeralda. En ninguna parte se habla ahí de transmutación en oro. El autor (anónimo) desarrolla una original cosmogénesis que, curiosamente, no está muy lejos de las ideas más actuales en materia de formación de estrellas y galaxias. Cómo explicar esas intuiciones geniales? En el libro son atribuídas a una revelación sobrenatural, en este caso a Hermes Trismegisto. Se trata de una ficción literaria, cosa casi obligatoria en esa época de transición donde los mejores intelectos dudaban de la claridad de la razón, o se trata de algo más tangible?

La época actual no deja de parecerse a esos siglos lejanos donde la razón sufría de vértigo delante de todo lo que la ciencia griega aportaba de libertad y, por lo tanto, de profunda responsabilidad. El hombre está hecho de tal manera que se aturde cuando es necesario portarse plenamente hombre. Como en el tiempo lejano del apocalipsis, las revelaciones se van multiplicando hoy día. Los grandes galácticos cornudos o los pequeños hombrecitos verdes en platillos voladores han simplemente reemplazado a los ángeles y los demonios de los apocalipsis judíos y de las revelaciones helénicas.

Confieso haber quedado muy sorprendido al leer extrañas opiniones del académico católico Jean Guitton: “Quien sabe si estos humanoides de los platillos voladores no sean sub-oficiales, si se puede decir, o agentes subalternos de la angelología. Es claro que existe entre la conducta de las apariciones en los relatos bíblicos y la conducta de los humanoides ciertas semejanzas… Varias personas han destacado la similitud de los relatos sobre Ovnis con los relatos del siglo XIX sobre Nuestra Señora en la Salette, en Lourdes o en Fátima”. Y no se trata de opiniones aisladas. El académico Jean Fourastié, de la Academia de Ciencias Morales y Políticas, por su parte, afirma: “Siempre he pensado que hay dos fuentes de información para el hombre: la Revelación sin la cual nuestros antepasados no hubieran podido hacer nada, y la ciencia. A partir del momento que ella existió, la ciencia nos ha dado sobre el universo informaciones que son, a mi parecer, de la misma naturaleza que lo que se llama Revelación en la fe cristiana. Son, en los dos casos, informaciones sobre el universo.” Verdaderamente, los académicos ya no son lo que eran. Se observan extraños cambios en sus ideas profundas.

Los alquimistas tuvieron siempre una alta visión del hombre y de sus posibilidades. Estos buscadores de la verdad se esforzaron pacientemente en aprehender el mundo en toda su complejidad. Ellos no lo separaban artificialmente en un mundo espiritual reservado a la religión y a la revelación y en un mundo material reservado a la tecnología y a la ciencia. Su ciencia de la materia era toda espiritual y su espiritualidad era toda material. Es la gran lección que se puede extraer de la lectura de los alquimistas griegos.

Proclamando que la fe sola es suficiente, sin las obras, el apóstol Pablo ha contribuído a hundir la cultura alejandrina en una noche de la que estamos saliendo actualmente con dificultad y temor. La ruta de un mejor conocimiento del hombre interior pasa por un trabajo total que pone en obra toda la rica complejidad de nuestro ser.

Luciano Gerardin

Traducido y extractado por Farid Azael de
Question de, N 30
Editions Retz.
París

Más Información:
Mircea Eliade.- Cosmología y Alquimia Babilónica.- Paidós
Mircea Eliade.- Alquimia Asiática.- Paidós
C. G. Jung.- Psicología y Alquimia.- Santiago Rueda
C. G. Jung.- Psicología de la Transferencia.- Paidós

Del Sueño a la Realidad

Del Sueño a la Realidad

Si quieres hacer un pastel de manzanas desde cero, primero tienes que crear el universo.-

Carl Sagan

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El acto creativo más profundo que experimentamos como seres humanos es dar a luz a nuestros hijos. Las grandes fuerzas nos llevan a seguir el mandamiento de reproducirnos; aunque algunos de nosotros casi no sentimos este gran impulso, está allí como fuerza motriz, para asegurar nuestra futura existencia. Le ponemos una etiqueta y lo experimentamos comúnmente como una fuerza impulsora sexual, que sin embargo va mucho más allá de la supervivencia del género humano; de hecho, va más allá de la supervivencia de todos los tipos de vida. Borbotea continuamente en cada uno de nosotros; dirige nuestra existencia produciendo las ideas que fluyen por nuestras cabezas, formando las mismísimas palabras que pronunciamos.

Cada ser vivo siente esta fuerza impulsora de crear: tu perro, la serpiente en la hierba, las células de tu cuerpo, los insectos y las plantas la sienten. El flujo constante de encendido/apagado, vida/muerte, principio/final, esa presencia imposible de álef (espíritu incorpóreo) palpita en cada uno de nosotros como bet (la consciencia reconociéndose). En este sentido creativo, todos somos hijos de la enorme mente-espíritu que llena el universo y lo creó, y al igual que nuestro creador-espíritu, cada uno de nosotros tiene el poder de crear. Prueba de ello es que podemos pensar y hablar.

Este es el milagro de la acción creativa: nuestra descendencia, que puede tener la forma de nuestra propia carne y sangre o los pensamientos que nos salen de la frente, como en el mito de Zeus, cuando éste da a luz a su hija Atenea. Vamos ahora a explorar las bases alquímicas del impulso creativo (el sentimiento o el impulso de crear) y la importancia del concepto de la creación primogénita. Veremos cómo la creación implica y produce el sentimiento vivo que todos experimentamos y que al igual que el creador indio Brahma, que sueña para crear mundos, y el Gran Espíritu aborigen australiano, que sueña en la existencia de todos nosotros, nosotros también encontramos la fuente de nuestra capacidad creativa en nuestros sueños.

Todo empezó como un sueño

Al soñar, creamos una historia o jugamos. Contar cuentos o actuar parece ser una parte muy importante de la evolución humana; soñamos porque lo necesitamos para evolucionar y, de hecho, la mayoría de las criaturas sueñan.

Soñar es el resultado de la consciencia evolutiva de cada criatura sobre cómo adaptarse a su entorno. Si analizáramos el hecho de soñar desde un punto de vista científico puramente rutinario, tendríamos que decir que los sueños son importantes porque permiten que las criaturas desarrollen estrategias de supervivencia o modifiquen la programación a partir de los cambios medio-ambientales diarios. No existe una fórmula sencilla de definir lo que son los sueños, pero las pruebas actuales indican que sin duda tienen un papel evolutivo.

La teoría evolutiva de Darwin declara que la evolución de la vida es un proceso de selección natural. Según Darwin, la vida es una lucha competitiva para sobrevivir frente a los recursos limitados, en muchos casos. Los seres vivos deben competir por comida y espacio, evitar depredadores y enfermedades y a su vez lidiar con cambios impredecibles en su entorno. Darwin sugirió que en una población y entorno concreto existen individuos que poseen unas características que les permiten una mayor supervivencia y reproducción. Sin embargo, cómo adquieren estas características sigue siendo aún hoy un misterio, aunque las heredan las siguientes generaciones. Como la característica adquirida beneficia al organismo, la cantidad de organismos con estos nuevos rasgos aumenta a medida que las generaciones van transmitiendo esta combinación ventajosa de características. Del mismo modo, puede decirse que la especie que no presenta estos rasgos beneficiosos va perdiendo gradualmente individuos. Por lo tanto, según Darwin, a lo largo del tiempo la selección natural hace que el equilibrio de la población se incline hacia esos individuos con la combinación de rasgos, o adaptaciones, más adecuados a su entorno.

Pero mi pregunta sigue siendo: cómo adquiere una especie la característica que se necesita? Las experiencias del sueño de los pueblos aborígenes australianos indican que la característica que se necesita surge y nace por primera vez en los sueños. Cada criatura sueña con la posibilidad de la siguiente evolución, de manera que, por ejemplo, el pez sueña con el anfibio y el anfibio con el pájaro, y así sucesivamente. Es decir, soñamos ante todo para ser conscientes de nuestras futuras posibilidades: las nuevas formas en las que cada uno de nosotros puede existir. Esta capacidad de sentirse como algo nuevo o modificado parece ser vital para la supervivencia y para modificar el código genético; sin ella, no somos capaces de sobrevivir tanto como especie.

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Además, la capacidad de ver las posibilidades futuras atrae el futuro al presente. Este movimiento de futuro-a-presente es distinto, por supuesto, del modelo normal en el que vemos cómo fluye el tiempo de forma lineal del pasado al presente y al futuro. Dicho en otras palabras, la consciencia puede funcionar de manera distinta en el estado de sueño que en nuestro estado despierto.

La materia sueña.- Según la ciencia moderna, si creemos que toda la consciencia surge de la materia, la materia en sí debe soñar. Sabemos que los sueños ocurren y que casi todas las cosas sueñan. Así pues, cuando digo que la materia sueña, me limito a seguir el hilo lógico de la idea basada en la filosofía materialista.

El razonamiento es el siguiente: el universo está compuesto de materia, y la materia que interactúa con la materia crea todos los fenómenos físicos distintos que se pueden observar, incluyendo la vida y sus formas evolutivas y la mente. En última instancia, la vida y la consciencia son fenómenos físicos que se pueden observar. Así pues, cualquier cosa asociada con la vida debe estar a su vez asociada con los objetos materiales que chocan o interactúan entre sí. Por lo tanto, el estado de sueño y toda la consciencia consciente surgen de la materia interactuando, y llegamos a la conclusión de que la materia sueña (como mínimo esta es la conclusión lógica desde el punto de vista materialista).

Sin embargo, yo no he llegado a esta conclusión, puesto que creo que el materialismo en sí es erróneo como base para entender la ciencia; es demasiado reduccionista. El reduccionismo no es tan importante como la base sobre la que se sostiene el reduccionismo, puesto que la materia es la base. Como expliqué en La Mente en la Materia, creo que la materia debe ser una cualidad secundaria, que debe existir una cualidad principal de la que surge la materia. Del mismo modo que debe haber un orden implícito, como diría el físico David Bohm, del que surge la consciencia y el conocimiento, también debe de existir algún orden, que no se percibe directamente, del que surgen la materia y el espacio.

Sabemos, o digamos que tenemos pruebas experimentales que lo sugieren, que hubo un big bang y que el universo fue creado a partir de un punto. La teoría está basada en dos o tres conjuntos de pruebas muy sólidas, aunque no por ello eso fue lo que ocurrió real y necesariamente. Sin embargo, es lo que creemos en la actualidad según las pruebas: que el universo nació a partir de la nada.

Y no sólo nació el universo, sino que toda la materia, el espacio y el tiempo también nacieron simultáneamente. Según la teoría general de la relatividad, la materia no sólo surgió en espacio y tiempo, porque no pudo ser así. El espacio y el tiempo tenían que surgir simultáneamente con la materia y la energía. Por lo tanto, la materia no puede ser fundamental y nuestra filosofía materialista es errónea simplemente porque no tiene en cuenta el concepto elemental del big bang. Tiene que haber algo más fundamental que la propia materia.

Compartiré un pensamiento más que nos ayudará en adelante. Según el principio de la física cuántica de la complementariedad, la materia y la energía acaban siendo complementos necesarios en el espacio y el tiempo. Así pues, no podemos describir el mundo de los acontecimientos en términos de espacio y tiempo y en términos de energía y materia a la vez. Este hecho nos ayuda a entender el axioma de la nueva alquimia, el como es arriba es abajo. De hecho, esta complementariedad es lo que tenemos que ver si queremos que la evolución se parezca a la visión de Darwin o a cualquier otra neoforma que pueda adoptar.

Qué es más fundamental?

Podemos imaginarnos la base fundamental de la existencia, de la que apareció en primer lugar el espacio, el tiempo, la energía y la materia, como la gran madre-diosa o el gran padre-dios. Estas imágenes aparecen una vez tras otra en los textos antiguos de muchas culturas. Todo lo que puedo contar sobre ello es mi propio punto de vista, pero ahí va.

Existen varias pistas sobre la existencia de una base más fundamental de la existencia, y una de ellas es la realidad del vacío de espacio. Sabemos que un espacio vacío puede estallar en materia y energía, y por lo tanto puede envolver lo que ha creado y reabsorber lo que ha engendrado. Así pues, podría decirse que el vacío de espacio puede crear y aniquilar, de manera que tendremos un baile continuo de objetos que aparecen y desaparecen rápidamente, por todas partes, en todo momento. Dicho baile impregna todas las cosas y su resultado es que nada se vuelve a repetir exactamente de la misma forma, aunque lo pueda parecer.

Cuando el espacio está absolutamente vacío, cuando no hay nada, el proceso parece ser inestable, y existe una gran tendencia a producir objetos. De vez en cuando, esta tendencia incluso permite que los universos aparezcan de repente. El espacio dentro de un universo, sin embargo, cuando ya ha sido creado, parece ser más estable, relativamente hablando, en términos de tiempo; parece haber menos procesos de creación de universos dentro de un universo espacio-tiempo. Cuando surgen la materia, el espacio-tiempo y la energía, parece que hay una menor tendencia a producir otro universo justo después o en la proximidad inmediata. Así pues, aparentemente, existe una norma sobre cómo debería o no debería crearse un universo.

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De la historia que acabo de contar, que está basada en la física y en la especulación, proviene otra historia de la espiritualidad, la Danza de Shiva. En esta historia, Shiva y Shakti bailan la danza de la creación y la aniquilación. Shiva es el Creador-Destructor. A veces Shiva se presenta como Shakti, la consorte de Shiva. Él/Ella es quien aparece como Kali, la diosa que mata y destruye para que ocurra la recreación. Así pues, la Danza de la aniquilación y la Creación, que es una parte de la física moderna, también es una parte de la mitología antigua.

En la cábala, los principios del misticismo judeocristiano, que se remontan a la época anterior a la aparición de judíos o cristianos hasta el pueblo de la tierra de Ur (ahora conocida como Irak), hubo una visión de este proceso en funcionamiento. El espíritu, simbolizado por la letra álef, la letra primogénita del alfabeto hebreo, fue capaz de producir o emanar un movimiento vibratorio de resistencia a sí mismo que se llamó agua, o mem (la decimotercera letra del alfabeto hebreo). Luego el espíritu fue capaz de respirar vida en esa agua y, al hacerlo, apareció un movimiento del espíritu al agua y del agua de nuevo al espíritu. Este movimiento de doble flujo recuerda tanto al proceso de aniquilación y creación como al ciclo de vida y muerte.

El flujo del espíritu al agua es creativo y el flujo del agua al espíritu es destructivo, lo cual produce una danza continua de vida. Este proceso también puede simbolizar la danza de la consciencia o conocimiento, o incluso el movimiento de ondas cuánticas de posibilidad de un acontecimiento presente a un acontecimiento futuro, y luego hacia atrás en el tiempo al acontecimiento presente de nuevo.

La Alquimia, un camino oculto.

La Alquimia, un camino oculto.

alquimiaQué es la alquimia? Hace medio siglo no había en Occidente ninguna duda a este respecto: era una superstición existente entre los ignorantes de los tiempos pasados que creían que con ciertas manipulaciones se podría transformar metales viles en oro.

Luego que las ideas de Jung empezaron a circular en Europa, apareció una conclusión nueva, esclarecida, de la alquimia: era, realmente, psicología. Los alquimistas se autopsicoanalizaban; sublimaban y calcinaban su propio subconsciente. Su meta verdadera no era la de fabricar oro, sino producir un hombre no alienado.

En la Edad Media, las maniobras de este género patinaban sobre un territorio que la Iglesia consideraba suyo. Fue por esto que los alquimistas se vieron forzados a disimular lo que hacían realmente detrás de una tentativa aparentemente insensata de cambiar el plomo en oro.

Aunque esta explicación no satisfizo del todo a la nueva psicología, porque era sabido que aún en el siglo XX, en Fez, Cracovia, Damasco, París y Londres, hombres de gran inteligencia se dedicaban a operaciones tendientes a producir un oro amarillo perfectamente tangible. Ellos habían abandonado el carbón vegetal por el gas, pero hacían manifiestamente algo con marmitas y cacerolas, no con el yo y el ello.

Todas las ideas sobre lo que es la alquimia, vista desde el exterior, pueden repartirse en cuatro categorías, con interferencias entre ellas:

Primer punto de vista: Es posible transmutar un elemento en otro. Una de estas transmutaciones es la del plomo o del hierro en oro. La manera de proceder es un prodigioso secreto venido desde el fondo del tiempo. Es el secreto mejor guardado de toda la historia de la humanidad,

Segundo punto de vista: La alquimia es la ciencia que consiste en purificar la naturaleza íntima del hombre para llegar a ser un individuo no alienado. Comparado con el hombre ordinario, este individuo tendría ciertos poderes superiores. Por razones políticas, era necesario enmascarar esta actividad bajo la de una seudociencia de refinado de metales que la Iglesia no tendría ninguna razón para reprobar.

Tercer punto de vista: La transmutación de los metales es posible. El plomo puede ser cambiado en oro. El alquimista sabe cómo hacerlo y él guarda también un secreto más grande. Si hay una cierta relación con el crisol donde se verifica la operación, se produciría una transmutación semejante en su ser ordinario. En el momento en que el plomo llega a ser oro en el crisol, el espíritu del operador es transformado, como si fuera sometido a una irradiación potente. Por otra parte, ciertos subproductos químicos que restan en el crisol pueden ser conservados y servir, ya sea para hacer oro de nuevo, o para transformar a otros hombres. De allí las leyendas relativas a la píldora del hombre astuto, o al elixir que el conde de Saint Germain habría ofrecido a Casanova moribundo.

Cuarto punto de vista: El alquimista es un hombre que conoce un método inmensamente eficaz para limpiar los establos de Augias de su propio subconsciente. Si es impulsado suficientemente lejos, el proceso da nacimiento a un verdadero cuerpo espiritual dotado de propiedades pertenecientes a un orden de realidad diferente. Si ese cuerpo espiritual es proyectado de una cierta manera sobre los metales viles, cumplirá una transmutación comparable a la suya sobre la materia inorgánica.

Digamos a continuación que fuera del pequeño círculo de los alquimistas que han tenido éxito – si es que hay alguno – nadie sabe cuál de estos puntos de vista, solo o combinado con otro, se aproxima a la verdad. Podría ser que hubiera algo que deducir de las primeras proposiciones de la Tabla de Esmeralda de Hermes Trismegisto:

Es verdad, sin mentira, y muy verdadero:
lo que está abajo es como lo que está arriba,
lo que está arriba es como lo que está abajo,
para hacer el milagro de una sola cosa.

Que esto sea como un medio de hacer fortuna rápidamente, como método de desarrollo psicológico o como ciencia sagrada de espiritualización, la alquimia ha capturado la imaginación de Europa durante siglos y no ha perdido nada de su aura en ciertos medios, aunque muchos piensan que, desde el fin del siglo XVIII, pesa una prohibición sobre ella. Todo indica, sin embargo, que algo se trasluce de tiempo en tiempo.

La palabra alquimia puede venir del árabe alkimia. Los supuestos orígenes egipcios hacen pensar que la raíz chim pueda derivarse del nombre en lengua egipcia, que significa negro y designa la tierra negra contrastando sobre el tinte amarillento de las arenas del desierto. Otro origen posible sería la palabra griega chyma, que significa acción de fundir metales.

De todas maneras, la alquimia es extremadamente antigua, ya sea que sus primeras referencias historicas sean de la China o de Egipto. Existen textos chinos a favor o en contra de la alquimia que datan de 144 a.C. y existen razones para hacer remontar la alquimia china al menos al siglo IV a. C.

Los intercambios entre el Extremo Oriente y el Oriente Medio eran numerosos y la alquimia del Medio Oriente bien pudo venir de China. Por otra parte, la alquimia china era principalmente esotérica y pretendía producir una medicina que asegurara una larga vida o la inmortalidad, mientras que en el Oriente Medio, antes del Islam, la alquimia tenía un carácter esencialmente exotérico, y el alquimista se consagraba, por lo menos en apariencia, a manipular aleaciones de metales.

Al suponer que la China haya trasmitido la idea de la alquimia, es preciso observar que sólo podía tratarse de alquimia medicinal y no metalúrgica. Sin embargo, si se adopta el punto de vista según el cual la alquimia es la traducción en términos materiales de informaciones sobre eventos sin relación causal, informaciones obtenidas al acceder a un nivel superior de consciencia, la dificultad histórica no se plantea. Tanto en China como en el Medio Oriente se habría penetrado en los mismos dominios y traducido las mismas intuiciones en términos materiales correspondiendo a las psicologías respectivas: medicinales en uno, metalúrgicas en el otro, y en algún caso, una combinación de ambas.

Desde la fundación del Islam la alquimia pasó a ser una ciencia musulmana, aunque no fuera más que en el plano lingüístico. El árabe era la lengua culta en los imperios islámicos, y, por lo tanto, la lengua de las artes y de las ciencias. Pero los textos utilizados podían ser persas o griegos. El Islam se apropió en su totalidad de los conocimientos griegos sobre la alquimia. Numerosas y muy antiguas obras de alquimia fueron traducidas al árabe. Desde el siglo VIII, la civilización árabe había producido una pléyade de eruditos capaces de estudiar los textos griegos y así la trasmisión del saber del pasado alcanzó un gran auge. En cuanto a los alquimistas de origen árabe, ellos aportaron a este arte hermético una contribución extremadamente original.

Aparentemente practicaban una química ingenua, y en sus textos aparecían cuadrados mágicos cifrados. Hablaban de sustancias hipótéticas, de las cuales el azufre y el mercurio ordinario eran las formas más aproximadas. Y es que los más importantes alquimistas árabes de esa época eran sufíes, Ellos hablaban de cuatro elementos: la tierra, el agua, el aire y el fuego y de cuatro cualidades o naturalezas: el calor, el frío, la sequedad y la humedad. En presencia de estas cualidades, y gracias al influjo de los planetas, los metales se formaban en las entrañas de la tierra bajo la acción del azufre y del mercurio. El azufre y el mercurio perfectamente puros, combinados según ciertas proporciones daban origen al oro. En el caso en que fueran impuros y en proporciones no adecuadas, daban nacimiento a todos los otros metales.

Una figura descollante fue Avicena (980-1037). Era considerado como la más brillante inteligencia desde Aristóteles, se veía en él un genio y la suprema autoridad en todos los planos posibles. Aunque Avicena compartía las ideas en uso sobre la constitución de la materia, afirmaba que la transmutación de los metales en oro no tenía una base real. Habría varias explicaciones posibles.

La primera era que hombres de una inteligencia fuera de lo común, trabajando de manera pragmática, eran llevados a deducir ciertas conclusiones extraídas de su experiencia. Se trataba de materialismo científico al pie de la letra.

La segunda era que ciertos seres excepcionales, ligados a auténticas escuelas de desarrollo personal, habían enriquecido el saber práctico de su tiempo por haber tenido acceso a un estado superior de consciencia, el que les permitía conocer por inducción la manera de aplicar leyes naturales a eventos concretos.

La tercera era que los hombres de esta última categoría habían preferido disimular la fuente de su saber embrollando deliberadamente las pistas.

La tradición sufí parece ofrecer muchos ejemplos de esta manera de actuar. Está dicho que, a veces, la mejor aproximación a la realidad, a nivel temporal, consiste en el planteamiento de contrarios aparentemente irreconciables. Entre los siglos XII al XIII, Al-Ghazzali (1058-1111) y Rumi (1207-1273) fueron reconocidos como sufíes de estatura excepcional y ambos hablaban de la experiencia mística como de una transformación alquímica. Elementos contrarios, aunque opuestos en nombre, pueden actuar juntos, decía Rumi.

En esa época se tradujo por primera vez un texto alquímico árabe al francés. Uno de los primeros alquimistas europeos fue Alberto el Grande (1206 -1280), prototipo de numerosos personajes de la Edad Media que unían a un espíritu ávido de conocimiento un algo más que les valía ser admitidos en la misteriosa compañía de sociedades secretas. Monje dominicano – a pesar de su espíritu independiente – recorrió a pie Francia y Alemania enseñando filosofía, hasta que se radicó en Colonia, dedicándose a estudiar y a escribir en la soledad.

Alberto afirmaba que la transmutación alquímica de los metales era imposible y que lo más que podían hacer los alquimistas era enchapar los metales para darles la apariencia de oro. Por otra parte, declaraba que un conocimiento íntimo del proceso alquímico le había sido otorgado por la gracia de Dios. El renombre de Alberto era tal, que los jóvenes intelectuales de todas partes de Europa venían a recibir su enseñanza. Uno de los más famosos entre sus alumnos fue Tomás de Aquino (1226-1274).

Tomás parece haber creído en la realidad de la transmutación alquimica, pero su actitud representaba un elemento interesante no sugerido antes en el medio europeo. La Gran Obra dependía – según él – de operaciones ocultas de naturaleza celestial que la alquimia no siempre puede controlar. Así, el artista debe aspirar a la creación de condiciones apropiadas en él mismo dirigidas a favorecer la mediación de esta virtud celestial. La hipótesis planteada es que el proceso alquímico, ya sea que se dirija al desarrollo interior del hombre o a la transmutación de metales, depende de un factor de apariencia arbitraria, de origen cósmico, influyendo en un lugar y en un momento determinados.

Resulta interesante hacer notar que la tradición iniciática, en la corriente sufí, afirma que ciertas operaciones – aunque la manera de proceder sea correcta – no llegarán al término deseado (o, como ellos dicen, a la evolución buscada) si no concuerdan ciertas circunstancias: el esfuerzo adecuado, hecho por las personas adecuadas, en el lugar y momento adecuados. Si estas condiciones no están reunidas, no hay resultado.

Cualquiera que sea la realidad que se disimule bajo esta fórmula, ella explicaría por qué constantemente se hace mención en toda la literatura alquímica de algo intangible que los alquimistas, en general, no han podido encontrar y cuya ausencia siempre trasforma en vanos sus esfuerzos.

Uno de los más célebres contemporáneos de Alberto el Grande y de Tomás de Aquino fue Roger Bacon (1214-1292), el casi legendario Doctor admirable, que enseñaba en Oxford vestido de árabe, del que se decía que podía transformar en hombres a los demonios. Fue una de las más brillantes inteligencias de Europa y una de las más grandes figuras de todos los tiempos.

Bacon produjo tres obras monumentales: Opus Mayor, Opus Minor, Opus Tertium. Consideraba que la totalidad del conocimiento humano, pasado, presente y futuro, se encontraba en la Biblia; pero – contrariamente a sus contemporáneos – no creía que fuera un libro accesible a todos. Para comprenderlo, pensaba que era necesario un determinado nivel interior que exigía conocimientos alquímicos, astrológicos y mágicos. Era este un terreno evidentemente peligroso, sobre todo para un religioso – era franciscano – y su manera de pensar le acarreó un aprisionamiento de catorce años impuesto por su misma orden,

El principio imposible de vida/muerte

El principio imposible de vida/muerte

Pues he aquí que el reino de los cielos está en medio de vosotros.
Lucas 17,21

La idea principal de la nueva Alquimia, el cordel que liga todas las ideas que presentamos aquí, se encuentra en el concepto de la unidad: la gran inseparabilidad de las cosas. Tomado literalmente, esto significa, como veremos, que los conceptos mismos de un cielo aparte de la Tierra, de una mente aparte del cuerpo, de un libre albedrío aparte del determinismo, de una vida aparte de la muerte, y de hecho toda dualidad, toda pareja de opuestos en la que proponemos un adentro y un afuera, una frontera, una nación, una isla, una membrana, una distinción; todo eso y más, no son datos primarios.

Sin embargo, nos esforzamos inconscientemente por guardar enterrado este secreto dentro de nosotros. Trabajamos sin darnos cuenta por mantener el statu quo. Dicho de otro modo, optamos inconscientemente por vivir sujetos a la ilusión de que todo es tal como lo vemos. Ésta no sólo es una verdad fundamental para ti y para mí, sino que es el secreto profundo de la existencia del universo: esconderse del propio yo esencial. Es el gran truco de Dios, y si funciona es sólo porque nosotros accedemos a creernos el truco. Si somos capaces de dejar de creerlo durante un minuto, durante un segundo, aunque sea durante un milisegundo, y de permitir que nuestra consciencia advierta que nos hemos detenido, nos daremos cuenta del truco.

En algún momento de nuestras vidas, de alguna manera, en alguna parte, por un solo instante, se devela el gran misterio. Dios, el mago, levanta el telón, nos enseña ligeramente el truco y nosotros captamos un atisbo de ilusión. Pero no gritamos: Caramba!. El local no se llena de exclamaciones de asombro. Algo se vuelve distinguible de la nada en un solo acto creativo, pero nos engañamos a nosotros mismos para no ver. Y así sigue la cosa. El aire no se llena de aplausos. Nos quedamos sentados contemplando el espectáculo, liberamos un suspiro de alivio y nos decimos inconscientemente: Esto no lo entenderemos nunca, más nos vale aceptarlo sin más.

En realidad, todas las distinciones surgen de tales actos. Y la mayoría de nosotros solemos mantenernos inconscientes y aferrarnos a la ilusión hasta el último nanosegundo de nuestra existencia. Contemplamos la frontera que separa el mar y la tierra, que separa el aire, la tierra y el agua. Contemplamos la corteza efervescente de arena, agua y aire, y recordamos las distinciones. Y del mismo modo, vivimos nuestra vidas con la idea tranquilizadora de que existe una membrana invisible que nos separa a nosotros de ese mundo que está allí fuera; de que aquí dentro, en nuestras mentes, en nuestros mundos interiores de la imaginación, estamos solos y a salvo. Ninguna persona o cosa puede entrometerse de ninguna manera en nuestros mundos mentales individuales. Todos los sentidos de nuestros cuerpos nos dicen constantemente que esto es la verdad, que cada uno de nosotros está solo. No tenemos en cuenta ninguna información, ningún pensamiento, ninguna percepción, ningún relato de imaginación, ningún relato de otra persona que se oponga a nuestra presentación sensorial de los mundos separados del allí fuera y del aquí dentro. Miramos con escepticismo a las personas que nos dicen otra cosa, y lo más probable es que las tachemos de necios errados o incluso de locos.

Actualmente, muchos de nosotros, atrapados en este dilema entre la ilusión y la realidad, quisiéramos creer que la separación es una ilusión. En tal caso, tenemos suerte!.

Lo que sabían los alquimistas.

Las distinciones no son reales. Son los susurros pasajeros de una realidad potencial que todo lo alcanza, sutil y no expresiva. El mundo no está hecho de tareas separadas. La mente no está separada de la materia. Y tú no estás separado de ningún otro ser, animal, vegetal, vivo, muerto, o que sea aparentemente materia inanimada. El reino de los cielos y la isla del infierno se encuentran dentro de ti. Todo lo que has querido saber siempre se encuentra dentro de ti. Se encuentra dentro de ti una vasta potencialidad que se incita a sí mismo a levantarse y a convertirse en algo. Dentro de ti, como una serpiente enroscada que espera levantarse de tus sombras más profundas, se encuentra todo momento creativo que existe, que ha existido y que existirá.

Pero la marea acaba por bajar, como la del mar que baña las costas. El agua vuelve al mar. La orilla se hace valer. Todas las distinciones desaparecen tarde o temprano. Ninguna frontera perdura para siempre. Nada perdura. Todo vuelve al gran mar de la unidad. La vida, la muerte y todas las pautas se mueven de manera vibrátil. Puedes concebir esto como el principio imposible de vida/muerte.

Hasta el espacio y el tiempo (la palestra donde pasamos nuestras vidas) no sólo son reales, sino que son proyecciones que vienen de algo mucho más profundo y misterioso. Hasta esta misma palestra desaparecerá. Este pensamiento imposible, sin extensión espacial, no pensante, que no dura ni un segundo ni una eternidad, ni siquiera la menor pizca de tiempo ni el más largo de los eones, esta profundidad, esta luz/oscuridad que está más allá de lo que puede representarse como vacío, este principio paradójico de vida/muerte, este anhelo profundo, aparece como una nube, como un recuerdo, como una leve perturbación, y se desarrolla como tal. Pero a nosotros nos da la impresión de que cobra existencia sin más, sin el menor pensamiento ni aviso.

El gran oleaje, siempre ondulante, se hace valer una vez más. El mar baña la orilla. Es una ilusión producida por la necesidad misma de que el acto que da la existencia al universo requiere de esta ilusión.

Pero la requiere? Y si la noción misma de encontrar la verdad fuera puramente imaginaria?

Los antiguos alquimistas que percibieron el vacío.

La inseparabilidad es escurridiza; en la mayoría de los casos resulta imperceptible para nuestros sentidos, y es difícil de describir. No obstante, en todo el mundo antiguo hubo muchos alquimistas independientes entre sí que percibieron la presencia de este principio imposible, no dividido de vida/muerte que existen simultáneamente.

De manera no muy distinta de algunos científicos de nuestros días, de pensamiento profundo, que buscan en sus descubrimientos de nuevos principios de inseparabilidad el significado oculto de la vida y respuestas a los misterios del universo, los alquimistas buscaban maneras de salvar el aparente abismo que implica toda distinción. Buscaban el mal que estaba detrás de todo bien. Cuando quedaban convencidos de su visión, llegaban a creer que toda separación, descubierta o percibida, era ilusoria. Y por ello buscaron un camino que los condujera al reino de la inseparabilidad. Querían tener en las manos la paradoja de la existencia. Querían ver las dos caras de la moneda a la vez. Todo su trabajo, todos sus esfuerzos experimentales, tenían un único objetivo: destrozar la membrana de la separabilidad. Para conseguirlo no sólo debían trabajar en su arte alquímico, sino que debían trabajar también sobre sí mismos, replanteándose constantemente los límites de lo aceptable dentro de los que se sentían cómodos.

Disolver la antigua membrana.

Por tanto, la antigua alquimia tenía tanto que ver con el dominio de uno mismo como con el dominio de las leyes físicas de la naturaleza. Este dominio exigía paciencia, observación y, sobre todo, devoción. Un antiguo alquimista, Juan de Rupescisia, escribió en el siglo XIV que la alquimia es el secreto del dominio de fijar el Sol en nuestro propio cielo, para que brille allí y arroje luz, y el principio de la luz, sobre nuestros cuerpos.

 

PrincipioImposible

 

 

 

Disolver la membrana. Los antiguos alquimistas buscaron disolver la barrera entre la realidad que ellos veían que era una ilusión, y lo imaginario que pensaban que era real.

Para descubrir este secreto, los alquimistas tenían que aprender a dominar el arte de disolver todas las barreras de la separabilidad. Entre estas barreras se contaban, sobre todo, todas las ideas o conceptos que apuntaran a una distinción sensorial entre el allí fuera y el aquí adentro. Por tanto, la membrana más notable que tenían que disolver era la que separaba la mente de la materia. Aspiraban a aclararse a sí mismos la invalidez de la distinción entre el mundo real y el mundo imaginal. Para ello, tenían que descubrir el modo de pasar de manera consciente y voluntaria de uno de los reinos al otro. Esta tarea no era sencilla a causa de la ley de la inercia.

La ley secreta de la resistencia: la inercia

Para los alquimistas, la inercia no sólo llenaba aparentemente el mundo exterior, tendiendo a mantener las cosas en sus lugares respectivos y separados, sino que también llenaba el mundo interior del pensamiento y de la percepción, tendiendo a hacerles aceptar como hecho objetivo aquello que podía repetirse una y otra vez. El mismo Isaac Newton, que también era alquimista, descubrió el principio universal de la inercia, que lo llevó a formular las leyes mecánicas objetivas del movimiento.

Para conseguir la ruptura que supone superar la inercia mental se precisa una manera nueva de pensar. Con una forma nueva de pensar aparecen maneras nuevas de evaluar lo que pensamos. Y con estos nuevos instrumentos de evaluación surgen nuevas formas de sentir. Cuando hablo de sentir no me refiero a lo que se percibe por el sentido del tacto. Uso el término con el significado que le daba Carl Jung. Sentir significa pasar por un devenir asegurado y duradero, ser conscientes de una vivencia aquí dentro a lo largo del tiempo, pero sin ser conscientes del tiempo que dura este sentir; ser conscientes, a lo largo de un período de tiempo, de un tipo o cualidad concreta de un estado físico, mental o emocional. La cualidad duradera de un sentimiento tiene una importancia extrema en lo que sigue.

Cuando te ha surgido una nueva manera de sentir acerca de tus pensamientos, empiezas a percibir el mundo allí fuera con ojos nuevos: de manera creativa, informativa, nueva; como un niño. Con el surgimiento de nuevas sensaciones iluminadas, empiezas a tener intuiciones más profundas. Estas intuiciones surgen en forma de ideas, nociones, predicciones del futuro o reevaluaciones del pasado. Aparecen en forma de visiones. Y cada pensamiento nuevo instituye un ciclo. El ciclo recorre unas fases, como las del Sol y la Luna, del pensar al sentir, del sentir al percibir, del percibir al intuir, y ahí vuelve a comenzar el ciclo. La repetición del ciclo forma una energía vibratoria que se repite físicamente en el cuerpo. Si no hay nada que lo interrumpa, constituye un recuerdo al que se puede acceder, como quien acude a un barril de cerveza a llenar su jarra.

De esta manera cíclica se forman todos los recuerdos, se estabilizan todas las impresiones en forma de hechos, se forman todas las opiniones sobre el mundo y todas las opiniones sobre ti mismo en ese mundo. Cuando se interrumpe el ciclo, cuando se disuelve su hábito adictivo, comienza un nuevo ciclo. Como se verá, el ciclo completo tiene todo lo necesario para pasar a formar parte de la realidad: tiene inercia, tiene resistencia y si se alimenta de ciclos energéticos que están en fase con él, se desarrolla y vive. Si se desarrolla y vive sin trabas, se convierte en un arquetipo y posee al usuario con tanta seguridad como un demonio poseería a un filósofo medieval empeñado en penetrar en los secretos de Dios, cueste lo que cueste.

Un secreto así se revelaba continuamente a los antiguos alquimistas y los poseía. Se les aparecía en sueños o les surgía en sus pensamientos cuando ellos revolvían la materia en sus laboratorios. Recibían un atisbo de que lo que pasaba aquí, en la Tierra (en el mundo inferior), estaba vinculado con lo que pasaba en los cielos (el mundo superior), y de que lo que tenía lugar en el mundo interior de la psique transforma el mundo exterior de las estrellas, las personas, los lugares y las cosas. Habían visto cómo podía transformarse la información en materia. Y habían visto lo inverso. Habían discernido el principio de la vida y la muerte. Se habían aventurado en el vacío y habían traspasado la membrana de la inercia.

Introducción a la Alquimia

Introducción a la Alquimia

Fueron sobre todo los químicos e historiadores de la ciencia del siglo XIX quienes, bajo el poderoso influjo del positivismo de su tiempo, juzgaron la alquimia sobre la base de su valor objetivo, sin tener en cuenta para nada la notable cohesión psicológica de la cultura alquimista. La alquimia posee un carácter psicológicamente concreto y su experiencia es de carácter doble: objetiva y subjetiva a la vez. Estudiar la alquimia bajo uno de estos aspectos exclusivamente, sólo puede llevar a conclusiones falsas. Jung señala que la persistencia de la alquimia a través de tantos siglos con un simbolismo tan poderoso, complejo y duradero, no podría haber existido si no recubriera una realidad indiscutible. Con su escala de símbolos, la alquimia es un método para un orden de meditaciones íntimas.

De sumo interés para la interpretación psicológica de la alquimia son las opiniones de los estudiosos de las tradiciones ocultistas, ya que todos convienen en que ha sido a través de los siglos el vehículo ideal de las doctrinas esotéricas tradicionales. Las interpretaciones de los alquimistas no sólo valen con respecto a las transmutaciones materiales que se operan en el laboratorio, sino también en lo que toca a la transmutación íntima que debe cumplirse en el laboratorio de la propia naturaleza humana, en el crisol del alma. Los metales bajos son los deseos y las pasiones corporales. Extraer la quintaesencia de esos materiales inferiores equivale a liberar la energía creadora de lo lazos del mundo sensible. Merced a esa energía creadora, liberada la plata del alma puede convertirse en el oro del espíritu o, en otros términos, con la ayuda de la potencia extraída del centro de la tierra, la luna, es decir, el alma, puede devenir el sol que es el espíritu.

La mayoría de los autores en ese campo se halla de acuerdo en distinguir dos tipos o concepciones de las alquimia: la alquimia-ciencia y la alquimia-mística, aunque difieren en la importancia y el papel que les asignan. Para algunos, la alquimia no es sino una escuela de perfeccionamiento moral individual o colectivo. Recordando el célebre principio nuestros metales no son los metales comunes, sino que son vivientes se afirma que el auténtico campo alquimista es el hombre y la sociedad, y que el hecho de que los sopladores apelativo con el que se ridiculizaba a los alquimistas no alcanzaran jamás su finalidad, se debe al haberse equivocado acerca de la simbólica tradicional, pues la interpretaron literalmente, ya que su apego a lo material les impedía penetrar en su verdadero y elevado sentido. El considerar la alquimia sin tener en cuenta la filosofía hermética que la fundamenta puede llevar a absurdas conclusiones. La alquimia-ciencia y la alquimia-mística no son más que dos fase del Arte Total, del Gran Arte que es la alquimia. Ambas fases son solidarias y no pueden disociarse: la científica asume un carácter místico y la mística, un carácter científico. Todo ello de acuerdo con los principios básicos del hermetismo, la doctrina de la unidad del universo y de las correspondencias esenciales entre sus partes.

Se insiste en la gran importancia que para el opus alquimista reviste la actitud del adepto, tema que también ha sido objeto de especial examen por parte de Jung. A diferencia de lo que ocurre en la ciencia moderna, no ha de eliminarse la ecuación personal del investigador. Lo que en modo alguno falsea los resultados de la experimentación, sino que, al contrario, es su primer instrumento. El alquimista jamás trata de intervenir de manera impersonal en las reacciones que provoca. Esta abstracción del hombre que crea, principio de la técnica moderna, es lo opuesto a su método. Sólo podrá alcanzar la verdadera sabiduría aquel que penetre en lo más hondo de su ser y efectúe allí una oculta labor de purificación. La verdadera piedra filosofal es el hombre transformado. La primera tarea del adepto alquimista es, por lo tanto, su propia transformación. Para realizar la Gran Obra, la regeneración de la materia, debe antes regenerar su propia alma. Sólo así se torna capaz de realizar la regeneración del cosmos. La transmutación, luego de haberse operado en el secreto del alma humana, debía manifestarse en el mundo material.

Nos referiremos ahora sucintamente a los fundamentos y teorías principales de la filosofía hermética. Tal filosofía, de cuyos principios la alquimia constituye una aplicación, es un complejo de doctrinas que se formó a lo largo de la Edad Media bajo multitud de influencias de los orígenes más diversos. Comprende en sí los restos de casi todas las teorías filosóficas de las postrimerías de la Antigüedad, que parecen haber seguido llevando una vida intensa, pese a haber sido duramente condenadas por la Iglesia cristiana. Su nombre proviene del dios Hermes quien, según la tradición, la reveló a los hombres. Los alquimistas, que se llamaban sí mismos filósofos, afirmaban que explicaba la esencia, el principio y la razón de todas las cosas, y que en ella – la Ciencia por antonomasia – se encontraban los fundamentos de todas las demás. Entre las corrientes que influyen en la composición del hermetismo cabe señalar como más importantes las siguientes:

a) Influencias egipcias y hebraicas: Sobre todo en los alquimistas alejandrinos, encontramos rasgos característicos de las doctrinas esotérico-religiosas del Egipto, así como frecuentes referencias a los textos bíblicos, a diversas leyendas judías y en particular al Libro de Enoch y a los Apocalipsis apócrifos. Ambas influencias resultan de muy difícil delimitación, inundadas como están por la masa de las ideas helenísticas.

b) La filosofía neoplatónica: En especial el neoplatonismo tardío, fuertemente influido por las religiones de los misterios.

c) El gnosticismo: Tanto el gnosticismo pagano como el cristianismo desempeñan un papel de gran significación en el hermetismo. Los más notables de los textos que interesan a nuestro tema y que han llegado hasta nosotros son un conjunto de escritos filosófico-religiosos agrupados en una colección llamada Corpus Hermeticum, serie de diálogos entre personajes divinos Hermes, Isis, etc. -, tocantes a la naturaleza de Dios, el origen del mundo, la creación y la caída del hombre y la iluminación divina como medio de liberación. Los alquimistas utilizaron profusamente la simbólica gnóstica, en particular el famoso Ouroboros, dragón o serpiente que se muerde la cola, objeto de veneración por las sectas naasenas u ofitas como símbolo del alma del mundo. Entre la alquimia, que perseguía el conocimiento de las propiedades ocultas de la materia y las representaba mediante símbolos, y las doctrinas gnósticas, que enseñaban el significado verdadero de las teorías filosóficas y religiosas soslayadas bajo velos alegóricos y simbólicos, se daba una honda analogía. De ahí que los alquimistas adoptaran, aunque modificándolo un tanto según sus conveniencias, el estilo complicado de la gnosis, la cual, mediante imágenes al par grandiosas y confusas, procuraban iniciar a sus fieles en los secretos de la esencia y los fines del universo, la lucha entre los principios del bien y del mal y las manifestaciones de la divinidad.

La alquimia era un poco la imagen de la población de Alejandría. Y, en efecto, la alquimia viene a ser como un vasto sincretismo en el que confluyen el arte práctico de los egipcios y la filosofía griega, las doctrinas orientales y el misticismo alejandrino.

Ahora bien, resulta sumamente curioso que una semejante recopilación de doctrinas haya podido dar lugar a un sistema más o menos coherente, que, por otra parte, no carece de grandeza y de profundidad. Es una doctrina secreta que, ocultándose a la vista del profano bajo el velo de alegorías y símbolos, transmitida por tradición oral y por iniciación, tendió, sobre todo, a partir del siglo XV, a sistematizarse en un conjunto bastante armonioso. Enumeremos ahora brevemente aquellas ideas fundamentales del hermetismo que más interesan a la psicología de la alquimia, ideas que permanecieron sin alteración en lo esencial a través de toda su historia y, con respecto a las cuales, los desarrollos de que fueron objeto por obra de tantos autores e investigadores no hicieron otra cosa que diversificar al extremo sus tendencias fundamentales.

Unidad cósmica. La teoría de la unidad cósmica es común a todos los hermetistas: Uno es el Todo, por él el Todo, para él el Todo, en él el Todo. Bajo las formas de infinita diversidad con que nos presenta la naturaleza se oculta un solo ser, una esencia común a todo. El símbolo de esa unidad es la piedra filosofal, la cual es también llamada vegetal, animal y mineral, porque es de ella misma que en substancia y en ser se originan los vegetales, los animales y los minerales.

Vida cósmica. El universo entero es un gran organismo viviente que se halla en continua evolución y transformación. Todas las cosas poseen un alma y se encuentran vinculadas entre sí. Según Paracelso: La naturaleza, comprendiendo al universo, es una, y su origen no puede ser otro que la unidad eterna. Es un vasto organismo en el cual las cosas armonizan y simpatizan recíprocamente.

Dualismo sexual. De particular importancia para la interpretación psicológica es la teoría del dualismo sexual. Antes de la creación, Dios era hermafrodita, dividiéndose luego en dos seres de sexo opuesto. Del posterior ayuntamiento de ellos proviene el mundo, obedeciendo todas las afinidades y antagonismos que cabe verificar por la contraposición de dos principios complementarios: uno activo, masculino, y otro pasivo, femenino.

Los tres mundos. Todo lo existente se divide en tres mundos: Dios, el mundo arquetipo; la naturaleza, el macrocosmos y el hombre, el microcosmos. Entre lo tres mundos se dan correspondencias esenciales. En Dios hay tres personas; el mundo de la materia lo componen tres elementos: el azufre, la sal y el mercurio; el hombre, a su vez, se halla integrado por el cuerpo, el alma y el espíritu. El hombre el microcosmos es el reflejo cabal del macrocosmos, las mismas leyes gobiernan el comportamiento de uno y otro.

Naturaleza y arte. Hay un paralelismo estrecho entre la naturaleza y el arte alquimista. Frases como la siguiente abundan en los textos: En el comienzo, Dios creó todas las cosas de la nada, masa confusa en la cual hizo una clara distinción en seis días. Así debe ser en nuestro magisterio. Durante la gran Obra, es decir, la creación de la piedra filosofal, el alquimista rehace en su vas hermeticum un proceso análogo al de la creación.

En la simbólica alquimista dice Jung se expresa la problemática del proceso del devenir de la personalidad, el llamado proceso de individuación Esta frase señala la trascendental importancia que él asigna al estudio de la simbólica alquimista, tema central de sus investigaciones desde hace casi veinte años, que han abierto una riquísima fuente de conocimientos, de fundamental interés no sólo para la psicología , sino también para las ciencias del hombre en general.

Gran parte de su libro básico sobre el tema, Psicología y Alquimia, se dedica a la comparación entre las representaciones del objetivo de la Obra con representaciones cristianas centrales. Tanto las unas como las otras afirma Jung posen una importancia que no cabe exagerar para la interpretación de multitud de imágenes que aparecen en las fantasías y los sueños de individuos modernos, fantasías y sueños en los que no son poco frecuentes los símbolos y las alusiones alquimistas de indudable carácter arquetípico. La comprensión de esas imágenes, surgida de lo más hondo de la psique, exige conocimientos de psicología primitiva, mitología, y sobre todo de los preliminares históricos de la consciencia moderna, ya que la psique, como el cuerpo, es una estructura extremadamente histórica.

Sin duda, el alquimista procuraba penetrar en el misterio de las transformaciones químicas y luchaba realmente con los problemas de la materia. Su laboratorio era todo un arsenal de retortas y alambiques. No obstante, las descripciones de los procesos que cree vislumbrar son hechas en términos psicológicos, sus descubrimientos expresados mediante una simbólica religiosa y mitológica. Aclarar esta cuestión equivale a solucionar el problema principal que plantea la interpretación psicológica de la alquimia.

Todo lo desconocido y vacío dice Jung es llenado con proyecciones psicológicas. Ocurre como si en la oscuridad se reflejase el propio trasfondo psíquico del observador. Al tratar de explorar la materia, cuya verdadera naturaleza desconocía, el alquimista proyectaba sobre ella sus propias vivencias psíquicas, que se le aparecían como un comportamiento particular del proceso químico. Es decir, que cuanto veía o creía reconocer en la materia, eran, en primer término, sus propio datos inconscientes.

El Oro y la Inmortalidad

El Oro y la Inmortalidad

La nobleza del oro es ser el fruto llegado a la maduración, los otros metales son vulgares pues ellos no son maduros. En otros términos, el final último de la Naturaleza es la consumación del reino mineral, su maduración completa. La transmutación natural de los metales en oro está inscrita en su destino, pues la Naturaleza tiende a la perfección.

Esta increíble exaltación que provoca el oro nos incita a detenernos un instante; existe una maravillosa mitología del Homo faber. Todos estos mitos, estas leyendas y estos poemas épicos cuentan los comienzos decisivos de la conquista del mundo natural por los primeros hombres. Pero el oro no pertenece a esta mitología del Homo faber, es una creación del Homo religiosus; este metal toma valor por razones esencialmente símbólicas y religiosas: fue el primer metal que los hombres utilizaron, siendo que no se puede hacer de él ni útiles ni armas. En el curso de la historia, hubo innovaciones tecnológicas desde el empleo de la piedra a la elaboración del bronce, después el fierro y por fin, el acero, pero el oro no ha jugado ningún rol en esa evolución de la técnica. Por otra parte, es el metal más difícil de explotar: para obtener de seis a doce gramos de oro fino, es preciso acarrear a la superficie una tonelada de mineral.

La explotación de depósitos fluviales es a menudo menos complicada pero también mucho menos productiva: algunos centígramos por metro cúbico de arena. En comparación, el trabajo de explotación del petróleo es infinitamente más simple y más fácil; sin embargo, desde el tiempo de los faraones hasta nuestros días, los hombres han continuado laboriosamente su búsqueda obstinada. El valor simbólico primordial del oro no ha podido jamás ser abolido, a pesar de la desacralización progresiva de la Naturaleza y de la existencia humana.

El oro es la inmortalidad repiten los Brahmanas, esos textos rituales post-védicos que fueron compuestos a partir del siglo VIII A. C. En consecuencia, cuando se ha tenido éxito en obtener el elíxir que transforma los metales en oro alquímico, se ha alcanzado también la inmortalidad: la transmutación de los metales equivale a un crecimiento milagroso.

Según el famoso alquimista Arnoldo de Villanova, existe en la Naturaleza una cierta materia pura que, descubierta y llevada a la perfección por el Arte, convierte en ella todos los cuerpos imperfectos que ella toque. En otros términos, el Elixir (o la Piedra Filosofal) consuma el trabajo de la naturaleza y lo completa. Como lo dice el Hermano Simón de la Colonia en Speculum minus alchimiae : Este arte nos enseña a preparar un remedio llamado Elixir, el cual, vertido sobre los metales imperfectos, los perfecciona completamente, y es por esta razón que fue inventado.

En la obra de teatro El Alquímista de Ben Johnson, se desarrolla la misma idea. Uno de los personajes, Surly, duda en compartir la opinión alquímica según la cual el crecimiento de los metales sería comparable a la embriología animal, o sea que, igual que el polluelo que sale del cascarón, no importa que metal terminaría por transformarse en oro gracias a la lenta maduración en las entrañas de la Tierra. Porque, dice Surly, el huevo está destinado por la Naturaleza a ese fin y es un polluelo in potentía . Otro, Subtie, le replica: Nosotros decimos que tanto el plomo como los otros metales serían oro si ellos hubieran tenido el tiempo para llegar a serlo, (si el hombre no los hubiera arrancado de la Tierra). Otro personaje, Mammon, agrega: Y es eso lo que realiza nuestro Arte.

Por otra parte, el Elixir es capaz de acelerar el ritmo temporal de todos los organismos, de ahí su crecimiento. Raimundo Lull escribía: En primavera la Piedra, por su inmenso y maravilloso calor, aporta la vida a las plantas: si tú disuelves el equivalente de un grano de sal en una cáscara de nuez llena de agua, con la que tú riegas una cepa de viña, ella te dará uvas maduras en el mismo mes.

La alquimia china, como la alquimia árabe y la occidental, exalta también las virtudes terapéuticas universales del Elixir. Ko Hung repite a menudo que el Elixir podía sanar los metales ordinarios y transformarlos en oro.

Roger Bacon, sin emplear las expresiones de Piedra o de Elixir, habla en su Opus Majus de una medicina que hace desaparecer las impurezas del cuerpo e impide tan bien la decadencia de ese cuerpo que prolonga su vida en muchos siglos. Y Arnoldo de Villanova: La Piedra Filosofal cura todas las enfermedades. Cura en un día una enfermedad que duraría un mes, en doce días una enfermedad de un año, una más prolongada en un mes. Ella da a los viejos la juventud. Pareciera que el secreto principal del opus alchimicum estuviera ligado al poder del Adepto sobre el tiempo humano y el cósmico.

Se puede distinguir tres importantes ritmos temporales en la Naturaleza: el tiempo geológico, el vegetal y animal, y el tiempo humano. En otros términos, la Naturaleza es un inmenso organismo viviente, donde todo lo que la compone – minerales, piedras, plantas, animales y hombres – son el resultado de una inseminación, de una germinación, de un nacimiento. Sin embargo, los ritmos temporales son diferentes para cada forma de vida; la llegada a la maduración de los minerales se hace en algunos millares de años, mientras que las plantas crecen, fructifican y mueren en algunos meses. Para comandar al Tiempo, es necesario también controlar sus diferentes ritmos, a fin de intercambiar sus ciclos temporales.

Los primeros mineros y metalúrgicos creían poder acelerar el crecimiento de los minerales por el fuego. Los alquimistas fueron más ambiciosos: ellos pensaban sanar los metales ordinarios y acelerar su maduración, transmutándolos en metales más nobles y al fin en oro; pero iban aún más lejos: suponían que su elixir podía sanar y rejuvenecer a los hombres, prolongar su vida indefinidamente y hacerlos seres inmortales. En resumen, para los alquimistas, la vida era la epifanía del tiempo orgánico. Pero la intervención activa del alquimista en el ciclo natural introducía un nuevo elemento que se podría calificar de escatológico.

El opus alquímico: la sanación, la maduración acelerada y el perfeccionamiento de las creaciones de la Naturaleza, hace aparecer una eschatologie naturelle, si se puede decir; el alquimista anticipa el fin y la realización gloriosa de la Naturaleza.

Se puede comparar tal pensamiento a la esperanza que tenía Teilhard de Chardin en una redención cósmica a través de Cristo, es decir, la transmutación de la materia cósmica por el sacramento de la misa.

Como lo vamos a ver, existe una simetría fundamental entre la teología optimista de Teilhard de Chardin, y más especialmente entre su esperanza de una escatología cósmica cumplida por el Cristo, y la ideología religiosa de la alquimia occidental tardía.

Se puede decir que el alquimista ha terminado la última fase de un proyecto muy antiguo que nació cuando los primeros hombres emprendieron la tarea de transformar la Naturaleza. El concepto de la transmutación alquímica es entonces la última expresión de esta creencia inmemorial de la acción humana sobre la transformación de la Naturaleza. El mito de la alquimia es uno de los raros mitos optimistas: en efecto, el opus alquimicum no se contenta solamente en transformar, perfeccionar o regenerar la naturaleza; además confiere la perfección a la existencia humana, dándole salud, juventud eterna y aun inmortalidad.

Se puede decir, en la perspectiva de la historia de las religiones, que es por la alquimia que el hombre recobra su perfección original, cuya pérdida ha inspirado tantas leyendas trágicas en el mundo entero.

Para el alquimista, el hombre es un creador: él regenera la Naturaleza y domina al Tiempo; él perfecciona la creación divina. Se puede comparar esta escatología natural a la teología evolucionista, redentora, cósmica de Teilhard de Chardin, de quien se admite generalmente que es uno de los raros teólogos optimistas. Es ciertamente esta concepción del hombre como un ser creador de imaginación inagotable que explica la supervivencia de los ideales alquímicos en la ideología del siglo XIX. Si hubieran estado completamente secularizados en esa época, su sobrevida habría estado comprometida ya que la alquimia como tal había desaparecido. El triunfo de las ciencias experimentales no había abolido los sueños y los ideales de la alquimia, pero la nueva ideología del siglo XIX los cristalizaba alrededor del mito del progreso infinito. Esta ideología, confirmada por las ciencias experimentales y los progresos de la industrialización ha retomado los sueños milenarios de los alquimistas y les ha vuelto a dar un impulso, a pesar de su secularización radical. El mito de la perfección y de la redención de la Naturaleza ha sobrevivido bajo otra forma en los proyectos prometeicos de sociedades industrializadas, que tienen por meta la transformación de la Naturaleza, y más especialmente su transmutación en energía.

Es también en el siglo XIX que el hombre ha tenido éxito en suplantar al Tiempo; su deseo de acelerar el ritmo natural de los seres orgánicos y no orgánicos comenzó a realizarse, luego que los productos sintéticos de la química orgánica han demostrado la posibilidad de acelerar y a la vez de anular el tiempo, por la preparación en laboratorios e industrias de substancias que la Naturaleza habría producido en algunos millares de años. Es la preparación sintética de la vida aunque no sea más que bajo la forma de algunas modestas células protoplasmáticas la que ha sido, nosotros lo sabemos, el sueño supremo de la ciencia, desde la segunda mitad del siglo XIX hasta nuestros días.

Conquistando a la Naturaleza por las ciencias fisicoquímicas, el hombre puede llegar a ser su rival, sin ser el esclavo del tiempo, porque entonces la ciencia y la mano de obra harán su trabajo. Es con lo que él reconocía ser lo esencial de sí mismo, su inteligencia aplicada y su capacidad de trabajo, que el hombre moderno retoma sobre sí la función de la duración temporal, el rol del tiempo. Cierto, él ha sido condenado al trabajo desde el comienzo; pero en las sociedades tradicionales, el trabajo tenía una dimensión litúrgica y religiosa; mientras que ahora, en las sociedades industriales modernas, está enteramente secularizado. Por primera vez en su historia, el hombre ha asumido la tarea de hacerlo mejor y más rápido que la Naturaleza, sin tener a su disposición esa dimensión sagrada que volvía soportable el trabajo en otras sociedades.

Esta secularización radical del trabajo humano ha tenido consecuencias tales que se las puede comparar con las que implicaban la domesticación del fuego y el descubrimiento de la agricultura.

Pero esa es otra historia …

Mircea Eliade

Extractado por Carmen Bustos de
Alquimia Asiática.- Editorial Paidós.
Cosmología y Alquimia Babilónica.- Editorial Paidós.