Se cuenta que el compositor de ópera Rossini era tan perezoso como brillante. De las muchas anécdotas que circulan sobre su holgazanería, una nos lo presenta acostado en la cama por la mañana mientras componía una obertura. Estaba allí muy cómodo y hacía bastante frío para levantarse. Sin embargo, en ese momento se le cayeron al suelo unas cuantas hojas que estaba escribiendo y se esparcieron por toda la habitación, por lo que Rossini tenía que levantarse y recogerlas si quería seguir componiendo. Pero,
era un esfuerzo muy grande para él ! Reacio a molestarse, Rossini empezó otra vez y escribió una nueva obertura por completo, mucho más brillante y viva que la que se le había caído de las manos.

Esta anécdota puede considerarse como una victoria de la inspiración sobre la fuerza bruta y la auto-disciplina carente de imaginación. Es una victoria que parece cumplirse, al ser los sentimientos, la espontaneidad y el dejarse llevar los últimos vencedores. Por otro lado, la disciplina y la voluntad, que cada vez se consideran más como formas de inútil auto-tortura, son, en apariencia, los desgraciados perdedores de esta historia.

Sin embargo, se puede ver la voluntad como una expresión de lo que Angyal llamó autonomía: la capacidad de un organismo para funcionar libremente de acuerdo con su propia naturaleza intrínseca, en vez de hacerlo bajo la coacción de las fuerzas externas. Efectivamente, todo lo relacionado con la evolución se puede considerar como el resurgimiento de esta libertad.

En una visión comparativa entre los diferentes reinos de la naturaleza, el ser humano ocupa un lugar especial. Así como los animales son más libres que los vegetales porque pueden moverse en el mundo físico, los humanos son más libres que los animales porque pueden moverse en el mundo de las ideas, planes y visiones de infinita variabilidad, y pueden hacerlo con independencia del medio que los rodea. Nuestro sistema nervioso nos capacita para ser la especie de conducta menos previsible, porque somos la que menos depende de programas que nos den paso a unas normas de acción.

Es cierto que podemos encontrarnos obedeciendo a presiones externas: represión social, propaganda, etc. Podemos caer en la rutina y actuar automáticamente, y hasta podemos funcionar siguiendo solamente mecanismos instintivos. Pero he aquí la novedad – también podemos inventar nuevas conductas y convertirnos en una causa inteligente. Podemos elegir verdadera y libremente, manteniendo toda la responsabilidad de la auto-determinación. A esta adquisición evolutiva, que aún está en desarrollo, es a lo que damos aquí el nombre de voluntad.

Al mismo tiempo, estamos dramáticamente enfrentados a situaciones que nos invitan a servirnos de la voluntad. Si lo hacemos así, sube nuestra tensión psíquica y podemos marchar hacia una mayor libertad; pero, si no es así, somos prisioneros de las circunstancias de la vida. Múltiples circunstancias vitales que nos ha tocado protagonizar o presenciar a los largo de nuestra vida nos muestran que siempre que se ignora, suprime o viola de un modo firme y persistente la voluntad de un individuo, aparece el dolor y la enfermedad. Y, puesto que la voluntad es la facultad más próxima a nuestro yo, cuando recibe una ofensa le llega hasta lo más profundo.

Revisando la voluntad

Eche un vistazo a su propia voluntad.

Está con frecuencia:
– Desplazada por la de los demás?
– Subyugada por sus sentimientos, como la depresión, la ira o el miedo?
– Paralizada por la inercia?
– Adormecida por los hábitos?
– Desintegrada por las distracciones?
– Corroída por las dudas?

Hace normalmente lo que quiere hacer desde lo más profundo de su ser, porque le apetece así, o prevalece algún otro factor?

Tómese algún tiempo para considerar los principales aspectos de su vida y sus relaciones más importantes y escriba detalladamente sus respuestas.

La voluntad en la vida diaria

A pesar de muchos obstáculos, el descubrimiento de la voluntad es una experiencia elemental. Si queremos facilitar este proceso, podemos empezar por la forma más sencilla de todas: descubrir o reforzar nuestra voluntad haciendo uso de ella. En todo momento se nos ofrece esta oportunidad; si lo vemos así, la vida se convierte en un laboratorio para desarrollar y experimentar nuestra voluntad. Aquí hay algunas fórmulas se pueden inventar muchas más – para activarla en diversas situaciones de la vida diaria.

– Haga algo que no haya hecho nunca
– Tenga una actuación de valor
– Trace un plan y sígalo
– Quédese haciendo lo que hace durante cinco minutos más, aunque esté cansado
– Haga algo con mucha lentitud
– Diga no cuando tenga que decir no, aunque sea más fácil decir sí
– Haga lo que crea que es más importante
– Cuando se le presente una elección intrascendente, decida sin vacilar
– Actúe de forma contraria a lo esperado
– Actúe sin pensar en lo que los demás puedan pensar o decir
– Conténgase de decir algo que tenga ganas de decir
– Deje para más tarde algo que desee hacer ahora
– Haga en este momento algo que preferiría dejar para después
– Haga un mismo ejercicio todos los días durante un mes, aunque le parezca inútil
– Elimine de su vida cualquier cosa superflua
– Rompa un hábito
– Haga algo por lo que se sienta inseguro
– Haga algo poniendo en ello toda su atención, como si fuese la última vez.

Cualquier acción se puede convertir en un ejercicio de la voluntad, siempre que no se haga por costumbre o se considere una obligación. Así se pone en marcha un proceso en cadena. Una vez descubierta nuestra voluntad, podemos seguir realizando más actos de voluntad. De este modo vamos aumentando nuestra capacidad de voluntad, lo que nos permite seguir desarrollándola. La voluntad genera voluntad.

Pero no pensemos que las cosas son siempre tan fáciles. Podemos empezar haciendo estos ejercicios aunque los olvidemos al día siguiente; al tercer día puede parecer que no sirven para nada y, pasados unos días, puede que vuelvan a gustarnos y queramos empezar de nuevo. O, con la fogosidad de un entusiasmo repentino, podemos realizar muchos actos de voluntad con el fin de acumular el máximo posible de energías, para darnos cuenta después de que nos hemos dado una indigestión de voluntad.

Es importante no confundir la experiencia de la verdadera voluntad con el sentido victoriano de la fuerza de la voluntad. Lo cierto es que mucha gente ha llamado voluntad a lo que en realidad era austeridad. Podemos aclarar esta equivocación tan pronto como nos demos cuenta de que la verdadera función de la voluntad es dirigir, no imponer. Hay un ejemplo que puede ayudarnos a comprender este hecho básico. Suponga que está en un bote en medio de un lago, y quiere volver a la orilla. Para hacerlo tiene que hacer dos cosas:
primero, decidir en qué dirección navegar y mantenerla; después, utilizar su propia fuerza y remar.

Suponga ahora que en vez de llevar un bote está llevando un velero y hay una suave brisa. Lo que necesita en este caso es habilidad para manejar el timón y navegar para sacar el mayor provecho de las fuerzas naturales. No tiene que hacer ningún esfuerzo muscular para mover el barco. Su única función es elegir y mantener el rumbo que desea seguir, lo que es una tarea mucho más fácil y relajada que la de remar. En un velero el navegante no es un agente: es un meta-agente. Esto quiere decir que deja que el viento, la vela, las olas y las corrientes interactúen entre sí. Todo lo que tiene que hacer es regular con habilidad esta interacción sin participar directamente en ella, como lo habría hecho en el bote.


La verdadera voluntad también es un meta-agente, o una meta-fuerza que puede dirigir el juego de varios elementos de la personalidad desde una posición independiente, sin mezclarse ni identificarse con ninguno de ellos. Pero normalmente no nos damos cuenta de que esto es posible. Actuamos como si remáramos un velero cuando sopla el viento. Vamos dando golpes sin necesidad, decididos a actuar como agentes, a pesar de que no hace falta que hagamos ningún esfuerzo. Derrochamos tanta energía porque no sólo decidimos lo que vamos a hacer, sino que también intentamos hacerlo, utilizando la fuerza de voluntad ordinaria; pero podríamos conseguir todo esto sin intentar hacerlo y con mucho menos desgaste de energía.

Herbert von Karajan hizo una vez una distinción muy clara entre el trabajo laborioso y la dirección cómoda a sus alumnos, con una anécdota de su niñez, cuando aprendía a montar a caballo. La noche antes de su primer salto no pudo dormir de preocupación: Cómo puedo levantar esa cosa tan grande y saltar el obstáculo? pensé para mí. Entonces me di cuenta de que no es el jinete el que levanta el caballo. Uno se sienta en el caballo de la forma más adecuada y éste se levanta solo. La orquesta tiene que hacer lo mismo.

En el uso de la voluntad puede intervenir, a veces, el esfuerzo y la lucha. Puede chocar contra nuestras costumbres y hábitos arraigados. Puede ser una voluntad que rompe barreras, que vence el temor, y hace que sucedan hasta las cosas más improbables. Y hasta puede ser una voluntad sana, inmune al gesto seco de la fuerza de voluntad y de naturaleza diferente. Lo que marca la diferencia es identificarla con decisión solamente, y no con acción y esfuerzo. Para que ocurra así, la voluntad debe surgir desde nuestro corazón, que no debe estar contaminado ni desviado por otras fuerzas, aunque de todos modos es raro que esto suceda.

Muchas veces se observan personas que parecen tener una voluntad de hierro, pero que sólo están controladas por un sentimiento o deseo: la rebelión contra el dolor, la ambición o el miedo. No desean por sí mismos, sino que son sus esfuerzos los que se convertirán en intentos: esfuerzos absurdos, impulsos ciegos. En estos casos la voluntad no es un meta-agente, sino sólo un agente que está en el mismo plano que muchos otros agentes psicológicos. Nuestro mejor modo de compensar el peligro de pasarnos es recordar que sólo podemos desear verdaderamente desde el centro de nuestro ser, el yo.

Cuando surge desde el centro, la voluntad se puede expresar de muchas maneras y se puede considerar como una constelación de sucesos internos en vez de una manifestación psicológica simple y concreta. A veces nos damos cuenta de la voluntad en un hecho instantáneo, rápido como un relámpago, y en otras ocasiones podemos sentir la voluntad como un flujo constante de fuerza. En algunos momentos la voluntad consiste en hacer lo que hay que hacer, sin más razón, sin ningún compromiso ni expectativa de ganancia, sin ningún apoyo hedonístico, sin ningún reto, sin ningún sentimiento de culpabilidad. En otros momentos la voluntad se manifiesta cuando apuntamos a una meta con todas las fuerzas, sin estar tocada por ambivalencias ni fluctuaciones.

Cuando se pierde la voluntad, el espacio psicológico que debería ocupar ésta lo asume la angustia, la depresión, el enfado y la confusión. Por el contrario, la voluntad en acción otorga, según ha explicado Assagioli, siete grupos de cualidades: energía, dominio, concentración, determinación, persistencia, valor y organización.

Piero Ferrucci

Extractado por Pablo Cáceres de
P. Ferrucci.- Psicosíntesis.-Sirio

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