Para captar el verdadero significado de la alquimia y la astrología, es necesario tener una concepción clara de la identidad y relación interior del microcosmos y el macrocosmos, y de la interacción entre éstos. Todas las fuerzas del universo están potencialmente presentes en el hombre y en su cuerpo, y los órganos humanos no son más que los productos y representantes de las potencias de la naturaleza.

PARACELSO



Un enfoque psicológico
La astrología ha sido uno de los primeros intentos humanos de encontrar el orden oculto tras la confusión y el caos aparente que existía en el mundo. La raza humana aprendió a relacionar las experiencias de la vida con el esquema ordenado revelado por las rotaciones celestes. De este modo, la astrología se convirtió en un lenguaje simbólico con vitalidad suficiente para sobrevivir hasta nuestros tiempos; con la flexibilidad necesaria para desarrollarse con la propia raza humana. Su marco de referencia antiguo parece concordar maravillosamente con los modernos conceptos psicológicos, especialmente con los utilizados en las teorías de un psiquiatra eminente, el profesor Jung. Gracias a sus percepciones, y a las de sus numerosos seguidores, es posible dar una interpretación puesta al día de una gran parte del contenido de los símbolos astrológicos; tanto más cuanto que las intuiciones y los descubrimientos junguianos retroceden a las experiencias originales de la humanidad, encerradas por numerosas culturas en sus escrituras, tradiciones, mitologías y cuentos de hadas.

Una y otra vez, determinados motivos parecen tener predominancia en las leyendas e historias infantiles de la literatura mundial. Esos motivos parecen ser casi universales, y se encuentran a menudo, incluso hoy, en las fantasías y los sueños, en las alucinaciones de los pacientes enfebrecidos y en las ilusiones de las personas mentalmente perturbadas. Carl Jung ha buscado entre éstos y otros muchos fenómenos los materiales con los que construir un modelo de trabajo de la psique humana, y de este modo ha trazado importantísimas distinciones entre la consciencia personal, el inconsciente personal y el inconsciente colectivo. El consciente y el inconsciente son dos esferas complementarias que muestran características opuestas. Por así decirlo, se equilibran una a otra. Pero las opiniones de Jung sobre el inconsciente eran totalmente distintas de las de su maestro Sigmund Freud. Desde el punto de vista de Freud, la mente inconsciente es aquello donde se almacena el material reprimido por el individuo, y dio el nombre de preconsciente a la capa de la mente de la que tenemos un recuerdo instantáneo. El término inconsciente personal de Jung cubre esencialmente los dos conceptos anteriores de Freud; su preconsciente y su inconsciente.

Jung introdujo además una expresión nueva, inconsciente colectivo para denotar un compartimiento de la psique cuyos contenidos no son específicos de nuestros egos individuales, ni el resultado de la experiencia personal, sino que derivan de la estructura heredada del cerebro y del potencial heredado del funcionamiento psíquico en general. Tal como está concebido, el inconsciente colectivo incorpora todos los tipos de reacción psíquica y todas las experiencias humanas desde el principio mismo de la humanidad. Esa es la razón de que se utilice la palabra colectivo. Se presupone que todos formamos parte unos de otros y que compartimos esta mente inconsciente con los demás hombres. Dentro del inconsciente colectivo está el origen de esos motivos que todo el mundo tiene en común, motivos que pueden jugar también un importante papel en la psique individual. Jung explica, en un análisis detallado del inconsciente colectivo, cómo tiene lugar ese proceso.



Arquetipo e Inconsciente Colectivo
Del mismo modo que heredamos nuestras características físicas de nuestros padres y antepasados, heredamos también arquetipos en cuanto material del inconsciente colectivo; se trata de una herencia que compartimos con el resto de la humanidad. Se ha discutido mucho sobre el significado de la palabra arquetipo, pues en sus rasgos principales no se ha captado todavía su auténtico significado. El propio Jung ofrece la siguiente definición:

El arquetipo es un elemento formal, vacío en sí mismo, que no es otra cosa que una facultas praeformandi, una posibilidad a priori de la forma en que aparece la idea. Lo que heredamos no son nuestras ideas, sino simplemente sus formas, las cuales, a este respecto, son los equivalentes exactos de los instintos, también formalmente determinados. Por eso los arquetipos, lo mismo que los instintos, no pueden mostrarse como presentes hasta que se manifiestan de modo concreto.

Hemos visto que el inconsciente colectivo, como depositario de todos los arquetipos, contiene todas las experiencias humanas desde los primeros días de la humanidad. No es, a buen seguro, un almacén de material muerto; todo lo contrario. Constituye la matriz de nuestra conducta y reacciones. Sin embargo, por lo que se refiere al origen de los arquetipos nos hallamos todavía en la oscuridad; su naturaleza sigue siendo inescrutable. Sólo podemos conocerlos cuando se manifiestan como imágenes en nuestra psique, pero no debemos cometer el error de pensar que esas imágenes son los propios arquetipos. Resulta difícil estructurar una definición precisa del concepto arquetipo porque, además de un contenido consciente tiene otro inconsciente que no es fácil de describir con palabras. En el mejor de los casos, un arquetipo se puede comparar con una idea raíz o una idea desencarnada que existía ya antes de haber sido revestida con una forma material; es lo mismo que decir que el potencial de formación de cristales está ya presente en una solución química antes del inicio de la cristalización. Deducimos que el potencial está allí, pero sólo lo reconocemos por su expresión en una forma material. Lo mismo sucede con los arquetipos. La forma está ahí potencialmente, antes de que el contenido psíquico se forme en pensamientos o imágenes mentales. En el sentido más profundo, un arquetipo es incambiable, sin embargo, se puede revelar de incontables modos.

Los arquetipos rigen los principios en la parte oculta de la psique humana; son campos y centros de fuerza que sirven para controlar los elementos que se sumergen en el inconsciente. Su actividad está fuera de nuestro campo consciente, pero ejerce un gran efecto sobre lo que hacemos o dejamos de hacer. Como dice Jolande Jacobi: Ciertamente, hasta ahora todas las expresiones de la vida, en cuanto que pertenecen a un tipo humano general, descansan sobre un fundamento arquetípico, con independencia que se manifiesten en un nivel biológico, psicobiológico o mental.

Hay que trazar una distinción clara entre arquetipo en el sentido de potencialidad de tomar forma y arquetipo en el sentido de una posibilidad que ya ha tomado forma: la imagen arquetípica. La literatura suele poner de relieve a esta última. Ese ha sido uno de los numerosos motivos de confusión que complican una idea ya de por sí engañosa. Los numerosos disfraces bajo los que aparecen los arquetipos crean también dificultades, al dar la impresión de que el término arquetipo es una casilla conveniente para todo aquello que en la psique humana desafía una explicación. Dicha impresión se ve fomentada por la tendencia a etiquetar muchas ideas como arquetipos, perdiendo de vista la diferencia entre lo que Jung llama los arquetipos como tales y la imagen arquetípica. El llamado arquetipo no se refiere más que a uno de los modos de manifestación de los arquetipos como tales. Esta confusión entre la idea primaria y sus formas de expresión se encuentra también en los escritos del propio Jung. Utilizaba ya el término amplio de arquetipo en 1919, y no trazó la distinción esencial hasta 1946. En todo lo que escribió antes de sus artículos de 1946, el lector mismo tendrá que averiguar si está hablando del arquetipo como tal (es decir, el arquetipo real) o de una manifestación arquetípica (es decir, un arquetipo que se ha convertido en imagen).

Así, el arquetipo de la madre, que se almacena en el inconsciente colectivo sin ninguna forma dada, se puede revelar en el alma humana de innumerables modos. Es imposible discutir el arquetipo de la madre en toda su profundidad, pero mencionaremos aquí, a modo de ejemplo, algunas de las posibilidades de su manifestación. Uno de los principios primarios del arquetipo de la madre es la idea de lo maternal, lo que acaricia, suministra y protege. También entra en este arquetipo el crecimiento y el proporcionar forma, pues el embrión se forma en el útero y se desarrolla completamente por la madre, quien lo protege. Por tanto, cada objeto o idea que da al hombre un sentimiento de seguridad puede verse como un símbolo del arquetipo de la madre. Podemos tomar a la iglesia como un ejemplo del modo en que el arquetipo de la madre se convierte en una imagen, pues la iglesia da a los creyentes protección y seguridad espiritual. Otros ejemplos pueden ser la madre patria y la madre tierra. El sentimiento de verse abrigado por cualquier cosa en la que nos encontremos (como un niño en el útero) da a las formas huecas, como por ejemplo una cueva, el yoni (en el hinduismo designa a los genitales femeninos), o el útero mismo, la capacidad de ser un símbolo del arquetipo heredado de lo materno. Así, en los sueños, una cueva, aunque quizá pueda referirse a la madre del que sueña, también puede representar la idea de la maternidad.

Enlazada al problema de trazar una distinción entre el arquetipo mismo y su manifestación, está la cuestión de si son o no comparativamente pocos los arquetipos que sirven como origen del gran número de imágenes arquetípicas. Si no es así, nos enfrentamos probablemente a una serie interminable de arquetipos. A este respecto, ha dicho Jolande Jacobi: Cada arquetipo puede desarrollarse y diferenciarse interminablemente. Puede tener ramas como un árbol, y florecer mil veces. No parece haber respuesta a la pregunta de si hay muchos impulsos primitivos a la forma, es decir arquetipos. En un último análisis, podemos volver a las posibilidades inherentes a las experiencias fundamentales típicas. Quién sabe? Quizá puedan reducirse a una unidad consistente de dos supuestos básicos, con la luz y la oscuridad o el cielo y la tierra, a la base de la propia creación. Cuanto mayor sea la profundidad en que está en el inconsciente la capa en que se da un arquetipo, más simple será su lenguaje metafórico y más significado residirá en él esperando a ser desplegado, y por tanto resultará el arquetipo más significativo.

Los símbolos en la astrología
Cada arquetipo como tal es un símbolo potencial, lo que quiere decir que la forma que adopta al manifestarse se puede representar por un símbolo. Por ejemplo, el arquetipo de la madre puede simbolizarse como una fuente, un yoni, etc. Así, cada símbolo está determinado por un arquetipo que en sí mismo no es perceptible. Tiene que tener esta base arquetípica para calificarse como símbolo, aunque no ha de ser absolutamente idéntico al arquetipo. Cada arquetipo como tal se puede materializar en cualquier momento como un símbolo, siempre que esté presente en el inconsciente una constelación psíquica general o una situación conformable. En esencia, un arquetipo es un centro comprimido de energía psíquica, y se le une el símbolo para hacerlo visible. Teniendo esto en cuenta, Jung describió un símbolo como un aspecto y una imagen de la energía psíquica. En otras palabras, por así decirlo, el inconsciente nos proporciona formas arquetípicas vacías en sí mismas y que se hallan más allá de nuestra concepción, y entonces la mente consciente las llena con imágenes similares o relacionadas de modo que podamos captarlas.



Goethe ha dado una notable descripción de la noción de simbolismo que se aproxima bastante a esto: el simbolismo convierte un fenómeno en una idea, y una idea en una imagen, de modo tal que la idea es interminablemente activa, pero inalcanzable en la imagen. Incluso aunque se expresen en todas las lenguas, sigue siendo inexpresable. De acuerdo con C. Jung, el uso del simbolismo presupone que la expresión elegida es la mejor fórmula o designación posible para una realidad más o menos desconocida, cuya existencia es admitida, o en cualquier caso, se considera como deseable. Por una parte, el símbolo expresa el proceso psíquico interior de una forma representativa; por otra parte, cuando la imagen ha sido formada, se imprime en este proceso y hace avanzar así la corriente de acontecimientos psíquicos.

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