Ahora vamos a ocuparnos de la importancia de las emociones en el proceso analítico. Para decirlo en pocas palabras, ha habido un cambio de actitud en lo que respecta a la importancia de las experiencias emocionales en el análisis. En la época en que Freud hizo sus experimentos terapéuticos con la hipnosis notable experimentación, por cierto – se creía que revivir ciertas experiencias del pasado era fundamental. Luego, al proseguir Freud sus investigaciones, al proseguir la construcción de sus teorías, hubo un desplazamiento hacia lo intelectual. El análisis se convirtió más en una cuestión de comprender, de recurrir a la razón. Si en esa época hubiéramos preguntado por qué mejora y cambia el paciente?, se nos habría respondido que el paciente se da cuenta de que una determinada actitud es verdaderamente infantil (para usar la terminología de Freud), o que ha comprendido mejor la reiteración de ciertas actitudes infantiles hacia sus experiencias. El juicio maduro del paciente le dice que esas actitudes no son racionales, que no es apropiado mantenerlas. En ese entonces, el análisis apelaba a la razón. Más tarde esa apelación, esa sobrestimación de la razón y el intelecto comenzaron a cambiar. No voy a relatar la historia de esos cambios, que probablemente ustedes ya conocen. Diré no obstante que el primero de ellos se produjo a través de una obra de Ferenczi y Rank, en una época en la que el psicoanálisis se basaba aún en gran medida en la noción de que es necesario revivir las experiencias infantiles. Pero lo importante de ese trabajo no era su concentración en las experiencias infantiles sino su énfasis en las experiencias emocionales.

Ese énfasis era amplio y en la actualidad es vastamente aceptado como importante y deseable. Theodor Reik, por ejemplo, que hace ya algunos años escribió un libro sobre el efecto terapéutico de la sorpresa, sostiene que si se toma al paciente por sorpresa, probablemente reaccione en forma emocional y esa reacción tendrá efecto terapéutico. Hace muy poco tiempo sostuve en Hawai una conversación con John Lynne, quien el año pasado nos hizo llegar un trabajo muy interesante sobre la personalidad dividida. En resumen, lo que me dijo es que también él considera que lo único importante en el análisis es la experiencia emocional. Quizá se exceda en su énfasis, pero siguió las sugerencias de otros psiquiatras que habían ensayado un procedimiento. El doctor Lynne administró un sedativo al paciente y, según entiendo, le aplicó una débil estimulación eléctrica en el tálamo. Su impresión es que la sedación combinada con la estimulación talámica produjo una verdadera experiencia emocional.

Si lo menciono es porque se trata de una persona que sigue su propia senda, basándose en las sugerencias de otros psiquiatras de ideas muy alejadas de las nuestras, y sin embargo llega a la conclusión de que las experiencias emocionales son importantes para la obtención de beneficios terapéuticos. Hasta ahora, creo, se acepta en general como deseable que en el psicoanálisis las experiencias emocionales se sumen a la conversación o la comprensión intelectual de las cosas. Sin embargo, en lo que respecta a los detalles se plantean muchos interrogantes para los cuales no hay aún una respuesta clara. Me referiré a algunos de estos problemas.

Por ejemplo, hay varios analistas que destacan en particular ciertos factores que, a su juicio, deben ser experimentados. Así, he oído decir que Harold Kelman a menudo señala como deseable que el paciente experimente ansiedad. Alexander Reid Martin pone el acento en la experiencia del conflicto. Lo plantea en función de la participación corporal en el conflicto, y creo que sé a qué se refiere, aunque no consigue impresionarme. Creo que en toda experiencia emocional auténtica hay algo de totalidad. El término alemán Erlebnis, que tiene relación con un sentimiento vivo, también encierra ese sentido de totalidad del sentimiento. Leben se relaciona con la condición de estar vivo, con la vida. Es un buen término porque significa que algo está emocionalmente vivo e incluye nuestro ser en su totalidad. Puede ser comparado, por ejemplo, con orgasmo. Un buen orgasmo no es una sensación localizada sino algo que abarca todo nuestro ser. Una sensación de vitalidad puede, por supuesto, estar localizada, pero entonces no sería una Erlebnis, en el sentido con que empleo el término en este momento. En mi artículo The Paucity of Inner Experiences me refiero a la importancia de experimentar el vacío, punto que Ralph Harris destacaba con insistencia en esa época.

Todo esto la ansiedad, el conflicto, la Erlebnis, la vitalidad localizada, el vacío interior, etc. – es deseable e importante. Pero hasta ahora no veo que haya ninguna razón particular para dar preeminencia a uno u otro de esos factores; aunque sí creo que cuanto más se experimente y se sienta algo, sea lo que fuere, en lugar de simplemente pensarlo, mayor será su eficacia terapéutica. Ahora bien, más específicamente, cuál es el valor de esa experiencia emocional en el análisis?

Esos factores son de algún modo evidentes. Nada se vuelve tan real para nosotros como lo que experimentamos directamente. Podemos oír hablar del hambre o la guerra, la belleza de las montañas o los dolores del parto, pero no tienen para nosotros la misma realidad que cuando experimentamos personalmente el dolor, el hambre, la sed, la belleza, el amor o lo que sea. Lo mismo algo que no es tan real – se aplica a lo que sucede dentro del análisis. Quiero mencionar un punto al que ya he aludido antes varias veces: podemos tener una total convicción de que algo es de determinada manera, y sin embargo el hecho de sentirlo realmente le confiere un valor de realidad muy diferente. Lo que no hemos sentido sigue siendo, después de todo, una inferencia, una inferencia que puede llevar aparejada una considerable convicción. Pero como sigue siendo una inferencia, no llega a la raíz. No se convierte en propiedad de la persona. A menudo es difícil distinguir los sentimientos reales de las inferencias, porque un paciente puede ser muy productivo y mostrar mucho interés por algo y, sin embargo, después de varias sesiones, notamos que es poco lo que ha echado raíz o ha significado realmente algo para él en profundidad. Es como si hablara de posibilidades, como lo hacía el paciente al que me referí antes en otro contexto. Tuvimos varias sesiones muy buenas y productivas en relación con su temor a la crítica. Aunque todo parecía claro, se trataba tan sólo de una inferencia que él había hecho: evidentemente, tenía que sentir temor a la crítica. Sin duda también las inferencias deben ser tomadas en cuenta, en mayor o menor grado, pero no hemos de basarnos exclusivamente en ellas.

Otro valor de la experiencia directa en el análisis es que el paciente percibirá la intensidad de algo, lo que, como todos sabemos, es muy importante. Por supuesto, en lugar de sentir directamente la intensidad, podemos inferirla. Si, por ejemplo, una paciente advierte punto por punto las razones del pánico que la embarga cuando algo queda fuera de control, se infiere que el control debe ser importante. No hay nada inteligente que decir en contra de esa intensidad inferida; tampoco la paciente discute su valor. Pero no es una intensidad sentida: es inferida, y quizá la intensa convicción de la paciente se refiera a la inferencia y no al sentimiento real.

Es asombroso lo que la gente hace con los sentimientos en el análisis. A veces los pacientes mencionan sentimientos fugaces. Es comprensible que no les presten atención, pero para nosotros esos sentimientos pueden ser lo bastante importantes como para tomarlos en cuenta y comprobar si no son burbujas que emergen desde una gran profundidad. Pero incluso cuando un sentimiento es bastante fuerte, como por ejemplo la indignación ante un derecho burlado o la cólera por algo experiencias realmente sentidas – incluso entonces el paciente puede desecharlos diciendo: Y bueno, tengo mis motivos para esta enojado. Como ustedes ven, al paciente no le interesa su enojo sino la justificación que pueda tener. Cuál fue el motivo del enojo? O quizá diga: Me enojé muchísimo, pero en realidad no se justifica. También aquí lo que le preocupa no es el sentimiento en sí, sino la cuestión de si era correcto sentir de ese modo. O tal vez narre un incidente en el que reaccionó en forma desmedida ante un insulto o un acontecimiento, y diga: Está bien, fue una reacción exagerada. Y así ocurre que a un sentimiento se lo guarde en un cajón y se lo suprima. O quizá pregunte de inmediato: Por qué me sucede? Por qué estoy tan enojado? Todo esto es muy diferente de enfrentarse cara a cara con un sentimiento per se.



Anteriormente di un ejemplo de un paciente que comenzaba a tomar consciencia de un fuerte sentimiento; volveré a referirme a él. Aunque es un ejemplo sencillo, debemos analizar aún algunos de sus aspectos. El episodio ocurrió cuando el paciente, a causa de sus vacaciones, había interrumpido su análisis formal: se trata principalmente de un fragmento de auto análisis. El paciente tendía a mostrarse modesto, pero estaba empezando a cambiar. A raíz de una provocación externa, de pronto este paciente se sintió furioso por haber tolerado tantas cosas en su vida. Hubo varios incidentes, uno tras otro. No se preguntó: Estaba justificado? Por qué me sucede? En absoluto. Nada de justificaciones. Nada de preguntas o razones: tan sólo tenerse frente a sí, experimentar en estado puro la furia por haber soportado demasiadas cosas en su vida. Sin ningún tipo de análisis, hay que admitirlo, por el sólo hecho de pasar por esa experiencia, comprendió que su reacción podía ser valiosa y que no debía reprimir nada sino dejar que las cosas sucedieran. Así lo hizo y le resultó muy desagradable. Pero después sintió una enorme liberación. Se sintió sereno, feliz. Su timidez habitual hacia la gente había desaparecido. Mostró sentimientos amistosos, franqueza. Ahora bien, el hecho de que llegara a este resultado sin haber formulado ningún pensamiento analítico nos conduce a un tercer punto: el sentimiento de liberación.

Quiero examinar aquí unos pocos incidentes relacionados con la liberación, todos muy sencillos. Uno de ellos, que referí en uno de mis libros, llevó a un importante descubrimiento sobre las exigencias o pretensiones neuróticas. Lo describiré en pocas palabras: regresaba yo de México durante la Segunda Guerra Mundial y, a causa de las prioridades, me hicieron descender del avión en Texas, en plena noche. Al principio me sentí un poco enfadada, pero sobre todo muy cansada y desesperada. Cómo haría para llegar a Nueva York? Pasé una noche miserable. Pero en el transcurso de esa noche en el tren, en forma gradual (no recuerdo exactamente cómo sucedió), el cansancio fue reemplazado por la cólera, inspirada por la situación en que me encontraba. Esto no debería pasarme a mí! Las prioridades están muy bien, pero se trataba, no diré de un terrible insulto, pero sí de un terrible destino, por así decir. Hallarse en esa situación no era agradable. Pero he aquí que la cólera se abrió paso a la superficie e hice la conexión intelectual de que tenía que haber de por medio una exigencia, una pretensión. En realidad, no la percibía directamente. Sin embargo, fue lo único que pude pensar, y era absolutamente cierto: pretendía algo muy especial. En ese momento experimenté un enorme sentimiento de liberación. Pocas veces en mi vida me he sentido tan feliz. Pese a que tuve que permanecer en un vagón durante tres días y cuatro noches y por cierto que el viaje era tan desagradable como antes de esa intromisión – me sentí muy feliz. Me sentí serena, disfruté mirando por la ventanilla, hablando con otras personas. Fue una experiencia maravillosa. Si la menciono aquí es porque pone de relieve de un modo muy especial el sentimiento de liberación, que me propongo seguir examinando.

Específicamente, quiero examinar su valor terapéutico. En la experiencia que acabo de describir, el hecho de tener que viajar por tren suscitó en mí una oleada emocional de ira y deseos de venganza, quizás el deseo de que el avión del que fui obligada a descender se estrellara. Esto, junto con mi pretensión y mi insistencia en algo muy especial, tocó una fibra sensible. Lo que sucedió no fue el abandono deliberado y consciente de esa exigencia. Aparentemente, ésta perdió fuerza. La desaparición de la insistencia en algo especial o de la pretensión de un privilegio, como quiera que se lo llame, fue por cierto un alivio. Esto es algo que podemos comprender. Además de constituir una experiencia emocional, fue también un fragmento de buen análisis, Puesto que se estableció la relación entre los sentimientos de ira y venganza y la pretensión en que éstos se basaban. También puede interpretarse esta experiencia como una renuncia, en el sentido de que abandoné o depuse ciertos factores neuróticos, y en consecuencia me sentí más en armonía consigo misma. De cualquier modo, en lugar de hablar de pretensiones o exigencias podría decirse que algo, algún egocentrismo, resultó suprimido, por lo menos en forma temporaria.

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