PitagorasEn el siglo VI antes de nuestra era surgen grandes reformadores en distintos lugares del planeta, difundiendo doctrinas similares. No es casualidad este hecho, sus misiones tienen un objetivo común. Estas corrientes espirituales que son captadas por la humanidad proceden de un mundo divino que no es percibido por nosotros, y del cual los genios y profetas son testigos y ejecutores.

Tal es el caso de Pitágoras, matemático y filósofo del siglo VI a. de C., quien en Crotona, antigua Italia llamada Magna Grecia, creó la escuela pitagórica, en un intento de realizar una iniciación laica. Su existencia fue posteriormente cuestionada, sin embargo existen antecedentes suficientes para demostrarla. Al igual que la de Orfeo, ella está revestida de mito y de historia. Lo esencial de su pensamiento se encuentra en escritores de la antigua Grecia, en especial en Platón, donde su Timeo contiene la cosmogonía de Pitágoras.

El aspecto general de Grecia había cambiado, comenzando a decaer. Para que el pensamiento de Orfeo pudiese vivir y florecer en todo su esplendor se necesitaba que la ciencia de sus templos pasase a los laicos, a los legisladores civiles, a escuelas de poetas bajo la dirección de los filósofos. Estos sintieron que la enseñanza debía tener dos doctrinas, una pública y otra secreta, que expusieran la misma verdad pero bajo formas diferentes apropiadas al desarrollo de sus discípulos.

Este nuevo enfoque dio a Grecia tres siglos de creación artística y de esplendor intelectual. Ella permitió
al pensamiento órfico concentrar toda su luz e irradiarla sobre el mundo entero antes de que su edificio político se derrumbara bajo la dominación de Roma.

La evolución de que hablamos tuvo muchos artífices. Entre ellos se encontraba Pitágoras, alto iniciado, inteligencia soberana, creadora y organizadora. Fue maestro de la Grecia laica, como Orfeo lo fue para la Grecia sacerdotal, tradujo y continuó el pensamiento de su predecesor y lo aplicó a los nuevos tiempos. Pero su traducción fue una creación: coordinó las inspiraciones órficas en un sistema completo de aplicación científica y moral de su enseñanza en su Instituto de Educación.

Su doctrina no fue escrita, se transmitió por medio de signos secretos y bajo formas simbólicas, su acción verdadera se ejercía por medio de la enseñanza oral. Ella se perpetuó por los sobrevivientes que huyeron
de Grecia. En su doctrina se encuentra una reproducción de las enseñanzas esotéricas de la India y de Egipto, desarrollada con claridad y sencillez, dándole un sentimiento más enérgico y una clara idea de la libertad humana.

Pitágoras era hijo de un rico comerciante de joyas de Samos, y nació en Sidón, Fenicia. La Pitias del oráculo de Delfos había augurado a sus futuros padres que les nacería un hijo que será útil a todos los hombres en todos los tiempos. Era hermoso, dulce, moderado, lleno de justicia, con gran pasión intelectual. Sus padres animaron en él esta inclinación por el estudio de la sabiduría. Tuvo contacto con grandes maestros y filósofos jonios de la época, tales como Ferecides de Siros, Tales y Anaximandro en Mileto. Ellos sentían inclinación hacia la mística y afinidad con las filosofías orientales, de ahí su influencia.

Pero no encontró lo que buscaba: la síntesis, la unidad con el gran todo. Intuía que en la síntesis de los tres mundos estaba el secreto del cosmos. En una iluminación instantánea y clara, vio oculta en aquellas líneas geométricas del templo de Delfos la clave del Universo, la ciencia de los números, la ley ternaria que rige la constitución de los seres. En esta visión sagrada vio los mundos moverse según el ritmo y la armonía de los números sagrados. Estos tres mundos: natural, humano y divino se sostenían y determinaban uno a otro. Vio además su vida y su obra futura; pero necesitaba de una ciencia para llevar a cabo tal labor, y no la encontró más que en los templos de Egipto.

Su preparación a la iniciación duró 22 años. Se sometió, a ella con una paciencia y un valor inquebrantables, pues tenía fe en su destino. Allí se formó y se templó, profundizando las matemáticas sagradas, esa ciencia de los números o de los principios universales, que fue el centro de su sistema y que formuló de una manera nueva. Además conoció el poder de la voluntad humana sabiamente ejercitada y fortificada y sus aplicaciones infinitas tanto al cuerpo como al alma. Ambas, tanto la ciencia de los números como el arte de la voluntad son las dos claves de la magia – decían los sacerdotes de Memphis – ellas abren todas las puertas del Universo. Así Pitágoras pudo comprender la involución del espíritu en la materia, y luego su evolución hacia la unidad por medio del desarrollo de la consciencia.

Egipto fue tomado y saqueado por los persas, y Pitágoras fue trasladado con una parte del sacerdocio egipcio a Babilonia, donde existía un conjunto de pueblos, lenguas, cultos y religiones. Así, al llegar a Babilonia encontró tres religiones diferentes codeándose en el alto sacerdocio: los antiguos sacerdotes caldeos, los sobrevivientes del mazdeísmo persa y la flor de la cautividad judía. Pitágoras estudió toda aquellas doctrinas, religiones y cultos.

Sabía más que sus maestros de física. conocía los principios eternos del Universo y sus aplicaciones. En
el templo de Memphis y en el de Bel de Babilonia había aprendido muchos secretos sobre el pasado de las religiones, sobre la historia de los continentes y de las razas. También comparó las ventajas e inconvenientes del monoteísmo judío, el politeísmo griego, el trinitarismo hindú y el dualismo persa. Comprendió que todas las religiones eran rayos de una misma verdad, tamizados por distintos grados de inteligencia y para diferentes estados sociales, y que la síntesis se encontraba en la ciencia esotérica. Decidió volver a Grecia a cumplir su misión y comenzar su obra. Después de 34 años de ausencia regresó
a Samos, encontrando escuelas y templos cerrados porque los poetas y sabios habían huido del cesarismo persa.

Junto a su madre, quien confiaba en su elevada misión, marchó hacia Grecia en pos de una misteriosa y gran obra: despertar el alma dormida de los dioses en los santuarios, devolver la fuerza y prestigio al templo de Apolo y luego fundar una escuela de ciencia y de vida, donde salieran no políticos ni sofistas, sino hombres y mujeres iniciados.

Encontró en el templo de Delfos, consagrado a Apolo, un instrumento maravilloso para su obra. Utilizó el santuario más bien para ilustrar a sus discípulos que para consultar a Apolo, y así poder dirigirlos y preparar el porvenir de Grecia. A través de Pitágoras, Delfos volvió a ser un centro de vida y de acción. Estuvo durante un año instruyendo a los sacerdotes en todos los secretos de su doctrina y también formando a Teodea (sacerdotisa clarividente) para su ministerio.

Es en la ciudad de Crotona, ciudad floreciente de Italia Meridional, donde Pitágoras encontró asilo para su gran escuela de filosofía esotérica conocida por el nombre de Secta Pitagórica, la que se considera como la madre de la escuela platónica y antecesora de todas las escuelas idealistas.

El objetivo de su escuela no era tan sólo enseñar la doctrina esotérica a un círculo de discípulos elegidos, sino también aplicar sus principios a la educación de la juventud y a la vida de estado. Tenía en mente fundar un instituto para la iniciación laica, con la intención de transformar la organización política de las ciudades a imagen de aquel ideal filosófico y religioso.

Produjo en Crotona una verdadera revolución, cautivó a jóvenes y mujeres, admirados al escucharle hablar sobre la virtud y la verdad. El senado de Crotona, o Consejo de los Mil, también aceptó sus ideas adoptando el proyecto del Instituto. Este llegó a ser un colegio de educación, una academia de ciencias y una ciudad modelo, bajo la dirección de ese gran maestro iniciado. Este Instituto fue de una importancia extraordinaria porque significó la síntesis anticipada del helenismo y del cristianismo, insertó la ciencia en la vida y reconoció la verdad viviente en uno mismo.

El ingreso del novicio comenzaba con su entrada al gimnasio pitagórico, donde los jóvenes se ejercitaban en la carrera, en el lanzamiento del disco o ejecutaban combates simulados bajo formas de danzas. Había desterrado la lucha cuerpo a cuerpo por desarrollar el odio y el orgullo, sentimientos que rebajan al individuo. También los novicios podían manifestar abiertamente sus opiniones, mostrando su verdadera naturaleza, de modo que los maestros pudieran observar y leer en el fondo de su alma, formándose una idea clara de sus futuros discípulos. Eran sometidos a pruebas decisivas que eran imitaciones de las iniciaciones egipcias pero menos severas. Los que soportaban los ataques con firmeza, que respondían con palabras justas y espirituales, eran admitidos en el noviciado llamado preparación, que duraba de 2 a 5 años. Los novicios debían someterse a la ley del silencio. Las lecciones que recibían para estudiar debían ser leídas con respeto y meditar sobre ellas ampliamente. Pitágoras deseaba sobre todo desarrollarles la facultad primordial y superior del hombre, la intuición. Para ello no enseñaba cosas misteriosas ni difíciles, sino que comenzaba con los sentimientos, los deberes naturales del hombre y su relación con las leyes universales. Enfatizaba el amor a los padres, asimilando la idea de padre a la de Dios, y la de madre a la naturaleza, y así el hijo debía honrar a ambos por ser representantes de esas grandes divinidades. Fomentaba la amistad, aconsejando que es necesario escoger a los amigos.

Enseñaba que los dioses eran los mismos en todos los pueblos, con diversa apariencia, y que correspondían a las mismas fuerzas divinas en todo el universo. También enseñaba tolerancia para todos los cultos, ya que la unidad de las religiones estaba expresada en la ciencia esotérica. Así, la enseñanza moral preparaba el camino a la enseñanza filosófica.

Les hablaba de una jerarquía de seres superiores que eran guías y protectores, y que servían de intermediarios entre los hombres y la Divinidad, y que para llegar a ellos se debían practicar las virtudes. Enseñaba que los números tenían el secreto de las cosas y que Dios era la armonía universal. A la purificación del alma seguía la del cuerpo, que se obtenía por la higiene y la disciplina. Debían vencer sus pasiones, sin embargo no prescribía una vida célibe, puesto que el matrimonio era considerado como santo.

Posterior a esto, comenzaba la verdadera iniciación. Esta consistía en una exposición completa de la doctrina oculta desde sus principios contenidos en la ciencia de los números hasta la evolución universal.

Pitágoras llamaba matemáticos a sus discípulos, porque su enseñanza comenzaba por la doctrina de los números. Esta matemática sagrada o ciencia de los principios era más trascendente que la matemática profana. El número se consideraba como la virtud intrínseca y activa del Uno supremo, de Dios, fuente de la armonía universal. Con ellos formaba una teogonía o teología racional, constituyendo la síntesis de todas las cosas. Fue el primero en introducir ideas filosóficas en las matemáticas y dio un orden a las ciencias, que no habían tenido antes.

Pitágoras agregaba que la obra de la iniciación consistía en aproximarse al gran Ser, volviéndose tan perfecto como fuese posible, sólo así Dios,descendería en nuestra consciencia. Dios era la sustancia indivisible, que tenía por número la unidad, por nombre el de Padre, de Creador o Eterno Masculino, y por signo el Fuego viviente, símbolo del espíritu, siendo el primer principio.

Decía Pitágoras que la Mónada actuaba como Díada creadora, es decir, Dios manifestándose como una dualidad: esencia invisible y substancia visible, principio masculino activo, animador y principio femenino pasivo, La Díada representaba la unión del Eterno masculino y del Eterno Femenino en Dios. Orfeo hablaba de que Júpiter es el Esposo y Esposa Divinos. Esta idea se refleja en todos los politeísmos, donde intuitivamente han representado a la Divinidad tanto en forma masculina como en forma femenina. En la humanidad, la mujer representaba a la naturaleza, y la imagen perfecta de Dios no era el hombre solo, sino ambos.

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