ConfianzaEl Ingreso en el Universo Sensible

Uno de los hitos más importantes en el surgimiento de una nueva visión científica de la especie humana y el universo es la obra de Thomas Kuhn, que en 1957 publicó The Structure of Scientific Revolutions. Este libro fue el primero en alertarnos acerca de la tendencia de la ciencia a ser selectiva por la forma en que sus profesionales eligen su investigación y al mismo tiempo por cómo juzgan el trabajo de otros.

De manera muy convincente, Kuhn mostraba que lo que él denominó “pensamiento paradigmático” a menudo llevaba a los científicos a excluir áreas de investigación, como hallazgos particulares que no se ajustaban con facilidad a las teorías o las construcciones mentales predominantes de la época. Un paradigma es un conjunto de creencias sobre la realidad que parecen evidentes e inmutables. El pensamiento paradigmático puede llevar a los individuos (en este caso, los científicos) a defender su punto de vista contra toda prueba racional. Esto es exactamente lo que pasó con la sumisión ciega al paradigma newtoniano. La tesis de Kuhn también arrojó luz sobre el problema de la “inversión” personal de la ciencia, revelando la forma en que los científicos muchas veces hacen sus carreras a partir de descubrimientos particulares, a menudo en universidades o instituciones privadas, y luego tienden a defender estas posiciones teóricas -que ven como origen de su status personal- frente a los que llegan con ideas diferentes, aunque esas ideas sean objetivamente mejores y más completas.

En razón de este problema, la ciencia con frecuencia avanza con lentitud, y a menudo debe retirarse una generación para que la siguiente vea aceptados sus logros. El gran aporte de Kuhn fue crear una mayor conciencia y una mayor apertura personal en una nueva generación de científicos, justamente en momentos en que se producía una toma de conciencia popular de que estaba produciéndose un cambio importante de paradigma.

Newton imaginó que el mundo funcionaba gracias a procesos puramente físicos de una naturaleza similar a la máquina, sin influencia mental o mística de ningún tipo. Al seguir este paradigma, todas las demás ciencias y subdisciplinas se pusieron a categorizar y explicar todas las partes y los pro­cesos básicos del mundo.

Sin embargo, a fines del siglo XIX, en el clímax mismo del paradigma mecanicista, empezaron a ponerse en duda los supuestos básicos de la física que había creado este tipo de ciencia. De repente, en vez de ser un lugar muerto y sin alma, el universo comenzó a parecer un enorme teatro de energía dinámica y misteriosa, una energía que estaba implícita en todas las cosas e interactuaba consigo misma de una manera que no podía calificarse sino de “inteligente”.

La Nueva Física

Este paso a una creencia en el universo inteligente empezó con el trabajo de Albert Einstein, que a lo largo de varias décadas puso la física patas para arriba. Como bien lo detalla Fritjof Capra en El Tao de la Física, Einstein salió a escena cuando a los científicos empezó a costarles comprender datos experimentales específicos como lo hacían antes. El comporta­miento de la luz, por ejemplo, no encajaba fácilmente en la visión mecanicista newtoniana.

Maxwell y Faraday habían demostrado en 1860 que la mejor manera de describir la luz era como un campo electromagnético oscilante que distorsionaba el espacio ya que viajaba a través del universo en forma de ondas. La idea de las distorsiones de espacio evidentemente no era posible dentro de la estructura newtoniana, porque para ajustarse a esa teoría la onda necesitaba un medio para poder viajar mecánicamente. Para resolver el problema, Maxwell y Faraday enunciaron la hipótesis de un “éter” universal que podía cumplir con esa función.

En lo que más tarde constituiría una serie de percepciones brillantes, Einstein propuso la teoría de que no había ningún éter y que en verdad la luz viajaba a través del universo sin un medio distorsionando el espacio. Einstein postuló además que este efecto explicaba también la fuerza de gravedad, afirmando que la gravedad no era una fuerza en el sentido convencional en que Newton la describía.

Era, en cambio, el resultado de la forma en que la masa de una estrella o un planeta también distorsionaba el espacio. Einstein afirmó que la Luna, por ejemplo, no gira alrededor de nuestro planeta porque es atraída por la masa más grande de la Tierra que tira de ella como si fuera una pelota que va haciendo remolinos sobre una cuerda. Lo que sucede, en cambio, es que la Tierra distorsiona su espacio circundante de manera tal que lo curva, o sea que la Luna en realidad va en línea recta siguiendo las leyes de la inercia, pero no obstante gira alrededor de nuestro planeta en una órbita.

Esto significa que no vivimos en un universo que se expande hacia el infinito en todas las direcciones. El universo en su conjunto está curvado por la totalidad de materia que tiene en su interior de una manera increíblemente misteriosa. Esto significa que si tuviéramos que viajar lo suficiente en una línea recta perfecta en una dirección, recorriendo una distancia lo bastante grande, volveríamos exactamente al mismo lugar en que empezamos. Por lo tanto, el espacio y el universo son interminables y sin embargo finitos, limitados, como una cápsula, lo cual plantea la cuestión: ¿qué hay fuera de este universo? ¿Otros universos? ¿Otras realidades dimensionales?

Einstein llegó a establecer que el tiempo objetivo también es alterado por la influencia de los cuerpos grandes y por la velocidad. Cuanto más grande es el campo gravitacional en el que se coloca un reloj y cuanto más rápido viaja el reloj, más lento es el paso del tiempo en relación con otro reloj. En un experimento mental ahora famoso, Einstein ilustró de qué manera un reloj en una nave espacial que viaja a velocidades cercanas a la velocidad de la luz funcionaría con más lentitud en relación con un reloj en la Tierra. Los ocupantes de la nave no notarían ninguna diferencia pero envejecerían mucho menos durante su vuelo que los que no viajaron.

Einstein también demostró el carácter constante de la velocidad de la luz, con independencia de cualquier otro movimiento agregado o sustraído a su velocidad. Por ejemplo, cuando viajamos en auto y arrojamos una bola hacia delante, la velocidad de la bola es la velocidad del auto más la velocidad de la bola después de haber sido arrojada. No ocurre lo mismo con la luz. La velocidad de la luz visible así como la de todos los fenómenos electromagnéticos, es de 299.792 kilómetros por segundo aunque vayamos, digamos, a 290.000 kilómetros por segundo y alumbráramos hacia delante con una linterna. La velocidad de la luz que sale de la linterna no sería la suma de su velocidad más nuestra propia velocidad sino que se mantendría constante en 299.792 kilómetros por segundo. Este solo descubrimiento, una vez captado, destruye la vieja idea de un universo mecánico.

En lo que constituye su idea tal vez más revolucionaria, Einstein también afirmó que la masa de un objeto físico y la energía que contenía eran en realidad intercambiables según la fórmula E = mc2. En esencia, Einstein demostró que la materia no es nada más que una forma de luz.

El trabajo de Einstein fue como abrir una caja de Pandora. El paradigma se apartó del concepto de un universo mecani­cista, y nuevos descubrimientos empezaron a probar lo misterioso que es el universo.

Los primeros datos nuevos fueron producidos en la física cuántica por pioneros como Niels Bohr, Wolfgang Pauli y Werner Heisenberg. Desde la antigua Grecia, la física se había aventurado en la búsqueda de los componentes materiales básicos de la naturaleza, dividiendo la materia en unidades cada vez más pequeñas. Se confirmó la idea del átomo, pero cuando los físicos dividieron el átomo en partículas más pequeñas de protones y electrones empezaron a darse cuenta de la escala sorprendente que esto implicaba. Como relata Capra, si se visualiza el núcleo de un átomo del tamaño de un grano de sal, entonces para describir con precisión la escala de un átomo real, los electrones deberían estar alejados decenas de metros.

Igualmente impactante fue el descubrimiento de la manera en que se comportaban estas partículas elementales bajo observación. Al igual que la luz, parecía que actuaban como ondas y a la vez como objetos con masa, según el tipo de observación que los científicos elegían. De hecho, a comienzos de este siglo muchos famosos físicos del quantum -entre ellos Heisenberg- empezaron a creer que el acto de observación y la intención de los científicos afectaba directamente la conducta y la existencia de estas partículas elementales.

Poco a poco, los físicos empezaron a cuestionar si era lógico incluso llamar partículas a estas entidades. Se compor­taban por cierto de una manera que en ningún sentido podía ser llamada material. Por ejemplo, si se dividían, las unidades separadas resultaban ser partículas gemelas del mismo tamaño y especie. Lo más sorprendente de todo, quizás, es que estas sustancias elementales tienen una forma de comunicarse entre sí a través del tiempo y el espacio que es imposible de acuerdo con el viejo paradigma mecanicista. Los experimentos demostraron que, si se divide en dos una partícula y se hace cambiar de condición a una de ellas, o se la hace rotar, la otra automáticamente rota aunque esté muy alejada.

En respuesta a este descubrimiento, el físico John Bell armó su ahora famosa ley, conocida como teorema de Bell, que estipula que, una vez conectadas, las entidades atómicas están siempre conectadas, un hecho por entero mágico desde el viejo punto de vista newtoniano. Más aún, las últimas teorías de la supercuerda y el hiperespacio en la física aportan más misterio a la situación. Ven un universo que incluye multidimensiones, aunque increíblemente pequeñas y reducen la materia y la energía a puras vibraciones similares a cuerdas.

Como era de suponer, esta nueva descripción del universo que plantean los físicos empezó a afectar también las otras disciplinas, en especial la biología. Como parte del viejo paradigma, la biología había reducido la vida a la mecánica de las reacciones químicas. Y la teoría mecanicista de la evolución de Darwin había permitido a la biología explicar la existencia de un amplio espectro de formas de vida en el planeta, incluidos los seres humanos, en términos de procesos aleatorios en la naturaleza, sin ninguna referencia a lo espiritual.

Es irrefutable que la vida en este planeta evolucionó de alguna manera de formas más pequeñas a más grandes; el registro fósil es claro. Pero la descripción de un universo nuevo y misterioso por parte de los físicos puso en duda la formulación de Darwin respecto de la manera en que actuó dicha evolución.

En la concepción de Darwin, las mutaciones se producían al azar en la descendencia de los miembros de todas las especies, lo cual daba a estos descendientes rasgos ligeramente distintos. Si los rasgos resultaban ventajosos, dichos indivi­duos sobrevivían en una proporción mayor y a la larga el nuevo rasgo se establecía como característica general de la es­pecie. Según Darwin, por ejemplo, algunos de los antepasados de la jirafa actual habían desarrollado aleatoriamente cuellos largos y como este desarrollo resultó ser una ventaja (alcanzar fuentes más abundantes de alimento), la descendencia de estos animales sobrevivió en una proporción mayor y por último todas las especies de esa clase tuvieron cuellos largos.

En el universo secular y sin misterio, la evolución no podía concebirse de ninguna otra manera. Pero ahora, con estas ideas surgen varios problemas. Una dificultad es que recientes proyecciones de datos indican que un proceso totalmente aleatorio habría sido muy lento y las formas de vida habrían tardado en alcanzar el estadio que alcanzaron mucho más que el tiempo que lleva la vida evolucionando en la Tierra. Otro problema es que el registro de fósiles no muestra los eslabones perdidos o las criaturas transicionales que deberían existir para reflejar un cambio gradual de una especie de una forma a otra.

Por cierto, los organismos multicelulares siguieron a los organismos unicelulares, y los reptiles y mamíferos no apare­cieron hasta no haberse desarrollado los peces y los anfibios. Pero el proceso parecía saltar de una especie totalmente forma­da a la siguiente con la aparición de las nuevas especies al mismo tiempo en distintos lugares del mundo. Los aspectos misteriosos del universo descritos por la nueva física sugieren que la evolución tal vez esté avanzando con un propósito más determinado de lo que Darwin suponía.

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