Indagando el Nuevo Paradigma


ojoEs muy probable que el tópico más importante de la psicología transpersonal actual sea el de su relación con la ciencia empírica. El tema más candente de la psicología transpersonal no hay que buscarlo, pues, en su ámbito de aplicación, ni en su objeto de estudio, ni en su metodología como tampoco en sus premisas, sus conclusiones o sus fundamentos – porque, según el pensamiento moderno, todos esos temas pierden relevancia cuando nos preguntamos si la psicología transpersonal, en sí misma, es realmente válida, es decir, si se trata de una ciencia empírica. Porque si no podemos demostrar que realmente disponemos de un conocimiento real, la psicología transpersonal no sería una ciencia empírica y entonces no dispondría de una epistemología válida (de una forma válida de adquirir conocimiento) y, por ello, carecería de todo sentido preguntarnos por su campo de aplicación, su amplitud y sus métodos de conocimiento.

Examinemos, pues, brevemente la naturaleza de la ciencia, la naturaleza de la psicología transpersonal y las relaciones existentes entre ambas.

Los tres ojos del alma

San Buenaventura, uno de los filósofos preferidos por los místicos, afirmaba que los seres humanos disponen, por lo menos, de tres modalidades diferentes de adquisición de conocimiento o, como él decía, de tres ojos: el ojo del cuerpo (por medio del cual percibimos el mundo externo del espacio, el tiempo y los objetos); el ojo de la razón (que nos permite alcanzar el conocimiento de la filosofía, de la lógica y de la mente); y el ojo de la contemplación (mediante el cual tenemos acceso al conocimiento de las realidades trascendentes).

Ahora bien, aunque la terminología que nos habla del ojo del cuerpo, del ojo de la razón o de la mente y del ojo de la contemplación o del espíritu sea cristiana, en todas las grandes tradiciones psicológicas, filosóficas y religiosas nos encontramos con conceptos similares. Los tres ojos del ser humano se corresponden, de hecho, con los tres grandes dominios del ser descritos por la filosofía perenne: el ordinario (carnal y material), el sutil (mental y anímico) y el causal (trascendente y contemplativo). Estos distintos dominios ya han sido descritos en otra parte; sólo quisiera ahora resaltar su unanimidad entre los psicólogos y los filósofos tradicionales.

Para ampliar la visión de San Buenaventura, podríamos decir que el ojo del cuerpo selecciona, crea y revela parcialmente ante nosotros un mundo de experiencia sensorial compartida. Este es el dominio de lo grosero, el reino del espacio, del tiempo y de la materia, un dominio compartido por todos aquellos que posean un ojo del cuerpo parecido. El ojo del cuerpo es la inteligencia sensorio-motriz esencial (la constancia del objeto). Este es el ojo empírico, el ojo de la experiencia sensorial. (Quizás deberíamos aclarar, desde el comienzo, que estamos utilizando el término empírico en un sentido filosófico para designar a todo aquello que puede ser detectado por los cinco sentidos o sus extensiones.)
El ojo de la razón o, más generalmente, el ojo de la mente, participa del mundo de las ideas, de las imágenes, de la lógica y de los conceptos. Gran parte del pensamiento moderno se asienta exclusivamente en el ojo empírico el ojo del cuerpo – por eso conviene recordar que el ojo de la mente no puede ser reducido al ojo del cuerpo ya que el dominio de lo mental incluye pero trasciende – al dominio de lo sensorial. Así pues, aunque el ojo de la mente dependa del ojo del cuerpo para adquirir parte de su información, no todo el conocimiento mental procede del conocimiento carnal ni se ocupa exclusivamente de los objetos carnales. Nuestro conocimiento no es tan sólo empírico y carnal. La verdad de una deducción lógica depende de su consistencia interna y no de sus relaciones con los objetos sensoriales.

El ojo de la contemplación es al ojo de la razón lo que el ojo de la razón es al ojo del cuerpo. De esta manera, al igual que la razón trasciende al cuerpo, la contemplación trasciende también a la razón y del mismo modo que la razón no puede reducirse al ojo del cuerpo ni derivarse de él, la contemplación tampoco puede reducirse ni derivarse del ojo de la razón. El ojo de la razón sobrepasa el límite empírico, pero el ojo de la contemplación, por su parte, trasciende el plano lógico y el mental.

Supongamos que todos los hombres y mujeres poseen un ojo del cuerpo, un ojo de la razón y un ojo de la contemplación; que cada ojo tiene sus propios objetos de conocimiento (el sensorial, el mental y el trascendental); que un ojo superior no puede ser reducido a un ojo inferior ni explicado por él y que cada ojo es válido y útil en su propio dominio pero incurre en una falacia cuando intenta captar plenamente los ámbitos superiores o inferiores.

Sólo quisiera subrayar aquí que cuando un ojo intenta usurpar el papel de cualquiera de los otros dos incurre en el error de ocupar una categoría que no le corresponde. Y esto puede ocurrir en cualquier sentido ya que el ojo de la contemplación está tan mal equipado para develar los hechos del cuerpo como lo está el ojo del cuerpo para apresar las verdades relativas al ojo de la contemplación. La sensación, la razón y la contemplación despliegan sus verdades en sus propios dominios y cada vez que un ojo intenta apropiarse del papel de otro la visión resulta confusa.

Ahora bien, este tipo de errores de categorías ha sido precisamente el principal problema de casi todas las grandes religiones. El hecho es que, en su punto culminante, el budismo, el cristianismo y otras religiones contenían visiones fundamentales sobre la realidad última. Pero estas visiones de naturaleza transversal – terminaron mezclándose invariablemente con verdades racionales y con hechos empíricos. La humanidad no había aprendido todavía a diferenciar y separar los ojos del cuerpo, de la razón y de la contemplación. Y como la revelación se confundía, por ejemplo, con la lógica y con los hechos empíricos, y dado que los tres ojos fueron presentados como una única verdad, sucedieron dos cosas: los filósofos destruyeron el aspecto racional de la religión y la ciencia terminó destruyendo su aspecto empírico A partir de ese momento, la espiritualidad occidental quedó completamente colapsada y sólo quedaron en pie la filosofía y la ciencia empírica.

Sin embargo, en el plazo de un siglo, el empirismo científico también terminó diezmando la filosofía como sistema racional, es decir, como sistema basado en el ojo de la mente. Llegados a ese punto, el conocimiento humano se vio restringido exclusivamente al ojo del cuerpo. Perdido el ojo de la contemplación y perdido el ojo de la razón, la humanidad sólo dispuso del ojo del cuerpo como único medio válido aceptado para adquirir conocimiento.

De ese modo, la ciencia terminó convirtiéndose en cientifismo. No se limitaba ya tan sólo a hablar en nombre del ojo del cuerpo sino que también lo hacía en nombre del ojo de la mente y del ojo de la contemplación. Pero al hacerlo así cayó presa, precisamente, del mismo error de equivocar categorías que tanto había reprochado a la teología dogmática y por el que la religión había terminado pagando un precio tan elevado. Los cientifistas trataron entonces de forzar a la ciencia a hacer, con el ojo del cuerpo, el trabajo de los otros dos ojos. Y ese es un error que tanto la ciencia como el mundo en general han terminado pagando muy caro.

El único criterio de verdad llegó a ser así el criterio científico, es decir, una prueba sensorio-motriz basada en las mediciones realizadas por el ojo del cuerpo. Y, sin embargo, la verdad es que: Esta actitud de los científicos ha sido un puro bluff, la parte tratando de desempeñar el papel de la totalidad. De este modo, en lugar de haberse limitado a afirmar que no puede ver lo que no puede ver, el ojo del cuerpo llegó incluso a atreverse a declarar que lo que él no ve no existe.

Una ciencia superior

No es posible que los científicos hayan definido el método científico de un modo demasiado restringido? Quizás una ciencia más global pudiera también aplicarse a los dominios propios del ojo de la mente y del ojo de la contemplación? Son acaso las ciencias de estado específico las ciencias que se refieren a los estados superiores de la consciencia – una posibilidad o una confusión bienintencionada?

Según Charles Tart, el sesgo a nivel físico que afirma que las únicas entidades merecedoras de ser estudiadas son las materiales – ha limitado de manera un tanto innecesaria y arbitraria el método científico al ojo del cuerpo. Desde su punto de vista, el método científico puede liberarse de sus ataduras materialistas y ser aplicado, entonces, a los estados superiores de la consciencia y del ser (éste es precisamente el concepto de ciencias de estado específico). En opinión de Tart la esencia del método científico es perfectamente compatible con el estudio de los diferentes estados alterados de la consciencia.

A este respecto mi opinión es doble. Por una parte, Tart define a la ciencia de un modo tan amplio que puede aplicarla a todo tipo de quehacer pero, por la otra, si queremos evitar estas dificultades nos encontraremos con que, cuanto más precisa y estricta sea nuestra definición de ciencia, menos aplicable será a los estados superiores de consciencia y más tenderemos a caer nuevamente en el viejo enfoque físico cientificista.

Pareciera pues, si esto es así, que el método científico no se adapta muy bien a los estados superiores del ser y de la consciencia y que debería, por tanto, limitarse a ser lo que siempre ha sido: el mejor método diseñado hasta el momento para develar los hechos relativos al dominio propio del ojo del cuerpo. En mi opinión, el intento pionero de Tart de legitimar la existencia de los estados superiores de consciencia le ha llevado inadvertidamente a aplicar criterios de estados específicos inferiores a los estadios superiores en general.

La investigación empírico-física llevada a cabo por el ojo del cuerpo y por sus extensiones siempre será un método importante adjunto a la psicología transpersonal pero nunca caerá de lleno en su campo de interés ya que éste tiene que ver únicamente con el ojo de la contemplación. La psicología transpersonal constituye una empresa (no una ciencia) de estado específico y, en este sentido, al trascender el ojo del cuerpo y el ojo de la razón, no puede ser apresado ni definido por la metodología propia del ojo del cuerpo (la investigación científico-empírica) ni por la propia del ojo de la razón (la investigación filosófica y psicológica) y, en cambio, es libre de utilizarlas a ambas.

El problema de la prueba

Es importante comprender que el conocimiento científico no constituye la única forma posible de conocimiento. A fin de cuentas sólo se trata de un ojo del cuerpo perfeccionado, más allá del cual se hallan el conocimiento mental y el conocimiento contemplativo. Pero que la psicología transpersonal no sea una ciencia no significa que sea inválida, emocional, no verificable, no racional, no cognitiva y carente de todo sentido. Los psicólogos transpersonales suelen intimidarse cuando se les dice que la psicología transpersonal no es una ciencia porque los científicos nos han enseñado que no científico significa no verificable. Pero si la psicología transpersonal no es científica cómo puede, entonces, ser verificada?

Este parece ser un problema porque no nos damos cuenta de que todo conocimiento comparte esencialmente la misma estructura, es decir, que todo conocimiento se basa en tres vertientes fundamentales:

1. Un aspecto instrumental o preceptivo, que consiste en una serie de instrucciones simples o complejas, internas o externas – que, en cualquiera de los casos, asume siempre la misma forma: Si quieres saber esto debes hacer esto otro.
2. Un aspecto iluminativo, es decir, una visión iluminativa llevada a cabo por el ojo particular del conocimiento correspondiente al aspecto perceptivo. Además de ser auto-iluminativa conduce a la posibilidad de:
3. Un aspecto comunal, que consiste en el hecho real de compartir la visión iluminativa con quienes estén utilizando el mismo ojo. Si la visión de los demás coincide con la nuestra entonces tendremos una prueba comunal de la verdad de nuestra visión.

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