Aparentemente, la mitología es coetánea de la humanidad. Remontándonos en el tiempo todo lo posible, es decir, hasta donde hemos sido capaces de seguir las someras y más tempranas evidencias de la aparición de nuestra especie, se han realizado hallazgos que demuestran que aspiraciones y preocupaciones mitológicas ya daban forma a las artes y al mundo del homo sapiens. Dichas evidencias nos dicen también algo más sobre la unidad de nuestra especie, y es que los temas fundamentales de la mitología han sido constantes y universales, no sólo a través de la historia, sino durante todo el período de ocupación de la tierra por la humanidad.

Cuando consideramos el carácter psicológico de nuestra especie, el rasgo distinguible más evidente es la organización de la vida del hombre primeramente de acuerdo con lo mítico y sólo de forma secundaria con lo económico, las aspiraciones y las leyes. Bien es cierto que los alimentos y la bebida, la reproducción y la construcción de un nido juegan papeles de enorme importancia, pero, qué decir del aspecto económico de las pirámides, de las catedrales de la Edad Media, de los hindúes que mueren de hambre con un montón de vacas alrededor suyo, o de la historia de Israel, desde los tiempos de Saúl al presente? Existe un rasgo diferenciador que separa la psicología humana de la animal, y posiblemente es el de la subordinación en la esfera humana de los acontecimientos económicos a la mitología, lo que se debe, fundamentalmente, a la consciencia del individuo humano de que tanto él como todo lo que le preocupa, un día morirán.

Este reconocimiento de la mortalidad y la necesidad de trascenderlo es el primer gran impulso hacia la mitología. Paralelamente a la anterior discurre otra comprensión: que el grupo social en que nace, que le alimenta y protege y al que durante la mayor parte de su vida debe ayudar a alimentar y proteger, floreció mucho antes de su propio nacimiento y permanecerá cuando haya muerto. Ello significa que el miembro individual de nuestra especie, consciente de sí mismo como tal, no sólo se enfrenta a la muerte, sino a la necesidad de adaptarse a cualquier orden de vida que pueda existir en la comunidad en la que nació, un orden de vida al que debe subordinar el propio, un superorganismo en el que debe dejarse absorber y a través de su participación en el cual llegará a conocer la vida que trasciende la muerte. En cada sistema mitológico que a lo largo de la historia y de la prehistoria ha sido propagado por diversos rincones de la tierra, estas dos comprensiones fundamentales la inevitabilidad de la muerte individual y la permanencia del orden social – se han combinado simbólicamente y han constituido la fuerza nuclear estructurada de los ritos y por tanto, la sociedad. Pero, en esta unidad nuclear dual hay que reconocer no sólo un factor representativo de unidad de nuestra especie, sino también uno de diferenciación.

Los Textos Sagrados

En relación con los primeros libros y capítulos de la Biblia, existía la costumbre, tanto en judíos como en cristianos, de tomar las narraciones al pie de la letra, como si fueran relatos verídicos sobre el origen del universo y de los acontecimientos prehistóricos. Se suponía y enseñaba que había existido, concretamente, una creación del mundo en siete días llevada a cabo por un dios sólo conocido por los judíos; que en alguna parte de esta ancha tierra nueva debía haber existido un Jardín del Edén que contenía una serpiente que podía hablar; que la primera mujer, Eva, fue creada a partir de una costilla del primer hombre, y que la maligna serpiente habló a la mujer de las maravillosas propiedades de los frutos de un cierto árbol del que Dios había prohibido comer a la pareja; y que, como consecuencia de haber comido de dicho fruto siguió la Expulsión de toda la humanidad, la muerte llegó al mundo y la pareja fue expulsada del jardín, etc.

En la actualidad parece algo increíble, pero la gente continuó creyéndolo hasta hace apenas medio siglo; todos, desde sacerdotes, a filósofos y miembros de los gobiernos. Ahora sabemos que nunca hubo nada parecido. La historia sobre la que se han fundado nuestras principales religiones occidentales es una antología de ficciones. Pero son ficciones de un tipo que han tenido curiosamente – una aceptación universal como fundamentos también de otras religiones. Sus homólogas han aparecido por todas partes y eso que nunca existió un jardín, una serpiente, un árbol o el diluvio.

Cómo pueden explicarse estas anomalías? Quién inventó historias tan increíbles? De dónde provienen dichas imágenes? Y por qué en todas partes son tan reverentemente creídas?

Lo que sugiero es que si tenemos en cuenta el número de lugares del mundo y sus diferentes tradiciones, se puede llegar a comprender su fuerza, su fuente y el posible sentido que encierran. Que no son históricas está bastante claro. Por otra parte, hablan no de acontecimientos externos sino de temas de la imaginación. Como exhiben rasgos que actualmente son universales, de alguna forma deben representar rasgos de nuestra imaginación racial general, rasgos permanentes del espíritu humano; o tal y como decimos hoy en día, de la psique. Nos hablan de materias fundamentales para nosotros mismos, haciendo que perduren principios esenciales que sería bueno que conociésemos, acerca de los que, de hecho, tendríamos que saber si queremos que nuestras mentes conscientes sigan en contacto con nuestro más secreto y profundo interior. En pocas palabras, esas historias sagradas y sus imágenes son mensajeros dirigidos a la mente consciente desde regiones del espíritu desconocidas para la consciencia normal diurna.

Miremos un poco más de cerca la imagen bíblica del jardín. Su nombre, Edén, significa en hebreo placer, lugar de placer, y la palabra Paraíso proviene del persa, pairi, alrededor, y daeza, muro, significando recinto cerrado. Aparentemente, el Edén es un jardín de placer encerrado, en cuyo centro se alza un gran árbol; o mejor, dos árboles, el del conocimiento del bien y del mal, y el de la vida inmortal. Cuatro ríos fluyen desde su interior como si manasen de una fuente inagotable a fin de regar el mundo en las cuatro direcciones.


Tomando como referencia, no un escenario geográfico, sino el paisaje del alma, el Jardín del Edén debería estar en nuestro interior. Nuestras mentes conscientes son incapaces de entrar en él y disfrutar de la vida eterna, pues ya probamos el conocimiento del bien y el mal. De hecho, ese debe ser el conocimiento que nos ha echado del jardín, alejándonos de nuestro propio centro, por lo que ahora juzgamos las cosas en dichos términos y sólo experimentamos bien o mal en lugar de vida eterna, que, como el jardín cerrado está en nuestro interior, ya debe ser nuestro, aunque permanezca desconocido para nuestras personalidades conscientes. Ese parecería ser el significado del mito cuando se ve, no como prehistoria, sino como una referencia al estado espiritual del hombre.
Pasemos de la leyenda bíblica, por la que Occidente se ha dejado encantar, para llegar a la India que hace referencia a Buda, a la que ha sucumbido todo Oriente; también en ella existe la imagen mítica de un árbol de vida inmortal defendido por dos terroríficos guardianes. Bajo este árbol se hallaba Siddhartha, mirando hacia el Este, cuando se despertó a la luz de su propia inmortalidad y fue conocido a partir de entonces como Buda, el despertado. En la leyenda también aparece una serpiente, pero en lugar de ser conocida como el mal, representa simbólicamente la energía inmortal que reside en toda vida existente sobre la tierra. El hecho de que la serpiente mude la piel simboliza que renace y en Oriente esto conecta con la reencarnación del espíritu que toma y abandona cuerpos como alguien que se cambia de traje. En la mitología india aparece una gran cobra a la que se imagina equilibrando el tablero de la tierra sobre su cabeza: la cabeza es, desde luego, el punto de equilibrio, exactamente por debajo del árbol del mundo. De acuerdo con la leyenda de Buda, cuando éste alcanzó la omnisciencia, continuó sentado, absorto durante muchos días en meditación absoluta, estando en situación de peligro cuando se desató una gran tempestad que devastó el mundo a su alrededor; entonces, la serpiente prodigiosa emergió y envolvió protectoramente a Buda, cubriendo la cabeza de éste con la suya.


Mientras en una de estas leyendas del árbol los servicios de la serpiente son rechazados y el animal maldecido, en la otra son aceptados. En ambas, la serpiente está en algún modo asociada con el árbol y aparentemente ha gozado de sus frutos, ya que puede mudar la piel y volver a vivir; pero en la leyenda de la Biblia nuestros primeros padres son expulsados del jardín donde se encuentra el árbol, mientras que en la tradición budista todos somos invitados a penetrar en él. El árbol bajo el que se sienta Buda corresponde, así, al segundo de los del Jardín del Edén, que, como ya hemos dicho, no puede ser geográficamente localizado más que en el jardín del alma. Y entonces, qué es lo que impide que podamos regresar y sentarnos bajo él, como Buda? Qué o quiénes son esos dos querubines que custodian la entrada? Saben los budistas algo de esa pareja?
En la ciudad santa de Nara, en Japón, existe un enorme templo que alberga una prodigiosa imagen de bronce, de más de 16 metros de altura, que representa a Buda sentado con las piernas cruzadas sobre un gran loto, con la mano derecha levantada en el gesto de no temor. Al aproximarse al recinto del templo se pasa bajo una puerta guardada, a derecha e izquierda, por dos gigantescas y amenazantes figuras con espadas. Son los homólogos budistas de los querubines instalados por Yahveh en la puerta del jardín. No obstante, aquí no vamos a ser intimidados y expulsados. El miedo a la muerte y el deseo de vivir que los amenazadores guardianes inspiran han de dejarse atrás cuando se atraviesa la puerta.

Desde el punto de vista budista, lo que nos mantiene fuera del jardín no es la envidia ni la ira de ningún dios, sino nuestro propio e instintivo apego a lo que tomamos por nuestras vidas. Nuestros sentidos, dirigidos hacia lo externo, a un mundo de espacio y tiempo, nos hacen apegarnos a ese mundo y a nuestros cuerpos mortales. Estamos poco dispuestos a abandonar lo que tomamos por bienes y placeres de la vida física, y ese apego es la gran circunstancia o barrera que nos mantiene fuera del jardín. De acuerdo a esta enseñanza, en la actualidad no se hacen necesarios querubines con espadas flamígeras para mantenernos fuera de nuestro jardín interior, ya que nos bastamos a nosotros mismos, mediante nuestro ávido interés en los aspectos mortales, tanto de nosotros mismos como de nuestro mundo. Lo que simboliza nuestro paso a través de la puerta guardada es nuestro abandono del mundo conocido así como de nosotros dentro de dicho mundo: lo fenoménico, mera apariencia de las cosas vistas como nacidas y muertas, experimentadas tanto como bien o como mal, y consecuentemente observadas con deseo y miedo.

Pero, no es esta también la lección de la historia de la Biblia? Eva, y luego Adán, comieron del fruto del conocimiento del bien y del mal, es decir, de la pareja de opuestos, e inmediatamente se vieron como diferentes entre sí y sintieron vergüenza. Al expulsarlos, Dios no hizo sino confirmar lo que ya habían conseguido cuando los expulsó del jardín para que experimentasen el dolor de la muerte y el nacimiento y las fatigas por conseguir los bienes de este mundo. Y lo que es más, experimentaban al mismo Dios como si fuese otro, iracundo y peligroso para sus propósitos; pero, como también se nos dice en la leyenda bíblica, a Adán también le habría sido posible alargar su mano y tomar el fruto del árbol de la vida, comer y vivir para siempre. En la imagen cristiana del redentor crucificado vemos exactamente lo que se nos pide que hagamos. La enseñanza es que Cristo restauró la inmortalidad para el hombre. A lo largo de la Edad Media, la cruz era equivalente al árbol de la vida eterna; y el fruto de ese árbol era el salvador crucificado, quien ofreció su carne y su sangre como nuestra verdadera carne y nuestra verdadera sangre. Él mismo habría caminado valientemente, por así decirlo, a través de la puerta guardada, sin temer al querubín y a su flamígera espada. Y así como quinientos años antes, Buda había abandonado todo tipo de deseos del ego y todos los temores para pasar a conocerse a sí mismo como el puro e inmortal vacío, así el salvador occidental dejó su cuerpo clavado al árbol y pasó en espíritu a hacerse uno con el Padre: para ser seguido ahora por nosotros mismos.

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