mescalinaFue en 1886 cuando el farmacólogo alemán L. Lewin publicó el primer estudio sistemático del cacto, al que se dio luego el nombre del propio investigador. Para la religión primitiva y los indios de México y del Sudoeste de los Estados Unidos era un amigo de tiempo inmemorial. La razón de que la veneraran como a una deidad quedó de manifiesto cuando psicólogos tan eminentes como Jaensch, Havelock Ellis y Weir Mitchell iniciaron sus experimentos con la mescalina, principio activo del peyote. Administrada en dosis adecuadas, cambiaba la cualidad de la consciencia profundamente siendo al mismo tiempo menos tóxica- que cualquier otra droga del repertorio de la farmacología.

Por una serie de circunstancias para mí muy afortunadas, me vi de lleno en esta pista en la primavera de 1953, en California. A pesar de los setenta años de investigación sobre la mescalina, el material psicológico a disposición era todavía absurdamente insuficiente y el hombre deseaba mucho aumentarlo. Yo estaba allí y dispuesto deseándolo muy de veras – a actuar de conejillo de Indias. Es así como en una luminosa mañana de mayo ingerí cuatro décimas de gramo de mescalina disueltas en medio vaso de agua y me senté a esperar los resultados.

La inteligencia es su propio lugar y los lugares habitados por los insanos y los excepcionalmente dotados son tan diferentes de aquellos en que viven los hombres y mujeres corrientes, que hay poco o ningún terreno común de memoria que pueda servir de base para la comprensión o la comunidad de sentimientos. Se pronuncian palabras, pero son palabras que no ilustran. Las cosas y acontecimientos a que los símbolos hacen referencia pertenecen a campos de experiencia que se excluyen mutuamente.

Vernos a nosotros mismos como los demás nos ven es un don en extremo conveniente. Apenas es menos importante la capacidad de ver a los demás como ellos mismos se ven. Pero qué pasa si los demás pertenecen a una especie distinta y habitan en un universo radicalmente extraño? Así, parece virtualmente indudable que nunca sabré qué se siente cuando se es un Sir John Falstaff o un Joe Louis. En cambio, siempre me ha parecido que, por ejemplo, mediante la hipnosis o la autohipnosis, por medio de una meditación sistemática o también tomando la droga adecuada, es posible cambiar mi modo ordinario de consciencia hasta el punto de quedar en condiciones de saber, desde dentro, de qué hablan el visionario, el médium y hasta el místico.

Por lo que había leído sobre las experiencias con la mescalina, estaba convencido por adelantado que la droga me haría entrar, al menos por unas cuantas horas, en la clase de mundo interior descrito por Blake. Pero no sucedió lo que había esperado. Soy y, en cuanto puedo recordar, he sido siempre poco imaginativo. Las palabras, aunque sean las preñadas palabras de los poetas, no evocan imágenes en mí, ni tengo visiones en los lindes del sueño. Cuando recuerdo algo, la memoria no se me presenta como un acontecimiento que estoy volviendo a ver. Este era el mundo poca cosa, pero cosa mía – que esperaba ver transformado en algo completamente diferente de sí mismo.

El cambio que se produjo no fue en modo alguno revolucionario. Media hora después de tomada la droga advertí una lenta danza de luces doradas. Poco después hubo suntuosas superficies rojas que se hinchaban y expandían desde brillantes nódulos de energía, unos nódulos vibrantes, con una vida ordenada continuamente cambiante. En otro momento, cuando cerré los ojos, se me reveló un complejo de estructuras grises, dentro del que surgían esferas azuladas que iban adquiriendo intensa solidez y, una vez completamente surgidas, ascendían sin ruido hasta perderse de vista. Pero en ningún momento hubo formas de hombres o animales, ni paisajes, ni aparición y metamorfosis mágicas de edificios. El otro mundo al que la mescalina me daba entrada no era el mundo de las visiones; existía allí mismo, con los ojos abiertos.

Tomé la píldora a las once. Hora y media después estaba sentado en mi estudio, con la mirada fija en un florerito de cristal. Este florero contenía únicamente tres flores: una rosa rosada completamente abierta, un gran clavel magenta y crema, y un iris. Fortuito y provisional, el ramillete infringía todas las normas del buen gusto tradicional. Pero no contemplaba unas flores dispuestas de modo desusado. Estaba contemplando lo mismo que Adán en la mañana de su creación: el milagro, momento por momento, de la existencia desnuda.

– Es agradable? – preguntó alguien. Durante esta parte del experimento se registraban todas las conversaciones en un dictáfono y esto me ha permitido refrescar mi memoria.

– Ni agradable ni desagradable contesté. – Simplemente, es -. Istigkeit No era ésta la palabra que agradaba a Meister Eckhart? Seidad. Lo que la rosa, el iris y el clavel significaban tan intensamente era nada más, y nada menos, que lo que eran, una transitoriedad que era sin embargo vida eterna, un perpetuo perecimiento que era al mismo tiempo puro Ser, un puñado de particularidades insignificantes y únicas en las que cabía ver, por una indecible y evidente paradoja, la divina fuente de toda existencia.

Continué en contemplación de las flores y, en su luz viva, creí advertir el equivalente cualitativo de la respiración, pero de una respiración sin retorno al punto de partida, con sólo un reiterado discurrir de una belleza a una belleza mayor, de un hondo significado a otro todavía más hondo. Mi vista pasó de la rosa al clavel y de esta plúmea incandescencia a las suaves volutas de amatista sentimental que era el iris. La Visión Beatífica, Sat, Chit, Ananda, Ser Conocimiento – Bienaventuranza

Por primera vez comprendía, no al nivel de las palabras, sino precisa y completamente, a qué hacían referencia estas prodigiosas sílabas. Y luego recordé un pasaje que había leído en uno de los ensayos de Suzuki: Qué es el Dharma-Cuerpo del Buda? (El Dharma-Cuerpo del Buda es otro modo de decir Inteligencia, Identidad, el Vacío, la Divinidad).

Quien formula la pregunta es un fervoroso y perplejo novicio en un monasterio Zen. Y con la rápida incoherencia de uno de los hermanos Marx, el Maestro contesta: El seto al fondo del jardín. El novicio, en la incertidumbre, indaga: Y el hombre que comprende esta verdad qué es, puede decírmelo?. Groucho le da un golpecito en el hombro con el báculo y contesta: Un león de dorado pelaje.

Al mismo tiempo y de modo no menos evidente, era estas flores y cualquier otra cosa en que Yo o, mejor dicho, el bienaventurado No-Yo liberado por un momento de mi asfixiante abrazo – quisiera fijar mi vista. Los libros, por ejemplo, que cubrían las paredes de mi estudio. Como las flores, brillaban, cuando los miraba, con colores más vivos, con un significado más profundo.

– Qué me dice de las relaciones espaciales? – indagó el investigador.

Era difícil la contestación. Verdad era que la perspectiva parecía rara y que se hubiera dicho que las paredes de la habitación no se encontraban ya en ángulos rectos. Pero esto no era lo verdaderamente importante, sino el que las relaciones espaciales habían dejado de importar mucho y que mi mente estaba percibiendo el mundo en términos que no eran los de las categorías espaciales. En la experiencia de la mescalina, las preguntas implícitas a las que el ojo responde son de otro orden. El lugar y la distancia dejan de tener interés. La mente obtiene su percepción en función de intensidad de existencia, de profundidad y significado, de relaciones dentro de un sistema.

Lo que advertía, lo que se grababa en mi mente, era que todos los libros brillaban con una luz viva y que la gloria era en algunos de ellos más manifiesta que en otros. La posición y las tres dimensiones quedaban al margen. Ello no significaba la abolición de la categoría de espacio. Cuando me levanté y caminé, pude hacerlo con absoluta normalidad, sin equivocarme en cuanto al paradero de los objetos. El espacio seguía allí, pero había perdido su predominio. La mente se interesaba primordialmente en el ser y el significado.

Y junto a la indiferencia por el espacio, había una indiferencia igualmente completa por el tiempo.

– Se diría que hay tiempo de sobra.

Era todo lo que contestaba cuando el investigador me pedía que le dijera lo que sentía acerca del tiempo. Mi experiencia real había sido, y era todavía, la de una duración indefinida o, alternativamente, la de un perpetuo presente formado por un Apocalipsis en continuo cambio.

El investigador hizo que mi atención pasara de los libros a los muebles. Yo miraba mis muebles, no como el utilitario que ha de sentarse en sillas y escribir o trabajar en mesas, sino como el puro esteta que sólo se interesa en las formas y en sus relaciones con el campo de visión o el espacio del cuadro. Pero, mientras miraba, esta vista puramente estética fue reemplazada por lo que sólo puedo describir como la visión sacramental de la realidad. Las patas de la silla, por ejemplo, qué maravillosamente tubulares eran, qué sobrenaturalmente pulidas! Pasé varios minutos – o fueron siglos? – no en mera contemplación de estas patas de bambú, sino realmente siendo ellas o, mejor dicho, siendo yo mismo en ellas o, todavía con más precisión pues yo no intervenía en el asunto, como tampoco, en cierto modo, ellas – siendo mi No-mismo en el No-misma que era la silla.

Según las ideas de Bergson, la función del cerebro, el sistema nervioso y los órganos sensoriales es principalmente eliminativa, no productiva. Cada persona, en cada momento, es capaz de recordar cuanto le ha sucedido y de percibir cuanto está sucediendo en cualquier parte del universo. La función del cerebro y del sistema nervioso es protegernos, impedir que quedemos abrumados y confundidos por esta masa de conocimientos en gran parte inútiles y sin importancia, dejando fuera la mayor parte de lo que de otro modo percibiríamos o recordaríamos en cualquier momento y admitiendo únicamente la muy reducida selección que tiene probabilidades de sernos prácticamente útil.

Conforme a esta teoría, cada uno de nosotros es potencialmente Inteligencia Libre. Pero, en la medida en que somos animales, lo que nos importa es sobrevivir a toda costa. Para que la supervivencia biológica sea posible, la Inteligencia Libre tiene que ser regulada mediante la válvula reducidora del sistema nervioso. Lo que sale por el otro extremo del conducto es un insignificante hilillo de esa clase de consciencia que nos ayudará a seguir con vida. Para formular y expresar el contenido de este reducido conocimiento, el hombre ha inventado e incesantemente elaborado esos sistemas de símbolos y filosofías implícitas que denominamos lenguajes, convirtiéndose en seguida en el beneficiario y la víctima de ellos. Beneficiario en cuanto el lenguaje procura acceso a las acumuladas constancias de la experiencia ajena, y víctima en cuanto lo confirma en la creencia de que ese reducido conocimiento es el único conocimiento, y – en cuanto deja hechizarse su sentido de la realidad – la forma en la que cada cual se inclina demasiado a tomar sus conceptos y palabras por cosas reales.

Los diversos otros mundos con los que los seres humanos entran de modo errátil en contacto, son otros tantos elementos de la totalidad del conocimiento perteneciente a la Inteligencia Libre. La mayoría de las personas sólo llegan a conocer, la mayor parte del tiempo, lo que pasa por la válvula reductora y está consagrado como genuinamente real por el lenguaje del lugar. Sin embargo, ciertas personas parecen nacidas con una especie de válvula adicional que permite trampear a la reductora. Hay otras personas que adquieren transitoriamente el mismo poder, sea espontáneamente, sea como resultado de deliberados ejercicios espirituales, de la hipnosis o de las drogas. Gracias a estas válvulas auxiliares discurre, no, desde luego, la percepción de cuanto está sucediendo en todas las partes del universo pues la válvula auxiliar no suprime a la reductora, que sigue excluyendo el contenido total de la Inteligencia Libre -, sino algo más y sobre todo algo diferente del material utilitario – cuidadosamente seleccionado, que nuestras estrechas inteligencias individuales consideran como un cuadro completo, o al menos suficiente, de la realidad.

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