meister-eckhartJohannes Eckhart nació en 1260 en Turingia, en el seno de una noble familia alemana. Ingresó como novicio en el convento dominicano de Erfurt, y estudió en la casa que tenían los dominicos en Colonia, Fue nombrado prior del monasterio de Erfurt y vicario general de Turingia. Al fin del siglo fue enviado a París a especializarse en teología sagrada. En 1302, recibió el título de Magister en esa asignatura y fue elegido como provincial de Sajonia. En 1307, se le nombró vicario general de Bohemia y en 1311 fue enviado de nuevo a París, Luego se trasladó a Estrasburgo como prior, predicador y profesor de teología. Más tarde, enseñó en Colonia.

En 1326, dos años antes de su muerte ocurrida en 1328, se le instruyó un juicio de herejía. Extractaron de sus sermones cuarenta y nueve instancias que se juzgaron contrarias a la fe cristiana. El proceso culminó en marzo de 1329 con la Bula de condenación del papa Juan XXII – poco después de la muerte de Meister Eckhart – condenando como heréticos diecisiete artículos y cuestionando otros once.

Desde entonces, junto con su persona, se eclipsa el recuerdo de su pensamiento. Ambos desaparecen de
la consciencia espiritual del mundo cristiano y caen en el olvido. Queda el interrogante de si esta situación sea causada solamente por el descrédito suscitado por la Bula papal cuya condenación vuelve sospechoso a Meister Eckhart ante la Iglesia entera

Es posible que otra circunstancia de bastante peso se añada a esta: la mayor parte de sus sermones se expresaron en lengua vulgar alemana y nunca fueron puestos por escrito por su autor. Los oyentes tomaron nota de ellos en forma más o menos fidedigna, entregando sus apuntes a copistas que a menudo los modificaban por ignorancia o por prudencia, o los intercalaban entre otros manuscritos, pasando abruptamente de un texto a otro, sin indicar el cambio de autor.

Escribió algunas obras en latín, en la línea ortodoxa, que no llegaron a la posteridad, y algunos Tratados de instrucciones a novicios en alemán vulgar, de los que se conservan unos pocos. También existen manuscritos en conventos de frailes y monjas, ejecutados por aquellos religiosos dirigidos por Meister Eckhart, que anotaban sus instrucciones destinadas a su crecimiento espiritual. Estas notas adolecen de términos imprecisos, con agregados que muchas veces eran comentarios o aclaraciones que estas personas hacían para sí. Con razón Meister Eckhart, al defenderse ante el Tribunal Inquisitorial de Colonia, hizo presente el hecho de que se le atribuían escritos que no eran suyos.

En 1444, el cardenal Nicolás de Cusa tenía para su uso personal una copia en latín de los principales sermones de Meister Eckhart. En 1498, el gran místico dominicano Tauler citaba algunos de sus sermones sin mencionar el autor. En 1816, Franz von Baader descubrió en un manuscrito en la biblioteca de Munich que Meister Eckhart era el maestro e inspirador del místico Tauler. Baader se propuso editar sus sermones y lo comentó con Hegel en 1824.

Este último quedó tan entusiasmado como para citarlo en uno de sus libros: Un monje dominicano del siglo XIII, Meister Eckhart, hacía sermones en los que decía por ejemplo: El ojo con el cual Dios me ve es el mismo ojo con el que yo veo a Dios, Su ojo y mi ojo son un solo ojo. En justicia yo soy pesado en Dios y Él en mí. Si Dios no fuera, yo no sería. Si yo no fuera, Dios no sería. Sin embargo, no es necesario que esto se sepa, Pues estas son las cosas fáciles de mal interpretar y que no pueden ser entendidas sólo por el concepto.

En 1857, apareció una gran obra de Franz Pfeiffer, la que es hasta ahora una base de referencia para todos aquellos que han estudiado a Meister Eckhart. Gracias a este autor, surge del fondo nebuloso de los siglos XIII y XIV los contornos insospechados y prodigiosos de la catedral espiritual que es la obra de Meister Eckhart. Desde allí lo cita Schopenhauer en su libro El Mundo como Voluntad y Representación.

Van a continuación algunos pensamientos extractados de los sermones de Meister Eckhart:

La oración más intensa, y verdaderamente la más poderosa para obtenerlo todo, es la que brota de un espíritu que ha renunciado a sí mismo. Cuanto más ha renunciado, más intensa es su oración, y tanto más dignas, útiles y elogiables son sus obras. El espíritu que ha hecho renuncia de sí lo puede todo. Nada le perturba, a nada está ligado, no ha vinculado su bien supremo a nada en particular, no considera de ninguna manera nada como suyo, se ha entregado por completo a la voluntad divina y ha salido de sí.

La gente no debiera pensar tanto en lo que hace, debiera pensar en lo que es. Si las personas fueran buenas y lo fuera también su manera de ser, sus obras deberían brillar con esplendor. Si eres justo, tus obras también son justas. No pienses que la santidad se funda en los actos, la santidad debe fundarse en el ser. No son las obras las que santifican, somos nosotros quienes debemos santificar las obras, Por santas que ellas sean, no nos santifican absolutamente nada en tanto que obras. sino en la medida en que son santos nuestro ser y nuestra naturaleza. En esa medida lo santificamos todo, ya sea dormir, velar, comer o cualquier otra actividad. Repara, por lo tanto, en el celo que es preciso poner en ser bueno, porque ello es el fundamento de tus obras.

En todos sus actos y en cada ocasión, un hombre debiera usar su razón atentamente, siendo al mismo tiempo sutilmente consciente tanto de sí mismo como de su naturaleza interna, dirigiéndose hacia Dios en todo momento tanto como le sea posible. El hombre debiera ser – como el Señor dijo – Igual a aquellos que esperan a su Señor en todo tiempo y que no duermen. En realidad, el hombre que espera así está vigilante y en expectación, porque Él puede venir de cualquiera parte y bajo cualquier aspecto (que a veces nos puede parecer muy extraño), así que debiéramos estar conscientemente vigilantes a la venida de nuestro Señor en todo momento.

Quien posee a Dios en su esencia, capta a Dios según el modo de Dios. Para él Dios resplandece en todas las cosas. Todas las cosas tienen para él el sabor de Dios. Él ve su imagen en todo lo que lo rodea. En él
se realiza una separación y un abandono de todo y la imagen de su Dios, bien amado y presente, se imprime en él. Así sucede con aquel que ama a alguien ardientemente y con todas sus fuerzas. No experimenta gusto ni pone el corazón en ninguna otra cosa – sea cual fuere – piensa solamente en el amado y absolutamente en nada más. Sin importar dónde esté y con quién esté, haga lo que haga, jamás su amor
se extingue en él, en todas las cosas encuentra la imagen de quien ama, y ella está tanto más presente cuanto más fuerte se torna su amor. Este hombre no busca el reposo, porque ninguna inquietud lo agita.

Se conoce el amor verdadero y perfecto por la gran esperanza y la confianza que se tiene en él, porque nada puede dar mayor prueba de un amor perfecto que la confianza. El amor profundo y perfecto que una persona experimenta por otra da origen a la confianza, Así mismo, sea cual fuere la confianza que se atreva a tener uno mismo en Dios, la encuentra verdaderamente en Él, y mil veces mayor. Y de la misma manera que un hombre no puede nunca amar demasiado a Dios, jamás podrá un hombre tener demasiada confianza en Dios. Ninguna otra cosa que pueda hacerse será más fructífera que eso. Con todos aquellos que han tenido una gran confianza en Él, jamás ha dejado de llevar a cabo grandes cosas. Con todos ellos ha mostrado claramente que tal confianza tiene por origen el amor, porque el amor no tiene solamente confianza, tiene también un verdadero conocimiento y una seguridad exenta de toda duda.

Un espíritu que ha renunciado a sí mismo es aquel al que nada perturba, que a nada está ligado, que está totalmente inmerso en la voluntad divina y que ha salido de sí mismo. Debe primeramente abandonarse a sí mismo, y así habrá abandonado todas las cosas, La voluntad es perfecta y recta cuando se ha desposeído totalmente, despojado de sí mismo, modelado y formado sobre la voluntad de Dios.

He dicho tal vez que hay un poder en el alma que sólo es libre. A veces lo he llamado el guardián del espíritu, otras veces, la luz del espíritu, a veces he dicho que es como una pequeña chispa, pero ahora digo que no es lo uno ni lo otro, ni esto ni aquello, y todavía es algo que va más allá que esto y aquello. Más que cuánto conocemos de los cielos sobre la tierra. Y así lo llamaré de una manera más noble de lo que había hecho hasta ahora, y todavía se niega al nombre y al modo más noble porque lo transciende todo. Está libre de todos los nombres, está vacío de todas las formas, del todo libre y seguro como lo es Dios mismo. Y es completamente uno y simple como Dios y de ningún modo puedes mirarlo.

En tanto poseas la voluntad de hacer la voluntad de Dios y tengas el menor deseo por la eternidad y por Dios, no eres realmente pobre

Dios es un Dios del presente; tal como Él encuentra al hombre, así lo toma y lo acepta, no por lo que ha sido antes sino por lo que es ahora.

Cuando la naturaleza alcanza su punto más alto, entonces Dios dispensa su Gracia, En el mismo momento en que el espíritu está dispuesto, Dios entra en él sin dilación ni hesitación. En el Libro de la Revelación está escrito: He aquí que estoy a la puerta y llamo, si alguno oyere mi voz y abriere la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo. (Ap. 3, 20). No necesitas buscarlo a Él aquí y allá. Él no está más lejos que la puerta de tu corazón. Allí Él espera por quien esté listo para abrirle y dejarle entrar. No tienes que llamarlo, Él está junto a ti y espera que le abras. Él suspira por ti mil veces más intensamente de que tú lo haces por Él. La apertura y la entrada suceden en un solo instante.

El amor es como el anzuelo del pescador. La caña no puede alzar al pez mientras este no sea atrapado por el anzuelo. Si el pez traga el anzuelo, el pescador está seguro de capturarlo por mucho que él trate de escapar. Igual es con el amor. Quien está atrapado por él, es retenido por el más fuerte de todos los lazos y soporta un dulce fardo. Quien haya tomado sobre sí ese dulce fardo, consigue más y llega más lejos que con todas las prácticas de penitencia y mortificación en las que un hombre pueda ejercitarse, Él es capaz de soportar y de sufrir alegremente todas las pruebas que Dios quiera enviarle. Nada te lleva tan cerca de Dios y hace a Dios tan tuyo como ese lazo de amor.

La muerte separa el alma del cuerpo, pero el amor separa todas las cosas del alma. El amor no soporta nada que no sea Dios y lo divino. Quien sea capturado en esa red y camine por ese camino, cualquier cosa que haga o no haga, el amor lo hace. La más pequeña tarea o acción de tal hombre es más útil y provechosa para él y para los otros, y más placentera ante los ojos de Dios, que las acciones de aquellos que – aun no cometiendo pecados – tengan menos amor.

Dios es pura esencia y no hay otra cosa en Él que esencia pura. Si yo digo que Dios es Dios, o es bueno, o es misericordioso, o lo que quiera que sea lo que yo diga de Dios, no equivale a otra cosa que a decir Dios es. Es su divinidad, su eternidad, su omnisciencia de la que hablo cuando afirmo que Dios es bueno o sabio. Es por eso que Él ordenó a Moisés decir: Aquel que se llama Yo Soy me ha enviado hacia ti. (Exod,, 3, 14).

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