Nadie puede negar que la experiencia de encontrarse frente a un Magritte en algún museo del mundo o en una de las miles de reproducciones que circulan en el vertiginoso mundo de la comunicación no sea inquietante, magnética, absurda o especial.

Un extraño estremecimiento podría ser la única manifestación de un espectador al interactuar con esas innovadoras imágenes donde nuestra percepción ordinaria no basta. La mente discriminadora nos envía urgentes mensajes que han ingresado a través del aprendizaje y los sentidos. Hay sin lugar a dudas una incoherencia entre la forma y el contenido, entre el contenido y su lectura, entre cualquier de los aspectos de la obra. Qué hacer? Darnos media vuelta e ignorar, o mejor aún, no ingresar la experiencia a la consciencia por encontrarla absurda.

Si finalmente decidimos continuar, podremos caminar por un sendero de percepción nuevo, creativo y reflexivo, lo que nos llevaría a constituir nuevos niveles de percepción estética y un dinamismo diferente para avanzar por esos derroteros misteriosos que Magritte nos quiso develar.

Este hombre tan especial, que abrió su consciencia para plasmar en las formas ideas que tan genialmente supo rescatar de los niveles del inconsciente, vivió y creció en el pequeño pueblo industrial de Charleroi. Nació un 21 de noviembre de 1898 en una Bélgica congestionada por el choque constante de los dos grupos étnicos y religiosos que la conformaban. Quizás esta permanente contraposición ayudó a despertar en él una mente inquisidora, inquieta, rebelde y capaz de traspasar las fronteras de lo común.

Constantemente estaba participando en el debate, y es conocida su participación política en las fuerzas de izquierda, aunque esta filiación fue esencialmente un asunto de postura intelectual. Durante la guerra integró el Grupo Dadá, dirigiendo dos interesantes revistas junto a Mesens, el poeta.

La libertad era cuestión esencial para este inquieto artista, así es que, a pesar de su filiación política, nunca aceptó que su arte fuese sometido a las directrices partidistas. En el fondo su único estandarte fue siempre el misterio de las cosas, misterio que, sin lugar a dudas, pertenece a todos y a ninguno; pues bien podríamos decir que el misterio está flotando ingrávido a la vez que se integra en cada partícula. Magritte lo incluyó en cada una de sus pinceladas, y más aún, fue capaz de suspenderlo en el ambiente de la obra.

Un día, durante su infancia, encontró a un pintor venido de la capital pintando en el cementerio del pueblo, y esa imagen, que le rondaría con frecuencia en su vida adulta, fue como una puerta de entrada a la concepción de que pintar es un acto mágico y el pintor, un ser dotado de poderes. Esta idea se afianzó, ya que más tarde la práctica de ese arte lo llevaría a concluir que la pintura tenía muy poco que ver con la vida cotidiana, y que toda tentativa de liberación siempre sería atacada por el público con sus inamovibles definiciones de lo normal y adecuado.

Para Magritte no era novedad la poderosa indignación de la masa común frente a todo proceso de búsqueda y desafío de las leyes que rigen las cosas que están más allá. Muchos de los artistas contemporáneos a él, vapuleados por este mundo normal, renunciaban rápidamente a su libertad y ponían su arte al servicio de cualquier corriente o persona. Frente a esta realidad, él mismo nos dice: Yo tenía mi propio punto de apoyo la magia del arte que conocí en mi infancia.

Con frecuencia este pintor se conectó con elementos de su infancia, como aquella misteriosa caja junto a su cuna, un globo aerostático varado en el techo de sus vecinos, sus correrías por el cementerio, elementos que viajando por las diferentes franjas de su consciencia van dejando estelas diferentes en sus numerosas obras. Este proceso de plasmar como símbolos pictóricos numerosos contenidos extraídos del inconsciente fue extremadamente acucioso en este pintor escorpionino. Sus inmersiones fueron profundas y descarnadas, y sin embargo afloraron como formas limpias y precisas donde la emoción y la genética mental palpitan en una estricta armonía dentro de lo formal.

Para llegar a desarrollarse como lo hizo, él mismo contaba que ya en 1915 vislumbraba con cierta claridad su camino futuro. Traté de recuperar la posición que me permitiera ver de otra manera que la que se me quería imponer. A esta altura era dueño de una adecuada técnica pictórica y en soledad intenté hacer algunas obras completamente diferentes a lo que se conocía en pintura. Experimenté intensamente los placeres de la libertad pintando imágenes opuestas a la convención.

Aunque las imágenes transportadas de su infancia contribuyeron enormemente a su creación, no podemos dejar de reconocer que estas sólo pueden estar presentes en la obra después de haber sido examinadas y reinventadas a la luz de la experiencia y conocimiento de su edad adulta. Por esto es que en casi todas las telas de Magritte es posible observar elementos en pugna que provocan un impacto que sacude violentamente nuestro espíritu y nos estimula a pensar. Un ejemplo muy claro está en El Imperio de las Luces, donde el dia y la noche aparecen a la vez.


Este choque en nuestra mente provoca una chispa, una pequeña cuota de luz producto del roce, y esa luz, en principio escasa, podría sucesivamente ir aumentando en la medida que hace de motor de partida a nuevos impactos de consciencia. En el cuadro La llave de vidrio, que muestra un peñazco suspendido en el aire mostrando una ligereza inesperada para su peso.

Magritte no hace otra cosa que introducirnos a un procedimiento que utilizó frecuentemente, que consiste en mostrar una imposibilidad a través de otra imposibilidad; aquí el contraste no se produce entre dos objetos sino entre las propiedades de un mismo objeto. El cuadro puede disponer a su antojo de las apariencias formales como si fuera un mundo autónomo. Sin embargo, dentro de él existe una lógica que contradice las leyes de percepción ordinaria. Magritte nunca se cansó de esta facultad de divergir la realidad, caminando cada vez más profundamente por las técnicas surrealistas que lo harían famoso. Sus pasos se detuvieron en 1967, sólo cuando la muerte le hizo abandonar un cuadro inconcluso en el caballete.

Con frecuencia hablamos del camino del ser humano en el mundo de los opuestos y de su gran destino de ir armonizándolos a través de una espiral. Pareciera que Magritte quiso dejarnos agunos derroteros precisos, ya que se tomó la molestia de emplear algunas claves para introducirnos en la visión de ese mundo tan particular que propone a través de sus obras.

Detengámonos un poco en la unión sistemática de los opuestos que nos propone este hombre que solía pensar en imágenes, que luego plasmaba en el acto depurado de pintar. De alguna manera estos opuestos serían como dos caminos, dos fuerzas o vectores que al fusionarse constituyen una entrada en el maravilloso Reino encantado, de 1953.


Ciertamente no es esta libertad de la pintura con respecto a sus modelos el único legado de Magritte, sino también su cuidadora, académica y armoniosa manufactura. Dejó cuadros de tremenda perfección técnica, es impresionante la manera en que emplea el azul, así como involvidables sus encantos luminosos conocidos como Período Renoir o pleno sol, con los cuales quiso aportar una gota de alegría a la grisácea post-guerra.

Magritte ante todo era un pintor de ideas, de pensamientos visibles. En él era natural pensar en imágenes y su interés estaba en plasmarlas lo más fielmente posible, desechando así toda suerte de sentimentalismo. Tanto en él como en su obra había una fuerte acentuación del aspecto intelectual.

Para algunas corrientes de opinión, su obra es para filósofos, ya que en ellas la emoción estética es inseparable de la reflexión y la actividad intelectual. Así, en el cuadro que tituló El más allá, donde podemos apreciar una tumba sin epitafio, nos encontramos con que lo que podemos percibir más allá de la frontera es sólo su esencia invisible, con lo que de alguna forma nos hace testigo de esa ausencia de códigos conocidos.

No podemos mantenernos impasibles ante la conmoción que nos provoca el cuadro y la idea que subyace. No podemos escapar, estamos frente a un fenómeno espectacular: la visión simple y la visión refleja, la mirada y la mirada que capta la mirada (el observador observado), dos aspectos claves en la obra de este intelectual que siempre fue capaz de invertir el orden de la percepción normal para seguir más bien la lógica poética que le permitió pintar las cosas reconocibles bajo un aspecto insólito, dotadas de un fuerte poder de persuación.

Es increíble darse cuenta de cómo se valía del mundo de las apariencias con una absouta libertad que provoca y desconcierta, como ese huevo de descomunales proporciones dentro de una jaula, una forma de denunciar la crueldad del ser humano siempre dispuesto a dominar, domesticar y mantener bajo control a toda forma de vida. De alguna forma esos hombrecitos de tongo, símbolo del hombre-masa, repitiéndose infinitamente por los espacios magrittianos serían tal vez antiguos huevos enjaulados que hoy día no pueden sino tener pensamientos módulos, caminos trillados y vestuarios seriados de grandes almacenes.


Ese mismo hombre se ve más adelante con sus alas plegadas en un puente, hablándonos de esa eterna añoranza de un lugar que nunca lograremos alcanzar.

Magritte no podía permanecer quieto frente a la poda institucionalizada de las mentes, se indignaba frente a la estupidez y a la bajeza humana que repta y que sólo por cortos lapsos realiza vuelos rasantes.

Mirando desde otra óptica, podríamos decir que en Magritte el surrealismo nace de la infidelidad para con la imagen reflejada. El ojo del pintor traiciona aquello que contempla, es un espejo que muestra las cosas en las cosas, el misterio que suelen ocultar y que la intervención del arte es capaz de revelar.

De todas formas, en el mundo visible siempre está el eterno conflicto de la poca visibilidad, donde cada objeto cubre a otro y donde, incluso si nada obstruyera la visión de alguno, quedaría ese lado oculto más vasto y fascinante que lo que vemos, justamente este lado oculto de las cosas y de la vida es lo que Magritte, desafiando toda lógica, captó sutilmente en sus cuadros. Como una manera más de contribuir a descorrer los innumerables velos de los distintos niveles de realidad, el autor asoció a sus obras títulos que generalmente no hacen otra cosa que despistar aún más nuestra mente concreta o lógica, provocando una confrontación análoga a la que ya se vive dentro del cuadro mismo.

Como otro medio de ingresar nuevos contenidos, y fiel a su manera de ver la vida y crear espacios pictóricos, se impregnó de referencias literarias en las obras de algunos escritores con los cuales concordaba, entre ellos Stevenson, Hegel, Baudelaire, Verlaine, Heidegger, Lautremont, pero su máxima interacción fue con las influencias literarias del mago en el tratamiento del misterio, Edgar Allan Poe.

Un gran misterio e inspiración en su vida fue la mujer, en el camino de desentrañar lo femenino, la quietud, la inspiración. Es fundamental la presencia de su mujer y modelo Georgette, con quien se casó en 1922. Célebre en su cuadro La Tentativa Imposible donde nos muestra claramente su deseo de inmortalizar el sujeto y objeto predilecto en su sensualidad.


No bastaba reproducirlo sino que quería conjurarlo y recrearlo con sus propios medios. Deseo condenado al fracaso, produciéndose una constatación desencantada del acto fallido, lo que provoca una profunda melancolía que sirve de protección, a la vez que es capaz de atravesar el cuadro de extremo a extremo en lo referente al cuerpo y al deseo.

Cada una de sus obras es un espacio donde podemos encontrar enigmas que descifrar. Son muchas y variadas las lecturas de estos códices que nos permiten trasladarnos a ese otro mundo que tiene que revelarse por sí mismo con sus leyes y procesos alquímicos. Nadie saldrá igual después de experimentar esta realidad; cada uno de los que nos introducimos a las imágenes vamos reescribiendo en nuestros campos energéticos nuevos paisajes.

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