En el centro de mi ser, en ese centro todavía inconsciente, reside el hombre primordial, unido al Principio del Universo, y por él, al todo del Universo, que se basta a sí totalmente. Uno principial, ni solo ni no solo, ni afirmado ni negado, más allá de todo dualismo. Es el Ser Primordial, subyacente en todos los estados egotistas que lo recubren en mi conciencia actual.

Por el hecho de que actualmente ignoro lo que son en realidad mis estados egotistas, estos estados constituyen una especie de pantalla que me separa de mi centro, de mi Yo real. Soy inconsciente de mi identidad esencial con el Todo y no me considero más que en cuanto distinto del resto del Universo. El Ego, soy yo en cuanto me considero distinto. El Ego es ilusorio, puesto que yo no soy en realidad en cuanto distinto; y todos los estados egotistas son igualmente ilusorios.


En el estado egotista fundamental, me siento como Yo opuesto al No-Yo, un organismo cuyo ser es opuesto al ser de los demás organismos. En este estado fundamental, todo lo que no sea mi organismo es No-Yo; amo mi Yo, es decir, deseo mi existencia y odio el No-Yo, es decir, deseo la desaparición de su existencia; ansío la afirmación de mi Yo en cuanto distinto y la negación del No-Yo en cuanto éste pretende existir al margen de mi Yo distinto. En este estado egotista fundamental, vivir es afirmar mi Yo venciendo al No-Yo: victoria material por la adquisición de bienes materiales, victoria sutil por la adquisición de renombre (reconocimiento, por el No-Yo, de la existencia del Yo; adquisición de gloria que inmortaliza al Yo distinto).

El estado afectivo fundamental del hombre común es, por lo tanto, sencillo; este hombre ama su Yo en oposición al No-Yo, y odia el No-Yo que se opone a su Yo.

Sobre este estado fundamental egotista-egoísta pueden construirse cinco estados egotistas-altruistas que encierran apariencias de amor a los demás:

1.- Amor aparente al prójimo por proyección del Ego

Es el amor idolátrico, en el que el Ego está proyectado en otro ser. La pretensión a la divinidad en cuanto distinto ha abandonado mi organismo y se encuentra ahora fija en el organismo del otro. La situación afectiva se parece a la de hace un momento, salvo que ahora el otro ha ocupado mi puesto en mi escala de valores; deseo la existencia del otro-ídolo, contra todo lo que se le oponga. No amo mi propio organismo, mas que en cuanto resulta fiel servidor del ídolo; fuera de esto, ya no tengo sentimientos con respecto a mi organismo, me es indiferente, y si es necesario puedo dar la vida por la salvación de mi ídolo (puedo sacrificar mi organismo a mi Ego, que está fijado en el ídolo; por ejemplo, Empédocles se lanzó al Etna para inmortalizar su Ego). En cuanto al resto del mundo, lo odio si es hostil a mi ídolo; si no le es hostil y si mi contemplación del ídolo me colma de gozo (es decir, afirmación egotista) amo indistintamente todo el resto del mundo (más adelante veremos por qué, al tratar de la quinta modalidad de amor aparente). Si el ser idolatrado me rechaza hasta el punto de impedirme toda posesión de mi Ego en él, el amor aparente puede convertirse en odio.

2.- Amor aparente al prójimo por extensión localizada del Ego

Por ejemplo; el amor de una madre a su hijo, el amor de un hombre a su patria, etc. En el amor idolátrico había, ante todo, proyección del Ego y en seguida necesidad de poseer el Ego proyectado, en una posesión material o sutil del ídolo. Aquí existe primeramente posesión del otro (ocurre fortuitamente que este hijo es mi hijo, este país es mi país). La situación afectiva resultante es muy parecida a la del amor idolátrico; sin embargo, los goces son menos conscientes y con frecuencia domina el temor de perderlos. El amor idolátrico proporciona lo que el hombre llama un sentido a su vida; el amor posesivo también, pero es, con frecuencia, un sentido menos positivo, que sacia menos.

3.- Amor aparente al prójimo porque éste nos ama con uno de los dos amores precedentes

El otro ama su Ego en mí, pero me da la impresión de que ama mi Ego. Por ello, yo deseo su existencia así como deseo la existencia de todo lo que desea mi existencia.

4.- Amor aparente al prójimo porque es parte de la imagen ideal de mí mismo o de mi amor idolátrico

Amo al prójimo porque necesito considerarme estético para amarme a mí mismo y amar al prójimo es estético. O bien amo al prójimo porque amo místicamente una imagen divina sobre la cual está proyectado mi Ego y considero que esta imagen divina desea que yo ame al prójimo, y yo deseo lo que desea esta imagen divina (identificada con mi Ego).

5.- Amor aparente al No-Yo porque mi Ego está saciado momentáneamente

El hombre que colma momentáneamente una intensa afirmación egotista ama a todo el Universo. Este amor sin particularismos no corresponde a una aparición momentánea del amor primordial universal, sino a una inversión momentánea del odio fundamental egotista al No-Yo motivada por una suspensión de la reivindicación egotista. Este estado sólo dura poco tiempo. Es comparable con la sensación voluptuosa de no sufrir más; esta voluptuosidad sólo es comparativa, y cesa en cuanto desaparece el término de comparación.

Estas cinco clases de amor aparente al prójimo representan otros tantos goces de mi Ego, experimentados en situaciones que me afirman en cuanto distinto. A toda disimulación de una de estas situaciones corresponde la aparición de la angustia y la agresividad.

Cuanto más llamado está a la realización intemporal, más necesidad tiene el hombre de vivir estas clases de amor; estos estados se parecen más o menos al estado afectivo del hombre realizado (que ama todo), pues lo ligan, aparentemente, a algo que no es él mismo.

Sin embargo, cuanto más avanza este hombre en el conocimiento de sí mismo, más se desvalorizan estos amores a sus ojos, y pierden su eficacia compensadora. Este hombre pierde poco a poco sus sentimientos positivos, altruistas. Su comprensión cala profundamente en estos hábiles simulacros y lo lleva, de grado o por fuerza, hacia el estado fundamental egotista en el que siempre ha odiado lo que no es su Yo: estado de noche y de soledad. Y siente la angustia, a causa de su negativa a combatir el No-Yo.


Este hombre, despojado poco a poco de toda posibilidad de hacer trampa interiormente, se ve impulsado hacia el trabajo realizador. Recurre, cada vez con mayor frecuencia, a su pensamiento imparcial para poner en duda la legitimidad de la reivindicación egotista, de esta pretensión de ser distinto, que engendra la soledad y el temor. El Ego se encuentra contraído de manera cada vez más pura, cada vez más comprimido en sus últimos reductos. Hay un límite para esta comprensión, al otro lado del cual el Ego estalla en el satori. Entonces el Ego se difunde en el todo, completándose y destruyéndose al mismo tiempo.

Hubert Benoit

Extractado por Leonardo Varela de
H. Benoit.- La Doctrina Suprema.-
Ediciones Mundonuevo S.A.C.I.

Cuadros de Magritte.

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