Qué es exactamente lo que experimentan aquellas personas que han sobrevivido a una experiencia cercana a la muerte (ECM)? Quizás el mejor modo de responder a esta pregunta -mediante la palabra escrita – sea imaginarnos que la ECM es algo que nos está ocurriendo a nosotros en este mismo momento. Existen, sin embargo, dos características fundamentales que deberíamos tener en cuenta. En primer lugar, aunque este tipo de experiencias tiendan a ceñirse a un modelo específico prototípico, la variabilidad de los elementos que las definen es enorme. En este sentido, parecen existir ECM más completas que otras. En segundo lugar, en la medida en que la persona profundiza en la experiencia y experimenta su tronco fundamental, puede seguir ramificaciones muy diversas. En este artículo vamos a describir una ECM completa que se desarrolla a lo largo de una de sus ramificaciones más comunes.

Es muy probable que lo primero que experimentemos cuando atravesamos una ECM sea una gran sensación de paz y bienestar. No sentimos ningún tipo de dolor, no tenemos sensaciones corporales de ningún tipo y somos conscientes de una especie de silencio puro y cristalino que difiere notablemente de cualquier cosa que hayamos experimentado anteriormente. Sin embargo, la persona tiene la consciencia directa de que, independientemente de lo que ocurra, se halla absolutamente a salvo y segura en esta atmósfera de paz
que todo lo impregna.

Luego quizás comencemos a tener algún tipo de consciencia visual del entorno. Lo primero que advertimos entonces es que nuestro yo – nuestro auténtico yo – parece estar observándolo todo desde arriba mientras nuestro cuerpo yace abajo, rodeado por un grupo de personas preocupadas. Pero, con toda probabilidad, no nos habremos sentido mejor en toda nuestra vida. Nuestra percepción es extraordinariamente nítida y vívida, nuestra mente parece funcionar de un modo hiper lúcido y nos sentimos más vivos que nunca.

Súbitamente, nuestra atención se ve atraída por una oscuridad plácidamente acogedora en la que irremisiblemente terminamos sumergiéndonos. A pesar de carecer de un cuerpo, tenemos la inconfundible sensación de que nos estamos moviendo y, cuando lo hacemos, nos damos cuenta de que la oscuridad parece adoptar la forma de un túnel.

A medida que nos acercamos al final del túnel comenzamos a percibir un punto de luz – de color blanquecino y con matices dorados – que va aumentando progresivamente de tamaño y de brillo pero que, sin embargo, no daña en modo alguno nuestra mirada. Jamás hemos experimentado una luz similar. Se trata de una luz que parece carecer de origen y que ocupa todo nuestro campo visual. Al aproximarnos a la luz comenzamos a sentirnos sobrecogidos por una poderosa oleada que sólo puede ser descrita como puro amor; una oleada de amor, en suma, que parece impregnar las fibras más profundas de nuestro ser. En ese momento sólo pensamos en fundirnos completamente con la luz. El tiempo se ha detenido por completo, nos hallamos en la eternidad, en la perfección, y sentimos, en definitiva, que la luz es nuestro verdadero hogar.

Sin embargo, en medio de esta perfección atemporal somos conscientes de una presencia definida que se halla, de un modo u otro, ligada a la luz. Aunque no se trata de una persona parece, sin embargo, algún tipo de ser; una forma que no podemos ver pero cuya consciencia se halla, de una manera u otra, íntimamente vinculada con nuestra propia mente. Esta presencia nos advierte que ha llegado el momento de decidir si seguimos adelante o si, por el contrario, debemos regresar. Al mismo tiempo, asistimos al despliegue simultáneo de una multitud de imágenes precisas y detalladas que parecen contener todo lo que nos ha sucedido en la vida. Esta experiencia retrospectiva, sin embargo, no parece conllevar ningún tipo de juicio sino que simplemente nos es dado contemplar la pauta que gobierna nuestra vida. De este modo, nos damos cuenta de que nuestra existencia tiene un propósito definido y entonces comprendemos con absoluta claridad que debemos regresar, que nuestra familia y, en especial, nuestros hijos, nos necesitan.

Éste es el último fragmento de consciencia trascendental del que nos damos cuenta. En el próximo momento de consciencia experimentamos un intenso dolor mientras yacemos en la cama de una unidad de cuidados intensivos, incapaces de hablar pero recordando cada detalle de lo que acaba de suceder.

Si algo resulta claro es que la experiencia que acabamos de atravesar no ha sido un sueño, una alucinación o una fantasía, sino algo absolutamente real y objetivo, más real incluso que la vida misma. Nos gustaría hablar con alguien de lo que ha ocurrido pero aunque lográramos encontrar las palabras adecuadas para describirlo, quién podría comprendernos? Lo único que sabemos es que ésta ha sido la experiencia más profunda que jamás nos ha sucedido y que, a partir de ella, nuestra vida y nuestra comprensión de la vida han experimentado un cambio radical y definitivo.

Éstos suelen ser los elementos comunes que, de un modo general, caracterizan a cualquier ECM lo suficientemente profunda y sus consecuencias inmediatas. En todo caso, así es como describen la muerte la inmensa mayoría de las personas que han atravesado la experiencia. Pero, por supuesto, la mera descripción de los distintos elementos que componen una ECM no nos proporciona la menor respuesta concreta (excepto, claro está, para quienes han atravesado la experiencia), sino que, por el contrario, plantea una multitud de preguntas empíricas e interpretativas con respecto a lo que ocurre cuando morimos o lo que pasa – si es que pasa algo – después de la muerte biológica. Este tipo de experiencias ha sido objeto, desde hace poco tiempo, de diversas investigaciones.

Parámetros e interpretación de las ECM
Con cuánta frecuencia ocurre la experiencia? De cada cien personas, por ejemplo, que han estado clínicamente muertos, cuántos de ellos suelen relatar posteriormente haber atravesado una ECM?

Las primeras investigaciones realizadas en este sentido sugerían que la cifra podría aproximarse al cuarenta por ciento (Ring, 1980; Sabom, 1982) y estas estimaciones se vieron confirmadas posteriormente por los resultados de una encuesta llevada a cabo por el Instituto Gallup (Gallup, 1982). Aunque la mayoría de las personas que han atravesado una experiencia cercana a la muerte no suelen recordar nada, lo cierto, sin embargo, es que los relatos de quienes sostienen haber permanecido conscientes de la experiencia son muy similares a la ECM prototípica que acabamos de describir. Existe también un número menor de personas que relatan experiencias muy particulares que parecen tener, por lo general, un carácter alucinatorio. Hay que señalar también, por último, a un pequeño porcentaje de individuos que afirman haber atravesado una experiencia negativa.

Otra cuestión que suele plantearse con cierta frecuencia consiste en determinar en qué medida la forma en la que se accede a la experiencia puede determinar su desarrollo. En términos generales, la respuesta es que, con independencia del modo en que la persona acceda a la ECM, una vez que ésta comienza a desarrollarse sigue invariablemente la pauta esencial que hemos descrito. Por otra parte, la investigación de los relatos sobre experiencias cercanas a la muerte referidas por suicidas también suelen acomodarse
al mismo prototipo.

Así pues, las variables situacionales no parecen influir significativamente en el curso de la experiencia , pero acaso podemos decir lo mismo con respecto a las características personales?, o dicho de otro modo: existen personas que se hallen más predispuestas a este tipo de experiencias debido al medio social en
el que han crecido, a su personalidad, a sus creencias o incluso a un conocimiento previo de las ECM? Una vez más, los datos proporcionados por la investigación son suficientemente explícitos al respecto, ya que nos permiten concluir, sin ningún género de dudas, que los factores sociales e individuales parecen tener muy poca incidencia sobre el desarrollo de la ECM. En este sentido, las variables demográficas, el sexo, la raza, la clase social y la educación, por ejemplo, no parecen estar relacionadas con la incidencia y con el desarrollo de la ECM. En el mismo sentido, podemos afirmar también que no parece existir un tipo particular de persona, es decir, que no existen cualidades psicológicas particulares que predispongan hacia la ECM. Así pues, los ateos y los agnósticos no son menos proclives a referir experiencias cercanas a la muerte
que las personas religiosas, aunque las interpretaciones que aporten ambos grupos sobre la experiencia difieran, obviamente, entre sí. Por último, tampoco podemos afirmar que el conocimiento previo de este tipo de experiencias aumente la probabilidad de su ocurrencia.

Con respecto a la cuestión crucial de la universalidad de la ECM, nos vemos obligados a admitir que, lamentablemente, todavía existen muchas lagunas en este sentido. No obstante, parece que, a pesar de mostrar un cierto grado de variabilidad intercultural, las ECM presentan ciertas constantes universales (como la experiencia extra corporal, el pasaje a través del reino de la oscuridad hacia una zona iluminada por una luz brillante y el encuentro con seres celestiales).

Veamos, por último, el tema de la interpretación de la ECM. En este campo existe una verdadera plétora de teorías que muestran escasas coincidencias. Todas las interpretaciones, sin embargo, pueden agruparse
en tres grandes categorías – y algunas de ellas no están circunscritas a un solo grupo – a las que denominaremos la teoría biológica, la teoría psicológica y la teoría trascendental. La interpretación biológica tiende a ser reduccionista y contraria a la supervivencia después de la muerte mientras que las interpretaciones trascendentalistas, por su parte, suelen ser empíricamente no demostrables y se inclinan abiertamente en favor de la supervivencia post mortem. Obviamente, las interpretaciones psicológicas tienden, en muchos sentidos, a adoptar una posición intermedia entre las otras dos.

Tras una década de investigaciones en este campo, todavía no hemos podido formular una interpretación general que goce de una aceptación consensual. Por otra parte, tal como he tratado de demostrar recientemente (Ring, 1984), los problemas que suscita la interpretación son mucho más complejos de lo que la mayor parte de los teóricos parecen haber advertido.

El significado fundamental de la ECM no radica tanto en la fenomenología que se despliega durante la experiencia ni en las pautas que pueda adoptar como en sus efectos transformadores posteriores. Son precisamente estos efectos los que nos permiten vincular las ECM con ciertas tendencias evolutivas a
gran escala que parecen impeler a la humanidad hacia el siguiente estadio de su desarrollo colectivo. Pero para poder comprender adecuadamente la naturaleza de este vínculo convendrá explorar previamente el tipo de transformaciones que tienen lugar en la vida, la conducta y el carácter de quienes han atravesado una experiencia cercana a la muerte.

Los efectos transformadores de las ECM
El estudio de las experiencias cercanas a la muerte se ha centrado recientemente en los efectos posteriores de la ECM y nos ha revelado la existencia de una serie de consecuencias muy interesantes. En primer lugar, del mismo modo que la ECM parece ceñirse a una determinada pauta, los efectos que produce también parecen ajustarse a un determinado modelo. En segundo lugar, las pautas de ese cambio tienden
a ser tan positivas y tan concretas que es posible interpretarlo como el signo de un despertar generalizado de las capacidades potenciales superiores del ser humano. Para disponer de una sólida base de trabajo que nos permita apreciar mejor el posible sentido evolutivo de la ECM, comenzaremos revisando previamente los descubrimientos con los que he tropezado a lo largo de mi propia investigación (Ring, 1984).

Esta investigación analiza tres grandes categorías de efectos posteriores:
1) cambios en la imagen de uno mismo y en los valores personales;
2) cambios en la orientación religiosa o espiritual,
3), por último, cambios producidos en el ámbito psíquico.
Pero cuál es, en definitiva, el retrato psicológico que podemos extraer de este estudio?

En primer lugar, en lo que respecta al dominio de los valores personales, la persona suele regresar de la experiencia con un mayor respeto por la vida, lo cual no sólo supone un aumento en su capacidad para percibir la belleza intrínseca de la vida sino también una acusada tendencia a permanecer atentos al momento presente. Simultáneamente, la preocupación por los sufrimientos y las dificultades del pasado y
el temor hacia lo que nos deparará el futuro tienden también a disminuir. Como resultado de todo ello, quienes han atravesado una ECM suelen ser más capaces de vivir de un modo más pleno en el aquí y el ahora, desarrollando de manera natural una cierta frescura perceptiva, y ven fortalecida su atención hacia
el entorno. Estos sujetos también demuestran tener un mayor respeto por sí mismos en el sentido de que aumenta su autoestima. No estamos hablando, claro está, de que sean presas de ningún tipo de inflación egóica sino tan sólo que se muestran más capaces de aceptarse a sí mismos tal como son. En ocasiones, la persona atribuye este aumento de la autoestima a la tremenda sensación de afirmación que recibieron de la Luz.

Más en Reencarnación - Muerte
Sobre nuestras vidas pasadas

“El espíritu no muere cuando muere el cuerpo. Escondido en el Corazón de cada Ser...

Psicología de la Muerte

La muerte es un aspecto de la vida de una significación profunda y en todas...

Cerrar