LaPersonalidadParanoide
Pertenece a la esencia del punto de vista de la personalidad paranoide el considerar que todos los demás son candidatos para la atención psiquiátrica. Como decía una mujer: “Yo estaría mucho mejor si los que me rodean no fueran tan neuróticos. Todos sus problemas psicológicos son confrontados no en su interior sino por proyección, porque son observados en los otros. La persona percibe en los demás aún las más mínimas manifestaciones de las deficiencias y fallas que su propia naturaleza interna soporta más severamente. Dado que con frecuencia se siente privada de sus derechos y es propensa a los litigios, frecuenta al abogado más que al psiquiatra. Si participa en algún grupo, plantea al que lo dirige todas sus protestas contra las injusticias de la vida, venga o no al caso el tema. Al proyectar sus perturbadas emociones en dichos grupos, se produce lo que podríamos llamar “un efecto infeccioso”. Rápidamente se agregan otros reclamantes.

Hay una continuidad, con unas pocas marcas claras, desde los moderados sentimientos paranoides” que todos tenemos alguna vez (una sensación de ser pasado a llevar, lo que en sí mismo no es justificado por los hechos) a la tendencia de reaccionar de manera paranoica en una situación tensa, hasta la neurosis totalmente desarrollada. Más allá está la psicosis, que empieza con la aparición en la consciencia de la experiencia infantil transmarginal de ser “perseguido”, la que se vivencia como una súbita “iluminación”, siendo la primera falsa creencia. Esto puede estar limitado a una pequeña área de la vida, guardada de los demás en secreto. Es el nivel descrito como parafrenia. Si continuan las falsas ideas consideradas como verdades, abarcando un área más extensa, fortalecidas por extrañas alucinaciones y grandiosas experiencias, acompañadas de contradictorios sentimientos de ser sádicamente perseguidos, es el peor de los pronósticos: la esquizofrenia paranoica (estado alcanzado por unos pocos que comienzan de esta manera).

Entre la gente llamada “normal” hay abundancia de rasgos paranoicos, en grado suave a mediano. Veamos unos pocos: susceptible, falto de sentido de[ humor, malicioso, punzante, irónico, defensivo, discutidor, suspicaz, cauteloso ante posibles críticas, siempre afirmando su posición contra aquellos que pudieran invadir sus derechos, propenso a las argumentaciones de tinterillo, se deleita en poner a la gente en su lugar si cree que han dado un paso en falso. Se dedica con desequilibrado celo a alguna causa con la que
se identifica, teniendo a la mano prontas excusas por si falla, es un genio en probarse a sí mismo que siempre tiene la razón, morbidamente persistente en sus alegatos, hipersensible, poco sociable, envidioso, celoso, consumido por odios secretos, rápido en promocionar lo que considera su valor personal. Es orgulloso, y, sin embargo, siempre se siente humillado, incapaz de admitir ante sí mismo que pueda estar equivocado, un hombre mediocre con grandes ideas sobre su propia persona, incapaz de hacer concesiones, falto de caridad, crítico, hipercensurador, desconfiado de todo el mundo. Autocentrado, rechaza exponerse
a lo que le parece el áspero y perturbador intercambio social, incapaz de comprender lo que hace a otra gente amable, tan atareado está en proyectar sobre ellos sus propias dinámicas defectuosas. Es una especie de cactus que irrita la piel de quien lo toca, que se mantiene con una mínima dieta de contacto social, y con apenas una pizca de agua del espíritu. Decir que él disfruta esta situación de escasas y limitadas relaciones personales, sería una contradicción interna. En su fuero más íntimo, él se identifica
con el vacío, la falta de sentido, la inferioridad, la baja autoestima, la impotencia, y un débil y enfermo espíritu humano. Como persona preparada para la relaciones básicas de la vida: encuentros, diálogo, comunidad, realización de lazos personales de amor y de amistad, él es literalmente un peso muerto.

Sus experiencias humanas en el primer año de vida no le proporcionaron ninguna sensación de abundancia de contento, ni de gozosa satisfacción. 0 si esto le fue dado en el comienzo, llegó el momento, demasiado pronto para ser soportado, en que fue privado de ello en forma drástica. Esta intolerable experiencia fue traducida íntimamente como haber sido desgarrado, negado, reprobado. Su reacción fue la instalar un modelo de personalidad que se defendiera de futuros rechazos, a lo que se agregó la proyección completando el cuadro. El dilema de la personalidad paranoide yace en la prematura herida inflijida en su naciente humanidad por una privación demasiado precoz, severa e intolerable. Este rechazo quedó incorporado en la estructura del carácter, haciéndole luchar tanto contra la aceptación de sus necesidades internas como contra la búsqueda de ayuda externa. El no se expone a sufrir “hambre y sed” por el deseo
de encontrar recursos humanos más allá de su ser, porque ya conoció “el hambre y la sed” y las considera demasiado dolorosas para volver a experimentarlas. Entonces se conforma con vivir de fantasías de realización y de plenitud. Su propia personalidad rígida y anquilosada bloquea cualquier intento de ayuda que pudiera sanarlo.

Los quiebres paranoicos son desórdenes que aparecen en la edad mediana y en la vejez, con un inicio generalmente pasados los treinta y cinco años. Aunque esto es lo típico, también pueden encontrarse reacciones paranoides en la adolescencia, sobre todo asociadas a brotes esquizofrénicos.

Los adolescentes están conscientes de que sus padres y la gente adulta no considera su derechos seriamente. Su mayores no los toman en cuenta en sus conversaciones, los menosprecian y demoran en otorgarles privilegios de libre determinación. Los adolescentes sanos se desentienden de estos problemas, pero aquellos inclinados a reacciones paranoicas, al enfrentar estos primeros conflictos sobre “sus derechos” tienden a reaccionar con extrema susceptibilidad. Pueden mostrar una hostilidad generalizada hacia la gente mayor, percibiendo actitudes dominantes donde no las hay, viendo ofensas que sólo existen en su imaginación. Esto está relacionado con la situación dinámica de no estar haciéndolo bien, ya sea en el estudio o trabajo, o en el ambiente social. Su frustración exacerba las reacciones paranoicas. Cuando consiguen establecerse y estar bien conectados en el camino a un bienestar profesional, económico y social, la susceptibilidad paranoide tiende a disminuir.

Los síntomas paranóicos son característicos de toda clase de enfermedades mentales en la vida adulta, y se definen como una idea fija de ser perseguido. Esto agrava las enfermedades depresivas, la esquizofrenia aparecida después de los treinta años, y los estados demenciales seniles. Si la paranoia sobreviene en una personalidad que es ya esquizoide: aislada, introvertida, desapegada, insociable, es difícil decir dónde comienza la esquizofrenia. Y puede ser que no tenga sentido preguntarlo. No hay un grupo de enfermedades en psiquiatría cuyos límites sean más difíciles de categorizar que el diagnóstico de paranoia.

Esta enfermedad puede aparecer en forma repentina en la mitad de la vida en una persona que hasta entonces podía decirse que estaba bien ajustada a su ambiente. El ataque puede comenzar con lo que es conocido como Ia primera falsa idea”. El puede estar leyendo un periódico, viendo la televisión, escuchando la radio, y de súbito alguna frase, alguna propaganda, le parece una particular referencia hacia él o su vida privada del pasado, presente o futuro. Cualquier cosa que suceda puede tomar súbitamente un íntimo significado personal. Los eventos ordinarios en el entorno repentinamente llegan a estar cargados de una gran importancia, a menudo de amenazas de persecución. Hay un cambio en el estado de ánimo de la persona que tergiversa en forma ilusoria su total vida emocional, afectando toda relación. El extraño matiz de ésto es inmediatamente manifestado, no sólo a la persona misma, sino a cualquiera con quien hablara de estas cosas. Como resultado, el paciente guarda estas privadas revelaciones de significado secreto por varios meses. Continúa llevando una aparente vida normal y en todos los aspectos – menos en éste en particular – su conducta es la de antes. No resulta sorprendente para un psiquiatra entrevistar un paciente a pedido de sus familiares, que le encuentran algo raro, y conversar una hora con él sin notar nada que justifique la inquietud de la familia. De pronto, en los últimos cinco minutos, al momento de despedirse, el paciente hace voluntariamente un comentario al pasar, tan extrañamente contrario a la situación presente como para presumir un diagnóstico de paranoia esquizofrénica.

Una vez un sacerdote estaba tomando té con una colaboradora de su parroquia. Durante una hora o algo
así, la conversación era totalmente normal. Al despedirse, notó una pequeña grieta en la pared del living, la que había sido cubierta por una tira de papel engomado en forma de cruz. Hizo un liviano comentario sobre eso y la señora, a renglón seguido de sus frases de despedida, explicó que su ex-marido estaba infiltrando gas venenoso por esa grieta, pero “ese parche en forma de cruz detuvo su jueguito asesino”. El sacerdote quedó tan impactado que dejó la casa antes de poder recuperar el aliento.

Una vez que la primera falsa idea – o ilusión – ha ocurrido en la vida adulta, el paciente se contempla a sí mismo como alguien que es perseguido por algún grupo de personas de su comunidad. A veces, él cree obsesivamente que otros lo envidian, o quieren estafarlo, acusarlo, aterrorizarlo, atacarlo, envenenarlo, o meterlo en prisión. Otras veces se refugia en la negación, la cual es característica de quienes guardan memoria de la omnipotencia y de la beatitud del infantil estado de ser anterior al diluvio. El es grandioso. Súbitamente tiene una convicción de su limitada grandeza. Esto puede conducirlo a la megalomanía paranoica.

Estas ideas fijas pueden ir acompañadas de alucinaciones auditivas, voces acusándolo o ridiculizándolo, amenazándolo o dándole órdenes. Muy raramente, las voces son elogiosas. A menudo oye golpeteos en las murallas de la habitación, o voces de ocultos personajes desde dentro de los armarios. Las alucinaciones visuales son mucho menos comunes.

La primera idea fija aparece al final de un período de pérdida de bienestar en la edad adulta, como si fuera
un “momento de iluminación”. En ese instante parece como si todo lo que estaba relacionado con él se presenta con claridad. No hay sombra de duda en ese momento acerca de la verdad de la afirmación: “Estoy siendo perseguido”. Es inútil intentar contradecir al paciente paranoide en este punto. El está más seguro de la verdad de esta experiencia que de cualquiera otra cosa que pueda sucederle. No hay razón para que tratemos de disuadirlo, porque, en realidad, debemos reconocer que ésto representa fielmente un sector real de su experiencia infantil. Sólo podemos aceptarlo e interpretarle su significado. El no confiará en quien pretenda negar la validez de esta experiencia. El podrá confiar sólo en quien sea capaz de darle una explicación sensitiva de lo que ella representa, si no en su total realidad, por lo menos en una parte de ella.

Junto con estas perturbaciones en la explicación racional del universo del paciente paranoide, y además, por debajo de toda esta “irracional racionalidad” hay experiencias de tipo emocional que tienen todas las características de una experiencia infantil. La mente es invadida por poderosos sentimientos, ya sea de absoluto terror, de odio, celos, envidia o nostalgia, con la cualidad del todo-o-nada típico de la experiencia infantil original. Para defenderse contra estas sobrecogedoras debilidades, el ego puede regresar a experiencias aún más tempranas de absoluta beatitud, poder, vigor, e “insuperable bienestar.

.En un momento el paciente está en éxtasis, exaltado por un sobrenatural sentido de tener absoluta percepción interior de todos los fundamentales problemas del ser. Al momento siguiente, puede sentirse aferrado por oponentes “demoníacos” y sentirse maldecido. Sabemos que esto realmente representa los dos estados de infantil bienestar e infantil malestar, tal como ocurren dentro de los primeros seis meses de vida.

Cuando estos diversos estados suceden originariamente, el lactante está todavía sumergido en el estado de identificación con la madre, ya sea por el bienestar o el malestar que ella proporcione. El es incapaz de distinguir si esos sobrecogedores sentimientos pueden ser propiamente atribuídos a la madre o al ego en sí mismo, o a los elementos comunicantes, a las percepciones en las estructuras sensorias. Vemos esa misma confusión en el paciente paranoide, A veces se maldice a sí mismo por ser la causa de su infortunio e inferioridad. Refugiándose en la sensación primaria de bienestar superior, atribuye el menoscabo que sufre a la hostilidad, envidia y celos de los otros, quienes codician sus bienes. Otras veces las estructuras sensorias soportan la responsabilidad y proporcionan pseudo-explicaciones en forma de alucinaciones y falsas percepciones. La regresión atrae a la mente al período anterior a cualquier distinción que haya podido ser hecha entre sujeto, objeto y predicado, o a los límites del ego.

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