LaPersonalidadHisterica
La palabra histeria y el adjetivo histérico tienen muchos significados en la terminología psquiátrica y no es fácil relacionarlos entre sí. La palabra no es exacta ni es una creación de la psiquiatría moderna. Usada por Platón y los griegos significaba el útero vagabundo. Desde tiempos remotos la histeria ha sido asociada con la frustración sexual y las disfunciones maritales, especialmente en mujeres, manifestándose en una variedad de síntomas tanto físicos como mentales.

Freud amplificó la idea griega atribuyendo el origen infantil de la histeria al conflicto edípico, en que el niño
y la niña tienen deseos genitalsexual por el progenitor del sexo opuesto y hostilidad hacia el del mismo sexo. Más recientemente, los neo-freudianos han mostrado que el verdadero origen de la histeria está en
un período mucho más temprano de la infancia, dentro del primer año de vida.

Tiene que ver primariamente con la sexualidad y el área genital, pero también con privación de relaciones intepersonales durante la primerísima fase de desarrollo de la personalidad.

El núcleo de la posición histérica, desde donde se derivan todas las proteicas manifestaciones del desorden, es el sufrimiento psíquico del infante al ser separado de la presencia de la madre o de su sustituto maternal. Incapaz de soportar la soledad, apto sólo para vivir por identificación con una fuente personal de bienestar que pueda ser sentida, tocada, o percibida como presente, el bebé reacciona al abandono disminuyendo su tolerancia al aislamiento e incrementando la ansiedad por separación . Es probable que factores hereditarios o constitucionales, o ambos, hagan a ciertos infantes menos capaces de tolerar estas frustraciones de atrasos y ausencias maternales. La experiencia de separación-pánico en estos infantes no termina con el retorno de la madre. Es disociado de la consciencia, por un proceso llamado por algunos analistas disociación histérica.

La posición histérica de identificación con el terror a ser privado de una relación personal está cerca del margen de tolerancia al dolor. Hay una inminente amenaza de identificación con el no-ser si el dolor de que la vida esté relacionada con alguien que nunca viene, llegue a ser literalmente insoportable. Estar como colgados de una cuerda, o sea que la propia existencia dependa de una persona como la fuente nutriente
del propio ser, conduce a un punto de quiebre. Algunos pacientes histéricos ciertamente se han quebrado. El intenso deseo histérico por la vida a través de alguien que venga, alguien de quien aferrarse y ser nutrido, puede ser reemplazado por un igualmente poderoso deseo de muerte, de no ser sostenido, de no nutrirse. Esto ocurre cuando el margen de tolerancia ha sido cruzado y asoma una tendencia esquizoide que empeora la situación. Aunque esta posibilidad debe guardarse en mente al tratar a pacientes histéricos, el movimiento reactivo predominante es hacia la gente, en un intento por ganar y mantener su aceptación e interés.

Esta intensa y penosa experiencia de pánico de separación es sufrida inicialmente en forma pasiva. El lactante es demasiado pequeño para pensar en luchar o actuar con violencia para atraer la atención. El no tiene consciencia de estar separado de la madre, así que todo lo que experimenta lo supone conocido y premeditado por ella. Su única defensa en esa etapa es fantasear.

El niño dentro de su primer año vive en función de una persona. Su espíritu necesita nutrirse en la relación personal dada por la madre, mediante la expresión de su rostro y de cualquier otro modo que le permita experimentar su amor y su cuidado. Si él no puede tener esta preciosa experiencia personal de una relación de intimidad, de la que es penosamente privado en la situación histérica, no tiene otra alternativa de defensa contra esta insoportable ansiedad y miedo que refugiarse en fantasías que representen el bien anhelado y consolarse a sí mismo frotando las partes más penosamente excitadas, oral y genital. Cuando
la represión sigue a la disociación de estas experiencias en la consciencia, nada cambia en la mente profunda. El lactante herido de pánico es enterrado vivo en la mente. El está tan vivo veinte, cuarenta, sesenta años después como en el momento de la represión. Un tratamiento exitoso podría traerlo de vuelta en pleno a la consciencia. Más comúnmente él se manifiesta en la total variedad de síntomas neuróticos a los cuales se adjudica el adjetivo de histéricos.

El desorden histérico en la personalidad es la expresión directa, en términos de modelo dinámico, de una reacción de larga permanencia al constante temor de la situación sepultada en el inconsciente. Como nadie está respondiendo espontáneamente a la absoluta infantil necesidad de alguien solícito y nutriente, los fantasmas de separación-pánico y de miedo al no-ser están perpetuamente vigentes. Esto puede ser mantenido en clausura tanto tiempo como persista una conducta de búsqueda de atención. Todo es sacrificado a la adhesiva necesidad emocional de colgarse de alguien. La frustración es mal tolerada, el tiempo de espera es tiempo muerto. Los intentos impulsivos, irreflexivos, irrazonables de atraer la atención desembocan rápidamente en temperamentales pataletas. Esto da una propensión a los accidentes, especialmente si hay un esquizoide deseo de muerte en el trasfondo. Antes de recurrir a la violencia, al chantaje o a la extorsión, la persona histérica trata de complacer. Con esta finalidad, la mujer es seductora, exhibicionista y teatral. Su autodramatización es sostenida por un alto nivel de sugestionabilidad, de autoengaño y de manipulación emocional de potenciales ayudantes. El o ella, se aferran a una sola idea: atraer y mantener la atención de los demás. Su percepción es extravertida, ven lo que quieren ver. Mirarse internamente, aun por un momento, les produce un escalofrío de horror.

Como hay muchas maneras de atraer y mantener una atención favorable en diferentes entornos, hay muchos diferentes modelos de reacción histérica. En algunas familias, son necesarias la religión, la moralidad, la complacencia o la prudencia, como requisitos para ser aceptados. En otras, uno tiene que pelear por ello manifestando alguna superioridad. Para otros es la seducción sexual, aún entre padres e hijos. Otros son amorales e irresponsables. Así llegamos a hablar de personalidades histéricas compulsivamente complacientes o dominantes, de mentirosos histéricos y de psicópatas histéricos.

En el estudio de la histeria encontramos constantemente características paradójicas. El desorden puede tomar el aspecto de fieros y adhesivos apegos e igualmente de violentas rupturas y separaciones. La persona histérica es exquisitamente sensitiva, mostrando acentuados poderes de observación cuando su interés está en juego. Si el entorno presentara estímulos asociados a ideas y personas de quienes desea, tal vez inconscientemente, mantenerse alejada, entonces habrá una marcada insensibilidad, y un estrechamiento del campo de visión para excluir todo lo que pudiera serle perturbador. Algunos tienen este mecanismo disociativo como su principal característica. Su histeria los hace creerse un gran amante, seductor, imperioso e irresistible en los asuntos del corazón. Esta es una función de su necesidad de amor. En realidad, él tiene poco o nada de amor para dar a otros. La mujer histérica puede aparecer como super-sexuada, pero en la cama a menudo se muestra frígida, en retirada o resistiéndose. Ella puede responder con exquisita sensibilidad a caricias superficiales de tipo táctil. Pero esto es a menudo la contraparte de una total inhabilidad para tolerar caricias profundas de tipo penetrativo . En la persecución de hombres atractivos y galantes, ella se siente segura de sí. Pero su expectativa de seguir sintiéndose segura por la continuación del cortejo en la relación matrimonial, puede ser dolorosamente frustrada.

Para el paciente histérico, sus estados mentales son desesperadamente serios. La desesperación está imbuída en su seriedad. A menudo consigue forzar a algunos médicos a tomar sus síntomas tan seriamente como él los considera. La realidad para ellos está tan estructurada por su estado de ánimo del momento
que es capaz de arrastrar a otros a su universo privado con astucia consumada. En retrospectiva, esto siempre aparece como diabólicamente hábil. Y a pesar de ello, no debemos atribuir a la persona histérica ninguna consciente elaboración. Para ella, en ese momento, el universo aparece exactamente como ella lo expresa. Nosotros nunca entenderemos el problema de la histeria, o de cualquier otro estado de consciencia extraño a nosotros, a no ser que estemos preparados para aceptar que toda percepción individual que una persona tenga del universo que la rodea es para ella indiscutiblemente verdadero.

Es difícil decidir si el impulso básico del sufriente histérico es la necesidad de ser amado o la de ser odiado. Está realmente tratando de crear seguridad en una relación o está poniéndola a prueba hasta el punto de su inevitable destrucción?. Está siendo realmente sincero en sus relaciones?. Y si no lo es acaso siente una muy profunda necesidad de probar que ellos son poco sinceros?. Cada movimiento del cuerpo, las manos suplicantes, los ojos implorantes, parecen decir: Quiero vivir dependiendo de tu amor. Pero muy pronto será verificado en forma concluyente que a tu amor le falta alguna cualidad esencial. Tu amor no es bueno. Entonces cada movimiento del cuerpo expresará retirada, en sus ojos habrá una mirada de rechazo. El ferviente anhelo de vida y de amor parece estar pareado en lo profundo con un igualmente presionante anhelo de muerte y de aislamiento. La primacía del uno o del otro es discutible.

Técnicamente hablando debemos preguntarnos si la angustia por la separación va emparejada con la angustia por el compromiso?. Es la verdad final que la persona histérica ama la vida, sufre ansiedad por la separación, siente el temor del no-ser, donde el espíritu podría morir?. Esa es ciertamente la verdad que muestra la condición histérica. 0 esto representa sólo una orientación superficial, cubriendo una más profunda posición de dolor a nivel mental en el cual es la muerte lo que se anhela, y ser dependiente de otros lo que se teme?. Si es lo primero, entonces la tarea del terapeuta es crear las condiciones de seguridad en que el paciente pueda lograr una completa y constante confianza en sí mismo. Pero si es lo último, entonces la tarea del terapeuta es compleja y paradójica. Habrá que dirigirse, al comienzo alternativamente, al final simultáneamente, a dos deseos diametralmente opuestos: hacia la vida y hacia la muerte. Habría que familiarizarse con el absurdo: aunque muriendo, mira, estoy vivo. La situación puede explotar en dirección opuesta a lo que el sentido común podría esperar.

En vez de capacitar al paciente para evitar el dolor, hay que prepararlo para que lo soporte. En vez de fortalecer los dedos que se están resbalando desde el borde del barranco, hay que fortalecer su espíritu para sobrellevar la caída dentro del temible abismo. Habría que pedirle permiso, por decirlo así, para pisar sus dedos. Dado que la histeria misma, como desorden mental, tiene que ser definida en términos de paradoja, no es sorprendente que al determinar un esquema racional para su tratamiento, nos quedemos perplejos por la complejidad de las acciones que tendríamos que adoptar. Es como tratar de coger los cuernos de un dilema debo ser afectuoso o severo, próximo o distante?. Propiciar demasiado definidamente uno de los dos extremos sería dejar de pensar en términos terapéuticos, malentender o subestimar el problema de la terapia. Esto podría suceder a causa de una intensa reacción emocional dentro de nosotros, ya sea de complicidad con el caso que tenemos entre las manos, o de un furibundo rechazo debido a la memoria de anteriores casos extremadamente conflictivos por los que aún guardamos resentimiento. Es necesario mantener la cabeza fría en la sensación de vértigo que producen los acantilados y precipicios en que habita la experiencia histérica. No es fácil en la presencia de quienes parecen dedicarse a la tarea de enloquecer a quienes los ayudan.

El psicoterapeuta tiene que ser capaz de tratar a la persona histérica tan objetiva, cálida y racionalmente como a cualquier otro paciente. Pero pocos despiertan en él tan violentas emociones de amor u odio como sucede con los histéricos. Podrá hacerlo si no olvida que las raíces de esta compulsiva búsqueda de atención están en una agenda infantil que nunca fue completada. Escrita en rojo a través de esas página hay una frase: Yo estaba, en pasiva dependencia, confiando en mi madre, cuando el infierno cayó sobre mí, con pánico y cruel terror. Dos fuerzas están operando, una que, al pensar en su crónica necesidad insatisfecha, dice: El libro debe ser abierto otra vez, a pesar del dolor, y la otra, recordando su profundo dolor psíquico, dice: El libro no debe volver a abrirse jamás, a pesar de la necesidad.