PersonalidadEsquizoide01
La posición esquizoide conduce típicamente a la ansiedad, no por separación o soledad, sino por compromisos, especialmente matrimonio, empleos permanentes y decisiones en el plano social y religioso.

Un esquema de defensa por desapego e introversión, característico de las personalidades esquizoides, busca enfatizar la separación de cosas materiales y cotidianas para buscar poderes escondidos y misteriosos. Esto puede encontrar expresión en el ocultismo y lo parapsicológico o ritualista.

Los desórdenes de la personalidad esquizoide tienen algunas de sus raíces en una inocente aflicción infantil por una gran severidad. Cuando la mente consciente se da cuenta de la cantidad de dolor que existe en el mundo, muchas veces sin una culpa aparente que lo justifique, viene el cuestionamiento de la bondad y aún de la existencia de un Dios que permite que esto ocurra.

Es probable que generalmente no se aprecie que la defensa esquizoide es un rechazo a enfrentar la falta de esperanza, la que se traduce en evitación del dolor y parálisis del miedo. Existe una paradójica dinámica que envuelve a la persona esquizoide en un caos de contradicciones internas. Un estímulo que promueva un conjunto de impulsos dinámicos positivos, despierta una destructiva oposición desde otras áreas del sujeto. La esclavitud de la voluntad es absoluta. Se necesita un sistema dinámico enteramente nuevo con poder para efectuar cambios de conducta a pesar de, y aparte de, la preexistente personalidad.

Las experiencias de rebirthing y de regresión a los primeros meses de vida, a través de hipnosis, han hecho posible una exploración más detallada de la posición esquizoide. Esta representa una enfermedad radical del ser, tan severa que el dolor de mantenerla en reserva y oculta es preferible a declarar y exponer este sufrimiento ante otros. Esto hace que el sujeto no acuda por su propia voluntad a profesionales psicoterapeutas. Además, mientras no se trate de una psicosis, la psiquiatría no tiene fármacos que ofrecer.

Una terapia psicoanalítica de largo plazo puede ser beneficiosa algunas veces, pero, por no estar frecuentemente al alcance de los medios económicos del afectado o de su familia no se recurre a ella.

John Bowlby describe un modelo de reacción esquizoide que llama el santo, caracterizado por docilidad, placidez, incondicional falta de egoísmo, seria y ansiosa responsabilidad. El individuo tiene un temperamento tranquilo mientras pueda continuar con sus tareas auto-elegidas en forma quieta e ininterrumpida. Los defectos inherentes a este modelo de personalidad se hacen evidentes si el individuo
se siente presionado a involucrarse en alguna forma. Esto le parece perturbador e irritante, y lo empuja a precipitarse en una violenta acción evasiva. Bowlby usa como parámetros el concepto de surgencia (incremento súbito) contra no-surgencia, y las polaridades de sensibilidad social contra insensibilidad social. La personalidad esquizoide santa es no-surgente y socialmente sensitiva, mientras el psicópata esquizofrénico es surgente y socialmente insensible. Este es un desvergonzado oportunista, enérgicamente comprometido en crímenes fríos y despiadados. La ruina social que cause, no le hace mayor impresión. Una cualidad sádica lo hace tan temido como el santo es amado. Sin embargo, ambos son definitivamente personas esquizoides. El elemento básico del escape del compromiso social no determina la dirección hacia donde se escapa. Puede ser hacia la espiritualidad o hacia la carnalidad hacia la virtud o hacia el vicio. Ninguno de estos dos movimientos es libremente motivado por una genuina elección. El miedo, y la consecuente conducta compulsiva, puede dominar al santo esquizoide como al psicópata esquizoide. El estudio de Bowlby fue hecho con pacientes esquizoides limítrofes (entre la neurosis y la psicosis). El no considera el gran numero de personalidades esquizoides socialmente aceptables, cuyas dificultades en involucrarse con otros no son obvias, sino sólo íntimas.

W. H. Sheldon se ha dedicado a observar la dinámica de la personalidad esquizoide. Esta tiene rasgos en común con el componente cerebrotónico, uno de los tres que caracterizan la constitución humana (los otros dos son el somatotónico y el viscerotónico). Algunos de estos rasgos son: una sobre-reacción fisiológica del tracto digestivo ante estímulos emocionales; una tendencia a reacciones nerviosas de la piel; una acentuada tensión emocional frente a exámenes y a sexualidad; una profunda y urgente necesidad de mantener no-invadida su privacidad, llevando una vida mentalmente intensa pero fuertemente restringida
en su extensión. El no puede mostrar sus sentimientos, lo que hace que los otros no les den crédito. Evade todo tipo de compromisos. Es extremadamente subjetivo; sólo es real para él lo elaborado en sus elucubraciones mentales. La realidad exterior aparece como algo secundario.

Las reacciones esquizoides ocurren comúnmente en personas altas y delgadas, aunque no se puede decir que la constitución física sea el factor determinante, porque también se encuentran personalidades esquizoides albergadas en cuerpos bajos y gruesos. Las excepciones a la correlación general entre constitución y temperamento nos hace mirar hacia otros factores.

Karen Horney habla de modelos de conducta según la tendencia hacia, en contra o aparte de la gente, situando a los esquizoides en este último grupo. Ella habla del desapego emocional que sienten hacia los otros y aun hacia ellos mismos, de su actitud de espectador ante la vida y frente a sus propios actos y sentimientos, y de su aguda necesidad de autosuficiencia. Ella distingue la sana búsqueda de una creativa soledad del aislamiento compulsivo. Superficialmente pareciera que pueden aceptar la compañía de los otros, pero ante el más mínimo intento de incursión en su intimidad se desencadena una inmediata reacción de angustia que rompe cualquier relación. Las emociones están reprimidas. Un sentimiento de inferioridad como participantes en algún evento social es encubierto con una actitud defensiva de superioridad. Ellos experimentan una sensación de oculta grandeza y de originalidad basada en cualidades mentales reales o imaginadas. La sola insinuación de que pudieran necesitar ayuda profesional – con la consecuente dependencia – les causa un amargo resentimiento. Esto hace que el psicoanálisis les resulte una ofensa.

Jung ha hecho muchas contribuciones a la delineación de la personalidad esquizoide. Su tipo del pensamiento introvertido es prácticamente idéntico a la reacción esquizoide intelectual. Él hace notar entre las características de este tipo la prioridad dada a las formulaciones intelectuales , la influencia de las ideas y el intenso apego que la persona tiene por los productos de su propia mente. Quizás más significativo es el hecho de ese vago temor del otro sexo, que Jung identifica como uno de los rasgos más importantes. Ya que el esquizoide es principalmente masculino, el objeto de este temor es la mujer. La tarea de tales hombres es enfrentarse y relacionarse con las intolerables emociones provocadas por esta madre terrible
.
Jung infiere que esta relación negativa con las personas se deriva de las más primitivas relaciones experimentadas en la infancia. Las personas como objetos poseen cualidades atemorizantes y poderosas para este tipo de personalidad. Su desapego es motivado por el miedo. La madre terrible es proyectada sobre Dios y sobre todos sus semejantes, hombres o mujeres, falsificando o destruyendo las relaciones.

Fairbairn considera que el origen de la posición esquizoide está en la temprana fase oral del desarrollo, dentro de los primeros seis meses de vida. El lactante a poco de nacer, busca a la persona materna. Cuando este deseo es frustrado, el interés y la ansiedad se focalizan en la relación de parte-objeto: boca-pecho. Conjeturando que el lactante piensa con la boca, digamos que él se defiende de la pena por
la falta de la madre con una fantasía de la posesión del pecho. Ya sea en su aspecto de dador-de-vida o en su aspecto negador-de-vida, el pecho es vivenciado como tragado o incorporado. Si es un mal-pecho, puede ser rechazado oralmente por nauseas o vómitos, o rechazado analmente por diarrea. Así, la boca y el tracto digestivo pasan a ser los órganos de expresión para un lenguaje de fantasía que realmente concierne a la verdadera relación del lactante con la madre. Nuestra práctica con pacientes reviviendo sus propias experiencia s a esa edad, nos lleva a tratar de cambiar el énfasis hacia la madre como un todo: su rostro, ojos, voz, su aspecto, su actitud en el seno familiar como una gestalt, una imagen total, intuitivamente buscada y finalmente reconocida. La búsqueda tiene que desembocar en un encuentro cara a cara. La relación boca-pecho tiene que ver con el bienestar y sustento del ego más que con su existencia. La tensión esquizoide tiene que ver con la desesperación y el temor de la existencia misma.

Guntrip sostiene que el apartamiento esquizoide instala un sistema interno cerrado que se caracteriza por el odio del débil, pasivo, incondicionalmente malo, niño. Este siente que tiene que haber habido la intención en la madre de llevarlo lo más cerca posible de la muerte. El identificarse con esta intención puede hacer al paciente acercarse lo más posible al suicidio. Esta actividad auto-destructiva puede ser motivada por un intenso deseo de retornar al punto donde la unión con la madre fue rota. Dado que esto ocurrió en un momento de infinito dolor, el intento de retornar – y así le parece a la mente regresiva – debe transitar a lo largo del mismo camino doloroso. En efecto, existe algo reconfortante en la actividad misma, por destructiva que parezca. La alternativa sería una más angustiosa y desintegrante pasividad. El impulso básico detrás de las condiciones psicopatológicas es la necesidad de llegar a ser una persona por derecho propio en el más estrecho sentido, o sea la lucha por preservar un ego.

Para mantener relaciones personales satisfactorias es fundamental la salud de los orígenes psicodinámicos. El total quiebre esquizoide en la relación de dependencia y de confianza con la madre o su subrogante, aunque tan temible como para producir un deseo de perpetuar el quiebre, no puede ser mantenido por el niño. Sería la muerte. Él debe instalar un sistema de falso ser para guardar las apariencias. Esto lo provee de una máscara de aparente confianza, pero realmente de secreto no-compromiso, detrás de la cual el ego puede retirarse a lamer sus heridas. Aquí él disfruta los pálidos placeres de una fantaseada afirmación de su ser mantenida gracias al narcisismo. Puede también regresar
a los bien recordados Campos Elíseos de las satisfacciones intra-uterinas. De nuevo dentro del fantaseado útero, el ego regresivo se siente a salvo y sano. El problema para la terapia es si podemos inducir a este ego regresivo a cruzar el umbral, recapitulando las primeras semanas y meses de vida en total dependencia, no ya de la madre, sino del terapeuta. Cuando esta persona echa un vistazo al mundo de afuera, está más consciente del aterrador abismo en que fue lanzado su ego cuando niño por el (tal vez involuntario) abandono de la madre. La tarea del terapeuta es ofrecer una relación que sea lo suficientemente sólida como para inducir al temeroso e inhibido ego a salir de nuevo.

La única alternativa es encontrar una manera de entrar, según los recursos terapéuticos, detrás de la puerta defensiva hasta la sala principal con miras a persuadir al ego regresivo que hay más ventajas en el crecimiento y en la madurez que en el permanente retiro de la escena humana. Habría otra alternativa, tal vez más allá del alcance de la terapia, que sería descender en ese abismo de terror junto con el paciente, ayudándole a traer a su consciencia esa angustia mental infantil que acompañó al daño fatal en el momento decisivo que se produjo la ruptura y el retraimiento.

Cuando el infante, en total inocencia, sufre esta atroz aflicción a las manos de su madre, que lo hace caer en el desamparo de la posición esquizoide, toma para sí la actitud que debió haber sido la de la madre. Se condena perpetuamente al aparente veredicto materno: este ser no vale nada, olvídenlo, apártense de él. Debe contemplarse a sí mismo como deficiente, digno sólo de ser rechazado, inaceptable para las otras personas. El auto-desprecio es inseparable de la posición esquizoide.

Hemos visto que la personalidad esquizoide es definida desde el punto de vista psicodinámico como una catastrófica división de la persona en las primeras semanas o meses de vida. Es un profundo corte que desciende hasta las raíces del ser. Se produce una conversión en ciento ochenta grados, que reorienta al ego hacia todo lo que existe de manera contraria a lo que es sano y normal. La positiva atracción inicial hacia todo lo bueno y al disfrute de la intimidad con otras personas es reemplazada por sentimientos negativos y por retraimiento. La pérdida de su centro como persona se diluye impregnando todo tipo de relación, personal o impersonal. Y no en forma gradual, sino como una súbita discontinuidad, un dramático todo-o-nada. El anhelo hacia la vida llega a ser anhelo hacia la muerte. El deseo por el placer como placer es transformado en deseo por el dolor como placer. La búsqueda de atención y de apego a las personas cambia a un compulsivo deseo de pasar desapercibido y vivir desapegado. Esta súbita e intensa pérdida de los anhelos primitivos, deja tras de sí no una neutralidad, sino una persistente y poderosa repugnancia.

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