LaPersonalidadDepresivaPor razones no aparentes, cierta gente reacciona a la pérdida, o aun a una anticipada pérdida, de aceptación y apoyo en relaciones personales en forma excesiva. Su reacción a pérdidas menores de seguridad personal, que no amenazan realmente su situación personal o social, es desproporcionada. Cuál es el origen de este exceso y de todas aquellas compulsivas, exageradas, repetitivas respuestas a las aparentes inseguridades menores? Por qué la gente reacciona a pérdidas moderadas como si fueran definitivas y devastadoras? Por qué, en otras palabras, la gente llega a conductas neuróticas?

La psiconeurosis ocurre solo cuando ha habido un antecedente de conflicto y derrota en una misma fase de experiencia en la temprana infancia. Las condiciones bajo las cuales un quiebre en las relaciones personales produce el mayor efecto, y su consecuente vulnerabilidad como una desviación permanente del carácter, son:

a) cuando ocurre dentro de los primeros dos años y medio de la vida del niño;

b) más especialmente cuando ocurre antes de que sea alcanzado un estado crítico, probablemente alrededor del noveno mes, que es el período de transición desde la vida unitaria en el útero psicológico a una creciente consciencia de existir separadamente de la madre;

c) cuando el trauma emocional afecta las fases de dependencia, de aceptación y de apoyo;

d) más traumáticamente que lo anterior, cuando esto ocurre en los primeros meses, un quiebre en el ciclo dinámico madre-hijo resulta en una pérdida de ser uno mismo. Si el ciclo es quebrado aquí por la ausencia de la madre, la vida misma está en peligro, y si el obstáculo no es removido por su retorno, esta vida y con ella la confianza en el amor, la fe y la esperanza serán absolutamente perdidas.

La relación esencial con la madre, vista y conocida como estando ahí, es la única que puede dar al niño un sentido de ser personal y un estar en la madre. Es inevitable que una separación durante la fase d) produzca los siguientes resultados:

a) Una progresiva disminución del poder del ser personal hasta el punto de una pérdida total. El niño experimenta miedo o identificación con el no-ser. El sólo puede vivir como persona si está identificado con un ser personal. Si esa persona no está, él continúa identificado pero con el no-ser. Esto es experimentado como un peligroso eclipse de la esperanza y las expectativas, una certeza de no ser capaz de soportarlo mucho tiempo, un sentimiento de que el tiempo pasado en soledad equivale a la muerte inminente del espíritu.

b) Una creciente ansiedad, catalogada como ansiedad por separación. El estar solo es intolerable para el lactante, porque la naturaleza del organismo infantil en esta fase encuentra imposible sobrevivir a la pérdida de ese rostro viviente, tal como no podría hacerlo en el útero sin el suministro de sangre oxigenada. En lugar de continuar sintiéndose como un ser humano por identificación con una persona amorosa y próxima, a través del acceso a la deseada fuente maternal de afirmación personal, el niño experimenta un penoso estado de no aceptación y de rechazo, de estar prohibido de entrar a la vida como una persona, separado de ser él mismo.

Esto representa una respuesta esencialmente pasiva a la pérdida de estar” en relación o de ser uno mismo. pero esta respuesta pasiva no es la única reacción a la pérdida de la fuente maternal de afirmación personal.

Hay en ciertos niños, sobrepuesta a esta reacción básicamente pasiva, una reacción activa de ira. En esta fase de unidad (u obligatoria simbiosis) la ira no tiene objetivos separados, sino que es una respuesta a una penosa identificación sin objeto. La ira es sentida, por así decirlo, contra el propio universo, que incluye lo que más tarde será dividido en tres factores: las otras personas, el yo y el lazo espiritual entre ellos. En este brote de energía reactiva el organismo se prepara para luchar contra la frustrante situación, si hubieran fantasías, serían de combate y destrucción contra esta mala situación ontológica. Tales reacciones de ira insensata pueden observarse en lactantes separados del pecho materno para colocar allí otro niño que succione el pezón (mellizos) por ejemplo.

Una reacción defensiva alternativa a la ira es la de sustituir a la madre real y a su pecho por una mera fantasía de traerlos de regreso. Esta sustitución de un objeto amado real por uno imaginario es llamada fantasía libidinal. En la primerísima infancia, la mente tiene instintivamente una imagen del objeto deseado, el pezón o el pecho, y una vaga imagen concebida del rostro de la persona amada. En la penosa ausencia de la persona real o de un aceptable sustituto, la fantasía recrea la anhelada persona o una parte de ella, o de un aspecto de su vestimenta, en una imagen mental. La fantasía libidinal ocurre independientemente de la reacción de ira.

El retorno de la madre, o de una aceptable subrogante materna, al momento remueve la ocurrencia de sufrimiento psíquico. La ansiedad desaparece. Cualquiera que haya sido la reacción, disminución de la confianza, ansiedad, ira o fantasías, todas pasan a ser repentinamente inapropiadas. Pero todavía están presentes en la mente del infante, y la memoria no deja de retener la sensación del dolor que las causó, aunque eso sea sólo mientras olvida o reprime la experiencia. El retorno de la madre como fuente del ser deja esas intolerables experiencias traumáticas a medio camino entre la mente y la memoria. A no ser que exista alguna defensa posible contra ellas, de modo que puedan ser removidas de la mente consciente, la restauración del ciclo dinámico podría ser casi completamente estropeado y continuar siendo perturbado por penosas memorias de ese terrible universo, ese otro mundo de desolación, a cual la madre, por su irresponsable ausencia, sin duda involuntaria, ha expuesto al niño.

El primer modo de defenderse de aquel maligno universo de dolor psíquico es el de separarlo de la consciencia. Es un proceso activo de forzada disociación de experiencia traumática hacia un área de la memoria no directamente disponible a la consciencia. La experiencia frustrante y sus consecuencias son manejadas como si se tratara de un no-yo. Lo que no puede ser soportado es negado. Lo que este proceso representa en términos neurológicos no es conocido, pero sí está claro que requiere un constante consumo de energía mental para mantener la disociación. Una persona tolerará el retorno a la consciencia del dolor reprimido sólo cuando haya una relación de confianza con el terapeuta que esté cargo del tratamiento. La habilidad para permitir a las formas más severas de la ansiedad por separación retornar desde su estado de represión para hacerse conscientes demanda la continua presencia del terapeuta, quien debe ser una persona en la que se pueda confiar verdaderamente. Las más severas formas de esta ansiedad se han transformado en un pánico a sentirse unido otra vez a alguien quien pudiera volver a herir tan terriblemente. Consciente o inconscientemente la persona se hace el propósito de no amar jamás a nadie por miedo a sufrir.

La represión es un proceso mental activo en el que una parte o la totalidad de la experiencia dolorosa que ha sido reprimida es forzada a no aparecer en el recuerdo. Este mecanismo defensivo hace constantes demandas a la energía mental disponible. En los pacientes depresivos la reacción más reprimida es la ira, en cambio las fantasías libidinales usualmente lo son menos, aunque no son fácilmente reconocidas frente a otras personas. Antes que permitir a esas amenazadoras experiencias retornar a la consciencia se adoptan toda clase de defensas mentales para convertir ese dolor reprimido en algún síntoma más aceptable. Puede ser a nivel psicológico, como el caso de fobias o miedos irracionales, o físico, donde se incluyen todas las enfermedades psicosomáticas.

El causante de esta represión fue llamado por Freud el super-ego. Parcialmente es un sistema defensivo instalado por el ego contra la reaparición en la consciencia de las experiencias dolorosas. Es sinónimo de la consciencia neurótica, a quien le ha sido dada la tarea de incorporar en la mente la anticipación de las reacciones y actitudes de los padres, como el ego infantil las percibía y, a menudo, no
equivocadamente. Ella pone en guardia al ego de un posible penoso rechazo si las condiciones impuestas no son cumplidas. El super-ego instala un rígido e inflexible sistema de prohibiciones e ideales negativos que deben ser obedecidos para merecer aceptación y trato justo de anacrónicas figuras parentales.

Parte de la función del super-ego constituye un tercer modo de defensa contra las inaceptables e intolerables emociones que pudieran emerger a la consciencia. Este super-ego, o consciencia neurótica, actúa manteniendo la ira y las fantasías reprimidas encubiertas y disfrazadas para un mejor ocultamiento. Los impulsos libidinosos y los destructivos son usados para producir un tipo de carácter o un ego-ideal totalmente opuesto a lo que ha sido ocultado. El interior del sepulcro es llenado con los huesos de la madre muerta y las paredes internas están pintadas con fantasías libidinosas. Consecuentemente, el dictador super-ego ordena que las paredes exteriores del sepulcro deben ser mantenidas pulcramente blanqueadas por una persona que aparente ser y que se comporte así – compulsivamente amable y complaciente, sin que sienta la menor simpatía por los otros, y que sea virtuosamente modesta.

Principales características
de las personas depresivas:

a) Negación del interés sexual.- Este elemento libidinal ha sido reprimido. La modestia y el pudor son evidentes. Algunos niegan los elementos sexuales hasta en su propia mente. Protestan vigorosamente contra aquellos que los disfrutan. Los dones de la sexualidad tienden a ser considerados disgustantes, en ningún caso, un asunto agradable.

b) Excesiva auto-anulación.- Dan la impresión de que no desean atraer la atención. Su timidez y sonrojo expresan este conflicto. El profundo deseo de atraer la atención, que pudiera conducir a un natural despliegue de parecer atractivo y ser notado, es inmediatamente condenado por el super-ego como inmodesto, produciendo una sensación de culpa que lleva al sonrojo. En esta reacción de la piel se expresa la ambivalencia entre querer y no querer ser tomado en cuenta.

c) Compulsiva complacencia.- El ego-ideal viene a ser la persona excesivamente mansa, el poco varonil yes-man. Hay una inhabilidad para expresar ira aún al punto de pérdida de la normal autoafirmación frente a la injusticia. Encubriendo la ira interna contra el dominio materno en su vida, el hijo pasa a ser un intenso partidario de todos los puntos de vista sostenidos por la figura parental. Contradiciendo los deseos internos de dominar y forzar la autoridad parental, la reacción es de sumisión y de buena voluntad para ser controlado. Los deseos de muerte son cubiertos por una excesiva solicitud por la salud y la longevidad de aquellos de los que depende.

d) Una frágil autoconfianza.- Hay un ansioso deseo de preservar la apariencia externa de ecuanimidad, de paz y de una bien adquirida seguridad. Se ofenden fácilmente con aquellos poco cuidadosos en su desempeño, porque esto los hace sentirse conscientes de su ansiedad de perfección. Hay una compulsiva necesidad de racionalizar y de encontrar buenas justificaciones para evitar todos aquellos eventos que puedan despertarles ansiedad. La verdadera explicación: Evito esto porque me produce ansiedad es reprimida.

e) Una compulsiva necesidad de probar que no sienten miedo.- La mente es protegida por mecanismos disociativos que le impiden entrar en contacto con experiencias que puedan asustarlos. Hay una negación compulsiva de la posibilidad de enfermedades. La muerte es un tema mórbido que debe ser evitado.

f) Una compulsiva idealización de la perfecta confiabilidad materna.- El fervor de quien no puede aceptar su interna desconfianza hacia la madre, los compele a excesos de identificación con ella y a su idealización. Esto cuenta también para las posibles figuras parentales, o grupos que encuentren en su vida adulta, hacia los que se acercan buscando seguridad. La confianza es reemplazada por su dinámico opuesto tratando de confiar. Tratan de probar que confían adoptando una puntillosa adherencia a la tradición del grupo del que dependan.

g) Compulsivo optimismo y persistencia.- Muestran una inhabilidad para aceptar la desesperanza de una situación en la que esperan ser aprobados por su desempeño. Se niegan a admitir la derrota. Aunque deprimidos, persisten en exigirse a si mismos, en la vana esperanza de tener éxito gracias a sus esfuerzos. Deben negar la desesperación hasta el final.

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