Reflexiones en torno a una conferencia de Michel Foucault (*)

Sócrates (469-399 a.C.)

Palabra muy en desuso en nuestros tiempos, casi en extinción, verdaderamente. Y cuando llega a emplearse se hace de una forma limitada en cuanto a toda su significación potencial, y muy frecuentemente, reduciéndose sólo a su acepción de ”franqueza”. Académicamente se la considera una figura retórica empleada para decir cosas de tenor audaz o liberal que pueden sonar ofensivas al oyente pero que tras la primera impresión le resultan ser gratas o halagüeñas, como por ejemplo: “Sólo levantándote más temprano podrías ser más inteligente”, o “si no fueras tan miope te darías cuenta de todo tu valor”. El hablante que utiliza la parresia o parresía, es el parresiastés.

En su origen y uso a través del tiempo sin embargo, no ha sido exactamente así. Etimológicamente proviene del griego y significa “decir todo”, lo que podría parecer, en una primera mirada, como un fastidio para el oyente, ya que el parresiastés expresaría exactamente todo o que tiene en mente respecto de un asunto cualquiera. Todos hemos tenido la experiencia de tener que soportar a ciertos ejemplares que “lo dicen todo”, y que son una verdadera penuria para el oído; personas que hablan sin pausa ni respiro, retransmitiendo exactamente todo lo que les pasa por la cabeza o que acaban de escuchar decir a una tercera persona, con más o menos agregados, y que inevitablemente suena como un cacareo hueco y sin el mayor interés, como si no hubiera nadie ahí dentro para filtrar, matizar, sintetizar o escoger lo importante, o alguna intención de seleccionar los contenidos que puedan aportar algo al sufrido oyente. A diferencia de esto, el parresiastés es aquel que expresa su opinión con total convicción y estableciendo claramente que se trata de una declaración de su propia elaboración, la que emite de una forma directa y sin dobleces. No se trata de un discurso teórico, ni de la enunciación de grandes principios, ni de la repetición de conceptos leídos o escuchados. Es la expresión de lo que para él constituye más que una creencia, una vívida verdad. Así pues, el contenido expresado no se refiere a asuntos teóricos o sólo de terceras personas, sino que él mismo es sujeto al que aplicar aquello de lo que habla. Lo expresado manifiesta tanto crítica como autocrítica, no se excluye el hablante del contenido de su discurso. Por eso el término se ha asimilado a la sinceridad total.

Acaso el más parresiastés más grande y reconocido por al historia sea el ateniense Sócrates (s. V a.C.), quien con su juego permanente de preguntas y respuestas buscaba no sólo alcanzar verdades cada vez más esenciales, sino que extraerlas también de sus interlocutores. Esta técnica ha sido conocida a través de los tiempos como la “mayéutica socrática”, y aunque aparentemente no fue de su invención, sí se considera que fue a su través que alcanzó el más alto grado de expresión y desarrollo. La etimología de la palabra mayéutica alude al experto en partos y asuntos obstétricos (como lo era la madre de Sócrates). Sócrates no se dedica a enunciar grandes verdades ni emitir grandilocuentes discursos teóricos, sino que se empeña en ser el partero que ayuda al interlocutor a alumbrar una verdad que ya se encuentra en su inconsciente. Al conseguir que el propio discípulo alcance la verdad mediante el método, consigue un impacto verdaderamente transformador, muy diferente del de escuchar una verdad coherentemente presentada y en el que la propia razón reconoce verdad. Es el más elevado método conocido para conseguir una metanoia, tal como lo es la verdadera educación, por oposición a la simple instrucción. No se trata de echar contenidos a un recipiente vacío, sino de sacar a la consciencia lo que ya se encuentra dentro. Se puede comprender que cualquiera de estos métodos implica un respeto profundo por el ser del otro, que busca salir a la superficie por sobre las cáscaras introducidas por la formación familiar o social, las experiencias previas, los conceptos inadvertidamente asimilados como verdaderos, o el simple olvido de quien ha surcado las aguas del Leteo. La mayéutica, a diferencia del discurso público, implica un diálogo personal y una atención individualizada sobre el ser de otra persona hasta hacer aflorar la verdad de un modo en el que el interlocutor finalmente la alcanza por sí mismo, y esta es una experiencia imborrable y acerca de la cual no se puede retroceder.

Sócrates mantuvo esta línea de conducta durante toda su vida, indagando una y otra vez en sus conciudadanos acerca de la virtud, la verdad, la política y demás asuntos esenciales, por lo que fue una permanente molestia para las instituciones establecidas que veían cuestionados sus más arraigados cimientos. Así pues, fue condenado, pero la condena no hizo variar un ápice su conducta, manteniéndose fiel a sí mismo hasta el final según se relata enla Apologíaescrita por Platón. Prueba de su irrenunciable búsqueda y convicciones es que jamás buscó la fama, el poder o los bienes, llevando una vida extremadamente modesta pero conforme a las leyes de su tiempo. Prueba de su método experiencial y directo es que no se conoce ningún texto escrito por Sócrates, y todo lo que nos ha legado la historia es a través de sus discípulos.

 

Mucho podría especularse acerca de si lo que dice el parresiastés es realmente verdad, o acerca de qué es realmente la verdad, o de cuántos niveles de verdad pueden coexistir respecto de un mismo asunto. Pero descontando el pequeño puñado de verdades absolutas aplicables en todo tiempo y lugar en el universo, lo que caracteriza al parresiastés es que expresa lo que para él es indiscutiblemente cierto en un momento dado. No sólo lo cree, no sólo es una hipótesis, es un hecho que ha cristalizado en su interior como una completa verdad, con total convicción, y de aquí la fuerza de su palabra, y el impacto que puede provocar en quienes dialogan con él. Evidentemente, para ser un parresiastés en todo el sentido de la palabra se requiere de cierta autoridad (capacidad para ser el “autor”) para resultar creíble, autoridad que se ha ganado con la persistencia en su búsqueda de la verdad, sean cuales sean las consecuencias.

Dice Michel Foucault: “En la concepción griega de la parresía, sin embargo, no parece ser un problema la adquisición de la verdad, ya que tal posesión de la verdad está garantizada por la posesión de ciertas cualidades morales: si alguien tiene ciertas cualidades morales, entonces esa es la prueba de que tiene acceso a la verdad –y viceversa-. El ‘juego parresiastésico’ presupone que el parresiastés es alguien que tiene las cualidades morales que se requieren, primero, para conocer la verdad y, segundo, para comunicar tal verdad a los otros.” Y sigue: “Si hay una forma de ‘prueba’ de la ‘sinceridad del parresiastés’, esa es su valor. El hecho de que un hablante diga algo peligroso –diferente de lo que cree la mayoría- es una fuerte indicación de que es un parresiastés.”

Para Foucault, no basta decir la verdad para ser un parresiastés, sino que además la verdad expresada debe ser riesgosa, en un sentido social o físico, para quien la emite. Cuando una persona expresa una verdad aprendida en libros y la retransmite, no está arriesgando nada. Se remite a citar, a lo aprendido, no hay peligro en expresar algo que pueda ser desafiante o contravenir las normas sociales o las conductas o creencias de los demás. No va a ser aislado, reprendido, exiliado, desestimado por sus conocidos o amigos, despedido de su trabajo ni perderá la confianza de sus superiores por eso, pues no está expresando nada propio, ningún principio al que él mismo esté subordinado; ni siquiera tiene que creer en lo que dice. Por otra parte se podría considerar la posición divergente de un revolucionario, de un extremista, de un terrorista, de un fanático en cualquier área, el que también parece expresar con absoluta convicción las verdades en las que él cree. Este último tipo humano podría crear confusión al presentar una apariencia fácilmente convergente con la del verdadero parresiastés, al cumplir algunas de sus características: expresa su creencia sin importar a quién ni las consecuencias para sí mismo de lo que dice, y evidentemente también asume un riesgo, pues por sus declaraciones podría ser perseguido, aislado, sentenciado e incluso ejecutado. Las diferencias son sutiles pero esenciales. El fanático no busca la verdad, por más que crea tenerla. Sólo tiene ojos, oído y lengua para su verdad, y, lo que es más importante, busca con ellas convencer al interlocutor, poseerlo para su causa, enrolarlo en sus creencias, sin importarle los intereses o el aporte o beneficio para el otro. El parresiastés no busca seguidores ni tiene causa definida. Permanece por esencia independiente porque es la única forma en la que puede ser verdad, decir verdad, y seguir buscando. La pertenencia a cualquier afiliación o secta significaría una limitación, una cristalización de lo ya encontrado. Por supuesto que no todos quienes utilizan la parresia en un momento dado son verdaderos parresiastés, a cabalidad, si es que existe un tipo así que pudiéramos denominar “puro”.

El uso de la parresia produce un efecto en el interlocutor cuyo resultado es por lo general de sorpresa, enojo, o que lo hiere en sus sentimientos. No es el propósito agredir u ofender, sin embargo. Al decir una verdad, normalmente en una forma crítica, se produce el efecto de perforar la estructura de creencias del oyente, de interrumpir su constante circunloquio sobre sí mismo o lo que cree ser o saber. Lo interrumpe, lo desafía, intercala algo nuevo en el flujo de sus pensamientos, y por eso el resultado puede ser una reacción negativa o violenta del interpelado. De ahí que Foucault considere que el verdadero parresiastés se debe encontrar siempre en una posición de inferioridad con respecto de su interlocutor. El parresiastés no es un soberano, ni un dictador que puede imponer lo que quiera porque tiene el poder o la fuerza de su lado, ni es el padre ni el profesor. Es un ente que sólo cuenta con el arma de su integridad, y que por eso mismo arriesga todo. Dice Foucault: “El parresiastés es siempre menos poderoso que aquel con quien habla. La parresía viene ‘de abajo’…. Y está dirigida hacia ‘arriba’…. En la parresía, decir la verdad se considera un deber. El orador que dice la verdad a quienes no pueden aceptar su verdad, por ejemplo, y que puede ser exiliado o castigado de algún modo, es libre de permanecer en silencio. Nadie le obliga a hablar; pero siente que es su deber hacerlo.//  (en la parresía), el hablante tiene una relación específica con la verdad a través de la franqueza, una cierta relación con su propia vida a través del peligro, un cierto tipo de relación consigo mismo o con otros a través de la crítica (autocrítica o crítica a otras personas) y una relación específica con la ley moral a través de la libertad y el deber. // En la tradición socrático-platónica, la parresía y la retórica se encuentran en fuerte oposición… El discurso largo y continuo es un recurso retórico o sofístico, mientras que el diálogo mediante preguntas y respuestas es típico de la parresía… dialogar es una técnica importante para el juego parresiástico.”

No coincidimos con Foucault, sin embargo, en su afirmación de que el parresiastés deba estar siempre en una posición de inferioridad respecto del interlocutor, de modo de cumplir con exponerse siempre a un posible costo personal al decir su verdad. La manifestación de cualquier verdad puede provocar un efecto adverso en el oyente y hacer que el hablante pierda su estimación, afecto, amistad, lealtad o intimidad. Esto puede ocurrir incluso al hablar a un subalterno o alumno, de partida porque los contenidos de la parresia son, por esencia, ajenos a un rol social o jerárquico determinado. Creemos que el parresiastés, como se dijo, es por esencia internamente independiente y sólo adherido a la verdad, su búsqueda y expresión, y por tanto creemos que esas características no guardan relación directa con la jerarquía social que esa persona ocupe en su entorno. Si un superior da instrucciones a un subordinado, o le critica su desempeño, no está empleando la parresia, excepto que le exprese verdades esenciales más allá de su desempeño laboral y que se dirijan a la persona misma, a sus vicios o virtudes, o a las formas en las que se limita, y aquí sí puede haber un costo personal. Desde luego que expresar una verdad no deseada ni elogiosa a una persona jerárquicamente superior o más poderosa hace que se arriesgue mucho más que un simple desacuerdo. Pero creemos que no es una condición indispensable para ser un parresiastés el estar en inferioridad jerárquica, y que se puede provocar el enojo o la herida de un subalterno con la misma facilidad y soltura que la de un superior. Y no es que lo disfrute, como un simple pisacallos, es que siente que debe hacerlo, y que con ello cumple alguna misión superior a la comodidad social personal. Pero la sanción no es privativa de los superiores sobre los inferiores. Al reconocérsele cualidades morales al parresiastés que hacen que su verdad lo sea en verdad, lo que en realidad se le reconoce es una superioridad moral, independiente de su posición o jerarquía social, y eso es lo que hace indiscutible sus afirmaciones, aunque no agraden a los demás. Y esa superioridad es fruto de su esfuerzo y adhesión a su búsqueda, de haber llegado a encarnar en sí mismo las verdades a que alude. La reacción del interlocutor dependerá de su capacidad para aceptar esa verdad, y si es negativa, de los recursos o poder que posea para hacer callar u oponerse al parresiastés, aunque esto ya no sea motivo de interés para éste. Sean cuales sean las consecuencias, el parresiastés conserva su integridad, y con ella su autoridad, fundadas la coincidencia entre lo que dice y lo que hace. Su escala de valor y su vara de medida no se aplican a los demás de forma diversa a como se aplican a él mismo.

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