yin-yang¿Qué es exactamente la polaridad? Es algo mucho más amplio que la simple dualidad u oposición. Porque decir que los opuestos son polares es decir mucho más que suponer que están muy separados: es decir, que están relacionados y unidos; que son los términos, finales o extremos de un solo todo. Los opuestos polares, por lo tanto, son opuestos inseparables, al igual que los polos de la tierra o de un imán, o los extremos de un palo o las caras de una moneda. Aunque lo que hay entre los polos sea mucho más sustancial que los polos mismos –puesto que ésos son “términos” abstractos en lugar de cuerpo concreto-, no obstante, el hombre piensa en términos y, por ende, divide en el pensamiento lo que no se divide en la naturaleza. Pensar es clasificar, separar la experiencia en clases y casillas intelectuales. Por lo tanto, desde el punto de vista del pensamiento, la pregunta más importante siempre es: “¿Es esto o es aquello? ¿La experiencia está dentro de esta clase o fuera de ella?”. Al contestar estas preguntas describimos y explicamos el mundo; lo hacemos explícito. Pero implícitamente, en la naturaleza misma, no existen clases. Dejamos caer estas redes y cajas intelectuales sobre el mundo al tejer las líneas imaginarias de longitud y latitud sobre la superficie de la tierra y el también imaginario firmamento de las estrellas. Así, es el carácter imaginario, abstracto y conceptual de estas divisiones lo que las hace polares. Para el pensamiento, la importancia de una caja es que su interior es diferente de su exterior. Pero en la naturaleza, las paredes de la caja son lo que tienen en común el interior y el exterior.

Por esto, siempre que alguien llama la atención sobre la unidad implícita de los opuestos polares, nos resulta un poco chocante. Porque los fundamentos del pensamiento son sacudidos por la sospecha de que las experiencias y valores que creíamos contrarios y distintos son, después de todo, aspectos de la misma cosa. En los albores del pensamiento elaborado, tanto en China como en Occidente, esta unidad desconcertante de opuestos fue señalada por dos sabios casi míticos: Heráclito, que vivía en Grecia en el 500 a. C. aproximadamente, y Lao Tzu, a quien se supone contemporáneo de Confucio (479 a. de C.), aunque probablemente vivió un siglo o más después.

En los fragmentos de los escritos de Heráclito que han llegado hasta nosotros hay un conjunto de aforismos que, si no se hace caso de la polaridad de los opuestos, parecen paradojas chocantes:

24. El tiempo es un niño que mueve fichas en un juego; el poder real es el del niño.

25. La guerra es el padre y rey de todos; a unos los ha convertido en dioses y a otros en hombres; a unos les ha hecho esclavos y a otros, libres.

26. Se debe comprender que la guerra es la condición común, que la contienda es la justicia, y que todo sucede gracias al impulso de la contienda.

27. Homero estaba equivocado cuando dijo: “Ojalá falleciera la contienda entre los dioses y los hombres”. Porque si esto ocurriera todo dejaría de existir.

98. La oposición provoca la concordia. De la concordia surge la armonía más favorable.

99. A causa de la enfermedad, la salud es agradable; por el mal, el bien es agradable; por el hambre, la saciedad; por el cansancio, el descanso.

100. Los hombres no habrían conocido el nombre de la justicia si no hubiesen ocurrido estas cosas.

101. El agua del mar es a la vez muy pura y muy sucia: es potable y saludable para los peces, pero no potable y mortífera para los hombres.

106. Para Dios, toda cosa es hermosa, buena y correcta; los hombres, en cambio, consideran que algunas cosas son correctas y otras incorrectas.

107. Los médicos cortan, queman y torturan a los enfermos, y luego les exigen honorarios no merecidos por estos servicios.

108. El camino hacia arriba y el camino hacia abajo son el mismo.

109. En el círculo, el comienzo y el fin son comunes.

111. Para los cardadores de lana, el camino recto y el sinuoso son el mismo.

112. Los huesos conectados por articulaciones son un todo unitario y a la vez no lo son. Estar de acuerdo es ser distinto; lo concordante es lo discordante. De todos los muchos detalles particulares surge la unidad, y de la unidad surgen los muchos detalles particulares.

113. Es lo mismo estar vivo que muerto, despierto que dormido, ser viejo que joven. El primer aspecto, en cada caso, se convierte en el segundo, y el segundo de nuevo en el primero, por medio de una inversión repentina.

114. Hesíodo, a quien tantos aceptan como sabio maestro, ni siquiera comprendía la naturaleza del día y de la noche: porque son lo mismo.

115. El nombre del arco es la vida, pero su trabajo es la muerte.

117. La gente no entiende cómo lo que está en desacuerdo consigo mismo puede estar de acuerdo consigo mismo. Existe una armonía en la inclinación de la espalda, tanto en el caso del arco como en el de la lira.

118. Escuchando al Logos y no a mí, es sensato reconocer que la totalidad es una.

121. Dios es el día y la noche, el invierno y el verano, la guerra y la paz, la saciedad y la necesidad. Pero experimenta transformaciones, y al igual que (un fondo neutro) cuando se mezcla con una fragancia, se llama según el aroma particular (que se introduzca).

124. Hasta las personas que duermen son trabajadores y colaboradores de lo que sucede en el Universo.

En la historia y el clima del pensamiento occidental, Heráclito se queda solo, porque una filosofía en la que “es lo mismo estar vivo que muerto, despierto que durmiendo, ser viejo que joven” no parece ofrecer ninguna directriz para la acción, es decir, para hacer elecciones. Para nosotros, el filósofo maestro no es Heráclito sino Aristóteles, que insiste en que toda acción es elección y que la voluntad nunca entra en acción, salvo para elegir algún bien en lugar de algún mal, incluso cuando la elección está equivocada. En general, la cultura occidental es una celebración de la ilusión de que el bien puede existir sin el mal, la luz sin la oscuridad, y el placer sin el dolor, y esto es cierto en sus fases cristianas y en sus fases tecnológicas seculares. Aquí, o de ahora en adelante, nuestro ideal es un mundo en que “no habrá más muerte, ni tristeza, ni llanto, ni habrá más dolor; porque las cosas de antes han desaparecido”.

Si hemos de darle a cada cual lo que le corresponde, esto ha sido una gran ilusión, aunque, para aquellos cuyo sentido común todavía se basa en la lógica de Aristóteles, es difícil comprender que los fundamentos de la cultura china se basen en la visión polar de la luz y la oscuridad. Comparemos, por lo tanto, las palabras de Lao Tzu con las de Heráclito:

Cuando todos reconocen la belleza como bella, ya existe la fealdad.

Cuando todos reconocen el bien como bueno, ya existe el mal.

“Ser” y “no ser” surgen mutuamente.

Difícil y fácil se realizan mutuamente.

Largo y corto se contrastan mutuamente.

Alto y bajo están mutuamente situados…

Antes y después están en una secuencia mutua.

No era probable que una cultura basada en estas premisas produjera una tecnología heroica. Por otro lado, la visión polar del bien y del mal no llevó en absoluto al aniquilamiento, a un modo de vida sin directrices para la acción o la capacidad de realizar el orden y gracia. No cabe la menor duda de que, antes de la Revolución Industrial, los chinos, en varios períodos de su historia, habían creado la civilización más grande y compleja que hemos conocido en cualquier parte del mundo.

A diferencia de Heráclito, Lao Tzu no se quedó solo en su cultura. Su visión del mundo tenía raíces en una tradición mitológica que ya era antigua en su tiempo, una tradición absolutamente básica para los modos chinos de pensar y sentir. Esta tradición está materializada en el I Ching o Libro de las mutaciones. Aunque se ha determinado una antigüedad fabulosa para este clásico, situándolo entre el 2000 y el 1300 a. de C., no hay ninguna prueba clara de su existencia como documento escrito hasta el 400 a. de C., aproximadamente. No obstante, el sistema de simbolismo sobre el cual está basado, es realmente muy antiguo, aunque la obra, tal y como está actualmente, es una compilación de siglos. Generación tras generación de eruditos y pensadores chinos comentaron sobre él y proyectaron en sus formas primarias ideas y significados que son, históricamente, desarrollos bastante posteriores.

Básicamente, el Libro de las mutaciones es una secuencia de 64 símbolos o hexagramas de este tipo:

Hexagrama 64

Cada hexagrama, tal como especifica el propio término, consta de seis líneas que pueden ser discontinuas o continuas, negativas o positivas, y los 64 símbolos constituyen cada combinación posible de los dos tipos de línea en el patrón elegido. Las líneas continuas representan yang, el aspecto masculino o positivo de la naturaleza, y las líneas discontinuas representan yin, el aspecto femenino o negativo. Se dice que estos términos se aplicaron por primera vez a los lados del norte y del sur de las montañas, el primero soleado y el segundo sombreado. Puesto que los dos lados de una montaña son una polaridad inseparable, yin y yang llegaron a significar los polos arquetípicos de la naturaleza: más y menos, fuerte y débil, hombre y mujer, luz y oscuridad, subida y caída. Consecuentemente, la secuencia de 64 combinaciones de ambos, combinados en grupos de seis, se comprende como un epítome simbólico de las situaciones básicas de la vida y la naturaleza. Según la combinación y poder relativo de las fuerzas positivas y negativas, cada hexagrama representa la estructura esquelética fundamental de la disposición de la naturaleza en cualquier momento dado.

Cada hexagrama, además, puede considerarse compuesto de dos trigramas, y las ocho posibles formaciones de trigramas se suelen exponer como los de la figura:

I Ching

Los nombres atribuidos a cada trigrama, cielo, tierra, agua, fuego, etc., representan principios elementales en el esquema cambiante de la naturaleza, y, por lo tanto, un hexagrama que tiene, digamos, tierra, encima de montaña, señala una situación en que conviene que se oculte la grandeza o el poder, y que los gobernantes y hombres de negocios actúen con modestia.

El uso principal de estos símbolos era para la adivinación, y el texto del libro es un conjunto de oráculos que describen las situaciones representadas y que dan consejos para una acción apropiada. Mientras que hay muchos métodos para consultar el oráculo, el más habitual es hacer divisiones fortuitas de un conjunto de cincuenta tallos de milenrama, los cuales se cuentan según un sistema que proporciona el hexagrama correspondiente a la situación actual del interrogador. La suposición estriba en que la división fortuita de los tallos, de hecho, se adecuará al orden del tiempo en el que esté ocurriendo dicha operación, proporcionando un hexagrama que revele el equilibrio y disposición de las fuerzas naturales que está funcionando en ese determinado tiempo y espacio.

La tradición atribuye la invención de los hexagramas al sabio-emperador Fu Hsi, que reinaba a principios de la historia china.

Antiguamente, cuando Fu Hsi había alcanzado el reinado de todos bajo el cielo, miró hacia arriba y contempló las formas expuestas en el cielo (las constelaciones), y miró hacia abajo, contemplando el proceso que se desarrollaba en la tierra. Contempló el modelo de los pájaros y de las bestias, y las propiedades de los varios ambientes y lugares. Muy a mano, en su propio cuerpo, descubrió cosas por considerar, y lo mismo a distancia, en los acontecimientos en general. Así concibió los ocho trigramas, para entrar en relación con las virtudes de los Espíritus Brillantes, y para clasificar las relaciones de diez mil cosas.

El gran Apéndice del Libro de las mutaciones explica sus principios generales de la siguiente manera:

Más en Taoísmo
Tai Chi Quan

Sin límite, como el flujo del río que permanece y cambia sin cesar Escribir sobre...

La Historia de la Destreza Admirable de un Gato

Hubo una vez un maestro de esgrima que se llamaba Shoken. En su casa, una...

Cerrar