Imaginación Activa y Vida
El camino natural hacia la experiencia personal del inconsciente colectivo se abre mediante los sueños y, con menor frecuencia, las visiones, alucinaciones, fenómenos sincrónicos, etc. Además de estas manifestaciones espontáneas, Jung introdujo en la práctica analítica otro método de hacer contacto con las capas más profundas del inconsciente. Es un tipo de introspección o meditación, basada en la actividad de la fantasía, que denominó imaginación activa. La primera reacción a la propuesta de que la persona imagine activamente consiste por lo general en suspicacia y resistencia, lo que parece comprensible en vista de la obvia irracionalidad de dicho procedimiento. Sin embargo, para Jung todo consistía precisamente en el sin sentido de la actividad fantástica desenfrenada, en el elemento de juego que debe tomarse con toda seriedad: La actividad creativa de la imaginación libera al hombre de su vínculo con el nada más que y lo eleva a la categoría del que juega. Como dice Schiller, el hombre es completamente humano sólo cuando juega.

La frecuente objeción acerca de que las supuestas fantasías son pensadas conscientemente, y que por tanto las imágenes no provienen de ningún modo del inconsciente, carece de sustento. Es verdad que existe cierto grado de ilusión, que no es producto del inconsciente sino que está dispuesto por el ego. Las ilusiones son fantasías manipuladas y su naturaleza falsa puede distinguirse fácilmente a partir de la ausencia de motivos arquetípicos e imágenes númines. Asimismo, falta el elemento de sorpresa, así como cualquier cosa que pueda sentirse como atemorizante o perturbadora. La imaginación genuina está inspirada por el inconsciente; el ego se enfrenta a las imágenes como si fueran la realidad, no sólo con una percepción pasiva, sino participando activamente en su juego y llegando a un acuerdo con ellas. Las imágenes son auto-manifestaciones de la psique y por tanto pueden considerarse fragmentos de aquellos sueños diurnos soñados por debajo del umbral de la consciencia, los que ésta no percibe debido a su preocupación con los procesos del mundo exterior.

El objetivo de la imaginación activa es encontrar una posición intermedia entre consciente e inconsciente, pues posee una cualidad de opuestos combinados. Jung también habló de una función trascendente de los opuestos (*). Una precondición del éxito de la imaginación activa es que no debería ser un pretexto para escapar de la vida. Las fantasías no constituyen un sustituto de la vida; son los frutos del espíritu que le son regaladas al que paga su tributo a la vida. El que evade el deber no siente nada más que su propio miedo mórbido y este no tiene para él sentido alguno.

No es posible decidir con certeza si la consciencia predomina sobre el inconsciente en la imaginación activa, o si el inconsciente lo hace sobre la consciencia. Es por ello que Jung le otorgaba el papel dominante ora a uno, ora al otro. Al ponerse de acuerdo con el inconsciente el ego toma la delantera, pero el inconsciente debe tener su lugar también: audiatur et altera pars. Debe compararse esta afirmación de los comienzos con una que surgió más adelante: El árbitro final del patrón es un impulso obscuro, un inconsciente que se precipita a priori en una forma plástica Todo el procedimiento parece estar dominado por un sutil conocimiento previo no sólo del patrón, sino de su sentido. En definitiva es una interacción entre consciente e inconsciente, donde con frecuencia el líder se convierte en el que es liderado y viceversa. Aunque Jung y sus pacientes utilizaron este método de imaginación activa durante muchos años, pasó mucho tiempo antes de que él fuera capaz de discernir una ley y un sentido en la variedad de complicados patrones y configuraciones que éstos producían, ya fuera en forma de danza, pintura, dibujos o modelado. Sólo gradualmente descubrió que estaba siendo testigo de la manifestación espontánea de un proceso inconsciente que era apenas ayudado por la habilidad técnica del paciente y al que más tarde bauticé como proceso de individuación. En la imaginación activa el proceso, como en los sueños y otras manifestaciones del inconsciente, se presenta en una sucesión de imágenes, de tal manera que al menos en parte puede ser percibido por la mente consciente. Al referirse a un a priori inconsciente, un sutil conocimiento previo que reina sobre todo el procedimiento, Jung alude al arquetipo del sí-mismo, que es la fuerza motora detrás de la formación de imágenes y que dispone los acontecimientos inconscientes. Gracias a él, la fantasía por lo general no se sale de sus carriles, aunque sorprendentemente siempre llega a destino, a pesar de que el que fantasea pueda tener la sensación de estar totalmente expuesto a los antojos caprichosos y subjetivos del azar.



Como puede deducirse de los pasajes que he citado, la individuación no consiste únicamente en sucesiones de imágenes del inconsciente. Éstas son sólo parte del proceso, representando su realidad interior o espiritual. Su complemento necesario es la realidad exterior, el desarrollo de la individualidad y el destino que le espera. Ambos aspectos del proceso están regulados por el poderoso arquetipo del Sí-mismo. En otras palabras, durante la individuación el Sí-mismo surge al mundo de la consciencia, en tanto al mismo tiempo su naturaleza originalmente psicoide se escinde, de tal manera que se manifiesta tanto en imágenes interiores como en acontecimientos de la vida real. Por ello Jung amplió su definición del proceso de individuación como una sucesión de imágenes interiores describiéndolo como la vida en sí: En última instancia toda vida es la realización de una totalidad, es decir, de un Sí-mismo, razón por la cual esta realización también puede denominarse individuación. Básicamente, la individuación consiste en intentos siempre renovados y necesarios para amalgamar las imágenes interiores con la experiencia exterior. O en otras palabras, es el esfuerzo de hacer de lo que el destino pretende hacer con nosotros, algo completamente nuestro (W. Bergengruen). Cuando hay éxito una parte del Sí-mismo se realiza como una unión del adentro y el afuera. Luego un hombre puede reposar sobre sí mismo, pues está satisfecho de sí y un aura de autenticidad emana de él.

Para Jung el sentido de la vida es la realización del Sí-mismo. Toda vida está ligada a carreras individuales que la realizan Sin embargo, toda carrera está cargada de un destino y una meta individual y sólo la realización de éstos hace que la vida cobre sentido. La importancia de esta afirmación tan coherente se torna evidente al considerar que el arquetipo del Sí-mismo es indefinible, inefable, una X oculta cuyas concretizaciones resultan indistinguibles de las imágenes de Dios. Asimismo, el proceso de individuación no culmina en la vida más plena posible vivida porque sí y tampoco en la profunda comprensión intelectual; su sentido fluye de la cualidad númine del sí-mismo. Para ponerlo en términos religiosos, la individuación debe comprenderse como la realización de lo divino en el hombre.

Expresar el sentido de la vida en estos términos no tiene por cierto la intención de establecer un dogma o un artículo de fe. Surge, como Jung lo enfatizara en repetidas oportunidades, sólo de la interpretación de los fenómenos psíquicos y cada interpretación es subjetiva. Obviamente, el intelecto crítico se enfrenta una y otra vez con la pregunta de la validez objetiva de los hechos y experiencias que pueden verificarse en el plano psicológico. Sin embargo, es difícil ver cómo podría responderse esa pregunta, pues el intelecto carece de los criterios necesarios. Cualquier cosa que sirva como criterio está sujeto a su vez a la pregunta crítica de la validez. Lo único que puede decidir en este caso es la preponderancia de los hechos psíquicos. Enfrentado a esta incertidumbre, Jung no descartó una interpretación del sentido opuesta a la suya, así como de la de todas las demás. El verdadero sentido es con frecuencia algo que también podría llamarse sinsentido, pues hay una gran medida de inconmensurabilidad entre el misterio de la existencia y la comprensión humana. Sentido y sinsentido son meramente rótulos humanos que sirven para brindarnos un sentido de la dirección razonablemente válido.

La investigación científica termina estableciendo que el arquetipo del Sí-mismo alcanza su objetivo en cada vida individual. En una individuación natural lo hace aunque el mundo del inconsciente permanezca en la penumbra y sin que se haya visto ni siquiera una sola imagen arquetípica, menos aún que haya sido comprendida con todas sus consecuencias.

Una experiencia de sentido sin contar la de la fe viva – proviene únicamente de una profundización de la realidad exterior a través del reconocimiento de su esencia númine. La vida que tan sólo sucede para y por sí misma no es una vida real: sólo es real cuando se hace conocida, comprendiendo aquí la vida real como vida con un sentido. Al tornarse consciente de sus conexiones e imágenes trascendentales y al experimentar su cualidad númine, se tiene una vaga idea de las facultades que operan en forma autónoma detrás del accionar y del ser, creando un orden en la vida de cada uno, así como detrás de hechos aparentemente fortuitos. Es así como el individuo experimenta, o intuye, cuán vasto es el nexo de la vida y la meta que se esfuerza para alcanzar, sin importar si esto debe interpretarse como sentido o sinsentido y sin importar si cualquiera de estas interpretaciones es o no buscada. Jung buscó de hecho una interpretación, intentando crear el sentido, aunque plenamente consciente de las limitaciones de cada interpretación. Como médico se vio enfrentado una y otra vez con la necesidad de interpretar el sentido: El hombre puede vivir las cosas más asombrosas si estas tienen sentido para él. Pero la dificultad se encuentra en crear ese sentido.

Aunque el hombre esté plenamente consciente de los límites impuestos por la teoría del conocimiento, la morada interior y revelación del arquetipo númine del Sí-mismo constituye una experiencia que puede tener graves consecuencias. El peligro de confundir la individuación con convertirse en un hombre dios o un súper hombre es demasiado evidente. Las consecuencias trágicas o grotescas de este error de comprensión pueden evitarse tan sólo si la personalidad del ego es capaz de llegar a un acuerdo con el Sí-mismo, sin perder de vista la realidad de las limitaciones humanas y la cualidad de ser criaturas corrientes. El Sí-mismo en su divinidad (verbigracia, el arquetipo) puede tornarse consciente sólo dentro de nuestra consciencia. Y puede hacerlo sólo si el ego está plantado con firmeza. El Sí-mismo debe llegar a ser tan pequeño como el ego e incluso más pequeño que éste – aunque sea el océano de la divinidad: Dios es tan pequeño como yo, dice Angelus Silesius. Debe volverse el pulgarcito en el corazón, escribió Jung en una carta (Septiembre de 1943) al explicar la paradoja de realizar el Sí-mismo. El Sí-mismo es la extensión inconmensurable de la psique y al mismo tiempo su esencia más recóndita. El pulgarcito en el corazón es una alusión a la naturaleza infantil de la divinidad. Es el purusha indio, más pequeño que lo pequeño, más grande que lo grande. También Cristo es venerado como gobernante del mundo y como niño.

El proceso de individuación requiere una confrontación despiadadamente honesta con los contenidos del inconsciente y esto es suficiente para enfriar cualquier ataque de ebullición. Guarda numerosas penumbras y conocimientos dolorosos que conducen a la modestia. No obstante, cualquiera que mire con desdén a los no iluminados o que predique verdades se ha vuelto víctima de su propia estupidez. Ha identificado su ego con los contenidos del inconsciente. El término psicológico para esto es inflación. Va desde más o menos la pomposidad inocua a la completa extinción del ego en la imagen configurada por el inconsciente.

La individuación sigue su curso de manera significativa sólo en nuestra existencia cotidiana. La aceptación de la vida tal como es, de su banalidad, su cualidad de extraordinaria, el respeto por el cuerpo y sus exigencias, son un prerrequisito para la individuación al igual que la relación con el prójimo. Cuanto más persistente se torna la cualidad espiritual del Sí-mismo, más se amplía la consciencia a través de la integración de contenidos psíquicos, y más profundamente debe el hombre afirmar sus raíces en la realidad, en la propia tierra, en el cuerpo, y con mayor responsabilidad vincularse con los seres más cercanos y queridos y al entorno, porque el aspecto mundano del arquetipo y sus cualidades instintivas también deben verse realizadas.

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