La función del ritual es, tal y como yo la entiendo, dar forma a la vida humana, no como una mera ordenación superficial, sino en lo profundo. En la antigüedad, todas las ocasiones sociales estaban estructuradas ritualmente y el sentido de lo profundo se representaba a través del mantenimiento de un tono de religiosidad. En la actualidad, el tono religioso se reserva para las ocasiones sacras, especiales y excepcionales. Y aún así, el ritual sobrevive en los modos de nuestra vida laica. Por ejemplo, puede reconocerse, no sólo en el decoro de las cortes y en las normas de la vida militar, sino también en la manera en que la gente se sienta con otros a la mesa.

Toda vida es estructura. En la biosfera, cuanto más elaborada es la estructura, más elevada es la forma de vida. La estructura a través de la que se manifiestan las energías de una estrella de mar son bastante más complejas que las de la ameba; y si seguimos en línea ascendente veremos que también aumenta la complejidad. Lo mismo ocurre en la esfera cultural humana: la tosca idea de que la energía y la fuerza pueden representarse abandonando y rompiendo las estructuras es refutada por todo lo que conocemos sobre la evolución y la historia de la vida.

Los modelos de la conducta animal residen en el sistema nervioso hereditario de las especies; y los llamados mecanismos innatos de respuesta por los que se determinan son, en su mayor parte, estereotipos. Las respuestas de los animales son coherentes dentro del contexto de la especie. Resulta sorprendente lo intrincado de algunas de las pautas de comportamiento fijas, su regularidad matemática, su equilibrio. Todas esas pequeñas maravillas arquitectónicas – nidos, telas de araña, panales, hormigueros, conchas marinas y demás – son realizadas de acuerdo a habilidades heredadas y arraigadas en las células y el sistema nervioso de la especie.


Por otra parte, nuestra especie humana se distingue por el hecho de que los mecanismos de acción-respuesta son principalmente abiertos, no estereotipados. Por ello, son susceptibles a la influencia de las impresiones provenientes de la sociedad en la que se desarrolla el individuo. Porque, considerada biológicamente, la criatura humana nace con diez o doce años de antelación. Adquiere su carácter humano postura erguida, habilidad para hablar y el vocabulario de su pensamiento – bajo la influencia de una cultura específica, cuyos rasgos principales se arraigan en su sistema nervioso; por ello, las pautas constitutivas que en el animal se heredan biológicamente, en la especie humana suelen ser principalmente transmitidas por formas sociales, arraigadas durante lo que se conoce como años impresionables, y ello se consigue por medio de rituales. Los mitos son los soportes mentales de los ritos; los ritos, las representaciones físicas de los mitos. Al absorber los mitos de su grupo social y participar en sus ritos, el joven es estructurado de acuerdo a su medio social y natural, y transformado de un amorfo producto natural, nacido prematuramente, en un miembro definido y competente de algún orden social específico.
Actualmente, todas las impresiones sociales básicas se establecen durante el período de vida en el hogar. No obstante, ahí se hallan asociadas a una actitud de dependencia que debe ser abandonada antes de poder alcanzar la madurez psicológica. El ser humano joven responde a los retos del medio recurriendo a sus padres en busca de consejo, ayuda y protección, y antes de que pueda confiarse en él como adulto, estas pautas deben ser modificadas. Así, una de las primeras funciones de los ritos de pubertad de las sociedades primitivas, y de la educación en todas partes, siempre ha sido cambiar los sistemas de respuesta de los adolescentes de dependencia a responsabilidad, algo que no es fácil de lograr. Con la extensión del período de dependencia que tiene lugar en nuestra civilización hasta mediados o finales de la veintena, el reto se hace más amenazador que nunca, y los fracasos son cada vez más evidentes.

Un neurótico puede ser definido a la luz de lo anteriormente expuesto – como alguien que ha fracasado al cruzar el umbral de su segundo nacimiento como adulto. Los estímulos que deberían evocarle pensamientos y actos de responsabilidad, por el contrario, evocan en él los de huída en busca de protección, miedo al castigo, necesidad de ser aconsejado y otros por el estilo. Continuamente debe corregir la espontaneidad de sus pautas de respuesta, y tiende a atribuir sus fracasos y problemas bien a sus padres o al sustituto paterno que tenga más a mano, como el Estado y el orden social por los que es protegido y ayudado. Si lo primero que se pide a un adulto es que debe ser responsable de sus propios fracasos, de su vida y de sus actos, en el contexto de las actuales condiciones del mundo en que mora, es un elemental hecho psicológico que nunca se desarrollará hasta alcanzar dicho estado quien continuamente piense en lo grande que hubiera podido llegar a ser si sus condiciones de vida hubieran sido diferentes, si sus padres hubieran sido menos indiferentes a sus necesidades, la sociedad menos opresiva o si el universo funcionase de otra manera. El primer requisito de cualquier sociedad es que su componente adulto debe comprender y aceptar el hecho de que son ellos quienes construyen su vida. De acuerdo con ello, la primera función de los ritos de pubertad debe ser establecer en el individuo un sistema de sentimientos apropiados a la sociedad en que vive, y del que dicha sociedad depende para su existencia.

En el moderno mundo occidental existe una complicación adicional, ya que pedimos a los adultos algo más que aceptar los hábitos y costumbres heredados, sin juicios ni críticas personales. Más bien pedimos y esperamos que desarrollen lo que Freud denominó su función de la realidad, la facultad del observador independiente, del individuo librepensador que puede evaluar, sin ideas preconcebidas, las posibilidades de su medio y de sí mismo inmerso en él, criticando y creando, no únicamente reproduciendo pautas de pensamiento y acción heredadas, sino convirtiéndose en un centro innovador, activo y creativo del proceso de la vida.

En otras palabras, nuestro ideal de sociedad no es una organización perfectamente estática fundamentada en la era de los antepasados y que permanecerá inmutable a través del tiempo. Más bien es un proceso que se mueve hacia una realización o hacia posibilidades todavía no realizadas; y en este proceso de vida, cada uno debe ser a la vez un centro de iniciativas y cooperación. Por lo tanto, nos encontramos con el comparativamente complejo problema de educar a nuestros jóvenes no sólo entrenándolos para asumir sin críticas las pautas del pasado, sino para que reconozcan y cultiven sus propias posibilidades creadoras; no para permanecer en algún probado nivel de biología o sociología, sino para representar un movimiento hacia delante de la especie. Y diría que esto es especial responsabilidad de los modernos occidentales, ya que la civilización occidental ha sido, desde mediados del siglo XIII, la única civilización innovadora del mundo.

Es en el campo de las artes donde en la actualidad puede apreciarse con más claridad el efecto reductor y degradante de la pérdida de todo sentido de las formas; ya que es en las artes donde se plasman las energías creadoras de un pueblo y a través de las que pueden ser correctamente mensuradas. Prácticamente sin excepción, al arte moderno más significativo le esperan, en primer lugar, tiempos extremadamente difíciles para darse a conocer, y en segundo lugar, los llamados críticos seguramente se encargarán de echarlo abajo. En pequeñas comunidades como la Atenas antigua, la relación entre los artistas creativos y los líderes sociales era franca y directa, se conocían desde la infancia; mientras que en comunidades como nuestras modernas Nueva York o París, el artista tiene que darse a conocer en fiestas a fin de obtener encargos, y quienes los consiguen no son los que están en los estudios, sino los que acuden a las fiestas, conociendo a la gente adecuada en los lugares oportunos. Desconocen lo suficiente la agonía del trabajo creativo en solitario más allá de lo necesario para la adquisición de técnicas y estilos comerciales. La consecuencia es el instant art, mediante el cual algunos individuos inteligentes con la mínima agonía formal adquirida ejecutan algo inesperado. Resulta cuando menos curioso que en el momento presenta no exista ningún trabajo creativo que pueda ajustarse a las demandas y posibilidades de este fabuloso período que nos ha tocado vivir tras la Segunda Guerra Mundial – que tal vez sea el de la más grande metamorfosis espiritual de la historia de la raza humana. Este fracaso adquiere grandes dimensiones, ya que sólo a partir de las percepciones de sus creadores y artistas han derivado los pueblos sus apropiados mitos y ritos.


La forma artística es el médium, el vehículo a través del que la vida se manifiesta articulada y grandiosa, y la mera destrucción de la forma es un desastre, tanto para la vida humana como para la animal, pues el ritual y el decoro son las formas estructurales de toda civilización. Hace unos años, en Japón, llegué a apreciar vívidamente la amplitud vital del ritual, cuando fui invitado a una ceremonia del té, de la que mi anfitrión era un distinguido maestro. Me gustaría saber si en alguna otra parte del mundo existe algo que necesite de una exactitud formal comparable a la de la ceremonia del té japonesa. Me explicaron que en Japón hay personas que han estudiado y practicado esta ceremonia durante toda la vida sin conseguir la perfección, de lo exquisitas que resultan sus reglas. De hecho, la experiencia principal de un extranjero en Japón es que nunca conseguirá ser lo suficientemente correcto. La ceremonia del té es la quintaesencia de la maravilla formal de esa civilización tan formalista; cada gesto e incluso cada movimiento de la cabeza están controlados; y aún así, cuando más tarde hablé con otros invitados, elogiaron la espontaneidad del maestro. El ritual de la civilización ha devenido orgánico, tal y como se apreciaba en el maestro, y dentro de ese marco podía moverse espontáneamente, lleno de expresiva elaboración.
Cuando observo rituales que hablan de temas tanto antiguos como actuales, me vienen a la cabeza ciertas consideraciones sobre la naturaleza abierta de la mente humana, que puede encontrarse en los modelos para su consuelo en juegos tan misteriosos como los que imitan el paso del alma, tras dejar la tierra, a través de los campos de las siete esferas. Muchos años atrás, en los trabajos del gran historiador de la cultura Leo Frobenius, encontré un recuento y repaso de lo que él denominaba los poderes pedagógicos a través de los cuales los hombres el informe e inseguro animal en cuyo sistema nervioso los mecanismos de respuesta no son estereotipados sino abiertos a la impresión – han estado gobernados e inspirados en la forma de sus culturas a lo largo de la historia. En los primeros períodos, al igual que entre los pueblos primitivos actuales, los maestros de los hombres han sido los animales y las plantas. Más tarde se convertirían en las siete esferas celestes. Una curiosa característica de nuestra especie sin formar es que vivimos y damos forma a nuestra vida a través de actos simulados. Un chico que se identifica con un caballo galopa calle abajo con una nueva personalidad y vitalidad. Una hija imita a su madre; un hijo, a su padre.


En el ahora lejano paleolítico, en el que los vecinos más cercanos del hombre eran animales de diferentes especies, fueron estos animales los que se convirtieron en su maestro, mostrando los poderes y pautas de la naturaleza mediante sus formas de vida. Los miembros de la tribu tomaban nombres de animales y en sus ritos vestían máscaras animales. En Mesopotamia, alrededor del 3500 a. de C., el modelo de sociedad varió, pasando de la tierra y los reinos animales y vegetales a los cielos, cuando los sacerdotes que observaban los mismos descubrieron que los siete poderes celestiales sol, luna y cinco planetas visibles – se movían según cálculos matemáticos a través de las constelaciones fijas. Se materializó una nueva maravilla del universo, que a partir de entonces se concretó en el concepto de un orden cósmico, que inmediatamente pasaría a ser el modelo celestial de lo que debía ser una buena sociedad en la tierra: el rey entronizado, coronado por el Sol o la Luna, la reina como el planeta-diosa Venus, y los altos dignatarios de la corte en los papeles de las diversas luces celestes.
Las representaciones de este tipo continúan teniendo un efecto. Representan la proyección al mundo diurno, de carne y hueso, de imágenes míticas derivadas no de experiencias de la vida diurna, sino de las profundidades de lo que ahora llamamos inconsciente, las que despiertan e inspiran en el observador respuestas ensoñadoras e irracionales. El efecto característico de los temas y motivos míticos convertidos en ritual es, en consecuencia, que ponen en contacto al individuo con metas y fuerzas trans individuales.

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