He llamado una ciencia al estudio del misticismo; pero probablemente es más correcto decir que se ha desarrollado durante muchos siglos. El autor del Eclesiastés no estaba totalmente errado cuando señaló que no hay nada nuevo bajo el sol, y algunos atisbos de una verdadera ciencia del misticismo – en un sentido rigurosamente cientifico – ha existido en occidente durante dos mil años. El psicoanálisis, el estudio de las ondas cerebrales, los viajes al interior del ser humano y la experimentación con drogas, están dándole una vitalidad renovada a un estudio que tiene profundas raíces en la tradición.

Estamos tan conscientes de la catastrófica grieta entre ciencia y religión que fácilmente olvidamos la armonía que antiguamente existió entre ambas. Los monjes eran los precursores de los cientificos modernos y sus monasterios, hasta el Renacimiento, eran los principales centros de estudio occidentales, en los cuales no se hacía distinción entre la filosofía y la llamada ciencia natural. Fue un monje, el venerable Bede, quien propuso en el siglo VII la noción de que la tierra era redonda. Alberto Magnus y su discípulo Tomas de Aquino, en el siglo XIII, especularon acerca de la naturaleza del universo; Galileo y Copérnico, tan malamente tratados por las autoridades eclesiásticas, fueron educados y nutridos en la vida monástica, Roger Bacon, un fraile franciscano, que es responsable del inicio del llamado método científico, escribió que “el verdadero científico debe someter todas las cosas que halla en el cielo y bajo
él a la experimentación”. Le avergonzaba darse cuenta que no sabía más del mundo que lo que el promedio de la gente sabe. También está Nicolás de Cusa, un matemático, místico y obispo. Y muchos otros que dedicaron sus vidas a la ciencia. Y digo todo esto para enfatizar que el interés científico tiene profundas raíces en el occidente religioso.

Este acercamiento científico también influyó sobre la oración y los estados místicos; así fue que surgió un cuerpo de enseñanza para el desarrollo de la consciencia en la vida contemplativa acerca de los diversos estados de meditación, el éxtasis, las visiones, y cómo manejarlos, la posibilidad de la ilusión, y todo eso. Así fueron elaborados algunos grandes tratados científicos.

Me gustaría decir algo acerca de uno de los grandes científicos del misticismo, el jesuita francés Augusto Poulain (1836-1919), cuyo monumental trabajo Las Virtudes de las Oración, escrito a comienzos de siglo, permanece como un clásico. Poulain insistía en que estaba escribiendo lo que él llamaba misticismo descriptivo, que consistía en la obtención de datos, su análisis riguroso, el examen de la evidencia y la deducción de conclusiones. Para ello leyó meticulosamente los trabajos de los clásicos, entrevistó a cientos de místicos a través de Francia y reflexionó sobre sus propias experiencias místicas, que no eran pocas. Siendo el gran maestro espiritual que era, estaba convencido de que Francia abundaba en gente esforzada, místicos potenciales, que necesitaban un poco de ayuda. Para ellos quiso escribir un manual práctico con su propia experiencia y la de la gente que él guíaba y amaba. En los últimos cuarenta años escribe – he hecho un estudio de estos asuntos. He leído una gran cantidad de tratados, he interrogado a
un gran número de personas que poseen los dones de la oración interior, y a otros que equivocadamente pensaron que los poseían cuando en verdad no era así. El trato con estos últimos también es útil. Esta última frase es típica de la penetración sagaz que mantiene el entusiasmo en medio de la formalidad del saber místico que llena sus páginas.

Para Poulain, el misticismo descriptivo depende de dos tipos de material. Primero las descripciones encontradas en los grandes escritores clásicos, y segundo, la evidencia aportada por la experiencia individual de personas vivas. Ambas son indispensables y cada una echa luz sobre la otra. El insistía en que hay muchos pasajes en los escritos de los místicos que sólo pueden ser entendidos por alguien que haya tenido una experiencia similar, En esta investigación ningún aspecto del misticismo se ha descuidado: las repercusiones físicas, los efectos sobre la salud, la influencia en las relaciones interpersonales, las posibles aberraciones, todo es examinado. También agrega una sección de extractos que escogió de entre sus largas y minuciosas lecturas de los místicos occidentales; estos extractos constituyen una verdadera mina de oro para los buscadores modernos en el campo de la consciencia. En cuanto a la experimentación de laboratorio, parece haber conocido algo acerca de ello, de acuerdo al ambiente científico de su tiempo. Hablando del éxtasis, por ejemplo, señala que el ritmo cardíaco es débil y la respiración tan ligera que es dificil incluso detectarla, como puede verse en los numerosos experimentos hechos con gran cuidado en personas en éxtasis. Lo que estos experimentos fueron, él no lo dice, y yo no me siento capaz de imaginarlo, pero sería algo verdaderamente interesante de conocer. Estos son caminos transitados también por Tomio Hirai, Elmer Green, Joe Kamiya, entre otros, todos buscadores de una larga tradición exploradora en el conocimiento de la meditación.

Además para Poulain el misticismo, lejos de ser una ciencia estática, era algo en constante evolución. Se habría desarrollado lentamente a través de los tiempos, y su evolución seguía en el futuro:

Vemos que en el curso de los siglos las descripciones se hacen más y más precisas. Los autores llegan a distinguir, gradual aunque muy lentamente, los estados de consciencia que habían sido previamente confundidos; y también descubren mejores comparaciones con que describirlos. A este respecto, el misticismo participa en el movimiento de progreso que puede ser observado en todas las ciencias descriptivas. No hay razones para pensar que no habrá más progresos, Nuestros sucesores lo harán mejor que nosotros. Y es en este sentido que el misticismo tiene un futuro.

No hay en todo esto algo de profético? Para Poulain, los escritos de Santa Teresa de Avila, en el siglo XVI en España, son un hito en el desarrollo de la consciencia mística y su estudio científico. El señala qué Santa Teresa fue la primera en analizar minuciosamente los estados de consciencia que preceden al éxtasis; y él constantemente apela al penetrante análisis psicológico de Teresa. Afirmando que hay dos grandes eras en el desarrollo del misticismio, una antes y hasta la muerte de Santa Teresa de Avila y la otra desde su muerte hasta su propia época, él continúa:

Durante el primer período, los místicos dedicaban su atención sólo a aquellos hechos que eran evidentes: éxtasis, visiones de Cristo y los santos, revelaciones del tipo de las de Santa Gertrudis o Santa Brígida. Pero los estados de unión en el camino al éxtasis eran más difíciles de analizar, como sucede siempre con las cosas más rudimentarias. Así sus ideas de estos estados eran muy vagas, sus descripciones fueron breves y confusas, y fallaron en distinguir entre estados de consciencia que eran diferentes. Por ejemplo,
la Beata Angela de Foligno, cuyos escritos contienen bellos pasajes acerca de asuntos como los arrobamientos y visiones, no nos dice casi nada acerca de otros estados de consciencia. Lo mismo es cierto para Dionisio el Areopagita, Ruysbroeck, y otros. Hablando de las primeras fases, ellos quedaban conformes con anotaciones tan vagas como: uno encuentra que ha sido poseído por una indudable dulzura.

Fue Santa Teresa la primera en abordar el problema de estudiar los estados de consciencia previos al éxtasis bajo el microscopio. Su contribución personal es valiosa y, a este respecto, ella provocó una verdadera revolución. Nos ha hecho un gran servicio, porque estos estados de consciencia son los más comunes. Y además de su capacidad de descripción, ella tenía una gran habilidad para la clasificación.

Cuánto sentido histórico tenía Poulain ! Y junto con el sentido del pasado, él tenía sentido del futuro. El misticismo – se lamenta Poulain – no ha hecho casi ningún progreso desde los tiempos de Santa Teresa. Escasamente se han descubierto nuevos hechos, y los autores han estado preocupados explicando y coordinando lo que ya ha sido descubierto.

Poulain escribía a principios de siglo. Poco podía saber acerca de que la ciencia del misticismo. Estaba al borde de un terremoto que la estremecería hasta los cimientos, y que hacía que la revolución Teresiana pareciera un ínfimo temblor. Me refiero al impacto del psicoanálisis, al encuentro entre el cristianismo y las religiones del oriente, al descubrimiento de las ondas cerebrales, a la popularidad de la
bio-retroalimentación y a la investigación con drogas. Cuántos nuevos hechos enmergen ahora para occidente a través de nuestro conocimiento de Ramakrishna, Aurobindo y Dogen! Cuánta contribución se ha hecho a través del creciente conocimiento de la meditación Budista, con sus divisiones y subdivisiones de estados de consciencia, que Santa Teresa no conoció o que, en todo caso, no describió! Y también la nueva luz arrojada por los astronautas y los viajes espaciales. Es verdad que Poulain tuvo algún destello de conocimiento de estudios psicológicos y neurológicos, y que él fue consciente de la existencia del misticismo en oriente. Pero él fue un hombre de su tiempo, limitado por el medio en el que vivía. Muchas de sus observaciones en estas materias son actualmente anticuadas y es claro que él no tenía el espíritu de diálogo que nosotros ahora damos por supuesto.

Al mismo tiempo, las investigaciones de Poulain difieren de las de sus contemporáneos científicos en que
él incluye una dimensión profundamente religiosa. En los místicos a quienes guió e interrogó, las dimensiones concernientes a la fe, la caridad y sus motivaciones fundamentales eran de gran importancia, pero era menos fácil ponerlas bajo el microscopio. Aquí hay una total dimensión de misterio que la investigación científica no puede tocar. Para el místico tradicional, el real centro de su práctica es la pureza de motivación y es en ella que busca lo esencial con lo que fue llamado puro y casto amor. Pero no hay una manera humana de juzgar la motivación de otro, por lo tanto, No juzgueis y no sereis juzgados- ni podemos tener certeza acerca de nuestras propias motivaciones. Es por eso que enfrentamos el misterio
en una relación de amor, donde el Amado es las montañas, los boscosos valles solitarios, las islas exóticas, la música silenciosa … No hay forma de medir ni programar ningún amor, mucho menos el divino.

Nuevamente nos limita este sobrecogedor misterio de un ejercicio construído sobre la creencia de que la realidad última es dinámica, que se mueve hacia nosotros y que nosotros nos movemos hacia ella, que nos busca antes de que nosotros la busquemos. Y los místicos dirigidos por Poulain creyeron no sólo que la realidad última es dinámica, sino que además tiene un rostro, un corazón, un nombre, Toda la tradición mística en la que Poulain se sostiene, se basa en la sentencia: Lo amamos (a Dios) porque El nos amó primero (Juan, 4 :19). Es decir que hay una acción previa de la realidad última invitando al hombre a la sabiduría contemplativa, y el camino místico es una respuesta a este llamado. Lo que significa que existe otro actor en el drama y que nosotros debemos contar con la acción de su amor, Esto es llamado, técnicamente, Gracia.

Algo como la Gracia debe ser tomado en consideración en las vidas de todos los grandes místicos, ya sean judíos, cristianos, hindúes o budistas. Seguramente el Budismo Zen rechaza tal ideas y se jacta en su autoconfianza, llamada jiriki en Japonés. Aun aquí los maestros suelen tener pensamientos ambivalentes. En uno de nuestros diálogos zen-cristianos, un maestro anciano muy reputado comparó brillantemente al polluelo saliendo del cascarón. Por mucho que empuje dijo – el débil polluelo no puede emerger hacia la libertad a no ser que la madre picotee la cáscara desde afuera. Esto es equivalente a lo que los cristianos llaman gracia. Algo similar es encontrado en los famosos cuadros de la domesticación de la vaca que describen el trayecto zen hacia el despertar. Aquí el buscador debe ver las huellas y sentir la atracción de la vaca antes de emprender su ardua jornada.

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