alquimiaQué es la alquimia? Hace medio siglo no había en Occidente ninguna duda a este respecto: era una superstición existente entre los ignorantes de los tiempos pasados que creían que con ciertas manipulaciones se podría transformar metales viles en oro.

Luego que las ideas de Jung empezaron a circular en Europa, apareció una conclusión nueva, esclarecida, de la alquimia: era, realmente, psicología. Los alquimistas se autopsicoanalizaban; sublimaban y calcinaban su propio subconsciente. Su meta verdadera no era la de fabricar oro, sino producir un hombre no alienado.

En la Edad Media, las maniobras de este género patinaban sobre un territorio que la Iglesia consideraba suyo. Fue por esto que los alquimistas se vieron forzados a disimular lo que hacían realmente detrás de una tentativa aparentemente insensata de cambiar el plomo en oro.

Aunque esta explicación no satisfizo del todo a la nueva psicología, porque era sabido que aún en el siglo XX, en Fez, Cracovia, Damasco, París y Londres, hombres de gran inteligencia se dedicaban a operaciones tendientes a producir un oro amarillo perfectamente tangible. Ellos habían abandonado el carbón vegetal por el gas, pero hacían manifiestamente algo con marmitas y cacerolas, no con el yo y el ello.

Todas las ideas sobre lo que es la alquimia, vista desde el exterior, pueden repartirse en cuatro categorías, con interferencias entre ellas:

Primer punto de vista: Es posible transmutar un elemento en otro. Una de estas transmutaciones es la del plomo o del hierro en oro. La manera de proceder es un prodigioso secreto venido desde el fondo del tiempo. Es el secreto mejor guardado de toda la historia de la humanidad,

Segundo punto de vista: La alquimia es la ciencia que consiste en purificar la naturaleza íntima del hombre para llegar a ser un individuo no alienado. Comparado con el hombre ordinario, este individuo tendría ciertos poderes superiores. Por razones políticas, era necesario enmascarar esta actividad bajo la de una seudociencia de refinado de metales que la Iglesia no tendría ninguna razón para reprobar.

Tercer punto de vista: La transmutación de los metales es posible. El plomo puede ser cambiado en oro. El alquimista sabe cómo hacerlo y él guarda también un secreto más grande. Si hay una cierta relación con el crisol donde se verifica la operación, se produciría una transmutación semejante en su ser ordinario. En el momento en que el plomo llega a ser oro en el crisol, el espíritu del operador es transformado, como si fuera sometido a una irradiación potente. Por otra parte, ciertos subproductos químicos que restan en el crisol pueden ser conservados y servir, ya sea para hacer oro de nuevo, o para transformar a otros hombres. De allí las leyendas relativas a la píldora del hombre astuto, o al elixir que el conde de Saint Germain habría ofrecido a Casanova moribundo.

Cuarto punto de vista: El alquimista es un hombre que conoce un método inmensamente eficaz para limpiar los establos de Augias de su propio subconsciente. Si es impulsado suficientemente lejos, el proceso da nacimiento a un verdadero cuerpo espiritual dotado de propiedades pertenecientes a un orden de realidad diferente. Si ese cuerpo espiritual es proyectado de una cierta manera sobre los metales viles, cumplirá una transmutación comparable a la suya sobre la materia inorgánica.

Digamos a continuación que fuera del pequeño círculo de los alquimistas que han tenido éxito – si es que hay alguno – nadie sabe cuál de estos puntos de vista, solo o combinado con otro, se aproxima a la verdad. Podría ser que hubiera algo que deducir de las primeras proposiciones de la Tabla de Esmeralda de Hermes Trismegisto:

Es verdad, sin mentira, y muy verdadero:
lo que está abajo es como lo que está arriba,
lo que está arriba es como lo que está abajo,
para hacer el milagro de una sola cosa.

Que esto sea como un medio de hacer fortuna rápidamente, como método de desarrollo psicológico o como ciencia sagrada de espiritualización, la alquimia ha capturado la imaginación de Europa durante siglos y no ha perdido nada de su aura en ciertos medios, aunque muchos piensan que, desde el fin del siglo XVIII, pesa una prohibición sobre ella. Todo indica, sin embargo, que algo se trasluce de tiempo en tiempo.

La palabra alquimia puede venir del árabe alkimia. Los supuestos orígenes egipcios hacen pensar que la raíz chim pueda derivarse del nombre en lengua egipcia, que significa negro y designa la tierra negra contrastando sobre el tinte amarillento de las arenas del desierto. Otro origen posible sería la palabra griega chyma, que significa acción de fundir metales.

De todas maneras, la alquimia es extremadamente antigua, ya sea que sus primeras referencias historicas sean de la China o de Egipto. Existen textos chinos a favor o en contra de la alquimia que datan de 144 a.C. y existen razones para hacer remontar la alquimia china al menos al siglo IV a. C.

Los intercambios entre el Extremo Oriente y el Oriente Medio eran numerosos y la alquimia del Medio Oriente bien pudo venir de China. Por otra parte, la alquimia china era principalmente esotérica y pretendía producir una medicina que asegurara una larga vida o la inmortalidad, mientras que en el Oriente Medio, antes del Islam, la alquimia tenía un carácter esencialmente exotérico, y el alquimista se consagraba, por lo menos en apariencia, a manipular aleaciones de metales.

Al suponer que la China haya trasmitido la idea de la alquimia, es preciso observar que sólo podía tratarse de alquimia medicinal y no metalúrgica. Sin embargo, si se adopta el punto de vista según el cual la alquimia es la traducción en términos materiales de informaciones sobre eventos sin relación causal, informaciones obtenidas al acceder a un nivel superior de consciencia, la dificultad histórica no se plantea. Tanto en China como en el Medio Oriente se habría penetrado en los mismos dominios y traducido las mismas intuiciones en términos materiales correspondiendo a las psicologías respectivas: medicinales en uno, metalúrgicas en el otro, y en algún caso, una combinación de ambas.

Desde la fundación del Islam la alquimia pasó a ser una ciencia musulmana, aunque no fuera más que en el plano lingüístico. El árabe era la lengua culta en los imperios islámicos, y, por lo tanto, la lengua de las artes y de las ciencias. Pero los textos utilizados podían ser persas o griegos. El Islam se apropió en su totalidad de los conocimientos griegos sobre la alquimia. Numerosas y muy antiguas obras de alquimia fueron traducidas al árabe. Desde el siglo VIII, la civilización árabe había producido una pléyade de eruditos capaces de estudiar los textos griegos y así la trasmisión del saber del pasado alcanzó un gran auge. En cuanto a los alquimistas de origen árabe, ellos aportaron a este arte hermético una contribución extremadamente original.

Aparentemente practicaban una química ingenua, y en sus textos aparecían cuadrados mágicos cifrados. Hablaban de sustancias hipótéticas, de las cuales el azufre y el mercurio ordinario eran las formas más aproximadas. Y es que los más importantes alquimistas árabes de esa época eran sufíes, Ellos hablaban de cuatro elementos: la tierra, el agua, el aire y el fuego y de cuatro cualidades o naturalezas: el calor, el frío, la sequedad y la humedad. En presencia de estas cualidades, y gracias al influjo de los planetas, los metales se formaban en las entrañas de la tierra bajo la acción del azufre y del mercurio. El azufre y el mercurio perfectamente puros, combinados según ciertas proporciones daban origen al oro. En el caso en que fueran impuros y en proporciones no adecuadas, daban nacimiento a todos los otros metales.

Una figura descollante fue Avicena (980-1037). Era considerado como la más brillante inteligencia desde Aristóteles, se veía en él un genio y la suprema autoridad en todos los planos posibles. Aunque Avicena compartía las ideas en uso sobre la constitución de la materia, afirmaba que la transmutación de los metales en oro no tenía una base real. Habría varias explicaciones posibles.

La primera era que hombres de una inteligencia fuera de lo común, trabajando de manera pragmática, eran llevados a deducir ciertas conclusiones extraídas de su experiencia. Se trataba de materialismo científico al pie de la letra.

La segunda era que ciertos seres excepcionales, ligados a auténticas escuelas de desarrollo personal, habían enriquecido el saber práctico de su tiempo por haber tenido acceso a un estado superior de consciencia, el que les permitía conocer por inducción la manera de aplicar leyes naturales a eventos concretos.

La tercera era que los hombres de esta última categoría habían preferido disimular la fuente de su saber embrollando deliberadamente las pistas.

La tradición sufí parece ofrecer muchos ejemplos de esta manera de actuar. Está dicho que, a veces, la mejor aproximación a la realidad, a nivel temporal, consiste en el planteamiento de contrarios aparentemente irreconciables. Entre los siglos XII al XIII, Al-Ghazzali (1058-1111) y Rumi (1207-1273) fueron reconocidos como sufíes de estatura excepcional y ambos hablaban de la experiencia mística como de una transformación alquímica. Elementos contrarios, aunque opuestos en nombre, pueden actuar juntos, decía Rumi.

En esa época se tradujo por primera vez un texto alquímico árabe al francés. Uno de los primeros alquimistas europeos fue Alberto el Grande (1206 -1280), prototipo de numerosos personajes de la Edad Media que unían a un espíritu ávido de conocimiento un algo más que les valía ser admitidos en la misteriosa compañía de sociedades secretas. Monje dominicano – a pesar de su espíritu independiente – recorrió a pie Francia y Alemania enseñando filosofía, hasta que se radicó en Colonia, dedicándose a estudiar y a escribir en la soledad.

Alberto afirmaba que la transmutación alquímica de los metales era imposible y que lo más que podían hacer los alquimistas era enchapar los metales para darles la apariencia de oro. Por otra parte, declaraba que un conocimiento íntimo del proceso alquímico le había sido otorgado por la gracia de Dios. El renombre de Alberto era tal, que los jóvenes intelectuales de todas partes de Europa venían a recibir su enseñanza. Uno de los más famosos entre sus alumnos fue Tomás de Aquino (1226-1274).

Tomás parece haber creído en la realidad de la transmutación alquimica, pero su actitud representaba un elemento interesante no sugerido antes en el medio europeo. La Gran Obra dependía – según él – de operaciones ocultas de naturaleza celestial que la alquimia no siempre puede controlar. Así, el artista debe aspirar a la creación de condiciones apropiadas en él mismo dirigidas a favorecer la mediación de esta virtud celestial. La hipótesis planteada es que el proceso alquímico, ya sea que se dirija al desarrollo interior del hombre o a la transmutación de metales, depende de un factor de apariencia arbitraria, de origen cósmico, influyendo en un lugar y en un momento determinados.

Resulta interesante hacer notar que la tradición iniciática, en la corriente sufí, afirma que ciertas operaciones – aunque la manera de proceder sea correcta – no llegarán al término deseado (o, como ellos dicen, a la evolución buscada) si no concuerdan ciertas circunstancias: el esfuerzo adecuado, hecho por las personas adecuadas, en el lugar y momento adecuados. Si estas condiciones no están reunidas, no hay resultado.

Cualquiera que sea la realidad que se disimule bajo esta fórmula, ella explicaría por qué constantemente se hace mención en toda la literatura alquímica de algo intangible que los alquimistas, en general, no han podido encontrar y cuya ausencia siempre trasforma en vanos sus esfuerzos.

Uno de los más célebres contemporáneos de Alberto el Grande y de Tomás de Aquino fue Roger Bacon (1214-1292), el casi legendario Doctor admirable, que enseñaba en Oxford vestido de árabe, del que se decía que podía transformar en hombres a los demonios. Fue una de las más brillantes inteligencias de Europa y una de las más grandes figuras de todos los tiempos.

Bacon produjo tres obras monumentales: Opus Mayor, Opus Minor, Opus Tertium. Consideraba que la totalidad del conocimiento humano, pasado, presente y futuro, se encontraba en la Biblia; pero – contrariamente a sus contemporáneos – no creía que fuera un libro accesible a todos. Para comprenderlo, pensaba que era necesario un determinado nivel interior que exigía conocimientos alquímicos, astrológicos y mágicos. Era este un terreno evidentemente peligroso, sobre todo para un religioso – era franciscano – y su manera de pensar le acarreó un aprisionamiento de catorce años impuesto por su misma orden,

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