milky_wayQuisiera reflexionar sobre el estatus actual y las posibles direcciones futuras de la psicología transpersonal. Dicho más concretamente, quisiera a) identificar los principales “temas candentes” a los que se enfrentan la disciplina en este momento y b) sugerir algunas formas que pueden alentar una perspectiva más alentadora de lo transpersonal.

En tanto que campo académico, el reconocimiento e influencia de la psicología transpersonal parece estar creciendo, de manera lenta pero segura, y como evidencia el número cada vez mayor de universidades de todo el mundo que actualmente ofrece cursos o módulos para estudiantes y para postgraduados. En un sentido más amplio, sin embargo, la psicología transpersonal cada vez es más reconocida por el público en general, desde el campo de los autores y websites populares, y, muy en especial, gracias a la prolífica obra de Ken Wilber. Wilber es autor de más de veinticinco libros en las áreas de la psicología y de la filosofía transpersonal e integral y sus obras se han traducido a más de treinta idiomas –convirtiéndose en “el escritor académico más traducido de los EEUU” (www.integralnaked.org)- que ha conseguido, casi sin ayuda de nadie, elevar el perfil de los estudios transpersonales al de cualquier otro gran fenómeno cultural.

Pero Wilber (2000) informó que, en 1983, dejó de referirse a sí mismo como psicólogo transpersonal y que: “…la psicología, tal y como la hemos conocido, se halla, en mi opinión, básicamente muerta y su lugar se verá ocupado por enfoques más integrales. Dicho de otro modo, creo que la disciplina de la psicología –que incluye a las cuatro grandes fuerzas tradicionales (conductista, psicoanalítica, humanista/existencial y transpersonal)- está sencillamente agonizando y en ninguna de sus cuatro grandes formas, jamás volverá a tener una influencia dominante en la cultura ni en el mundo académico.”

En su lugar, Wilber aboga por una “psicología integral”, que ya no es, estrictamente hablando, una psicología, porque incorpora un enfoque omnicuadrante y omninivel (OCON) que requiere una perspectiva que va más allá de los límites de la psicología hasta llegar a incluir “dimensiones más elevadas y más amplias de la realidad”. Es por ello por lo que se niega a emplear la expresión “quinta fuerza” para caracterizar a este enfoque, ya que considera que el enfoque integral existe fuera del limitado marco de referencia de la comprensión psicológica.

Coincido básicamente con el enfoque OCON integral de Wilber, aunque estoy más de acuerdo con la faceta OC que con la ON. Dicho en otras palabras, me parece que es vital expandir nuestra comprensión hasta llegar a incorporar las dimensiones interna, externa, individual y colectiva del conocimiento transpersonal, pero no acepto, sin embargo, la formulación de Wilber de los “niveles” transpersonales. Dicho de otro modo, comparto la faceta “más amplia” del marco de referencia del model, pero no su caracterización de las facetas “más elevadas”. Lamentablemente, Wilber parece estar dispuesto a restringir la expresión “psicología integral” a un enfoque que acepte explícitamente su modelo espectral del desarrollo transpersonal. Y, puesto que mi visión no se adapta exactamente a los términos de ese modelo, no puedo, en consecuencia, adoptar cómodamente, independientemente de lo que de otro modo preferiría, la designación de “psicología integral” para referirme a mi enfoque. Y creo, además, que no soy el único en asumir esta visión. En la medida en que la “psicología integral” requiera la adopción de un paradigma específicamente wilberiano, impedirá asumir visiones alternativas y, en consecuencia, permanecerá cerrada a un debate abierto y crítico que alejará a muchos interesados. De este modo, la psicología integral corre, pues, el peligro de convertirse en un dogma que aleje a los pensadores más independientes que, en consecuencia, se nieguen a adoptar esa perspectiva.

Confío en que, en ausencia de un término mejor, la psicología transpersonal sobrevivirá relativamente intacta a la defección de Wilber, como también lo hará el área general de los estudios transpersonales y otras disciplinas transpersonales concretas como la psiquiatría transpersonal, la sociología transpersonal y la ecología transpersonal. Creo que, en este sentido, la supuesta muerte de la psicología transpersonal parafrasea la conocida afirmación de Oscar Wilde cuando dijo que “Los rumores de mi muerte han sido muy exagerados”.

La psicología transpersonal siempre ha incluido y se ha encontrado cómoda con una variedad de perspectivas diferentes y a menudo conflictivas acerca de lo transpersonal, y (como puede comprobar cualquiera que hojee las páginas de las grandes revistas transpersonales) siempre ha alentado el debate. Esto me parece refrescante y esencial para alentar la creatividad y el progreso de nuestros intentos colectivos de comprender el Misterio que se oculta en el núcleo de lo transpersonal. Aunque algunas personas necesiten la certeza que brinda una perspectiva cerrada, esto no es sólo opuesto al quehacer académico y científico sino, y quizá mucho más importante, puede ser profundamente inútil para las personas que buscan la plenitud espiritual. Los mapas pueden ser útiles pero, como suele reconocer el mismo Wilber, no son el territorio. También es vital, por tanto, que cualquier mapa sea tan exacto como útil.

En mi opinión, el mapa de Wilber del desarrollo transpersonal (que ordena jerárquicamente desde lo psíquico o sutil hasta lo causal y lo no dual) probablemente no sea exacto en ciertos aspectos fundamentales, excepto quizás al describir el camino del desarrollo transpersonal de determinadas tradiciones meditativas. Esto no significa que rechace sin más el espectro completo de Wilber del abordaje holoárquico. Creo, por ejemplo, que su caracterización de los estadios del desarrollo que van desde los niveles prepersonales hasta los personales es bastante exacto (y Washburn, 2003 también parece estar de acuerdo en esto). Sin embargo, me parece que su ubicación del estadio del centauro (integración personal, autorrealización, autenticidad existencial e individuación) antes del nivel transpersonal está profundamente equivocado. En su lugar sugiero, siguiendo a Jung, que el proceso de individuación es un largo proceso vital que no sólo implica integración de las realidades personales (es decir el cuerpo y la mente, la conciencia y el inconsciente personal), sino también de la experiencia colectiva y transpersonal. La realización del Yo que es, simultáneamente, el logro continuo de una vida espiritual integrada y encarnada en la que estamos plenamente comprometidos con el mundo (c.f. en la “regeneración en el espíritu” de Washburn o en la “vida unitiva” de Underhill). Obviamente, Wilber sugiere que los estadios superiores o transpersonales trascienden al tiempo que incluyen el estadio del centauro en lugar de reemplazarlo pero, en mi opinión, sería más exacto concebirlo al revés –y decir, por tanto, que el estadio de la individuación del centauro trasciende, al tiempo que incluye, a lo transpersonal.

A diferencia de Wilber, encuentro la visión de Ferrer (2002), de un futuro de la psicología transpersonal basado en la noción de espiritualidad participativa, mucho más coincidente con mi propia experiencia y, en consecuencia, mucho más interesante: “Dicho en pocas palabras, el giro participativo concibe los fenómenos transpersonales y espirituales no como experiencias individuales interiores, sino como eventos participativos que pueden producirse en diferentes ámbitos como, por ejemplo, en el individuo, de la relación, de la comunidad, de la identidad colectiva o de un lugar…. La emergencia de un evento transpersonal puede potencialmente implicar la participación creativa de todas las dimensiones de la naturaleza humana, desde la transfiguración somática hasta el despertar del corazón, desde la comunión erótica hasta la cocreación visionaria y desde el conocimiento contemplativo hasta la percepción moral.” (pág. 184).

Este enfoque participativo abarca una perspectiva pluralista que reconoce y honra las muchas formas en que podemos acercarnos al Misterio del ser y que la espiritualidad se ve cocreada en los eventos transpersonales igual que los distintos modos en los que el Misterio puede ser representado por diferentes sistemas de pensamiento, creencia y práctica. Estos sistemas pueden ser religiosos, místicos, filosóficos, psicológicos, sociológicos, políticos, ecológicos, etc.

Tal pluralismo no es, sin embargo, puramente relativista, porque no sólo restringe el Misterio a nuestra experiencia y limita los modos como puede simbolizarse y expresarse adecuadamente esta Realidad, sino que también es posible valorar diferentes experiencias y sistemas en función de su capacidad emancipatoria –es decir, en la medida en que alientan el avance hacia una conciencia desinteresada (Ferrer, 2002)-. Esta visión es completamente coherente con lo que hemos dicho respecto al pensamiento mítico –es decir, que nuestras narrativas deben ser valoradas en función de su capacidad de apoyar y guiar a las personas en su búsqueda de una mayor realización del bien humano. Ferrer y yo también coincidimos en que, a causa de que los eventos transpersonales son esencialmente cocreados, el desarrollo de formas de relación y de comunidad en las que puedan emerger los eventos transpersonales es esencial en cualquier agenda soteriológica emancipatoria.

La disciplina de la psicología transpersonal constituye, en mi opinión, una forma de comunidad en la que pueden emerger los eventos transpersonales. Esto no sólo puede ocurrir en nuestras actividades prácticas, como los talleres y eventos de entrenamiento, sino también a lo largo del progreso de nuestras investigaciones científicas y en el contexto de los debates y diálogos (a menudo encendidos) que tienen lugar en nuestras revistas, nuestros libros y nuestros congresos.

Una implicación importante de un enfoque pluralista es que nunca puede ser la perspectiva final y en última instancia válida de lo transpersonal. Como reconoce Ferrer, esto también se aplica a su propia perspectiva participativa y pluralista, que no afirma ser cierta “en ningún modo absoluto u objetivo”, sino que es, simplemente, en su opinión, “más coherente con los objetivos de las tradiciones espirituales del mundo y una forma más provechosa de pensar y vivir los fenómenos transpersonales y espirituales de hoy en día” (pág. 188). Ferrer también reconoce la existencia de una tensión creativa continua en el ámbito de los estudios transpersonales entre el universalismo y el pluralismo o entre el Uno y los Muchos. No nos enfrentamos, como disciplina, a la necesidad de elegir entre el universalismo y el pluralismo (representados, por ejemplo, en los enfoques de Wilber y Ferrer), sino más bien a la necesidad de avanzar  sobre la base de una dialéctica creativa entre ambas perspectivas. Un ejemplo de tal respuesta creativa a las exigencias aparentemente conflictivas del universalismo y del dualismo se encuentra, en mi opinión, en las diversas posturas interaccionistas con respecto al debate perennialista-constructivista sobre la experiencia mística, incluida la representada por mi propio “modelo 5 x 5” del misticismo.

Creo que, dentro de la psicología transpersonal, también existen otras dialécticas que, en los próximos años, nos obligarán a encontrar formas de compromiso más creativas. La más importante de ellas, en mi opinión, es la que existe entre las corrientes descendente y ascendente, y que se expresa de muchas formas y en versiones diferentes (como por ejemplo, entre la inmanencia y la trascendencia, entre “más amplio”/”más profundo” y “más elevado”, entre eco y ego y entre mundano y exótico). En el contexto de la teoría transpersonal, se encuentra básicamente en debates centrados en:

–          Agendas preaxiales (conservadoras) y agendas postaxiales (progresistas).

–          Perspectivas religiosas y no religiosas sobre lo transpersonal.

–          Espiritualidad indígena y las religiones establecidas del mundo.

–          Formas femeninas y formas masculinas de experiencia y desarrollo transpersonal.

–          Modelos espiral-dinámicos y modelos estructural-jerárquicos (escalera) del desarrollo transpersonal.

Como sucede con la dialéctica existente entre universalismo y pluralismo, nuestra tarea no consiste, en mi opinión, en elegir entre uno u otro de los enfoques en conflicto, sino más bien en encontrar respuestas creativas que nos permitan advertir las verdades espirituales que se expresan en ambas perspectivas. Dicho en otras palabras, necesitamos adoptar un pensamiento y una práctica “esto y aquello” más que un enfoque “esto o aquello”.

En términos de la dialéctica preaxial/postaxial, debemos desarrollar cocreativamente una visión postaxial que aliente el progreso psicológico, social y espiritual sin dejar, por ello, de preocuparse también por la conservación sana de nuestro ser físico y psicológico, de nuestras relaciones, de la sociedad humana y del planeta. O, dicho de otro modo, no se trata de elegir entre progresar o conservar, sino de progresar conservando. O, dicho en otras palabras, necesitamos un modelo espiritual que adopte el principio del desarrollo sustentable.

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