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Hace unos pocos decenios, la palabra psicología apenas se oía, salvo en discusiones entre filósofos, moralistas y estudiantes de técnicas religiosas ideadas para purificar y santificar las vidas de relativamente pocos individuos. La psicología era materia de estudio universitario. La ciencia médica le prestaba poca atención. Los trastornos mentales, la histeria, la insania -otrora atribuida a causas “ocultas” de “posesiones” demoníacas-, considerábanse principalmente enfermedades incurables, y a los individuos afligidos por ellas se los estigmatizaba como parias y, en ocasiones, como criminales. A la cordura y a la racionalidad se las veía como señales de lo divino en el hombre, y como se creía que el individuo tenía “libre albedrío” y que “era dueño” de su mente y sus sentimientos, perder el equilibrio mental y el control de sí significaba renunciar más o menos adrede a la propia naturaleza divina, convirtiéndose en presa de fuerzas animales o demoníacas. En la mayoría de los casos a los insanos se los trataba de conformidad con aquello.

Durante el siglo XIX empezaron a cuestionarse agudamente las ideas relativas a la naturaleza del hombre, no puestas en tela de juicio durante siglos. Los filósofos materialistas de la escuela alemana las cuestionaban en términos generales, procurando demostrar que todas las actividades del alma y de la mente humanas pueden reducirse y explicarse como productos de procesos bioquímicos, materiales. Más específicamente, los fenómenos psicológicos pasaron a quedar bajo el examen de los hombres cuya tarea era curar a los enfermos. Desde la época de Anton Mesmer, a fines del siglo XVIII, las enfermedades que lindaban entre lo puramente físico y lo psicológico -y en particular todas las formas de “histeria”- habían atraído la atención de los investigadores. La serie de variados intentos por curar estas enfermedades condujo, a su tiempo, hacia el psicoanálisis y Sigmund Freud.

Desde entonces, la psicología moderna se dividió en varias ramas: muy básicamente, la “psicología experimental” de laboratorios de Facultades según la línea del Conductismo y el estudio de los fenómenos primarios de atención, acción refleja, asociación de ideas, etc., y los varios tipos de psicoterapia que procuran curar las enfermedades de la mente y el interior del hombre. Los que discutiremos principalmente serán los géneros de psicoterapia que no se ocupan específicamente de la cura de formas agudas de insania, sino cuyo fin básico es más bien llevar a los hombres y mujeres de nuestra era caótica a un sentido mayor de salud y cordura (psicológica, moral y mental) y a una realización más vibrante de sus energías interiores. Los tipos de perturbaciones que estas psicoterapias intentan curar son producidas esencialmente por el desajuste de los individuos respecto de sus medios  ambientes: la familia, la escuela, los amigos, la sociedad. Se ocupan del conflicto básico entre lo individual y lo colectivo, entre el ego y todo lo que no es el ego, o sea, el “mundo externo”.

Tal conflicto es absolutamente básico en la naturaleza humana, y sólo en ella. El privilegio del hombre es llegar a individualizarse respecto de la multitud de la tribu, de la comunidad socio-religiosa en la que nació. El privilegio del hombre es sentirse “separado” como un “yo”, un ego que tiene características únicas. Ese es su privilegio, y su carga o responsabilidad trágica. Eso le convierte en un dios, o en un demonio.

Todos los psicoterapeutas, de Freud en adelante, se ocupan esencialmente del ego: del modo en que el ego se desarrolla, madura o no logra madurar, cristaliza según pautas sociales de aquiescencia o rebelión, se transforma venciendo sus limitaciones, y, en casos extraordinarios, se vuelve parte de una integración espiritual mayor. Sin embargo, cada escuela de psicoterapeutas asume un enfoque particular de los problemas del ego, y ordinariamente recalca un tipo de perturbación a expensas de las otras. Esto es así en gran medida porque el psicólogo no logra captar al ser humano íntegro como una totalidad orgánica, y especialmente porque no tiene modo de representarse directamente la estructura de esta totalidad.

Aquí entra la astrología; pues, en la carta natal, el astrólogo tiene un medio para estudiar la pauta global de las funciones, facultades e impulsos de una persona. Puede estudiar el diagrama de su evolución desde el nacimiento en adelante. Por tanto, puede ocuparse de la persona total, más bien que de sólo uno o dos impulsos y actividades fundamentales que contribuyen al crecimiento de la consciencia y del ego -o a su malformación y destrucción eventual-. Sin embargo, el tipo de psicología que es característica de la mayoría de los astrólogos y libros de texto astrológico es, por regla general, enteramente incapaz de cumplir con estas posibilidades. Es un tipo de psicología que aún se basa en las obras de Ptolomeo y Aristóteles -un tipo “clásico” empapado de antiguos conceptos religiosos y éticos, y aún de escaso contacto con el fermento de las ideas que Freud  y sus sucesores desataron sobre el mundo moderno-.

Freud no es un fenómeno único. Existe una correlación básica entre las actitudes hacia la vida que Darwin y Freud promovieran y popularizaran. Pues en estos dos pioneros hallamos la expresión de una rebelión profunda contra la “clásica” confianza en los factores intelectuales y racionales de la naturaleza humana, basada en las explicaciones que la teoría religiosa y el racionalismo del siglo XVIII daban para justificar los fenómenos biológicos y psicológicos, la génesis de las especies naturales y de los egos individuales de los seres humanos. Mientras los psicólogos clásicos y religiosos creían en un alma dada por Dios, y los biólogos creían que Dios había creado separadamente cada especie de entidades vivas, Darwin y Freud renunciaban al concepto de semejante creación “en lo alto”, y procuraban retratar un desarrollo progresivo y evolutivo de las especies y los egos “desde lo profundo”. Así nació la “psicología profunda” -una psicología que se hunde audazmente en las profundidades subconscientes del alma humana, una psicología evolutiva del ego.

Lo que Darwin y Freud intentaban destruir era el denominado concepto platónico de un mundo “espiritual” de Ideas o Arquetipos, anterior al mundo “físico” de los organismos materiales. Estos Arquetipos, siendo “Emanaciones” directas de la Mente Universal y sus Jerarquías Divinas, no se consideraba que estuvieran “evolucionando”. Se decía que habían sido creados completos y perfectos. La evolución sólo había de hallarse en el mundo material: un lento intento de organismos físicos o psicológicos de aproximarse cada vez más cerca a las pautas ideales que constituyen la “Realidad”.

Por otro lado, la psicología “clásica” se basa en el supuesto de que el hombre es un “alma divina” que opera en relación más o menos estrecha con un cuerpo material y una “personalidad” condicionada por la tierra. Toda persona es un “hijo de Dios”; o, en términos más filosóficos, primero de todo, es una entidad espiritual, cuya estructura y función esenciales son establecidas como un Arquetipo antes del nacimiento, y se perpetúan después de la muerte del cuerpo. Esta entidad espiritual es el yo “real”; y a él pertenecen los atributos espirituales de voluntad, carácter, discriminación entre el bien y el mal, moralidad y racionalidad, y creatividad mental. Estos atributos están en constante conflicto con los deseos y pasiones del cuerpo y la psique ligados a la tierra.

Durante la época Victoriana, habiéndose el género humano hallado repentinamente en posesión de  tremendos poderes materiales, enfrentó un incremento generalizado de la virulencia del conflicto entre los atributos espirituales y los deseos personales en procura del propio engrandecimiento y satisfacción -en especial, porque bajo los golpes de la crítica intelectual se desvanecía el poder de las restricciones religiosas y sociales del pasado-. Los resultados fueron evidentes: los “hechos de la vida” contradecían a cada paso a las máximas morales y a los ideales pomposos. Los seres humanos procuraban, cada vez más, llevar dos vidas a la vez. Se multiplicaban las neurosis, las psicosis y los casos de esquizofrenia. El peligro se tornaba tanto social como personal.

Tenía que ocurrir algo. Así como la osteopatía y la cirugía tuvieron que desarrollarse para la época en la que se multiplicaban las malformaciones y los accidentes ocupacionales con la difusión del maquinismo y de los trabajos oficinescos de encierro artificial, de igual modo la psicoterapia (la curación del alma o la “psique” personal, condicionada por la tierra) tuvo que descubrir técnicas que pudieran aliviar el estado generalizado de locura mansa que era la característica del ciudadano civilizado y mecanizado de la Era post-Victoriana. Cuando como resultado de algún profundo conflicto interior y de miedo, una persona se ve obligada a cumplir acciones repetidamente, no sólo contra su denominada “voluntad”, sino sin saber que las está cumpliendo, la psicología clásica cesa de tener significado práctico alguno. Si no sé quién soy o qué hago -entonces, para todos los fines prácticos, el término “yo” perdió su significado-. La persona bajo hipnosis está en semejante condición; pero también lo está el hombre con una “neurosis de compulsión” -sólo que en grado menor-. La psicología clásica liquidaba el problema declarando “insano” al hombre, y que la entidad espiritual dentro de él había “abandonado el cuerpo”.

Sin embargo, cuando el linde entre cordura y locura lo atestan millones de ciudadanos externamente normales, al problema no se lo puede desechar tan sumariamente. Ha de volver a formularse el problema de la cordura y la racionalidad -o mejor aún, el significado de voluntad, de personalidad, de ego-. La formulación no puede ser un juicio de blanco y negro sobre la base de consciencia o nada. Deberá admitir grados de grises: inconsciente, subconsciente, semiconsciente, consciente durante un tiempo… tal vez una consciencia de grados variables de brillo y poder penetrante; en algunos casos, una consciencia que logre acceder a los reinos que están más allá del alcance normal inclusive de la “luz blanca” -¿podríamos decir una consciencia ultravioleta?-.

Tal “escala” de consciencia sugiere la existencia de un proceso evolutivo; un proceso de crecimiento desde las raíces hacia arriba, un emerger desde las profundidades. El “yo individual, en vez de verse como un Yo arquetípico a priori -como alguna “pauta de perfección” que trasciende a la vida orgánica en la tierra- empieza a entenderse como el resultado final de la vida humana, como una victoria a ganar, como el resultado de un lento esfuerzo en pos de la integración y la individualización (o “individuación”). Y este esfuerzo puede malograrse, como lo puede el nacimiento. El “yo”-consciencia puede nacer sano, o emerger de la profundidad oscura e inconsciente del instinto malformado y retorcido por frustraciones y presiones de toda índole.

El hecho de que el ego emerja del instinto ocurre a través de los años de la niñez -¡puede inclusive ser condicionado por causas prenatales!-. Por tanto, las enfermedades de la voluntad y de la mente, y la predisposición a shocks psicológicos y colapsos morales-patológicos deberán rastrearse hasta lo que ocurrió durante los primerísimos años de vida. Por ello, el psiquiatra debe remontarse a estos comienzos del yo individual, tal como el naturalista darwiniano estudia particularmente aquellos restos del fosilizado pasado que muestran formas nuevas de vida que emergen de especies más viejas. El naturalista y el paleontólogo buscan sus claves a partir de fósiles profundamente metidos en viejas rocas traídas a la superficie de la tierra por cataclismos o largos siglos de erosión. El psicoanalista debe también hallar su camino hacia abajo, rumbo a las profundidades, rumbo a los estratos de la consciencia infantil -o aprovechar las erupciones psicológicas y la crisis cataclísmica del crecimiento del “alma” que traerán a la superficie recuerdos, largo tiempo olvidados, de shocks y frustraciones.

Sin embargo, normalmente los recuerdos conscientes de la mente, deformados ya por la fatiga o el miedo, no pueden ser de ayuda real para el psicólogo ávido de explorar el contenido del sector existente entre los instintos conscientes y las primeras vislumbres de la consciencia del ego. El ego resiste esta exploración tanto como un niño resistiría reingresar en el seno materno que condicionara su mismísima estructura. No obstante, cada mañana, al despertar, se experimenta de nuevo este proceso del emerger de la consciencia desde la inconsciencia. En esta “fase liminar” de la actividad mental, tiende a reproducirse el tipo de condiciones que prevalecían en la infancia. A estas condiciones las llamamos “sueños”. Cada mañana, cuando soñamos, somos nuevamente infantes que pugnan por emerger del seno materno de los instintos e ingresar en los problemas de la consciencia del ego y la adaptación de éste a nuestro complejo medio ambiente. Así, aprendiendo a entender el mundo de los sueños, también nos familiarizamos con los intentos que la consciencia efectuó y efectúa constantemente para afirmarse y ocuparse del poder de los instintos.

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