anandEn el cristianismo, la significación del Presente se expresa por las palabras de Cristo, dejad que los muertos entierren a sus muertos y no os inquietéis por el mañana (Mateo 8:22 y 6:34). El átomos nún de Aristóteles es inequívocamente en Corintios: Mirad, voy a enseñaros un misterio; no todos nosotros dormiremos, pero todos nosotros seremos cambiados. En un momento, en un abrir y cerrar de ojos, en el último toque de la trompeta los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos cambiados; un dicho que también nos recuerda el Único-instante del despertar ( eka-ksana-sambhodi) budista. Pues, de la misma manera que para Aristóteles y los budistas, así también en el cristianismo la corruptibilidad es inseparable de toda existencia en el tiempo; y ser resucitado incorruptible sólo puede implicar un paso desde el flujo de la existencia temporal a una eternidad presente en la que no hay ningún ayer ni ningún mañana, y en la que el cristiano ya ha vivido en la medida en que ha sido capaz de cumplir los mandamientos de Cristo de acabar con el pasado y de no inquietarse por el mañana.
Justamente en este sentido, A. A. Bowman observa que la preocupación religiosa de la vida es específicamente la preocupación de una vida de experiencia que renace momentáneamente en cada instante que pasa, y parece que se espera realmente que el verdadero cristiano sea, tanto como el sufí, un hijo del momento y, tanto como el Arahant budista, un Liberado para quien no hay ni pasado ni futuro. La realidad del presente eterno está ligada también con la del Espíritu Santo, cuya operación es inmediata, y súbitamente vino un sonido del cielo como de un viento impetuoso (Hechos 2:2).

A propósito de esto, Santo Tomás, al examinar el problema, de si la justificación del impío tiene lugar en un instante o sucesivamente, decide que tal justificación no es sucesiva, sino instantánea (es decir, justamente lo que los budistas habrían llamado un único-instante de despertar); pues una tal justificación depende del movimiento de la Gracia, que es repentino, y del libre albedrío del hombre cuyo movimiento es por naturaleza instantáneo; la justificación no puede ser sucesiva, porque querer y no querer los movimientos del libre albedrío – no son sucesivos, sino instantáneos.

En respuesta a la objeción adicional de que las condiciones opuestas no pueden coincidir en el mismo instante, y que así debe haber un último instante en el estado de pecado, y otro en el estado de gracia, replica que la sucesión de los opuestos en el mismo sujeto debe considerarse diferentemente en las cosas que están sujetas al tiempo y en las que están por encima del tiempo. Pues en las cosas que están sujetas al tiempo, no hay ningún último instante en el que la forma previa sea inherente al sujeto; pero hay el último tiempo, y el primer instante en que la forma subsecuente es inherente a la materia o sujeto; y esto por la razón de que, en el tiempo, nosotros no tenemos que considerar un instante como precediendo inmediatamente a otro instante, puesto que los instantes no se suceden uno a otro inmediatamente en el tiempo, ni tampoco los puntos de una línea, como lo prueba Aristóteles en Física. De aquí que todo el tiempo previo en que algo está moviéndose hacia su forma, ello está bajo la forma opuesta; pero en el último instante de este tiempo, que es también el primer instante del tiempo subsiguiente, ello tiene la forma que es el término del momento. Pero en las cosas que están por encima del tiempo la cosa es de otro modo Eso que se justifica es la mente humana, y ésta está por encima del tiempo, aunque está sujeta al tiempo accidentalmente, en la medida en que ella comprende con continuidad y tiempo Por lo tanto nosotros debemos decir que no hay ningún último instante en que el pecado sea inherente, sino un último tiempo; mientras que hay un primer instante en que la gracia es inherente; y en todo el tiempo previo el pecado era inherente.

Todo esto podría haberse expresado, y quizás aún más claramente, en los términos del círculo y de su (séptimo) rayo, donde la sucesión temporal corresponde al movimiento a lo largo de su circunferencia, y el movimiento ex tempore del libre albedrío al movimiento centrífugo (a saber, la caída o el descenso adentro de la materia) y al movimiento centrípeto (a saber, la ascensión o la resurrección).

En la Summa contra Gentiles, santo Tomás examina la eternidad de Dios, y cita a Aristóteles: el tiempo es la enumeración del movimiento y señala que sólo las cosas que están en el tiempo pueden medirse, pero Dios no se mueve en absoluto, y así no puede ser medido por el tiempo; tampoco existe antes o después, o deja de existir después de haber existido, o puede encontrarse en Él una sucesión cualquiera sino que Él tiene toda Su existencia a la vez; y ésta es la naturaleza de la eternidad.

En la Summa Theologica Sobre la Inmutabilidad de Dios, santo Tomás distingue: La idea de tiempo consiste en la numeración del antes y el después en el movimiento; así pues, la idea de la eternidad consiste igualmente en la aprehensión de la uniformidad de lo que es fuera del movimiento. Además, se dice que son medidas por el tiempo aquellas cosas que tienen un comienzo y un final en el tiempo pero, en cuanto a lo que es completamente inmutable, ello no puede tener ninguna sucesión, de manera que no tiene ningún comienzo ni ningún final La eternidad se llama todo, no porque tenga partes, sino debido a que no carece de nada la expresión todo simultáneamente se usa para excluir el ahora de tiempo Se dice que hace la eternidad el ahora que permanece quieto.


Además, el tiempo es uno. No porque es un número, porque el tiempo no es un número abstraído de la cosa numerada, sino que existe en la cosa numerada; de otro modo no sería continuo; pues diez varas de tela no son continuas por razón del número (diez) sino por la razón de la cosa numerada. La postura es completamente aristotélica; la pieza de tela no deja de ser una pieza de tela al final de cada pulgada para comenzar después nuevamente; y así en el caso de toda extensión, ya sea de tiempo o de espacio. El tiempo y el espacio son continuos. Ambos, como la unidad numérica, son infinitamente divisibles.

Examina dice san Agustín- las mutaciones de las cosas y encontrarás por todas partes ha sido y será. Piensa en Dios y encontrarás es donde ha sido y será no pueden ser Ser es un nombre para la inmutabilidad Hay una vida primordial y absoluta, en la que existir no es una cosa y ser otra, sino que ser y existir son la misma cosa; y una inteligencia primordial y absoluta, en la que estar vivo no es una cosa y comprender otra, sino que comprender es vivir,, y es ser, y todas las cosas son una. Nuevamente, en Dios, nada es pasado, como si ello ya no fuera; y nada es futuro, como si ello todavía no existiera. Todo lo que allí es, simplemente es. Y: Qué es mismidad, salvo eso que es?… Nadie tiene mismidad por sí mismo el cuerpo que tiene el hombre no es mismidad Tampoco el alma humana permanece ella misma La mente del hombre, que se llama racional, es mutable, y no es mismidad Pero tú eres siempre el automismado El hombre en sí mismo, no es, pues se cambia y se altera si no participa en Él, que es mismidad. El hombre es cuando ve a Dios. Es cuando ve a EL QUE ES; y viendo a EL QUE ES, el hombre también comienza a ser según su medida Pero cómo?… A través del Amor.

Y sigue: Mirad, nosotros hablamos y decimos en este año Decid más bien hoy, si queréis hablar de algo en el presente Enmendad también esto, y decid en esta hora. Pero de esta hora qué tenéis? Algunos momentos de ella son ya pasado, y los que son futuro todavía tienen que venir. Decid en este momento Pero en cuál momento?… Qué tenemos entonces de estos años?

Boecio, a quien santo Tomás cita a menudo, ha tratado admirablemente el tiempo y la eternidad. Para comenzar, observa que Dios es siempre porque siempre es con Él tiempo presente, y hay esta gran diferencia entre el ahora que es nuestro presente, y (el ahora que es) el presente divino, a saber, que nuestro ahora connota el tiempo y la sempiteridad que cambian, mientras que la eternidad la hace el ahora permanente, inmutable y auto-subsistente de Dios. Agregad semper a aeternitas, y tenéis el ahora siempre-fluente, incesante y, por consiguiente, el curso perpetuo del tiempo que es la sempiternidad. En otro texto observa que el juicio común de aquellos que viven para la razón, es que Dios es eterno y, así, consideremos lo que es la eternidad Es la posesión perfecta de una vida interminable toda a la vez ( tota simul) mientras que no hay nada localizado en el tiempo que pueda abarcar toda su vida a la vez Pues una cosa es ser llevado a través de una vida interminable (vida que Platón atribuía al mundo), y otra abarcar la totalidad de una interminable vida presente en toda su complejidad. De los momentos del tiempo transitorio dice que, de un cierto modo, imitan al ahora que permanece quieto, de manera que a cada momento parece ser una cosa. Y así, siguiendo a Platón, llamemos eterno a Dios y sempiterno ( pertetuum) al mundo. Entonces señala que el (así llamado) preconocimiento de Dios debería llamarse más bien el conocimiento de un instante que nunca se desvanece, que es un preconocimiento, como si se tratara del conocimiento de un futuro. Por consiguiente, no ha de llamársele una previsión o previdencia, sino más bien una providencia, porque, colocado lejos de las cosas más bajas, presencia, por así decir, todas las cosas desde la más elevada sumidad de las cosas y porque así no perturba la cualidad de las cosas que para Él son presente, pero que, con respecto al tiempo, son futuro.

En base a esto, Boecio es capaz de tratar efectivamente el problema del libre albedrío y la pre-destinación. Pues Dios presencia esas cosas futuras que proceden del libre albedrío, (no como futuras sino) como presentes; y esta inspección o providencia presente no impugna la libertad de querer o de negar, de la misma manera que nuestra mirada a lo que hace un hombre en un campo distante no controla en absoluto sus actos.

Para comprender esto más plenamente debe recordarse que, como ya dijo Boecio, la libertad de querer o de negar es el trabajo de la razón; mientras que el presunto acto de elección, según el cual nosotros hacemos lo que nos gusta, no es un ejercicio de libre albedrío sino una reacción pasiva e irracional a estímulos externos; y que, como dice santo Tomás, la operación de la razón o de la mente (en la medida en que esta última actúa realmente) está por encima del tiempo. Al examinar el fatum (el destino o sino), Boecio ya ha comparado el tiempo a la circunferencia de un círculo cuyo centro es la eternidad, y ha señalado que una cosa es muchísimo más libre del fatum cuanto más cerca está del pivote de todas las cosas; y si se agarra firmemente a la firmeza de la Mente Supernal, que está libre de todo movimiento, trasciende también la necesidad del fatum: es decir, evade la eficacia causal de los actos, la cual tiene lugar sólo en el mundo, mundo del que el Liberado ya no es, aunque todavía pueda estar en él. En otras palabras, los movimientos del libre albedrío son reales, pero su ocurrencia es ex tempore; y si a nosotros nos parecen pasados o futuros, ello se debe sólo al efecto de nuestras posiciones relativas con respecto al Ahora de la Eternidad.

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