El Sol es la evidencia más grande, radiante, directa y cotidiana que podemos tener todos los habitantes terrestres acerca de la vida y de su origen en el planeta. Esto ha sido así desde los más lejanos orígenes conocidos. Considerado legítimamente como un dios por los pueblos originarios, para quienes todo dependía en términos de vida o muerte – de la presencia o eventual ausencia del dios. En la vida de los hombres más primitivos, los recolectores nómades, todo es inmediatez, no se puede preservar la comida, aún no existen las cosechas pues no hay desarrollo agrícola, y todo depende de la presencia inmediata del gran astro. Así pues, es el hombre el que se mueve, tal como las manadas animales, hacia aquellos lugares donde el Sol y el agua dulce podían asegurar la existencia de vida y de alimento. La observación prolongada de los cambios cíclicos pero constantes en la luminosidad solar a través de largos períodos, fue probablemente lo que permitió a nuestros ancestros arriesgarse a esperar en un lugar fijo el retorno de la primavera y el verano, y con ello el brote de la vegetación y la maduración de los frutos. Rápido de decir, pero un inmenso cambio cultural y de las costumbres para la especie. Empiezan así los pueblos agrícolas, en su gran mayoría sedentarios.

Dice el Génesis que los astros fueron creados al tercer día. E hizo Dios los luminares grandes: el luminar grande para que señorease en el día, y el luminar pequeño para que señorease en la noche, y las estrellas. Y púsolos Dios en el extendimiento de los cielos, para alumbrar sobre la tierra

El firmamento está sembrado de estrellas, y una inmensa mayoría de ellas es de mucha mayor magnitud que la de nuestro Sol local. Sin embargo, nuestro pequeño Sol es la única estrella visible que, para nuestra humana visión, emite una luz continua, a diferencia de las otras, discretas y titilantes. Para nuestra pléyade planetaria entonces, el Sol es la continuidad y la permanencia, la certeza, la sobrevivencia, la constante presencia.

El Sol permanece en el lenguaje cotidiano como sinónimo de luz, de irradiación, de vida, de calor, de centro vital de todas las cosas. Eres un sol, decimos a alguien que nos llena de vida, de alegría, de calor, o que parezca impregnar con su vitalidad a todo su entorno. En la Astrología, el Sol como cuerpo celeste es el centro luminoso de consciencia alrededor del cual giran todos los demás aspectos de la carta natal, que vienen a ser facetas parciales o cualidades específicas de ese todo que puede resumirse en el Sol, que es el verdadero héroe nuestra consciencia – que viaja desde el alba hasta el ocaso de nuestra vida, capitalizando la esencia de todos los fragmentos: actividades, pensamientos, sentimientos, sueños, anhelos, emociones, experiencias diversas. Al final de la vida, el Sol es la síntesis; al cabo de todo el trayecto, es el punto donde todo se sume y resume.

Como astro celeste rige el signo de Leo, reconocido como aquel que hace girar las cosas en torno de su persona, retribuyendo a cambio con una vitalidad y creatividad constante a su entorno. Los nativos de Leo y la parte leonina de cualquiera de nosotros – pueden ser extraordinariamente expresivos y creadores durante toda su vida, y mantener hasta el fin de su existencia un espíritu juguetón capaz de ver las cosas como la vez primera, encontrando siempre nuevas formas de disponerlas, representarlas, revitalizarlas o acercarse a ellas, en una generación constante de nuevas vidas u obras.

En el cuerpo humano, el Sol rige el corazón, órgano central de nuestra vida encarnada, aquel que nos individualiza como ningún otro órgano corporal. La mente puede estar poblada de ideas ajenas, de principios aprendidos, de obsesiones, de temores reales o imaginarios, pero lo que sentimos en el corazón es lo que es, no se puede falsear, aunque se pueda negar o reprimir. El corazón tiene razones que la razón desconoce (Blas Pascal).

La mente puede enfermar o morir y aún así la vida puede seguir. Cuando el corazón muere, la vida encarnada simplemente acaba. Sincronísticamente, los cardiólogos han declarado a Agosto el mes del corazón, y Agosto es el mes del Signo Solar de Leo.



Por más o menos identificados que nos encontremos con nuestra mente, con nuestra cabeza como el centro directriz de nuestra vida, como el punto más elevado y gobernador de todo aquello que nos parezca jerárquicamente inferior, cuando hablamos de nosotros mismos y decimos yo, uno de nuestros dedos, o la mano completa, tocan el pecho, la residencia del corazón. El corazón, el cor, es, etimológicamente, la cuerda que enhebra la esencia de nuestras experiencias desde los más remotos tiempos, como las cuentas de un collar. En el corazón, simbólicamente, se almacena la suma de lo vivido, que es indestructible.

El corazón, tal como el Sol, llena de vida y calor al cuerpo completo, irradiando en todas direcciones; el corazón es el centro de nuestra vida, bombea tanto la sangre como el sentir a todo el organismo; de modo análogo, el dedo del corazón es también el dedo medio de la mano. Por extensión, el centro, el medio de cualquier cuerpo, objeto, ciudad, organización o grupo, es considerado el corazón, como el centro medular alrededor del cual los demás niveles se organizan o subordinan, ya se trate del pedestre corazón de la sandía, de la plaza de armas del pueblo o del corazón espiritual del mundo.

En la Mitología grecorromana, más de una figura se asocia al astro celeste. Por una parte, el propio Sol griego, Helios, hermano de la Aurora y de la Luna (Eos y Selene), quien recorre todo el cielo, en su carro de fuego tirado por cuatro caballos, de oriente a occidente hasta llegar al mar, donde se bañan las cabalgaduras luego de la jornada. Por la noche vuelve al punto de partida a bordo de una barca que cruza los mares nocturnos.

El Sol se representa también en el mucho más reconocido dios Apolo, hijo de Júpiter, el más hermoso de los dioses y protector de las Artes, las Letras y la Medicina. Patrono de la belleza, el equilibrio y la armonía. Inspiración de los creadores, inteligente, poderoso y temible, es considerado también un dios oracular y guía de la purificación de los cuerpos y de las almas. Dios del calor y del verano, su influjo hace germinar a la naturaleza y madurar a los frutos.

Tal como la polaridad celeste de Sol y Luna, Apolo tenía una hermana gemela complementaria, Artemisa. Luego de algunas malas conductas que lo llevaron a enemistarse con su grandioso padre, y numerosas aventuras, finalmente fue perdonado por aquel, quien le asignó la importante misión de conducir el Carro del Sol, diariamente, desde la Aurora hasta el Ocaso en el mar. Apolo tuvo numerosas aventuras amorosas, masculinas y femeninas, algunas de ellas bastante desdichadas por no ser correspondido. Por haberse burlado en una ocasión de Cupido, éste se vengó provocando en Apolo un amor irrefrenable por la ninfa Dafne, y en ésta, un total desdén por el dios. Huyendo de su pasión desbordante y a punto de ser alcanzada, suplica Dafne por ayuda, siendo convertida en el perennemente verde árbol del laurel.

Desde entonces el laurel fue el árbol predilecto de Apolo y con sus hojas coronó a los victoriosos, a los grandes creadores y artistas, a los emperadores, a todos aquellos que constituyen la élite de la sociedad en cualquier plano, y que como tales se convierten en motivo de admiración e inspiración para sus conciudadanos, en modelos a seguir, en pequeños soles en medio de la población. La corona de laurel pasó a ser sinónimo del reconocimiento de la excelencia de las creaciones o actos admirables, de la sabiduría o el heroísmo, y de la gloriosa inmortalidad adquirida por aquellos. De esta forma el galardonado adquiría algunas de las cualidades de su dios tutelar. Las hojas de laurel eran también la base del estado de trance que requería la pitonisa y demás augures para invocar al dios y recibir las respuestas para quienes los consultaban, y además se le atribuía el poder de ahuyentar el mal y la oscuridad. Al ser el laurel el árbol sagrado de Apolo, el contacto con la planta, ya fuera como corona, masticando sus hojas o quemándolas en el brasero, suponía la protección e inspiración directa del dios, e incluso el traspaso de algunos de sus divinos atributos.

Interpretado desde la psicología moderna, podría considerarse que Apolo es un símbolo de la consciencia, tal como el mismo Sol. Pero este dios no es el Sol, sino su auriga; es el portador de luz, y no la luz misma. El templo de Delfos, dedicado a Apolo e inspirado en su figura, tenía la inscripción Conócete a ti mismo, y supone que la influencia del dios ayudaba a través de la Pitonisa – a encender la luz de la consciencia interior del consultante y disipar la oscuridad. Lo que permanece oculto o velado no puede ser superado ni menos sanar. Debemos notar que Apolo no habla directamente al consultante, lo hace a través de un intermediario o augur, y no necesariamente con palabras explícitas o directas. Su inspiración busca que cada persona afirme un centro estable dentro de sí misma, un sentido propio que se auto sostenga sin depender de los demás. El Sol de cada uno debe independizarse de la opinión ajena y brillar en forma independiente.


En el Tarot, el Arcano del Sol, el número XIX, alcanza similares significados. La imagen muestra un enorme sol irradiando luz y calor (rayos dorados y rojos), arriba, y bajo él, una pareja de niños en un entorno campestre. La escena habla de vitalidad, calor, alegría, vida renovada. Los niños muestran la vida nueva, alegre, juguetona, plena de espíritu lúdicro y capacidad creativa, como si las cualidades solares se traspasaran directamente a sus personitas transformándolos en pequeños magos, al mismo estilo apolíneo. Pero no es éste uno del los primeros arcanos, sino que el antepenúltimo, lo que suscita la analogía de que no se trata de la inocencia de la primera infancia, sino la recobrada o la renacida luego de una serie de experiencias diversas por toda la gama humana posible.

La sentencia de Jesús Os aseguro que si no os hacéis como niños, no entraréis al reino de los cielos, sugiere que no se trata de permanecer en un estado cándidamente infantil al estilo del síndrome de Peter Pan, sino de recuperar la pureza y transparencia infantil, luego de la serie previa de Arcanos: la lucha, la decepción, los primeros logros, la fascinación, la búsqueda, la muerte del pasado, la transformación. El arcano El Sol sucede al Arcano XVIII, La Luna, y todos sus miedos inconscientes asociados. Retorna pues en el Sol la capacidad de gozar en el presente, de experimentar en forma natural y alegre, espontánea, sin considerar consecuencias o esperar otro beneficio que el goce mismo en el momento. Bajo el Sol todo puede ser posible, divertido, creativo, sin necesidad de que sea útil, perdurable o continuo. Se re-descubre aquí un nuevo valor en la vida, con ojos nuevos y maravillados. Porque el Sol es alegría de vivir, gozo y espontaneidad, y no puede reprimir su irradiación, independientemente de los efectos que produzca o las consecuencias que eso traiga. El Sol es el presente, lo que sucede en y por su presencia sucede ahora. Tal como dijéramos para el corazón, que siente lo que siente sin que se pueda falsear. El corazón no puede sentir a futuro, a diferencia de la mente, capaz de proyectar desde el presente a cualquier distancia por venir.

En un sentido adivinatorio, la influencia benéfica del Arcano del Sol del Tarot puede indicar la genialidad del consultante, aquello en lo que es único y talentoso, y también los logros, la alegría, la paz, la lucidez, la abundancia, el éxito. Pero así como en la carta astral el Sol es el yo, según el diámetro del círculo que ese yo suscriba también puede considerarse su lado negativo, el de un Sol sobredimensionado, es decir, un gran ego. El punto central es interdependiente con el círculo, es decir, con aquello que lo rodea. No tiene sentido un Sol, ni un Leo, sin un sistema girando a su alrededor, de tal modo que, en su aspecto negativo, el Sol puede convertirse en un déspota, en un tirano, en un destructor, distorsionando sus poderes creativos y vivificadores en elementos de control o posesión de su entorno, de la misma forma como el Sol estelar podría calcinar la vida terrestre en un abrir y cerrar de ojos. De su exceso viene la destrucción. Los símbolos a menudo presentan este carácter ambivalente, presente también en el símbolo solar: quien da la vida, paternalmente, es también quien la puede quitar.

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