El tema del Molde del Hombre, tratado en forma específica en el capítulo 16 de “El Fuego Interior”, es probablemente uno de los más inquietantes y controversiales de toda la serie de libros de Carlos Castaneda en su largo periplo por el aprendizaje y prácticas conducentes al grado de nagual, a cargo de su mítico guía, personificado en don Juan Matus. Se toca en dicho capítulo el corazón de prácticamente todas las prácticas espirituales, pero desde una óptica completamente atea, ‘laica’ y desprovista de toda la connotación sublime o mística que se le otorga en el marco de cualquier concepción re-ligiosa.

Sin embargo, es posible establecer algunos paralelismos muy evidentes con otras tradiciones. Por una parte, lo que acostumbramos a llamar ‘experiencias cumbre’ o ‘experiencias trascendentes’, existen en todas ellas como grandes hitos que nos permiten comprender vivencialmente realidades que, aunque están muy por encima de la vida cotidiana habitual, la incluyen, otorgándonos un sentido, una sensación de propósito, un sentimiento de inapelable verdad que tanto modifica radicalmente nuestra sensación de identidad con lo que nos rodea, como nos incentiva a comenzar, retomar o seguir avanzando en nuestra práctica cualquiera que ella sea; tanto nos incrementa una sensación de conexión vertical y horizontal como nos suscita el deseo de contribuir a que otras personas puedan participar o acceder a esas experiencias; nos hace germinar un sentimiento imborrable de ‘familia humana’, de comunidad, de hermandad más allá de cualquier diferencia, a la vez que nos acucia una comezón –incluso una sensación de urgencia- por la gran necesidad de la humanidad, llevándonos a visualizar o intentar formas en las que aportar a ese conjunto que puede y debe progresar. Sucede como si de súbito se comprendiera el propósito de la vida y de las formas que la habitan, con toda su belleza, imperfección y sufrimientos. En suma, son experiencias que, tanto si sobrevienen en forma súbita como si son largamente buscadas por los practicantes, nos producen sentimientos comunes de reverencia, de sacralidad de la existencia y de respeto por aquello que, estando más allá y por sobre nuestra experiencia humana habitual, se percibe con certeza como la dirección en la que debemos intentar movernos para progresar evolutivamente. Se percibe además que la verdad y realidad de la experiencia es irrefutable.

En casi todas las concepciones que se proponen como un camino evolutivamente ascendente para el hombre, aquello que está ‘más allá’ o ‘por encima’ del hombre natural es un Dios, una Diosa, un Self, un Yo Superior o una Mente Universal en la que se resuelven muchas de las contradicciones y pares de opuestos que a distintos niveles nos atormentan. De modo que conectar en cualquiera de sus formas con esos niveles trascendentes es sentido como participación espiritual, paz interior, gozo, comprensión intuitiva, vislumbre de nirvana, o un alcanzar o rozar por fin el verdadero hogar como contrapunto al sufrido samsara. En muchas religiones, sin embargo, se plantea, al menos masivamente, una contraposición fuertemente contrastante entre el nivel trascendente y la humanidad, considerándose a aquél infinitamente por encima de los seres humanos, y a éstos como una gran masa de iguales frente a esa realidad trascendental, o Dios. En algunas concepciones incluso sólo existe Dios y el hombre a secas, descartándose cualquier nivel intermedio y por tanto ignorándose todas las realizaciones espirituales de grandes hombres considerados por otras tradiciones como maestros, santos, guías o gurúes.

En el aprendizaje de Carlos Castaneda -como en otros realizados a través de escuelas y/o guías-, existe una realización gradual, es decir, un discipulado a través del cual un hombre escogido por ciertas condiciones apropiadas, es llevado hacia un paulatino progreso mediante una instrucción y prácticas precisas acerca de las que el alumno en principio no comprende ni en su utilidad ni en su propósito. Esa instrucción y guía es completamente personalizada en medio de condiciones creadas por el propio guía de acuerdo a los objetivos que persigue. Están en medio del mundo y sin embargo permanecen fuera de él, tal como si se utilizara el entorno como escenografías para el desarrollo de ciertos dramas que tendrán efectos específicos en el progreso del alumno.

Las prácticas de Castaneda nunca son religiosas en el sentido habitual en el que es utilizado el término, aunque desde todo punto de vista poseen un ritual y en todas ellas se aprecia un profundo respeto por lo que genéricamente podríamos llamar las fuerzas de la vida, o las energías en juego; las prácticas van paralelamente minando lo único por lo que no existe ningún respeto ni consideración, esto es, el ego del alumno, sus sentimientos de importancia personal y todas sus concepciones y cristalizaciones previas. Se destruye deliberadamente su idea del mundo y de sí mismo, sus certezas, para hacerlo permeable a otras realidades. El incremento gradual de consciencia del alumno, derivado de las experiencias a las que va accediendo a lo largo de los años, no lo lleva más cerca de ninguna potestad superior, sino más bien al conocimiento, percepción  y dominio creciente de esas energías en juego. Esto significa desarrollar atención, instinto, intuición, intención, percepción en la cuarta dimensión, sueño consciente, etc. No hay actos de devoción, de beatitud ni de veneración alguna. Sí, de profundo respeto por las distintas manifestaciones de las emanaciones del Águila, que podríamos equiparar al tradicional “temor de Dios”.

Castaneda va comprendiendo paulatinamente la estrecha relación entre su cuerpo, considerado como núcleo energético y ‘procesador’ de energías, y aquello que puede percibir y realizar. Otras tradiciones se refieren al cuerpo como “el templo de la divinidad en nosotros”, lo que se va evidenciando en el camino que transita Castaneda pero sin ninguna connotación de divinidad. Ciertos actos conscientes producen cambios en ese cuerpo energético que como consecuencia llevan a estados de consciencia acrecentada acerca de la realidad de las energías implicadas; eso es todo. Cada visión de mundo tiene su correlato en el cuerpo energético de la persona, o dicho en la jerga de don Juan, cada concepción de la realidad depende esencialmente de la ubicación del punto de encaje. En el mundo de don Juan todo es niveles de energía, tramas y emanaciones de energía que tanto se pueden ignorar como alinearse con ellas o utilizarlas como vehículo para conocer más profundamente los múltiples mundos implicados tras la materia, que se evidencian de forma cada vez más precisa a lo largo de la serie de libros de Castaneda.

Simultáneamente, el alumno se va conociendo a sí mismo, procesando sus miedos, depurando los lastres que lo limitan al mantenerlo atado al pasado (lo que don Juan llama el ‘borrado de la historia personal’), y fundamentando su conocimiento en experiencias –no en creencias-, lo que modifica radicalmente su estructura mental, sus hábitos y creencias previas, y sus escalas de valor. En este mundo mágico, en esta “realidad aparte” sutil pero consistente, se nos presenta la relación de don Juan y su discípulo, con una coherencia interna potente y difícilmente contrarrestable. No hay un Dios aquí, ni un futuro ni un propósito último más allá de la –por cierto inmensa- tarea de tomar consciencia y dominar la realidad presente, en sus múltiples niveles paralelos y complejidades energéticas. No se describe un objetivo más allá de esto.

En este contexto, la experiencia de la llamada en otras tradiciones –por lo general en la vía mística de las mismas- propia divinidad, Yo Superior, Cristo, satori o incluso Dios, es un importante hito en el camino, pero sólo es eso: la evidencia que muestra que el alumno ha alcanzado cierto dominio de sus propias energías como para acceder a esa percepción, la que eventualmente podría repetir a voluntad, lo que es radicalmente diferente de las concepciones espirituales más generalizadas en la humanidad. Esa experiencia medular (casi diríamos “fundacional” para todos aquellos que siguen un camino) es la que don Juan Matus designa con el modesto y pedestre nombre de “ver el Molde del Hombre”, al que considera como una suerte de arquetipo inerte que simplemente nos imprimiría las características humanas que compartimos. Don Juan, como guía, propicia la experiencia inicial, la que luego podría ser alcanzada por su discípulo independientemente de la participación de don Juan.

Resulta, para nuestra formación impregnada de tradición judeo cristiana, tan iconoclasta esta visión, tan rupturista de lo aceptado –como lo habría sido también para Castaneda-, que merece una revisión. Aún aquellos de nosotros que no declaremos religión alguna o que nos agrupemos bajo el título de agnósticos e incluso ateos, hemos vivido inmersos en una cultura de tradición judeo-cristiana que ha impregnado todos los ámbitos de la vida; hace muy pocos siglos que en Occidente se separaron la religión y el Estado, por ejemplo, y en la práctica nunca han estado totalmente separados, con lo que todas las esferas de la vida común se han regido en algún grado por los conceptos de bien/mal, premio/castigo, cielo/infierno, culpa, pecado, etc., en el marco de una relación del ínfimo ser humano frente a una omnipresente presencia Superior que lo juzga, lo premia, lo ama, lo castiga, lo califica permanentemente e incluso lo condena. No deja de ser curioso que en nuestro racionalista Occidente mantengamos por lo general tan separados el mundo de la creencia –por lo general indiscutible- de la evidencia intelectual o el fruto de la experiencia que exigimos en otras áreas. El porcentaje de individuos que han tenido una experiencia transpersonal continúa siendo una minoría; y aunque un número creciente de personas busca tener vivencias más allá de la existencia material o emocional comunes, la gran mayoría continúa entregándose mansamente a alguna creencia tranquilizadora sin ningún atisbo de buscar evidencia acerca de la realidad última que ésta ofrece, y a la que a menudo dejamos simplemente que nos dirija y limite la vida sin haber cuestionado nunca las bases de tales imposiciones. Defendemos apasionadamente nuestras creencias sin ninguna evidencia de aquello que persigue –por eso son creencias-, lo que parece especialmente contradictorio en Occidente, donde la búsqueda persistente de alguna práctica que nos lleve a constatar las realidades intangibles sólo se han vuelto crecientes en los últimos – si acaso- cincuenta años. De tal modo que considerar la óptica de don Juan nos puede estimular a una reflexión más profunda sobre estos puntos tan centrales y decisivos de la experiencia humana posible, y que nos puede movilizar, en primer lugar, a dudar o confirmar nuestras concepciones previas, pero por sobre todo, nos puede impulsar hacia una práctica que busque la comprobación vivencial de aquello que no puede ser explicado ni menos repetido de oídas o de segunda mano. De aquello que no puede ser una simple creencia.

A continuación extractamos y comentamos los párrafos más explicativos del capítulo 16 de “El Fuego Interior”:

“Después del almuerzo, don Juan y yo nos sentamos a hablar. Comenzó sin preámbulo alguno. Anunció que habíamos llegado al final de su explicación. Dijo que ya había discutido conmigo todas las verdades del estar consciente de ser, descubiertas por los antiguos videntes. Recalcó que ahora yo conocía el orden en el que los nuevos videntes las dispusieron. Dijo que en las últimas sesiones de su explicación me dio una relación detallada de las dos fuerzas que ayudan a mover nuestros puntos de encaje: el levantón de la tierra y la fuerza rodante. Explicó también las tres técnicas desarrolladas por los nuevos videntes, acecho, intento y ensueño, y sus efectos sobre el movimiento del punto de encaje.

– Ahora –prosiguió-, lo único que te queda por hacer para completar la explicación de la maestría del estar consciente de ser es romper por tu cuenta la barrera de la percepción. Sin ayuda de nadie, tienes que mover tu punto de encaje y alinear otra gran banda de emanaciones. Si no llegas a lograr esto, todo lo que has aprendido y has hecho conmigo será mera plática, simplemente palabras. Y las palabras valen poco.

Explicó que al moverse el punto de encaje y al alcanzar cierta profundidad, rompe una barrera e interrumpe momentáneamente su capacidad para alinear emanaciones. Experimentamos esa ruptura e interrupción como un vacío perceptual. Ese momento era llamado la pared de niebla por los antiguos videntes, porque aparece un banco de niebla cada vez que el alineamiento de emanaciones da un traspié.”

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