Comencemos comparando las descripciones de Jekyll y Hyde que nos ofrece Stevenson. Jekyll era un hombre de unos cincuenta años, alto, fornido, de rostro delicado, con una expresión algo astuta, quizás, pero que revelaba inteligencia y bondad. No existe, por tanto, razón alguna para suponer que Jekyll careciera de cualidades positivas. Tan sólo la alusión a su expresión algo astuta nos hace sospechar que bajo su apariencia apacible y bondadosa podría ocultarse una personalidad mucho más problemática.

En otro momento el mismo Jekyll se describe a sí mismo con más detalle diciendo que era un hombre merecedor del respeto de los mejores y más sabios de mis semejantes, lo cual confirma que su aparente bondad y amabilidad encubría un deseo desmedido de aprobación social que le llevó a adoptar una pose ante la galería o, lo que es lo mismo, que su amabilidad tenía como único objetivo conseguir la aprobación y el respeto de los demás.

Jekyll, sin embargo, también subraya otro rasgo de su personalidad, una disposición alegre e impaciente que termina conduciéndole a una búsqueda de ciertos placeres difícil de compaginar con su imperioso deseo de gozar de la admiración de los demás, una contradicción que le hizo adoptar una actitud de continencia desusadamente grave. En otras palabras, su exagerada rigidez era una máscara que cumplía con la función de proteger esa faceta de su personalidad que deseaba mantener oculta y por la que sentía una vergüenza casi morbosa. En consecuencia, Jekyll escribió: Oculté mis placeres y… me entregué a una doble vida.

Jekyll demuestra tener cierto grado de comprensión psicológica. Cuando se da cuenta de la dualidad de su propia naturaleza declara que el hombre no es verdaderamente uno, sino dos e incluso aventura la hipótesis – confirmada por los recientes descubrimientos de la psicología profunda – de que el ser humano es un conglomerado de personalidades diversas. Jekyll advierte que su dualidad es verdadera y primitiva, es decir, arquetípica y, por tanto, inseparable de la estructura psicológica fundamental del ser humano.

Lamentablemente, sin embargo, la profundidad de su comprensión psicológica – que podría haber contribuido a un desarrollo considerable de su consciencia – se ve dificultada, como veremos más adelante, por un desafortunado error de apreciación.


Stevenson describe a Hyde como un hombre joven, de corta estatura y apariencia perversa que da la impresión de tener algún tipo de deformidad. No parecía un ser humano sino un monstruo, un ser cuya mera visión despertaba la repugnancia y el rechazo de los demás, un individuo carente del más mínimo asomo de conciencia moral y de sentimiento de culpa que tenía la misma sensibilidad que un banco de madera y que parecía incapaz de cualquier tipo de sentimiento humano.

La sombra contiene toda la energía reprimida inconsciente, por tanto no debe extrañarnos que Hyde sea descrito como un individuo joven. Es por ello que cuando el individuo toma consciencia de la sombra suele establecer contacto con una fuente de energía renovadora. Por otra parte, su corta estatura y su apariencia deforme indican que la sombra de Jekyll no había salido muy a menudo a la luz del sol y que se había visto obligado – como los árboles que crecen entre rocas a la sombra de otros árboles – a vivir la mayor parte del tiempo en la oscuridad del inconsciente.

La ausencia de conciencia moral de Hyde, descrita por Jekyll como una disolución de los vínculos de todas mis obligaciones, constituye también una característica fundamental de la sombra. Pareciera como si la sombra abandonara los sentimientos y las obligaciones morales en manos del ego y entonces, carente ya de conciencia moral, se entregase a la satisfacción de todo tipo de impulsos prohibidos. No obstante, el aspecto más relevante de Edward Hyde proviene del comentario hecho por Jekyll cuando tomó la pócima y se transformó en Hyde por vez primera: Supe… que era ahora más perverso, diez veces más perverso, un esclavo vendido a mi maldad original.

Al comienzo del relato Jekyll nos habla de una cierta disposición alegre e impaciente, un rasgo de su personalidad que le conduce a una búsqueda del placer que puede llevarle a cometer alguna que otra travesura. Pero una vez que se ha convertido en Hyde descubre que su perversión va mucho más allá de lo que nunca hubiera podido imaginar. Esta descripción nos muestra que la sombra no se asienta tan sólo en los estratos más profundos de la personalidad sino que también hunde sus raíces en un nivel arquetípico tan poderoso que Jekyll llega a decir que Hyde es el único ser humano que conoce la maldad en estado puro.

De este modo, las candorosas travesuras de Jekyll pronto terminan convirtiéndose en una actividad realmente diabólica, como lo demuestra el espantoso asesinato del Dr. Carew llevado a cabo por el simple placer de destruir y hacer el mal. Es esta misma cualidad diabólica arquetípica – que resulta también evidente en todas aquellas situaciones en las que una persona mata a sangre fría a otras sin el menor remordimiento aparente, como en el crimen o la guerra, lo que nos conmociona, nos fascina y nos arrastra a leer diariamente las horribles noticias que aparecen en las páginas de sucesos del períódico.

En cierta ocasión C. G. Jung dijo que somos lo que hacemos, lo cual puede ayudarnos a comprender mejor la causa del proceso de degradación de Jekyll. Una vez que Jekyll ha tomado – aunque no fuera más que en una sola ocasión – la decisión de ser Hyde, tiende a convertirse en Hyde porque la decisión deliberada de hacer el mal nos torna malvados. Es por ello que la solución al problema de la sombra no consiste en que el ego se identifica con un arquetipo, sino que tiende a ser devorado y poseído por él. Jekyll albergaba la esperanza de poder convertirse en Hyde a voluntad, pero cuando se da cuenta de que se está transformando involuntariamente en Hyde y de que éste comienza a dominarle, parece tomar consciencia del inminente peligro que se cierne sobre él. Entonces la seguridad inicial que le había llevado a afirmar puedo deshacerme de ese tal Mr. Hyde en el momento en que lo desee desaparece por completo.

Esta despreocupación por el mal es patente en el pasaje en el que Jekyll se sienta en un banco y considera que, después de todo, es un hombre como los demás y compara su búsqueda comprometida del bien con la perezosa crueldad del egoísmo de sus semejantes. Así pues, su indiferencia con respecto al mal y su deseo de escapar a la tensión de su naturaleza dual son los hitos que jalonan el camino que termina conduciéndole a la destrucción. En ese momento Jekyll toma la firme determinación de romper todo vínculo con Hyde, la parte oculta de su personalidad, llegando incluso a declarar a Utterson: Te juro por el mismo Dios… te juro por lo más sagrado, que no volveré a verle nunca más. Te doy mi palabra de caballero de que he terminado con Hyde para el resto de mi vida.

Jekyll retoma entonces su antigua vida, se convierte en un devoto y se entrega con ahínco a las obras de caridad. Pero, al parecer su devoción religiosa era puramente formal – y, por tanto, poco sincera – y se limitaba a asistir a los oficios religiosos. Su única esperanza era la de que su aspiración religiosa le protegiera del poder de Hyde, una motivación muy frecuente en personas aparentemente religiosas, especialmente en aquellas confesiones que censuran el pecado, amenazan con el castigo eterno y promueven las buenas obras como único camino hacia la salvación.

Este tipo de religiosidad, en el fondo, tiende a atraer a quienes luchan, consciente o inconscientemente, por mantener a la sombra bajo su control. En el caso de Jekyll, sin embargo, esta tentativa manifiesta su ineficacia ya que, de ese modo, la sombra no desaparece sino que, por el contrario, se acrecienta y pugna, con más fuerza que nunca, por salir a la superficie y adueñarse de la personalidad de Jekyll para poder vivir a su antojo.

Todo intento por mantener a la sombra confinada a la oscuridad del psiquismo está abocado al fracaso. De este modo, Stevenson nos recuerda que, si bien ceder a los dictados de la sombra no constituye una respuesta a este problema, tampoco lo es su represión ya que ambas alternativas terminan escindiendo en dos a la personalidad. Si lo consideramos con más detenimiento, tanto su intención de cortar toda relación con Hyde como su supuesta religiosidad nada tienen que ver con la conciencia moral sino más bien con su deseo de supervivencia personal.

No son pues motivos espirituales los que le impulsan a tratar de someter a Hyde sino tan sólo el miedo a su propia destrucción. El hecho de que incluso en plena crisis de arrepentimiento no terminara destruyendo las ropas de Hyde ni abandonase su casa en el Soho evidencia claramente que bajo la superficie de su personalidad todavía persistía una atracción no reconocida hacia el mal. Jekyll sólo hubiera podido salvarse del mal si su espíritu se hubiera impregnado de algo mucho más poderoso, pero al ceder al impulso de transformarse en Hyde, Jekyll vació su alma y, de este modo, permitió que el mal tomara posesión de ella. Su principal error fue el de pretender escapar de la tensión entre los opuestos que se desplegaban en su interior.

Como ya hemos visto, el Dr. Jekyll conocía la dualidad que albergaba en su propia naturaleza, era consciente de que dentro de él habitaba otro ser cuyos deseos iban en contra de su necesidad de aprobación social y estaba dotado, por lo tanto, de una comprensión psicológica superior a la de la mayoría de sus semejantes. Si hubiera profundizado en esta comprensión hasta el punto de sostener la tensión entre los opuestos su personalidad hubiera podido seguir creciendo hacia la individuación.

Sin embargo, Jekyll no fue capaz de sostener esa tensión y eligió tomar una pócima que le permitiera seguir siendo Jekyll y Hyde y disfrutar, al mismo tiempo, de los placeres y ventajas de ambos aspectos de su psiquismo sin tener que padecer, por ello, tensión ni sentimiento de culpa alguno. Jekyll no se sentía responsable de Hyde, por ello declaró en cierta ocasión: Después de todo el único culpable ha sido Hyde.

Aquí reside la clave para intentar resolver el problema de la sombra. Jekyll cometió el error de querer escapar de la tensión de los opuestos. Si queremos que nuestro propio drama con la sombra concluya felizmente debemos ser capaces de sostener la tensión que Jekyll no pudo soportar. Tanto la represión de la sombra como la identificación con ella constituyen intentos infructuosos de huir de la tensión de los opuestos, meras tentativas de aflojar las ataduras que mantienen unidos los aspectos luminosos y los aspectos oscuros de nuestro psiquismo.

Así pues, si bien el intento de escapar al sufrimiento que provoca esta situación puede conducimos al desastre psicólógico, el hecho de sostener la tensión de los opuestos conlleva, en cambio, la posibilidad de contribuir al logro de una mayor integración psicológica. Sostener la tensión de los opuestos, estar a mitad de camino entre ellos, es un acto difícil de soportar que puede equipararse a la crucifixión, un estado en el que es posible que la gracia de Dios descienda sobre nosotros. El problema de los opuestos no admite una solución racional y jamás podrá resolverse en el nivel del ego, pero cuando tomamos consciencia de ello, el Yo Superior – la Imago Dei que habita en nuestro interior – puede favorecer el logro de una síntesis irracional de la personalidad.

Por decirlo de otro modo, cuando soportamos conscientemente la carga de nuestros opuestos, todos los procesos secretos, irracionales y curativos inconscientes coadyuvan en la labor de integración de nuestra personalidad. Este proceso de curación irracional, que supera obstáculos aparentemente infranqueables, tiene una cualidad inconfundiblemente femenina. La mente racional, lógica y masculina es la que declara que opuestos como el ego y la sombra, la luz y la oscuridad jamás podrán integrarse. Sin embargo, el espíritu femenino es capaz de alcanzar una síntesis más allá de la lógica.

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