Algo más que Memoria Emotiva

La astrología considera al cuerpo físico y sus eventuales estados de salud/enfermedad desde diversos ángulos. Por una parte, el cuerpo físico para la astrología es, en cuanto disposición energética, asimilable al elemento Tierra, la sustancia misma de la percepción a través de los sentidos corporales, siendo el nivel más tangible y objetivo de nuestro ser. Por otra parte, cada división del zodíaco, o signo zodiacal, gobierna una zona u órgano físico, y también la actividad de algunas Casas astrológicas o divisiones horarias del zodíaco se relacionan con el cuerpo físico. Y por último, cada planeta del sistema astrológico rige una función orgánica o un conjunto de ellas.

Normalmente se considera a los signos y planetas astrológicos desde el punto de vista de las características y tendencias anímicas, psicológicas, y a las aptitudes en cuanto a habilidades motrices, intelectuales y emocionales. Cuando se piensa en una persona como un todo, inevitablemente se llegará a establecer la correspondencia entre las características intangibles en cuanto a aptitudes o disposición en ciertas áreas, y el comportamiento orgánico y/o las características físicas de esa misma persona. El antiguo adagio La materia es el grado inferior del espíritu, y éste es el grado superior de la materia (El Toque Sanador, Alcione, Diciembre de 2007) encuentra completa correspondencia en la relación de la carta natal de un individuo con respecto a sus características tanto anímicas como físicas.

Pongamos un ejemplo simple, como una persona de Signo Natal Sagitario, regido por Júpiter, y por lo tanto, con una inclinación innata a ir a lo lejano, a abarcar cada vez más en forma permanente, ya sea en cuanto a conocimientos, viajes, experiencias, personas, o todos ellos a la vez. El signo de Sagitario rige a su vez, dentro del cuerpo, los muslos, los que normalmente son bastante desarrollados en este nativo, fuertes o al menos muy activos, pudiendo ser en ocasiones incluso un poco anchos de caderas y prominentes de glúteos, tal como si la naturaleza los dotara de las cualidades físicas para cumplir con esa tendencia a recorrer a grandes trancos los vastos mundos que aspiran conocer. Se puede comprender entonces que una patología que afecte a los muslos de un nativo de Sagitario, dificultándole o incluso impidiéndole los desplazamientos, tiene una connotación simbólica mucho más amplia, dentro de su vida, que lo que la tendría para una persona sin elementos importantes en este signo solar.

Para el nativo de Sagitario una afección invalidante en sus muslos afecta directamente la misión que como ser total tiene en su vida, acarreando consecuencias a todos los demás niveles. Es decir, la connotación simbólica es mucho más amplia que para otros nativos, aunque no se deba deducir de este ejemplo una consecuencia negativa, pues todo depende del contexto personal y las otras características y relaciones dentro de su carta. Bien podría ser una señal de su ser profundo para que desarrolle más la amplitud mental y no tanto la física o geográfica, por ejemplo.

Pero cuando hablamos de un nativo de, estamos hablando del signo natal, es decir, de la posición del Sol dentro de la carta, un núcleo central de integración y consciencia de una persona. Siguiendo con el mismo ejemplo, el nativo de Sagitario sabe que le gusta conocer, viajar, explorar, etc. Pero esta consciencia es una conquista relativamente tardía en nuestro desarrollo como individuos. Mucho antes aparece el impulso energético básico conocido como Signo Ascendente, determinado por la hora del nacimiento, y la reacción lunar a nuestra llegada al mundo, eventos que ocurren desde que asomamos a la vida.

Desde el nacimiento, nuestro cuerpo físico es la experiencia más temprana, directa e inmediata de nosotros mismos, de nuestra existencia, de nuestra inobjetable realidad. En él se expresa no sólo la evidencia irrefutable de nosotros mismos como seres existiendo, sino también un sinnúmero de características anímicas, impulsos y tendencias, antecedentes raciales, el tiempo transcurrido y todo el conjunto de particularidades que nos constituyen tanto en un momento particular como en una época determinada.

En términos de tendencia energética, el cuerpo se muestra en el Signo Ascendente, que es la primera Casa astrológica o Casa del yo en cuanto recién nacido, en cuanto producto de ese cruce extraordinario entre la mera posibilidad y el instante en el que aparecemos como un cuerpo físicamente independiente de la madre que nos concibió. Si esa primera Casa cae en un signo de tierra, nuestra tendencia energética será predominantemente perceptiva; si cae en un signo de agua, la tendencia energética será reservada y emotiva, y así sucesivamente. La Casa I, por analogía con el primer signo zodiacal de Aries, representa al recién nacido del zodíaco, el primer impulso por existir que se expresa en ese cuerpo que en medio de adultos y gemidos, representa el primer acto, casi totalmente pasivo (e incluso resistido), de individualidad. En este momento no tenemos más lenguaje que el cuerpo, y apenas aparecemos ante los espectadores como poco más que un conjunto de imperiosas necesidades fisiológicas.

De modo análogo, la recepción del mundo ante nuestra llegada se inscribe en ese mismo cuerpo, ya que no contamos con más elementos de registro. Quien registra, en la carta natal, es la Luna, nuestra mater, nuestra materia más básica. Desde las contracciones del parto, el apremio hormonal, muscular y anímico por darnos a luz hasta los primeros cuidados, la luminosidad, los ruidos y la temperatura del ambiente que nos recibe, y todo el entorno de las primeras semanas y meses de vida, quedan inscritos en la pequeña estructura de un modo que podríamos resumir en ambiente amigable o ambiente hostil. Eso determina en alto grado el estado de relajación del recipiente que nos porta o sus eventuales zonas contraídas o a la defensiva, que de no mediar eventos que los contrarresten, quedarán inscritos reproduciéndose constantemente ante cualquier evento que aunque sea lejanamente parezca similar al de nuestras primeras semanas de vida. Los especialistas han establecido que todas las tendencias psicológicas están ya configuradas antes de los dos años de vida, siendo su punto de partida, la vida intrauterina y el evento natal.

El recién nacido no elucubra ni especula ni racionaliza ni menos comprende las explicaciones, constituido como está tal como una unidad compacta sólo capaz de diferenciar entre amigable y hostil. Sin embargo, no estamos hablando de un cuerpo sólo físico, sino de una falta de diferenciación inicial que origina sólo dos tipos de interpretación a los estímulos diversos de la realidad que lo rodea: placer o displacer. Es un ser humano completo pero aún inmaduro y poco diferenciado, en el que predomina el centro instintivo como mecanismo de reacción e intercambio con el entorno. Los centros emocional e intelectual son aún embrionarios. Hay emotividad, pero ésta se encuentra asociada a la supervivencia, y por lo tanto se trata de una emotividad instintiva. Podría discutirse si el afecto constituye, en esta etapa inicial, una necesidad fisiológica, pero, como sea que se argumente a favor o en contra, el afecto del ambiente proporciona seguridad y tranquilidad a esa criatura aún tan vulnerable, dándole un nicho propicio a su madurez y desarrollo armónicos.

ElCuerpoFisico02Por el contrario, un entorno adverso, poblado de agresividad, carente de cuidados, o en soledad, condicionará una actitud defensiva del niño, que se expresará en focos de contracción en algunas partes de su cuerpo. Porque, repetimos, el recién nacido es predominantemente instintivo, y por tanto muy sensible a todo aquello que amenace su supervivencia, sin diferenciación entre lo que amenaza su vida física o psicológica. Esta interacción entre el entorno del primer período sobre una vida humana que recién comienza determina en forma fundamental aquello que llamamos la psiquis del individuo, condicionando todas sus reacciones en el futuro.

Cuando decimos reacciones nos referimos a las respuestas automáticas, y por lo tanto inconscientes. Todas estas respuestas se forman antes de que el individuo tenga lenguaje, y se constituyen en verdaderos mecanismos autónomos inscritos en el cuerpo: los engramas. De tal modo, cada vez que sucede algo que remotamente se asocia a la sensación de placer o de amenaza que se experimentó en la primera infancia, surgirá automáticamente una respuesta similar de placer o displacer, lo que, en el individuo adulto reflexivo, puede resultar sorpresivo o asombroso, y hacerle sentir que no se reconoce, al notar que la reacción es desproporcionada al estímulo o que verdaderamente no se ajusta al momento presente. Un engrama es un núcleo de memoria asociativa en el cuerpo vital que funciona automáticamente generando respuestas estereotipadas cada vez que se roza. Estas respuestas, repetidas a lo largo de los años, configuran las actitudes, formas fijas de enfrentar situaciones diversas.

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En la astrología, estos son los conceptos contenidos en la Luna astrológica (ver La Luna en la Astrología, en la sección Astrología de la Revista Alcione). Todos tenemos una Luna astrológica, una forma de reaccionar automática, lo que lleva a la siguiente interrogante: Porque tiendo a reaccionar así es que tengo esa Luna (en Acuario, en Tauro, etc.) o reacciono así porque tengo esa Luna? Aquí podría discutirse ampliamente el punto, pero desde luego que la respuesta será diferente, o más o menos convincente, para aquellos que consideren la continuidad de la vida, encarnación tras encarnación, respecto de quienes rechazan esta idea. Porque para aquellos que suscriben la vida como continua a lo largo de múltiples encarnaciones, la Luna astrológica es también el pasado, es decir, una forma de reaccionar que traemos y que atraerá cierto tipo de experiencias de modo de actualizarlas para si tenemos éxito – trascenderlas. Para quienes la muerte es el fin de una única posibilidad, la Luna astrológica es también el pasado pero reducido sólo a la encarnación presente, al ser la primera impronta natal.

En la visión evolutiva, lo lunar es lo que debe ser trascendido en cuanto reacción inconsciente para hacer crecer el polo consciente en la manifestación. Todo aquello oculto, mecánico, automático, inconsciente, es lo que se debe observar, conocer, integrar y hacer consciente para incremento del polo solar. La reacción automática es contraria a la consciencia, a la libertad, a la capacidad de escoger, al libre albedrío. Y evidentemente, es contraria también al tiempo presente, al momento real que estamos viviendo, que no es idéntico a lo que ocurrió cuando éramos incapaces de comprender y asimilar una situación y por lo tanto sólo pudimos reaccionar con una contracción. La reacción automática, tal como la Luna inicial, es el pasado, la inercia, el no estar ahí para evaluar objetivamente la situación presente. Y eso es propio de lo instintivo, no de lo consciente. Es la única posibilidad para el recién nacido, pero puede y debe quedar atrás en el adulto que busca progresar en su crecimiento y alcanzar una madurez psicológica.

En suma, la Luna astrológica muestra la forma de reaccionar, la que, como toda reacción se basa en un instinto o en un aprendizaje previo, determinando así las emociones de las que somos presa. Por tanto, las emociones, como manifestación de los engramas, son inconscientes, corresponden a un pasado que ya no está, y reflejan una contracción que produce distancia con el presente, o con el otro; por su misma naturaleza, son repetitivas, persistiendo en el tiempo cada vez que se presente un estímulo similar, determinando actitudes. Es decir, son el polo emotivo opuesto de los sentimientos, que son conscientes, diversos y acordes a la realidad presente.

Así pues, podemos hacer la analogía de lo lunar en la carta natal con el sistema nervioso autónomo en la fisiología humana, el que también funciona por debajo del nivel de nuestra consciencia determinando respuestas automáticas de huida, sudoración, motilidad intestinal, cambios en el ritmo respiratorio y cardíaco, acidez gástrica, variaciones en la temperatura corporal, etc., etc. Una parte voluntaria de nosotros quiere hacer algo, saludar a una persona conocida que ve desde la acera de enfrente, emitir una opinión en público, expresar un sentimiento, pero el cuerpo se resiste, le burbujea el estómago, le da taquicardia, tartamudea, no puede, o lo logra con mucha dificultad. Es decir, un sistema fisiológico que funciona en forma paralela e independiente de nuestra decisión, voluntad o deseos, dificultándonos o incluso impidiendo que logremos nuestros objetivos.

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