Los seres polares

Aquel que alcance la triple victoria sobre la muerte física, astral y mental será recibido en el seno del Amor Absoluto que es sin comienzo y, en consecuencia, sin fin. El Pleroma de la tradición Ortodoxa.

Ese Amor Absoluto es accesible al alma humana incluso aquí abajo. De todas formas, ni el hombre ni la mujer pueden alcanzarlo separadamente. No es accesible más que a una pareja y a condición de una reintegración consciente y total del uno y del otro en un solo Ser por una síntesis del Yo y del Tú reales, poseyendo la fuerza de romper la corteza de sus respectivas Personalidades. Prácticamente eso no puede ocurrir más que cuando las dos Personalidades ya se encuentran avanzadas, ricas de la experiencia que han adquirido separadamente en la vida exterior.

La muerte es una de las manifestaciones del Principio de Equilibrio reaccionando automáticamente a la acción perturbadora del amor carnal en el mundo creado. Este, aunque imperfecto, da nacimiento a la vida. El amor humano es imperfecto porque es instintivo e impulsivo. En tanto que el hombre se deje ir mecánicamente en sus impulsos, su amor no servirá más que a los objetivos cósmicos del conjunto. El retirará de allí, como elemento de equilibrio y como recompensa, el placer que el amor le da; pero, tal cual es, no servirá de nada a su evolución espiritual. Y, sin embargo, el amor es el medio más seguro y más potente para completar esa evolución, Esto es así porque el Amor es el único elemento objetivo de nuestra vida. El permanece verdadero en toda la multiplicidad de sus aspectos y en toda la variedad de sus manifestaciones.

En efecto, el Amor puede servir al hombre en su evolución. Para esto, debe aplicar a ese amor esfuerzos conscientes y no dejarse conducir por impulsos. Así neutralizará en sí mismo la acción perturbadora del Amor, lo que prevendrá – y hará inútil – la intervención del Principio de Equilibrio con su acción mortificante. En este caso el aporte de la potencia que da el Amor no será gastada inmediatamente para servir a los objetivos generales sino que permanecerá en posesión del hombre. Podrá entonces ser utilizada para acelerar el crecimiento de su Personalidad y hacer progresar ésta hacia el segundo Nacimiento, primer resultado tangible de las prácticas esotéricas.

Tal es la teoría del trabajo monástico que se aplica esencialmente al Centro Instintivo del cual se busca dominar los impulsos sexuales por medio de ejercicios. Sin entrar en el examen de las ventajas e inconvenientes de ese método, es necesario decir que en la nueva Era el trabajo esotérico sale de las criptas y de los monasterios. En lo sucesivo, debe proseguir en la vida, en el mismo campo de la sociedad humana. Ciertamente, la tarea es más difícil porque no hay, como en un monasterio, la protección de un lugar para ampararse de la mayor parte de las influencias A. En desquite, la vida ofrece medios más eficaces y conduce a resultados menos frágiles. La práctica esotérica en la vida permite algo más que un simple dominio del Centro Instintivo para cultivar mejor las manifestaciones de amor por los Centros Emocional e Intelectual, y hacer surgir así el espíritu creador en sus diferentes formas. Esta cultura de un orden superior tendrá por meta centrar los esfuerzos creadores hacia el desarrollo integral de la Personalidad, el segundo Nacimiento, la cristalización de un segundo cuerpo y su conjunción con el Yo Real para alcanzar la formación de una Individualidad.

Si este trabajo se hace de a dos, hombre y mujer, puede desarrollarse con una potencia extraordinaria y dar rápidos resultados. A condición que, desde el punto de vista esotérico, estos dos seres sintonicen integralmente. Que sean una pareja perfecta, es decir, que su conjunto refleje – bajo la reserva de las particularidades de sus tipos humanos – la relación entre el Yo y el Tú absolutos anteriores a la Creación del Universo. Este es el caso de los seres que se llaman en la ciencia esotérica: Seres Polares.

El Camino

Para aquel que se compromete en la búsqueda del Camino, esta búsqueda constituye un objetivo permanente. El hombre puede entonces, sin salir de lo relativo, precisar útilmente sus nociones de lo positivo y lo negativo: todo lo que lo guía hacia el objetivo propuesto, lo ayuda a alcanzarlo o contribuye a que lo alcance, es para él un Bien; todo lo que lo desvía, lo retarda, lo detiene, lo arrastra hacia atrás y, en general, le crea obstáculos materiales o psicológicos sobre el camino que lo conduce hacia la meta buscada, es para él un Mal.

A medida que se profundiza en la progresión sobre el Camino esotérico, se intensifican las impresiones interiores, tomando a veces proporciones desmesuradas. Mientras que antes los choques internos eran superados sin gran pena, ahora pueden hacer caer al buscador en verdaderas crisis de conciencia.

A veces, no teniendo la fuerza de carácter necesaria para hacer frente a esta lucha interior entre la afirmación y la negación, lucha que acapara todo su ser y lo sumen en dudas terribles, abandona el Trabajo. En realidad, esta lucha es para él de primera necesidad. Es ella la que provoca una tensión interior que crece hasta parecer físicamente insoportable. Pero es en este momento que las fricciones entre las diversas partes de la Personalidad llegan a ser bastante intensos como para hacer brotar la llama que alumbra el corazón.

El rol de la mujer, si el trabajo es seguido por una pareja – y si la pareja es polar – será tan importante como el del hombre. Inspiradora, ella sostendrá al hombre durante sus crisis de descorazonamiento, inevitables en esta clase de trabajo que – hecho correctamente – sigue siempre la Ley de Siete. Y la mujer aportará también los choques complementarios necesarios en los momentos en que el trabajo sufra detenciones en su progresión, a pesar de los esfuerzos del hombre. Se puede decir que tal colaboración constituye un serio índice positivo de la polaridad de dos seres.

Es necesario agregar que el problema de la polaridad real de las parejas tiene una importancia crucial. Los dos seres – hombre y mujer – supuestamente polares, no podrán tener la certidumbre absoluta de su polaridad más que a posterior cuando hayan alcanzado el nivel del Hombre 4 , en el umbral del nivel 5. Es porque, aunque siendo polares en su esencia, cada uno de ellos arrastra un pasado que recubre su Yo real con una corteza distinta. Los seres a prior polares deben tener en cuenta este hecho. Es sólo en la medida en que ellos se despojan de esa corteza que resplandecerán progresivamente los trazos de ese Yo, aportándoles en cada descubrimiento el flujo de una felicidad inefable. Su amor conocerá así una amplitud siempre creciente. Y ellos se amarán más cada día, hoy más que ayer y bien menos que mañana. Este es el camino del Triunfo.

En este verdadero Romance, la actitud de la Dama contribuye en mucho, si no enteramente, a la victoria del Caballero. Su refinada intuición artística comprenderá lo que quiere decir amar: amar con todas las fibras de su ser hasta la identificación integral en un impulso glorioso hacia la misma meta.

Encuentro con el Ser Polar

El hombre solo es incompleto. Pero allí donde él es débil, el ser polar es fuerte. En conjunto forman un ser integral: su unión provoca la fusión de sus Personalidades y una cristalización más rápida de su segundo cuerpo, completo y unido en un segundo Nacimiento común.

Las leyes kármicas permiten que los seres polares se encuentren obligatoriamente en la vida, en ciertos casos más de una vez. Sólo los lazos heterogéneos realizados en esta vida por cada uno de ellos como consecuencia de movimientos libres, así como las consecuencias kármicas de una o varias existencias anteriores, hacen que el hombre y la mujer den la espalda al único ser con el cual pueden formar un Microcosmos.

Si no hubiesen taras kármicas, todo ocurriría de maravilla: dos jóvenes seres se encontrarían en un ambiente familiar y social de lo más favorable y su unión representaría un verdadero cuento de hadas. Pero la realidad no es así. Obedeciendo al Principio de Imperfección y enmudecidos por la Ley General, los dos seres predestinados cometen errores. Hundidos en la mentira, generalmente no saben apreciar el don que les es dado, y ni siquiera se reconocen.

Si esto es correcto, se plantea una pregunta angustiosa: existen medios por los cuales detectar nuestro ser polar? Una vez encontrado, no reconocerlo o dejarlo pasar es el peor error que podemos cometer, porque entonces permaneceremos anclados en nuestra vida ficticia sin luz. Acaso no podemos, e incluso no debemos sacrificar todo en favor de una unión que es la única oportunidad de nuestra vida: la promesa de un retorno al paraíso perdido?

Cuidémonos, sin embargo, de la última trampa tendida en el momento en que la felicidad inefable nos parece sonreír. Acabamos de decir: todo debe ser sacrificado; no hemos dicho: todo debe ser destruído. Si después de haberse reconocido, los dos seres polares triunfan de esta última prueba, a menudo la más penosa, la nueva vida se abrirá ante ellos, porque ellos son llamados a no ser más que Uno sobre la tierra y en los cielos.

Veamos cómo no seguir de largo después de haber encontrado nuestro álter ego, prenda de felicidad y salvación. Existe toda una serie de indicios subjetivos y objetivos que facilitan el reconocimiento del ser polar. Porque la polarización se manifiesta en todos los planos a la vez: sexual, psíquico, intelectual, espiritual.

El hombre empieza a sentir el deseo y luego la necesidad de unirse a su ser polar como consecuencia de la formación en él del Centro Magnético, y luego en función de su crecimiento. Para poder reconocer a su ser polar, el hombre debe poner en juego toda la fuerza de atención de que es capaz sobre todos los planos accesibles a su consciencia. El encuentro se produce siempre en circunstancias inesperadas y bajo una forma que no se asemeja en nada a todo lo que se pudiera imaginar.

La regla impuesta es clara: para reconocer a su ser polar, el hombre debe conocerse a sí mismo. Esto es manifiestamente lógico: para reconocer su álter ego, el hombre debe reconocer en consecuencia su propio ego. Es verdad que el Yo del cuerpo y el Yo de la Personalidad aspiran a encontrar en otro ser una respuesta perfecta. Sin embargo, es sólo identificándose con el Yo real que el hombre inmanta la unión con su ser polar.

Es con el corazón lleno de fe, agudizando en él todas sus facultades más finas de atención intuitiva, su sentido de análisis crítico llevado hasta su punto más alto, que el hombre partirá a la búsqueda del ser sin el cual él no es verdaderamente él. Como el trovador de otros tiempos, renovando la práctica del amor cortés es que podrá reencontrar a la Dama de sus Pensamientos.

Pero cuando los seres polares se encuentran, después de algunos signos perceptibles de inmediato, esos humanos todavía imperfectos, deformados por las taras kármicas, pueden adquirir la convicción objetiva de su polaridad?

He aquí algunos criterios indispensables para que un reconocimiento mutuo pueda ser considerado como teniendo un valor objetivo. Desde el primer encuentro en presencia del ser polar, el Yo de la Personalidad y el Yo del cuerpo vibran de una manera que no se asemeja en nada a lo que se haya sentido anteriormente. La razón es que esos Yoes se encuentran en presencia de su primer amor que continúa a través de los siglos. Sin tener consciencia clara de ello, los seres polares se reconocen y ese conocimiento tan antiguo como ellos mismos, se expresa por la voz de su subconsciente. Esto crea desde el instante del reencuentro una atmósfera de confianza y de sinceridad absolutas.

Allí se encuentra una piedra de toque: los seres polares no se mienten. Ellos no tienen necesidad de mentirse porque interiormente no son más que un sólo ser, del trasfondo del cual el Yo real lanza su llamado y da su asentimiento. Esta sinceridad absoluta, espontánea, constituirá de ahí en adelante la base de sus relaciones. Y esto dará a esos dos seres un sentimiento de otra manera inconcebible, de una libertad en la unidad, que pone fin a la impresión de servidumbre en la que vivimos habitualmente. Vagas reminiscencias de experiencias anteriores comienzan rápidamente a aflorar a sus consciencias de vigilia.

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