Durante los últimos 30 años han acudido a mi consulta personas de todas las regiones del mundo De entre todos los que se encontraban en la segunda mitad de su vida no había ni siquiera uno cuyo problema no fuese, en última instancia, hallar una visión religiosa de la vida.
C. G. Jung

La espiritualidad consiste en considerar los problemas de la vida desde un punto de vista elevado, comprensivo y sintético; en probarlo todo sobre la base de los verdaderos valores; en intentar llegar a la esencia de los hechos, sin dejarse arrastrar por las apariencias externas, sin dejarse convencer por las opiniones tradicionales, sin dejarse influenciar por las masas, ni por las tendencias, las emociones o los prejuicios personales. La concepción espiritual de la vida y de sus manifestaciones, lejos de ser teórica o no-práctica, es eminentemente revolucionaria, dinámica y creativa.

Es revolucionaria porque, a la luz del espíritu, se evidencia que las valoraciones ordinarias y los comportamientos prácticos que de ellas se derivan están fundamentalmente equivocados. Esto es natural e inevitable, porque estas valoraciones y estos comportamientos son egocéntricos y separatistas y, dada la falsa perspectiva sobre la cual se basan, deforman la realidad y crean barreras artificiales en lo que verdaderamente es una sola vida. Por consiguiente, el punto de vista espiritual produce una especie de revolución copernicana al sustituir las concepciones antropocéntricas y personalistas por un heliocentrismo espiritual, lo cual sitúa en su justo lugar los hechos y los problemas, pero, sobre todo, también a nosotros mismos.

La espiritualidad es dinámica y creativa porque los cambios de perspectiva, la alteración de los valores, el despejar la niebla de las ilusiones y la transfiguración del mundo y de la vida debida a esta nueva luz, provocan profundos cambios en nosotros, desvelan nuevas y potentes energías, ensanchan el campo de nuestra acción sobre los demás y transforman en gran medida la calida de dichas acciones.

Por ello resulta sumamente oportuna la revisión radical que las almas más iluminadas y fervorosas intentan en todos los aspectos de la vida humana. Tal revisión implica, primeramente, una clara comprensión y una decidida reafirmación de los principios y valores eternos del espíritu, y después, la aplicación de estos principios y valores a los problemas concretos, personales y sociales de nuestra época. Para que las soluciones espirituales resulten adecuadas a esta siempre mutable realidad y sean eficaces en la práctica, deben ser plásticas, y en cierto sentido, siempre nuevas y originales.

Entre los muchos problemas que actualmente oprimen a la humanidad, hay dos que tienen un interés central y que están relacionados con los más fuertes impulsos de acción en la vida de los individuos y la colectividad, por lo que requieren más que ningún otro ser examinados y estudiados a la luz del espíritu. Se trata de nuestros comportamientos con respecto al amor (entendido en su sentido más amplio incluyendo la sexualidad) y con respecto al dinero. Intentaré considerar brevemente el segundo.

Si nos auto examinamos con valerosa sinceridad condición indispensable para seguir una vida espiritual digna de tal nombre – reconoceremos que el pensamiento del dinero nos provoca profundas e intensas resonancias, un tumulto de oscuras emociones y de reacciones apasionadas que demuestran que el vil metal toca puntos muy sensibles de nuestra personalidad. Conviene poner luz sobre este caos, para lo cual es preciso que aflore a nuestra consciencia todo aquello que se encuentra en los bajos fondos de nuestro inconsciente. Ello implica eliminar toda censura. Pero entonces emerge una turbia oleada en la que se entretejen corrientes de miedo, de deseo, de codicia y de apego, junto con sentimientos de culpa, de envidia y de resentimiento.

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Intentemos llegar al origen de estas fuerzas con la ayuda de Hermann Keyserling, quien a nuestro juicio ha indagado mejor que ningún otro las oscuras raíces telúricas de aquello que desde lo bajo se ha desarrollado en la personalidad humana: lo que en ella hay de mineral, de vegetal y de animal, sin por ello caer en el error cometido por otros investigadores de los bajos fondos – de ignorar aquello que, por el contrario, tiene un origen superior totalmente independiente y que él denominaba muy apropiadamente la irrupción del Espíritu.

En sus Méditations Sud-Américaines, que quizás sea su obra más profunda, y también en su libro antológico Vie Intime, Keyserling pone en evidencia dos tendencias principales que se hallan justamente en la raíz de la vida. La primera es el Miedo originario, con respecto al cual nos señala lo siguiente: este miedo originario no se refiere a la muerte, sino a la carestía; es decir, se trata de miedo a la carencia del alimento necesario, del miedo al hambre. Probablemente ello se deba a la existencia de un oscuro, pero intenso recuerdo atávico por la preocupante necesidad de procurarse alimentos, lo cual constituía una continua angustia para el hombre primitivo. Como salvaguarda contra este Miedo originario prosigue diciendo – aparece el instinto de seguridad, el cual constituye el primer impulso activo de todo ser viviente. Y el instinto de propiedad se desarrolla, según él, a partir de ese instinto de seguridad.

A la otra tendencia fundamental que surge de los bajos fondos del inconsciente y que es la antítesis dinámica de la primera – Keyserling la denominó Hambre originaria, aunque a fin de evitar confusiones sería más adecuado llamarla Avidez originaria. En palabras de Keyserling, esta tendencia es: el principio motor de todo crecimiento. Ahora bien, el crecimiento, por su propia esencia, aspira al infinito y ya desde sus inicios no reconoce ningún límite como definitivo. En consecuencia, este Hambre originario o primigenio es originalmente agresivo e insaciable. Por su propia naturaleza se opone a cualquier instinto de seguridad; el riesgo es su elemento, lo ilimitado es constantemente su objetivo. De ello se deriva un conflicto originario con todo aquello que pertenece al ámbito de la Propiedad y del Derecho. En los bajos fondos tiene lugar una perpetua y encarnizada lucha entre el Hambre y el Miedo; no existe allí ningún equilibrio permanente y armónico.

No es difícil percatarse de que en nuestra civilización materialista estas dos tendencias se manifiestan en forma de codicia, que persigue adquirir y conservar la mayor cantidad posible de dinero y de otros bienes materiales. A pesar de los milenios transcurridos y el parcial refinamiento de la vida humana, es todavía tan arrolladora la fuerza de estos instintos que generalmente prevalecen ya sea con manifestaciones violentas, ya sea de forma engañosa e indirecta, disfrazada tras hipócritas justificaciones – sobre cualquier otro móvil o freno superior, y no es raro que a menudo llegue a superar incluso al instinto de conservación.

Si pudiéramos darnos cuenta de la cantidad de delitos, traiciones, robos, despotismos, prostituciones físicas y morales, y bajezas de todo tipo que, más o menos encubiertas, los seres humanos llegan a cometer cotidianamente en nombre de la auri sacra fames – la execrable avidez de dinero – quedaríamos profundamente trastornados, por no decir aterrorizados. Y si después hiciésemos un sincero auto examen sobre este aspecto, temo que podríamos llevarnos alguna desagradable sorpresa.

De todo esto se han dado buena cuenta los elevados Seres que han venido a intentar la difícil tarea de elevar moralmente y despertar espiritualmente a los hombres, librándolos del sometimiento a sus pasiones.

dinero02Muchos siglos antes de la llegada de Buda, todos aquellos que en la India habían alcanzado un cierto nivel espiritual solían renunciar a todos los bienes terrenales y se convertían en sannyasin, llevando una vida mendicante. Así también, Buda abandonó en un principio todas sus riquezas y posesiones para ir en busca de la Verdad, y después, tras haber alcanzado la iluminación, para ayudar a los hombres a liberarse del dolor que es fruto del deseo. Jesús, por otra parte, advirtió en más de una ocasión con duras palabras de los graves peligros que para la vida espiritual representan las riquezas. A este respecto su acto más enérgico y combativo, y también el más conocido, fue el expulsar del templo a aquellos cuya avidez por el dinero les había llevado a profanarlo.

Esta actitud contraria al dinero continuó manteniéndose durante los siglos del cristianismo hasta culminar en el dramático y sublime gesto de San Francisco de Asís, que renunció a todo cuanto poseía e incluso a la ropa que llevaba encima y celebró jubiloso su mística boda con la señora pobreza. Frente a tales comportamientos y a las formas de vida que de ellos se derivan, surgen de forma espontánea en nosotros dos preguntas:
1- Desde un punto de vista espiritual, son justas y necesarias estas actitudes? Es necesario condenar el dinero para poder vivir espiritualmente?
2- Y de ser así, es factible vivir de este modo en nuestros tiempos?

La respuesta a la segunda pregunta es fácil. Transcurridos algunos pocos decenios después de la muerte de San Francisco, la Comunidad Franciscana acordó que una vida regular en el convento no era prácticamente posible sin manejar dinero y sin poseer, de un modo u otro, edificios o terrenos. Esto dio lugar a fuertes controversias entre los seguidores rigurosos de la Regla primitiva y aquellos que pretendían adaptarla a las exigencias de la vida práctica. Estos últimos llevaron las de ganar, y actualmente los religiosos franciscanos se sirven de todos los medios que ofrece la vida moderna, desde el sello hasta el buzón, desde el tren hasta el coche o el avión, pagando regularmente por su uso. Por lo tanto, si esto lo hacen incluso los hijos de San Francisco, con más razón todavía podemos hacerlo nosotros, los laicos, enredados en los mil y un problemas de la vida económica, familiar y social e íntimamente integrados, no sólo por necesidad, sino también por propia elección, en la vida de nuestros tiempos. Y ello convencidos de que cualquier transformación de esta vida, en el sentido espiritual, no puede ser hecha desde fuera y de forma ajena, sino desde dentro de su conjunto y actuando como fermento.

Consideremos ahora la primera y más difícil pregunta. En primer lugar, es preciso ponerse en guardia contra las fáciles degeneraciones e hipocresías a las que puede dar lugar el desprecio por el dinero. Ello puede convertirse en una cómoda máscara para ocultar la pereza, la debilidad o las bajezas; puede dar lugar al parasitismo individual y colectivo. En realidad esto ha ocurrido ya, sobre todo en el pasado, por ejemplo en la India, en donde el clima, las condiciones de vida y la mentalidad colectiva lo hacían más fácilmente factible.

Pero todavía existe una objeción más fundamental contra estas actitudes negativas hacia el dinero, representada por una concepción totalmente opuesta y que, sin embargo, se inspira en principios religiosos. De acuerdo con esta concepción, que impregna el Antiguo Testamento, la riqueza y la prosperidad serían, por el contrario, señales tangibles del favor de Dios y el premio por conducirse justa y rectamente. La pobreza y las adversidades, en cambio, serían consecuencia del castigo divino o, como mínimo, el resultado de los errores de pensamiento, sentimiento o conducta, tanto individuales como colectivos. Tal concepción fue retomada por algunas corrientes religiosas y espirituales modernas y en ella se basa, más o menos conscientemente, la mentalidad americana. De este modo el éxito práctico y los valores personales llegan a identificarse. Aquel es señal y prueba de éste.

Veamos qué puede haber de cierto en esta teoría. Si Dios es bueno, afirman convencidos sus defensores, si Dios es amor, si desea lo mejor para el hombre y quiere que éste disfrute de una vida plena, alegre y rica no puede estar en contra de que el hombre utilice al máximo los bienes terrenos que la naturaleza le otorga tan copiosamente. Si existe y evidentemente existe – una jerarquía entre los reinos de la naturaleza, es de orden natural y divino que los reinos inferiores estén al servicio de los superiores. En los reinos sub-humanos sucede espontáneamente: el reino mineral hace posible la existencia de la vida vegetal que se alimenta gracias a ellos, y la contribución y el sacrificio de ambos reinos es necesario para la manifestación de la vida animal.

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