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En otras oportunidades hemos hablado de comprender al paciente. Ahora bien, comprender al paciente no sería tan difícil si pudiéramos contar con un deseo equivalente por parte de éste de conocerse a sí mismo, de evaluarse, de aceptarse y de dar todos los pasos necesarios para lograr la auto comprensión; no sería tan difícil si el paciente mantuviera contra viento y marea esta actitud: Quiero saber quién soy, cómo soy, qué estoy haciendo y cómo puedo cambiar lo que no es deseable. Como ustedes saben, no podemos contar con que el paciente tenga esa actitud, y si la tiene, será sólo por momentos. Este fue uno de los grandes descubrimientos de Freud: advertir que en psicoanálisis trabajamos en una situación de desventaja. A esto lo llamó resistencia. En la actualidad vacilamos en emplear dicho término, por una serie de razones. No estoy segura de que el término tenga algo de malo, pero para nosotros un obstáculo, bloqueo o resistencia es algo muy distinto de lo que Freud entendía por ello. Por lo tanto, sería preferible usar un término distinto.

Por ejemplo, el uso que da Freud al término resistencia atribuye demasiada responsabilidad al paciente. Freud tomó el término de la física, del hecho de que una corriente eléctrica que circula, inevitablemente encuentra una resistencia. De modo que el término original no dice nada en lo que concierne a la práctica analítica, y el concepto mismo no indica si la dificultad con la que tropezamos tiene origen en el analista o en el paciente.

Naturalmente, al principio Freud estaba interesado sobre todo en el paciente y en lo que parecía ser su renuencia a aceptar ciertas interpretaciones, o su falta de voluntad o capacidad para cambiar. Sin embargo, aunque es verdad que Freud se interesaba en este fenómeno en el paciente, también reconoció muy pronto que podía haber dificultades por parte del analista. Incluso si ustedes se guían principalmente por los conceptos freudianos, podrían esmerarse, como ya ha sido hecho, en reconocer cada vez más las dificultades que aporta el analista a la terapia analítica. Les recuerdo a Frieda Fromm-Reichmann, quien, al menos en cierta medida, basa su obra en las teorías de Freud, y que ha llegado bastante lejos en el reconocimiento de las dificultades que aporta el analista.

Otra objeción fundamental al concepto de resistencia es que se trata de un concepto muy poco diferenciado, demasiado general. Difícilmente podríamos hacer alguna objeción o crítica si viéramos el fenómeno tal como lo veía Freud. En tal caso seríamos incapaces de percibir algunas vastas implicaciones, y reconocer las limitaciones de la concepción de Freud. Sólo veríamos el fenómeno de la resistencia tal como Freud lo describió.

Ahora bien, por qué planteo aquí la cuestión? No porque me interese polemizar con Freud. Habrá otras oportunidades para ello. Lo hago porque este antiguo concepto adolece de falta de claridad y podremos ver más claro si comenzamos con nuestro propio concepto. La generalización que hizo Freud, y a la que encuentro reparos, es que todo lo que retrasa el análisis puede ser llamado resistencia. Pero eso podría incluir o tener relación con todas las dificultades neuróticas. Freud, basándose en su concepto, dijo que un superyo particularmente estricto o una intensa actitud narcisista pueden ser formas de resistencia. Traduzcamos esto a nuestros conceptos. Nosotros diríamos que cosas como la sumisión de un paciente, su tendencia a acusarse a sí mismo, sus exteriorizaciones, son factores retardatorios. Ocasionan dificultades en la terapia. Viendo las cosas de ese modo, tendríamos que decir a continuación que los bloqueos son las defensas del paciente, defensas que éste opone a la terapia analítica y que son casi idénticas a sus fuerzas obstructivas. Lo que deseo no es tanto cuestionar el concepto como definirlo con más claridad.

En este sentido, lo que hoy digo difiere de lo que he dicho antes. Ahora, al hablar de los factores retardatorios, me aventuro en algo nuevo que intento aclarar. Creo que el primer paso hacia lo que voy a presentar lo di hace mucho tiempo en mi libro El autoanálisis. Sugerí que la resistencia, o como quiera que se lo llame, era la tendencia del paciente a mantener el statu quo. Tiempo más tarde amplié la definición de modo que incluyera no sólo el deseo del paciente de mantener el statu quo, sino también su deseo de mejorar el funcionamiento de sus neurosis. Es decir, el paciente desea conservar su neurosis, pero sin las dificultades y trastornos que le provoca. Las diferencias entre estos conceptos de la resistencia ya no nos parecen importantes. Anteriormente, cuando consideraba la resistencia como la necesidad de mantener el statu quo, hice una distinción entre la neurosis en sí misma y la necesidad de defenderla. En realidad esta distinción no estaba claramente definida, y hace poco tuve que asegurarme de lo que había escrito. Volví a leer el capítulo El camino de la terapia psicoanalítica de mi último libro, Neurosis y desarrollo humano. Desde el punto de vista que presento hoy, lo que escribí en ese capítulo no parece nada claro.

En cierto modo, cuando decimos que los bloqueos son lo que obstaculiza nuestro trabajo, queremos significar que tienen origen en las fuerzas obstructivas del paciente. Eso en parte es correcto. Empleamos el término fuerzas obstructivas para referirnos a las fuerzas que bloquean el progreso del paciente. Es decir, que no son de índole totalmente destructiva. Por ejemplo, si un paciente se siente impulsado a ser útil compulsivamente útil-, eso puede a veces ser provechoso para otras personas e, indirectamente, también para él. O bien una actitud de superioridad, el sentimiento de que no hay nada que no pueda hacer, puede impulsarlo a veces a enfrentar dificultades reales y, en este sentido, también puede ser de indiscutible utilidad. Debemos puntualizar sin embargo que el término fuerzas obstructivas tiene un marco de referencia específico, a saber, la obstrucción del progreso del paciente. El mismo punto de vista prevalece en la terapia porque deseamos ayudar al paciente a progresar. Cualquier cosa que impida su progreso y su desarrollo en la vida real también obstaculizará sus intentos y los nuestros de ayudarlo a progresar en la terapia. Su superioridad, su planificación, su control, su superación de las dudas sobre sí mismo, su convicción arbitraria de que tiene razón, perturban sus progresos en general y también perturbarán la terapia psicoanalítica.

Hasta ahora hemos dicho que los bloqueos son modos particulares con los que las fuerzas obstructivas se manifiestan en el proceso psicoanalítico. Se manifiestan allí de modos particulares, al igual que se manifiestan de modos particulares en la escuela, en el empleo, en relación con el trabajo o en el matrimonio. Sin embargo, si lo planteamos de esta manera, hablar de bloqueos o resistencia es bastante redundante, puesto que significa que los problemas que enfrentamos son en realidad las mismas dificultades neuróticas que llevan al paciente a tratarse. O bien podríamos decir que la terapia psicoanalítica es difícil porque el paciente aporta a ella todas sus dificultades neuróticas y nosotros, como analistas, tenemos que lidiar con esas dificultades. Esto resultará más claro si lo comparamos con la enfermedad orgánica.

Piensen en una fractura o en cualquier otra enfermedad. El cirujano tiene que habérselas con ciertas dificultades en la fractura. Es una fractura simple o compuesta? Es fácil de reducir? Hay infección? Y así sucesivamente. Pero en realidad el cirujano distinguirá como siempre lo han hecho los médicos (aunque es algo que se ha vuelto más explícito en estos días)- entre las dificultades propias de la enfermedad, digamos, la fractura, la tuberculosis o el cáncer, por una parte, y por otra, la actitud del paciente hacia la fractura, su actitud hacia la curación, su actitud hacia el médico. Desearía plantear esta pregunta: hay algo equivalente en la terapia psicoanalítica? No podemos esperar que las cosas sean tan claras como en el caso de la enfermedad orgánica, pero, es posible una distinción similar?

Todos tendemos a hacer una distinción ingenua entre los trastornos que presenta el paciente: digamos, por una parte, su ansiedad, su rigidez, su orgullo, su vulnerabilidad, y por la otra, su renuencia a hablar de ciertas cosas, su falta de motivación, su falta de cooperación, sus permanentes olvidos, su rechazo de las interpretaciones. Hacemos esta distinción sobre una base emocional, por así decir, ya que cuando pensamos en aquello nos damos cuenta de que la distinción no tiene sentido: el hecho de que el paciente calle algunas cosas es tanto una expresión de su estructura y dificultades neuróticas como lo es su ansiedad. O bien su negativa a verificar lo que el analista le dice su presunción de estar en lo cierto, por ejemplo- es tanto parte de su neurosis como lo son, digamos, sus trastornos psicosomáticos. Sin embargo, tenemos una actitud un tanto diferente hacia cada una de estas dos categorías de dificultades. Como dije, si pensamos en ello no le encontraremos sentido. Pero, si miramos cuidadosamente en nosotros mismos, descubriremos esta actitud o sentimiento de que se trata de dos categorías realmente distintas.

Permítaseme abordar la cuestión desde otro punto de vista. Cómo es el paciente ideal, el paciente con quien soñamos? Es un paciente que, suponemos, acude con todas sus dificultades. No podemos sino suponer tal cosa. Es decir, acude con su orgullo, sus vulnerabilidades. Estos factores que obran en el paciente también se dirigen hacia nosotros dentro del proceso analítico. Cuando llamamos su atención sobre un ejemplo particular de orgullo o vulnerabilidad, sobre los recursos que emplea para salvar las apariencias, el paciente ideal se mostrará deseoso de aprender al respecto. Dirá: Tiene usted razón. Ocupémonos de ese maldito asunto. Sin duda, este paciente hipotético, ideal, calla algunas cosas, consciente o inconscientemente, por la razón que sea, pero si advertimos su reserva y le demostramos: En este punto usted ha callado algo y eso no beneficia al proceso, y le mostramos exactamente el modo cómo algo lo puede perjudicar, dirá: Por Dios, tiene usted razón! Y estará ansioso por examinar el punto, y finalmente, por cambiar. O digamos que le mostramos su modo improductivo de vivir, o que advierte cada vez más por sí mismo su modo improductivo de vivir, el hecho de que no está utilizando sus recursos, de que no es creativo, de que no es feliz o lo que sea, en cuyo caso se mostrará ansioso por saber cuál es la causa, por adoptar una postura y por hallar una orientación más productiva. Aunque he dicho que éste es el paciente con quien soñamos, no es algo totalmente fantástico. Cosas así pueden ocurrir. Los de más experiencia entre ustedes quizás hayan tratado a veces esta clase de pacientes.

Les daré un ejemplo que nos llevará un paso más adelante. Se trata de una paciente que me ha impresionado mucho, y cuyo trabajo en el análisis ya he comentado varias veces. Se desempeña con mucha eficiencia como jefa de un organismo social: trabaja duro con gran dedicación, es buena organizadora y considera que los sindicatos son valiosos. En cierto momento los trabajadores sociales formaron un sindicato y a ella le pareció bien. Tenía la profunda convicción de que era una medida acertada. Pero, como es natural en un proceso semejante, y en especial tratándose de un sindicato, se produjo cierta tensión. Aunque tenía buen entendimiento con sus empleados, comenzó un período de transición en el que éstos se mostraron bastante belicosos. Ella era la jefa, y los empleados estaban luchando por sus derechos, aunque quizá la lucha no era del todo necesaria. Mi paciente se sintió terriblemente trastornada. Vino a pedirme consejo, ansiosa y deshecha en lágrimas. Tuvimos una conversación. Había de por medio dos factores neuróticos, de los cuales mencioné uno solo, a saber, su necesidad de afecto, y podría haber añadido, ciertas exigencias relacionadas con esa necesidad: ella había sido una buena jefa (lo era, en realidad). Es decir, siempre había mostrado consideración por los empleados, por sus sentimientos y necesidades. Cuando comprendió que se trataba de una tensión transitoria, su necesidad neurótica de afecto y su exigencia de ser estimada por sus subordinados cedieron. Nuestra conversación duró apenas dos horas, pero tuvo un efecto muy pronunciado y la ayudó a desprenderse de su excesiva necesidad de afecto y a reconocer el verdadero alcance de la situación. Muy pronto volvió a estar en buenos términos con sus empleados.

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