CastanedaCarlosLa obra de Carlos Castañeda es muy singular. El antropólogo que se interesa en el estudio de las plantas psicotrópicas, termina convirtiéndose en un “hombre de conocimiento”, gracias a las enseñanzas de las prácticas rituales del chamanismo yaqui, aportado por un descendiente cultural de los toltecas, don Juan Matus. Esta obra constituye una destrucción crítica de la antropología clásica y plantea una crítica radical a la realidad que conocemos. Expone otro conocimiento, no científico y aparentemente alógico. Exige un cambio en la naturaleza del aprendiz al abrir las puertas de “otra” realidad.

Pone en el tapete un conocimiento menospreciado por occidente y la ciencia contemporánea, considerado por la mayoría de los antropólogos como una práctica cultural aberrante. Nos enseña, a través de su maestro, la herencia de los brujos, herederos de los sacerdotes y chamanes precolombinos. Esta sociedad es todavía una sociedad cerrada, clandestina, subterránea que no convive con la sociedad moderna mejicana.

Quien es Carlos Castañeda?
En primer lugar, su apellido es latino y se escribe con ñ. Los norteamericanos, que no usan esta letra, lo convirtieron en Castaneda.

Para compensar el crecimiento de su imagen y de su leyenda, él hace desaparecer su historia personal y omite deliberadamente toda información que pudiera destruir el anonimato que le es necesario para pasearse libremente por esos nuevos mundos que va descubriendo.

No está bien claro si nació en Perú o en Brasil, alrededor de 1936, pero sí que vivió en Argentina desde pequeño, hasta que se trasladó a Estados Unidos a estudiar antropología. En el verano de l960, empezó a recopilar información sobre plantas medicinales.

En Méjico, investigando sobre el peyote, encontró un viejo indio yaqui don Juan Matus quien tenía reputación de brujo. Con él comenzó una amistad que creció lentamente durante un año, en el que Castañeda hizo frecuentes viajes donde mantuvo con don Juan extensas conversaciones sobre plantas alucinógenas en general.

Después de ese período que seguramente para don Juan fue de prueba, él le propuso que fuera su alumno, al que confiaría todo su conocimiento secreto.

Castañeda aceptó, suponiendo que lograría seguir manteniendo su sangre fría y racionalidad de antropólogo para trascender el efecto impactante que pudieran producirle esos nuevos mundos donde reinaba la hechicería. Durante los doce años siguientes, viajó continuamente entre la Universidad de los Angeles y
las montañas embrujadas de Méjico. Rozando los límites de la locura, tuvo éxito en conservar su salud mental y lograr un doctorado en antropología.

Quién era don Juan?
Don Juan Matus, el guía y chamán de Carlos Castañeda, nació en Arizona de ascendencia yaqui y yuma. Vivió en la orfandad desde la infancia, debido a que en las guerras yaqui sus padres fueron asesinados.

Estuvo un tiempo en Yucatán, donde se ganaba el sustento trabajando en los cafetales de la zona. Su juventud fue bastante accidentada, porque era excesivamente pendenciero. En la última de esas contiendas recibió un balazo en el pecho que lo dejó tirado en la calle, muy mal herido. Un indio viejo que pasaba por el lugar, lo recogió y lo cuidó, no sin antes haber aparentado frente a las personas que los rodeaban en ese momento – previo guiño a una vidente que presumía ser su mujer en público – que el herido era hijo de ambos y que sufrían inmensamente por lo que había ocurrido. Cuando hubo pasado un tiempo y ya se encontraba casi recuperado, don Juan hizo planes para huir de aquel lugar, pero el indio que no era otro que don Julián, su futuro guía y chamán, le propinó un fuerte golpe en la espalda que lo forzó a entrar a un estado de consciencia acrecentada. Después le reveló parte de la regla que tenía que ver con el Nagual.

Don Juan vivió las tres etapas del desarrollo de un guerrero:
l.- ser guiado a tomar la regla como mapa,
2.- la comprensión que uno puede obtener la consciencia suprema,
3.- conocimiento de un pasaje secreto para acceder a ese otro mundo oculto de la consciencia.

Don Julián le ayudó a convertirse en “hombre de conocimiento” y también le transmitió otros conceptos, uno de los cuales don Juan aplicó en su vida. Se refería al hecho de que la historia personal debía mantenerse en privado, porque así se evitaba “sufrir el peso de los pensamientos ajenos.”

Carlos Castañeda, que aprendió de don Juan, también aplicó este predicamento en su vida.

La enseñanzas de don Juan

El uso de las hierbas psicotrópicas
Las enseñanzas que recibió Castañeda del chamán, consistían en un sistema coherente de creencias, inculcadas por medio de un método pragmático y experimental. No era fácil comprenderlas debido a las extrañas características de los fenómenos que el aprendiz experimentaba. Al principio, el hincapié lo hacía en el uso de plantas psicotrópicas. Empleó por separado el peyote (laphophora williamsii), el toloache (datura inoxia) y un hongo (cilocybe mexicana). Relacionaba la datura y el hongo con la adquisición de “poder” y el uso del peyote con la obtención de sabiduría. Al peyote lo llamaba mescalito.

La importancia de las plantas residía en su capacidad de inducir etapas de percepción peculiar en la consciencia de quien las consumía. A estos efectos Castañeda los llamó “estados de realidad no ordinaria”.

En el contexto del conocimiento de don Juan, esas realidades eran reales, aunque fueran diferentes de aquellas que para nosotros lo son. Don Juan consideraba estos estados como único medio de adquirir poder. Estas plantas guiaban al hombre a ciertos poderes impersonales y los estados que producían los llamaba “encuentros”. Un chamán debía “encontrarse” con estos poderes para ganar su control.

El peyote o mescalito se consumía en reuniones llamadas mitotes. La reunión tenía como objeto encontrar una orientación sobre “la forma correcta de vivir”. Al toloache y a los hongos, los llamaban “aliados”, los cuales eran susceptibles a la manipulación. El hongo era el aliado preferido de don Juan, al que llamaba “humito”.

Un “hombre de conocimiento” debía encontrarse con el aliado las veces que fuera necesario, hasta llegar a familiarizarse con él. Esto significaba que había que fumar la mezcla e ingerir el polvo de hongos. Para minimizar los momentos más cruciales y extenuantes, el chamán usaba el humor.

El sistema de creencias que impartía, abarcaba cuando menos a dos culturas diferentes. Así otro chamán que tuvo influencia en el aprendizaje de Castañeda, fue don Genaro Flores, un indio mazateco de Méjico central.

Castañeda consideró su obra como una autobiografía atípica porque refiere, principalmente, algunos eventos de su vida y no lo que le sucede a un hombre común, ni menos sus estados subjetivos.

Después de haber transmitido sus enseñanzas, don Juan Matus y don Genaro Flores desaparecieron de la faz de la tierra y Castañeda se vio entonces en la obligación de hacer de nagual y el resto de los aprendices exigió su guía y consejo.

Los requisitos para el aprendiz
Acceder al conocimiento exigía algunos requisitos mínimos en un comienzo, requisitos que el guía comprobaba directa o indirectamente. En primer lugar, el aspirante a aprendiz tenía que tener “claridad de mente” y un propósito claro; saber qué quería realmente, conocer su corazón, porque el conocimiento debía llegar por “el camino difícil”.

Otra de las premisas mínimas, era que debía encontrar en un sitio determinado, un lugar adecuado para él, que debía hacerlo sentir “cómodo y feliz”.

En el caso de Castañeda, éste debió buscar “su lugar” en el cuarto de don Juan. Ante tan extraña y aparentemente absurda petición, Castañeda titubeó porque, además, lo hacía sentir ridículo. No obstante, cuando el chamán se alejó, con esmero y durante casi toda la noche, rodó, se tendió y tomó las más extrañas posiciones en el suelo. Casi al amanecer “sintió”, como le dijo don Juan, “cuando sus ojos no miraban de lleno las cosas” y vio vislumbres de colores en un determinado lugar del cuarto, en dirección sureste. Allí se quedó dormido.

En la mañana, don Juan corroboró su hallazgo, no sin antes mencionarle que todos los hombres tienen muchos lugares favorables y que los no favorables eran tan dañinos, que no sólo podían enfermar sino, además, causar la muerte.

También fue sometido a otra prueba, cuyo resultado fue estimado como un “augurio” favorable por don Juan, quien decidió entonces tomarlo como aprendiz.

El método del chamán
Para conseguir la metamorfosis del aprendiz, don Juan usaba plantas que producen efectos que cambian la forma de percibir la realidad en quien las consume o fuma. Las drogas son parte de una disciplina física y espiritual, como las prácticas ascéticas, los giros del derviche, las maceraciones del eremita cristiano y otras. Cada una de ellas es parte de un simbolismo que abarca al macrocosmos y al microcosmos y cada una se rige por un calendario ritual sagrado.

Las drogas, las prácticas ascéticas y los ejercicios de meditación son medios, no fines. Si el medio se transforma en un fin, se convierte en un agente de destrucción físico y espiritual que conduce a la degradación, la locura e incluso la muerte.

Rota la percepción cotidiana de la realidad, las drogas ya no tienen sentido, porque su función es semejante al mandala del budismo tibetano, es un apoyo para la meditación del principiante, no para el iniciado. El chamán expresa que lo que llamamos realidad consta de “descripciones del mundo” y los prodigios que la droga realiza son medios para destruir nuestros débiles razonamientos, nuestra percepción del mundo ordinario y para ubicar en su justa medida nuestras certidumbres. Él llama “parar el mundo” el terminar con la dualidad del sí y el no. Debemos recuperar esa mirada diáfana con una visión directa y profunda. Así alcanzaremos ese estado al que han aspirado todos los sabios del mundo: contemplativa imparcialidad.

El regalo del Águila
Según esta antigua enseñanza, al poder que gobierna a todos los seres vivientes le llaman el Águila. Esta se les aparece a los videntes como una enorme y negrísima águila, a gran altura, que otorga emanaciones
a todos los seres. Dicha emanación toma la forma de un capullo que envuelve el cuerpo físico.

El regalo que da el Águila a todos los hombres es conservar la llama de la consciencia, a la cual se le ha concedido pasar por una abertura hacia la libertad con el fin de perpetuarla. Para guiarlos, el Águila creó al Nagual. El vidente ve al hombre y mujer nagual, como un huevo luminoso. El Águila los creó como videntes para que “vieran”. Para asegurarse que el primer nagual condujera a su grupo hacia la libertad, sin corromperse, se llevó a la mujer nagual al otro mundo para que sirviera de faro al grupo hacia la abertura. Luego, recibieron la orden de olvidar.

La nueva tarea fue la de recordarse a sí mismos. Se separaron y no pudieron recordar quienes eran. El Águila les dijo, entonces, que si lograban recordarse a sí mismos podrían hallar la totalidad de cada uno, sólo entonces tendrían fuerza y tolerancia para afrontar la vida. La tarea siguiente fue que después de recordarse a sí mismos, debían conseguir otro hombre nagual y otra mujer nagual.

Don Juan explicó que cruzar hacia la libertad, significa que uno conserva la consciencia, el cuerpo se inflama de conocimiento y cada célula es consciente de sí misma.

Según esta enseñanza, no hay mundos de objetos, sino un universo de las emanaciones del Águila que representan la única realidad inmutable de lo perceptible y lo no perceptible, lo cognoscible y lo incognoscible.

Los videntes que ven las emanaciones, las llaman mandatos y la interpretan como la regla, mientras el hombre común las llama realidad.

El tonal y el nagual
El ser humano tiene dos facetas que están en funciones en el momento del nacimiento: el tonal, lado derecho y el nagual, lado izquierdo.

Ellos están hechos para el reino exclusivo del “hombre de conocimiento”. El tonal es el organizador del mundo. Por ejemplo, da sentido a una conversación, protege nuestro ser físico y es astuto con su obra. Es un guardián para nosotros, pero se ha convertido en un guardián déspota. El tonal es todo lo que somos y conocemos. Nos acompaña del nacimiento a la muerte. Hay un tonal personal y un tonal colectivo, que es
el que nos hace semejantes.