Aunque la idea de que un cuerpo pueda albergar dos o más yoes resulte bastante extraña, son muchas, si lo consideramos con más detenimiento, las evidencias que apuntan en esa dirección. De qué otro modo podríamos explicar las posesiones, los diálogos que las personas mantienen con sus ancestros, la sabiduría supuestamente divina de los guías espirituales, los mensajes recibidos de dioses personales, la consulta a los oráculos o el contacto con guías interiores? No es precisamente por esto por lo que actuamos, asumimos roles, vivimos a la altura de nuestras expectativas y, de ese modo, nos reinventamos de continuo? Y esto es algo que, de manera habitual, aunque quizá menos evidente, podemos advertir también en nuestros cambios cotidianos de conducta y de estado de ánimo. No les parece acaso que las expresiones no sé lo que me pasó o no era yo expresan claramente el reconocimiento implícito de un yo ajeno al que está hablando?

Son muchos los grandes filósofos, psicólogos o psicoterapeutas que han reconocido la multiplicidad esencial de la mente humana. En la antigua Grecia, por ejemplo, Platón consideraba que nuestra psique está compuesta de tres aspectos diferentes, el auriga, es decir, el yo racional, y un par de caballos, a los que se consideraba como el espíritu y los apetitos. En el s. IV, san Agustín dejó escrito que su viejo yo pagano se le aparecía durante la noche para atormentarle. Y no cambian continuamente de identidad los personajes de Shakespeare, como evidencian, entre muchos otros, los casos de Hamlet, Otelo y Macbeth, hasta el punto de que bien podría decirse que padecen un trastorno de personalidad múltiple?

El modelo freudiano de yo, ego y superego introdujo, en el s. XX, la noción de una división horizontal entre la mente consciente y la mente inconsciente y la teoría de los arquetipos de Jung conocía la existencia, en el inconsciente, de entidades separadas muy poderosas. La influyente escuela de la psiquiatría de las relaciones objetales afirma, por su parte, que los objetos externos pueden interiorizarse hasta convertirse en una especie de personalidades, y el análisis transaccional, desarrollado en los años cincuenta del pasado siglo por Eric Berne, se basa en la noción de tres instancias internas diferentes, el niño, el adulto y el padre.

Pero el psiquiatra italiano Roberto Assagioli, que desarrolló una modalidad de terapia llamada psicosíntesis, quizás haya sido quien más claramente expresó la idea de que el ser humano está compuesto de varias personalidades, a menudo conflictivas. No estamos unificados escribió-. A menudo sentimos que lo estamos porque no tenemos muchos cuerpos ni muchos brazos y porque una mano no suele golpear a la otra. Pero lo cierto es que, metafóricamente hablando, esto es precisamente lo que ocurre, porque nuestras diferentes subpersonalidades compuestas de impulsos, deseos, principios y aspiraciones- están enfrentadas y sumidas en una lucha incesante.

Veinte años después, el psicólogo estadounidense John Jack Watkins y su esposa Helen desarrollaron una terapia de estado del ego, que considera nuestra personalidad como una familia de yoes y emplea técnicas hipnóticas para ponerlas de relieve. Aproximadamente al mismo tiempo, los doctores Hal y Sidra Stone, psicólogos de California, empezaron a desarrollar un sistema terapéutico destinado a promover el diálogo de voces entre nuestros diferentes personajes internos.

Los hallazgos realizados paralelamente por la moderna investigación neurocientífica parecen sugerir la inexistencia en el cerebro humano de un yo esencial. Cuanto más sabemos sobre el funcionamiento de ese extraordinario órgano, más evidente resulta que cada uno de nosotros no es más que un puñado de respuestas biológicamente programadas o aprendidas que se ven activadas cuándo y cómo la situación lo requiere. Como dijo Robert Ornstein: Nuestra mente encierra un conglomerado cambiante de pequeñas mentes diferentes, reacciones y habilidades fijas y pensamientos flexibles, entidades que, después de ser activadas y cumplir con su función, se ven descartadas y vuelven a ocupar su lugar. Desde la época en que Ornstein escribió esto, la tecnología de imagen cerebral ha permitido la observación de esta caleidoscópica actividad cerebral en la pantalla de un ordenador. El escáner cerebral de las personas aquejadas de personalidad múltiple extremo ha puesto de relieve las neuronas asociadas con la activación de un determinado personaje y con la desactivación de otro, como una especie de interruptor, cuando la persona cambia de conducta, de estado de ánimo e incluso hasta cambia los recuerdos a los que puede acceder. Así pues, aún en la árida prosa habitual en los informes científicos, los investigadores parecen señalar, dentro del mismo cerebro, la existencia de diferentes yoes.

Resulta curioso, pues, que a pesar de todo ello, el cambio de personalidad aún es considerado como algo extraño y misterioso que se asemeja más a la posesión espiritual que a un fenómeno fisiológico natural. El lenguaje coloquial, por otra parte, sigue apelando todavía al lenguaje de la posesión. Describiendo el proceso de la creación musical, por ejemplo, el compositor David Gray dice: Empiezas jugueteando con unos cuantos sonidos y divirtiéndote con ellos pero, cuanto más profundizas, más grande y ambiciosa es tu exigencia, hasta que ves asomar un rostro malcarado y acabas poseído. Pero la investigación científica sobre la multiplicidad tiene una larga historia cuyas raíces se entremezclan con la superstición.


Sacerdotes, posesión y la pianista múltiple de Mesmer
A finales del s. XVIII, los casos de posesión se trataban generalmente mediante el exorcismo. Uno de los exorcistas más conocidos de esa época era el sacerdote llamado Johann Gassner, que trabajaba en Suiza y pronunciaba sus encantamientos rituales haciendo oscilar, a modo de péndulo, un crucifijo de metal frente al sujeto.

Mientras el padre Gassner se hacía famoso por su victoria sobre los demonios, otro estrambótico personaje, un médico austriaco llamado Franz Antón Mesmer, se esforzaba en encontrar una explicación natural (en lugar de sobrenatural) a los poderes curativos de la interacción interpersonal. Era mucho (tanto como ahora) el interés que en esa época despertaban las fuerzas, los fluidos y las energías misteriosas y también resultaba muy difícil (tanto como ahora) diferenciar las supersticiones absurdas de los últimos descubrimientos realizados por la ciencia.

Mesmer creía haber descubierto la gravitación animal (a la que posteriormente denominó magnetismo animal), una misteriosa sustancia o energía dadora de vida que fluía a través de una red de canales que discurría por todo el cuerpo y se veía afectada por los imanes. La enfermedad, según la teoría desarrollada por Mesmer, era causada por bloqueos en ese flujo que podían verse liberados por crisis, es decir, por ataques agudos de la enfermedad en cuestión. Así, por ejemplo, el asma o la epilepsia, podían verse curados, en su opinión, durante un ataque grave de asma o de epilepsia, respectivamente.

Mesmer creía que ese flujo magnético nos une a todos en un campo de fuerza invisible y que, utilizando la influencia armonizadora de su propio flujo magnético, el médico puede ayudar a recuperar la salud de sus pacientes. Un modo de hacerlo era empleando pases movimientos del brazo del médico sobre el cuerpo del paciente- para inducir la crisis y restablecer, de ese modo, su adecuado funcionamiento energético.

El magnetismo animal fue considerado como una auténtica revolución científica y al tratamiento de Mesmer se le atribuyeron multitud de efectos positivos. Pero, por más equivocado que estuviera, la teoría en que se asentaba era, dado el conocimiento biológico de la época, racional, y cuadraba felizmente con el espíritu de la Ilustración, que por aquel entonces recorría todo el continente europeo.

Entretanto y por las mismas razones sociales-, el padre Gassner y sus teatrales exorcismos se vieron sometidos a un severo escrutinio. En 1775, la Academia de Ciencias de Munich encomendó a Mesmer la tarea de observar el trabajo de Gassner y dar su experta opinión. Mesmer, por lo visto, advirtió la existencia de algún paralelismo entre la oscilación rítmica del crucifijo de Gassner y sus propios pases y concluyó que los efectos curativos a menudo espectaculares de Gassner sobre los poseídos se debían al poderoso magnetismo animal del sacerdote y a su uso del crucifijo de metal. Pero, por más que su conclusión insistiese en la sinceridad del padre Gassner, su informe puso punto final a la carrera del sacerdote.

Entretanto, la práctica de Mesmer florecía. Su teoría era cada vez más elaborada y, con el paso de los años, acabó desarrollando una sofisticada parafernalia para intensificar el poder curativo de sus sesiones. Una de sus técnicas, por ejemplo, consistía en sentar a los pacientes cogidos de las manos en torno a una cuba llena de una solución de ácido sulfúrico bajo el supuesto de que el ácido incrementaba, de algún modo, la fuerza curativa que pasaba a través de ellos. El escenario se asemejaba a una sesión de espiritismo porque, retrospectivamente considerado, la mayor parte de su éxito se debía al poder del trance, la sugestión y la creencia.

Un par de años después de haber acabado con la carrera de Johann Gassner, Mesmer conoció a alguien que acabaría desencadenando involuntariamente su propia crisis. Maria-Theresa von Paradies era una pianista, cantante y compositora de dieciocho años que se movía en los círculos sociales más encopetados de Europa y acabó convirtiéndose en favorita de la emperatriz austro-húngara. Maria-Theresa era ciega de nacimiento pero, pese a haber sido tratada por los más eminentes oftalmólogos, no pudieron descubrir la causa ni la cura de su enfermedad.

Bajo los atentos cuidados de Mesmer, sin embargo, Maria-Theresa recuperó la visión. Pero con la cura llegó el desastre, porque esa mejora se vio acompañada de la pérdida de su capacidad de componer y tocar el piano. Y la cura no sólo provocó la pérdida de su talento artístico, sino que también llevó a sus padres a la quiebra, porque Maria-Theresa dejó de percibir la generosa beca concedida por la emperatriz. Para consternación de la muchacha, sus padres acabaron alejándola de Mesmer y, al poco, volvió a perder de nuevo la vista.

Después de ese episodio, la reputación de Mesmer se vio gravemente herida y jamás volvió a recuperarse y, por más que hizo varios y espectaculares intentos de reaparecer, murió en 1815 casi olvidado por el mundo. Pero el mesmerismo no murió con su inventor ya que, bajo diferentes disfraces y finalmente despojado de la noción de fluido cósmico, acabó asentando las bases de la moderna hipnosis. Aunque el mismo Mesmer no lo entendiera así, sus pases curativos y su inducción al trance eran un método para acceder y manipular estados cerebrales habitualmente inconscientes. En este sentido, la hipnosis de Maria-Theresa había activado en ella una personalidad, al tiempo que había desconectado a la pianista, como si se tratase de dos estados diferentes ligados a personajes también diferentes.

El término hipnosis, acuñado en torno a 1840 por el médico escocés James Braid, se deriva de la palabra griega hypnos, que significa sueño porque, al comienzo, Braid creía que los sujetos mesmerizados estaban dormidos. Pero cuando se familiarizó con ese estado, Braid se dio cuenta de que no tenía tanto que ver con el sueño como con un estrechamiento extremo de la atención. Y por más que entonces trató de rebautizarlo como monoideísmo un término mucho más ajustado -, ya era tarde para cambiar, debido a los centenares de médicos y al creciente número de animadores de teatro y charlatanes que utilizaban la técnica con el nombre de hipnosis. Por ello hoy en día seguimos atrapados en la idea equivocada de que la hipnosis es una forma de letargo.


 

Anton Mesmer (1734-1815)

 

Pierre Janet (1859-1947)
Pierre Janet y la desaparición de los muebles
Aunque el s. XIX asistió al perfeccionamiento de las técnicas hipnóticas y a los movimientos rítmicos descubiertos por Mesmer, se añadieron varios tipos de inducciones verbales (como Mírame a los ojos!), la mayoría de los practicantes, sin embargo, seguían sin tener una idea clara de lo que sucedía durante el trance hipnótico. Y si bien Braid estaba en lo cierto al suponer que la hipnosis alteraba la atención, fue un médico francés, Pierre Janet, quien se dio cuenta de que, en algunas circunstancias, podía desconectar eficazmente una personalidad y conectar otra, teorizando que el cerebro humano puede generar estados mentales muy distintos, a los que denominó existencias, que determinan formas muy diferentes de ver y responder al mundo. Sólo una de ellas puede, en un determinado momento, ser consciente y la persona puede ignorar por completo las existencias internas de las que no es consciente. Durante el trance hipnótico, por tanto, la persona puede verse fácilmente inducida a cambiar su atención de una existencia a otra y, al hacerlo, sacar a una existencia del escenario de la consciencia y posibilitar la emergencia de otra.

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