Tiene la Tradición India una Sabiduría transmisible a Occidente?

Mientras que la cultura científica elaborada en Occidente triunfa y se extiende sin oposición sobre todos
los continentes, nos interesa saber lo que el Oriente puede ofrecer en cambio de valioso, de precioso a los pueblos occidentales.

La India, tan abierta a las técnicas modernas, tan ardiente en su deseo de transformar y de elevar el nivel de vida de su población, tendrá secretamente en su patio trasero cierto conocimiento práctico de la vida aun totalmente ignorado por nosotros, y del cual podríamos sacar provecho?

Un observador superficial de la India solamente verá la fachada en vías de construcción, la obra imponente de los planes quinquenales, las empresa de los grandes embalses, los vastos proyectos de reforma agrícola, la reorganización rural.

El hará justicia a la sed de saber y de investigar que anima a su elite universitaria, a sus médicos, sus ingenieros, sus sabios. Si la mirada de nuestro observador se detiene en ese aspecto espectacular de la evolución histórica, si no penetra más allá, habrá fallado en descubrir lo esencial.

A un eminente amigo indio, médico general de la Armada, que me preguntó por mi apreciación acerca de los cambios acaecidos en India desde l949, le respondí: “Ciertamente la India se ha transformado profundamente… conservando un trasfondo de permanencia inmutable. Un cambio versus un trasfondo de invariabilidad”.

El enunciado causó complacencia a mi amigo. Y esta opinión fue unánimemente aceptada por un grupo de médicos indios presentes en la reunión. Se estableció un diálogo entre nosotros. Cada cual reconoció en este trasfondo de valores inmutables preciosamente preservados, la reserva de la cual podría emerger una fuente renovadora de la civilización occidental. Tales fueron los términos algo enfáticos que nos atrevimos a formular allí esa tarde.

Pero, en verdad falta en Occidente alguna cosa esencial, un conocimiento indispensable para su salvaguardia? Tendrá la India eso que hace falta tan cruelmente a las civilizaciones occidentales?

En el peligroso estado de nuestra historia presente, se impone un examen riguroso de las deficiencias inherentes a nuestra cultura.

En primer lugar, conviene reprocharle su exclusiva orientación hacia el mundo exterior, su ignorancia de los caminos de la interioridad profunda.

El pensamiento occidental sitúa lo “Real” exclusivamente en el mundo objetivo, exterior a nuestro cuerpo, en el mundo que podemos conocer por los sentidos. La terminología corriente consagra y mantiene este prejuicio. Se dice de un juicio imparcial y verídico que es “objetivo”. La subjetividad es sinónimo de fantasía, de ensueño, de quimera. Nuestros psicólogos se esfuerzan en adaptar sus modelos a lo “Real”, es decir, al mundo exterior, al ambiente social y familiar. El sabio occidental experimenta sobre objetos. Cree en la realidad substancial de los fenómenos objetivos y de las cosas; entre estos diversos elementos él concibe relaciones “objetivas”.

Pero el indio iniciado en su tradición asume hacia el mundo una actitud diametralmente opuesta a la que adopta el pensamiento occidental. El universo, según él, es un mundo de apariencias, una creación mental nacida de sus sentidos y de su pensamiento. Los paisajes, las cosas que descubre alrededor de su cuerpo, resultan de un juego de funciones sensoriales; son imágenes emanadas de nuestro espíritu, y, como tales, inseparables del espectador que las ha producido.

Por cierto, él no piensa en negar su carácter pragmático, concreto, objetivo. Pero sabe que los marcos del espacio, del tiempo, de la causalidad, donde se encuadran las cosas y los seres de este mundo, provienen de la psiquis del observador. Por eso su “realidad” es una realidad prestada.

Pidamos a un sabio indio que nos diga a qué fuente pedimos prestada la “realidad” y él nos dirá: “Buscad lo Real dentro de vosotros, no en los objetos definidos por vuestros sentidos y vuestros conceptos; proseguid la búsqueda en lo más profundo de vuestro ser hasta el último lugar de referencia. La Realidad, en el sentido estricto de la palabra, no es sino el conocimiento verídico que se revela a vosotros al término de esta búsqueda”.

Una perfecta teoría del conocimiento, una teoría correcta según las exigencias inevitables de la epistemología, he aquí lo más precioso que la ciencia metafísica india puede ofrecer al Occidente. Si este punto de vista prevaleciera entre nosotros y se impusiera a nuestros sabios, el pensamiento occidental sufriría la más grande revolución que haya conocido desde la antigüedad; le sería apremiante revisar integralmente y corregir todas sus nuevas nociones. El estilo de vida individual y social sería modificado. Tales serían las consecuencias de este cambio de polaridad. En lugar de establecer sus puestos de observación en la periferia de la psiquis, sobre los planos sensorial, afectivo, intelectual, el espíritu de investigación tomará un lugar más acá de las funciones superficiales del ego, en el núcleo central de integración y de asimilación. Este desplazamiento en profundidad lo llevaría a un lugar puntiforme y sin dimensiones, donde la consciencia funcionando en estado puro – impersonal – resuelve toda percepción y todo saber en conocimiento.

Este lugar puntiforme, en cuyo centro reside el conocimiento, no es de ningún modo una concepción quimérica, ni tampoco una hipótesis aventurada. Los fisiólogos contemporáneos reconocen la necesidad de admitirlo en su esquema neurológico. Uno de los más eminentes pioneros de la neurología, Sir Charles Sherrinton, lo identifica con justo título, con el centro de integración del ser individual, con el Ser, el Yo auténtico.

He aquí los términos con que él lo define: “El Yo se encuentra al centro en un mundo de “cosas”, existiendo sin contorno ni forma, ni dimensiones; invisible, intangible, desprovisto de atributos sensibles, durable, con una durabilidad sin extensión, cuando se le compara con las cosas. Su posición es sin magnitud. De este
Yo somos mucho más inmediatamente conscientes que del mundo espacial alrededor nuestro, puesto que es nuestra experiencia directa. Es el Sí, el Ser “.

Y sin embargo, jamás ha sido visto, ni sentido, y aunque posee el lenguaje, jamás ha sido escuchado. Permanece inaccesible a los sentidos, aunque sea conocido por sí mismo directamente, de primera mano y en forma indiscutible.

Independientemente de estas teorías, las investigaciones efectuadas por las escuelas neuro-quirúrgicas y electro-neurológicas revelan la presencia en la estructura del cerebro de un lugar central de integración, foco centroencefálico de Penfield, sistema reticulado del diencéfalo, del tálamo, del pedúnculo cerebral. Considerada en sus implicaciones anatómicas, la función mental entrega un esquema cómodo, gráfico sugestivo del proceso integrador.

La pluralidad de los aspectos visuales, táctiles, auditivos, etc. del mundo, que nuestros sentidos elaboran, converge al azar en la Unidad de una consciencia asimiladora. Despliegue del Uno en la diversidad-múltiple, resolución de la diversidad en el Uno; tal es la definición que han dado de la Consciencia los sabios reunidos en un Simposio en Chicago, y en Montreal, para discutir acerca de este importante tema.

Los descubrimientos modernos de la neurología resumen aquí las conclusiones a las cuales llegaron los investigadores indios de la interioridad, persistiendo en su búsqueda más allá de todas las categorías subjetivas. Sólo el experimentador actuando en sí mismo conoce – por haberlo vivido – la naturaleza fundamental existencial, beatífica, de esta vida indescriptible. Ella se sitúa en el trasfondo – jerárquicamente, en el manantial – de la individualidad. Su absoluta simplicidad original la exime de los cambios que traerá el tiempo. A diferencia de los éxtasis y diversos tipos de samadhi propios del Yoga, ella no se experimenta entre los límites de un comienzo y de un fin. La vida, realizada en su perfecta indivisión, no implica ningún metabolismo, ni hay una palabra que pueda calificar correctamente la esencia.

Sin embargo, es necesario que volvamos a descender de esta transcendencia a un plano apropiado para
una clara descripción biológica. Y además se debe vivir entre los hombres, moverse entre los objetos del mundo material. El hombre, manteniendo su atención despierta en este lugar “puntiforme”, que lo ubica en el corazón de sí mismo, despliega en el campo de su consciencia la total extensión de sus funciones psíquicas. Establecido como testigo alerta en la más íntima profundidad compatible con una “visión” de los fenómenos, tiene proyectada ante él la totalidad de su ser. Se conoce a través de una visión que no es óptica. A su gusto, escoge excitar, retener o adormecer la actividad de su pensamiento y de sus sentidos. Los múltiples aspectos de su personalidad toman forma ante él sucesivamente, luego se disuelven como sombras de sí mismo. Nacen y mueren en su campo de consciencia mientras que él asiste como testigo inmutable a su pasar efímero. Todas las creaciones de su espíritu o de sus sentidos proyectan sus siluetas en la pantalla de su atención, a distancia del lugar desde donde él las contempla. Tal es la posición que él ocupa en este punto donde la consciencia resplandece. Su sensibilidad, sus propias emociones ondulan sin ataduras, nacen y mueren, extrañas a la realidad de su ser. Para él, el universo organizado por sus sentidos, por su entendimiento, por su sentimiento, desenrolla sobre diversos planos un inmenso “objeto” de formas que rebrotan incesantemente, en el cual se encuentra incluso la imagen de su propio cuerpo. Nada permanece estable en esta fantasmagoría cambiante e inasible. El elemento de realidad contenido en este infinito despliegue procede del foco original de donde la totalidad emerge y adonde, regresando, se sumerge. Una evidencia irrecusable nos garantiza que lo Real se arraiga en este “punto” sin dimensiones: último centro de integración y único foco de conocimiento auténtico. Esta fuente de luz, pura consciencia iluminadora, confiere a los objetos nacidos de ella su carácter de verdad.

La substancia fundamental del Universo, según este punto de vista, se revela de naturaleza psíquica. En este mundo a base de consciencia, no se sabría oponer irreductiblemente la materia al espíritu, porque la materialidad – si se la somete a un correcto examen – demuestra ser un concepto, una experiencia sensorial y mental. Porque la asimilamos, absorbiéndola e integrándola en conocimiento, se ilumina con la claridad de lo Real.

Es así que la epistemología india, contradiciendo el curso del pensamiento occidental, reversa la polaridad de lo Real. El oyente es invitado a llevar su búsqueda de lo verdadero en la dirección de la interioridad, más allá de la vida subjetiva, más allá de las relaciones dualistas, que oponen al sujeto y al objeto el uno contra el otro. La aventura implica ciertos riesgos. Sin duda el círculo ilusorio que encierra el juego de la dualidad no se deja atravesar fácilmente. La ayuda de una razón transcendente que derribe todas las barreras, asegura el despegue del espíritu hacia el “lugar” de una claridad sin sombras.

Y es aquí que el sabio occidental puede apreciar en justa medida la severidad de la pérdida que experimentó nuestra cultura cuando se extinguió la tradición epistemológica greco-egipcia. En el estado actual de nuestro conocimiento del hombre, ignoramos que existe, más allá de la inteligencia racional, un principio superior de inteligibilidad. Pero en los tiempos de Heráclito, de Pitágoras, de Sócrates, de Platón, de Plotino, un tal poder del espíritu era unánimemente conocido. Se le designaba con el nombre de Nous. La función iluminadora del Nous permitía al filósofo traspasar las oposiciones de la dualidad y consumar la búsqueda, el Nous – o su equivalente – ha desaparecido de nuestro vocabulario; y en nuestros días estaría sin uso. También los helenistas deben resignarse a traducir este término, a falta de algo mejor, por una palabra que traiciona gravemente el sentido: intelecto. La función “noética” a la que hacemos alusión, abre un acceso a la última instancia de donde ella misma ha nacido. En todas circunstancias, dispone a la razón a orientar sus pasos en la dirección del principio original de Platón, de Plotino. Y es así que ella ilumina el pensamiento justo, la conducta recta, llevándola finalmente a su disolución en la evidencia del testimonio final. De este conocimiento “noético” es inseparable el amor. Se podría aspirar con todo el ser a la verdad integral si no se la amara con un amor Soberano?

En estos tiempos críticos de nuestra historia, en que el hombre de occidente pretende reconstruir – desde América a Rusia – las bases materiales del mundo, una tradición viviente, preciosamente salvaguardada ofrece a nuestro espíritu las perspectivas de una dimensión nueva. Por la reversión de polaridad que nos propone se revela un trasfondo inexplorado. Se nos expone a la ayuda de una dialéctica rigurosa, y por el método experimental – el Yoga – la extensión de los poderes inherentes a la psiquis. El experimentador indio de la vida subjetiva conoce y pone en acción leyes totalmente desconocidas para el sabio occidental. Sin embargo, ninguno de los poderes adquiridos por el ejercicio del yoga alcanza en dignidad y en amplitud el poder que emana de la Sabiduría.

El sabio de la India, según la tradición no-dualista (Advaita Vedanta) tiene el poder de conducir a todo oyente apasionado por la verdad hasta el término de la búsqueda epistemológica: a la Realidad de lo Real (Sataysya Satvam).

Su instrucción – simultáneamente teórica y práctica – confiere a quien la absorbe integralmente en su pureza una soberana potencia; lo libera de la historia y lo sustrae de las vicisitudes del determinismo y del destino. Además, le proporciona el don más precioso que un hombre pueda recibir: hace de él un ser benéfico.

Sin duda encontraremos provecho – un provecho incalculable – en revisar radicalmente nuestra manera de ver el mundo y de concebirnos nosotros mismos. El estudio de las ciencias biológicas procede sin orden ni método, porque carece de bases epistemológicas. La misma falencia se hace sentir penosamente en el sector médico y en psicología. Los investigadores no pueden explorar más que engranajes y una maquinaria superficial. Ellos ignoran la naturaleza profunda del hombre; la interioridad escapa a sus sondajes. Pero un error más grave que todas las carencias tiene cautivo su espíritu; ellos toman sus conceptos, las construcciones de su espíritu en trabajo, sus representaciones abstractas por “realidades”. Estos son para ellos, “datos”, hechos (duros hechos) . Hacen tanto caso de estos “hechos” que construyen inmensos ficheros para recibirlos y conservarlos. Este desorden nos inunda.

Como consecuencia de nuestro error de óptica inicial, el acceso a lo esencial nos está prohibido. La frente de nuestros sabios se lastima tarde o temprano contra la fachada infranqueable que les opone la “objetividad”. Ellos no conocen ningún otro campo de investigación que el “plano objetivo”, única realidad para sus ojos.

Pero se puede explorar con rigor totalmente científico el campo de la interioridad? Y si penetramos con la consciencia vigilante e imperturbable en este medio fluido, desconcertante, descubriremos leyes claramente definidas, imperativos universales? El explorador no va a disiparse, a vagabundear en desorden en la fantasía y la irracionalidad de la vida subjetiva?

Sería imprudente subestimar los riesgos en que incurre el explorador que desciende en esta “terra ignota”. La frágil claridad de su razón corre el peligro de extinguirse allí, porque estos abismos son recorridos por ráfagas incesantes. No descenderemos al precipicio sino sólo después de haber anclado sólidas amarras que nos conecten al fondo. Un guía alerta, infalible conocedor del trayecto y de la etapa final, enganchará por nosotros firmemente la punta del ancla en la última estación. El alumbrará con su luz nuestros pasos hasta que los itinerarios se nos hayan hecho familiares. Al término de la maniobra encontramos la claridad porque el “final” – último conocimiento – es luz. En este foco de integración más allá de la unidad, las nociones de tiempo, de espacio, las formas y las sensaciones, han sufrido la transmutación que las refunde en consciencia beatífica, inclusiva de toda realidad. Reconocemos que esta realidad estuvo siempre presente en nosotros.

Seremos indestructiblemente occidentales al punto de oponer un rechazo definitivo a la invitación que se nos hace de revisar nuestra óptica? Si así fuera, decidiríamos nuestra condenación a breve plazo.

Cuidémonos de creer que al operarse esta reversión de polaridad, renunciaremos a nuestra tradición – el helenismo – para adoptar una visión india del universo y del hombre. El individuo que intenta enajenarse de su herencia ancestral y repudia su propia tradición se acomoda una figura híbrida, en la que se descubre la imitación. Yo no propongo, de ningún modo, al occidente que se orientalice. Operando la reversión que se impone urgentemente a nuestra “visión del mundo”, reencontraremos una óptica familiar al sabio de occidente. El sabio recuperará una verdad largo tiempo olvidada y perdida por nuestra cultura. Volviendo a encontrar la visión correcta que fue la de un Sócrates, de un Platón, de un Plotino, reanudará el hilo de su propia tradición. Todo examen epistemológico correctamente conducido – suceda en India, en China, en Grecia o en Egipto – debe llegar al mismo fin. He ahí una evidencia que he tratado de demostrar mediante algunos ensayos sobre el tema y en la aplicación práctica a la medicina.

Concluyamos este ensayo pidiéndole a Plotino que tome la palabra:

“Es así como uno se retira del exterior y se orienta hacia la interioridad enteramente. Cuando se cesa de inclinarse hacia las cosas de afuera, ignorándose todo, primero disponiendo el alma a ello, y en el momento de la contemplación abandonando toda forma. Perdemos incluso nuestra autonomía en el seno de la contemplación… es necesario traerse hacia sí desde los objetos sensibles que son los últimos hasta la realidad original. Es necesario librarse de todo vicio puesto que se tiende hacia el Bien, se deberá remontar al principio (Arkhé) interior a sí mismo y devenir un ser único en lugar de muchos si se debe contemplar al Uno primordial. Es necesario llegar a ser Nous, remitir el alma al Nous y establecerla allí a fin de que despierte a la “visión noética”.

Roger Godel

Traducido y extractado por Eduardo Cucurella de
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Física Moderna y Misticismo Oriental

La física del siglo xx ha ejercido profunda influencia sobre el pensamiento filosófico en general, porque ha revelado una limitación insospechada de las ideas clásicas y ha impuesto una revisión radical de muchos de nuestros conceptos básicos. El concepto de materia en la física subatómica, por ejemplo, es totalmente diferente de la sustancia material tradicional en la física clásica, y otro tanto puede decirse de conceptos como los de espacio, tiempo o causalidad. Tales conceptos son, sin embargo, fundamentales para nuestra perspectiva del mundo que nos rodea, y, con la radical transformación de los mismos, toda nuestra visión del mundo ha empezado a cambiar.

Todos estos cambios producidos por la física moderna parecen conducir a una visión del mundo que es muy similar a la del misticismo oriental.

Se puede encontrar un análisis detallado de los paralelos entre las principales teorías de la física moderna y las tradiciones místicas del Lejano Oriente en The Tao of Physics (Capra, 1975). En este artículo me interesa dedicarme a dos ideas sobre las cuales insiste todo el misticismo oriental y que constituyen temas recurrentes en la visión del mundo que tiene la física moderna: la unidad e interrelación mutua de todas las cosas y acontecimientos y la naturaleza intrínsecamente dinámica del universo.

Después de una breve presentación conjunta de la visión mecanicista del mundo, que caracteriza a la física clásica, y de la visión orgánica del misticismo oriental, explicaré de qué manera surge en la teoría cuántica la idea de una interconexión fundamental de la naturaleza, idea que adquiere un carácter esencialmente dinámico en la teoría de la relatividad, que implica una nueva concepción de las partículas íntimamente relacionada con la concepción oriental del mundo material.

La visión mecanicista y la visión orgánica del mundo
La visión tradicional de la física clásica es un enfoque mecanicista del mundo que tiene sus raíces en la filosofía de los atomistas griegos, quienes veían la materia como constituida por varios elementos básicos de construcción, los átomos, que son puramente pasivos y se hallan intrínsecamente muertos. Se pensaba que a los átomos los movía alguna fuerza externa a la que con frecuencia se atribuía un origen espiritual, con lo cual se la suponía fundamentalmente diferente de la materia. Esta imagen llegó a ser parte esencial del modo de pensar de Occidente y dio origen al dualismo entre espíritu y materia, entre la mente y el cuerpo, que es característico del pensamiento occidental. Este dualismo fue formulado en su forma más tajante en la filosofía de Descartes, quien basó su visión de la naturaleza en una división fundamental entre dos ámbitos separados e independientes: el de la mente (res cogitans) y el de la materia (res extensa). La división cartesiana permitió que los hombres de ciencia trataran la materia como algo muerto y totalmente separado de ellos y vieran el mundo material como una multitud de objetos diferentes reunidos en un enorme mecanismo. Tal visión mecanicista del mundo fue la que sirvió a Newton como base para la construcción de su mecánica, y de ella hizo el fundamento de la física clásica.

A la concepción mecanicista del mundo se opone la visión de los místicos orientales, que puede ser caracterizada con la palabra orgánica en tanto que considera que todos los fenómenos del universo son partes integrales de una totalidad inseparable y armoniosa. Para el místico oriental, todas las cosas y los acontecimientos percibidos por los sentidos están interrelacionados, conectados, y no son otra cosa que aspectos o manifestaciones diferentes de una misma realidad última. Nuestra tendencia a dividir el mundo que percibimos en cosas individuales y separadas y a vivenciarnos como un yo aislado en este mundo es considerada una ilusión proveniente de la tendencia de nuestra mentalidad a medir y categorizar. La división de la naturaleza en objetos separados es ciertamente útil y necesaria para manejarnos en nuestro ambiente de todos los días, pero no es un rasgo fundamental de la realidad. Para el místico oriental, todos esos objetos tienen, por consiguiente, un carácter de fluidez y cambio continuos. La visión oriental del mundo es, pues, intrínsecamente dinámica, y contiene como características esenciales al espacio y al tiempo. Se ve el cosmos como una única realidad inseparable – en eterno movimiento, viva y orgánica – espiritual y material al mismo tiempo. Mientras que el movimiento y el cambio son propiedades esenciales de las cosas, las fuerzas que causan el movimiento no están fuera de los objetos, como en la visión griega clásica, sino que son una propiedad intrínseca de la materia. Veamos ahora cómo aparecen en la física moderna los rasgos principales de este plan.

La teoría cuántica
Una de las características importantes de la teoría cuántica ha sido reconocer que la probabilidad es una característica fundamental de la realidad atómica que rige todos los procesos, e incluso la existencia de la materia. Las partículas subatómicas no existen con certeza en lugares definidos, sino que más bien – como ha expresado Heisenberg (1963) – muestran tendencia a existir. Los hechos atómicos no ocurren con certeza en momentos definidos y de maneras definidas, sino que muestran tendencia a ocurrir. Henry Stapp (1971) subraya que estas tendencias o probabilidades no son probabilidades de cosas, sino más bien probabilidades de interconexiones. Cualquier objeto atómico observado constituye un sistema intermedio que vincula la preparación del experimento a la medición subsiguiente. Existe y tiene significado solamente en este contexto; no como una entidad aislada, sino como una conexión entre los procesos de preparación y de medición. Las propiedades del objeto no pueden ser definidas independientemente de esos procesos. Si la preparación o la medición se modifican, las propiedades del objeto también cambiarán.

Por otra parte, el hecho de que hablemos de un objeto – un átomo, un electrón o cualquier otro sistema observado – demuestra que pensamos en alguna entidad física independiente que primero se prepara y después se mide. En física atómica el problema básico que plantea la observación es que – tal como lo expresa Stapp (1971) – para definirlo es necesario que el sistema observado esté aislado, y sin embargo, para observarlo debe interactuar. En la teoría cuántica este problema se resuelve de manera pragmática mediante la exigencia de que los dispositivos de preparación y de medición estén separados por una gran distancia, de modo que el objeto observado esté libre de su influencia mientras viaja de la zona de preparación a la zona de medición.

En principio, esta distancia debe ser infinita. En el marco de la teoría cuántica, el concepto de una entidad física separada sólo se puede definir con precisión si dicha entidad se encuentra infinitamente lejos de los dispositivos de observación. Por cierto que en la práctica esto no es posible, y tampoco necesario. Tenemos que recordar aquí que la actitud básica de la ciencia moderna es que todos sus conceptos y teorías son aproximados. En el caso que nos ocupa, esto significa que no es necesario que el concepto de una entidad física separada tenga una definición exacta, sino que se puede definir en forma aproximada. Cuando se trabaja con distancias grandes entre los dispositivos de preparación y los de medición, sus efectos perturbadores sobre el objeto observado son pequeños y por ende desdeñables, y se puede decir que se está observando una entidad física separada. Por consiguiente, un concepto tal no pasa de ser una idealización. Cuando los dispositivos de medición no están colocados a la distancia suficiente, ya no es posible desdeñar su influencia y la totalidad del sistema macroscópico forma un todo unificado, desvaneciéndose la idea de un objeto observado.

La teoría cuántica revela, pues, la existencia de una cualidad esencial de conexión recíproca en el universo. Demuestra que no podemos descomponer el mundo en unidades mínimas con existencia independiente. A medida que penetramos en la materia nos encontramos con que está hecha de partículas, pero tales partículas no son bloques de construcción básicos en el sentido en que lo entendían Demócrito y Newton. Son simplemente idealizaciones, útiles desde un punto de vista práctico pero desprovistas de una significación fundamental.

Con palabras de Niels Bohr (1934): Las partículas materiales aisladas son abstracciones, ya que sus propiedades sólo son definibles y observables mediante su interacción con otros sistemas.

La telaraña cósmica
En el nivel atómico, pues, los objetos materiales sólidos de la física clásica se disuelven en secuencias de probabilidades; y estas secuencias no representan probabilidades de cosas, sino probabilidades de interconexiones. La teoría cuántica nos obliga a ver el universo no como una colección de objetos físicos, sino más bien como una complicada telaraña de relaciones entre las diversas partes de un todo unificado.

Werner Heisenberg (1963) lo expresó diciendo: El mundo se muestra así como un complicado tejido de sucesos en el cual alternan, se superponen o se combinan conexiones de diferentes clases, que al hacerlo así determinan la textura del todo.

Pues bien, esta es la forma en que vivencian el mundo los místicos orientales, que con frecuencia expresan su experiencia en palabras casi idénticas a las que usan los físicos atómicos. Tómese, por ejemplo, la cita siguiente de un budista tibetano, el Lama Govinda (1973):

[Para el budista] el mundo externo y su mundo interior son sólo dos lados de la misma tela, en la cual los hilos de todas las fuerzas y de todos los acontecimientos, de todas las formas de consciencia y de sus objetos, están entretejidos en una red inseparable de relaciones interminables y recíprocamente condicionadas.

Estas palabras de Govinda destacan otra característica que tiene fundamental importancia tanto en la física moderna como en el misticismo oriental. La universal conexión recíproca de la naturaleza incluye siempre y de manera esencial al observador humano y a su consciencia. En la teoría cuántica los objetos observados sólo se pueden entender en función de la interacción entre los procesos de preparación y medición, y el término de esta cadena de procesos se encuentra siempre en la consciencia del observador humano. La característica más importante de la teoría cuántica es que el observador humano no sólo es necesario para observar las propiedades de un objeto, sino que es necesario incluso para definir tales propiedades. En física atómica jamás podemos hablar de la naturaleza sin hablar al mismo tiempo de nosotros mismos. Tal como lo formuló Heisenberg (1963): La ciencia natural no se limita a describir y explicar la naturaleza; es parte de la acción recíproca entre la naturaleza y nosotros.

En la física moderna, pues, el científico no puede desempeñar el papel de un observador desapegado, sino que se ve comprometido en el mundo que observa. John Wheeler (1974) considera que el compromiso del observador es la característica más importante de la teoría cuántica, razón por la cual ha sugerido que la palabra observador fuera reemplazada por participante. Pero también esta es una idea bien conocida de los estudiosos de la tradición mística. El conocimiento místico jamás puede ser obtenido mediante la mera observación, sino solamente por una participación plena que compromete a la totalidad del ser. La idea del participante es, pues, básica en las tradiciones místicas de Oriente.

La teoría de la relatividad
La segunda teoría básica de la física moderna, la teoría de la relatividad, nos ha obligado a modificar drásticamente nuestros conceptos del espacio y del tiempo. Ha demostrado que el espacio no es tridimensional y que el tiempo no es una entidad aparte. Ambos están íntimamente conectados y forman un continuo tetradimensional llamado espacio-tiempo. Por consiguiente, en la teoría de la relatividad no podemos hablar del espacio sin hablar del tiempo y viceversa. Ya llevamos largo tiempo conviviendo con la teoría de la relatividad y nos hemos familiarizado completamente con su formalismo matemático, pero esto no nos ha servido de mucho en lo que se refiere a la intuición. No tenemos experiencia sensorial directa del continuo tetradimensional espacio-tiempo, y si bien esta realidad relativista se manifiesta, se nos hace muy difícil afrontarla en el nivel de la intuición y del lenguaje ordinario.

Aparentemente, una situación similar existe en el misticismo oriental. Los místicos parecen capaces de alcanzar estados de consciencia no ordinarios, en los cuales trascienden el mundo tradicional de la vida cotidiana para vivenciar una realidad superior y multidimensional, una realidad que, como la de la física relativista, es imposible de describir con el lenguaje ordinario. Govinda (1973) se refiere a esa vivencia cuando escribe:

Se logra una vivencia de dimensionalidad superior cuando se integran vivencias de diferentes centros y niveles de consciencia. De aquí que ciertas experiencias de la meditación sean imposibles de describir en el plano de la física tridimensional.

Es posible que las dimensiones de estos estados de consciencia no sean las mismas de las que se ocupa la física relativista, pero es sorprendente que hayan llevado a los místicos a formular ideas del espacio y del tiempo que son muy similares a las implícitas en la teoría de la relatividad. En todo el misticismo oriental parece haber una especial intuición del carácter espacio-temporal de la realidad. Se insiste una y otra vez en el hecho de que el espacio y el tiempo están inseparablemente vinculados, lo que es tan característico de la física relativista. Así, el estudioso del budismo D. T. Suzuki escribe (1959): Como hecho de la experiencia pura, no hay espacio sin tiempo ni tiempo sin espacio.

En la física moderna los conceptos de espacio y tiempo son tan básicos para la descripción de los fenómenos naturales que su modificación entraña una modificación de todo el marco de referencia de que nos valemos para describir la naturaleza. La consecuencia más importante de esta modificación es haber comprendido que la masa no es más que una forma de energía, que todo objeto tiene energía almacenada en su masa.

Estos resultados – la unificación del espacio y el tiempo y la equivalencia de masa y energía – han tenido profunda influencia sobre nuestra imagen de la materia y nos han obligado a modificar esencialmente nuestro concepto de lo que es una partícula. En la física moderna la masa ya no se asocia a una sustancia material, y por ende no se considera que las partículas consistan en alguna cosa básica, sino que se las ve como haces de energía. La energía, sin embargo, se asocia con actividad, con procesos, y esto implica que la naturaleza de las partículas subatómicas es esencialmente dinámica. En una teoría relativista en que el espacio y el tiempo se funden en un continuo tetradimensional, tales partículas ya no se pueden representar como objetos tridimensionales estáticos, como bolas de billar o granos de arena, sino que hay que concebirlos como entidades tetradimensionales en el espacio-tiempo. Sus formas tienen que ser entendidas, en un sentido dinámico, como formas en el espacio y en el tiempo. Las partículas subatómicas son diseños dinámicos que tienen un aspecto espacial y un aspecto temporal. Su aspecto espacial hace que aparezcan como objetos con cierta masa, y su aspecto temporal como procesos en los que está en juego la correspondiente energía. La teoría de la relatividad otorga, pues, a los constituyentes de la materia un aspecto intrínsecamente dinámico y demuestra que no se puede separar la existencia de la materia de su actividad. No son más que partes diferentes de la realidad tetradimensional espacio-tiempo.

Los místicos orientales parecen haberse percatado de la conexión íntima del espacio y el tiempo, y consiguientemente su visión del mundo, como la de los físicos modernos, es intrínsecamente dinámica. En sus estados de consciencia no ordinarios perciben la unidad del espacio y del tiempo en un nivel macroscópico, es decir que ven los objetos macroscópicos de manera muy similar a la concepción que tiene el físico de las partículas subatómicas. Suzuki (1968), por ejemplo, escribe en uno de sus libros sobre el budismo: Los budistas han concebido un objeto como un acontecimiento, y no como una cosa o sustancia.

Las dos teorías básicas de la física moderna muestran, pues, todos los rasgos principales de la visión oriental del mundo. La teoría cuántica ha abolido la noción de objetos fundamentalmente separados, ha introducido el concepto del participante para sustituir el del observador y ha llegado a ver el universo como una telaraña de relaciones interconectadas cuyas partes sólo se definen en función de sus conexiones con el todo. La teoría de la relatividad, por así decirlo, dio vida a la telaraña cósmica al revelar su carácter intrínsecamente dinámico y al demostrar que su actividad es la esencia misma de su ser.

Las actuales investigaciones físicas se dedican a unificar la teoría cuántica y la de la relatividad en una teoría completa del mundo subatómico. Todavía no hemos logrado formular una teoría tan completa, pero disponemos de varias teorías parciales que describen muy bien ciertos aspectos de los fenómenos subatómicos. Todas estas teorías expresan de modos diferentes la interrelación fundamental y el carácter intrínsecamente dinámico del universo, y todas ellas comprenden concepciones filosóficas sorprendentemente similares a las que maneja el misticismo oriental.

La cuerda
La base de la filosofía de la cuerda es la idea de que no se puede reducir la naturaleza a entidades fundamentales, como bloques o ladrillos fundamentales de materia, sino que hay que entenderla únicamente en función de su coherencia interna. Toda la física ha de derivarse exclusivamente de la exigencia de que sus componentes sean coherentes entre sí y consigo mismos.

Esta idea constituye un apartamiento radical del espíritu tradicional de la investigación física básica, que siempre se había propuesto encontrar los constituyentes fundamentales de la naturaleza. En la nueva visión no sólo se abandona la idea de que la materia esté constituida por unidades fundamentales, sino que no se acepta entidad fundamental alguna: ni leyes ni ecuaciones ni principios. Se considera al universo como una telaraña dinámica de acontecimientos relacionados entre sí. Ninguna de las propiedades de una parte de la telaraña es fundamental; todas ellas se siguen de las propiedades de las otras partes y la coherencia global de sus relaciones recíprocas determina la estructura de la totalidad de la telaraña.

Es evidente la afinidad de esta idea con el espíritu del pensamiento oriental. Un universo indivisible, en el que las cosas y los acontecimientos están interrelacionados, poco sentido tendría sin una coherencia interna. En cierto modo, la exigencia de coherencia interna, que forma la base de la hipótesis de la cuerda, y la unidad e interrelación de todos los fenómenos, sobre las cuales se insiste tanto en el misticismo oriental, no son más que aspectos diferentes de la misma idea, lo cual se ve con especial claridad en la filosofía china. Joseph Needham, en su minucioso estudio de la ciencia y la civilización chinas, analiza extensamente el hecho de que el concepto occidental de leyes fundamentales de la naturaleza no tenga equivalente en el pensamiento chino (Needham, 1956). Según dice Needham, los chinos no tenían siquiera una palabra que correspondiese a la idea, clásica en Occidente, de una ley de la naturaleza. El término que más se le aproxima es li, que Needham traduce como diseño dinámico, diciendo que en el pensamiento chino: La organización cósmica es de hecho un Gran Diseño en el cual están incluidos todos los diseños menores, y las leyes que intervienen en él son intrínsecas a estos diseños. (Needham, 1956)

Esta es exactamente la idea de la filosofía de la cuerda: que en el universo todo está conectado a todo lo demás y que ninguna parte de él es fundamental. Las propiedades de cualquier parte están determinadas no por ninguna ley fundamental, sino por las propiedades de todas las demás partes.

Conclusión
A modo de conclusión quiero hacer algunas observaciones referentes a la cuestión de qué es lo que podemos aprender de estos paralelismos. La ciencia moderna, con todo su refinado mecanismo, está simplemente redescubriendo una antigua sabiduría que los sabios orientales conocen desde hace miles de años? Por consiguiente, deben los físicos abandonar el método científico y ponerse a meditar? O puede haber una influencia recíproca, e incluso una síntesis, entre la ciencia y el misticismo?

Creo que todas estas preguntas tienen que ser contestadas negativamente. En la ciencia y en el misticismo veo dos manifestaciones complementarias de la mente humana, de sus facultades racionales e intuitivas. El físico moderno vivencia el mundo mediante una especialización extrema de la dimensión racional; el místico, mediante una especialización extrema de la dimensión intuitiva. Son dos aproximaciones enteramente diferentes en las que está en juego mucho más que una visión determinada del mundo físico. Sin embargo, ambas son complementarias, como nos hemos acostumbrado a decir en física. Ninguna de las dos está comprendida en la otra ni puede ser reducida a ella, sino que las dos son necesarias y se refuerzan recíprocamente para ofrecer una comprensión más cabal del mundo. Si parafraseamos un antiguo aforismo chino, diremos que los místicos entienden las raíces del tao, pero no sus ramas; los hombres de ciencia entienden las ramas, pero no las raíces. La ciencia no necesita del misticismo y el misticismo no necesita de la ciencia; pero el hombre necesita de ambos. La experiencia mística es necesaria para entender la naturaleza más profunda de las cosas, y la ciencia es esencial para la vida moderna. Lo que necesitamos, por consiguiente, no es una síntesis, sino una interrelación dinámica entre la intuición mística y el análisis científico.

Fritjof Capra

Extractado por Tatiana Reyes de
R. Walsh y F. Vaughan.- Más Allá del Ego.- Kairós

La Teoría de Sistemas

El nacimiento de la filosofía y su hija la ciencia, en Grecia, alrededor del siglo VI a. C., se pone de manifiesto por una reflexión del hombre sobre el valor de sus mitos básicos. El pensamiento racional, lineal, discursivo, que divide, clasifica y ordena, va a diferenciarse del pensamiento mítico, globalizante, irracional. Estos dos modos de pensar no son incompatibles. Son opuestos, antagonistas y complementarios. Poco a poco, en nuestro mundo occidental, el estudio del mundo exterior, físico, material, va a separarse del mundo interior, mítico, espiritual. La unidad del mundo se dividirá en sagrado y profano.

En el siglo XVII se establecen las reglas del método científico, presuponiendo la distinción sujeto/objeto con la cual la ciencia va a desarrollarse hasta principios del siglo XX. Los científicos occidentales sólo se interesarán por el mundo material, confundiendo “distinguir” con “separar”. Durante un tiempo la causalidad lineal esconderá la finalidad.

Descartes había propuesto un modelo del universo-máquina constituido de elementos independientes articulados unos con otros. Aunque seguramente él no confundía el universo mismo con su representación de él, no todos sus sucesores tuvieron la misma prudencia, y los científicos comenzaron a descubrir los constituyentes elementales de la materia cuyo conocimiento permitiría explicarlo todo, Aunque este método permitió un formidable avance científico, condujo al hombre occidental a vivir en una completa disociación psíquica. Esta actitud reduccionista Ilevó a una fragmentación de las disciplinas: física, química, biología, bioquímica, neurología, fisiología, psicología, sociología, etc., trabajando cada una de ellas de modo independiente, sin intercambios ni contactos con las otras. Actualmente, las ciencias están redescubriendo que su objetivo común es el estudio del universo, habitado por el hombre, autor de la ciencia.

Entre 1925-26, el biólogo vienés Ludwig von Bertalanffy constató que el enfoque mecanicista prevaleciente parecía descuidar o incluso rechazar cuanto hay de esencial en el fenómeno de la vida. Preconizó una concepción orgánica de la biología, poniendo en evidencia la importancia del organismo considerado como un todo o un sistema, dando por objetivo principal el descubrimiento de los principios de la organización a todos los niveles.

A fines de los años cuarenta, desarrolló su conocida Teoría General de Sistemas, que describe las formas de vida como sistemas complejos organizados que interactúan con sus ambientes. En lugar de analizar rigurosamente algunos fenómenos como moléculas o células separadamente con la consiguiente exclusión de otros, es decir de las sociedades, Von Bertalanffy consideró el carácter interconectado de estos sistemas abiertos naturales. Su estrategia era buscar semejanzas en el modo cómo las partes y el todo funcionan en forma integrada. Definió los sistemas abiertos por su estado constante que se logra gracias a un cambio permanente de materia que se refleja en un continuo e incesante proceso de demolición y reconstrucción de sus componentes. Es decir, son sistemas que se auto-sostienen, se auto-mantienen y se auto-reparan.

A este estado uniforme lo denominó equilibrio fluyente. Numerosas investigaciones contemporáneas a través de sofisticados estudios de medición nos señalan que esta renovación permanente, este flujo y reflujo, se producen en el organismo en un grado y una velocidad que antes apenas se podía sospechar. Un organismo crece en tanto el proceso de construcción predomine, y se estabiliza cuando ambos procesos están en estado de equilibrio fluyente.

Este esquema nos orienta al concepto de morfología dinámica. Las formas orgánicas no son rígidas sino la expresión de una corriente de acontecer. A través de ciertas leyes se puede predecir la curva de crecimiento de un organismo, así como calcular la velocidad de renovación proteica a partir de ella.

Jung apenas conoció la formulación de la Teoría de Sistemas, pero toda su obra es una puesta en práctica anticipada de este pensamiento sistémico, nuevo paradigma para entrar en la Era de Acuario. Debemos deplorar que esto sea tan poco reconocido, salvo por los físicos que – como Pauli – han constatado que la psicología de las profundidades y las investigaciones sobre la micro-materia los conducían a resultados muy parecidos.

Toda actividad podría ser el estudio experimental de la estructura de la consciencia, todo depende desde qué punto de vista nos situemos. Precisamente, los físicos han elegido desde principios del siglo XX un punto de vista que les permite experimentar esa estructura en un cambio completo de actitud, mejor dicho, de nivel de consciencia. Entre las herramientas conceptuales adoptadas para eso figura la Teoría de Sistemas, junto con la aventura de la mecánica cuántica, la teoría de los quanta de Planck y la Teoría de la Relatividad de Einstein.

En su Teoría, Einstein pasó de una representación de tres dimensiones del espacio a una representación de cuatro dimensiones con el espacio-tiempo. Del mismo modo, Jung estructuraba la psique según cuatro funciones, consistiendo el proceso de individuación en diferenciar e integrar las cuatro funciones, en particular la que había permanecido en la sombra.

Podríamos decir entonces que todo sistema abierto puede estudiarse en términos comparados, de modo que sea posible mostrar cómo los diferentes sistemas, en general, reciben, transforman y entregan o intercambian información o energía en un proceso de cambio constante.

Tras las investigaciones clínicas de los aspectos materiales o sistemas biofísicos parte una nueva línea de investigación, ya que el ser humano constituye una totalidad psicofísica, por lo tanto, se hace imprescindible aproximarse a las ciencias que nos hablan de la conducta humana.

Prescindiendo de las necesidades inmediatas, el hombre vive en un Mundo de símbolos. Esto hace muy claro que lo que determina la conducta humana más allá de los impulsos de supervivencia son los bienes simbólicos como posición social, riqueza, satisfacción de intereses personales, producción científica o artística y el cumplimiento de normas éticas.

El campo de los valores humanos es más bien un sistema de normas simbólicas dentro de un marco cultural histórico social y religioso. Este campo es fundamental en el desarrollo de lo inherentemente humano, al punto que tanto el estrés como las enfermedades mentales son producto principalmente de la construcción de sociedades competitivas hasta el grado de una extenuación sin sentido.

Basta sólo una rápida mirada para darnos cuenta de que en lugar de una economía de las necesidades, actualmente tenemos una economía de la opulencia que artificiosamente se sostiene gracias al uso poco ético de técnicas psicológicas de promoción publicitaria, aplicables masivamente a intereses comerciales y políticos. El resultado es sustituir propósitos genuinos, que se plantean en la comunidad o en el hombre individual, por reflejos condicionados propios del hombre masa.

Para esta teoría, los valores también son sistemas independientes de contexto. Esto significa que es probable que cambien con las circunstancias que los rodean a tal punto que, mirado desde esta óptica científica, nuestros sistemas de valores están sometidos al pensamiento fatuo y a las reacciones en cadena de razonamientos que se vuelven super críticos cuando no protegemos los frágiles conceptos éticos y leyes morales. Von Bertalanffy describe a la humanidad como un conjunto de “sistemas dentro de sistemas cuyos diversos niveles de complejidad a menudo confunden a nuestro sistema moral”,

La idea de que somos un mundo de sistemas diversos cuyas operaciones están sujetas a los caprichos del contexto, nos coloca en una situación incómoda. Nuestras acciones y conocimientos están rodeados de una terrible incertidumbre, lo que desemboca en una vida precaria y agotadora. Es especialmente angustioso para quienes creen que sólo las mejores creaciones y las buenas acciones son las más representativas de nuestra naturaleza. En realidad, todos los conceptos y objetos de nuestra creación son claves de nuestra naturaleza, tanto de la destructiva y letal como de la constructiva y bondadosa.

Al comentar las perplejidades en las que nos sumergen los sistemas complejos, podríamos extrapolar que lo que diferencia los misiles teledirigidos de los seres humanos es nuestra capacidad para organizarnos a nosotros mismos, desde el nivel genético hasta el de los pensamientos. Nuestro código genético es lo bastante sensible como para guiarnos en nuestro tumultuoso desarrollo. Esta es la milagrosa diferencia entre el funcionamiento de nuestras creaciones y nuestro funcionamiento como creadores. Sin el código genético que nos da información durante nuestro desarrollo, y sin la intervención de nuestra mente para modificar nuestra voluntad o dar forma a valores, habría poca diferencia entre nuestras acciones y las de un computador programado para el desastre. En concordancia con esto, Hampden-Turner expresa: “Para trascender las disciplinas académicas hostiles y luchar contra los sistemas internacionales, debemos desarrollar sistemas generales auto-organizadores de relaciones simbólicas que concilien el empirismo con la dialéctica, las clases, las razas y especie humana con sus ambientes.”

Quienes concuerdan con las teorías de Von Bertalanffy, ven el mundo como grupos de relaciones armonizadas que se deben entender contextualmente. Según el filósofo Ervin Laszlo. “la teoría contemporánea de los sistemas generales procura encontrar rasgos comunes, en términos de aspectos compartidos de organización, descubriendo las pautas repetitivas de la organización y evaluándolas como otras tantas variaciones de un tema común”. Tenemos que concentrarnos en el modo cómo los sistemas auto-organizados operan en relación con otras organizaciones de sistemas. Este conocimiento ilumina adicionalmente la relación con el ambiente que conforma nuestro mundo interior.

De esta concepción surge la idea de que muchos sistemas individuales se combinan para dar forma a uno o más super-sistemas. A su vez, ellos configuran organizaciones y sistemas más complejos, todos completamente integrados. Este proceso de agregación podría describirse como la formación de una red, que comienza con muchas piezas pero con poca coordinación. Finalmente, esas piezas se combinan armónicamente como partes de un sistema en evolución. Cada parte del sistema – según Laszlo conserva una individualidad propia”, Existe como un sub-ensamblaje dentro de un todo mayor. Los sistemas dentro de otros sistemas pueden tener su propia autonomía y libertad de decisión.

Frente a esa visión tan gris que nos presenta con frecuencia el mundo de los medios de comunicación, donde constantemente se exponen los innumerables procesos auto-destructivos propios de la casi total identificación del hombre masa con los niveles elementales de la personalidad, encontramos que, por el contrario, el vivir todos los hechos, incluso el más cotidiano, de un modo constantemente nuevo, intenso y lleno de sentido, nos acerca a expresar verdades superiores. Así, si un individuo puede lograr vivir sintonizado e integrado con las energías primordiales que animan su personalidad, alejándose de esta manera de los condicionamientos artificiales, puede llegar a constituirse en la personalidad creadora descrita por A, Maslow. Esta creatividad no se aprende, es el resultado de encontrarse a sí mismo, viviendo conscientemente todas las experiencias que la vida nos depara.

Si pensamos que cada individuo es parte de otro super-sistema, podríamos entender lo significativo que podría ser el aumento de nivel de consciencia de un ser humano con respecto a su familia, ciudad, país, etc.

Por cierto que hay que tener en claro que la identidad personal nos lleva a una responsabilidad personal, pero más trascendente nos debe parecer la identidad grupal, porque es allí donde se producen los procesos de interrelación naturales de todo sistema con todas las responsabilidades que esto implica. Tener consciencia de nuestra presencia grupal quizás sea lo más trascendente en la evolución de grandes grupos y, por consiguiente, de la humanidad.

Como otra forma de acercarnos al concepto de sistemas, Humberto Maturana nos entrega el concepto de auto-poyesis como una propiedad básica de los sistemas vivos. El autor, a través del análisis de la comunicación y el lenguaje, logra interpretar la cognición, no como conocimiento de un mundo objetivo externo que existe en forma independiente de nosotros, sino como un acoplamiento estructural adecuado del sistema viviente al nicho ecológico. “Vivir es conocer, lo humano es conversar, lo que nos permite vivir en redes de conversaciones que constituyen culturas. De modo que, en último término, cada vida humana se vive en el espacio psíquico, espiritual o mental que le da el carácter propio de la cultura a la que ese ser humano pertenece, modulando su propio vivir individual. Tal espacio no es un espacio de objetos, es un espacio de relaciones con nosotros mismos, con otros y con el mundo en general. Así, cualquiera sea el espacio psíquico, mental, espiritual que hayamos vivido, siempre tendremos la posibilidad de cambiarlo a través de la reflexión.”

Esta visión teórica nos muestra la posibilidad de cambiar el mundo a partir de nuestro cambio individual, ya que nuestro mundo del lenguaje simbólico siempre está abierto a nuevas aproximaciones. Por eso no debemos olvidar que la totalidad de estas teorías, y cada una en particular, sólo son aproximaciones de la mente humana a una totalidad insondable e indescriptible de la cual somos parte. De todas formas, es fundamental concluir en que el cambio de cualquier partícula de un sistema afecta la conducta de este último, y este a su vez provoca cambios en el sistema mayor que lo incluye, tanto en los aspectos creativos como en los destructivos propios de la vida sistémica. Si consideramos a la humanidad como un sistema en evolución, resulta impactante darse cuenta de la implicancia que tiene el que algunos de sus integrantes – que ya han logrado una personalidad estable – crucen el umbral hacia lo transpersonal. El cambio de nivel de consciencia de estos individuos indudablemente logrará profundos cambios en la sociedad, la cultura, la política, la educación, el arte, la psicología, la salud y, en general, en la totalidad de los planteamientos humanos,

La única manera de que realmente se manifiesten grandes cambios en esta humanidad sufriente, es empezar por el crecimiento individual, siendo siempre el primer paso el conocerse a sí mismo con miras a unirse con otros para, por fin, vivir la trascendencia de sentirse parte de algo más grande…

Patricia Zárraga

Más Información:
Bertalanffy, L. Von.- Concepción Biológica del Cosmos.- Universidad de Chile.
Laszlo, Erwin.- Emergencia de Teorías Unificadas en Ciencias.- Revista Alcione N 10
Maslow, Abraham.- La Personalidad Creadora.- Kairós
Maturana y Varela.- El Árbol del Conocimiento.- Editorial Universitaria

Las Bases Metafísicas del Análisis

El problema del destino del hombre, de la manera como él debe vivir, del bien y del mal en sus acciones, su sufrimiento, su persecución tan difícil de la felicidad, su estupor ante la muerte que parece arrancarle todo cuanto él posee, todas estas interrogantes han sido justamente ligadas, durante tanto tiempo como puedan remontarse nuestros conocimientos, a la idea que el hombre era capaz de una evolución interior, de un desarrollo espiritual. A todo lo largo de la historia de la humanidad se encuentran las grandes líneas inmutables de una Metafísica tradicional cuyos principios constituyen las bases intemporales de una ciencia de este desarrollo del hombre.

Las adquisiciones con que el psicoanálisis ha enriquecido la psicología no se colocan al margen de la Metafísica Tradicional, porque ésta, desde el punto de vista en el cual está situada, lo abarca todo. Y es interesante ver cómo los hechos observados se integran en la concepción metafísica general, porque el análisis posee la eficacia que la experiencia ha demostrado. Esta confrontación de los hechos con las ideas de todos los tiempos es necesaria para dirigir de manera justa el manejo de este método psicológico poderoso cuyos efectos pueden ser, según cómo se lo aplique, tan nefastos como saludables.

La Metafísica Tradicional enseña que el principio de la Trinidad preside la creación continua del Universo. En todas las sabidurías antiguas se encuentra esta concepción primordial, Los egipcios reverenciaban tres dioses: Shu, el Aire; Tefinet, el Vacío, y Atum, que domina los dos primeros y los concilia. En el país de Sumer, es Anu, rey del Cielo, Enlil, rey de la Tierra, y Ea, dios supremo. En Persia, Ormuzd es el dios del Bien, Ahriman el dios del Mal, y Mithra es el tercer gran dios. Entre los indúes, Brahma, el Creador, es asistido por Vishnú, el Conservador de los seres, y por Shiva, el Destructor. Pero es en el símbolo chino del Tai-Chi o Hecho Supremo, que se expresa más perfectamente la idea trinitaria. Allí, los dos dioses del dualismo son representados por las dos partes, una negra y una blanca, de un círculo al que divide una línea sinuosa; y el gran dios que los equilibra está representado por un círculo exterior que los encierra.

La parte negra es el Yin, femenino, húmedo. frío, negativo; la parte blanca es el Yang, masculino, seco, cálido, positivo; el círculo que los rodea es el Tao, principio conciliador que reglamenta las relaciones alternantes de los dos principios opuestos, del Yin y del Yang.

Todo el universo es así creado por la síntesis trinitaria: dos principios opuestos, uno positivo, el otro negativo, situados sobre el mismo plano, y teniendo el mismo valor, son armonizados, conciliados, arbitrados, por un principio supremo sin el cual ellos se anularían.

Y el hombre es un microcosmos construido a la imagen del macrocosmos. La creación de su Ser real es el producto de dos principios opuestos, positivo y negativo, situados en el plano natural temporal, en el plano donde juegan las pasiones del hombre, arbitradas por un principio superior intemporal, espiritual. Y este principio espiritual es representado en el hombre por su Razón divina que nosotros llamaremos también Inteligencia Independiente. Nosotros precisaremos más adelante cómo concebimos esta Inteligencia Independiente. Digamos solamente ahora que ella es esta posibilidad que tiene el hombre de pensar, sin sufrir la influencia de sus pasiones, de una manera imparcial.

La realización del hombre se efectúa por la toma de posesión de su mundo interior. Y ella se cumple cuando el hombre, colocado sobre el plano de su Inteligencia Independiente, ve a la vez en él los dos principios, afirmativo y negativo, que, iguales en valor y opuestos el uno al otro, residen sobre el plano de los fenómenos. Entonces él realiza la síntesis equilibrada de su Ser total.

Este punto de vista, el único que da la visión justa, no incluye ninguna emoción ordinaria ante la visión de tal o cual elemento en el plano inferior. En efecto, según la Metafísica Tradicional, los dos principios, afirmativo y negativo, constructor y destructor, se balancean exactamente al interior del todo de un ser dado. Para el ojo que los abarca juntos, su total es rigurosamente nulo en su plano y ellos sólo valen en tanto que elementos de la síntesis ternaria. Se puede entonces decir que toda observación de sí que implique una aprobación o una crítica, una alegría o un sufrimiento, un Bien o un Mal, no está efectuada desde el punto de vista conveniente. En efecto, toda aprobación o crítica prueba que el equilibrio no es exacto entre los dos principios inferiores; uno es visto como predominante sobre el otro y esto sólo puede ocurrir cuando el hombre que los ve está situado en ese mismo plano. En tal caso es imposible una visión rigurosamente total porque esa visión sólo puede tener por objeto las manifestaciones de los principios inferiores y no estos principios mismos en su unidad respectiva. La visión total de sí, visión unificante, da por abolida toda distinción entre el Bien y el Mal, y toda persistencia de esta distinción prueba que esta visión no ha sido obtenida. Dicho de otra manera, toda observación de sí que incluya una emoción ordinaria de contento o de sufrimiento no está efectuada desde el punto de vista que es el único justo.

Se ve la necesidad en que se encuentra el hombre que quiere realizar su Ser de abandonar voluntariamente la distinción del Bien y del Mal en la que ha vivido hasta ahora y todas las emociones que a ella están ligadas. En el pecado original, Adán come el fruto del árbol del Bien y del Mal, es decir que él pierde el principio conciliador de la síntesis ternaria y cae en el dualismo donde el Ser no podría realizarse.

Se preguntará por qué, a la visión del Bien y del Mal, están ligadas emociones de alegría y de sufrimiento. Por qué el Bien aparece superior al Mal siendo que ambos son igualmente necesarios a la síntesis trinitaria? Por qué los dos principios aparecen desiguales cuando falta el principio conciliador? Esto proviene del hecho de que existen ciertas relaciones entre el principio superior y los principios inferiores, entre los mundos intemporal y temporal, relaciones que se expresan en el Simbolismo. El plano espiritual
es afirmación, construcción, y el simbolismo no puede relacionar este plano a la vez a los dos principios inferiores opuestos, sino solamente al principio inferior constructor, al Bien. Si el hombre prefiere necesariamente el Bien al Mal, es porque, en la profundidad de su conciencia, él sólo tiende hacia un único valor que es la realización de su Ser espiritual.

El hombre debe abandonar la distinción del Bien y del Mal para realizar la síntesis trinitaria de su Ser. Actuando así, él obtiene su liberación, porque la esclavitud del hombre encerrado en el dualismo, no es, como muchos lo creen, la esclavitud del Mal, sino la esclavitud de la distinción del Bien y del Mal.

Abandonando esta distinción, el hombre debe dejar necesariamente todas las emociones ordinarias de las cuales ella es la única causa. Hemos dicho que este abandono debía ser voluntario. En efecto, va a producirse una lucha porque frente a la fuerza temporal que constituye la emoción ordinaria, otra fuerza deberá aparecer, fuerza intemporal que, en la medida en que aparecerá, será necesariamente victoriosa a causa de su naturaleza superior misma. Pero la emoción ordinaria desde que nace en el hombre toma por asalto su atención y la capta siempre en una cierta medida. El fin de la lucha interior consiste justamente en arrancar a la emoción temporal todo lo que ella ha captado de atención, y es solamente cuando la totalidad de esta atención ha sido arrancada que se obtiene la visión estabilizante de la síntesis trinitaria.

La visión justa es entonces una visión sin emoción ordinaria y ella se obtiene por la extinción de esta emoción al arrancarle, por el juego de la Inteligencia Independiente voluntaria, la atención que había capturado. Cómo comprender la realización de este anonadamiento? Para obtener la visión trinitaria, que es una síntesis, la Inteligencia Independiente anula la visión parcial, relativa, que la emoción quiere retener en el plano inferior, por un análisis, es decir, por una descomposición en elementos distintos. En efecto, la visión parcial del plano inferior, en tanto que parcial, es necesariamente heterogénea. Los elementos que la constituyen no tienen la conexión orgánica que sólo puede ser la consecuencia de un todo. Visto desde el principio superior para quien sólo un todo tiene una realidad, este conjunto heterogéneo aparece como una pura nada. Y, visto así, este conjunto que, mientras parecía real, podía retener la atención, ahora ya no es capaz de ello y, soltando presa, se reabsorbe integrándose en la totalidad del principio, integrado él también en la síntesis trinitaria.

Todo ocurre como si la fuerza de vida que, por la captura de la atención estaba ligada a la atención ordinaria, al soltarse pasa a nutrir la realización naciente del Ser del sujeto. Hay muerte sobre el plano inferior y nacimiento en el plano superior, muerte temporal, nacimiento espiritual.

Se comprende que este proceso no se pueda hacer más que en el momento mismo en que la emoción está viva en el hombre, cuando él es afectado como sujeto. Por lo tanto, el análisis sobre emociones antiguas, hecho en un momento en que sólo el intelecto está en juego, no tendría ninguna eficacia inmediata porque
la fuerza de la emoción ya no está presente y no puede entonces ser transferida de un plano a otro. Este no podría tener más que una eficacia secundaria, preparando el retorno de otro análisis hecho en un momento en que la emoción esté presente. La Inteligencia Independiente realmente es esta visión imparcial en la que el hombre se ve como si él fuera otro. Pero ella no tiene eficacia si el hombre es en verdad, a causa del tiempo transcurrido, otro, es decir, ya no es un sujeto sino un objeto para su visión. Esta sólo es eficaz si
el hombre es a la vez otro y el mismo, a la vez sujeto y objeto.

El anonadamiento de las emociones, del cual hemos dicho que es necesario a la síntesis del Ser, no debe evidentemente ser comprendido como un anonadamiento definitivo, y el hombre que realizare la plenitud de su Ser no sería un hombre en el que ya no se produjeran más emociones ordinarias. El anonadamiento de la emoción es un proceso instantáneo, es decir, ocurre en este instante que es la intersección del tiempo y de la eternidad. Esto no modifica en nada el juego del principio que, funcionando en el plano temporal, ha producido la emoción y continuará produciendo otras nuevas. El anonadamiento no afecta más que al producto de esta fuente profunda. Este producto ha desaparecido, vacío de su contenido de fuerza de vida que ha sido arrebatado en beneficio del Ser real. Pero la fuente continúa y es indispensable que así sea para que continúe la realización del Ser que se nutre de sus efectos. Es así que se puede representar al hombre que hiciera actuar continuamente su Inteligencia Independiente como un hombre sin emociones, porque ellas serían vaciadas de su contenido y en consecuencia muertas a su aparición; pero no como un hombre sin deseos porque la muerte de los deseos es incompatible con la vida corporal.

Hemos dicho que el abandono de la posición dualista, de la distinción del Bien y del Mal, involucraba el abandono de las emociones antes de tener consciencia de su función dualista. Así vemos nosotros ahora, en la marcha inversa que es la práctica de la vida interior, que el hombre que quiere abandonar sus emociones para nutrir su Ser debe tomar consciencia de su posición dualista y de la necesidad en la que él se encuentra de abandonarla. Y es preciso comprender aquí que lo que hemos llamado la distinción del Bien y de Mal debe ser entendido en la aceptación la más vasta y que ella se encuentra detrás de la totalidad de los fenómenos psicológicos, porque no hay ninguno de ellos que no produzca una resonancia emotiva. Nosotros hemos hablado de emociones de contento de sí y de sufrimiento de sí experimentados cuando el hombre se observa a sí mismo. Es evidente que todas las emociones de contento y de sufrimiento en general son asimilables a las primeras porque toda percepción tiene por objeto una parte del sujeto afectada por el mundo exterior o por un juicio que él mismo formula. Lo que llamamos distinción del Bien y del Mal engloba, entonces, de una manera general, toda distinción de placer y de desplacer.

Hemos visto que los dos principios inferiores, constructor y destructor, aunque iguales ante la mirada de la síntesis trinitaria, no parecen iguales ante la mirada del hombre situado en su plano, y que el simbolismo explica esta desigualdad. A causa de este simbolismo, se puede decir que de una cierta manera las emociones de contento son menos falsas que las de sufrimiento. Y esto por dos motivos: en primer lugar, el sufrimiento atrapa al hombre más que el contento; capta más su atención. separándola del polo intemporal donde ella debería estar. Así el hombre es más perjudicado por su sufrimiento que por su placer. Por otra parte, las dos clases de emoción deben ser consideradas de manera muy diferente desde el punto de vista de su utilización posible para la realización del Ser.

En efecto, a causa de la relación simbólica que existe entre ellas y el plano inferior, y en consecuencia también entre la emoción de placer ordinario y la alegría inmóvil del plano superior, el hombre que siente el placer es comparable a un hombre dormido que soñara que está despierto y en quien la voluntad de despertar no tiene ninguna razón para actuar. El hombre que siente placer no puede encontrar en esta situación ninguna razón para comprender la necesidad de dejar, por el juego analítico de la Inteligencia Independiente, el plano en el que se encuentra. Por su correspondencia simbólica, el placer contiene algo de relativamente justo que impide a la Inteligencia Independiente arrebatar la fuerza que le está ligada. Todo lo que puede hacer la Inteligencia Independiente ante el placer, es hacer salir de la sombra el sufrimiento que existe siempre como polo complementario de todo placer y utilizar entonces la fuerza de este sufrimiento. Este fenómeno de desplazamiento de la consciencia del placer al sufrimiento se observa
a veces espontáneamente. Una emoción de placer muy elevada y muy intensa, experimentada por ejemplo en el arte o en el amor, vira al sufrimiento cuando alcanza un cierto grado. Así entonces, ya que el placer aprisiona al hombre menos vigorosamente que el sufrimiento, el hombre no podrá elevarse directamente desde él al plano del Ser, sino que deberá pasar por el polo de sufrimiento contenido en la misma emoción.
Y se ve que esta última es la única real porque es la única emoción utilizable desde el punto de vista del Ser. Esto explica las palabras del Buda: Todo es sufrimiento. El hombre que pasara constantemente su vida realizando su Ser, no conocería más que dos emociones: sobre el plano inferior de su ser, la fuente profunda de su vida no elaboraría más que sufrimiento, y la realización de su Ser, efectuada sin cesar a partir de ese sufrimiento, mantendría en él la alegría inmóvil del plano superior.

Hemos visto que la síntesis trinitaria del Ser se realizaba cuando la Inteligencia Independiente anulaba la emoción y le robaba su fuerza. Y hemos dicho que el anonadamiento de la emoción no era el anonadamiento del deseo, del impulso existente detrás de esta emoción. Es que en efecto la emoción debe ser considerada como la vía desviada por donde se descarga la fuerza del impulso cuando la Inteligencia Independiente no funciona. El impulso mismo no es contrario a la realización del Ser, incluso es indispensable. Es solamente la desviación de su fuerza en emoción la que es falsa y que debe ser anulada para que la fuerza reencuentre su vía normal.

Esto hará comprender que, si bien el método general de la realización interior es el mismo para todos los hombres, los gestos interiores correctos por los cuales esta realización deberá efectuarse son diferentes para cada uno de ellos. Si fuera el impulso el que debiera ser anonadado por la Inteligencia Independiente, este gesto de muerte sería el mismo para todos. Pero el gesto de vida que no anula más que la emoción y libera la fuerza del impulso, debe ser adaptado exactamente a la estructura particular del sujeto.

Es decir que el análisis, que es la modalidad según la cual actúa la Inteligencia Independiente, es un trabajo esencialmente individual y de ninguna manera un remedio uniforme distribuido indiferentemente a todos. La intensidad y la cualidad de los impulsos varía en todos los hombres. Y el análisis debe dar al sujeto la visión de su estructura original.

Este no será eficaz sino en la medida en que sea exacto. Será necesario descomponer los mecanismos de los impulsos que existen detrás de las emociones, A veces ciertas emociones, al comienzo invisibles, deberán ser hechas conscientes, deberán ser rechazadas, antes de que sus mecanismos productores puedan ser descompuestos. Y estas emociones rechazadas deberán ser buscadas detrás del comportamiento del sujeto, el que será examinado con minuciosidad. Es para realizar todo este trabajo que ha sido creada la técnica analítica.

El trabajo interior se servirá entonces de la observación del comportamiento. Pero nosotros vamos a ver que él va también a modificar este comportamiento y utilizar esta modificación para la realización de su meta. Nosotros vamos a ver que el esfuerzo hecho por el hombre para obtener la visión justa de sí mismo
no se va a realizar durante un largo tiempo para terminar en una modificación brusca y única de su vida. Al contrario, la visión producirá modificaciones sucesivas de esta vida y cada una de esas modificaciones producirá a su vez un profundizamiento de la visión.

El comportamiento del hombre es lo que él hace, es su manifestación, es el conjunto de las actitudes exteriores por las cuales él manifiesta sus actitudes interiores. Pero nosotros sabemos que no se hace nada en el mundo que no sea según la ley de la trinidad. Cómo comprender que el hombre haga algo sin que funcione en él su principio conciliador superior, la Inteligencia Independiente? Hay allí una derogación de la ley de tres? No. Pero, para explicarse este hecho, es preciso saber que el hombre es una criatura compleja en la que se observa el juego de dos principios conciliadores, o equilibradores, diferentes. La Inteligencia Independiente es el principio conciliador de naturaleza divina cuya actuación realiza la síntesis trinitaria del Ser y, como lo hemos visto, el juego de ese principio, si bien es posible en el hombre, no es necesario ni constante. El es necesario a la construcción del Ser intemporal del hombre, pero no a la construcción de su ser temporal. A esta construcción temporal la preside otro principio conciliador, emanado de Dios como todos los principios, pero no de naturaleza plenamente divina. Es un principio conciliador natural, el mismo principio que actúa igualmente en el animal privado de Razón divina. Y este principio, a la inversa del primero, actúa en el hombre de una manera necesaria y constante.

Podemos estudiar el juego del principio conciliador natural cuando él actúa solo, sin que actúe el principio superior. El principio natural es capaz de hacer la síntesis temporal del hombre, pero no la síntesis de su Ser total. El obvía esta insuficiencia creando en el hombre lo que en el lenguaje analítico se llama compensaciones. Estos son sistemas de actitudes interiores y exteriores, normas de comportamiento, que ahorran más o menos perfectamente al hombre el sufrimiento producido por la necesidad insatisfecha de realizar su Ser total. Son máscaras colocadas delante de vacíos, imitaciones del Ser real, así como hemos visto al placer simular la alegría inmóvil del plano superior, o como el sueño simula la vigilia y protege así el dormir.

Las compensaciones, a fuerza de actuar, construyen hábitos, automatismos psíquicos. La compensación,
al comienzo simple movimiento interior, adquiere así un elemento estático y llega a ser una especie de situación-obstáculo colocada delante de la visión justa e impidiéndole producirse. Ella mantiene la visión parcial, por lo tanto errónea, del plano inferior. Un círculo vicioso se establece así, porque mientras más la visión se afirma, más disminuyen las oportunidades de la visión justa, más la visión se parcializa y se falsea aumentando la importancia de la compensación.

Se comprende inversamente que el juego voluntario y metódico de la Inteligencia Independiente, obteniendo la visión desde lo alto que es la única justa en la medida en que es obtenida, hace aparecer la absurdidad de la compensación desde el punto de vista del Ser y la destruye en esa misma medida. La actitud interior falsa que ha sido así aclarada desaparece, y el comportamiento exterior que le correspondía es abandonado y reemplazado por un comportamiento justo. Este comportamiento rectificado no es una pantalla opaca como lo era el comportamiento compensador, y su transparencia descubre otros mecanismos compensatorios situados detrás de él que podrán a su turno sufrir la acción de la visión justa, y así sucesivamente. Pues los mecanismos psicológicos se encajan desde la superficie del ser hacia su profundidad y deben ser rectificados progresivamente en este orden.

Se ve que la realización interior aunque no consiste, propiamente hablando, en nada exterior visible en el plano temporal, no podría efectuarse sin acarrear consecuencias visibles. Los comportamientos compensadores son, ya lo hemos dicho, situaciones-obstáculos, y ciertas relaciones que el sujeto ha establecido entre él y las gentes y las cosas que lo rodean deben ser rotas para que el trabajo interior pueda progresar.

Hubert Benoit

Traducido y extractado por Carmen Bustos de
“Métaphysique et Psychanalyse” Le Courrier du Livre.

Más Información:
Hubert Benoit.- “De la Réalisation Intérieure
“Le Courrier du Livre.

Nuestro Mundo Interior, según Jung

Nuestro Mundo Interior, según Jung




La investigación de los sueños:
Al estudiar los sueños corremos el riesgo de creer que el inconsciente es un campo de exploración ilimitado que el individuo no podrá conocer jamás con los escasos medios de que dispone. Pero esta actitud es preferible a la complacencia. Después de todo, conocemos el consciente – nuestra consciencia del Yo bastante poco todavía. Menos mal que se ha dado un primer paso al aplicar teorías psicológicas al tratamiento de las enfermedades mentales. Las ambiciones de Jung siempre fueron modestas y él nos recuerda que la psicología es una de las ciencias más recientes. Y nosotros tenemos buenas razones para creer en su evolución posterior. Siendo que ella no era al comienzo más que una rama de la filosofía, apoyándose sobre todo en el método empírico, ha evolucionado considerablemente en el curso de los últimos cien años. Se han hecho progresos importantes gracias a las numerosas tentativas por comprender la actividad psíquica inconsciente. Debido a ellas, los psiquiatras y todos los que se consagran a la salud mental han podido trabajar mejor. Jung, desde que era un joven médico, constató que la hipnosis no bastaba para ayudarle a comprender la actividad del inconsciente. Para su sorpresa, sus investigaciones experimentales le dieron rápidamente la prueba del papel que jugaba el inconsciente en la formación de los complejos. El mérito particular de Freud – dice Jung – es de haber elaborado un método práctico de investigación de ese inconsciente; pero, además, tengo la impresión de que es mi deber rendir reconocimiento, en justicia, también a todos aquellos que establecieron las bases sin las cuales ni Freud ni yo hubiéramos podido cumplir nuestra tarea. Es así que Pierre Janet, Auguste Forel, Théodore Flournoy, Morton Prince, Eugéne Bleuler, merecen que les otorguemos un reconocimiento cada vez que hablamos de la psicología médica.

Las investigaciones que siguieron a las experiencias con las asociaciones verbales se referían, sobre todo, al inconsciente colectivo y a la manera en que esta hipótesis permitía comprender los problemas contemporáneos en los tratamientos de enfermedades mentales. En cada niño – decía Jung – preexiste
una disposición psíquica funcional adecuada, anterior a la consciencia.

Partiendo de la idea de que la psiquis es un fenómeno natural y de que los sueños son manifestaciones de
la actividad creativa inconsciente, Jung emprendió el estudio sistemático del contenido de los sueños y más particularmente de sus aspectos colectivos. La empresa era ardua, pues él era el explorador de un territorio desconocido. No se trataba de una búsqueda mística en un universo imaginario y abstracto, sino de una tentativa seria para penetrar el sentido de materiales extraños que le eran proporcionados no sólo por sus pacientes, sino también por gente normal. Pues todas las personas sueñan.

Para comprender mejor el pensamiento de Jung, digamos algo del hombre que era. Aquellos que alternaron con él personalmente, fuera de las salas de conferencias, le reconocían un espíritu positivo, una conversación plena de humor y el don de hacer que sus invitados se sintieran cómodos tratándolos en un plano de igualdad. Cuando era joven, amaba las excursiones a la montaña y navegar a la vela en el lago de Zürich. Ese gran lago rodeado de colinas exige mucha atención y presencia de espíritu al surcar sus aguas. Todavía un joven padre de familia, le encantaba acampar a las orillas del lago, no lejos del lugar donde se encontraría más tarde su casa de Bollingen. El llamó a esta construcción, en la que participó activamente: “la Torre”. La vida allí era muy simple porque Jung la deseaba así. Le gustaba encontrarse próximo a la tierra y dedicarse a tareas cotidianas: cortar leña, cocinar, cosechar patatas. Tenía los pies bien puestos sobre la tierra en varios aspectos.

Cuando se dedicó al inconsciente, su motivación antes que nada era las necesidades de sus pacientes. Quería comprender la razón de ser de sus síntomas, su origen, y cómo sanarlos. Desde sus comienzos, había comprendido la importancia del estudio de la actividad consciente, y fue así como elaboró su psicología. Pero esta búsqueda no tendría valor si no era asociada al inconsciente. Para él, la psiquis era un continuum sin divisiones rígidas entre consciente e inconsciente.

Las investigaciones sobre la psicología de los sueños le condujeron naturalmente al estudio más profundo de los contenidos del inconsciente . El médico que era tenía el deber de penetrar tan lejos como le fuera posible en el mundo interior del alma. Era necesario que comprendiera los síntomas de los que se quejaban sus pacientes. Escuchaba entonces con una atención extrema lo que ellos tenían que contarle . Incluso en una conversación ordinaria se cercioraba si había comprendido bien . El interlocutor podía expresarse en su lengua materna sin que eso le perturbara, pues Jung era un sabio lingüista. Cuando sus pacientes le contaban sus sueños, les sorprendía ver la seriedad con que los escuchaba, siendo que para ellos esos sueños no tenían mayor interés. Jung les solicitaba escribir sus sueños y reflexionar sobre ellos. No le gustaba que se le llevara un sueño pidiéndole que lo interpretara, sin que antes el portador no hubiera reflexionado sobre él.

La imaginación activa:
Una de las metas del análisis onírico era la de comprender la manera en que el yo, centro del consciente, está ligado a los contenidos del inconsciente, Jung no siempre ha explicado claramente lo que él entendía por fantasía y por imaginación. La imaginación es el proceso mental que crea una imagen sin un punto de partida sensorial. Es un fenómeno que todo el mundo conoce. Jung utiliza a veces la palabra fantasía en ese sentido. El distingue, sin embargo, con cuidado entre fantasía e imaginación activa.

Una fantasía es más o menos una creación personal; ella permanece normalmente al margen de las preocupaciones y de las expectativas conscientes. Al contrario, en la imaginación activa las imágenes tienen vida propia y los eventos simbólicos presentan un desarrollo lógico autónomo, en la medida – entendamos bien que el consciente no se mezcle en ello.

Pero el pensamiento consciente viene a menudo a entorpecer el curso de la imaginación creativa, como lo testimonia amargamente Coleridge, que fue interrumpido mientras transcribía febrilmente un sueño apasionante. No resta, por desgracia, más que un fragmento: Kubla Khan . Todos nosotros hemos estado en la luna cuando nos dejamos ir al vaivén de nuestros pensamientos, venidos no se sabe de dónde, y descartados como absurdos cuando retomamos nuestra consciencia. Algo está actuando en nosotros en esos momentos y bien puede ser el inconsciente, pues esto no se parece en nada al pensamiento consciente, como cada uno lo sabe bien. Jung pensaba que si pudiéramos entrenarnos en recrear este estado de ánimo, debería ser posible entrar en contacto con el inconsciente mientras nos mantenemos conscientes. Con entrenamiento se puede, en efecto, concentrar la atención sobre una imagen mental que bien pronto se modifica, se mueve, es sustituida, aun al flujo del consciente. Que quede claro que esas son ilusiones, invención pura, no es en verdad el inconsciente. Pero la semejanza es grande entre este fenómeno imaginario y el sueño, que no es nuestra invención. Nosotros no nos damos cuenta hasta qué punto dependemos del inconsciente en nuestra vida consciente, aunque no sea más que para hilvanar una conversación trivial. A menudo nos sorprendemos de nuestras propias palabras o de las ideas admirables (o reprochables) que nos cruzan la mente a partir de nada (es la manera que tenemos para describir el inconsciente).

Las ensoñaciones parecen un tema bastante débil para investigaciones serias. Pero no debemos olvidar que las idea que nos pasan por la cabeza nos ayudan muy a menudo a resolver problemas en nuestra
vida cotidiana . No podemos contar con su aparición: ellas son imprevisibles. Pero cuando aparecen, estamos en contacto con nuestro inconsciente aunque no sea más que por un instante. Por qué – se pregunta Jung – este contacto tiene que ser tan fugitivo? Se prolongaría tal vez un tiempo más largo si fuéramos receptivos, relajados, en lugar de críticos o curiosos?. El tenía razón. Así nació la técnica de la imaginación activa. Ella no reemplaza el método de amplificación de los sueños, ella lo complementa.

He aquí lo que Jung dijo de la imaginación activa: Es verdad que hay fantasías inútiles, fútiles, mórbidas y poco satisfactorias, cuya esterilidad aparece de inmediato para cualquiera que tenga un poco de sentido común; pero una mala representación no quiere decir que no las haya buenas. Todas las obras humanas
han salido de la imaginación creadora… Pero volviendo a mi técnica, me cuestiono respecto en qué medida se la debo a Freud. Es cierto que la he adquirido gracias al método de las asociaciones libres de Freud, y considero que se origina directamente de ellas.

Jung no pensaba que esta técnica pudiera ser utilizable por todos. No se servía de ella más que en un estado avanzado del análisis y únicamente con sujetos equilibrados. La técnica tenía la ventaja suplementaria de poder ser utilizada por el sujeto solo, ya sea que se dispusiera a meditar sobre un sueño
o a pensar en cualquier otro tema.

Cuando tenemos éxito en fijar nuestra atención sobre el curso de nuestros pensamientos , nuestro inconsciente puede generar sorprendentes imágenes e ideas notables. A veces las imágenes que emergen durante la imaginación activa reemplazan los sueños, pero esto no es frecuente. La imaginación activa puede prestar servicios al análisis onírico, sobre todo cuando aparece un nuevo tema cuya elucidación exige un acrecentado esfuerzo. No existen reglas prescritas para la utilización de la imaginación activa en tales o cuales casos; el analista se dejará guiar por el equilibrio del paciente, la intensidad de su participación y su buen sentido. Sin embargo, las imágenes son a veces tan fugaces que puede resultar útil dar a la imaginación activa la posibilidad de expresarse por intermedio del dibujo, de la pintura espontánea o del modelaje . Estos instrumentos para captar el inconsciente no son apreciados en su justo valor. Sin un objetivo preciso, la imaginación conduce el juego y guía la mano, sin ninguna intervención de la intención consciente.

Sólo los no iniciados quieren comprender el significado de estas imágenes. Ellos parecen creerlas desprovistas de valor si el intelecto no puede comprenderlas. Por el contrario, aquel que se dispone a esta actividad de imaginación creativa artística no tiene necesidad de creer en su pintura; no se le ocurrirá pensar en los temas que ella pueda representar. El se apoya sobre el sentimiento. Para él, no tiene importancia que su pintura tenga un sentido, una finalidad precisa; él siente placer al pintarla, no por su valor artístico sino por el sentimiento de liberación y de plenitud que le procura su creación. Pintar un cuadro, modelar la arcilla, es hacer un viaje, es descubrir el universo profundo de la psiquis. Durante el trayecto, los estados de ánimo anteriormente perturbadores son captados, su significado es vivenciado, percibido en la duración de un relámpago de comprensión intuitiva. Las consecuencias de esta actividad creadora no son disminuidas por el hecho que el artista no sepa lo que su cuadro, su escultura, quieren decir en términos intelectuales; él no piensa lógicamente. El significado es del dominio de la ciencia; pero la vida no siempre está bajo la férula de la razón pura.

El arte espontáneo:
La pintura y el modelado son auxiliares preciosos en psicoterapia . Pintar, viendo a una imagen tomar forma, constituye una actividad creadora que conduce al artista de descubrimiento en descubrimiento. Aquellos que jamás han hecho pintura espontánea no pueden comprenderlo. La idea no es nueva. Este método fue largamente empleado antes de Jung. Es suficiente saber cómo mezclar los colores. Las aptitudes naturales toman pronto la directiva. Ninguna regla, ningún aprendizaje es necesario. El esfuerzo de concentración que exige libera una energía que parece movida por el inconsciente. La intención consciente no juega más que un papel secundario. Jung constataba que el arte espontáneo ayudaba realmente a sus pacientes a expresar la atmósfera de un sueño o de una sesión de imaginación activa. A través de la pintura – o del modelado – la impresión que se tiene del inconsciente pasa a ser una realidad. Esta experiencia sorprendente impacta a aquellos para los cuales el inconsciente no era sino una palabra abstracta del vocabulario psicológico. Este resultado da al arte espontáneo su valor práctico. No podemos aprehender al inconsciente como si fuera un objeto. Pero podemos experimentarlo por intermedio de la imaginación activa en la pintura, el modelado, el dibujo, el tallado en madera. Todos estos medios pueden ser utilizados para este fin.

Jung mismo ha recurrido a la pintura para comprender sus sueños. Es suficiente dice – contemplar los dibujos y las pinturas de los pacientes que practican la imaginación activa en el curso de su análisis, para darse cuenta que los colores son valores afectivos. En general, para comenzar se sirven de un lápiz o de una pluma para hacer un esbozo del sueño, de la idea o de la fantasía. Pero, a partir de un cierto momento, los pacientes empiezan a utilizar el color. El interés puramente intelectual cede paso a la participación afectiva. Se observa a veces este mismo fenómeno en los sueños, que son entonces en colores, o bien en aquellos en que el acento es colocado sobre un color particularmente vivo. Basta un poco de entrenamiento para dejar que la imagen se desarrolle por sí misma. Los niños tienen éxito desde el principio en pintar en forma imaginativa sin que se les ayude; los adultos son más sofisticados y, al comienzo, les cuesta ser naturales.

Jung dice todavía: Dar una forma a lo que es informe es eficaz sobre todo cuando la actitud consciente no ofrece ningún medio de expresión a un inconsciente que se desborda.

Es en tales casos que se obtienen los resultados más sorprendentes. El cuadro iniciado sin saber bien por qué, empieza poco a poco a tomar forma, comienza a vivir y a expresar realmente algo indecible: es el lenguaje de los sentimientos y de las emociones. Establecer un contacto con la fuente de nuestras emociones tiene un valor innegable. No son acaso ellas quienes determinan el éxito o el fracaso de la mayor parte de nuestras empresas?

E. A. Bennet

Traducido y extractado por Carmen Bustos de
Bennet E. A.- Ce que Jung a vraiment dit.
Marabout Université.

Más Información:
Jung, C. G.- Formaciones de lo Inconsciente.- Paidós
Jung, C. G.- Lo Inconsciente.- Losada
Jung, C. G.- Realidad del Alma.- Losada
Jung, C. G.- Psicología y Alquimia.- Santiago Rueda
Jung, C. G.- Psicología y Simbólica del Arquetipo.- Paidós

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